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Al medio del rastrojo en plena siesta
llegué por suaves lomas onduladas
de veredas, caminos y floresta.
Los bordes de babosas remojadas
me conducen al fondo en forma presta
por cálidas paredes sonrosadas.
Y envuelto el goce en suaves humedeces
fluyo y voy como el agua entre los peces.
Las pavesas de los años,
copos que el tiempo desgrana,
siembran tu pelo de canas,
lentamente y en silencio.
Un día notas las primeras hebras,
pequeñas veredas albas
entre la espesura negra.
Montan su base en las sienes
y desde allí escalarán
sin grandes dificultades
las empinadas paredes
de tu noble calavera.
Su peso blanco te encorva
y baja tu mirada al suelo.
¡Oh altanería vencida
por tan sigilosa albura!
La lluvia criba el silencio de la noche
con sonido de abejas rumorosas.
El viento columpia sombras
en los cables del tendido
y se rasga en las cornisas
con afilados silbos.
Fustas acuosas azotan paredes y ventanas.
Me regodeo
en el cálido confort que me rodea.
Mi imaginación vuela
sobre prados, oteros y cañadas…
y, a lomos del aire, llego a la sierra
sosteniendo el vuelo
como el águila planea.
A lo lejos el pueblo,
entre oblicuas cortinas de agua
y fanales de luz.
Alameda mojada en la ribera,
profunda negrura,
ruidoso ramaje.
Ulula el viento por las oquedades de la noche.
Mi imaginación regresa a su morada,
al dulce cobijo de la cama.
Fuera caen sobre el suelo las canales.
Fueron tibia y rosada carne ayer. Prensa grácil de borra y lápiz, redondeadas formas donde brotó la sangre de la primera herida que la madre tiernamente curó con besos y caricias. Estas manos que buscaron peces en las covachuelas y felinas treparon por los troncos de los árboles, que amasaron barro en los regajos y jugaron a los bolos en días otoñales, que coleccionaron cromos de héroes infantiles y descubrieron los volcanes de su cuerpo en la azarosa adolescencia, que intercambiaron caricias en las cómplices sombras de la noche, hoy son añosos sarmientos, violáceas y flácidas veredas entre huesudos promontorios que recorren su arrugado torso. Temblorosas, aguardan, como perro fiel, el descanso cruzado sobre el pecho inmóvil de su viejo dueño.
Me elevo como las enredaderas,
en rizos sigilosos
a la busca de sol y de aguaceros.
Me retienen las zarzas
y las hojas melosas de la jara
en el turbio espesor de la floresta.
Soy punta de ciprés, al cielo aspiro
y por él me consumo y me desvelo.
Mis manos, rastras curvas de diez garfios,
se aferran a las nubes pasajeras
que transforman mis ansias trepadoras
en fina lluvia que entrelaza y teje
tupidos lienzos grises en la sierra.
Y llueve mansamente la tristeza
cubriendo de verdor las alamedas.
Guardaba en un arcón sus pertenencias:
peinetas y mantones de manila,
toquillas, “toquillones” y mantillas
y una falda con cola de volantes
que le trajo su padre de Sevilla.
Ya está vieja y de vez en cuando saca
de una caja de dulce de membrillo
unas fotos ajadas y amarillas.
Las mira mucho tiempo pensativa
y después las ordena con cuidado
y ata con un cordón de terciopelo.
Esta tarde su nieta le ha pedido
un pañuelo de adorno “pa la jira”
y orgullosa, del fondo le ha sacado
uno verde con una flor de lila
bordada primorosamente en seda.
“Me lo regaló tu abuelo un día
que también lucía la primavera”.
Le temblaban sus manos arrugadas
y en sus ojos pequeños aún ardía
la luz que ni siquiera el tiempo apaga.
Un reguero de llamas vacilantes
camina tras la cruz
donde Cristo murió crucificado.
Un blanco lienzo al viento
cuelga en sus desnudos brazos.
Con los puñales del dolor clavados
en un corazón de plata
va la madre detrás
con siete heridas de acero.
Desde un balcón en penumbra
desgarra la noche una saeta
tal como se rasgó en el templo el velo
la tarde en que expiró Jesús.
Y estremecido,
el aire se transforma
con emoción de vello electrizado
en la piel de los presentes.
Yo miro al cielo
por si estuviera Dios,
apoyado en un balcón de plata
de la luna llena esplendorosa
viendo pasar el cortejo.
Queda noche y queda pena,
así que llena el vaso
con el turbio licor de las heridas.
Y si me acuerdo de ella
que bajen las candelas del olvido
a quemar el rastro de su estela.
¡Qué más da!
Ya el indómito potro del deseo
se montó en el viento de las crines
y huyó veloz por las praderas.
Quedó un sabor profundo y apacible
de bodega vieja
que guarda el paladar de la memoria
en el dulce dormir de la solera.
No lloraba ante sus hijos
por no añadir un dolor
al que minaba su cuerpo.
Cuando se quedaba sola
se metía en su habitación
y entonces se desahogaba.
No eran lágrimas por ella,
¡eso bien lo sabe Dios!
Eran lágrimas por ellos,
de pensar que si moría
sufrirían el desconsuelo
y el vacío de su ausencia
al regreso de la escuela
sin que nadie respondiera
a la voces de ¡mamá!
¿Quién le dará los abrazos
y los cubrirá de besos
cada noche al acostarse?
¿Quién se sentará en sus camas
para ahuyentarles los miedos
si despiertan asustados
en la oscura madrugada?
Por eso lloraba sola.
Esa pena la agobiaba
más que el peor sufrimiento
que castigara a su cuerpo.
Una tarde de febrero
la vida estaba de huida
y la muerte le acechaba
al borde de sus ojeras.
Desea que vengan sus hijos,
pero sin que ellos se enteren
de la cruda realidad.
Les narra un cuento de viajes
que emprenderá en primavera
por regiones celestiales.
No podrán acompañarla,
pero ella desde allá arriba
los verá todas las noches
cuando salgan las estrellas.
El viaje será muy largo,
pero no se cansará
porque irá siempre dormida
entre pétalos de rosas.
Y les dice que algún día
se volverán a encontrar
en una casa encantada
donde no hay que trabajar
ni hacer deberes del cole.
Cuando pasó una semana
llegó la muerte a por ella
para un viaje sin regreso
más allá de los luceros.
Y cada noche, anhelantes,
las miradas de sus hijos
la buscan por las estrellas
y le tiran unos besos
porque su madre les dijo
que aunque se encuentre muy lejos
ella los estará viendo
desde un trocito del cielo.
Antigua Semana Santa,
la de los bares cerrados
al paso de los cortejos.
La del toque de matraca
que anunciaba los sermones
a las parejas de novios
que estaban por los Mesones.
La de los santos tapados,
con las túnicas moradas,
oficios del Jueves Santo
con comuniones masivas
y vela de madrugada.
Visita a los Monumentos
en la mañana del viernes,
Santo Entierro por la tarde
y la Soledad de noche
con el silencio y las velas
y a su luz las caras bellas
de mocitas deseadas.
Sermón de siete palabras,
siete largas parrafadas
que los curas enhebraban
en encendidos sermones.
Los monaguillos bostezan
en los bancos del altar
y las personas adultas
con caras de circunstancias
siguen el ritmo elocuente
del exaltado orador
dando alguna cabezada.
¡Domingo, Resurrección!
Repiques al vuelo alegres,
don José con voz en grito
cantando el “Resucitó”.
¡Alabarderos, uncíos
a la espada y la alabarda
que en la mitad de la calle
se producirá el Encuentro
de esa madre con su hijo !
Después de la procesión,
en la puerta de la iglesia
daban el agua bendita
para echar por los rincones
y espantar a Lucifer.
El agua que tú llevabas
se convertía en sagrada
cuando allí te la mezclaba
el bueno del sacristán
en la cuba de metal.
¡Milagro al simple contacto!
Las rosquillas y las bollas
rodando por los ejidos.
Y en la jira, como siempre,
“diviértanse honestamente”.
Ignoraba el viejo cura
que con los trigales altos
se levantaban enhiestos
los ánimos de los mozos
buscando a las amapolas
entre los campos abiertos.