Distancia interpersonal

Hay personas que sin darse cuenta atosigan a su interlocutor. He observado en un bar a dos individuos que se colocaron al llegar en un extremo de la barra y cuando decidieron irse estaban en la mitad de la misma.

El motivo fue que uno de ellos, sin ser consciente quizás, se aproximaba excesivamente al otro cuando le hablaba. El pobre hombre, que aguantaba el chaparrón como podía, irguió primero el tronco y echó un poco la cabeza hacia atrás, pero como el parlante caballero no cejaba en su empeño de invadir un terreno que no le correspondía y siendo consciente el paciente acompañante que la ofensiva estaba convirtiendo a su cuerpo en una especie de torre de Pisa con equilibrio inestable, de cuando en cuando, daba un pequeño paso hacia atrás para restablecer la compostura y poder tener campo para el desahogo. No lo consiguió y por si fuera poco hasta cuando iban de camino para la puerta de la calle no dejó de recibir constantes golpecitos en el brazo reclamando la atención del compañero.  

Otro caso, este referido por tercera persona, fue el de dos amigos de los cuales uno charlaba por los codos y el otro educadamente escuchaba y de vez en cuando asentía con la cabeza. Tuvo necesidad de ir al servicio este último, pero el impenitente hablador, tan entusiasmado estaba con lo que le estaba contando que lo siguió hasta la puerta del urinario sin dejar de hablarle. Por no tener suficiente confianza con él o porque era un personaje de alcurnia y reconocido abolengo, no se atrevió a cerrar la puerta por no parecer maleducado y así transcurrió su meada, con el canto del perdigón al lado, la puerta entreabierta y él asintiendo desde dentro.

 

 

 

 

Vienen estas dos anécdotas a cuento de la distancia de seguridad que los expertos recomiendan guardar para prevenir contagios. Una zona que hay que dejarle a los posibles coronavirus para que sin asideros se precipiten al vacío. Pero existen otros límites intangibles que separan predios colindantes y que nos pertenecen. Los expertos los agrupan con la denominación de ‘distancia interpersonal’ o ‘espacio personal’. Fueron Edward T. Hall y Robert Sommer los pioneros en la investigación de esta disciplina. El primero denominó proxemia al estudio científico del espacio como un medio de comunicación interpersonal y Sommer definió a este espacio como un área con límites invisibles que rodea a la persona.

El desarrollo de la psicología ha ido delimitando y concretando los distintos tipos de distancias, que van desde la íntima a la pública, pasando por la personal y social. Sobrepasar esas lindes produce incomodidad en quienes sufren la invasión.

El lenguaje corporal, tan revelador, habla por nosotros. ¿Quién no se ha sentido molesto viajando en metro o en autobús repleto?  ¿Qué tiene de especial el techo de los ascensores que cuando vamos en ellos en compañía todos lo miramos? Pues eso.

Maquila

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El dinero escaseaba para la mayoría y las tarjetas de crédito ni estaban ni se les esperaba por entonces. Los bancos prestaban con avales y garantías y los usureros con el pie en el pescuezo.

Cuando se dan estas circunstancias se recurre al trueque. Yo te doy garbanzos, tú me das huevos. Se vendían habitaciones o parte de los corrales de las casas a los vecinos linderos. Un laberinto de descuadres para preservar lo sustancial, que era comer todos los días.

Adam Smith y Keynes, liberalismo puro y regulación estatal, quedaban para proyectos de más envergadura, pero lo que apremiaba entonces era tener el pan de cada día sobre la mesa, a ser posible con alguna compañía con que engañarlo. Podía ser la chacina colgada en los doblados, el que dispusiera de ella. ¡Niño no te comas el pan solo, engáñalo con chorizo! No sé quién engañaba a quién.

La mano invisible que regula los mercados suelta algunos guantazos que van a parar siempre a las mismas caras, no a los ‘caras’, porque en el cemento armado no hacen daño.

Las escrituras de las casas se entregaban como garantía y quedaban en arcones ajenos hasta que los dueños pudieran rescatarlas pagando al prestamista, quien coleccionaba llaves de propiedades ajenas como trofeos de su negocio.

En los ultramarinos existían las listas a cuenta, a la espera de la cosecha o de los próximos jornales.  La mayoría eran saldadas, pero otras permanecieron en las libretas como ristras de ajos colgadas del techo cuando cerraron los establecimientos o cuando fallecieron los deudores. Los tenderos de nuestros pueblos prestaron una inestimable ayuda a muchas familias a las que ayudaron a atravesar el río de las penurias sin ahogarse en sus aguas turbulentas.

Los que tenían maquila se aviaban. Entregaban el trigo y les daban los vales del pan para adquirirlo durante el año o hasta que alcanzaran. Eran de cartón con forma rectangular y distinto valor que marcaban números y colores: de uno, de dos, de cinco…. En una caja aguardaban en hilera la llegada del panadero cada mañana. Dinero blanco de harina, rubio de soles y sufrido y honrado de sudores.

En la almazara recogían las aceitunas para molturarlas. Otra forma de maquila. El aceite se guardaba en una tina metálica. En la abertura, colgada de un alambre hacia el interior, la vasija con la que se llenaba el aceitero.  En el fondo quedaba la borra porque el refino era rudimentario. La piedra con forma de cono prensaba y los capachos de esparto filtraban.

Nuestros mayores valoraban los alimentos que se ponían sobre la mesa. Venían de atravesar un negro túnel. Al servirnos decían que lo que se echaba en el plato había que apurarlo porque, aunque algunos pudieran, era una ofensa despreciarla cuando otros no tenían qué comer.  Si le hacíamos remilgos murmuraban en voz baja: ¡Qué sabréis vosotros lo que es la vida!

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Los medios por los que llegaba la publicidad a los hogares eran fundamentalmente la radio y los periódicos. En la calle, carteles anunciando circos y teatros y en una pared cercana al salón del cine, las carteleras. Los del régimen, en lugares destacados con vivas, arribas y saludo romano. El más duradero, sin embargo, ha sido el que sin ser ley fundamental ni principio inmutable perdura como reliquia en algunos pueblos dibujado en azulejos con jinete montado en un caballo negro sobre fondo amarillo y letras blancas. ‘Abonad con Nitrato de Chile’.

La radio no necesitaba el soporte gráfico para llegar a todos, penetraba sin peajes por las orejas y cada uno elaboraba sus propias conclusiones.

Se pusieron de moda cancioncillas y mensajes que calaban fácilmente en los oyentes. ¿Quiénes de los de entonces no escucharon aquello del desayuno y merienda ideal que tomaban los futbolistas, ciclistas, nadadores y boxeadores? ¿O lo del analgésico sin el que no se iba a ninguna parte sin llevarlo en el bolsillo?

Por el sur de Extremadura sintonizábamos Radio Sevilla. Nombres míticos que de oírlos a diario quedaron en la memoria de los oyentes: Rafael Santisteban, natural de Badajoz, Marisa Carrillo, Manolo Bará, Juan Bustos, Juan Tribuna…

 

 

 

 

 

Llegó la televisión y con ella la revolución publicitaria. Había una sola cadena. Abría la emisión al mediodía y cerraba por la noche con música apacible y plática religiosa. Se llamaba este espacio ‘El alma se serena’. Después sonaba el himno nacional con imágenes de la bandera ondeando sobre la foto del jefe del Estado, y a la cama porque los mosquitos se apoderaban de la pantalla con hervidero de zumbidos. Los más pequeños de la casa habían desfilado mucho antes hacia el dormitorio a regañadientes invitados por la familia Telerín: “Vamos a la cama que hay que descansar, para que mañana podamos madrugar”.

 

Los detergentes emprendieron una carrera a codazos hacia la esencia de la blancura. Si ese lavaba blanco, el otro lo hacía más blanco todavía y el último que salía lo hacía con una blancura que ya no se podía superar.

Las campañas institucionales encontraron amplia resonancia para para su divulgación. Si había que promocionar un producto porque existía un exceso de producción esa campaña se invitaba al consumo masivo: ‘Yo sí como patatas’. Era también un medio para concienciar a los ciudadanos: ‘Mantenga limpia España’. ‘Aunque usted pueda pagarlo, España no puede’. ‘Piense en los demás’. ‘Contamos contigo’…

Los anuncios de brandis proliferaban. Uno era cosa de hombres- que se atrevan ahora, verán la que se les viene encima-. Otro, el coñac que estaba como nunca y que mejor sabía. Y el de la modelo de cabello rubio al viento y ligera de equipaje montada sobre un caballo blanco, galopando por una playa desierta mientras el varón apuraba lentamente la copa. Una excepción sensual que se coló en la estricta disciplina censora de la época.

 

 

 

Ojos verdes

La plaza de San Juan de Badajoz y las confluyentes tenían a principios de los años setenta una destacada actividad comercial todavía. No habían llegado los hipermercados ni las grandes superficies a las afueras. Además, la ciudad empezaba a deslizarse hacia el poniente, siguiendo quizás la luz de los bellos atardeceres reflejados sobre el Guadiana.

Los compañeros con los que yo me codeaba solíamos tomar las copas de los fines de semana y fiestas de guardar en dos bares que estaban uno frente a otro en la calle santo Domingo: ‘El del Jamón’ y ‘El Escorial’. Perdíamos poco tiempo en los traslados. También visitábamos alguna noche de ‘cordeleo’ otros lugares de reconocida reputación estudiantil, como los de la calle Zurbarán, que estaba bien surtida de establecimientos.  Nada de cubatas, las economías no estaban para dispendios. Cerveza y vino. Algunos días bajábamos por la calle Vasco Núñez hasta la casa del ‘Nene’, a tomar su vino edulcorado y sus peces del río, que guardaba en una olla y servía, si no los mercabas recién fritos, a temperatura ambiente, o sea, fríos. Otros mediodías de sábados íbamos a un bar tipo bodega, con conos y tabernero de papada y venillas rojas en los mofletes, cerca de Puerta de Palmas, a degustar unas morcillas que llamaban mondongas y nos sabían a gloria bendita.

Otras tardes visitábamos por la novelería y por ver a las dependientas guapas el recién inaugurado centro comercial de ‘Simago’, en la plaza de San Francisco.

En él trabajaba, en la sección de dulcería, Marisol. Yo iba por allí siquiera fuera por recibir la brisa fugaz de su mirada. Desde los balcones de sus ojos podías contemplar las aguas del Caribe. Te perdías en la profundidad del horizonte verde y traslúcido. Tenía una sonrisa lindera con la melancolía que a mí me atraía como al perdigón el canto de la perdiz en mayo. Bien entendido que mis observaciones las hacía guardando las distancias, casi sin que ella se diera cuenta, aunque dicen que una mujer sabe cuándo la estás mirando, a pesar de que no te vea. Yo aprovechaba cuando atendía a otros clientes porque cuando me atendía a mí el rubor me hacía zozobrar y naufragaba. Lo máximo que conseguí fue alguna hartera de dulzainas porque esa atracción no pasó del zaguán de la casa de Platón.

Eran también años de cine. Lo considerábamos una buena alternativa para pasar la tarde de los sábados y domingos. Recuerdo ahora a bote pronto el ‘López de Ayala’, ‘Menacho’, ‘Conquistadores, ‘Avenida’ y la sala de arte y ensayo, ‘Pacense’. Allí vi la película Darling, dirigida por John Schlesinger y protagonizada por la bella Julie Christie, la inolvidable Lara de Doctor Zhivago.  Otros ojos como los de Marisol. Pero esos estaban pantalla por medio y así podía recrearme en cada detalle sin sentirme cohibido con la mirada penetrante de la protagonista y sin naufragios ruborosos.

Ferias y fiestas

Esta semana, si por mal no fuera, estaríamos de feria de Llerena. De la antigua concentración de tratantes de caballerías que acudían por estas fechas a la compra y venta no queda nada. Ni siquiera el terreno donde se reunían alrededor del pilar con las bestias, ocupado hoy por el crecimiento de las edificaciones.  Lo que fue rodeo se ha reducido a fiesta con comidas, bebidas, ruidos y paseos por el real.

De pequeño me llevó mi padre para que la conociera.  Había muy pocos coches particulares y de servicio público solo dos. La gente subía a la carretera y allí esperaba a los taxis que no dejaban de dar viajes. Los abordaban en cuanto estaban a su alcance. Hasta hubo discusiones por el turno que le tocaba a cada uno.

Las atracciones principales eran el rodeo por la mañana y el circo y el teatro por la tarde.

Aquella noche fuimos a un espectáculo en el que actuaba, entre otros, Manolo ‘El Malagueño’.

Estuve más pendiente durante la actuación de las reacciones de mi padre y sus amigos que de lo que ocurría en el escenario. Vi cómo se emocionaban poniendo la frente tersa cuando cantaba ‘El niño perdido’. “La madre desesperada no encuentra remedio humano…Cuando llaman a la puerta y un buen hombre se presenta con el niño de la mano”.

También acudían a la feria compañías de teatro, como la del ‘Mari Paqui’. En mi pueblo lo instalaron en la Plazuela.  Pepe, se llamaba el empleado que organizaba el montaje de toda la infraestructura: sillas, escenario, telones…  Los que éramos niños entonces, principios de los sesenta, andábamos detrás de él porque si le ayudábamos en algo nos daba entradas. También se las regalaba a los vecinos que le prestaban algún mobiliario para las representaciones.  El “Crimen de D. Benito”, con la desafortunada Inés María como protagonista, era una de las obras que traían en su repertorio y que fue de las que más gustó al respetable. Los Álvarez Quintero no faltaban. Los actores que componían el plantel de aquel teatro ambulante eran muy buenos. El recinto se llenaba todas las noches. Quedó en la memoria de los que lo conocieron una cancioncilla, que era como su carta de presentación: “Mari Paqui, el teatro de las grandes simpatías…”

Cuando salimos de la función de Llerena llovía intensamente. Habíamos quedado en que el taxi nos recogería en ‘La Casineta’, emblemático bar de la plaza.  Me entretuve viendo llover desde los soportales. A contraluz de las farolas las cortinas de agua, como tendidas al viento, formaban impetuosos remolinos.

Corrían por el regajo de la calle las bolsas vacías de las chucherías. El reloj de la torre era un fanal en medio de la tormenta. Un espectáculo gratuito del que disfruté mientras los mayores distraían la espera en la barra. No me gustó que llegara tan pronto el taxi aquella noche.

Juegos de otoño

Cuando llegaban las primeras lluvias nos gustaba ponernos los jerseys que nuestras madres habían guardado en el ropero a principios de verano. Suponía una vuelta a la tibia intimidad después de las dilatadas jornadas del estío. Con los preludios del otoño cambiábamos de juegos y entretenimientos, más en consonancia con la climatología y la disminución de las horas de sol.

Cada estación tenía un aliciente para nosotros. Íbamos descubriendo los ciclos de la luz y de la vida con curiosidad y sin la rutina que dan después los años.

Comenzaba el viento de poniente a desprender las primeras hojas de los árboles. Alfombras de colores ocres, naranjas y ambarinos que las tolvaneras levantaban del suelo presagiando el próximo cambio de tiempo. La luna con sus cercos y sus halos las noches anteriores lo anunciaban.  A los pocos días las nubes asomaban por las crestas de la sierra como escuderas que estudian el terreno para la batalla inminente.  Lluvias con sabor a despedida de vivencias veraniegas y a plácido reencuentro con el otoño en el andén donde las estaciones cambian sus trajes. La primavera viste, el otoño desnuda y reparte fragancias de tierra mojada después de una larga sequía.  

Retomábamos entonces los juegos que habíamos abandonado en el verano. En la tierra humedecida jugábamos a pinchar el clavo, compitiendo con destreza y puntería en algunos prados del ejido.

 

 

 

 

 

Saltábamos a la pídola.  La modalidad que menos preparativos necesitaba era la que hacíamos saltando uno sobre todos los demás puestos en fila. Cuando acababas te agachabas, hacías de burro y a aguantar a todos sobre tus espaldas.  Lo denominábamos ‘paso Berlanga’, quizás por la cercanía entre los dos pueblos y porque si no dejabas de saltar podías llegar al destino entretenido y ejercitado.

Otra modalidad era el barranco, más estática. Según saltábamos íbamos diciendo algunas retahílas. Cada vez que acababa una serie por haber saltado todos, el que hacía de burro medía un pie y medio y se alejaba de la línea que no podía pisarse. Así, hasta que la distancia era considerable y el salto se ponía tan difícil que solía terminar con el saltador dando con las narices en el suelo y el paciente burro, deslomado.

El que empezaba la serie anunciaba la modalidad que todos debían seguir, como apoyar solo una mano o hacerlo sin tocar nada. Una variante consistía en dar un taconazo en el culo del que estaba agachado. ¡Con espolique!

 

 

 

 

 

 

 

 

Para lanzar el ‘repión’ o peonza había que enrollarlo bien con una cuerda. Una moneda de dos reales o una chapa de refresco machacada en un extremo para sujetarla entre los dedos. Competíamos en duración de giros y en cogerlos del suelo y colocarlos sobre la palma de la mano.

Son algunos de los juegos con los que nos divertíamos entonces, cuando con las primeras aguas plegábamos las velas del estío y nos retirábamos al resguardo de la dársena otoñal.

Que siga la música

Una de las consecuencias negativas de la pandemia ha sido la de suprimir las verbenas, animadas por conjuntos musicales y orquestas en las plazas de nuestros pueblos.
Desde los antiguos, con poco más que un saxofonista y un batería hasta los modernos grupos con numerosos componentes, juegos de luces, máquinas de humo, rayos láser y potentes equipos de sonido, la música siempre ha estado presente en nuestras fiestas.  Yo recuerdo a un hombre ciego con un acordeón, que me trasladaba mentalmente a la taberna de un puerto de mar.
La música de las verbenas fascina, enardece y evoca.  Hay canciones que dejan posos de acordes asociados a sentimientos que vuelven a aparecer cuando se escuchan de nuevo.
Un solo de trompeta de Félix Bote, avanzada ya la noche, abría en la bóveda oscura del cielo, más allá de los farolillos, una brecha radiante y metálica.  Desafíos que ascendían altivos y después, rotos en pedazos de lejanos ecos, se mecían un momento en la cuna del aire y bajaban, vencidos, en copos sonoros a la plaza.
Al principio era el pasodoble el escudero que abría el baile.  Los hombres, abrochadas sus chaquetas y compuesto el porte, se dirigían hacia el grupo de mujeres para invitarlas a compartir bailando música tan animosa y española.
Un paisano, aficionado al buen vino, a la copla y a las ferias, me comentó después de escuchar ‘Nerva’ con marcial postura, que la única pena que tenía en esta vida era no haber sido músico. Disfrutaba escuchando canciones que provocaban su emoción y nostalgia.  Algunas veces, cuando la copla, según decía él, le espelucaba el vello y el brillo asomaba a sus ojos se ponía en pie, erguido y entusiasmado.
Con la música hemos acariciado muchas noches el cuerpo de una pareja, cuando el mundo se resume en dos personas unidas por un abrazo.  El pelo al viento leve, las mejillas juntas y los corazones latiendo al unísono en los pechos.
¿Quién no ha pedido alguna vez que pare el reloj el andar de sus manillas al ritmo musical del famoso bolero de Roberto Cantoral? Entre brumas de olvido y fantasía, mezclando lo que fue con los deseos, recordamos noches inolvidables, allá en el fondo de la edad perdida. ¡Oh, beatíficas caras trascendidas hacia la mística de lo sublime!
Amanecía- porque nadie había escuchado la vana pretensión de que quedara el tiempo detenido en nuestras manos. El sol nos encontraba abrazados a las sombras de las quimeras en el aire fresco de la aurora.
Nos hacen falta las canciones para estimular nuestra fantasía y emocionarnos. Los músicos del Titanic siguieron interpretando cuando el barco se iba a pique. En algunas cantinas del oeste americano ponían un cartel en la pared rogando que no disparasen al pianista. Ingrid Bergman en Casablanca le ruega a Sam que vuelva a tocar ‘As time goes by’.
Siempre nos quedará la música para tiempos de zozobra.

Volver a empezar

Recuerdo mis primeros años de escuela como alumno, hace ya tanto tiempo que da vértigo asomarse.
La mano, hecha puño, vellón rosado con el cuerpo extraño del lápiz, y la lengua entre los labios, acompañando con su movimiento los primeros trazos. El descubrimiento de un mundo nuevo a través de grafías asociadas a dibujos de casas, animales, frutas, y estas a sonidos: Ma, me, mi, mo, mu… Mi mamá me mima. Íbamos a la mesa del maestro a leer en la cartilla.  Yo voy ya por la llave y tú por el tomate. En el cuaderno quedaron las líneas inseguras y los garabatos, entre las cuatro paredes de la clase, los sonidos titubeantes de nuestras voces enlazando vocales y consonantes en una red de combinaciones que entonces nos parecía la jungla. En el corazón, el agradecimiento a quienes nos iniciaron en el maravilloso mundo de la lectura y escritura.
Me acuerdo del estreno de aquellos zapatos del ‘Gorila’ y de la pelota verde que nos daban de regalo. De la colocación de las carteras en la puerta de la escuela para guardar el turno de llegada, de la voz del compañero que hacía de vigía y anunciaba la llegada del maestro nada más verlo aparecer calle abajo y de nuestras carreras a su encuentro para darle los buenos días.
De la plumilla que mojábamos en el tintero de porcelana blanca metido en los agujeros del pupitre y que uno de los alumnos mayores llenaba cada mañana. De la fecha, la consigna y la muestra escrita con letra primorosa en la pizarra que nosotros copiábamos con sumo cuidado en la libreta de caligrafía de dos rayas. De la alegría cuando con lápiz rojo el maestro nos ponía ‘Muy bien’ y lo mostrábamos a los compañeros con satisfacción.
En estos días los profesionales de la enseñanza están preparando la vuelta al cole. El papeleo y la burocracia han ido ganando terreno a la docencia. Reuniones de grupos de un mismo nivel, departamentos, coordinación de ciclo, comisión pedagógica, equipo de orientación con los tutores, claustros, consejos escolares…y la elaboración de programaciones y proyectos, del plan del centro, memoria, estadísticas…Los tiempos cambian. Y por si fuera poco este curso ha venido a parir la abuela con la dichosa pandemia.  Tendrán que seguir los protocolos establecidos y anotar y comunicar cualquier incidencia que se produzca, además de estar pendientes de que los niños guarden distancias y observen las restantes medidas higiénicas. “Y el tiempo que te quede libre, si te es posible dedícalo a mí”. No habrá más remedio, quizás, pero es difícil ponerle puertas al campo o encerrar al viento en una jaula.
Desde aquí mi ánimo para todos con la frase que un maestro viejo nos dijo a quienes acabábamos de empezar: “A pesar de todo, los padres siguen confiando en nosotros porque nos entregan para su educación lo que más quieren, a sus hijos”.

Plaza de Llerena

Esta plaza, que según opiniones distintas tiene un diseño oriental, indiano o castellano, va recuperando poco a poco a las personas después de la soledad de los días de confinamiento. Un grupo de hombres pasea por el recinto interior, más elevado que el resto y limitado por bancos de granito y baranda metálica de forja. Van y vienen sobre las losas una y otra vez.  El suelo exterior que circunda a este espacio está empedrado con menudos rollos, piso poco propicio para el requiebro galante del ‘pisa, morena’.

En un momento se mezclan con estruendosa algarabía los graznidos de los grajos, el piar de los vencejos, el griterío de la chiquillería y los toques de las campanas. Unas madres conversan sin perder de vista a sus hijos pequeños que ora ríen, ora acuden llorando porque les han quitado la pelota.

En la parte que da al poniente se levantan dos encinas nuevas que escoltan a la antigua fuente diseñada por Francisco de Zurbarán, quien vivió y tuvo su taller en una de las casas de los soportales.  Pintor de claroscuros religiosos que mira atentamente, paleta y pincel en mano, desde el atrio del templo en una estatua sedente, a medio camino entre’ El pensador’ de Rodin y un cazador al aguardo en la tronera. Bella obra del escultor llerenense Ramón Chaparro Gómez.

Acuden al toque de las campanas algunos fieles, pocos en los tiempos que corren. Imagino que sus rezos se elevarán por los muros de la iglesia como humo de incienso rumoroso y alcanzarán en la veleta el último sol de la tarde que los llevará por los caminos de su fe en un largo viaje. Si los dogmas admitieran pensamientos se enredarían en las marañas de las dudas. ¿Por dónde irán mis rezos infantiles? ¿Habrán llegado al destino que imaginé entonces entre nubes blancas de algodón y coros de rubicundos querubines? Iban vestidos de inocencia, puro candor de niño crédulo, desde las majestuosas catedrales y la penumbra de iglesias de pueblo, sin acuse de recibo. Tal vez se extraviaron entre las galaxias por los inextricables laberintos de estrellas y agujeros negros. Los más temerosos salieron de mi almohada, súplicas nacidas del miedo al fuego eterno por si la muerte me cortaba el paso una mañana.

El sol ha abandonado ya las ‘picochas’ y retirado de los tejados los últimos flecos dorados de su vestido.  Vuelve el silencio acompañado por una suave brisa.

A medida que oscurece brilla más la luz de los relojes de la torre y el ayuntamiento, con números de caracteres árabes el primero y de romanos el segundo. Un estrabismo conciliador. Las campanadas de las horas se retiran lánguidamente por el zaguán de la noche.

Aparecen las primeras estrellas en el trozo de cielo limitado por las fachadas. El mismo cielo que en otros tiempos fue testigo de autos de fe de la Inquisición, de fiestas, zarzuelas, verbenas, mercados, corridas de toros y de despedidas de aventureros que hicieron las Américas. Hay mucha historia escrita en las hojas azules de sus archivos.

Monedas y billetes

Los de mi generación utilizábamos las perras gordas y las perras chicas para nuestras pequeñas compras y juegos. La peseta para el cine de los domingos y los días de fiesta. Los mayores valoraban tierras, mulas y jumentos en reales, vestigio de cuando el real de a ocho fue divisa universal en los tiempos de esplendor del imperio español.  Conocido también como peso fuerte o peso duro transmitió el apelativo de dureza por semejanza a la moneda de cinco pesetas, el duro, que ya era palabra mayor para valorar las transacciones.
En mi memoria queda el real de los tiempos de Franco con su orificio central, que también tenían los dos reales. Sin embargo, la de diez, más oscura, no llevaba el ombligo al aire.
Las monedas originarias de diez y cinco céntimos fueron acuñadas en el año 1870 por orden del gobierno provisional que se formó tras el triunfo de la Revolución de 1868.
En el reverso se representaba a un león sosteniendo el escudo de España. Tan difusamente perfilado estaba que el pueblo lo confundió con una perra gorda y con ese apodo pasó a la historia la mayor y como perra chica, con el mismo diseño, pero más pequeña, la de cinco.  Tanto caló lo de la perra que tener muchas, como ya sabemos, es sinónimo de ser rico.
Del cobre con que estaban acuñadas las primeras se pasó, linaje y título incluidos, al aluminio de las de la dictadura. Estas fueron las que yo conocí.  Jinete con lanza en el anverso y escudo del águila al reverso. Cuando echábamos suerte para los juegos lanzando la moneda al aire, en lugar de cara o cruz decíamos caballo o águila.
Lo de rubia para denominar a la peseta, que también procede del tiempo del gobierno provisional de 1868, se debía al color del metal de las emitidas durante la Segunda República. De ellas decían que eran la perdición de los hombres porque reunían en su circular contorno el dinero, la mujer y el vino, representado por el racimo labrado en su reverso.
De billetes conocí hasta los de peseta. Como el material debía de ser escaso para hacer nuevas emisiones, en su tráfico iban acumulando mugre y desperfectos. Estos segundos los solucionaban con las tiras de papel donde venían sujetos los sellos de correos. Una vendita que se les pegaba con tal de que no tapara el número de serie porque en ese caso no los admitían en las tiendas.
En este discurrir aparece un niño agarrado con sus manos al borde del mostrador. Se emperica y suelta sobre la superficie de madera las monedas que lleva en su mano. Pide un pirulí que el comerciante le entrega. A ver qué traes ahí. El tendero cuenta.  Son siete chicas, te sobra una perra gorda. Y el muchacho se va corriendo a endulzar la tarde al rincón de la plazuela.