Albañiles

Me gustaba observar de niño cómo trabajaban los albañiles. Todavía no utilizaban hormigoneras para las mezclas. Hacían un montón con arena y cemento y le abrían un hueco en medio donde iban echando agua. Con el rodo lo removían, procurando que no se saliera el agua por los laterales. Después transportaban la mezcla en una carretilla de mano hasta el lugar preciso. Si era en alto instalaban una garrucha y la subían en esportones de goma.

Me asombraba la coordinación que tenían para lanzar ladrillos y tejas desde el suelo a los tejados. Cómo los lanzaban con la fuerza justa para no pasarse ni quedarse cortos y que llegasen a las manos del que los recibía en el momento justo de acabar el impulso.

La cuadrilla básica estaba formada por un maestro y un peón. Este, si era un poco espabilado, iba aprendiendo las técnicas del oficio y con el tiempo podía independizarse y formar su propio grupo. Era la manera más habitual de aprendizaje.

El maestro tenía siempre a mano sus herramientas fundamentales: el metro y el nivel. Había algunos profesionales muy acreditados por su buen hacer. Eran los más solicitados para obras de envergadura.  Las construcciones de bóvedas no estaban al alcance de cualquiera. Aquí permanecen todavía en bastantes edificios como certificado y constancia de la maestría de quienes las construyeron. No abundan actualmente los profesionales que sepan hacerlas.

También estaban los más duchos en remiendos, derribos y chapuzas que en levantar fábrica y refinamientos. Uno de ellos, con auto proclamada vitola de maestro, pero sin haber llegado todavía a oficial, dejó anécdotas que aún se refieren cuando vienen a cuento. En cierta ocasión levantó un tabique de poca anchura y bastante extensión y no estando muy seguro de que aquello continuara en pie por mucho tiempo, por experiencias anteriores, le dijo al peón: ‘Sujeta aquí mientras yo voy a cobrar’. No habían alcanzado la otra acera de la calle tras el cobro cuando la pared se vino abajo con gran estrépito.

He leído días atrás que, ante la inminente llegada de fondos procedentes de la Unión Europea, destinados a la recuperación económica, van a hacer falta profesionales cualificados. Juan Manzano Díaz, presidente de la Federación Regional de la Pequeña y Mediana Empresa de la Construcción (Pymecon) declaraba en este mismo periódico que ni la FP ni las escuelas profesionales forman para trabajar en esta rama que abarca varias especialidades, como yesistas, alicatadores, encofradores… Aboga por seguir el modelo alemán de aprendizaje. Mucha práctica en las empresas y un solo día a la semana para la teoría en el centro educativo, con un contrato de formación remunerado.  El tema está sobre la mesa y el debate servido.  Creo que la Formación Profesional, coordinada con el mercado de trabajo, puede servir para reducir el alto porcentaje de paro juvenil y mejorar la rentabilidad de los recursos destinados a la enseñanza.

Meses de julio

Contaban los viejos que ya han muerto a los niños de entonces, que ya somos viejos, que en vísperas de la guerra civil hubo un gran corrimiento de estrellas. Los fenómenos en el cielo crean incertidumbre y miedo cuando no se saben las causas que los originan. Se recurre a supersticiones y a supuestos designios de un ser superior para intentar explicar su significado.   En este caso lo asociaron, a toro pasado, con el anuncio de las desgracias que ocurrieron después. ‘Señales en el cielo calamidades en la tierra’. Consultados los anales de la época, el corrimiento más destacado tuvo lugar unos años antes. La noche del 9 de octubre de 1933.  Pienso que, si el cielo anunciara todas las guerras y desgracias que hay sobre la tierra, sería un espectáculo permanente de cometas, estrellas fugaces y auroras boreales.

De otros julios de mi niñez y adolescencia quedan en la memoria posos de crónicas con enfáticas y laudatorias voces ensalzando al régimen que tomó el nombre del alzamiento que se produjo el dieciocho de este mes y que celebraba una gran recepción con actuaciones de artistas en los jardines del palacio segoviano de la Granja.

Nos informaba, es un decir, el NODO, noticiero que ponía ‘el mundo entero al alcance de todos los españoles’. Aperitivo propagandístico que proyectaban antes de las películas y que nos pintaba una dichosa Arcadia. Aguas pasadas, a pesar de la pertinaz sequía, que todavía mueve algún molino.

La gente del común ocupaba el tiempo en otros menesteres. Entre ellos el de procurar que no faltara cada día el pan en la mesa. Se pedía al cielo, pero había que buscarlo con sudor en la tierra.

De aquellos julios también recuerdo las campanadas en el reloj de la torre cuando se habían ido casi todos a sus casas, ya de madrugada. Charlábamos entonces sin prisas algunos amigos sentados en los bancos de la plaza. El tiempo corría todavía al ralentí. 

Hoy, día de la Virgen del Carmen, llegan ecos de salves marineras tierra adentro, prendidas como alamares en el manto de la brisa que viene del mar.

Julio, médula espinal del estío, deja cortados charcos en los arroyos y a las junqueras de guardia en las riberas. La calima blanquea el azul y reverbera en las distancias. Los machos de las chicharras estridulan a golpes de timbales su llamada a las hembras en la quietud del calor del mediodía. Un celo de sierras que corta el aire denso en las dehesas y olivares.

Desde aquellos meses de julio a estos han pasado muchas cosas y cambiado muchas costumbres. Ya no hay corrillos de vecinos sentados al fresco en la plazuela, ni juegan los niños a esconderse entre las sombras de la calle y los carros aparcados en las puertas. De vez en cuando una estrella fugaz raya de blanco el cielo de la noche. ¿Nos estarán avisando de algo? 

Ejidos

Ya no ponen eras en el ejido, que apellidan ‘patinero’, no de patín, sino de pato. En otros municipios existen los carneriles, de carneros.  Cada familia por tradición tenía su lugar reservado de un año para otro. Quedaron veredas de ir a por agua a la fuente, convertidas después en caminos por máquinas. No pasan niños al atardecer con su trozo de pan y jícara de chocolate para que los monten en los trillos, ni se escuchan los cantes de trilla. Los vecinos que tenían puertas falsas dando al poniente soltaban sus gallinas para que se dieran el festín cuando acababan las eras. Algunas personas también recogían el poco grano sobrante.

En las tardes de primavera y otoño nos sacaban los maestros a los niños de la escuela de paseo.

El diccionario de la RAE define ejido como “campo común de un pueblo, lindante con él, que no se labra y donde suelen reunirse los ganados o establecerse las eras”.

Sebastián de Covarrubias, en su obra ‘Tesoro de la lengua castellana o española’ (siglo XVII), como “campo que está a la salida de un lugar que no se planta ni se labra porque es de común para adorno del lugar y desenfado de los vecinos del y para descargar sus mieses y hacer sus parvas”.

Casi todas las fincas reservadas por la Orden de Santiago para el aprovechamiento comunal fueron perdiendo a lo largo de la historia su carácter vecinal y pasaron a los ayuntamientos como bienes propios para equilibrar sus presupuestos deficitarios. Las instituciones municipales cedían los usufructos de su patrimonio a cambio del pago de unos cánones.

Las ventas y apropiaciones ilegales mermaron sus superficies. Las desamortizaciones acabaron por reducirlos a lo que tenemos actualmente. Hubo litigios entre el Honrado Concejo de la Mesta que llegaba a estas tierras con la trashumancia y los propietarios naturales de la zona.  Y unos y otros con los del último eslabón de la cadena, los menos favorecidos, que aspiraban a participar en el reparto de las tierras comunales.

La dehesa boyal, tampoco quedan bueyes, está allende los límites del ejido. Esas sí son tierras de labranza y están repartidas por lotes entre los naturales.  

En tiempos lejanos había un hombre que pasaba por las calles del pueblo recogiendo los animales. Por aquí pastaban. Al regreso cada animal corría hacia su casa al pasar por su calle.  Sabían muy bien donde tenía que meterse cada uno.

Existía un muladar para los animales muertos. En el cielo los buitres trazaban círculos hasta que bajaban al banquete. Los ganaderos tenían un sitio destinado para sus estercoleros.

He subido a un otero desde el que se divisa gran parte del ejido de mi pueblo. Las estaciones de un viacrucis de cruces blancas lo recorren hasta aquí, a semejanza del Calvario, donde estoy esta tarde veraniega de julio recordando lo que fue y contemplando lo que queda. 

Verdades y mentiras

Que la mentira tiene las patas muy cortas y que se coge antes a un mentiroso que a un cojo son refranes que reflejan la poca consistencia de los embustes, que bien por las contradicciones con otras trolas para sostener la primera o por las evidencias de los hechos llevan al embustero a un callejón sin salida. Y aun así hay quienes se empecinan en negar lo palmario.

La verdad no es lo que era. Le han añadido un prefijo que la desnuda de objetividad y la acomoda a intereses subjetivos de conveniencia.

La moral católica tradicional, para salvaguardar la maldad intrínseca de la mentira, construyó el concepto de restricción mental, que oculta información sin mentir. Ocasiones en que ni se debe revelar la verdad ni es posible callar. Conflictivo dilema.  El conocido caso de quien pide dinero y recibe una respuesta negativa: No tengo, quedando en la mente del que niega el añadido ‘para ti’, que no se dice, pero que el otro debiera entender.  O el de la visita inoportuna que pregunta si está el señor de la casa y le contestan que no está…para recibirle a él. Construcciones teóricas con difícil ensamblaje en la verdad, pero ya se sabe que la dialéctica camufla la realidad.

También existen las mentiras piadosas, que se dicen para no causar un daño que se produciría si se dijera la verdad a secas. ¡Qué bien lo encuentro a usted! Todos lo hemos dicho alguna vez para darle ánimos a quien está ya tocando el timbre de la gloria.

Platón sostenía la validez de la ‘mentira noble’ en política, en aras del bien común. Abrió el portillo para que los avispados mezclen churras con merinas y algunos rompan las lindes que separan los intereses públicos de los suyos particulares o los de sus partidos. La historia está plagada de mentiras que salen a la luz cuando se da publicidad a los archivos secretos.

Kant defendió que había que decir siempre la verdad, sin mentir en ninguna circunstancia. Se pasó, porque ¿quién no miente, por ejemplo, cuando se trata de salvar la vida de alguien?

Si se ha mentido, el pueblo, tan magnánimo e indulgente, puede que hasta perdone al embustero si pide perdón, reconoce su falta y muestra arrepentimiento. Es más humano. Pero el ‘sostenedla y no enmendarla’ está en los genes de la soberbia y el cinismo.  Dicen que cuando alguien miente aumenta la temperatura de la cara, sobre todo de la zona cercana a la nariz. Adquiere una leve tonalidad rojiza. Será para caras normales porque las de cemento armado ni se inmutan. Utilizan subterfugios para justificar sus mentiras y de paso hacernos pasar por tontos. ‘Lo han sacado de contexto’ o ‘lo han interpretado mal’. Esa es mi verdad, dicen otros. Les respondo con los célebres versos de Antonio Machado: “¿Tu verdad? No, la verdad. Y ven conmigo a buscarla. La tuya, guárdatela”.

Serenatas

 

 

 

 

 

 

Un paisano mío quiso declararle su amor a una bella señorita de la forma que mejor se le daba: tocando la armónica. Bastante entrada la noche se dirigió a la calle donde ella vivía e interpretó ‘Si Adelita quisiera ser mi esposa…’ Sonaba la música como una súplica rozando levemente los cristales de su habitación, donde se veía una luz tenue a través de los visillos. Me imagino la escena como aquella que describe Azorín: “Una flauta suena en la noche, suena grácil, ondulante, melancólica’ Como siempre hay quien vea y oiga, al día siguiente se propagó la noticia entre los vecinos por el desconocimiento de esa querencia y por la forma poco usual de declararla. Noche de luna y música suave. Lástima que Adela se fuera con otro y él no la siguiera ni por tierra ni por mar. La negativa a su pretensión hirió el orgullo del enamorado y con ese bagaje no hay buques de guerra ni trenes militares. Fue la primera vez que yo tuve conocimiento de las serenatas.

Por aquel tiempo también supe de un hombre del pueblo que tocaba el acordeón. Sorprendía cómo deslizaba sus manos por el teclado.  El fuelle en sus cierres y aberturas parecía el ir y venir de las olas en el mar. La admiración se incrementaba por la ceguera del acordeonista. No sé si es por eso por lo que asocio el sonido de este instrumento con el desamor y la melancolía, con una quimérica cantina de puerto de mar donde los marineros ahogan sus penas con el alcohol en un ambiente de luces macilentas.

En algunas ocasiones este hombre formaba trío con un saxofonista y un batería para dar baile en las bodas y días de fiesta. El movimiento de sus ojos sin poder ver me producía tristeza y angustia. Los jóvenes de entonces lo contrataban para dar serenatas, ahítos de vino y faltos de afecto. Yo era un niño todavía que observaba ciertos comportamientos por primera vez.

Siendo ya adolescente, un grupo de amigos dimos una serenata. Sin ser la tuna y sin estar serenos. Después del baile acordamos dirigirnos a las casas donde moraban las mocitas que atraían a algunos de la pandilla.

Comenzamos con un desentonado “Sal al balcón” que desanimaría a la más complaciente de las damas por muy deseosa que estuviera de cortejo.

Al primer ruido de cerrojo salimos corriendo hacia la esquina más cercana para doblarla y perdernos en la oscuridad. Pasado un tiempo, volvimos a las cercanías de la casa y, por si la aludida no se había enterado bien de parte de quien iba el sucedáneo de serenata, uno gritó: ¡Esto va de parte de Fulanito! Y a correr otra vez, en esta ocasión sin esperar al cerrojazo.   Estaba entonces en boga una canción que decía: “Cuando yo fui rondando tu balcón salió tu padre con un escobón”. Y por si acaso.

Aulas cerradas

Cincuenta años son pocos para las pirámides, pero muchos para las personas. Y esa cantidad nos contemplaba aquella mañana de mayo a los antiguos compañeros que íbamos llegando a las puertas del Seminario para celebrarlo. La mayoría con menos pelo, canoso a los que les quedaba, peso sobrado y arrugas en la piel.

Fue buena idea de la organización, a cuyo frente estaba José María Cerqueira, la de colocarnos una tarjeta identificativa en el pecho con nuestro nombre porque sin ella muchos no nos hubiésemos reconocido.  Incluso después de leerlas nos extrañamos de que aquel que teníamos a dos palmos fuese el mismo compañero de pupitre y de juegos. El paso del tiempo hizo su trabajo de barbería, arrugado y engorde.

Recorrimos clases, patio de recreo, capilla, comedor, sala de juego y dependencias donde compartimos, alegres unas veces, tristes otras, muchas horas. Como suele suceder los espacios nos parecieron más pequeños. Habían desaparecido algunos y estaban transformados otros.

A cada uno nos fue la vida de forma diferente.   Nos unía el tronco común que compartimos aquellos años tan lejanos ya y aquel edificio que se erguía delante de nosotros. Nuestras creencias pasaron el tamiz de la madurez y el crecimiento. Rebeldes, consolidados en su fe o escépticos allí estábamos buscando las huellas en la memoria de esos niños y adolescentes que fuimos.

Esta semana pasada leí que a los cuatro seminaristas mayores que quedan en el Seminario los van a trasladar a la Universidad Pontificia de Salamanca con el fin de que obtengan una mejor y más completa formación. No es sostenible una infraestructura de profesorado e intendencia para tan escaso número. Como curiosidad, en el curso 1963/64 había matriculados 95 alumnos en el Seminario Mayor y 276 en el Menor.

Allí sigue el edificio, símbolo de una dilatada época y lugar de formación de muchos extremeños. Ahora con el silencio entre sus muros, entonces bullicioso.

Nos asombró su soledad en nuestra vuelta, a pesar del Colegio Diocesano que tiene allí su ubicación. 

En los años sesenta se erigía prestante y vistoso. Solamente acompañado por su flanco derecho de una fila de chalets que llegaban hasta la carretera de Portugal. No existía el polígono el Nevero en la parte de atrás y por delante solo estaba   construida la infraestructura de calles y puestas algunas farolas. El puente Nuevo y el Viejo lo comunicaban con la ciudad.

Aparte de los profesores, recordamos a Manolo, el encargado de ir todos los días al centro para traernos los encargos que le hacíamos. Francisco Franco, el portero, que tocaba la campana en un rincón del hermoso patio porticado de columnas. Al barbero que venía de Badajoz y al vendedor de barquillos de canela que se ponía en la puerta del patio de recreo donde jugábamos.

Al leer la noticia he sentido que Francisco, el portero, cerraba la puerta como cada noche, pero esta vez por un tiempo indefinido.

Censores y destape

Fui con unos compañeros a un cine de Málaga a ver la película ‘El amor del capitán Brando’.  Era el invierno del setenta y cuatro y empezaban a llegar vientecillos suaves que levantaban vestidos y dejaban a la vista la piel oculta de nuestros deseos. Tiempos de destape. Tras décadas de estrictos censores tapando escotes y cegando canales el agua contenida buscó salida y se tornó en riada. Un silencio que salía por la órbita de los ojos se apoderaba de las salas en los momentos cumbres. La joven y bella Ana Belén mostraba por unos segundos sus pechos. Cuando llegó el momento de la esperada escena mi acompañante me dio un codazo por si no me había dado cuenta de la aparición. Pero yo estaba con los ojos de par en par admirándola.  Él, que era miope, se acomodó las gafas subiendo la montura, seguramente para acercarla lo más posible.

Poco después fue la escultural María José Cantudo en ‘La trastienda’ con los cuernos de los Sanfermines por medio quien mostró el primer desnudo integral de nuestro cine.

El portón estaba abierto y el destape inundó las salas. De fuera llegaban noticias de una película de la que muchos hablaban y pocos habían visto: ‘El último tango en París’ cuyo mensaje profundo quedó difuminado por la mantequilla. Había peregrinaciones a Perpiñán de gente que podía permitírselo para ver a Marlon Brando y María Schneider. Hasta aquí, por estas zonas del sur, llegaban noticias a través de la prensa y el boca a boca distorsionado.   

De tierras italianas vino ‘La lozana andaluza’, adaptación de la gran novela que retrata los bajos fondos de Roma durante parte del siglo XVI y nos dejó el regalo visual de la ducha de María Rosaria Omaggio. De Francia, ‘Emmanuelle, con Sylvia Kristel y la primera calificación como película X.

Después, una gran avalancha de ordinariez y sal gorda de la que dan idea algunos títulos como ‘Susana quiere perder eso’, ‘El liguero mágico’, ‘Pepito Piscina’ o ‘Agítese antes de usarla’.

Aquello duró un poco más de lo que duran “dos peces de hielo en un whisky on the rocks”, pero terminó por aburrir al respetable.

De los desnudos ‘por exigencia del guion’ me produce risas recordar a algunos protagonistas llevándose a rastras las sábanas cuando se levantaban de la cama, enfado por la utilización de la mujer como objeto, asombro por la meticulosa censura que hubo antes en temas sexuales y la enseñanza de que lo que se prohíbe produce más ganas de hacerlo. Dejen el agua correr. Detenerla no sirve y con el tiempo busca su curso natural.  

En un genial chiste de Antonio Mingote, un padre explica a su hijo gráficamente la diferencia entre tuerca y tornillo. Al introducir este en aquella, se detiene, mira al hijo con sorpresa y descaro y le dice: ¿Qué estás pensando, so sinvergüenza! Así eran ellos, nuestros censores.

Estancos

La primera vez que me mandó mi padre al estanco fue para comprar un timbre móvil. Le pregunté que para qué servía eso. Ya lo verás cuando te lo den.  Yo lo asociaba con bicicleta, pero me dieron un sello sin Franco. Mi padre lo pegó en un papel, previo lengüetazo.  Ni sonó ni se movió.

Conocí posteriormente mejor lo que despachaban en los estancos porque el de mi pueblo estaba frente a mi casa y quienes lo tenían me trataban como si fuera de su familia.

Algunos anochecidos me iba allí y me sentaba al lado del regente. Tenían la expendeduría en el primer paso, en la habitación de la izquierda, según se entraba. Un mostrador de madera lo separaba del pasillo.  En dos cajones guardaban los sellos y el dinero. Las monedas, en una cestita de pita y debajo de ella los billetes, a los que había que recomponer a menudo debido a su mal estado. No sé si pesaba más el papel o los remiendos y la mugre que acumulaban. Los había de una, dos y cinco pesetas. Los de más valor escaseaban.

Cuando terminó la guerra civil la concesión de estos establecimientos se realizaba para “amparar a los que habían luchado en los campos de batalla o sufrido más directamente las consecuencias de la guerra…” Del bando triunfador, se entiende. Tenían derecho preferente a regentarlas las viudas y huérfanas solteras.  Las transmisiones hasta el año 2005 se hacían solo entre los familiares de tercer grado de parentesco, como máximo. Algunos beneficiarios los arrendaban a terceras personas, aunque esa modalidad no estaba recogida en la ley.

Llegaban los hombres del campo a comprar al atardecer. A algunos les cogía de paso y se presentaban con la ropa de faena, barba incipiente y una larga faja negra liada alrededor de la cintura. Les servía de abrigo y protección para tantas inclinaciones a tierra, para mitigar el peso de las cargas y el empuje de los brazos sobre la mancera. Cubrían sus cabezas con sombreros de paja, bilbaínas o mascotas negras. Los colores de sus vestimentas eran oscuros y las de faena de crudillo, con colores grises o marrones. Esto añadía años a la apariencia de edad. Aquellos hombres, que podían tener treinta o cuarenta años, a mí me parecían ancianos.  Compraban tabaco picado y libritos de envolver. Algún mechero de mecha o de martillo. Y piedras para la chispa en forma de pequeños cilindros.

Mujeres iban pocas. Cuando lo hacían pedían sellos y sobres de los de avión con bordes rojos y azules.  Y tabaco para los hijos o maridos si estos no podían acercarse.

Horas de revuelo esas del anochecido. De ultramarino y de fragua, de tibia leche en el establo, de rezos a la puerta de la ermita, de olor a tortilla recién hecha, del lucero en el cielo y el guizque del electricista dando luz a las calles.

Fronteras

 

 

 

 

 

 

 

 

(Photo by slworking2 on Foter.com)

Para recordar lo insignificantes que somos nada mejor que mirar al cielo en una noche estrellada. Es una buena terapia para doblegar soberbias y achicar orgullos, relativizar el valor que le damos a ciertas cosas y hacernos preguntas que no por repetidas han perdido su vigencia.

Nuestro sistema solar está en un brazo de la espiral de la Vía Láctea. Para llegar a la estrella más cercana, aparte del sol, tardaríamos más de cuatro años viajando a 300.000 kilómetros por segundo, lo que todavía no se ha conseguido.

La Vía Láctea tiene un diámetro de cerca de 200 mil años luz y consta de entre 200 y 400 mil millones de estrellas. Hay tantas galaxias que aún no se sabe su número con exactitud. Los últimos estudios calculan que puede haber más de dos billones. Cantidades mareantes con poco que se piense en su significado.

El grandioso espectáculo del cielo nocturno solo es posible contemplarlo si nos alejamos del cascarón de luces artificiales que envuelve a las ciudades. Hace ya bastantes años los agricultores dormían al raso en las eras durante el tiempo de recolección para evitar que les robaran el grano. Pasaban, manta al hombro, en dirección a los ejidos por mi calle. La novelería y la curiosidad hacía que los amigos les rogásemos a ciertos vecinos que nos dejasen ir con ellos. Pedíamos permiso a nuestros padres, pero ofrecían resistencia. Nos alertaban sobre el relente de la madrugada, un descenso silencioso de humedad que sin llegar a rocío se posa en las hierbas. ‘Blanda’ le llamamos por aquí.

Nos gustaba distinguir en la maraña grumosa del cielo el paso de los aviones con sus luces intermitentes y los satélites artificiales que daban vueltas alrededor de la tierra.  Pero lo que más nos asombraba era contemplar la Vía Láctea, el camino de Santiago, impresionante franja con sus apelotonamientos de estrellas de distintas intensidades.  Su brillo llegaba hasta nosotros tras un viaje de millones de años.

De las constelaciones distinguíamos entonces solo al carro grande y el carro chico, que era como llamábamos a la Osa Mayor y Menor. Nuestra imaginación formaba otras figuras hilvanando con hilos de plata a los puntos luminosos.

Ya cerca del alba, después de un sueño ligero, comprobábamos que las posiciones de las estrellas habían cambiado. “El viento de la noche gira en el cielo y canta”. Una armonía constante de rotaciones silenciosas.

El universo, con los únicos límites que imponen el tiempo y el espacio, sigue su evolución por los siglos de los siglos. Los humanos en este rincón minúsculo, nos revolcamos en el lodazal de nuestras mezquindades. Parcelamos la tierra y los mares a base de guerras. Las fronteras están amojonadas con la sangre de quienes las defendieron o atacaron y con la de los que intentan escapar de ellas o les impiden la entrada. ¿Quién otorga los títulos de propiedad en exclusiva?

Fútbol

La competición de fútbol en primera división está llegando a su fin. La penúltima jornada ha traído reminiscencias de tiempos pasados, cuando la mayoría de los partidos se jugaban los domingos por la tarde y los transistores nos llevaban en volandas de campo en campo en la voz de los corresponsales. Los intereses de las televisiones han estirado los partidos desde el viernes hasta el lunes con horarios que abarcan del aperitivo a la cena.

Hay mucho de irracionalidad en las fobias y filias de los forofos del mundo futbolero. Algo de mística y de escape, de subida a la cima de las emociones y de brusca bajada al lumpen de los insultos. Similitudes entre campos de batallas y de juegos. De cobijo en la fuerza del grupo para unir fuerzas y sentir el amparo del colega.

Cuando en Anfield Road más de cincuenta mil personas cantan ‘Nunca caminarás solo’ enarbolando banderas y bufandas con los colores del Liverpool es difícil no sentir un poco de emoción o al menos de asombro. Pasa lo mismo en el Sánchez Pizjuán cuando ‘El Arrebato’ entona el ‘Himno del Centenario’ y el público puesto en pie lo acompaña.  Algo mágico se eleva desde las gradas del estadio hacia el cielo de Nervión.

Bajamos al césped. Una mano es justificable y exenta de voluntariedad si con ella marca gol el jugador de nuestro equipo y otra en similares circunstancias merece penalti y expulsión del infractor si se sucede en el área contraria.  La arbitrariedad de nuestros juicios. No hay objetividad posible.

¿Cómo se explica que un señor de aspecto apacible en su vida diaria dispare por su boca la artillería pesada de los improperios más abyectos?

Los motivos por los que cada uno se hace simpatizante de un equipo son variados. Habrá quienes siguen la tradición de algún familiar, otros por la aureola de sus tiempos de niño. Quizás un viaje en edad temprana a la capital… Cada cual que repase las suyas.

En las ciudades se entiende que cada cual defienda al suyo. Pero, como los amores del corazón loco de Machín, se pueden querer dos equipos a la vez, uno el de andar por casa y otro de alto copete. Se crean peñas y celebran comidas en nombre de la afición al mismo equipo. Los forofos reciben felicitaciones cuando el de sus amores ha ganado un título, y más anchos que largos asienten moviendo la cabeza con satisfecha complacencia. Sienten el triunfo como propio.

Pienso en estas cosas viendo salir de un bar a un grupo de personas que ha seguido la emocionante jornada por televisión. Salen exultantes unos, otros cabizbajos y el resto haciendo cálculos de las posibilidades que les quedan a su equipo para la última jornada. Esto del fútbol nos tiene comido el coco. Por el hueco de la comedura se escapan las tensiones y no entran malos pensamientos. Ni buenos.