Almanaques

En el servicio militar había compañeros que al escuchar el toque de diana lo primero que hacían era anunciar a grito pelado los días que nos quedaban para la licencia: ‘¡Quince y la loca!’, y así iban descontando hasta que llegaba el día de la loca, que era el que nos entregaron ‘la blanca’ y tiramos la gorra por lo alto al romper filas. Llevaban algunos la contabilidad en la de faena, con rayas que iban cruzando según pasaban las jornadas. ¡Qué largos se nos hicieron las últimas!
En el colegio anotábamos en los calendarios de bolsillo los días fijados para los exámenes. El nerviosismo aumentaba a medida que se acercaban. Nos parecía que el tiempo pasaba demasiado rápido. Así sucede cuando no se desea o se teme algo.  
Los almanaques están confeccionados con casillas donde se guarda el tiempo distribuido en días para tomarlos en dosis cada veinticuatro horas. De enero a diciembre, y sean negros o rojos, dulces o amargos, te los tienes que tragar, así te pongas en cruz. 
 Cada comienzo de año buscamos uno para ponerlo en un sitio apropiado en nuestras casas. A pesar de todos los aparatos electrónicos que los incorporan, el colgado en la pared o en la puerta de la cocina sigue siendo el más utilizado para anotar acontecimientos reseñables.
 Cuando yo era niño recuerdo que se apuntaba en ellos el día que la gallina clueca se echaba en los huevos para que estuviéramos pendientes sobre los veintiún días para ver su eclosión y salida de los pollitos. En noches como estas frías que llevamos, los metíamos en una caja de cartón y los poníamos al lado del brasero.
Se apuntaba en los almanaques el día de la matanza y el que se ponía el jamón en salazón.  También el comienzo de un tratamiento médico, la fecha de la última carta enviada o recibida, el cambio de las sábanas de la cama, el día del casamiento al que nos habían invitado o el del fallecimiento de alguien allegado. Hechos pasados y venideros.  Pequeños mojones en las lindes del tiempo.
 En las carpinterías, fraguas, comercios y zapaterías apuntaban los días de un pedido, la última recepción o el compromiso de entrega de cualquier trabajo.
Los almanaques mostraban los pronósticos del tiempo, recogían refranes y dichos populares, cuentos, máximas, días que llevábamos y faltaban del año, horas de salidas y puestas del sol y la luna con sus fases, tiempo litúrgico y ornamentos correspondientes…Era el medio más consultado por todas las clases sociales y para muchos la única fuente de información a través de la lectura.
Alcanzaron tanta difusión tiempo atrás que hasta hubo dos reyes que los prohibieron. Carlos III y Fernando VIII.
Al tiempo se le empezaron a medir las hechuras mirando al cielo y fue plasmado en los calendarios después de muchos ajustes. Nosotros los llenamos de vida con las anotaciones de nuestras pequeñas historias.

Enfermos mentales

En las fiestas se juntan entre ellos y, aunque estén al lado del bullicio y de la música, están ajenos. Vagan por los vericuetos que sus mentes enfermas trazan. Fuman mucho y hablan poco. A veces alguno ríe sin motivo aparente. Beben agua en abundancia, quizás debido a su medicación. Son conscientes de su enfermedad, que asoma a sus ojos miedo, pero no dominan las bridas para controlarla. Solo el tratamiento la mantiene a raya. Los brotes más agudos los sufrieron en su adolescencia, cuando el volcán de las glándulas rompe costuras e inestabiliza todo el andamiaje de la personalidad.
Hay una gran variedad de trastornos mentales, cada uno con sus manifestaciones propias. En España, según la OMS, entre el 2.5% y el 3% de la población adulta padece una enfermedad mental grave, lo que supone más de un millón de personas.  El 9% de la población tiene algún tipo de problema de salud mental y el 25% lo padecerá a lo largo de su vida. Dicen los manuales que entre las causas están la herencia genética, haber sufrido situaciones muy estresantes, las lesiones cerebrales, los desequilibrios químicos en el organismo y el consumo de drogas y alcohol.
Una vecina a los pocos días de morir su padre me contó que lo veía en la televisión dando las noticias del telediario y que le daba consejos sobre lo que debía hacer y lo que no. Le dije que eso eran imaginaciones suyas, que no existían en la realidad. ¿Entonces no es verdad? Claro que no, es tu mente. Y se quedó pensativa, con la mirada perdida más allá de donde yo podía alcanzar. Padecía esquizofrenia desde hacía bastantes años, alternando periodos de lucidez con crisis agudas.
Otra enferma iba casa por casa de los amigos de su padre a horas intempestivas exigiéndoles que se lo devolvieran y preguntándoles que dónde lo habían metido.
La mente, ese maravilloso ‘conjunto de actividades y procesos psíquicos conscientes e inconscientes’ tiene en el cerebro su base. La sala de máquinas con cien mil millones de neuronas que controla y coordina nuestras acciones mentales y físicas. Tan fascinante es su estudio como puede ser el del universo.

 

Las enfermedades graves son penosas para sus familiares y para quienes las sufren. En el habla popular existen variadas expresiones, injustas por livianas y poco compasivas, para calificar los comportamientos erráticos de quienes desvarían y se apartan de lo que se supone que es la lógica. Estar como una cabra, tener un tornillo flojo o perderlo, estar sonado, írsele a alguien la pinza, estar chiflado, cruzarse los cables, perder el norte….
Ha habido escritores y artistas que las padecieron. Muchos acabaron suicidándose. Virginia Woolf lo hizo sumergiéndose en el río Ouse vestida con un abrigo lleno de piedras en los bolsillos. Felipe Trigo y Ernest Hemingway optaron por un tiro… Demasiado sufrimiento para no prestar atención a estas dolencias.

De bares y pícaros

Los bares son lugares para la relación social. En ellos conocemos a gente, nos enteramos de las novedades que ocurren en el pueblo o en el barrio, echamos la partida, leemos la prensa y comentamos las últimas noticias. Cuando las llaves de las copas abren las puertas de los sentimientos hacemos y nos hacen confidencias. También sirven para conocer la condición de las personas a poco que se sea observador, pues el dicho de que en la mesa y en el juego se conocen al caballero hallan aquí terreno abonado para ello.
Hay momentos para la pequeña picaresca, que si no llega a mayores es más por la falta de ocasión que por escrúpulos de conciencia.  Un cliente con acreditada fama de roñoso, rebajaba el número de consumiciones que se había tomado cuando el tabernero le preguntaba que cuántas habían sido. Este, con el grado que da la veteranía, buscó la estrategia para evitarlo. Si decía tres, él replicaba que cinco, a lo que respondía que ni hablar, que eran cuatro, con lo cual pagaba lo que correspondía.
El que está detrás de la barra aprende, pero también lo hacen los veceros.
Se puso de moda durante un tiempo la venta de unas papeletas dobladas y cosidas con hilo. El proveedor entregaba al dueño del bar dos bolsas, en una iban las que contenían los premios y en la otra las vanas. Incluso se apreciaban tonalidades distintas en unas y otras. Así se las ponían a Felipe II en el billar y a los pícaros la tentación en bandeja. Las premiadas salían cuando el del bar creía conveniente.  En un papel visiblemente expuesto estaban anotados los premios, el mayor de los cuales creo que era de quinientas pesetas y se cobraban en especie. Cuando aparecía uno debía tacharlo. Cierta noche llegó una cuadrilla que venía de ‘cordeleo’, haciendo el viacrucis de otros bares, caldeados por el vino y dispuestos los bolsillos para los dispendios. Observaron que los premios mayores aún no estaban borrados y la cantidad de papeletas que quedaban no eran excesivas. Así que hicieron cálculos por lo alto y se lanzaron al abarco. ¡Danos el resto!
Al dueño del negocio le cambió el semblante.  Intentó convencerlos de que desistieran de su empeño, aconsejando que no arriesgaran porque no le saldrían las cuentas. Esto en lugar de quitarles las ganas las aumentó. Y también las sospechas. Descubierto el engaño, las excusas fueron que se le había olvidado tachar los premios y que seguramente fuera un forastero el agraciado. Desarmado el débil argumentario claudicó y mediante acuerdo resarció el gasto e invitó a más rondas. La picaresca sigue teniendo buena tierra de cultivo por las tierras de España.
Viejas anécdotas de bares que desaparecieron hace tiempo. Por el bien de los profesionales que viven de esta actividad y por el esparcimiento de quienes gustan frecuentarlos, deseamos que vuelva pronto la normalidad para disfrutarlos.

Agradecimiento

Hoy se celebra el día del maestro. Mal año para festejos compartidos, pero la mente está dispuesta al recuerdo y el agradecimiento.  Esta profesión no siempre ha sido valorada como merece por su importancia y trascendencia. Los regímenes de turno la han utilizado para llevar el agua a sus molinos, buscando en ella el vehículo para adoctrinar y divulgar ideas que favorecen sus intereses. Un repaso a la historia lo confirma plenamente. Debe de ser muy difícil desprenderse de egoísmos y, con altura de miras y talante de estadistas, acordar bases duraderas para dar estabilidad al proceso educativo. Mientras esto llega, los profesionales, desconcertados por la continua sucesión de leyes, siguen en las aulas, dedicados con su mejor voluntad a formar a sus alumnos. La mayoría de ellos en tiempos muy difíciles fueron excelentes profesionales que dejaron huella perdurable en sus pupilos por su buen hacer. En este oleaje de vaivenes ha permanecido erguida la figura del maestro, agarrado a su trabajo para no perder el equilibrio y ser engullido por el temporal del desánimo y las incongruencias.

Hoy dedico este recuerdo agradecido a quienes abrieron nuestros ojos a la vida a través de la lectura y la escritura, instrumentos que ya nunca abandonamos y que nos han servido para conocer y amar el legado que la humanidad ha ido acumulando a través de los siglos.

Todos los oficios y profesiones merecen reconocimiento porque colaboran al progreso y bienestar de los pueblos. Por insignificante que parezca un trabajo, si deja de hacerse sufre las consecuencias toda la sociedad. Si faltan los encargados de la limpieza nos dejarían a merced de infecciones, el electricista a oscuras, los médicos y enfermeros abocados al dolor y a la muerte, los mecánicos sin medios de locomoción, los transportistas aislados, los albañiles sin casas…

La labor del maestro, tan meritoria como cualquier otra, tiene además la peculiaridad de que trabaja con los mimbres que formarán el armazón de la sociedad futura.

Estaba yo haciendo las prácticas de magisterio en el colegio de Santa Engracia, en Badajoz, y llegó un día a la clase de don José María un señor preguntando por él. Se saludaron, el recién llegado con una amplia y abierta sonrisa y el bueno de mi tutor, confuso al principio porque no lo reconoció, pero cuando le dio detalles de quién era se le abrieron los ojos por la sorpresa y se fundieron en un abrazo. Era un antiguo alumno suyo que después de muchos años pasaba por allí. Se acercó a saludarlo y agradecerle lo que aprendió de él en los años de escolaridad.

Cuando se fue mandó a los niños que se prepararan para el dictado. Me dijo entonces con los ojos brillantes que cuando yo ejerciera comprendería que eso que acababa de presenciar era el pago más gratificante que cualquier maestro puede recibir en vida.

Y comenzó el dictado: “Una tarde parda y fría…”

Carpinteros

Descargaban los troncos en la puerta de la carpintería, despojados, en una primera limpia, de sus ramas. Cerezos, encinas, pinos, castaños… que las manos diestras del carpintero transformarían en sillas, puertas, mesas o marcos de ventana.
Recuerdo ahora el local envuelto en un ambiente de evocadora decadencia. Cristales cuadrados tintados de polvo y vaho y bombillas colgantes con platillos invertidos para concentrar la luz.
Olía dentro a aromas campestres que los leños desprendían cuando los cortaban. ¡Cuánta lluvia habría resbalado por ellos, desde la copa hasta la base nutricia de la tierra! “Un olor fresco y honrado/ a corazón descubierto”, como describió Juan Ramón Jiménez.
En el banco de trabajo estaban las herramientas. El tornillo para sujetar las piezas, la garlopa, la gubia, el formón… para que, en una combinación de arquitectura y tornería, el carpintero diera nueva forma a la madera.
Llevaba un lápiz aplanado detrás de la oreja y un metro plegable a mano siempre en el bolsillo.  El primer examen de la rectitud de los listones lo hacía apuntando, como si fuera a disparar con ellos. En el pelo y las cejas, polvo del serrado y el pulido.
Cuatro carpinterías había en el pueblo de distinta extensión y variado destino. Una de ellas estaba especializada en carros, en construir ruedas y calzarlas con aros de hierro. Era una de las labores que más llamaba la atención. Lo hacían al aire libre y reunían alrededor a los curiosos y desocupados que por allí merodeaban. Hacían candelas formando círculo y sobre ellas en piedras colocaban el aro.  Después, con maña y tiento, coordinación y mazos, lo encajaban en la rueda, desprendiendo abundante humo cuando le echaban agua para que, con la contracción del metal, quedara perfectamente ajustado.
La carpintería mejor dotada de maquinaria disponía de serradora y pulidora. En la primera tenían que juntarse varias personas para poder subir los troncos a la altura de la sierra. Allí les daban el primer corte. Abiertos en canal, a mí me parecía ver el corazón grabado en sus entrañas.
En la pulidora alisaban los listones. Sonaba su deslizamiento por el rodillo como un coche de carrera que pasaba y se alejaba.  En el suelo quedaban rubios rizos de virutas y serrín.
A los niños nos atraía ver desde las puertas y ventanas el trabajo de la madera, el hierro y el cuero, pero les privábamos de la luz natural y nos despachaban.
Mi tío Francisco fue carpintero, maestro de los que quedaron referencias por su buen hacer. Enseñó a otros este hermoso oficio y pueden dar fe de lo que digo.
Yo, por el parentesco, tenía acceso a la carpintería y me embelesaba contemplando sus labores, desde serrar hasta dar lija y después el encaje de las piezas y el barnizado. También cogía tablitas de deshecho y con ellas hacía construcciones que me inventaba.
No quedó ninguna carpintería. Desaparecieron, como otros tantos oficios artesanos.

Polvo somos

Dobles espaciados de campanas tiemblan en el aire y caen como copos negros por todos los rincones del pueblo. Un año más nos recuerdan el destino que nos espera, al que llegaron aquellos que nos precedieron y que en estos días honramos.
Pasa el alcabalero con el listado de bajas y con los recibos del tributo que pagan los vivos por los muertos. La moneda es la pena.  No admite devoluciones, solo su entrega a cambio de un poco de consuelo y la esperanza que señala al cielo. Pero nadie ha vuelto. Ni siquiera los nigromantes, arúspices y videntes saben de sus paraderos.  Los que tienen fe los ubican en paraísos que no están registrados fehacientemente por notarios ni escribanos. Hasta los papas dicen que no es lugar, sino estado.
Los que murieron permanecen en el corazón de los que quedan mientras vivan. Pero el tiempo los va alejando de los venideros hasta que se pierde su recuerdo en la neblina del pasado. Después nadie se acordará de quiénes fueron. El escritor mejicano José Emilio Pacheco lo expresa en estos versos: “Es verdad que los muertos tampoco duran. Ni siquiera la muerte permanece. Todo vuelve a ser polvo. Pero la cueva preservó su entierro. Aquí están alineados, cada uno con su ofrenda, los huesos, dueños de una historia secreta”.
Sus costumbres, los lugares que frecuentaban y las cosas que usaron dejan un reguero de evocaciones. A tal hora llegaba, a tal hora se iba, ese era su asiento…  Del abuelo, quedó en el perchero el bastón y el sombrero. En el chinero, con sus puertas de cristal labrado, el vaso en que tomaba el vino, casi a hurtadillas por las regañinas de la abuela. En la mesilla sus gafas con los brazos cruzados para siempre tras las últimas lecturas.  De la abuela permanecen en el tocador alguna horquilla, su peineta, la caja para dar color a sus pómulos cuando el último toque de campanas llamaba a la misa del domingo. El brasero recogido en la cisquera que cada mañana de invierno recebaba. La vida está ahí, contenida y condensada en esos instantes que la memoria evoca. Es difícil dominar la emoción cuando la mirada va, como dócil perro a la querencia, a los sitios por donde anduvieron sus pisadas. 
El maullido del gato tras la puerta de corral sonaba a llamada lastimosa a quien siempre le abría para echarle de comer. Un llanto que los humanos a veces no entendemos.
Cuando yo subía de niño al cementerio no conocía a casi nadie de los que allí estaban enterrados. Mi padre me señalaba los nichos de mis abuelos y algunos otros cercanos.
Hoy tengo allí familiares, amigos y conocidos con los que compartí muchos momentos de mi vida. El pueblo se va vaciando cada año y el cementerio tiene calles nuevas para los que inexorablemente les llega la hora del traslado.

 

Maquila

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El dinero escaseaba para la mayoría y las tarjetas de crédito ni estaban ni se les esperaba por entonces. Los bancos prestaban con avales y garantías y los usureros con el pie en el pescuezo.

Cuando se dan estas circunstancias se recurre al trueque. Yo te doy garbanzos, tú me das huevos. Se vendían habitaciones o parte de los corrales de las casas a los vecinos linderos. Un laberinto de descuadres para preservar lo sustancial, que era comer todos los días.

Adam Smith y Keynes, liberalismo puro y regulación estatal, quedaban para proyectos de más envergadura, pero lo que apremiaba entonces era tener el pan de cada día sobre la mesa, a ser posible con alguna compañía con que engañarlo. Podía ser la chacina colgada en los doblados, el que dispusiera de ella. ¡Niño no te comas el pan solo, engáñalo con chorizo! No sé quién engañaba a quién.

La mano invisible que regula los mercados suelta algunos guantazos que van a parar siempre a las mismas caras, no a los ‘caras’, porque en el cemento armado no hacen daño.

Las escrituras de las casas se entregaban como garantía y quedaban en arcones ajenos hasta que los dueños pudieran rescatarlas pagando al prestamista, quien coleccionaba llaves de propiedades ajenas como trofeos de su negocio.

En los ultramarinos existían las listas a cuenta, a la espera de la cosecha o de los próximos jornales.  La mayoría eran saldadas, pero otras permanecieron en las libretas como ristras de ajos colgadas del techo cuando cerraron los establecimientos o cuando fallecieron los deudores. Los tenderos de nuestros pueblos prestaron una inestimable ayuda a muchas familias a las que ayudaron a atravesar el río de las penurias sin ahogarse en sus aguas turbulentas.

Los que tenían maquila se aviaban. Entregaban el trigo y les daban los vales del pan para adquirirlo durante el año o hasta que alcanzaran. Eran de cartón con forma rectangular y distinto valor que marcaban números y colores: de uno, de dos, de cinco…. En una caja aguardaban en hilera la llegada del panadero cada mañana. Dinero blanco de harina, rubio de soles y sufrido y honrado de sudores.

En la almazara recogían las aceitunas para molturarlas. Otra forma de maquila. El aceite se guardaba en una tina metálica. En la abertura, colgada de un alambre hacia el interior, la vasija con la que se llenaba el aceitero.  En el fondo quedaba la borra porque el refino era rudimentario. La piedra con forma de cono prensaba y los capachos de esparto filtraban.

Nuestros mayores valoraban los alimentos que se ponían sobre la mesa. Venían de atravesar un negro túnel. Al servirnos decían que lo que se echaba en el plato había que apurarlo porque, aunque algunos pudieran, era una ofensa despreciarla cuando otros no tenían qué comer.  Si le hacíamos remilgos murmuraban en voz baja: ¡Qué sabréis vosotros lo que es la vida!

Publicidad

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Los medios por los que llegaba la publicidad a los hogares eran fundamentalmente la radio y los periódicos. En la calle, carteles anunciando circos y teatros y en una pared cercana al salón del cine, las carteleras. Los del régimen, en lugares destacados con vivas, arribas y saludo romano. El más duradero, sin embargo, ha sido el que sin ser ley fundamental ni principio inmutable perdura como reliquia en algunos pueblos dibujado en azulejos con jinete montado en un caballo negro sobre fondo amarillo y letras blancas. ‘Abonad con Nitrato de Chile’.

La radio no necesitaba el soporte gráfico para llegar a todos, penetraba sin peajes por las orejas y cada uno elaboraba sus propias conclusiones.

Se pusieron de moda cancioncillas y mensajes que calaban fácilmente en los oyentes. ¿Quiénes de los de entonces no escucharon aquello del desayuno y merienda ideal que tomaban los futbolistas, ciclistas, nadadores y boxeadores? ¿O lo del analgésico sin el que no se iba a ninguna parte sin llevarlo en el bolsillo?

Por el sur de Extremadura sintonizábamos Radio Sevilla. Nombres míticos que de oírlos a diario quedaron en la memoria de los oyentes: Rafael Santisteban, natural de Badajoz, Marisa Carrillo, Manolo Bará, Juan Bustos, Juan Tribuna…

 

 

 

 

 

Llegó la televisión y con ella la revolución publicitaria. Había una sola cadena. Abría la emisión al mediodía y cerraba por la noche con música apacible y plática religiosa. Se llamaba este espacio ‘El alma se serena’. Después sonaba el himno nacional con imágenes de la bandera ondeando sobre la foto del jefe del Estado, y a la cama porque los mosquitos se apoderaban de la pantalla con hervidero de zumbidos. Los más pequeños de la casa habían desfilado mucho antes hacia el dormitorio a regañadientes invitados por la familia Telerín: “Vamos a la cama que hay que descansar, para que mañana podamos madrugar”.

 

Los detergentes emprendieron una carrera a codazos hacia la esencia de la blancura. Si ese lavaba blanco, el otro lo hacía más blanco todavía y el último que salía lo hacía con una blancura que ya no se podía superar.

Las campañas institucionales encontraron amplia resonancia para para su divulgación. Si había que promocionar un producto porque existía un exceso de producción esa campaña se invitaba al consumo masivo: ‘Yo sí como patatas’. Era también un medio para concienciar a los ciudadanos: ‘Mantenga limpia España’. ‘Aunque usted pueda pagarlo, España no puede’. ‘Piense en los demás’. ‘Contamos contigo’…

Los anuncios de brandis proliferaban. Uno era cosa de hombres- que se atrevan ahora, verán la que se les viene encima-. Otro, el coñac que estaba como nunca y que mejor sabía. Y el de la modelo de cabello rubio al viento y ligera de equipaje montada sobre un caballo blanco, galopando por una playa desierta mientras el varón apuraba lentamente la copa. Una excepción sensual que se coló en la estricta disciplina censora de la época.

 

 

 

Ferias y fiestas

Esta semana, si por mal no fuera, estaríamos de feria de Llerena. De la antigua concentración de tratantes de caballerías que acudían por estas fechas a la compra y venta no queda nada. Ni siquiera el terreno donde se reunían alrededor del pilar con las bestias, ocupado hoy por el crecimiento de las edificaciones.  Lo que fue rodeo se ha reducido a fiesta con comidas, bebidas, ruidos y paseos por el real.

De pequeño me llevó mi padre para que la conociera.  Había muy pocos coches particulares y de servicio público solo dos. La gente subía a la carretera y allí esperaba a los taxis que no dejaban de dar viajes. Los abordaban en cuanto estaban a su alcance. Hasta hubo discusiones por el turno que le tocaba a cada uno.

Las atracciones principales eran el rodeo por la mañana y el circo y el teatro por la tarde.

Aquella noche fuimos a un espectáculo en el que actuaba, entre otros, Manolo ‘El Malagueño’.

Estuve más pendiente durante la actuación de las reacciones de mi padre y sus amigos que de lo que ocurría en el escenario. Vi cómo se emocionaban poniendo la frente tersa cuando cantaba ‘El niño perdido’. “La madre desesperada no encuentra remedio humano…Cuando llaman a la puerta y un buen hombre se presenta con el niño de la mano”.

También acudían a la feria compañías de teatro, como la del ‘Mari Paqui’. En mi pueblo lo instalaron en la Plazuela.  Pepe, se llamaba el empleado que organizaba el montaje de toda la infraestructura: sillas, escenario, telones…  Los que éramos niños entonces, principios de los sesenta, andábamos detrás de él porque si le ayudábamos en algo nos daba entradas. También se las regalaba a los vecinos que le prestaban algún mobiliario para las representaciones.  El “Crimen de D. Benito”, con la desafortunada Inés María como protagonista, era una de las obras que traían en su repertorio y que fue de las que más gustó al respetable. Los Álvarez Quintero no faltaban. Los actores que componían el plantel de aquel teatro ambulante eran muy buenos. El recinto se llenaba todas las noches. Quedó en la memoria de los que lo conocieron una cancioncilla, que era como su carta de presentación: “Mari Paqui, el teatro de las grandes simpatías…”

Cuando salimos de la función de Llerena llovía intensamente. Habíamos quedado en que el taxi nos recogería en ‘La Casineta’, emblemático bar de la plaza.  Me entretuve viendo llover desde los soportales. A contraluz de las farolas las cortinas de agua, como tendidas al viento, formaban impetuosos remolinos.

Corrían por el regajo de la calle las bolsas vacías de las chucherías. El reloj de la torre era un fanal en medio de la tormenta. Un espectáculo gratuito del que disfruté mientras los mayores distraían la espera en la barra. No me gustó que llegara tan pronto el taxi aquella noche.

Juegos de otoño

Cuando llegaban las primeras lluvias nos gustaba ponernos los jerseys que nuestras madres habían guardado en el ropero a principios de verano. Suponía una vuelta a la tibia intimidad después de las dilatadas jornadas del estío. Con los preludios del otoño cambiábamos de juegos y entretenimientos, más en consonancia con la climatología y la disminución de las horas de sol.

Cada estación tenía un aliciente para nosotros. Íbamos descubriendo los ciclos de la luz y de la vida con curiosidad y sin la rutina que dan después los años.

Comenzaba el viento de poniente a desprender las primeras hojas de los árboles. Alfombras de colores ocres, naranjas y ambarinos que las tolvaneras levantaban del suelo presagiando el próximo cambio de tiempo. La luna con sus cercos y sus halos las noches anteriores lo anunciaban.  A los pocos días las nubes asomaban por las crestas de la sierra como escuderas que estudian el terreno para la batalla inminente.  Lluvias con sabor a despedida de vivencias veraniegas y a plácido reencuentro con el otoño en el andén donde las estaciones cambian sus trajes. La primavera viste, el otoño desnuda y reparte fragancias de tierra mojada después de una larga sequía.  

Retomábamos entonces los juegos que habíamos abandonado en el verano. En la tierra humedecida jugábamos a pinchar el clavo, compitiendo con destreza y puntería en algunos prados del ejido.

 

 

 

 

 

Saltábamos a la pídola.  La modalidad que menos preparativos necesitaba era la que hacíamos saltando uno sobre todos los demás puestos en fila. Cuando acababas te agachabas, hacías de burro y a aguantar a todos sobre tus espaldas.  Lo denominábamos ‘paso Berlanga’, quizás por la cercanía entre los dos pueblos y porque si no dejabas de saltar podías llegar al destino entretenido y ejercitado.

Otra modalidad era el barranco, más estática. Según saltábamos íbamos diciendo algunas retahílas. Cada vez que acababa una serie por haber saltado todos, el que hacía de burro medía un pie y medio y se alejaba de la línea que no podía pisarse. Así, hasta que la distancia era considerable y el salto se ponía tan difícil que solía terminar con el saltador dando con las narices en el suelo y el paciente burro, deslomado.

El que empezaba la serie anunciaba la modalidad que todos debían seguir, como apoyar solo una mano o hacerlo sin tocar nada. Una variante consistía en dar un taconazo en el culo del que estaba agachado. ¡Con espolique!

 

 

 

 

 

 

 

 

Para lanzar el ‘repión’ o peonza había que enrollarlo bien con una cuerda. Una moneda de dos reales o una chapa de refresco machacada en un extremo para sujetarla entre los dedos. Competíamos en duración de giros y en cogerlos del suelo y colocarlos sobre la palma de la mano.

Son algunos de los juegos con los que nos divertíamos entonces, cuando con las primeras aguas plegábamos las velas del estío y nos retirábamos al resguardo de la dársena otoñal.