Docentes

Ayer se celebró el día del maestro, festividad que acoge también a los docentes de las enseñanzas medias. Una fecha para reconocer la labor de quienes se dedican a dotarnos de las herramientas necesarias con las que descubrir el bagaje cultural que la humanidad ha acumulado y ponernos en el camino para conseguir nuevas metas.

Lejanas vivencias de niño afloran desde las capas más profundas de la memoria, como vaho de la tierra en estos días de sementera cuando el arado profundiza y la remueve. Guarda todavía en su interior el calor de la infancia cuando, asombrados, empezábamos a descubrir el mundo.

En el puño, vellón rosado, el lápiz fuertemente asido. La lengua, como pez entre labios, acompañaba los trazos de mis manos. ¡Mis primeras letras abriendo caminos en la vieja escuela! Llegaban a los renglones de la libreta los latidos del corazón a través de mis manos.

¡Quién pudiera estrenar zapatos nuevos y jugar con la pelota verde del gorila que nos daban de regalo con su compra! Colocar las carteras en hilera para guardar el orden de llegada y al escuchar la voz: ¡viene el maestro! ir hasta él y darle los buenos días. Mojar en el tintero del pupitre para escribir la fecha con plumilla, cuidadosamente y con esmero de artesano. Repetir la muestra trazada en la pizarra por el maestro en una carilla del cuaderno de caligrafía.

Mi madre preparaba el café de puchero, hecho en el anafre con carbón. Migaba las tostadas y ponía sobre ellas la nata en un tazón de porcelana. Con legañas y los ojos aún hinchados, el aseo en la palangana al lado del brasero. En los tejados, la helada y el humo de las chimeneas… Con mi cartera de cuero me iba a la escuela, no sin antes tirarle piedras a los carámbanos que se habían formado en el arroyo. El sol, en estos días de finales de otoño, débil, dorado y esquivo, levantaba la bruma en la cañada donde jugábamos al fútbol por la tarde.

Pupitres con tinteros… olor a goma de borrar… El maestro, pronunciando los dictados. Nuestros dibujos con los dedos en los cristales empañados de las ventanas…

 

Eran los tiempos de la dictadura, pero, aparte de las consignas escritas en el encerado, del izado de banderas y de las fotografías de Franco y José Antonio en la pared, los maestros nos enseñaban normas de buen comportamiento, sin necesidad de que estuvieran recogidas en ninguna asignatura específica.  Unos valores universales que fueron calando en nuestras vidas. Disciplina en los horarios, orden y limpieza en la presentación de los trabajos, respeto a los mayores, tolerancia hacia los fallos ajenos, compañerismo…

La memoria lima aristas y deforma los recuerdos, pero cuánto ha cambiado la sociedad para que las administraciones públicas tengan que intervenir con el fin de reforzar la autoridad de los docentes ante las presiones que sufren. Mal camino llevamos.

Viejos oficios

 

 

 

 

 

 

(Fotografía del periódico El Norte de Castilla)

Los adelantos técnicos y los cambios sociológicos han hecho que en el medio rural haya ido cambiando la forma de trabajar y desapareciendo muchos oficios. La mayoría dependientes, directa o indirectamente, de la agricultura y la ganadería. De la siembra a voleo y la siega a mano con la hoz a las modernas sembradoras y cosechadoras hay una gran diferencia, con ahorro de esfuerzo y rentabilidad económica.

Las grandes casas de labranza disponían de numerosas y variadas plantillas.

De aperadores a gañanes y de mayorales a pastores, sin olvidar a yunteros y vaqueros, por ejemplo. Además de las personas que empleaban para el servicio doméstico: planchadoras, niñeras, cocineras, lavanderas… Ni sueldos ni impuestos ni derechos eran los de ahora.

La desaparición de los animales de labor llevó consigo la de los profesionales que se dedicaban a la confección y reparación de sus arreos y aperos. Talabarteros, herreros y herradores tuvieron que adaptarse a los cambios o desaparecer.  

En mi pueblo, de más de diez zapaterías, con maestros y aprendices, no ha quedado ninguna.

 

Las actividades de echar unas medias suelas, reparar tacones, clavar tachuelas, coser con leznas y engrasar con cerote los cabos fueron desapareciendo paulatinamente.

Tan vinculados estaban los oficios a las personas que los ejercían que bautizaban a ejercientes y herederos con los nombres del oficio.  Juan el del molino, Carlos el jabonero, José el mayoral, tío José el caballista… Lo de tío y tía es un tratamiento que se conseguía con la edad y el respeto. Entre el don y el tú.

En Llerena, mi amigo Francisco Escudero todavía conserva el sobrenombre de Espartero, no por el torero, sino por la digna y artística profesión de su padre que trabajaba con el esparto.

Los recoveros recorrían aldeas y cortijos cambiando productos de los que no disponían allí, por otros de producción campestre, como huevos y gallinas.

Desaparecieron de las calles los afiladores con sus bicicletas y sus chiflos.  Los silleros que echaban los asientos de las sillas con las eneas cogidas en el río. Paragüeros y lateros de estaño y alicates…

Dejaron sus ocupaciones curtidores y ladrilleros, carreros y arrieros con sus borricos por caminos en mal estado. Los caleros que extraían la cal viva de las caleras. Picapedreros, canteros y peones camineros. Poceros de soga a la cintura y asidero en el brocal, jaboneros de aceite usado…

Hasta un sastre tuvimos de jaboncillo azul y cinta métrica. 

Cisqueros y carboneros de retamas y encinas, de negro aspecto y rojo fuego.

Diteros de libreta a crédito.

Telefonistas de centralita y latiguillo de ‘le pongo’. Pregoneros de voz ronca y trompetilla. Relojero de lupa y soplo.

No sospechábamos entonces que el verso de Juan Ramón Jiménez que dice que “el pueblo se hará nuevo cada año” se iba a transformar con el paso del tiempo en el pueblo se irá haciendo viejo y languideciendo poco a poco cada año.

Pisos compartidos

Todos los animales tienen un lugar donde sentirse protegidos. Donde refugiarse en tiempo de inclemencias y descansar del ajetreo de la vida.  Nidos, guaridas, madrigueras, covachuelas… incluso las ramas de los árboles sirven para ello. Las personas tenemos nuestras viviendas, sean más pequeñas o más grandes, más sencillas o más lujosas. Cuatro paredes y un techo forman un hogar. En ellas los corsés de las vestimentas que nos imponen las etiquetas sociales se cuelgan en las perchas.

Cobijo en el que la familia charla sin oídos inoportunos, comparte tristezas y alegrías y se lavan los trapos sucios si los hubiera.

En esa burbuja los ajenos tienen su tiempo de acogida y cortesía, pero nada más porque, según establecen los buenos modales y la experiencia, las visitas deben ser cortas y limitarse a los cumplidos.

La Constitución Española establece en su artículo 47 el derecho al disfrute de una vivienda digna y adecuada y a los poderes públicos la obligación de promover las condiciones necesarias para hacer efectivo este derecho. Una aspiración de buenas intenciones que está lejos de alcanzar sus objetivos.

En nuestros pueblos era frecuente en tiempos no tan lejanos que los recién casados, a falta de vivienda propia, se quedaran en las de los padres de uno de los cónyuges, generalmente en los de la mujer. Una rama ganaba un hijo y otra lo perdía.

Acondicionaban una habitación como su zona exclusiva.  Las demás dependencias de la casa: cocina, cuarto de aseo, sala de estar, patios, corrales y pasos eran de uso compartido por todos los miembros de la familia, que podía incluir también a los abuelos. Todos, aun no queriendo, estaban al tanto de las peripecias y horarios de los demás.

La convivencia es complicada y exige renuncias y adaptaciones. La zona exclusiva de cada morador se reduce a unos metros cuadrados. Tienen que regularse el uso de los servicios, los gastos comunes, las visitas de amigos y familiares… Y lidiar con el carácter de cada uno. En suma, se pierde libertad y aumentan las molestias.

Los grandes datos de la macroeconomía española, según nos dicen, son buenos, pero, como la lluvia, van calando lentamente hasta las zonas más profundas.  Y a veces ni llega porque antes la han absorbido las capas de arriba.

Ahora que los pueblos pequeños están perdiendo moradores y existen más ofertas de casas no hay quienes las compren ni arrienden. Los jóvenes salen fuera a estudiar o trabajar. En cambio, en las ciudades aumenta la demanda de viviendas, lo que las encarece en exceso y para la mayoría, dificulta o imposibilita las opciones de adquirirlas. Hay residencias de estudiantes a más de mil euros por mes para los que pueden pagarlas. Pero el grueso del pelotón tiene que compartir piso con compañeros, unas veces conocidos y otras, desconocidos, como antes se hacía con suegros y parentela anexa. Ninguna de las dos opciones es deseable.

Árboles

El mes de agosto ha pasado, dejando tras de sí fuego en la tierra, humo en el cielo y desolación, muerte y tristeza en las personas y animales que poblaban los parajes quemados. Los árboles han quedado como esqueletos que murieron gritando de dolor sin poder huir. Como el hombre de la camisa blanca con los brazos extendidos en el cuadro de los fusilamientos de Francisco de Goya. Como rayos inmovilizados en el momento del relámpago.

El intenso calor del verano cambió bruscamente el verde esplendoroso de las hierbas primaverales por el blanco pajizo. Combustible voraz que salta cercados y caminos y repta sinuoso por gavias, lindes y regajos, dejando la negrura de la devastación por dehesas, montes, alquerías y cortijos. Las catástrofes más devastadoras las han ocasionado en España en los últimos meses el agua y el fuego. Tan beneficiosos e imprescindibles cuando están controlados y tan dañinos y mortales cuando se desmandan. Las llamas, como las cabras, tiran al monte, tienen tendencia a subir hasta las escarpadas cumbres. El agua en su crecida busca impetuosamente sus vertientes naturales camino del mar, llevándose consigo todo lo que encuentra a su paso. La lluvia y la candela nos producen tanta seducción como espanto el fuego incontrolado y la riada salvaje.

Las precipitaciones del próximo otoño se llevarán las cenizas y brotarán de nuevo con pujante verdor. ¡Qué resistentes sus semillas! Pero los árboles son cantar de otras riberas, sombra y alimento en la dehesa, aceite en los olivares, vivienda de las aves y oxígeno para nuestros pulmones. Tardarán años en recuperarse.

Son parte fundamental de nuestra infancia y sus recuerdos. Trepamos a las moreras a coger moras y hojas para los gusanos de seda. Buscamos nidos entre las ramas de la higuera, setas en los troncos de alamedas y choperas.

¡Cómo suena el viento entre sus ramas anunciando la llegada de los temporales!

Cuando se queman no solo desaparece la parte material. También la espiritual.  El nogal al lado de la noria, la encina frente al cortijo, testigos de tantas charlas. Quizás de alguno de ellos haya desaparecido un corazón con una flecha que la adolescencia grabó una tarde de paseo.

Me lo resumió un amigo cuando se jubiló después de estar muchos años trabajando en una finca. La propiedad material, me dijo, es del dueño, pero la sentimental también es mía. Conozco cada árbol, cada rincón, cada encina…

Qué simbolismo el de los brotes verdes en los árboles que, estando en las postrimerías de su vida, aún les queda savia para dar luz a otros nuevos. Lo describió el gran poeta Antonio Machado en su excelso poema “A un olmo seco”.  “Con las lluvias de abril y el sol de mayo algunas hojas verdes le han salido”, lo que en él trasciende a la esperanza: “Mi corazón espera también hacia la luz y hacia la vida otro milagro de la primavera”.

Cuadrillas

Para unir pasado con presente hay tiempos y lugares en los pueblos. Resolanas, al tibio sol de invierno, carpinterías y fraguas en los días desapacibles. Sentados a la lumbre en los recesos de las matanzas. Esquinas y mentideros. Entre olivos en la recolección de la aceituna…

También en los bares y tabernas, en las horas tranquilas en las en las que ya solo quedan los habituales veceros, sin prisas ni agobios.

Son los momentos en los que se trasvasa información de los que vivieron o escucharon los hechos que se narran a los nuevos moradores. Conexión y enlace entre generaciones para mantener viva la memoria colectiva, acumulando un bagaje cultural y etnográfico que conforma la idiosincrasia de las comunidades y el sentido de pertenencia a ellas de sus miembros. Peculiaridades con las que se identifican los naturales y se marcan diferencias con los forasteros.

Los mayores cuentan, los jóvenes callan, escuchan y preguntan. Transmisión oral de un legado del que se hacen depositarios para transmitirlo a su vez a las siguientes. Una cadena que no apresa, sino que enlaza.

Hoy recuerdo las conversaciones sobre las cuadrillas de trabajadores en las faenas del campo. En la recolección del grano y la escarda recorrían las hazas, alineados horizontalmente, como los soldados en los desfiles.  El que se adelantaba o atrasaba quedaba a la vista del manijero, que vigilaba desde la linde. Este no le quitaba las ganas al que iba con delantera, sino que animaba a los demás a ponerse a su altura.  Había compañeros solidarios que, viendo el agobio de los que quedaban atrás, les echaban una mano, cuando el atraso no era causado por pereza, sino por la poca práctica o destreza en el oficio, sin que faltara voluntad de conseguirlas.

De las habilidad y diligencia mostradas nacía una reputación, una jerarquía sin galones visibles, que se ponía de manifiesto a la hora de ser contratados. Los patronos elegían a los más avezados. Esta presión hacía que muchos alardearan de fuerza, maña o resistencia, aun a costa de sufrir lesiones o deterioro físico para no quedarse atrás en la estima y labrarse buena fama. Primero entre los compañeros de cuadrilla y después, de boca en boca, entre el resto de vecinos, que asignan glorias o destruyen reputaciones. Por ello algunos cargaban los sacos más pesados sobre sus espaldas, a pesar de que les temblaran las piernas subiendo las escaleras empinadas de los doblados o hacían alardes de su pericia en la conducción de los carros cargados de mieses.

Como la vida misma. La competencia y opinión ajena condicionan nuestro comportamiento. Sin regatear elogios al triunfo y al tesón por conseguir metas de los que se afanan en ello, conviene echar la vista atrás para ayudar al rezagado porque no todos tenemos las mismas oportunidades ni capacidades.  Echar una mano al que flaquea es una virtud al alcance sólo de las almas generosas.

Azul y rojo en mayo

Mi intención era escribir esta columna sobre la luz del mes mayo, pero estando en ello se fugó la eléctrica por no sé qué vericuetos cableados. Noté su ausencia en el corte de las comunicaciones y me produjo una sensación de aislamiento, acostumbrados como estamos a la prontitud de los wasaps y los teléfonos. Y entonces me acordé de los grandes hormigueros que son las ciudades, jaulas con los ascensores detenidos a mitad de camino entre dos puertas. De los trenes parados en túneles y en vías como culebras metálicas muertas. De los semáforos con sus guiños ciegos. Me acordé del kit de supervivencia que había recomendado la Comisión Europea por medio de su Comisaria de Gestión de Crisis.

En estos casos de grandes sucesos es conveniente salir a la calle para pulsar en las esquinas y mentideros la opinión de los vecinos. La compañía alivia.  Uno de los presentes, poco hablador, pero expresivo en gestos, se rasca la nuca con un ojo cerrado y otro mirando al infinito de la suspicacia. ¡A mí no me la dan con queso! Se habla de otros tiempos, de cuando había que tener siempre a mano velas, quinqués y candiles porque al menor soplo del viento se caían los palos del tendido.

Hay desconfianza y recelo. Creemos poco y dudamos de todo. Los bulos en las redes están liando una madeja de la que es muy difícil encontrar los cabos. Un agorero predicador de calamidades suelta que ya estamos igual que algunos países caribeños con los cortes de luz.  Otro, que aquí hay vatio encerrado. Casi nadie se fía de las noticias oficiales.

Lo que es cierto es lo dependientes que somos de la energía. Y en qué bases tan inestables se apoya nuestro bienestar. Hasta la cerveza que cae espumosa en los vasos con solo mover una palanca del surtidor necesita la cosquilla que le presta la corriente eléctrica.

Visto lo visto y oído lo oído me voy a casa. La radio nos une al exterior, como aquella tarde de febrero del 81. ¿Recuerdan? Al escribir la fecha un estremecimiento de asombro ante el abismo del tiempo ha recorrido mi mente.  

Voy a lo que iba, a mi intención primera de escribir esta columna sobre el mes de mayo. De la luz natural y de las flores.  De la fertilidad de la tierra que aflora pletórica de frutos.

Del rojo de la sangre de Chicago que dio origen a la celebración del Día del Trabajo, de la que ocasionó la Guerra de la Independencia. Del azul del cielo y la ofrenda al patrón de los campesinos.  De la celebración de Las Cruces en Feria, Zahínos y Azuaga. Me incordian los recelos que empañan colores con ideologías en cuyo fango siempre hay alguien dispuesto a cargar el mosquetón de las diatribas. Paz y bien. Mayo levanta el telón del escenario de la vida. A disfrutarla.

Gallinas y gallos

Casi todas las casas disponen de patio y corral. Y en cada corral hay gallinas y un gallo pendenciero defensor de sus dominios al que hay que mantener a raya con un palo para que no se nos tire.

Una misma especie y dos caracteres diferentes marcados por el sexo. Referentes de la cobardía y la valentía.

Esquivas, ellas. Solo cuando están echadas en la puesta consienten que se les pase la mano por encima. Altaneros, los gallos. No necesitan cambio de horario de invierno y verano. Al clarear despiertan y al ocaso se acuestan.  En su madrugar solamente los superan aquellos labriegos con agallas cuando salen con los burros del cabestro y en el campo despabilan las alondras ‘agachás’ entre los surcos del barbecho, según cuenta Luis Chamizo en los Consejos del tío Perico.

El canto del gallo, que marcó las tres negaciones de Pedro, es descrito en bellas imágenes literarias con las prisas por querer quebrar albores en el Cantar de Mio Cid y con las piquetas que cavan buscando la aurora en Federico García Lorca.

Unos y otras escarban y remueven la tierra afanosamente buscando el alimento. Su época dorada, allá por septiembre cuando, recogido el cereal de las eras, les dan larga por los ejidos para apurar los sobrantes.

Las gallinas dan nombre al reconfortante caldo para convalecientes y al tabaco de liar. Surtidoras de alacenas y despensas de casas humildes y pudientes. Los huevos fritos no son clasistas. El refranero recoge el ciclo más provechoso de su producción: Véndelas por San Juan y cómpralas por Navidad. Los palos donde duermen dan nombre a las localidades más altas y baratas de los espectáculos.

Anidan cluecas y a los veintiún días sacan sus polluelos, ovillos de algodón que encuentran protección bajo las alas extendidas de la madre.

En las noches frías de primavera los metemos en una caja y los colocamos en la tarima al lado del brasero. Tras unos leves piares quedan en silencio hasta la mañana siguiente que los devolvemos con su madre.

Se ha perdido el oficio de recovero y el cacareo del medio día anunciando la puesta.

Gallinas, gallos y demás aves de corral han sido llamados a capítulo por el Gran Hermano que todo lo controla. No prohíben tenerlos, pero las explotaciones de autoconsumo que no sobrepasen el número de treinta también deberán estar registradas, como las grandes granjas. Los propietarios deben darse de alta, con gestión de claves para tramitación electrónica y especificar las especies, finca donde las tienen y tipos de producción, entre otros detalles. Todo sea por la salud, prevención y control de las pandemias.

¡Si mi vecina Josefa levantara la cabeza! Tenía tres gallinas en su pequeño corral y esperaba cada día a que pusieran para venderlos o cambiarlos en el comercio de comestibles por unas sardinas con una cucharada de aceite. Aquella economía de subsistencia que era el trueque…

El coche de san Fernando

Después de un periodo de andar a gatas empezamos a dar los primeros pasos, vacilantes y temerosos ante lo desconocido. Unos brazos siempre abiertos, como de ángeles custodios, nos protegían y abrazaban efusivos al finalizar cualquier pequeño trayecto. ¡Qué alegría cuando llegábamos hasta ellos tras ir apoyándonos de silla en silla!

Principiábamos a practicar el medio de locomoción más antiguo y autónomo. El que nos llevaría y traería sin tener que sacar billete ni darle explicaciones a nadie. Ha pasado de generación en generación sin modificaciones en lo básico, que es poner un pie detrás de otro.  El ingenio popular lo bautizó como el coche de san Fernando, un rato a pie y otro andando.

Los trabajadores del campo lo practicaban con ropa de faena, alforja al hombro y botos bastos para desplazarse a los tajos. 

Ahora, generalmente, caminamos para conseguir una aceptable forma física, mantener las analíticas sin altibajos preocupantes y por el placer de disfrutar de la naturaleza recorriendo bellos parajes.  

Se le han añadido accesorios.  Calzado, vestimenta de marca y bastones que más que de senderismo parecen de esquí. Todo con un toque anglosajón en la terminología para darle caché y esnobismo a esta actividad milenaria. Está bien, sobre todo lo del calzado adecuado.

Los jóvenes de antes gastábamos las medias suelas desplazándonos a otros pueblos cercanos.  Los del mío íbamos a Berlanga, que está a tres kilómetros, sobre todo para asistir a los bailes de los domingos en el salón anexo al Bar Nuevo. Los organizaba un célebre personaje conocido en toda la comarca.  Por su minusvalía se sentaba al lado de la puerta de entrada con su muleta en ristre, como barrera de aduana y aviso para los avispados que intentaban colarse sin pagar. Acompañaba el alzamiento amenazante de la muleta con una retahíla de improperios de los de santiguarse cuando alguien intentaba engañarlo. Pero tenía buen corazón.

Los que disponían de bicicleta la utilizaban para ir y venir. Disponían de un faro de dinamo o de una linterna atada al manillar para alumbrar el camino y que los vieran. Los bajos de los pantalones se los recogían con unas pinzas.  Las voces de sirena de los amoríos eran el combustible del pedaleo. En ocasiones viajaban dos en la misma. El acompañante en el portamaletas o a mujeriega en la barra. Las guardaban en un bar cercano por un precio módico para quitarlas de la intemperie y evitar desperfectos mientras duraban el baile y los cortejos.

 

De vuelta a casa se comentaban las incidencias de la velada.  Unos volvían con ganas de que llegara pronto el próximo domingo y otros con más vasos que besos en el cuerpo. A mitad de camino, al paso por el Cerro Gordo, que a mí me parecía muy grande y ahora muy pequeño, todavía resonaban en nuestras cabezas los acordes del saxofón de Julio el de Alvarito. Quedan gratos recuerdos y amigos de entonces.

Cabos de amarre

Los calendarios internos de nuestra infancia no contaban días, semanas ni meses. Se regían por las sensaciones que nos causaban determinados hechos. El comienzo y final del curso. La llegada de los Reyes Magos.  El amarillo de las eras, los carros dejando rastro de paja por las calles empedradas. Las lluvias otoñales que ponían verdes los prados del ejido. La llegada de las golondrinas que hacían sus nidos en los maderos donde se guardaba el cisco y donde a nosotros nos ponían los columpios con una soga y un costal. Las migraciones de los gansos que pasaban de noche por los caminos del cielo. El canto de los grillos, los largos crepúsculos veraniegos y su pronto declinar cuando pasaba la feria.

Pasábamos de las zapatillas a las katiuskas, de los paraguas y el uso de zancos para meternos en los charcos a andar descalzos por la acera en las soporíferas horas de la siesta.

La naturaleza nos marcaba el ritmo. Caían las hojas de los árboles y salían nuevas yemas a las ramas.

En esos cambios, separados por amplias lindes, fuimos descubriendo el mundo. Atisbamos a la muerte en los dobles de campanas y en los lutos, que caían como una capa de silencio sobre las rutinas y cerraban las puertas de la calle al paso de la luz en los zaguanes. Supimos que las cigüeñas no eran cosarios de la vida, que existían amores distintos a los de los padres, que alteraban la forma de comportarnos.

Las obligaciones eran pocas:  ir a la escuela y hacer algunos recados. Lo demás, el juego y los amigos. Pero la tristeza de la familia calaba nuestro estado de ánimo. Los tictacs del reloj en la sala donde se reunían cada noche las hijas con su padre, que pasaron hasta entonces desapercibidos, empezaron a punzar los silencios entre suspiros cuando este murió.

Casi sin darnos cuenta, nos hicimos adultos. Empezamos a poner razones donde antes solo había sentimientos y la vida fue mudando la piel delicada por otra más curtida.

Quedan islotes de entonces. Un micelio de memoria los une bajo el agua.  Lo demás se ha ido sumergiendo poco a poco en el fondo. De vez en cuando salen a la superficie, fugaces, como los peces en las aguas del pantano. La atractiva muchacha de un circo, un borracho que pasa por la calle de tierra con charcos y sin luces cantando ‘La cama de piedra’.  Un tiro en la noche que nos sobrecoge y aún retumba de roca en roca. 

Lo peor de la memoria es que quienes compartieron contigo algunas vivencias las hayan olvidado o hayan muerto. Cuando cuentas algo y miras alrededor para buscar asentimiento faltan muchos que puedan confirmarlas. Caes entonces en la cuenta de que los cabos de atraque se han ido soltando poco a poco del amarradero del puerto y tu barca navega mar adentro a la deriva.

 

Según y cómo

Los que nos precedieron amojonaron el camino con consejos y refranes para que los que vinieran detrás aprovecharan su experiencia atesorada a base de observación, aciertos y errores. Pero hay contradicciones en esos aforismos porque la vida no transcurre igual para todos y cada cual cuenta la feria según le va.

Si uno dice que no por mucho madrugar amanece más temprano, hay otro que aconseja hacerlo para que Dios ayude.  Que un pájaro en la mano vale más que ciento volando y, sin embargo, también nos previenen de que el que no arriesga no gana. Todos contienen una parte de razón, según las circunstancias. Tenerla siempre es muy difícil.

Ciertos temas están recubiertos de afiladas aristas y al tocarlos cortan. Las opiniones políticas, en muchos casos, opuestas, viscerales e irreconciliables que oímos, no solo en las tertulias televisivas y radiofónicas, sino en nuestro círculo de amigos y conocidos, nos muestran la diversidad de percepciones de la realidad, tamizadas por cedazos de intereses, fobias y filias. Pocas, por el sentido común, aunque todos lo reivindican como propio.

Conviene distanciarse para tener una visión más amplia que la que proyecta la sombra de nuestras propias narices. Aceptar la posibilidad de que el otro puede tener razón y yo estar equivocado antes de echarse al monte de los improperios y en trance de cogerse por la pechera cuando hierve la sangre y faltan palabras para apoyar nuestros argumentos. Actitud tan extrema, como inútil. Nadie convence a nadie con insultos. Al contrario, profundizan las diferencias.

Ha habido dictadores en la historia considerados unos tiranos sanguinarios por ciertos sectores y héroes que salvaron a sus países de presuntos peligros interiores o exteriores por otros.

Los pactos con otras formaciones políticas buscan la estabilidad de los gobiernos cuando se está en minoría o el interés particular para permanecer en el poder a cualquier precio. Según lo haga un partido u otro.

Los que vienen en patera son unos potenciales delincuentes que enturbian nuestra convivencia con desórdenes y robos o personas que huyen de la miseria de sus países de origen, jugándose la vida en el intento.

Los que se suben en el burro ni se bajan ni dan su brazo a torcer fácilmente. Si rectificar es de sabios, aquí somos más de sostenerla y no enmendarla, poniendo los atributos masculinos como garantía.

Si los que defienden con vehemencia a quienes son de su cuerda cuando aciertan y critican virulentamente al adversario cuando yerra, hicieran lo mismo cuando los oponentes atinan y los suyos meten la pata hasta el corvejón, serían dignos de encomio. Pero eso es una utopía que supera a la imaginada por Tomás Moro.

Buena predisposición para los debates sería aplicar a los mismos lo que decía el escritor francés de Burdeos Michel de Montaigne. “Cuando me llevan la contraria, despiertan mi atención, no mi cólera. Me ofrezco a quien me contradice, que me instruye”.