Evaluaciones

Puestos ya los pies en polvorosa, este mes de mayo enfila el último fin de semana de su existencia. Desaparecerá del calendario, caduco ya de horas y crepúsculos, dejando una estela de incertidumbre sobre el porvenir de sus sucesores. No lo olvidaremos, como tampoco a sus antecesores que con cielo pardo y fecunda lluvia lo vistieron con sus mejores galas, a pesar de los indeseables huéspedes que impidieron romerías, bodas y despedidas. Y también interrumpieron la actividad académica.

Andan ahora maestros y profesores calificando a distancia a sus alumnos, con la división de opiniones derivada de las peculiaridades de cada Comunidad Autónoma. Algunas vinculan el disentir con una reafirmación de su idiosincrasia.

La suspensión de la docencia directa ha obligado a las autoridades educativas a improvisar y regular los métodos y medios con los que evaluar este tercer trimestre del curso, lo que ha provocado al principio desconcierto y confusión entre padres alumnos y profesores.

Tienen de base para hacerlo los dos primeros trimestres y eso hace menos imprevisibles los resultados, pero es complicado evaluar sin saber quién está haciendo los deberes que se han encomendado al otro lado del terminal.

En mis tiempos de estudiante por esta zona del sur de Extremadura, como por la mayor parte de la región, no había todavía institutos nacionales de bachillerato, así que teníamos que desplazarnos al Zurbarán de Badajoz para realizar los exámenes.  Podías ir por libre, a cuerpo limpio, a jugarte a una carta un año de trabajo o estudiar en un colegio de pago, lo que desgraciadamente no estaba al alcance de la mayoría. Los exámenes de las reválidas al final de cuarto y sexto curso debían realizarse en un centro oficial. Surgieron entonces los que en la terminología administrativa de la época denominaban colegios libres adoptados. Preparaban a sus alumnos y los avalaban en estos exámenes de grado y en los de los cursos de bachillerato para los que no estaban reconocidos.

Por estas fechas cercanas a las fiestas de san Fernando, que se celebran en la Barriada de la Estación, llegamos la primera vez al edificio de la Avenida de Huelva, temerosos ante lo desconocido. Después no fue para tanto. Había un buen plantel de profesores para corregir y llegamos bien preparados.

Quedan en la nebulosa del recuerdo algunos nombres de aquel tiempo. Diego Algaba con la maestría de su evocadora prosa retrató a dos de ellos sentados en la terraza del bar La Marina. Eran Enrique Segura y Ricardo Puente.

Me reconoció y saludé a don Carmelo Solís, una de las personas más cultas de las que tuve la suerte de ser alumno.

Después de los exámenes queda el poso de lo que se asimila, olvidado lo accesorio. Lo que pasa a formar parte de tu formación y cultura. Aprender a aprender es más importante que conocer el nombre de un mineral o el afluente de un río.

Únicos e irrepetibles

Cuando unos padres nos muestran a su hijo recién nacido lo primero que hacemos, después de piropearlo por su guapura y monería, es buscarle parecido con alguien de la familia. Para no quedar mal con ninguna rama distribuimos semejanzas a las dos partes. La barbilla es de tal, pero los ojos son vuestros.
Ahí está un nuevo ser presentando sus cartas credenciales a la vida. De momento lo avala solo la genética heredada. Vendrán después otras variables, que lo irán conformando a lo largo de su existencia.
Cuando vaya creciendo empezarán a manifestarse sus aptitudes y sus carencias. El cincel de sus vivencias, placenteras unas, desagradables otras, irá completando su personalidad. Las dos castas intentarán atribuirse las virtudes, dejando las más problemáticas para la otra parte. ¡A quién habrá salido este niño?, exclamará la madre, es un decir con viceversa, mientras   mira con el rabillo del ojo al cónyuge.
He vuelto a ver estos días la serie ‘La forja de un rebelde’, autobiografía del escritor Arturo Barea, nacido en Badajoz en 1897 y muerto en el exilio inglés en 1957. Entre esas dos fechas sucedieron la guerra de Marruecos y la civil española con todas las calamidades que ocasionaron. Su vida y las de quienes las padecieron no hubiesen sido las mismas sin haberlas vivido.
¿Estamos predeterminados por nuestros genes o somos producto del ambiente en el que nos desenvolvemos?
Cada uno de nosotros es el resultado de tres confluencias que hacen que seamos únicos e irrepetibles: la herencia genética, el ambiente compartido y el exclusivo de cada uno.
Matt Ridley, autor de la obra ‘Genoma’, sostiene que aproximadamente el 50% de nuestra forma de ser es genético. El 25% está influido por el ambiente compartido y el otro 25% lo es por factores ambientales no compartidos, o sea, las vivencias personales exclusivas.
Se han analizado casos de gemelos separados al nacer y criados en familias diferentes. Parejas de recién nacidos sin parentesco entre sí, adoptados por la misma familia y gemelos criados en idéntica familia, donde solo el ambiente exclusivo (distintos amigos, distintas lecturas, distintas experiencias…) marca claramente las diferencias.
No hay dos personas iguales. Ni los gemelos univitelinos lo son. El genetista Shiva Singh tras analizar cerca de un millón de marcadores de gemelos, señala que el 12% de aquellos puede variar. Las células se multiplican y diferencian al desarrollarse y pueden perder o adquirir ADN adicional. O sea, que el genoma no es estático.
Por eso cuando muere alguien desaparece un ser único e irrepetible que merece el máximo respeto porque se va con él una singularidad que no volverá a repetirse jamás. La generación que padeció los malos tiempos de la posguerra y ahora está sufriendo bajas por la pandemia del COVID-19 lo merece, aunque su ciclo vital esté en el último trecho del camino. Gracias a su trabajo y sacrificios pudimos alcanzar el bienestar que disfrutamos hoy.

Abuela

Tengo guardadas entre las páginas de la memoria algunas tardes disecadas. En ellas he encontrado a un niño sentado en la puerta de su abuela comiendo un trozo de pan con chocolate, el tupé recién peinado, pantalones cortos con tirantes y unos ojos como esponjas empapándose de cuanto acontecía a su alrededor.
Me llevaba mi padre a visitarla siendo yo muy pequeño. Se sentaba en la sala que daba al corral por donde penetraba el sol dorado del atardecer que lucía sobre las baldosas rojas, haciendo frontera luminosa de dos espacios en penumbra. Allí tenía la abuela la costumbre de llenar sus recuerdos de costuras y artísticas labores de bordado sobre la luna llena de su bastidor.
Con un moño coronado por una pequeña peineta recogía su cabello blanco y dejaba al descubierto una amplia frente surcada por arrugas. De vez en cuando levantaba su cabeza y miraba por lo alto de sus gafas el reloj que había al fondo de la estancia. Y suspiraba. Sin su cuerpo, ahí está su silla de enea y un me voy, abuela, dejado cariñoso en la mejilla.
En un rincón del corral había un tinajón rojo y panzudo.  En él quedaron y aún resuenan las voces y los ecos de una canción infantil: “Mañana domingo se casa Respingo con una mujer que no tiene manos y sabe coser”.
Nos íbamos después a la puerta falsa, la que da al ejido, al campo abierto hacia el poniente.
Sentados en las piedras que había junto a la pared contemplábamos a sol vencido las faenas de las eras. El acarreo de las mieses. La trilla, la limpia del grano lanzado a paladas, la criba para separar granzas del fruto, el llenado de costales con cuartillas y el regreso de los campesinos a sus casas cuando el lucero destacaba ya punzante en un cielo azul violeta. Al fondo, el largo y rojizo crepúsculo de las tardes de verano.
Por el poniente asomaban las señales de los cambios de tiempo. El lenguaje de los vientos y las nubes, escuderos de temporales y de secas. Las ‘revolás’, las marañas, las bardas paralelas a la sierra…  Del suroeste, en dirección a Fuente del Arco, llegaba el pitido nítido del tren cuando soplaba el ábrego húmedo y templado.  A la derecha, siguiendo la loma de la sierra, el castillo de Reina, alcazaba de origen musulmán. Los restos de sus catorce torres albarranas son la corona en ruinas de un esplendor pasado que peinan los vientos que llegan del océano.
Me he acordado de mi abuela, que murió muy pronto, porque esta esta semana han permitido en la desescalada las visitas a los familiares.  Se habrán producido unos encuentros muy emotivos después de dos meses sin poder hacerlo. Qué difícil habrá sido renunciar a los besos teniéndose tan cerca, si es que se ha podido evitar el instinto del achuchón y los abrazos.

No es justo

En la antigüedad los que sufrían una enfermedad contagiosa tenían que soportar, además de los males físicos, los psicológicos y sociales. 

Las pandemias han provocado siempre temor en la población y marginación en los infectados. Pasó con la lepra, con la peste, con la gripe española, con el SIDA…El desconocimiento de las formas de contagio agravaba estas actitudes. Recuerdo de niño el estigma que sufrían ciertas familias que habían tenido entre sus miembros uno tuberculoso.

Me llamaba la atención en las lecturas que hacía y charlas que nos impartían el caso de los leprosos. Enfermedad maldita desde antes de nuestra era. Cuentan las crónicas que cuando una persona era diagnosticada con ese temido padecimiento, no tan contagioso como se temía entonces, un sacerdote se acercaba a su casa para llevarlo a la iglesia. Allí confesaba por última vez y al terminar el oficio religioso lo despedían en la puerta: “Ahora mueres para el mundo, pero renaces para Dios”. Lo acompañaban hasta a los límites de la ciudad y le leían las prohibiciones. No podía lavarse en los arroyos ni salir de su morada si no era con el traje de leproso, complementado con una capucha de color café. No le estaba permitido acercarse a las tabernas a comprar vino ni tener relaciones sexuales, a no ser con su esposa, si esta no lo había abandonado todavía.

 Lo que más me sorprendía era que los aquejados de este mal debían ir por los caminos siguiendo la dirección del viento y avisar con una carraca o campanilla de su presencia cuando sintieran que se acercaba alguien. Allí, en campo abierto, apartados de todos, tenían que vivir el resto de sus días hasta su muerte.  Al producirse esta tenían que ser enterrados en sus propias casas.

Los avances técnicos, sanitarios y sociales desde entonces han sido espectaculares. No se abandona a nadie a su suerte ni se le expulsa a los confines de los pueblos y ciudades. Gracias a las instituciones sanitarias, pese a gestiones mejorables y a la merma de fondos que han sufrido, todos los afectados son atendidos. El trabajo y dedicación de los profesionales es fundamental.

Estos días nefastos, tanto los sanitarios como trabajadores de otras actividades imprescindibles para la subsistencia, están prestando un servicio público esencial. Ellos son los que reman mientras nosotros permanecemos en nuestros domicilios para que el barco en el que viajamos todos se mantenga a flote.  Debe de ser muy triste y deprimente regresar a casa después de una jornada de duro trabajo y encontrar una nota escrita en el portal pidiendo que abandonen su vivienda. Es injusto. Y deleznable pinchar las ruedas del coche de una médica y llamarla rata contagiosa. Afortunadamente la mayoría regresó ya de la Edad Media y anima y emociona que otros ciudadanos, como los de Lucena (Córdoba), despidan con aplausos a su vecina cuando sale de casa para ir al trabajo.

Plazos

Vivimos de plazo en plazo dentro del que los abarca a todos. El que tiene vencimiento seguro, fecha incierta y no admite prórrogas ni endoses. A unos los encontrará el cobrador, ligeros de equipaje y a otros, cargados, pero con vana esperanza de llevar la carga consigo, pues no hay sitio en la barca para pertenencias.
Otros plazos van marcando nuestras vidas por etapas: Infancia, juventud, madurez, vejez. Pero los hay más pequeños, algunos con término previsible, otros al albur de circunstancias. Hacemos o nos trazan planes para cuando seamos mayores, para cuando terminemos la escuela, los estudios universitarios, para formar una familia…El tiempo parcelado por etapas.
Unos acontecimientos son deseados, otros temidos. Los plazos más quebrantados, los de la hora de llegada a casa cuando la adolescencia trota vigorosa por las praderas de la madrugada. ¡A las doce en punto, te quiero aquí! Sí, sí. “Mañana le abriremos, respondía, para lo mismo responder mañana”.
En los años sesenta, despuntando el sol de la recuperación económica por el horizonte, aunque no tan brillante como el que venía dibujado en las enciclopedias, las familias empezaron a comprar a plazos y a la dita. Modalidades mercantiles que ayudaron a adquirir bienes a muchas familias. De haber sido exigido el pago al contado hubiese resultado imposible para la mayoría.
Las pequeñas empresas firmaban letras a plazos, generalmente a 30, 60 y 90 días. En el tiempo que transcurría desde que llegaba la mercancía hasta que el comprador empezaba a abonarla había margen para a ir haciendo caja.
Tan frecuentes eran estas formas que los que se dedicaban al menester del cobro fueron bautizados con los sobrenombres de sus oficios. Hay descendientes de estos profesionales que aún conservan alias tan arraigados.  El cobrador de las letras llevaba una cartera apaisada de cuero.  Cuando aparecía por la puerta de las tiendas o negocios les cambiaba la cara a los dueños. ¡Qué pronto pasa el tiempo cuando hay que pagar! Como las circunstancias económicas no eran muy prósperas, a veces el agente tenía que volver en días posteriores, siendo el cobro a la vista, por condescendencia con el obligado al pago. En ocasiones, agotadas las demoras, le decía abiertamente que la devolviera, con los consiguientes gastos y protestos.
Estamos incursos en otros plazos ahora. Me recuerdan estos sucesivos aplazamientos de la clausura a una broma que gastábamos de niño. Consistía en atar un billete con un hilo largo y dejarlo en el suelo. Cuando pasaba alguien y se agachaba para cogerlo nosotros, que estábamos escondidos en una esquina, tirábamos de él hasta que se daba cuenta de la broma.
Si un aplazamiento constituye un alivio para el obligado al pago, para el que ha de recibir el beneficio supone un retardo en su disfrute. Pero estos, si por bien es, hay que sobrellevarlos, aunque sea a duras penas. La libertad y la salud bien merecen un aguardo.

La hija de Juan Simón

De vez en cuando llegaban por estos pueblos compañías de variedades con intérpretes de canción española y de flamenco. Sus canciones se escuchaban en la radio casi todos los días, sobre todo en las secciones de discos dedicados. En los cancioneros venían las letras y en la portada la fotografía del intérprete. Aquellas canciones las tarareaba el albañil haciendo mezcla, los labradores en la besana, la moza camino de la fuente o los herreros dándole al fuelle de las fraguas.

Una noche de invierno, no llegaría yo a los siete años, escuché a un hombre en la oscuridad de la calle cantar ‘La cama de piedra’. Seguramente vendría de donde el vino destapa la nostalgia y ahonda la pena. Sin entender muy bien el significado del mensaje de la canción, sí me estremeció aquella voz por el desgarro que transmitía y por las circunstancias de lluvia fina y  oscuridad.  ¡Qué triste dormir en un sitio tan duro con la noche que estaba!

Cuando La Niña de Antequera cantaba ‘Con los bracitos en cruz’ ensalzaba la abnegación, el amor de la madre al hijo por encima de todo y la determinación por juramento de hacer justicia en busca del padre que los abandonó.

Y esos mensajes llegaban al corazón de la gente y emocionaban. Como el ‘Vino amargo’ del desamor de Rafael Farina o la veneración del hijo a la madre de Pepe Pinto: “Toito te lo consiento menos faltarle a mi mare…” O la poderosa voz de La Paquera de Jerez por bulerías buscando en la soledad de las noches sin luna los luceros de unos ojos verdes.

Antonio Molina tenía muchas canciones famosas. Una de ellas, de la que ha hecho una versión recientemente Rosalía, emociona profundamente. ‘La hija de Juan Simón’. “Y era Simón en el pueblo el único ‘enterraor’. Y él mismo a su propia hija al cementerio llevó, y el mismo cavó la fosa murmurando una oración”.

Estos días la he vuelto a escuchar. Si la muerte siempre es triste para los familiares y amigos del difunto ahora se le añade a la tristeza la soledad de los entierros. El Ministerio de Sanidad ha prohibido los velatorios, tanto en lugares públicos como privados y domicilios particulares. Limita el número de acompañantes a tres allegados, además del ministro de culto correspondiente.  Las iglesias han cerrado y los muertos salen por la puerta de servicio de esta vida. No hay dobles de bronce al viento dando el último adiós, ni cabezas venerables destocadas en señal de respeto al paso del cortejo fúnebre. Aunque duela, es necesario para evitar males mayores, lo que no quita el sentimiento de impotencia y desgarro que produce.

Adquiere también profundo y triste sentido por la actualidad de la pandemia la rima de Bécquer, “unos sollozando y otros en silencio de la triste alcoba todos se salieron” … ¡Qué solos se quedan los muertos…y sus familias!

El pico

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Las palabras son sonidos que combinados por la mano orfebre de los poetas componen bellas melodías. Basta leer un poema como ‘La marcha triunfal’ de Rubén Darío para apreciarlo: “…Ya se oyen los claros clarines, la espada se anuncia con vivo reflejo; ya viene, oro y hierro, el cortejo de los paladines”. Hay palabras que por sí solas evocan: melancolía, arrebol, lubricán, aurora… A mí siempre me ha gustado ultramarinos, desde que de niño la veía rotulada en pequeñas tiendas de comestibles. Me imaginaba a los dueños con uniformes blancos y azules de marinero surcar los mares siguiendo la estela del sol cada tarde para traer de lejanas tierras hasta sus estanterías productos con sabor a mar.  

Me contó un amigo que cuando estaba prestando el servicio militar pidieron voluntarios para drenaje. A pesar de que le habían advertido que tuviera cuidado con esas ofertas, a él le sonó aquella palabra a oficina, a un destino tranquilo a la sombra. No conocía el significado, pero esa terminación   que rimaba con traje y con los letreros que había visto cuando llegó a la ciudad anunciando lo que él conocía como pensión, le resultó sugestiva.

Así que dio un paso al frente y junto con otros compañeros formaron cuadrilla. El sargento los condujo a una nave y llegando a ella les señaló el rincón donde se amontonaban picos, palas y azadones, que sin ser los que don Gonzalo Fernández de Córdoba, el Gran Capitán, contabilizó para justificar las cuentas que presentó a Fernando el Católico, si servirían para que el sudor corriera por sus frentes. Esas herramientas sí las conocía, de sobra, como lo demostraban los callos de sus manos, pero quién iba a pensar que tras tan bello ropaje se escondiera labor tan penosa. Con ellas al hombro se dirigieron al tajo donde el suboficial les señaló la tarea. No volvió a presentarse más de voluntario, así vistieran al vocablo con las mejores galas fónicas.

 

 

 

 

 

 

 

De aquel pico de zanja hemos llegado a la ansiedad de su ascenso y al afán de coronarlo. Conseguirlo está suponiendo un goteo de datos de afectados que nos acongoja. Loor y gloria a quienes expuestos a los abismos nos están ayudando no solo a conseguir la cima sino a desmontarla hasta dejarla ancha y plana como la tierra de Castilla de Machado. La resistencia está poniendo a prueba a los mejores escaladores y serpas a cuyo rebufo vamos escalando. Bajaremos con tiento para no perdernos por peligrosos vericuetos, tajos y desfiladeros.  Prefiero un pico en los labios, un canto en el de la calandria esta primavera, una vasija acanalada para verter buen vino, un candil colgado de la chimenea en un cortijo con la mecha en su pico consumiendo apaciblemente las horas en buena compañía. Me gusta escuchar a elocuentes oradores que conmuevan al auditorio con los suyos.  Esta pandemia canalla nos está costando un pico. 

Esas pequeñas cosas

En las películas del oeste los viandantes abandonaban las calles y se metían en sus casas cuando llegaban los forajidos. Solo espinos secos arrastrados por el viento las recorrían.  Su entrada en la cantina producía un cese repentino de charlas. Por los visillos de las ventanas los ojos asustados de las damiselas observaban los aconteceres, que generalmente terminaban como el rosario de la aurora. Nuestras calles vacías me han traído a mientes estas imágenes.

El silencio ha caído sobre ellas como una capa de melaza. Ha concentrado en unos días muchos años de soledad. Por dudar de esta situación necesito asegurarme a veces con pellizcos mentales de que lo que estamos sufriendo no es la angustiosa pesadilla de un sueño.

 Nuestros padres y abuelos tuvieron la guerra como referencia para situarse en el tiempo. Eso fue antes, durante o después, delimitaban. Nuestros hijos relatarán hechos remitiéndose a estos días que estamos soportando ahora.

Los que pasan por la calle van con miedo, esquivando encuentros y recelando de quienes hace poco compartían reuniones y asientos en lugares públicos. ¡Quién sabe si en ellos anida ya el virus maligno! Si al menos fuera visible le plantaríamos cara o lo esquivaríamos, pero, sin saber seguro los parapetos tras los que se esconde, presentimos en cada sombra, en cada esquina un puñal que puede horadarnos los pulmones. 

Parece que ha habido una explosión que en vez de expandir ha succionado a todos los vecinos por las oquedades de sus casas. Como Bernarda Alba, las autoridades han decretado el encierro. “…No ha de entrar en esta casa el viento de la calle. Haceros cuenta que hemos tapiado con ladrillos puertas y ventanas…”. Un luto que previene lamentos.

Pero yo quiero y espero salir de este encierro con todos ustedes hacia la luz de abril que nos aguarda. No importa lo larga que sea la espera si al final hay prados con margaritas y apacible brisa en las riberas de los ríos.  Echo de menos, mientras llega ese día, las cosas que antes parecían no tener importancia. Las rutinas que nos hacen la vida más agradable.  Salir a dar un paseo por las calles del pueblo, tomar unas cañas hablando intrascendencias, recorrer en bicicleta los caminos, escuchar entre choperas y encinares el canto del ruiseñor, la mirla o el jilguero; un adiós y ahora nos vemos  a los amigos con los que te cruzas,   sentarse en un banco a contemplar el paso de la gente y el juego bullicioso de los niños en el parque, ver un partido de fútbol en el bar de la esquina discutiendo sobre un fuera de juego, salir al campo a coger espárragos y setas… Y es que hasta que no las hemos perdido no hemos caído en la cuenta de lo que valen. Cuando salga les tributaré un merecido homenaje y disfrutaré cada paso y cada hora de esas acciones aparentemente intrascendentes.

Encerrados

Había estado todo el día de jarana y al llegar a casa encontró la puerta cerrada. Llamó insistentemente varias veces y al no recibir respuesta retrocedió, miró al balcón entreabierto y con el índice al cielo dijo a voces: ¿No me quieres abrir?  ¡Pues que sepas que la que está encerrada eres tú! Y volviendo sobre sus pasos se fue por donde había llegado, vacilante el caminar, pero enhiesta la cabeza.

Si viviera en estos días de zozobra comprobaría que la libertad no siempre está en la calle y que con esta pandemia coronada estamos más protegidos dentro de casa que fuera.  La clausura y el recogimiento han dado muchas veces más frutos que la compaña.

Newton aprovechó su tiempo de reclusión durante la peste del siglo XVII para hacer experimentos de óptica con unos prismas que había adquirido y un agujero abierto en la persiana.

Shakespeare escribió en parecidas circunstancias algunas de sus obras maestras como Macbeth y El Rey Lear.

Miguel de Cervantes inició la primera parte del Quijote estando en prisión… “se engendró en una cárcel, donde toda incomodidad tiene su asiento y donde todo triste ruido hace su habitación”

Yo tuve varias vivencias al respecto. No tengo tantos encierros como san Fermín, pero sí algunos por travieso. Me castigaron un domingo junto con otros amigos a permanecer en la biblioteca del centro traduciendo un texto latino de Lucano mientras los demás compañeros veían ‘Escala en HIFI’, un programa que presentaba entonces Juan Erasmo Mochi y en el que los actores mediante playback interpretaban canciones de moda. Como la televisión era el único entretenimiento de aquellas tardes tediosas me disgustó bastante el castigo. Me sentí desterrado en aquella impresionante biblioteca donde fuimos confinados.  Al principio se me hizo difícil soportar la situación, pero según iba avanzando la tarde aquel silencio rodeado de libros me fue gustando. Dejé que César y Pompeyo se las vieran entre ellos en la célebre batalla de Farsalia y me dediqué a curiosear por las estanterías y anaqueles. Toqué los lomos de libros de antiquísima encuadernación, acaricié páginas amarillentas y admiré los trazos góticos y caracteres arabescos de algunas publicaciones…Un privilegio que no estaba al alcance de todos.

 

 

 

 

 

 

 

En otra ocasión me recluyeron en una habitación de mi casa. Entraba el sol por un agujero de la ventana que daba al patio.  Un haz de polvo en suspensión atravesaba la estancia en diagonal hasta el suelo donde se convertía en moneda de oro. Allí observé sin saber todavía la explicación las imágenes invertidas en la pared cuando pasaba alguien por el corral y comencé a hacerme preguntas.

Por eso ahora sobrellevo bien este encierro a pesar de mi afición a caminar por el campo y observar la Naturaleza. De vez en cuando no viene mal un alto, aunque este sea forzado. Pero sin pasarse, eh, que lo poco agrada y lo mucho empalaga.

Yo me lavo las manos

 

 

 

 

 

 

No para eximirnos de culpa, sino para librarnos del ya manoseado coronavirus nos recomiendan las autoridades sanitarias que nos lavemos las manos frecuentemente. Las extremidades que lo tientan todo tienen una relación preferente con la boca a la que visitan asiduamente junto a las malas compañías que se les unieron en sus trajines y que son poco recomendables para nuestra salud.  

A nosotros, aquellos niños de entonces, nos las inspeccionaban en la escuela y en casa para ver cómo venían de sucias tras haber andado de expedición por tierras, covachuelas y regajos.   ¡Dónde habrás estado? ¡Mira cómo traes las manos!, nos decían mientras les daban la vuelta por el haz y el envés. Cuando la suciedad pasaba las tonalidades del castaño oscuro nos las restregaban con estropajo, quedando estas, además de limpias, coloradas y calientes por la friega. ¡El agua que ha soltado!, remataban a modo de rúbrica y constatación.

En las tardes de verano, palangana, jabón verde y silla costurera, nos escamondaban en el corral para después, repeinados y con lustre, salir a la calle, pan y chocolate en ristre, a jugar con los amigos. Los sábados de invierno nos sentaban al lado de la camilla con las enagüillas levantadas y la camiseta de felpa sobre la alambrera.

No se observaban muchas precauciones para evitar contagios. Las comuniones eran masivas el jueves y el viernes santo en la iglesia del pueblo. Los monaguillos, sosteniendo vela y bandeja, hacíamos escolta al cura y nos reíamos de la forma de abrir la boca y sacar la lengua de los fieles. Tímidas unas, extrovertidas y enormes otras.  Ni imaginar darla en las manos. Todas por la boca con el índice y el pulgar rozando labios y lenguas.  Los besos a la imagen del niño Jesús los días de Navidad, Año Nuevo y Reyes, todos sobre la piernecita cruzada. De vez en cuando un paño blanco para limpiarla.

En algunos pozos del campo había una cuba en el brocal y una lata sujeta con alambre al asa para que el caminante aplacara su sed. Un leve enjuague después de usarla y se dejaba donde y como se encontró.

En las calderetas y comidas en grupo, caldero en el medio, corro de gente alrededor, y cuando tocaba, ‘cuchará’ y paso atrás. Tras el coto, vuelta a repetir la operación.  He visto repartir vino de una jarra y beber de un mismo vaso a todos los asistentes. Eso sí, apurándolo hasta el culo y si quedaban escurrajas se tiraban. En las bodas de dulces y aguardiente, bandeja con dos o tres copas de tamaño poco más grande que un dedal.  Por cierto, siempre me sorprendió que siendo tan pequeña los que las tomaban echasen exagerada y bruscamente la cabeza hacia atrás.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Eran otros tiempos.  Pero entonces todavía se bebía el agua corriente de las gavias y se cogían berros en los alrededores de fuentes y manantiales.