Un nuevo curso

Pasan por mi calle los niños camino de la escuela. Vuelven a las aulas después de las vacaciones de verano con caras de sueño interrumpido y alguna señal de la almohada en sus carrillos. No saben todavía que están viviendo la etapa que añorarán muchos años después, cuando en lugar de las almohadas sea el tiempo el que deje señales en su cara.
Los días anteriores los maestros han organizado el curso, con un ojo en las prevenciones sanitarias y otro en las programaciones.
Me contaron viejos compañeros que ya cruzaron la laguna Estigia que antes no había tanta burocracia.  Yo mismo conocí reuniones informales en los recreos que servían de claustros, sin tantos protocolos.   En rellenar el ERPA (Extracto del Registro Personal del Alumno), acomodarse en las aulas y realizar una somera evaluación inicial ocupaban la mayor parte del tiempo.  Y al tajo que, fundamentalmente, consistía en la docencia directa.
Ahora hay mucho papeleo.  Por no hablar de reuniones de claustros, equipos, niveles, consejos escolares, comisión pedagógica… No siendo pocos los documentos que hay que cumplimentar la covid ha venido a poner la guinda con las mascarillas y el resto de medidas preventivas. Un corsé al estado natural de los niños, que es moverse.
Hay tareas burocráticas que son imprescindibles. Las que tienen una influencia directa y determinante en los procesos de enseñanza y aprendizaje.  El exceso de tareas provoca un desgaste psicológico y físico que repercute en la docencia.
Por si esto fuera poco, cada cierto tiempo cambian las Leyes de Educación y cuando se están asimilando los pasos del baile cambian de orquesta y de ritmo El gobierno de turno deroga o modifica la del anterior y la oposición anuncia que suprimirá la vigente en cuanto llegue al poder. Vaya tropa. Una auténtica sopa de siglas, que no bien llegados a descifrar ya están obsoletas.
¿Se refleja todo esto en el rendimiento de los alumnos? La lectura y la escritura, en sus manifestaciones comprensivas y expresivas, constituyen los cimientos sobre los que levantar el resto del edificio. ¡Qué olvidada la expresión oral! Da envidia escuchar cómo se expresan algunos niños hispanoamericanos.
Los comentarios de textos adaptados a cada nivel, desentrañando el significado de cada palabra, de cada giro, de cada expresión es una actividad esencial. Si de mí dependiera dedicaría los primeros cursos solo a eso: a hablar, a escribir y leer.
Conocí a un maestro que tenía en la clase dos vitrinas con minerales e insectos disecados y en las paredes carteles de vistosos colores. Los conservaba año tras año desde hacía mucho tiempo. Un auténtico escaparate que le servía para causar buena impresión a los visitantes, pero que no utilizaba.
Algunas veces me da la sensación que se atiende más a las vitrinas, al papeleo burocrático y a las estadísticas con numerosos gráficos que no reflejan la realidad de lo que sucede exactamente en las aulas.

De lo vivo a lo pintado

Clareaba ya por el saliente. Había acabado la verbena y los camareros barrían las puertas de los bares y amontonaban sillas y veladores.  La plaza quedó casi vacía. Quedábamos nosotros, tres mozalbetes que habíamos ido a la feria y estábamos esperando sentados en el umbral de una casa a que volviera el amigo que nos había llevado. Vagamos como ovejas descarriadas de un sitio a otro hasta que cansados y aburridos nos sentamos allí, cerca del coche, aquel Dyane 6, experto en fiestas y romerías. La noche había transcurrido entre mostradores y apariciones por la pista de baile. Tuvimos tiempo de escuchar todo el repertorio, desde ´La conga de Jalisco’ a ‘La morena de mi copla’. Rematamos con churros y chocolate. Y el sueño empezó a escalar del estómago a la cabeza. Cuando apareció el amigo conductor el cuadro era de rifa. Nos contó que había ligado y de ahí el retraso. Llegamos a nuestro pueblo cuando el sol de septiembre se desparramaba amarillento por los rastrojos.  Yo dudaba entre dar los buenos días o las buenas noches a las personas con las que me encontraba camino de mi casa.

A los demás amigos que no vinieron con nosotros les contamos lo bien que lo habíamos pasado.  Y bien sabe Dios que en más de un momento me arrepentí de haber ido y que quién me habría mandado a mí ir.  Me ocurrió más de una vez en aquellos tiempos en que no había sábado sin sol ni noche sin discoteca.

Un día de Año Nuevo, al tibio sol del mediodía, refería un vecino mayor que yo, a un grupo expectante, la juerga que se había corrido la noche anterior despidiendo el año. En nuestro pueblo aún no se celebraba la Nochevieja, lo que hacía más fantástico su relato y más fértil nuestra imaginación. Nos mostró una nariz de cartón con unos bigotes y un gorro en forma de cono. Yo lo escuchaba embobado y envidioso de no haber podido disfrutar de tan magnífica velada por ser todavía pequeño.  Mocitas, baile, champán, confetis…

Mira por donde al poco nos encontramos con el compañero de francachela. Nos contó una versión un poco diferente. El baile lo vieron desde una ventana y la máscara con nariz y bigotes la consiguieron en una caseta de tiro. 

Así vamos creando realidades paralelas. La que es y la que desearíamos que hubiese sido.

Sucede también en otras facetas de la vida. Se usa el lenguaje para falsear la realidad.  Cuando nos dicen que hay tensiones de tesorería lo que nos están diciendo es que no hay dinero. Si hablan de que el paro ha tenido un crecimiento negativo es que hay más parados. Al copago lo visten de tique moderador. A la emigración, de movilidad exterior…

En fin, con este artículo, amables lectores, me despido hasta septiembre, si por bien es. Las vacaciones serán fantásticas, reales o pintadas. 

Albañiles

Me gustaba observar de niño cómo trabajaban los albañiles. Todavía no utilizaban hormigoneras para las mezclas. Hacían un montón con arena y cemento y le abrían un hueco en medio donde iban echando agua. Con el rodo lo removían, procurando que no se saliera el agua por los laterales. Después transportaban la mezcla en una carretilla de mano hasta el lugar preciso. Si era en alto instalaban una garrucha y la subían en esportones de goma.

Me asombraba la coordinación que tenían para lanzar ladrillos y tejas desde el suelo a los tejados. Cómo los lanzaban con la fuerza justa para no pasarse ni quedarse cortos y que llegasen a las manos del que los recibía en el momento justo de acabar el impulso.

La cuadrilla básica estaba formada por un maestro y un peón. Este, si era un poco espabilado, iba aprendiendo las técnicas del oficio y con el tiempo podía independizarse y formar su propio grupo. Era la manera más habitual de aprendizaje.

El maestro tenía siempre a mano sus herramientas fundamentales: el metro y el nivel. Había algunos profesionales muy acreditados por su buen hacer. Eran los más solicitados para obras de envergadura.  Las construcciones de bóvedas no estaban al alcance de cualquiera. Aquí permanecen todavía en bastantes edificios como certificado y constancia de la maestría de quienes las construyeron. No abundan actualmente los profesionales que sepan hacerlas.

También estaban los más duchos en remiendos, derribos y chapuzas que en levantar fábrica y refinamientos. Uno de ellos, con auto proclamada vitola de maestro, pero sin haber llegado todavía a oficial, dejó anécdotas que aún se refieren cuando vienen a cuento. En cierta ocasión levantó un tabique de poca anchura y bastante extensión y no estando muy seguro de que aquello continuara en pie por mucho tiempo, por experiencias anteriores, le dijo al peón: ‘Sujeta aquí mientras yo voy a cobrar’. No habían alcanzado la otra acera de la calle tras el cobro cuando la pared se vino abajo con gran estrépito.

He leído días atrás que, ante la inminente llegada de fondos procedentes de la Unión Europea, destinados a la recuperación económica, van a hacer falta profesionales cualificados. Juan Manzano Díaz, presidente de la Federación Regional de la Pequeña y Mediana Empresa de la Construcción (Pymecon) declaraba en este mismo periódico que ni la FP ni las escuelas profesionales forman para trabajar en esta rama que abarca varias especialidades, como yesistas, alicatadores, encofradores… Aboga por seguir el modelo alemán de aprendizaje. Mucha práctica en las empresas y un solo día a la semana para la teoría en el centro educativo, con un contrato de formación remunerado.  El tema está sobre la mesa y el debate servido.  Creo que la Formación Profesional, coordinada con el mercado de trabajo, puede servir para reducir el alto porcentaje de paro juvenil y mejorar la rentabilidad de los recursos destinados a la enseñanza.

Meses de julio

Contaban los viejos que ya han muerto a los niños de entonces, que ya somos viejos, que en vísperas de la guerra civil hubo un gran corrimiento de estrellas. Los fenómenos en el cielo crean incertidumbre y miedo cuando no se saben las causas que los originan. Se recurre a supersticiones y a supuestos designios de un ser superior para intentar explicar su significado.   En este caso lo asociaron, a toro pasado, con el anuncio de las desgracias que ocurrieron después. ‘Señales en el cielo calamidades en la tierra’. Consultados los anales de la época, el corrimiento más destacado tuvo lugar unos años antes. La noche del 9 de octubre de 1933.  Pienso que, si el cielo anunciara todas las guerras y desgracias que hay sobre la tierra, sería un espectáculo permanente de cometas, estrellas fugaces y auroras boreales.

De otros julios de mi niñez y adolescencia quedan en la memoria posos de crónicas con enfáticas y laudatorias voces ensalzando al régimen que tomó el nombre del alzamiento que se produjo el dieciocho de este mes y que celebraba una gran recepción con actuaciones de artistas en los jardines del palacio segoviano de la Granja.

Nos informaba, es un decir, el NODO, noticiero que ponía ‘el mundo entero al alcance de todos los españoles’. Aperitivo propagandístico que proyectaban antes de las películas y que nos pintaba una dichosa Arcadia. Aguas pasadas, a pesar de la pertinaz sequía, que todavía mueve algún molino.

La gente del común ocupaba el tiempo en otros menesteres. Entre ellos el de procurar que no faltara cada día el pan en la mesa. Se pedía al cielo, pero había que buscarlo con sudor en la tierra.

De aquellos julios también recuerdo las campanadas en el reloj de la torre cuando se habían ido casi todos a sus casas, ya de madrugada. Charlábamos entonces sin prisas algunos amigos sentados en los bancos de la plaza. El tiempo corría todavía al ralentí. 

Hoy, día de la Virgen del Carmen, llegan ecos de salves marineras tierra adentro, prendidas como alamares en el manto de la brisa que viene del mar.

Julio, médula espinal del estío, deja cortados charcos en los arroyos y a las junqueras de guardia en las riberas. La calima blanquea el azul y reverbera en las distancias. Los machos de las chicharras estridulan a golpes de timbales su llamada a las hembras en la quietud del calor del mediodía. Un celo de sierras que corta el aire denso en las dehesas y olivares.

Desde aquellos meses de julio a estos han pasado muchas cosas y cambiado muchas costumbres. Ya no hay corrillos de vecinos sentados al fresco en la plazuela, ni juegan los niños a esconderse entre las sombras de la calle y los carros aparcados en las puertas. De vez en cuando una estrella fugaz raya de blanco el cielo de la noche. ¿Nos estarán avisando de algo? 

Ejidos

Ya no ponen eras en el ejido, que apellidan ‘patinero’, no de patín, sino de pato. En otros municipios existen los carneriles, de carneros.  Cada familia por tradición tenía su lugar reservado de un año para otro. Quedaron veredas de ir a por agua a la fuente, convertidas después en caminos por máquinas. No pasan niños al atardecer con su trozo de pan y jícara de chocolate para que los monten en los trillos, ni se escuchan los cantes de trilla. Los vecinos que tenían puertas falsas dando al poniente soltaban sus gallinas para que se dieran el festín cuando acababan las eras. Algunas personas también recogían el poco grano sobrante.

En las tardes de primavera y otoño nos sacaban los maestros a los niños de la escuela de paseo.

El diccionario de la RAE define ejido como “campo común de un pueblo, lindante con él, que no se labra y donde suelen reunirse los ganados o establecerse las eras”.

Sebastián de Covarrubias, en su obra ‘Tesoro de la lengua castellana o española’ (siglo XVII), como “campo que está a la salida de un lugar que no se planta ni se labra porque es de común para adorno del lugar y desenfado de los vecinos del y para descargar sus mieses y hacer sus parvas”.

Casi todas las fincas reservadas por la Orden de Santiago para el aprovechamiento comunal fueron perdiendo a lo largo de la historia su carácter vecinal y pasaron a los ayuntamientos como bienes propios para equilibrar sus presupuestos deficitarios. Las instituciones municipales cedían los usufructos de su patrimonio a cambio del pago de unos cánones.

Las ventas y apropiaciones ilegales mermaron sus superficies. Las desamortizaciones acabaron por reducirlos a lo que tenemos actualmente. Hubo litigios entre el Honrado Concejo de la Mesta que llegaba a estas tierras con la trashumancia y los propietarios naturales de la zona.  Y unos y otros con los del último eslabón de la cadena, los menos favorecidos, que aspiraban a participar en el reparto de las tierras comunales.

La dehesa boyal, tampoco quedan bueyes, está allende los límites del ejido. Esas sí son tierras de labranza y están repartidas por lotes entre los naturales.  

En tiempos lejanos había un hombre que pasaba por las calles del pueblo recogiendo los animales. Por aquí pastaban. Al regreso cada animal corría hacia su casa al pasar por su calle.  Sabían muy bien donde tenía que meterse cada uno.

Existía un muladar para los animales muertos. En el cielo los buitres trazaban círculos hasta que bajaban al banquete. Los ganaderos tenían un sitio destinado para sus estercoleros.

He subido a un otero desde el que se divisa gran parte del ejido de mi pueblo. Las estaciones de un viacrucis de cruces blancas lo recorren hasta aquí, a semejanza del Calvario, donde estoy esta tarde veraniega de julio recordando lo que fue y contemplando lo que queda. 

Serenatas

 

 

 

 

 

 

Un paisano mío quiso declararle su amor a una bella señorita de la forma que mejor se le daba: tocando la armónica. Bastante entrada la noche se dirigió a la calle donde ella vivía e interpretó ‘Si Adelita quisiera ser mi esposa…’ Sonaba la música como una súplica rozando levemente los cristales de su habitación, donde se veía una luz tenue a través de los visillos. Me imagino la escena como aquella que describe Azorín: “Una flauta suena en la noche, suena grácil, ondulante, melancólica’ Como siempre hay quien vea y oiga, al día siguiente se propagó la noticia entre los vecinos por el desconocimiento de esa querencia y por la forma poco usual de declararla. Noche de luna y música suave. Lástima que Adela se fuera con otro y él no la siguiera ni por tierra ni por mar. La negativa a su pretensión hirió el orgullo del enamorado y con ese bagaje no hay buques de guerra ni trenes militares. Fue la primera vez que yo tuve conocimiento de las serenatas.

Por aquel tiempo también supe de un hombre del pueblo que tocaba el acordeón. Sorprendía cómo deslizaba sus manos por el teclado.  El fuelle en sus cierres y aberturas parecía el ir y venir de las olas en el mar. La admiración se incrementaba por la ceguera del acordeonista. No sé si es por eso por lo que asocio el sonido de este instrumento con el desamor y la melancolía, con una quimérica cantina de puerto de mar donde los marineros ahogan sus penas con el alcohol en un ambiente de luces macilentas.

En algunas ocasiones este hombre formaba trío con un saxofonista y un batería para dar baile en las bodas y días de fiesta. El movimiento de sus ojos sin poder ver me producía tristeza y angustia. Los jóvenes de entonces lo contrataban para dar serenatas, ahítos de vino y faltos de afecto. Yo era un niño todavía que observaba ciertos comportamientos por primera vez.

Siendo ya adolescente, un grupo de amigos dimos una serenata. Sin ser la tuna y sin estar serenos. Después del baile acordamos dirigirnos a las casas donde moraban las mocitas que atraían a algunos de la pandilla.

Comenzamos con un desentonado “Sal al balcón” que desanimaría a la más complaciente de las damas por muy deseosa que estuviera de cortejo.

Al primer ruido de cerrojo salimos corriendo hacia la esquina más cercana para doblarla y perdernos en la oscuridad. Pasado un tiempo, volvimos a las cercanías de la casa y, por si la aludida no se había enterado bien de parte de quien iba el sucedáneo de serenata, uno gritó: ¡Esto va de parte de Fulanito! Y a correr otra vez, en esta ocasión sin esperar al cerrojazo.   Estaba entonces en boga una canción que decía: “Cuando yo fui rondando tu balcón salió tu padre con un escobón”. Y por si acaso.

Estancos

La primera vez que me mandó mi padre al estanco fue para comprar un timbre móvil. Le pregunté que para qué servía eso. Ya lo verás cuando te lo den.  Yo lo asociaba con bicicleta, pero me dieron un sello sin Franco. Mi padre lo pegó en un papel, previo lengüetazo.  Ni sonó ni se movió.

Conocí posteriormente mejor lo que despachaban en los estancos porque el de mi pueblo estaba frente a mi casa y quienes lo tenían me trataban como si fuera de su familia.

Algunos anochecidos me iba allí y me sentaba al lado del regente. Tenían la expendeduría en el primer paso, en la habitación de la izquierda, según se entraba. Un mostrador de madera lo separaba del pasillo.  En dos cajones guardaban los sellos y el dinero. Las monedas, en una cestita de pita y debajo de ella los billetes, a los que había que recomponer a menudo debido a su mal estado. No sé si pesaba más el papel o los remiendos y la mugre que acumulaban. Los había de una, dos y cinco pesetas. Los de más valor escaseaban.

Cuando terminó la guerra civil la concesión de estos establecimientos se realizaba para “amparar a los que habían luchado en los campos de batalla o sufrido más directamente las consecuencias de la guerra…” Del bando triunfador, se entiende. Tenían derecho preferente a regentarlas las viudas y huérfanas solteras.  Las transmisiones hasta el año 2005 se hacían solo entre los familiares de tercer grado de parentesco, como máximo. Algunos beneficiarios los arrendaban a terceras personas, aunque esa modalidad no estaba recogida en la ley.

Llegaban los hombres del campo a comprar al atardecer. A algunos les cogía de paso y se presentaban con la ropa de faena, barba incipiente y una larga faja negra liada alrededor de la cintura. Les servía de abrigo y protección para tantas inclinaciones a tierra, para mitigar el peso de las cargas y el empuje de los brazos sobre la mancera. Cubrían sus cabezas con sombreros de paja, bilbaínas o mascotas negras. Los colores de sus vestimentas eran oscuros y las de faena de crudillo, con colores grises o marrones. Esto añadía años a la apariencia de edad. Aquellos hombres, que podían tener treinta o cuarenta años, a mí me parecían ancianos.  Compraban tabaco picado y libritos de envolver. Algún mechero de mecha o de martillo. Y piedras para la chispa en forma de pequeños cilindros.

Mujeres iban pocas. Cuando lo hacían pedían sellos y sobres de los de avión con bordes rojos y azules.  Y tabaco para los hijos o maridos si estos no podían acercarse.

Horas de revuelo esas del anochecido. De ultramarino y de fragua, de tibia leche en el establo, de rezos a la puerta de la ermita, de olor a tortilla recién hecha, del lucero en el cielo y el guizque del electricista dando luz a las calles.

Fronteras

 

 

 

 

 

 

 

 

(Photo by slworking2 on Foter.com)

Para recordar lo insignificantes que somos nada mejor que mirar al cielo en una noche estrellada. Es una buena terapia para doblegar soberbias y achicar orgullos, relativizar el valor que le damos a ciertas cosas y hacernos preguntas que no por repetidas han perdido su vigencia.

Nuestro sistema solar está en un brazo de la espiral de la Vía Láctea. Para llegar a la estrella más cercana, aparte del sol, tardaríamos más de cuatro años viajando a 300.000 kilómetros por segundo, lo que todavía no se ha conseguido.

La Vía Láctea tiene un diámetro de cerca de 200 mil años luz y consta de entre 200 y 400 mil millones de estrellas. Hay tantas galaxias que aún no se sabe su número con exactitud. Los últimos estudios calculan que puede haber más de dos billones. Cantidades mareantes con poco que se piense en su significado.

El grandioso espectáculo del cielo nocturno solo es posible contemplarlo si nos alejamos del cascarón de luces artificiales que envuelve a las ciudades. Hace ya bastantes años los agricultores dormían al raso en las eras durante el tiempo de recolección para evitar que les robaran el grano. Pasaban, manta al hombro, en dirección a los ejidos por mi calle. La novelería y la curiosidad hacía que los amigos les rogásemos a ciertos vecinos que nos dejasen ir con ellos. Pedíamos permiso a nuestros padres, pero ofrecían resistencia. Nos alertaban sobre el relente de la madrugada, un descenso silencioso de humedad que sin llegar a rocío se posa en las hierbas. ‘Blanda’ le llamamos por aquí.

Nos gustaba distinguir en la maraña grumosa del cielo el paso de los aviones con sus luces intermitentes y los satélites artificiales que daban vueltas alrededor de la tierra.  Pero lo que más nos asombraba era contemplar la Vía Láctea, el camino de Santiago, impresionante franja con sus apelotonamientos de estrellas de distintas intensidades.  Su brillo llegaba hasta nosotros tras un viaje de millones de años.

De las constelaciones distinguíamos entonces solo al carro grande y el carro chico, que era como llamábamos a la Osa Mayor y Menor. Nuestra imaginación formaba otras figuras hilvanando con hilos de plata a los puntos luminosos.

Ya cerca del alba, después de un sueño ligero, comprobábamos que las posiciones de las estrellas habían cambiado. “El viento de la noche gira en el cielo y canta”. Una armonía constante de rotaciones silenciosas.

El universo, con los únicos límites que imponen el tiempo y el espacio, sigue su evolución por los siglos de los siglos. Los humanos en este rincón minúsculo, nos revolcamos en el lodazal de nuestras mezquindades. Parcelamos la tierra y los mares a base de guerras. Las fronteras están amojonadas con la sangre de quienes las defendieron o atacaron y con la de los que intentan escapar de ellas o les impiden la entrada. ¿Quién otorga los títulos de propiedad en exclusiva?

‘Enterritos’

No doblaban las campanas con el triste y lánguido son de los entierros. Eran repiques de gloria por un niño que había subido al cielo. En el pueblo lo llamaban ‘enterrito’, con el diminutivo cariñoso que envuelve a quienes dejan el mundo tan temprano.

Era el ataúd blanco y pequeño con ribetes dorados, pero la pena de sus padres y abuelos debía de ser profunda y negra por los gritos y llantos que salían de la casa cuando llegaron el cura, el sacristán y los monaguillos para llevarlo a la iglesia. Unos minutos intensos que conmovieron a todos los presentes.

En los años cincuenta la mortalidad infantil en España era de 68,22 por cada 1.000 niños nacidos vivos. Una barbaridad. En el año 2020 ha sido de 2,35.

 En aquellos años faltaban centros sanitarios y recursos económicos, eran largas las distancias y escasos los remedios para algunas enfermedades.  Se paría en las casas y aunque la destreza de las comadronas y buena voluntad de los allegados hacían todo lo que estaba en sus manos, cuando se presentaban complicaciones era difícil solucionarlas.  Algunos morían en el parto. A veces también sus madres. Me angustiaba el dilema moral que podía presentarse en el caso de tener que elegir entre la vida de la madre y la del niño que iba a nacer.

Eran entonces los cementerios centros de logística para ahorrar trabajo a las alturas.  Un juicio final que la doctrina anticipaba. Los no bautizados, suicidas y no creyentes no tenían sitio en el camposanto.  Los niños que habían recibido el bautismo iban directamente al cielo.

En ciertas regiones de España hablan de celebraciones de bailes en torno al cadáver de los críos.  «Mi Antoñito murió ayer, antes de haber cumplido los cinco años, y como sabemos de fijo que su alma va derecha al cielo, la acompañamos con música y con baile y con un traguito…” Lo narra José Augusto de Ochoa y Montel (1808-1871) hablando de esta costumbre en la provincia de Jaén.

En la isla de La Gomera, según recoge Antonio Tejera Gaspar en ‘La religión de los gomeros’, pervivió hasta finales del siglo XIX y principios del XX el conocido como ‘velatorio de los angelitos’. Le cantaban durante toda la noche al cadáver de la niña o el niño. La madrina era la primera que bailaba con él en brazos por la habitación. Después el padrino y posteriormente todos los presentes comenzaban a bailar y a recitar versos. A la mañana siguiente le ponían cintas de colores al féretro con los encargos que cada uno había escrito para que al llegar al cielo los entregara a sus familiares muertos.

Cuando bajamos del camposanto yo venía triste, haciéndome preguntas, como Juan Ramón al lado de Platero.  “¡Qué lujo puso Dios en ti, tarde de entierro! Desde el cementerio, ¡cómo resonaba la campana de vuelta en el ocaso abierto, camino de la gloria!”

Pérdidas

La vida es una sucesión de pérdidas que lamentamos cuando echamos de menos lo que perdimos. Del útero materno, donde estábamos tan seguros y nos sentíamos tan a gusto, dice Freud que quizás persista por siempre en nosotros la nostalgia de su abandono.

Hay pérdidas irremediables. Se añoran, pero de nada sirven los lamentos. Charles Baudelaire dice en ‘Los paraísos artificiales’: “Más de uno de estos viejos que encontramos reclinados en la mesa de una taberna, vuelve a verse a sí mismo rodeado de un ambiente que ya ha desaparecido: su juventud perdida es el ingrediente de su embriaguez”.

Otras privaciones son ocasionadas por la vorágine de la vida que nos empuja hacia adelante, sin pararnos a disfrutarlas.

 “Todos queremos más y más y mucho más… y nadie con su suerte se quiere conformar”. Lo cantaba Alberto Castillo, actor y cantante de tangos argentino. Con ese afán vivimos, pero cuando el destino nos da el alto con alguna enfermedad o contrariedad grave volvemos a apreciar las flores, el sol de primavera, la sombra acogedora de una alameda o la lluvia en los cristales, que están ahí como bálsamo y refugio.

Hace unos días me encontré a un amigo dando un paseo por un camino cercano a su pueblo. Hacía tiempo que no lo veía y me detuve a saludarlo. Lo encontré desmejorado desde la última vez que lo vi. Me dijo que había estado una temporada algo pachucho a consecuencia de una intervención quirúrgica y que ese día era el primero que salía de casa después de una larga temporada. Iba disfrutando de la temperatura agradable, de la vistosidad de la jara florecida y del aroma de la lavanda y el tomillo que abundan por aquellos parajes. No sabes cómo echaba de menos estas caminatas, me dijo antes de despedirnos.

Visité hace años en el hospital de Llerena al padre de un amigo que sufría una insuficiencia respiratoria grave. Su estado era desgraciadamente irreversible. Le di ánimos y comentamos anécdotas de tiempos pasados, pues coincidíamos algunas veces en la búsqueda de setas. Ahora, me decía, a lo único que aspiro es a irme con el coche a la orilla del pantano y sentarme a pescar porque es allí donde mejor respiro.

Cuando el año pasado por mayo levantaron el confinamiento domiciliario salí de casa temprano. Quería disfrutar de la libertad por el campo y coger los espárragos que todavía pudieran quedar por los lindazos y lugares más umbríos. Estando en esas, pasó cerca de mí un grupo de ciclistas que me saludaron efusivos. Por un ramal de la Cañada Real Soriana hacían senderismo otros. Todos nos echamos al campo para disfrutarlo. Parecía que también se alegraba con nuestro regreso, como si nos esperara. Antonio Machado escribió que se canta lo que se pierde, pero hay pérdidas que solo son olvidos y están ahí para cuando la vida parece que nos da la espalda.