
Puesto ya el pie en el estribo del caballo que, en cervantina expresión, nos llevará a los días luminosos y sofocantes del estío, no está de más, para recuerdo de unos y conocimiento de otros, escribir sobre algunos usos que se hacían antiguamente del agua.
Secos ya la mayoría de los regatos, reducidos a hilillos los que aún conservan humedad y abocados al estiaje los arroyos y pequeños riachuelos que nos circundan por estas tierras del sur de Extremadura, referirlos ayuda a realzar la importancia del agua y lo que se la echa de menos cuando falta.
Los que ya tenemos en el aljibe las tres cuartas partes de vida acumulada, como el planeta, hemos bebido en las gavias en las que corría clara, haciendo cuenco con las manos.
La sacamos del fondo de los pozos entre rejones de luz donde centelleaban las escamas de los peces.
En los pozos del campo, atadas en el arco del brocal que sostenía la garrucha o en la parte interior sujeta con un clavo, había una cuba o una lata que el propietario dejaba para saciar la sed de caminantes y cazadores.

Hemos bebido en manantiales en cuyos alrededores crecían berros, mastranzos y juncos, protegidos por las sombras alargadas de los chopos.
Sabemos del chirriar de los cangilones de las norias, que vaciaban en las acequias de las huertas, deslumbrada de espejuelos en su ascenso desde el fondo oscuro.
Las cuadrillas de trabajadores del campo disponían de un trabajador fundamental. El aguador. Estaba encargado de ir a la fuente más cercana para acarrear el agua, que, en poco tiempo, los segadores convertían en sudor sobre la tierra cuarteada.
Abundantes y evocadores son los nombres de las vasijas que prestan su cuerpo para darle forma: cántaros, botijos, pipotes, barriles, pipas, tinajas, zaques, arcaduces, cantimploras, bidones, cubas…
Algunos propietarios de viviendas han conservado las cantareras de madera o de mampostería, con los bordes protegidos por tela o corcho para evitar roturas. Estaban en lugares donde corría el aire dentro de la casa para que se mantuviera el agua fresca. Allí se colocaban los cántaros, también los botijos y las monedas sueltas que sobraban de los mandados.
Como en esos tiempos tan lejanos aún no se disponía de neveras y frigoríficos se usaban otras maneras para mantener el agua con una temperatura apetecible. ¡Qué reconfortante el frescor de la que había pasado la noche al relente del corral en el botijo, tapados su boca y su piporro para que no entraran bichos!

En las horas en que el sol bajaba vertical y pegajoso a los montones rubios de las eras, se metía el barril al resguardo del mediodía entre los haces de espigas, previamente humedecidos.
Al atardecer, mientras los niños juegan al balón en el ejido, pasa una mujer con un cántaro en el cuadril y otro sobre una rosquilla de tela en la cabeza, camino de la fuente.


















