A orillas del río.

La negra  mirla canta  en el olivo

y en la espesa chopera el chamariz.

Huele a  cantueso y a tomillo

y el agua resbala silenciosa

rozando del arroyo sus riberas.

Se cuela el sol cribado entre las hojas

que mueve un  leve vientecillo

esta tarde veraniega.

Si yo pudiera

pararía el transcurso de las horas

para hacer eterno este momento

de dicha  placentera

de colores, de  trinos y de aromas.

Al fresco.

(Fotografía de José Jurado)

Una  cálida noche  de verano

el grillo pespuntea  su negra pena

y luce esplendorosa luna llena

derramada de plata sobre el grano.

Llega el canto monótono y lejano

de ranas que entre junco y agua suena.

En los chopos el viento se serena

a esperar el rojizo sol temprano.

Al fresco de la calle los vecinos

un momento de paz han encontrado

tras los pasos de inhóspitos  caminos.

Merecido, legítimo y honrado

el descanso después de los hocinos

bajo el cielo tan alto y estrellado.

Tristeza.

Hay días que  no quieres hacer nada,

sólo dormir  tal si uno se sintiera

un perro abandonado en la perrera

que hasta la luz molesta a su mirada.

Hay días con el alma desganada,

como  si tras aciaga borrachera

acabaras  tirado en la escombrera

en mitad de la noche desolada.

Hay días como oscuras covachuelas      

hundidas en el fondo de  la tierra          

que  van llenando tu alma de secuelas.

Hay días llenos de áspera crudeza          

que  encaminan tus pasos a una guerra              

en la que sólo vence la tristeza.           

La siesta.

 

Van Gogh: La siesta

 

 

Al compás que recortan las chicharras

porciones de aire denso en los olivos,

despide el  suelo ardientes bocanadas

de melaza con plomo derretidos.

Fulge hiriente la cal en las fachadas

y el cielo,  que se enturbia  calinoso,

diluye los perfiles de la sierra

y confunde veredas y  caminos.

El tiempo se aletarga adormecido

en  horas en que el sol baja viscoso

a los montones rubios  de las eras.

Sobre el asfalto de la carretera,

oasis que la mano nunca alcanza,

un espejo sinuoso reverbera.

Avispas verdinegras merodean

por la cuba de cinc sobre el brocal.

En la burbuja en sombra de la casa,

tras la  vieja cortina de franela

que detiene la flama del corral,

unos niños desnudos juguetean.

Raya el aire el zumbido de un moscón,

que luego se posa

y cesa.

Da una media el reloj.

Espesa, lenta y sola.

La hora del sopor.

El tiempo de la siesta.

Gozosa espera.

Si no fuera por tener los labios presos

a la copa del árbol subiría

asido de sus  ramas  a su guía

para beber almíbar de sus besos,

pero me paro un poco y me contengo

de devorar los frutos que la higuera

a mi boca revela placentera

y a mi apetencia pide su devengo.

A su sombra cobíjome  dichoso

a esperar  de la brisa las caricias

y el suave roce de su cuerpo hermoso,

robados con las artes subrepticias

de quien encuentra placer voluptuoso

en el festivo mar de sus delicias.

Bronce de espumas.

Cuando  el bronce bata espumas

de penas en el aire 

y  sentidos sollozos

desgarren el silencio de la tarde,

no quedarán caminos

que ofrezcan sus espaldas

a mis cansados pies

ni fuente de agua fresca

que fluya transparente

para saciar  mi sed.

Alguna flor silvestre

nacida entre las piedras

será mi compañía

de espera permanente.

Repetirá el tiempo sus cadencias

como hace cada año:

solanos y sequías,

el  ábrego caliente

 y amenazantes cúmulos 

de vientos y aguaceros

que llenarán copiosos 

los vientres de las fuentes.

 Después vendrá  la calma,

el frío y el relente.

Se vaciará el dolor

con el recuerdo ausente

y pétalos de escarcha

caídos de la noche

darán a las riberas

crujientes trajes blancos.

Y yaceré, olvidado de la gente,

como la flor sin nombre,

al borde de un  camino,

perdido eternamente.

El busto es mío.

¡Qué prestante y altiva delantera,

ajustada  picuda y prominente

llevada con  frescura de insolente

tras el suéter ceñido a la pechera!

Exuberante, bella y   placentera

presenta credencial tan imponente

que el canal que divide la vertiente

es sima que si vértigo sufriera

nadie salvaría de la caída

al mozo que al cruzarse por la acera

escruta el busto con tan gran fijeza

que si con la mirada se comiera

no tendría  apetito  en esta vida

que  no fuera saciado con largueza.

Dualidad.

¿Eres tú ese guiñapo  que araña con su imagen el azogue?

¡Pobre idiota, beodo y triste en la soledad de tu guarida!

¿Eres éste o aquél?

¿Esqueleto de sombras o el compuesto y esforzado que recita su papel?

¿El de rostro descompuesto y mirada extraviada o el de risas y licores  adornados de oropel?

Estallaron las burbujas de la noche y los brillos deslumbrantes se apagaron.

Despojado de lo puesto, aquí no caben trucos.

La soledad te desnuda y te delata. El espejo te devuelve esta imagen de  fantoche.

Un cero al infinito, evanescente efímero y caduco.

Una vela

Se fue la luz.

En las pupilas  dilatadas de los  niños

se refleja  la llama vacilante de la vela

que lanza sobre las paredes

deformadas siluetas fantasmales.

Es una noche de invierno.

Sentados en la camilla

la abuela les narra un cuento

y el miedo los arracima

con las personas mayores.

Preguntan con voz quebrada

sobre qué pasó después.

Ya en la cama sueñan sombras

recobradas a la vida.

Mil enemigos deformes

acuden a su captura

desde el fondo de la noche.

Al sollozo de la angustia

la  madre acude a su lado

para quitarles el miedo

y ahuyentar la pesadilla.

Achares.

 

 

 

 

 

Ya podría tener el alma llena

por ofensas de memos intentadas

 y estarían las cestas rebosadas

y desbordado mi ánimo de pena.

Lo que consigue su conducta obscena

es amargar sus vidas limitadas

por  profundas envidias amargadas

sin obtener provecho ni alacena.

Reserven  para sí todas sus  ganas

y no gasten en mí sus energías

pues  sólo sacarán cáscaras  vanas

sin quitar   a mi vida lozanías

ni conseguir  más luz a sus mañanas

aunque empeñen en ello celo y días.