Cálido verano

Con la misma cadencia que se suceden los veranos, lo hacen los consejos para sobrellevar las canículas y las noches tropicales. Dietistas, médicos y meteorólogos, aportan cada uno la parte de su ciencia para atravesar este desierto.

 Los psicólogos explican que el calor provoca irritabilidad y que un incidente puntual, como tropezar con la pata de la cama cuando nos levantamos de la siesta, puede provocar un alud de imprecaciones y juramentos dignos de mejor causa.

Hemos entrado en el tiempo en que el azul del cielo se enturbia de calimas y el aire se carga con plomo de solanos. En ese agobio que provoca la flama hay que echar mano de flema y como el calor no impide el pensamiento, conviene reflexionar ahora sobre las sensaciones de estos primeros seis meses del año. Un examen de conciencia, si es que nos queda. Analizar el poso que dejan los acontecimientos, sin móviles ni ordenadores, pero sí con la inteligencia que nos aportan nuestras neuronas y no la que nos muestra la manipulable inteligencia artificial.

Es muy complicado ser neutral y no perecer en el intento. Quizás los árboles no nos dejan ver el bosque. Es mi percepción, claro. Tengo la impresión de que nuestros representantes políticos están más ocupados en las disputas partidistas y su repercusión en los medios de comunicación que en los problemas de la vivienda, educación, sanidad e infraestructuras y que, cuando lo intentan, acaban como el rosario de la aurora o tirándose los candiles al culo.  Su lenguaje, con insultos personales, va camino de la jerga de los carreteros y de discusiones tabernarias de suburbio. Qué lejos de la oratoria razonada, de la fina e inteligente ironía de otros tiempos.

No es que no se respeten entre ellos, es que tampoco nos respetan a nosotros.

Si usted es una persona moderada, los exaltados lo acusarán de equidistante, de que no se compromete y si da una opinión que defienda o ataque a cualquier bando, acantonados en sus irreductibles posiciones, lo calificarán de facha, radical de extrema derecha o extrema izquierda. Ellos, siempre ellos, tan lejanos, se consideran a sí mismos como modelos de proceder, de estar en posesión de la verdad, en el lugar donde sus ideas son la piedra angular que sostiene el edificio del Estado.

Mal lo tendría un Adolfo Suárez en una situación como la actual. Quizás lo que sobre sean vísceras y hagan falta más cabeza y corazón.

Mientras pienso esto, echado sobre la cama, entra por una pequeña rendija de la ventana un rayo de luz hasta el suelo por donde cruzan motitas de polvo.  Fuera reina el silencio. En una difusa duermevela veo una mecedora donde un hombre dormita y una mujer con gafas de cerca zurce sentada en una silla. Otros tiempos. Que el verano nos traiga un poco de calma y lucidez. Hasta septiembre, si por bien es.

Cartas y carteros

Los carteros llevaban las cartas en una cartera grande de cuero grueso y duro con una amplia solapa para protegerlas de la lluvia, cierres de hebillas y una correa para colgarla al hombro. En su interior iban misivas de amor, de amistad, de luto en sus bordes negros o de cumplidas felicitaciones.  La escritura sale del corazón y, a través de la mano, se posa en el papel con la identidad irremplazable que a cada cual le aporta su caligrafía.

Cartas que sorprendían por inesperadas después de muchos años sin noticias o aliviaban la angustia si la espera se alargaba. Servían para salvar las distancias que separaban las orillas, como pasiles en los arroyos, para hacer más llevadera la ausencia y ahuyentar al olvido.

De enamorados que intercambiaban besos y promesas con corazones atravesados por flechas, de padres e hijos, de esposas y maridos, de amigos…

Tenían sus formulismos que abrían y cerraban el mensaje principal.  “Espero que a la llegada de esta os encontréis todos bien, nosotros quedamos bien, gracias a Dios”.  “Y tú, recibe un abrazo de este tuyo que lo es”.

Cartas que hacían llorar o reír. Casi siempre con algunas gotas de melancolía. Al cartero se le esperaba detrás de la puerta entornada o de los visillos, sabiendo la hora aproximada de su paso.

Los que no querían esperar a que pasase por su puerta acudían a la oficina, que era una habitación de la casa en que vivía, y aguardaban a que hiciese el apartado.  Consistía en agruparlas por calles. Nadie lo molestaba mientras tanto. Terminada su tarea entregaba a cada uno su correspondencia. O les presentaba las manos vacías con las palmas hacia arriba.

 Si antes se aguardaba su llegada con ilusión ahora, si lo ves pararse en tu puerta, se te ponen las orejas como conejo que escucha ruido. Las notificaciones de organismos administrativos (hacienda, catastro y tráfico, fundamentalmente) con acuses de recibo no suelen traer dádivas en su interior.

El servicio de correos, que tuvo antes gestión privada en manos de una familia de origen italiano, pasó a ser servicio público en el siglo XVIII, en 1716. Los primeros carteros comenzaron a repartir la correspondencia unos años después, en 1756. Al principio no existían muchos medios de transporte, así que entre localidades se utilizaban caballos para este menester.

Los emisarios utilizaban una clase de corneta, que tocaban para reunir a los vecinos en los lugares de reparto. Tiene el nombre de cornamusa y ha pasado a ser componente fundamental del logotipo actual de correos, diseñado en 1977 por José María Cruz Cubillo.

Ya no se escriben cartas. Los medios tecnológicos han reducido el intercambio postal al mínimo y Correos se ha ido adaptando a las demandas que piden los tiempos.

Las abreviaturas y los emoticonos, como la grama, han inundado la besana de la caligrafía. No nos queda otra que acostumbrarnos a ellos.

Agua fresca

Puesto ya el pie en el estribo del caballo que, en cervantina expresión, nos llevará a los días luminosos y sofocantes del estío, no está de más, para recuerdo de unos y conocimiento de otros, escribir sobre algunos usos que se hacían antiguamente del agua.

Secos ya la mayoría de los regatos, reducidos a hilillos los que aún conservan humedad y abocados al estiaje los arroyos y pequeños riachuelos que nos circundan por estas tierras del sur de Extremadura, referirlos ayuda a realzar la importancia del agua y lo que se la echa de menos cuando falta.

Los que ya tenemos en el aljibe las tres cuartas partes de vida acumulada, como el planeta, hemos bebido en las gavias en las que corría clara, haciendo cuenco con las manos.

La sacamos del fondo de los pozos entre rejones de luz donde centelleaban las escamas de los peces.

En los pozos del campo, atadas en el arco del brocal que sostenía la garrucha o en la parte interior sujeta con un clavo, había una cuba o una lata que el propietario dejaba para saciar la sed de caminantes y cazadores.

Hemos bebido en manantiales en cuyos alrededores crecían berros, mastranzos y juncos, protegidos por las sombras alargadas de los chopos.

Sabemos del chirriar de los cangilones de las norias, que vaciaban en las acequias de las huertas, deslumbrada de espejuelos en su ascenso desde el fondo oscuro.

Las cuadrillas de trabajadores del campo disponían de un trabajador fundamental. El aguador. Estaba encargado de ir a la fuente más cercana para acarrear el agua, que, en poco tiempo, los segadores convertían en sudor sobre la tierra cuarteada.

Abundantes y evocadores son los nombres de las vasijas que prestan su cuerpo para darle forma: cántaros, botijos, pipotes, barriles, pipas, tinajas, zaques, arcaduces, cantimploras, bidones, cubas…

Algunos propietarios de viviendas han conservado las cantareras de madera o de mampostería, con los bordes protegidos por tela o corcho para evitar roturas. Estaban en lugares donde corría el aire dentro de la casa para que se mantuviera el agua fresca.  Allí se colocaban los cántaros, también los botijos y las monedas sueltas que sobraban de los mandados.

Como en esos tiempos tan lejanos aún no se disponía de neveras y frigoríficos se usaban otras maneras para mantener el agua con una temperatura apetecible. ¡Qué reconfortante el frescor de la que había pasado la noche al relente del corral en el botijo, tapados su boca y su piporro para que no entraran bichos!

En las horas en que el sol bajaba vertical y pegajoso a los montones rubios de las eras, se metía el barril al resguardo del mediodía entre los haces de espigas, previamente humedecidos.

Al atardecer, mientras los niños juegan al balón en el ejido, pasa una mujer con un cántaro en el cuadril y otro sobre una rosquilla de tela en la cabeza, camino de la fuente.

 

Otros mayos

Mayo gira a mitad de su trayecto y sale al campo por los ejidos para festejar en el cenit de la primavera a san Isidro, patrón de Madrid y de los agricultores, a quien, según la leyenda, los ángeles le hacían sus labores mientras él rezaba.  

En estas tierras del sur de la región extremeña empiezan ya por estas fechas a encanecer las praderas y dorar las siembras.  Se escucha entre los olivares el canto de las chicharras, del cuco y la abubilla. Las amapolas adornan de cálices rojos lindes, ribazos y pegujales.  

Las espigas, en delicada flor, quedan al albur del solano, que las secan o del gallego que las madura.

Acuden a la memoria, como olas en el mar de los trigales, recuerdos de otros mayos, cuando por el cuerpo joven corría un río impetuoso de  vida alimentado por la vertiente natural de las hormonas.    

Tiempo de esquila, como era antes, cuando traían los pastores a los guaches del pueblo las ovejas desde las fincas y las cuadrillas de esquiladores las pelaban a mano con tijeras.  

Era también tiempo de pesca con trasmallo en los arroyos y ríos que tenían estiaje. De partir los largos día de luz, que iban camino del solsticio de verano, con el descanso de la siesta.

Para la virgen, ofrenda de flores de los pletóricos jardines y de infantiles voces de ingenuos corazones que entonaban el “Venid y vamos todos”, mientras subían aromas del azahar de los naranjos desde el patio.

Auras en los pañuelos al cuello de las mocitas bellas, mariposas perfumadas acariciando sus encendidas mejillas. Todo se mezcla en un puzle de sensaciones.

Mes de estudio y exámenes, de ojeras por el esfuerzo y coderas desgastadas. De los antiguos profesores quedan muy pocos. El mes pasado se fue don Miguel Ponce. Otros, buenos unos y otros, regulares, que de todo hubo, le precedieron en la marcha inevitable.

Los exámenes de final de curso eran orales, ante un tribunal que estaba formado por el profesor que había impartido la asignatura y otro colega.  Un alumno dentro y otro en la puerta esperando con incontrolables ganas de orinar.

La primavera pasaba de largo en el internado tras las rejas de luminosos ventanales y mi imaginación se iba detrás de las mariposas que a veces tocaban con sus alas los cristales. En tierras de Babia escuchaba yo de fondo a los griegos de don Juan Martínez y las matemáticas de don Antonio Zambrano, como si aquello no fuera conmigo. Con catorce años es difícil ponerle bridas a la fantasía.

Los recuerdos van surgiendo a salto de mata mientras regreso de un paseo por el campo, a la hora en que cantan las ranas y los grillos. En el lienzo violáceo de la tarde, el lucero destaca su rejón como una espina y el sol ha dejado sobre el horizonte la estela de un desmayo.

Movilidad social

Durante siglos los hijos de los pastores siguieron guardando ovejas, los de los mayorales y aperadores desempeñando las funciones de los padres en las mismas casas solariegas, los de los labriegos continuaron sembrando y recogiendo mieses en las mismas besanas y los de los herreros forjando hierros y avivando el fuego de la fragua con el fuelle. Pero los nietos y bisnietos, bien entrado el siglo veinte, interrumpieron la cadena y comenzaron a estudiar. Obtuvieron títulos universitarios y ejercieron de maestros, abogados, veterinarios, médicos, ingenieros…

Con esa preparación se le quebró una alfajía a la techumbre de los estamentos.  No era fácil cambiar de ubicación en este edificio, pero con las conquistas sociales se hicieron más permeables los límites y los niños yunteros que describió Miguel Hernández, nacidos para el yugo, rompieron la inercia de siglos y ascendieron socialmente de la única forma que podían hacerlo: a través del estudio, del sacrificio de sus padres, de las becas y de su esfuerzo.

Esa es la revolución pacífica y silenciosa que permite una movilidad social y va transformando a la sociedad. Los condicionamientos de las clases sociales siguen existiendo. Nacer en una familia o en otra sigue siendo determinante. Las hay que pueden permitirse grandes desembolsos económicos para dar estudios a sus hijos en prestigiosas universidades y otras se las ven y se las desean para pagar una habitación en un piso compartido para los suyos. En la Edad Media el ascenso social primordialmente tenía dos estrechos ascensores: meterse en el clero o hacer méritos en la guerra.

Los reyes premiaban con posesiones y títulos los servicios a la corona. De aquellos tiempos queda una corte diseminada y privilegiada de aristócratas que generación tras generación han ido ostentando, no sin traperas puñaladas y traiciones, abolengos, blasones y escudos que dan lustre, prestigio social e influencias.

El dinero solo da un brillo estridente. Para tratar de disimular la ordinariez lo cubren de toga, muceta y birrete con el nombramiento honorífico de doctores. El saber siempre enaltece.

Para la gente normal el principal medio de movilidad social es la educación. También, otro:  la política, con sus atributos de mando y el poder que da conceder subvenciones y licencias. Es el medio que menos preparación requiere. Teóricamente, ninguna. Ser mayor de edad, no haber sido condenado por delitos que conlleven esa privación u ostentar determinados altos cargos. Así es en puridad democrática. Negarlo iría contra un principio básico. Solo hay que afiliarse a un partido, obedecer ciegamente al líder y aplaudir cuando lo manden. Los meten en el cajón de sastre de las listas cerradas, donde a más bulto, menos claridad y, si los votos son propicios, pueden asistir con la cabeza erguida a actos civiles y religiosos. En caso de cesantía siempre hay un puesto en los reductos que aún controla su partido para reubicarlos, aunque confundan un bien inmueble con una cómoda. 

Esquelas y epitafios

Existen diversas formas de anunciar la muerte de alguien. Otras tantas, de dejar constancia de la misma para el recuerdo.

Los dobles de campanas y el boca a boca de los vecinos es la más tradicional. Se sigue haciendo así, pero los bandos móviles llevan la noticia hasta nuestras manos de modo más rápido y general.

Publicar esquelas en los periódicos, donde el tamaño importa, es una manera más selectiva de darlo a conocer. Son como tarjetas de visita de los deudos con los méritos del difunto. Lápidas de papel que se irán poniendo amarillas en las hemerotecas.  De las frases tópicas-todos morían habiendo recibido los santos sacramentos y la bendición de su santidad- han evolucionado hacia una pequeña crónica social. Incluso a textos literarios ingeniosos.

Las esquelas dan lustre a los que quedan. No hay familia pudiente o de abolengo que no deje constancia del óbito del finado en papel prensa.  A más tamaño y número de esquelas, más repercusión social. Apellidos ilustres con conjunciones copulativas, guiones y preposiciones y un currículo de cargos desempeñados, realzan la figura del difunto, a quien poco le importa ya, y aportan laureles a la sobreviviente parentela.  Las esquelas constituyen un reflejo sociológico de las que algunos lectores, previo minucioso estudio, desgranan e hilvanan conclusiones.  Deducen desavenencias entre parientes por las posibles omisiones, se remontan a las ramas familiares de los consortes y construyen árboles genealógicos.

Para la permanencia del recuerdo del difunto en la memoria colectiva también existen modalidades. Desde la cruz con unas iniciales a suntuosos panteones de mármol y granito.

Hay una costumbre, ya en progresivo desuso, que consiste en confeccionar unos recordatorios para repartirlos entre familiares y amigos del fallecido con imágenes de vírgenes dolorosas y cristos crucificados, en los que se incluían sus datos personales, jaculatorias y frases piadosas.

Es una forma personal, más reducida de tamaño, pero más amplia de plegarias que las lápidas de los cementerios. Se repartían pasadas unas semanas del óbito.

De epitafios hay un curioso muestrario. Desde los humorísticos recogidos por Francisco Martínez de la Rosa en su obra ‘El cementerio de Momo’: “Aquí yace un cortesano, /que se quebró la cintura/ un día de besamanos”. O este otro: “Yace aquí un mal matrimonio, dos cuñadas, suegra y yerno…No falta sino el demonio para estar junto el infierno”, a los que escribieron los propios interesados para sus tumbas. Así, Miguel de Unamuno: “Méteme, padre eterno, en tu pecho, misterioso hogar. Dormiré allí, pues vengo deshecho del duro bregar”.

 Enrique Jarduiel Poncela, escribió lo que todos sabemos: “Si queréis los mayores elogios, moríos.” Vicente Huidobro, una bella alegoría: “Abrid la tumba. Al fondo, se ve el mar”.

No sé los que lucirán en sus panteones cuando mueran los paranoicos con tanto poder, que tienen la desvergüenza, ellos y los aduladores que se prestan, de apoyarse en religiones para justificar los miles de muertos que provocan.  

Otras Semanas Santas

Nuestras primeras Semanas Santas fueron de vigilias, matracas, bulas de la santa cruzada, procesiones con dobles filas paralelas de hombres y mujeres y sermones de siete palabras que parecían setenta. Veníamos del chis y el dedo en los labios pidiendo silencio porque había muerto el Señor.

 Mayorales con trajes oscuros y calvas brillantes en los oficios de la tarde. Gente que llegaba de los cortijos al pueblo con el rostro curtido por el sol y un día reservado para confesar los pecados cometidos en el campo y en los chozos.

Las imágenes de los santos en la iglesia, tapadas con telas moradas.  Suaves ojeras lilas de mocitas bellas a la luz de las velas. Jubileos de beatas sacando almas del purgatorio con entradas y salidas al cancel. La solemne soledad de la madrugada del jueves al viernes velando al sagrario vacío.

A ese tiempo, a dos luces fusionado, lo llaman los entendidos nacional catolicismo, un ensamblaje en el que era difícil deslindar las competencias de las dos instituciones. Privilegio de presentación de cardenales y algunos prelados saludando brazo en alto.

Como no habíamos conocido otras, nos parecía que siempre fue así y así seguiría siendo. Quedaban todavía por suceder muchos acontecimientos para ir deslindando el mundo del César del de Dios.

De eso veníamos. Así que la primera vez que fui a una discoteca en un viernes santo, en los albores de la democracia, sentí una culpa difusa de no saber bien qué infracción estaba cometiendo, temor a verme sorprendido, como el niño de la enciclopedia Álvarez a punto de coger el caramelo de un tarro de cristal, sorprendido por la voz de la conciencia. Miraba de vez en cuando a la puerta por si entraban las fuerzas del orden a pedirnos la documentación.

Les refiero un caso como muestra de este solapamiento de competencias. Los quintos de aquel año, los nacidos en el cincuenta y uno, decidimos pedir permiso al que ejercía de alcalde para que nos dejara hacer baile el día de San José.  Vaya aprieto al que se vio abocado. Para no comprometerse ni desairarnos, nos dio una respuesta entre la de Salomón, partiendo en dos, y Pilatos, lavándose las manos. Por mí no hay impedimento, pero decídselo al cura.  Era tiempo de cuaresma y nunca antes habían dado permiso. Ni siquiera aquella vez en que le dejaron un gato colgado en la ventana: “Cura, curato, como no nos dejes hacer baile te verás como este gato”. Con estos antecedentes nos dirigimos a la casa parroquial con el argumentario preparado.  Le expusimos que el día de san José es como una isla dentro de la liturgia propia del tiempo de cuaresma.  Pero no hubo manera y los quintos de aquel año, como los de años anteriores, nos quedamos sin baile. Y nosotros, ‘unos sollozando y otros en silencio’, salimos sin saber quién era el que mandaba en el pueblo.

La trastienda

Mi tío José tenía un comercio donde se vendía de casi todo. Desde cal viva y azufre de intenso color amarillo hasta castañas pilongas en sacos de yute. Desde botes de colonia con un pulverizador en forma de pera hasta puntas y alcayatas. Un lema de experto comerciante. Nunca digas al cliente que no tienes el artículo que solicita. Está pedido.

El mostrador era la columna vertebral de los intercambios, donde se enseñaban los artículos y se despachaban. Por un extremo disponía de una parte levadiza para entrar y salir.  En el otro, que hacía recodo, estaba la balanza numerada y debajo el saco del azúcar donde yo acudía como pajarillo a las espigas. Unas veces le pedía un terrón y otras, en un descuido, lo tomaba yo por mi cuenta.

Pero las mercancías principales eran las telas, las que venían en piezas y se vendían por metros. Estaban en la estantería frontal ordenadas por calidades y colores. Pana, muselina, terciopelo, seda, raso… Una muy solicitada era el ‘lencete’ moreno.

Las mujeres pasaban las manos sobre ellas y acercaban la vista para cerciorarse de sus cualidades. El metro era el instrumento de medida, aunque todavía algunas de las personas mayores pedían por varas. En el mostrador estaban marcadas las ranuras que fijaban su extensión. Resultaba más cómodo.  Antes de separar el total de la compra le añadía dos dedos de demasía para que fuera bien despachada. Las tijeras abiertas en ángulo pasaban a contrahílo de un extremo a otro.

La fachada del comercio era el escaparate. Allí colocaba los artículos, según la temporada. A comienzos de verano, los sombreros de paja, los bieldos, rastrillos, cribas y palas. Cuando llegaban las lluvias, los capotes negros impermeabilizados con brea o alquitrán.

Con ellos por los hombros, veía yo pasar a los agricultores de regreso a sus casas, montados a mujeriega sobre las bestias en las tardes de lluvia.

Las mujeres, piedra angular de las casas en una economía en la que no se desperdiciaba nada, confeccionaban los trajes y echaban remiendos y zurcidos a la ropa de faena de sus maridos, hasta que quedaban más parches que tela original con tonalidades variadas del color de la tierra.

En la trastienda del comercio no estaba el erótico felpudo del primer desnudo integral del cine español. Era el   habitáculo anexo, como la rebotica en las farmacias. Lugar reservado al que solo tenían acceso los de más confianza. Allí se guardaban los libros de contabilidad y las facturas y se platicaba en voz baja.

La comparo con el sitio en el que se cocinan las encuestas para que salga el resultado que más conviene a quienes las encargan y mostrarlas después con leve reverencia. También con el archivero donde se guardan papeles, hurtados al conocimiento de los ciudadanos a los que se les considera inmaduros y toman por tontos, incapaces de comprender las turbias razones de los estados.

Navidades

Era entonces la Navidad un portal de Belén con luces de colores. Rojo de celofán, el fuego; de plata, los arroyos y la estrella anunciadora. Nuestros padres eran salvaguarda de inclemencias y contrariedades.  La cena de Nochebuena, sin langostinos, pero con apetitosas comidas elaboradas con esmero y cariño. Copa de anís y algunos mantecados, como remate al pollo de corral, al escabeche o arroz con bacalao. Villancicos por las calles de aquellos campanilleros que no volvieron. Las calvas de pastores, mayorales, aperadores y labriegos, protegidas del sol en sus tareas campestres, brillaban desnudas en la misa del gallo y contrastaban con sus rosadas mejillas ante la mirada divertida de los niños que estaban en el coro.  La nochevieja aún no había alcanzado la madurez de los trasnoches y San Silvestre pasaba de puntillas sobre la blanca escarcha de los tejados. El tránsito entre años era un plácido sueño de estrellas en lo alto.  Los Reyes Magos entraban con sus pajes y camellos por balcones y ventanas cuando ya estábamos acostados. La fantasía entonces no preguntaba por los trucos ni respondía a razonamientos. A la mañana siguiente la ilusión se desbordaba por las calles del pueblo con la primera luz del alba. Pelotas, muñecas, casitas en miniatura y juegos de mesa componían la carga fundamental de sus alforjas.

Fue después la Navidad una casa deshabitada, decorada para estas fechas con guirnaldas, un tocadiscos y una débil luz bajo cuya penumbra bailábamos ascendiendo por los peldaños del deseo.  Siempre hubo alguien con vocación de pinchadiscos cuando no había cinturas donde poner las manos.  Unas tardes de paseo por los verdes prados del ejido a la busca de un cruce de miradas que mantuviera encendida las ascuas del amor primero. Serenatas a la luz de la luna y una carrera a la huida al oír abrirse los cerrojos. La primera borrachera buscando evasión y alimentando quimeras desembocaba en el vacío y la resaca. Los primeros pinchazos de las espinas de la rosa, tan bella, y el derrumbe de idealizados baluartes. En una máquina de discos del bar sonaban canciones de los Módulos y los Bravos.

Ahora, en las Navidades de estos años en que estamos rebasando los últimos recodos del camino, acude el recuerdo de los que ya no están. El portal es un árbol con luces parpadeantes y la cena se hace en una mesa donde los comensales tienen a mano un teléfono que recibe mensajes. En las plazas y calles lucen las bombillas que conducen al imperio del consumo. Hay competencia entre ediles por llenar las ciudades con luces de leds y abetos artificiales. El escenario de este gran teatro luminoso donde los actores nos deseamos rutinariamente unas felices fiestas y próspero año nuevo. Al final, cuando se apaguen las luces, vendrá el brusco descenso a las entrañas frías de enero y volveremos a ver lo que no hemos visto con ellas encendidas.

Docentes

Ayer se celebró el día del maestro, festividad que acoge también a los docentes de las enseñanzas medias. Una fecha para reconocer la labor de quienes se dedican a dotarnos de las herramientas necesarias con las que descubrir el bagaje cultural que la humanidad ha acumulado y ponernos en el camino para conseguir nuevas metas.

Lejanas vivencias de niño afloran desde las capas más profundas de la memoria, como vaho de la tierra en estos días de sementera cuando el arado profundiza y la remueve. Guarda todavía en su interior el calor de la infancia cuando, asombrados, empezábamos a descubrir el mundo.

En el puño, vellón rosado, el lápiz fuertemente asido. La lengua, como pez entre labios, acompañaba los trazos de mis manos. ¡Mis primeras letras abriendo caminos en la vieja escuela! Llegaban a los renglones de la libreta los latidos del corazón a través de mis manos.

¡Quién pudiera estrenar zapatos nuevos y jugar con la pelota verde del gorila que nos daban de regalo con su compra! Colocar las carteras en hilera para guardar el orden de llegada y al escuchar la voz: ¡viene el maestro! ir hasta él y darle los buenos días. Mojar en el tintero del pupitre para escribir la fecha con plumilla, cuidadosamente y con esmero de artesano. Repetir la muestra trazada en la pizarra por el maestro en una carilla del cuaderno de caligrafía.

Mi madre preparaba el café de puchero, hecho en el anafre con carbón. Migaba las tostadas y ponía sobre ellas la nata en un tazón de porcelana. Con legañas y los ojos aún hinchados, el aseo en la palangana al lado del brasero. En los tejados, la helada y el humo de las chimeneas… Con mi cartera de cuero me iba a la escuela, no sin antes tirarle piedras a los carámbanos que se habían formado en el arroyo. El sol, en estos días de finales de otoño, débil, dorado y esquivo, levantaba la bruma en la cañada donde jugábamos al fútbol por la tarde.

Pupitres con tinteros… olor a goma de borrar… El maestro, pronunciando los dictados. Nuestros dibujos con los dedos en los cristales empañados de las ventanas…

 

Eran los tiempos de la dictadura, pero, aparte de las consignas escritas en el encerado, del izado de banderas y de las fotografías de Franco y José Antonio en la pared, los maestros nos enseñaban normas de buen comportamiento, sin necesidad de que estuvieran recogidas en ninguna asignatura específica.  Unos valores universales que fueron calando en nuestras vidas. Disciplina en los horarios, orden y limpieza en la presentación de los trabajos, respeto a los mayores, tolerancia hacia los fallos ajenos, compañerismo…

La memoria lima aristas y deforma los recuerdos, pero cuánto ha cambiado la sociedad para que las administraciones públicas tengan que intervenir con el fin de reforzar la autoridad de los docentes ante las presiones que sufren. Mal camino llevamos.