La cultura del esfuerzo

 

El primer centro de educación secundaria en la Campiña Sur se abrió en el año 1955, en Azuaga. Lo llamaron ‘Instituto Laboral Industrial- Minero’, por las minas de la zona. Como nombre específico le impusieron ‘General Moscardó’.

Juan Guardado, que ha sido director del Instituto ‘Bembézar’, sucesor del primigenio laboral, me dio un ejemplar del DVD que realizaron con motivo del quincuagésimo aniversario de su creación. En él se recogen testimonios de aquellos años, narrados por los protagonistas.

Los alumnos de Granja de Torrehermosa disponían para desplazarse hasta el centro en un automotor. Los de Fuente del Arco, del tren de vía estrecha. Para los demás el instituto gestionó la adquisición de un autobús de segunda mano, que pagaron a prorrateo los padres interesados. Procedía de un camión que había sido adaptado. Los carpinteros del pueblo completaron la metamorfosis. Su capacidad aumentó de veinticinco viajeros a sesenta.

Lo cuenta con gracejo su primer director, Juan Manuel Llerena Pachón, ya fallecido. El vehículo era conocido popularmente como ‘La Pepa’ y ‘El Coco’, esto último porque se llevaba a los niños.  El día que lo trajeron de Madrid, con calentones del motor y paradas obligadas por medio, inauguraba Franco la fábrica de cemento de los Santos de Maimona, localidad de la que era natural Juan Manuel. Allí pernoctaron.

El bachillerato era de cinco años. Aparte de izados y arriadas de bandera con el ‘Cara al sol’ y toques de oración, propios de la época, había talleres de electricidad, mecánica y carpintería. Y un inglés con intercambios epistolares. Sacar cabeza y progresar en la vida para quienes no tenían hacienda suficiente pasaba por la emigración o la preparación académica y laboral.

Fue una oportunidad que algunos aprovecharon para estudiar carrera o formarse en un oficio.

Otros se metían de aprendices en pequeños negocios,  de ‘rapas’ en las casas grandes de labranza, que eran las que ofrecían un empleo más estable y en los que generalmente sucedían los padres a los hijos. Habas contadas. El cerote, la lezna, la yunta o contemplar con las manos en los bolsillos cómo venían y se iban los temporales desde la esquina del ejido no era un futuro halagüeño.

Que el hijo de un zapatero, pongamos por caso, sacara con grandes sacrificios una carrera tenía un gran mérito y suponía un orgullo para sus padres y un ascenso social y económico para él.

En estos comienzos no asistían las mujeres al instituto. Se incorporaron posteriormente, pero en edificios separados.

Un ejemplo del interés por estudiar fue el de Juan Puente, un alumno de Valverde de Llerena. Recorrió en dos años más de 20.000 km. en bicicleta para asistir a las clases, lloviera o venteara. El centro le regaló una moto como premio.

Las condiciones sociales y económicas han cambiado, pero el amor propio, el esfuerzo y la constancia siguen siendo valores imprescindibles para cualquier actividad que se emprenda.

Fuego

El fuego es uno de los descubrimientos que más ha contribuido al desarrollo de la humanidad y también de los que más desgracias ha ocasionado cuando no se domina.

Según la mitología griega, Prometeo lo robó de la fragua de Hefesto y se lo entregó a los hombres.  Metió unas brasas en el interior del tallo de una cañaheja, de vistosa y arracimada amarillez. Abunda por estas estribaciones serranas.  El nombre latino de la planta, ‘ferula communis’, hace referencia a su uso como fusta o palmeta.

Nosotros aprendimos en la escuela cómo lo obtenían los primitivos, de forma menos fantástica y más laboriosa. Venía en las ilustraciones de la enciclopedia. Aquellos hombres barbudos y desgreñados, a medio camino entre simios y humanos, lo conseguían con el roce insistente de dos palos. Lo intentábamos, pero solo lográbamos calentarlos un poco.

Recuerdo a personas chocando el eslabón con el pedernal hasta que se originaba una chispa y prendía la yesca seca. Dicen que la mejor es la que se obtiene del hongo yesquero que nace en ciertos árboles con forma de pezuña de caballo. Los niños producíamos chispas golpeando unas piedras blancas contra otras. Los llamamos chinazos.

Nos llamaba la atención ver cómo saltaban chispas cuando las caballerías pasaban por las calles empedradas al anochecido y daban las herraduras contra el suelo. También cuando los hombres del campo sacaban de la faja negra de su cintura el mechero y con un golpe o dos de mano hacían girar la ruedita sobre la piedra. Prendía la mecha larga y dorada que ellos arrimaban con el dedo pulgar a donde se originaba. Soplaban sobre ella para que se ‘empendolase’ el fuego. (Esta palabra, que según el diccionario significa poner plumas a las saetas o a los dardos, la usamos aquí como equivalente a avivar la candela. También cuando un acontecimiento coge mucha relevancia o desarrollo: Por la noche se ’empendoló’ un baile de categoría. Señores del diccionario, que no todo va a ser hacker o friki).

 

 

 

 

 

 

 

 

La cocina de las casas antiguas era su lugar más entrañable. Allí estaba en su sentido más genuino, el hogar, que tiene su corazón bombeando calor desde la candela de llamas, donde las miradas son esponjas absorbentes que captan, hipnotizan y hacen divagar el pensamiento.   El atributo del mando alrededor de la chimenea son las tenazas y quien las tiene en sus manos ejerce de timonel avivador y arquitecto reparador del edificio cambiante de la leña vencida por el fuego. A los niños no nos dejaban porque decían que nos podíamos quemar y, no sé de dónde lo sacaron, que si jugábamos con él, nos orinaríamos en la cama.

Palabras que evocan.   Acuden imágenes de entonces. Trashoguero, llares, trébedes…En el topetón, un dornillo de madera de encina y un almirez dorado. Suelo de baldosas rojas y techo de maderos. Fuera la lluvia y  dentro silencio de lenguas de fuego.

Ay de los vencidos

 

 

Cuando el jefe galo, Breno, sitió a la ciudad de Roma negoció la retirada mediante un acuerdo por el que los romanos deberían pagar una cantidad importante de oro. Estos observaron que los guerreros galos habían manipulado la balanza para que entrara más oro en el pesaje y protestaron ante el caudillo Breno. La reacción del galo fue parecida a ‘no quieres sopa, tres cazos’.  Y añadió su espada a las pesas con lo que la cantidad de oro a pagar se incrementaba.  Fue entonces cuando pronunció su famosa frase: ¡Vae victis! ¡Ay de los vencidos!

Hay otro suceso histórico que habla de la situación en la que quedan los derrotados. ‘Pasar por las horcas caudinas’. Les sucedió también a los romanos en guerra con los samnitas en el desfiladero de tal nombre. Vencidos, no tuvieron más remedio que aceptar las condiciones que les fueron impuestas.  Tuvieron que pasar por debajo de una lanza horizontal apoyada sobre otras dos hincadas en el suelo, inclinándose, de uno en uno, desarmados y solamente cubiertos por una túnica.

Hoy se guardan apariencias, pero la mala uva persiste. No se paga la derrota en oro ni pasando por un desfiladero, sino con la humillación de tener que sonreír con las tripas en la mano y saludar a quienes ayer blandían puñales con brillos acerados. El corsé del protocolo es una capa que tapa casi todo, pero los estados de ánimo escapan por las rendijas del lenguaje corporal de los muy ilustres próceres.

Incluso a los profesionales del disimulo y a los psicópatas, aparentemente impenetrables, se les escapan detalles por las costuras de la hipocresía. Material de estudio para analistas que hilvanan con hilo fino.

En las reuniones de alto copete, cual pollitos detrás de la madre, van los representantes de menos alcurnia, que no es blasón o escudo personal, sino del país al que representan, detrás del poderoso, que puede ser un botarate de cuidado cuando, despojado de poder, se representa a sí mismo. Poderosos caballeros son misiles y dinero. Les abren puertas con preferencia y pasan con aires de grandeza, tras inclinación reverencial de ujieres con oblea.

Los de media sangre charlan entre ellos, pero están más pendientes con el rabillo del ojo de por dónde anda el señor de los galones para hacerse el encontradizo. Buscan la foto que inmortalice el momento en que intercambian una palabra o una frase con el mandamás de turno. En las ruedas de prensa posteriores se magnificarán los resultados. Hemos hablado larga y fructíferamente…

Algún preboste hasta ordena sentarse a un díscolo discípulo. Un leve toque en el hombro al pasar, una sonrisa…cualquier gesto vale para que el enviado llegue contento a casa. Y si, en el cenit de los detalles amistosos, el jefe echa el brazo por el hombro campechanamente o deja poner los pies sobre la mesa de su despacho, ¡cielos, que al alcance me ponéis la gloria!

Jugar a la guerra

Jugábamos a la guerra sin saber que no era un juego. No teníamos una idea clara de que nuestros padres y abuelos habían sufrido una en la misma tierra que nosotros pisábamos y cuyas consecuencias tardarían todavía muchos años en desaparecer. Tampoco captábamos el alcance de la que el mundo padeció posteriormente. La segunda barbarie en poco tiempo. Las enciclopedias las resumían en pocas líneas. Azul y rojo y lecciones conmemorativas, pero el día a día quedó para quienes lo sufrieron directa o indirectamente.

Cuando somos niños diez años son una eternidad.  De adulto, veinte no son nada, como dice el tango. Así que las guerras, a pesar del poco tiempo transcurrido entonces, estaban lejos para nosotros. Percibíamos solo a través de los suspiros y las conversaciones en voz baja de los mayores un atisbo al que le faltaban claves.

Nuestras armas en este juego eran sencillas. Podía servir un palo o un trozo de tabla como mosquetón.  Los más habilidosos construían arcos con una vara de acebuche y una cuerda de abacal. Las flechas lanzadas no alcanzaban más allá de los tres metros.

El campo de batalla dentro del pueblo era la manzana de casas que daba a la Plazuela, el rincón de la misma y las esquinas que confluían a ella. O los alrededores de la iglesia. En estas luchas imaginarias el ruido de los disparos y los relinchos de los caballos los hacían nuestras gargantas y el acierto del tiro había que discutirlo con la víctima. ‘¡Estás muerto, te has asomado y te he visto! No, la bala me ha pasado por debajo del brazo’.

Solamente se admitía el acierto de la puntería contraria cuando jugábamos en las gavias, que hacían de trincheras, y en los prados del ejido. Dejarse caer como los actores de las películas en aquella superficie verde nos gustaba.

De las películas de indios copiamos las coronas, confeccionadas con plumas de gallinas. La cara la pintábamos con tizones.

 

 

 

 

 

 

Los caballos sobre los que montábamos eran palos con un trapo de crin y otro de cola. El galope lo ponían nuestras piernas. Las espuelas, los tacones de los zapatos sobre los ijares del aire. Las maniobras de equitación y doma las acompañaban nuestras hábiles cinturas. ¡So! ¡Arré!

Como en las películas, el caballo del valiente siempre corría más que los otros y al jinete nunca le daban las flechas ni los tiros. Si acaso, leves rozones

De las de gladiadores imitábamos la lucha con espadas.  Las nuestras eran romas y de madera y al primer toque eras hombre muerto.

 

 

 

 

Ahora hay mayores que hacen la guerra sin juegos y jóvenes que mueren de verdad en los campos de batalla sin saber muy bien lo que defienden.  De Caín para acá hemos evolucionado bastante en la forma de hacerlo, pero su esencia permanece invariable: matar. Lo hace el depredador mayor que ha habido sobre la tierra: el hombre.

Visto y no visto

De otros tiempos llegan hasta mí por la ventana del recuerdo las risas de unos niños que juegan en la calle.  Uno del grupo venda los ojos al que hace de ciego.  Después le da vueltas en varias direcciones para despistarlo.  El invidente intenta tocar a los demás, que forman corro a su alrededor, y estos procuran esquivarlo. Es el juego de ‘La gallinita ciega’. Francisco de Goya lo inmortalizó en una de sus pinturas.

Un amigo mío y yo nos montábamos en la misma bicicleta. Uno conducía y el otro iba en el portamaletas con los ojos tapados.  Dábamos varias vueltas por el pueblo y, al final de cada trayecto, el que no podía ver tenía que averiguar en qué lugar nos encontrábamos.

Hay más juegos en los que la privación de la visión es el elemento determinante.

Dos personas, sentadas una frente a la otra, intentan darse de comer mutuamente galletas mojadas en chocolate. El jolgorio está servido para la concurrencia.

Otros consisten en adivinar mediante el tacto de qué objeto o persona se trata.   O reconocer por la voz quiénes son los que las emiten.

Producen risa algunos, sorpresa otros y siempre ayudan a valorar la importancia de la visión como elemento identificativo y a resaltar la función de los otros sentidos en ausencia de esta. En todos, la satisfacción mayor se produce cuando, despojados de la venda, se vuelve a ver.

Para comprender mejor lo que es vivir sin este sentido basta con cerrar los ojos e intentar hacer las rutinas diarias: andar por casa, elegir la ropa que te vas a poner, encontrar el interruptor de la luz o servirte un café. Es una manera de valorar las dificultades con las que se encuentran cada día los ciegos y la meritoria labor de organizaciones como la ONCE.  

La piel percibe la temperatura, el vientecillo fresco de la tarde o el solano del verano Y las caricias.  El olfato distingue olores y aromas. (Recuerdo ahora ‘Esencia de mujer’ con Alpacino y ‘Perfume de mujer’ con Vittorio Gassman).

Las manos se convierten en identificadoras de formas.  Los oídos distinguen las voces de familiares y amigos y el tono con el que nos hablan… pero ninguno suple ni supera a la vista.

Escribió Antonio Machado que el ojo que ves no es ojo porque tú lo veas: es ojo porque te ve. Mañana, doce de marzo, se celebra el día del glaucoma. Ocasión para concienciarnos de esta sombra silenciosa que va cerrando lentamente las cortinas a la luz. Afecta a más de un tres por ciento de la población y es, junto a la diabetes, la principal causa de ceguera en España. Puede prevenirse si se sabe que se padece y para eso lo mejor es controlar la tensión ocular que lo provoca. Su medición es indolora y rápida. Se evitan así sorpresas desagradables cuando el tiempo corre en contra. 

Invención de los carnavales

Cuentan que los hombres vivían en una caverna atados con cadenas y condenados a ver en el muro del fondo las imágenes proyectadas por el fuego que tenían a sus espaldas.

En cierta ocasión llegó una bella e incitadora moza y uno de los presos, no pudiendo resistir sus insinuantes encantos, yació con ella.

Esta doncella era una de las múltiples personificaciones que la carne adopta para llevar por los caminos de la lujuria la voluble voluntad de los humanos.

La hermosa dama liberó al complacido preso de sus ataduras y le indicó que volviese la cabeza para que contemplase el origen de las imágenes que veía en la pared.

Lo primero que vio fue el fuego que las proyectaba. Empezaba a comprender muchas cosas.

Después fue guiado hacia la salida, ascendiendo por una escarpada pendiente. En el exterior pudo admirar el poder y grandeza del sol.

Descubrió que la verdadera vida no era la reflejada en el muro, sino la que se desarrollaba a sus espaldas, la que él contemplaba en aquel momento.   

El tiempo concedido terminaba y tenía que regresar a la caverna. ¿Le creerían sus compañeros de prisión lo que él había experimentado y pensaba contarles? ¡Había conocido la esencia de las cosas y no sus representaciones!

Se rieron y se burlaron de él durante días, pero, pasado un tiempo, decidieron que lo mejor era probar, no fuera a ser que se estuvieran perdiendo las maravillas que les relataba el compañero. Rogaron insistentemente la presencia de guías que los condujeran hacia el conocimiento de la verdad.  Las mujeres presas exigieron, so pena de rebelión tumultuosa, que mandaran tanto hembras como efebos.

Escuchadas que fueron sus súplicas hicieron acto de presencia en la cueva hermosas mujeres y apuestos varones, dispuestos a apagar la sed de conocimiento que mostraban los presos.

Pero la concesión tenía unas condiciones: la estancia fuera sólo duraría cinco días, transcurridos los cuales volverían a la cueva y serían de nuevo encadenados, volviendo a ver las sombras de la realidad en la pared. Los presos a fuerza de insistir consiguieron una cláusula que les permitiría repetir la experiencia cada año antes de la llegada de la primavera.

 Así que, cumplido con holganza y regocijo el trámite libidinoso, se dispusieron a subir la escarpada pendiente que daba al exterior. Un grupo de ellos quedó tan exhausto con la primera lección que se negó a conocer más realidad que la que acababan de disfrutar con ardor inusitado en aquella lóbrega estancia.

Los demás salieron al exterior y pasaron cinco días de cantes, bailes y desfiles, acompañados de cómica desmesura y estridente bullicio. ¡Por fin se conocían a sí mismos y conocían a los demás en su más pura esencia! Se acababan de inventar los Carnavales.

Y aquí están de nuevo, para que los que gusten y quieran, asciendan por la rampa para descubrir la parte oculta de sí mismos.

Gracias. Hasta pronto.

Esta columna salió a la luz porque en aquel tiempo Tomás Martín Tamayo andaba por la red social de Facebook y leyó algunos escritos míos. Me preguntó si no había publicado nunca y le dije que no. Te voy a recomendar para que lo hagas, me contestó. Y me puso en contacto con Ángel Ortiz, director entonces del periódico.  Este me pidió que le mandara unas muestras de mis escritos. Así lo hice y parece ser que no le disgustaron. Al poco recibí una llamada de Juan Domingo Fernández, director de opinión. Comentamos sobre la extensión y algunos temas formales. Si no era imprescindible que evitara los temas políticos. Le mandé la foto que me pedía para encabezar la columna y con gran satisfacción y la inflada vanidad que parece ser que tenemos todos los que escribimos vi mi primer artículo publicado el nueve de octubre de 2015.  Antes había sido un asiduo de las Cartas al Director. El que las publicaran como destacadas me envanecía.  La última fue dedicada a las antiguas centralitas de teléfono, aquellas en que las llamadas tenían siempre demora y comunicaban solo inevitables penas y contadas alegrías.  

Un año después de publicar mi primera columna me cambiaron de lugar y ocupe el que dejó vacante el excelente escritor Fernando Valbuena.

Seis años y pico ha durado esta maravillosa travesía. He buceado en la memoria y sacado a flote recuerdos e impresiones que marcaron mi vida. Y como la vida de uno no se desarrolla sola, también la de muchos que han visto reflejada parte de las suyas en lo que contaba.  

He desempolvado los viejos pupitres de la escuela, añorado a los maestros y compañeros de entonces, las bodas, las matanzas, los juegos de calle y de mesa, la esquila de las ovejas, los trabajos artesanos, las charlas de las comadres al atardecer haciendo ganchillo, los lutos, los bares, las fiestas, las candelas, el cine…Estampas y retratos que la memoria guarda, sin duda filtrados por la melancolía de lo que se pierde y edulcorada su acidez y limadas sus aristas por el paso del tiempo y la subjetividad. Ignoro por qué se pierden unos y se conservan otros.

Acompañando al artículo de la semana pasada sobre el contrabando anunciaba al periódico mi deseo de dejar la columna Raíces. Son cerca de trescientas entregas y he pensado que es hora de un descanso. Así lo voy a hacer temporalmente, no sin antes agradecer a los lectores y al periódico la atención que siempre me han prestado.

Marisa García Carretero me anima a seguir, lo que agradezco. Quedamos en dejar un tiempo muerto de inactividad y reanudar posteriormente, dilatando la periodicidad a quince días.

Hurgaré en los rincones del recuerdo para sacarlos a la luz. Al fin y al cabo, como dice Jorge Luis Borges, “somos nuestra memoria, somos ese quimérico museo de formas inconstantes, ese montón de espejos rotos”.

Tren de vía estrecha

Hay oficios que bautizan a los que los ejercen y a toda su parentela.  Si vamos a un pueblo y queremos saber de alguien conviene conocer su ocupación. Nos será más fácil localizarlo.

Si preguntamos, por ejemplo, por José González, es probable que existan varios con ese nombre y que quizás pocos lo conozcan por él.  Pero si añadimos el yegüero, el sillero o el aperador habrá tantas manos como personas señalando la casa donde vive. 

En mi pueblo, Juan Diego era conocido como ‘el del carrillo’. Yo de pequeño lo atribuía a alguna incidencia o característica peculiar que tuviera en la parte más carnosa de la cara, pero por mucho que lo observaba no encontraba nada extraño.  

Tuvo variadas ocupaciones en su vida. Fue porteador de barras de hielo en su bicicleta desde la fábrica de Berlanga a Ahillones, municipal y cartero. Por si fuera poco, formó parte de la División Azul en tierras rusas, donde aprendió algunas frases que repetía con frecuencia a los amigos y donde se le quedó un trozo de su nariz por una bala perdida.

Lo de tal sobrenombre tenía otra explicación. Le venía del carrillo que utilizaba como medio de transporte para recoger y llevar paquetes de Ahillones a Valverde de Llerena. Por allí pasaba el tren de vía estrecha y existía estación del ferrocarril. En un principio la vía partía de Fuente del Arco y llegaba hasta Peñarroya (Córdoba). Posteriormente la ampliaron hasta Puertollano (Ciudad Real). La línea fue construida por la Sociedad Minero Metalúrgica de Peñarroya. La idea del trazado fue del ingeniero y gerente francés Charles Ledoux. Así daba salida al mineral hacia el norte y hacia el sur por Sevilla, pues la línea enlazaba con las de más anchura.

El mineral de la mina de La Jayona lo transportaban al principio en burros hasta la fundición, cercana a la estación.  En el año 1905 se puso en funcionamiento un teleférico para salvar las sierras entre ambos valles. Todavía quedan huellas de las torretas en algunos tramos.

 En el año 1956 la línea pasó a ser propiedad del Estado. Transportaban pasajeros y mercancías. La progresiva decadencia de las minas y el poco uso del tren hicieron que en el año 1970 se cerrara definitivamente por no ser económicamente rentable.

Paseo a veces por el antiguo trazado de esta vía férrea. La han convertido en ruta verde escoltada por dehesas, pastos y tierras labrantías para senderistas y ciclistas. Saliendo de Fuente del Arco llega a las ruinas de un antiguo apeadero, a cinco kilómetros de Berlanga y siete de Azuaga.  Al pasar por la antigua estación de Valverde, totalmente en ruinas, me acuerdo de Juan Diego y su carrillo, de la vida de entonces y de la actividad económica que hubo tiempo atrás con la minería.  Y acuden a mi memoria los versos de Francisco de Quevedo: “Miré los muros de la patria mía…”

Lluvia calaera

“La lluvia es una cosa que sin duda sucede en el pasado”, escribió Jorge Luis Borges.  Y del pasado llegan los recuerdos de otras lluvias, de otros temporales otoñales que por su ausencia en el presente acrecientan el deseo.

¡Qué placer sentimos de niños al ponernos con los paraguas debajo de los canalones! También cuando jugamos a ser ingenieros construyendo con piedras y barro presas en los regajos de la calle.

Con la lluvia navegamos por el mar del embeleso, atraídos por el espectáculo sonoro y visual que lo envuelve todo.

Al anochecer las débiles luces de las bombillas rielan en los charcos. Es la hora del regreso de los labradores, barro en las manos y en los ojos el pardo color de las besanas.

Estamos terminando octubre y por aquí ha llovido poco. Pero ya las bardas agarradas a la sierra por poniente y las nubes con forma de borreguitos al mediodía la anuncian para este fin de semana. Se desea y se necesita, no con la impetuosidad con la que cae la de septiembre, sino la caladera que fecunda los campos y llena los veneros. “Lluvia mansa y serena, de esquila y luz suave”, como la define Federico García Lorca.

Con el pronto declinar de la luz solar en estas fechas, el atardecer se convierte en un puzle de tonalidades grises que lo envuelve todo.

Me distraigo viendo las gotas, sujetas brevemente a los cristales con sus leves manos líquidas, como queriendo ver, curiosas, el interior del cuarto donde paso la tarde. Vienen otras y se las llevan, resbalando hasta el junquillo de la ventana.

De madrugada la lluvia tiene un encanto especial. Se oye el silbo del viento en los cables del tendido eléctrico y en las cornisas de los edificios. El rumoroso murmullo del agua, como un enjambre de abejas libando en el panal de los tejados.  Con ese sonsonete me duermo plácidamente hasta que por las rendijas de la ventana entran las espadas cenizas de la aurora.

Después de una noche lluviosa vamos a ver la crecida del arroyo, que baja con agua turbia y restos de pasto seco. Hay gente en las orillas con las manos en los bolsillos contemplando en silencio, igual que cuando se miran las llamas de la candela. Las nubes se alejan veloces camino de la mar vieja.

En los pueblos conocemos las rutas que siguen, presentimos los cambios por la dirección del viento y el aspecto del cielo. Tenemos el horizonte al alcance de la vista, ahí en los ejidos y lamentamos su tardanza cuando falta a su cita.

Quiero que llueva, “porque la mojada tarde me trae la voz, la voz deseada, de mi padre que vuelve y que no ha muerto”. Los remolinos polvorientos y espinos en las alambradas, me desazonan y me llevan a la aridez de los desiertos. La lluvia me devuelve a la vida de la infancia.

 

 

Gestos y detalles

Los gestos, en su acepción de hechos que implican un significado o una intencionalidad, forman parte de nuestras vidas.  Unos son nobles, emocionantes otros, muchos, impostados por conveniencia o presunción.

Sergio Reguilón, futbolista español que juega en el equipo inglés del Tottenham, ha recibido gran cantidad de parabienes en las redes sociales y periódicos deportivos por el que tuvo en un encuentro con el Newcastle. Avisó al árbitro de que un espectador tenía un problema sanitario. Gracias a esa observación se suspendió el encuentro hasta que el afectado fue atendido por los equipos médicos.

La risa inoportuna del candidato alemán de la CDU a la cancillería, mientras el presidente alemán hablaba de solidaridad con las víctimas de las inundaciones, lo puso en un aprieto y le obligó a pedir disculpas. Posiblemente le ocasionó también la pérdida de muchos votos.

En el debate televisado de la campaña electoral entre Nixon y Kennedy en 1960, el primero no quiso maquillarse, vestía un traje gris y sudaba.  Su oponente cuidó los detalles. Traje oscuro y bronceado impecable.

A otro candidato a la presidencia de Estados Unidos, George Bush padre, le salió caro mirar dos veces el reloj durante el debate frente a Bill Clinton.

No recuerdo bien si fue Joaquín Vidal, el excelente cronista taurino, quien escribió que a la plaza de la Real Maestranza de Sevilla se iba sobre todo a emocionarse. Un quite, un brindis, una media verónica, un par de banderillas. Incluso el paseíllo, cuando quien lo hacía era el faraón de Camas.

 “Un destello de luz y una risa oportuna amo más que las languideces de la luna,” escribió Manuel Machado.

El futbolista famoso que regala su camiseta a un niño desvalido emociona y gana la simpatía de los espectadores.

La vida política y social está llena de ellos. Llegan fácilmente a los destinatarios.  El beso al suelo del país al que se llega. Un apretón de manos o, al contrario, la negación del saludo a quien la tiende transmiten el mensaje de un estado.

Arafat pronunció un importante discurso en la ONU el 13 de noviembre de 1974 con un ramo de olivo en una mano y una pistola en la otra.

Tommie Smith y John Carlos los dos atletas de EEUU recibieron sus medallas de oro y bronce, respectivamente, levantando un puño con un guante negro en la Olimpiadas de México en 1968.

La imagen de Rafa Nadal ayudando en las inundaciones de Mallorca el nueve de octubre de 2018 le granjeó más simpatías, si cabe, de las que ya goza.

El abrazo entre una militar española y una mujer afgana en el aeropuerto de Torrejón en la última guerra de los talibanes realzó la misión solidaria de nuestro ejército.

Hay gestos trascendentes. Otros, forzados, se desvanecen en cuanto dejan de alumbrar los focos. Son impostores y charlatanes de feria. Conviene separar el grano de las granzas.