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La noche de san Lorenzo,
rayando de luz el cielo,
los ángeles se columpian
con un diamante de fuego.
Van de oriente hasta occidente,
desde el sur a la polar
jugando con los luceros.
Les sirven de agarradero
todas las constelaciones
con cuerdas de terciopelo.
Al ritmo de los días y las noches
avanza la vejez por las callejas
oculta tras oscuras candilejas
recogiendo en su alforja los derroches.
Encaja cada parte de los broches
y convierte los hilos en madejas,
recorta en su largura las guedejas
y transforma prestantes en fantoches.
Sin ruido, deposita sigilosa
en las nobles cabezas de la gente
señales de la vida presurosa
que ahondan las arrugas de la frente
y permutan la pasión impetuosa
por un escepticismo indiferente.
Con este soneto terminaba un servidor la presentación del libro de Tere Montero, “Llerena en el corazón”, que tuvo lugar el pasado sábado día 28 de julio en el centro cultural de la Merced.
El recuerdo se aviva remozado
y en nosotros otra vez se hace presente,
traído de la mano dulcemente
para ser con nostalgia recordado.
La autora con denuedo ha preguntado
para hallar testimonio entre la gente
de otro tiempo fugaz y evanescente
que vuelve a nuestras mentes añorado.
Ofrece con primor Tere Montero
el corazón abierto de Llerena
para gozo y solaz de sus paisanos
y desde aquí quiero ser el primero
en darle la cordial enhorabuena
por el libro que hoy pone en nuestras manos.
Ya ni el tango me sirve.
Que si veinte años no son nada,
cuarenta sí lo son
y aunque las estrellas parpadean en lo alto
ya nadie espera mi regreso.
Son otros los cuerpos que duermen
a cobijo de las casas cerradas
en esta noche lejana
de aquel añorado tiempo.
Tampoco quise el regreso,
pero, sin saber por qué, he vuelto
a las calles solitarias
donde un día fui dichoso.
Hasta el silencio me parece otro
del que fue cómplice de nuestros besos.
Son otros pasos
los que hollan los caminos
que aquel otoño recorrí con ella.
Conservan halos de abrazos perdidos
las luces de las últimas callejas.
Mocita,
tus polvos de tocador,
tu colorete rosado,
y un poquito de candor
para esta tarde de fiesta.
Mujer,
las holladuras del pie,
los dolores de cabeza.
Para pasar un mal rato
prefiere una buena siesta
Un hombre cuesta una bala
si se le quiere callar.
Sólo faltan los sicarios
que se presten a apretar
el gatillo del fusil.
Pero no mueren ideas
por un pedazo de plomo
como el criminal desea.
Ese trozo de metal
con el tiempo se convierte
en semilla y en abono
de justicia y libertad.
¡Qué postín, qué señorío,
galanura lleva el porte,
grandeza el aire,
embelesada tarde
para, admira, y calla!
¡Pasen los señores
por la acera de los nobles!
¡Qué cabezas tan enhiestas
sobre unos pies que levitan
y miran condescendientes
al resto de los mortales!
Yo, nosotros,
¡qué importantes!
Y al volver la esquina de las mentiras,
¡maldita cáscara vana!
Efímeras vanidades
del fuego de las cerillas.
Ahuecando la mano en el arroyo,
donde más clara y rápida se muestra
el agua saltarina entre las piedras
he bebido entre sombras de membrillo
un sorbo de agua fresca.
Después tranquilamente me he sentado
en la orilla que al norte da cobijo
entre el verde frescor de la ribera.
A lo lejos rastrea un cazador
buscando la perdiz en los tomillos.
Suena el agua con un tenue murmullo:
cosquillas risueñas, leves caricias,
limos, juncos y adelfas.
En el azul el águila se mece
y un avión deja su blanca estela
marcándole una cicatriz al cielo
que al poco tiempo el aire desvanece.
Penetra el sol dorado de la tarde,
fajo de luz ribeteado,
por la puerta orientada hacia el poniente
y luce sobre las baldosas rojas,
haciendo de frontera luminosa
de dos espacios en penumbra
donde la abuela tiene la costumbre
de llenar sus recuerdos de costuras
y artísticas labores de bordado.
En un moño adornado con peineta
recoge terso su cabello blanco
que deja al descubierto una amplia frente
surcada por arrugas.
Hila y calla.
Levanta la cabeza
y por encima de sus gafas mira
el reloj que hay al fondo de la estancia.
Suspira.
Tal vez por lo perdido ausente,
quizás por el final cercano.
Una persona en el campo,
sola ante los elementos
en una tarde inclemente
de violento temporal,
con una postura altiva
y la mirada clavada
en la incierta lejanía
es un desplante insolente
de valiente gallardía
en la tarde desabrida
contra la fuerza indomable
que tiene la tempestad.
Descarada altanería
que recibirá respuesta
lentamente,
con el paso de los años.
Pero ese envite al destino,
revuelto cabello al viento,
aunque vencido en el tiempo.
es un digno desafío
prestante, gallardo y bello,