Agradecimiento

Hoy se celebra el día del maestro. Mal año para festejos compartidos, pero la mente está dispuesta al recuerdo y el agradecimiento.  Esta profesión no siempre ha sido valorada como merece por su importancia y trascendencia. Los regímenes de turno la han utilizado para llevar el agua a sus molinos, buscando en ella el vehículo para adoctrinar y divulgar ideas que favorecen sus intereses. Un repaso a la historia lo confirma plenamente. Debe de ser muy difícil desprenderse de egoísmos y, con altura de miras y talante de estadistas, acordar bases duraderas para dar estabilidad al proceso educativo. Mientras esto llega, los profesionales, desconcertados por la continua sucesión de leyes, siguen en las aulas, dedicados con su mejor voluntad a formar a sus alumnos. La mayoría de ellos en tiempos muy difíciles fueron excelentes profesionales que dejaron huella perdurable en sus pupilos por su buen hacer. En este oleaje de vaivenes ha permanecido erguida la figura del maestro, agarrado a su trabajo para no perder el equilibrio y ser engullido por el temporal del desánimo y las incongruencias.

Hoy dedico este recuerdo agradecido a quienes abrieron nuestros ojos a la vida a través de la lectura y la escritura, instrumentos que ya nunca abandonamos y que nos han servido para conocer y amar el legado que la humanidad ha ido acumulando a través de los siglos.

Todos los oficios y profesiones merecen reconocimiento porque colaboran al progreso y bienestar de los pueblos. Por insignificante que parezca un trabajo, si deja de hacerse sufre las consecuencias toda la sociedad. Si faltan los encargados de la limpieza nos dejarían a merced de infecciones, el electricista a oscuras, los médicos y enfermeros abocados al dolor y a la muerte, los mecánicos sin medios de locomoción, los transportistas aislados, los albañiles sin casas…

La labor del maestro, tan meritoria como cualquier otra, tiene además la peculiaridad de que trabaja con los mimbres que formarán el armazón de la sociedad futura.

Estaba yo haciendo las prácticas de magisterio en el colegio de Santa Engracia, en Badajoz, y llegó un día a la clase de don José María un señor preguntando por él. Se saludaron, el recién llegado con una amplia y abierta sonrisa y el bueno de mi tutor, confuso al principio porque no lo reconoció, pero cuando le dio detalles de quién era se le abrieron los ojos por la sorpresa y se fundieron en un abrazo. Era un antiguo alumno suyo que después de muchos años pasaba por allí. Se acercó a saludarlo y agradecerle lo que aprendió de él en los años de escolaridad.

Cuando se fue mandó a los niños que se prepararan para el dictado. Me dijo entonces con los ojos brillantes que cuando yo ejerciera comprendería que eso que acababa de presenciar era el pago más gratificante que cualquier maestro puede recibir en vida.

Y comenzó el dictado: “Una tarde parda y fría…”

Carpinteros

Descargaban los troncos en la puerta de la carpintería, despojados, en una primera limpia, de sus ramas. Cerezos, encinas, pinos, castaños… que las manos diestras del carpintero transformarían en sillas, puertas, mesas o marcos de ventana.
Recuerdo ahora el local envuelto en un ambiente de evocadora decadencia. Cristales cuadrados tintados de polvo y vaho y bombillas colgantes con platillos invertidos para concentrar la luz.
Olía dentro a aromas campestres que los leños desprendían cuando los cortaban. ¡Cuánta lluvia habría resbalado por ellos, desde la copa hasta la base nutricia de la tierra! “Un olor fresco y honrado/ a corazón descubierto”, como describió Juan Ramón Jiménez.
En el banco de trabajo estaban las herramientas. El tornillo para sujetar las piezas, la garlopa, la gubia, el formón… para que, en una combinación de arquitectura y tornería, el carpintero diera nueva forma a la madera.
Llevaba un lápiz aplanado detrás de la oreja y un metro plegable a mano siempre en el bolsillo.  El primer examen de la rectitud de los listones lo hacía apuntando, como si fuera a disparar con ellos. En el pelo y las cejas, polvo del serrado y el pulido.
Cuatro carpinterías había en el pueblo de distinta extensión y variado destino. Una de ellas estaba especializada en carros, en construir ruedas y calzarlas con aros de hierro. Era una de las labores que más llamaba la atención. Lo hacían al aire libre y reunían alrededor a los curiosos y desocupados que por allí merodeaban. Hacían candelas formando círculo y sobre ellas en piedras colocaban el aro.  Después, con maña y tiento, coordinación y mazos, lo encajaban en la rueda, desprendiendo abundante humo cuando le echaban agua para que, con la contracción del metal, quedara perfectamente ajustado.
La carpintería mejor dotada de maquinaria disponía de serradora y pulidora. En la primera tenían que juntarse varias personas para poder subir los troncos a la altura de la sierra. Allí les daban el primer corte. Abiertos en canal, a mí me parecía ver el corazón grabado en sus entrañas.
En la pulidora alisaban los listones. Sonaba su deslizamiento por el rodillo como un coche de carrera que pasaba y se alejaba.  En el suelo quedaban rubios rizos de virutas y serrín.
A los niños nos atraía ver desde las puertas y ventanas el trabajo de la madera, el hierro y el cuero, pero les privábamos de la luz natural y nos despachaban.
Mi tío Francisco fue carpintero, maestro de los que quedaron referencias por su buen hacer. Enseñó a otros este hermoso oficio y pueden dar fe de lo que digo.
Yo, por el parentesco, tenía acceso a la carpintería y me embelesaba contemplando sus labores, desde serrar hasta dar lija y después el encaje de las piezas y el barnizado. También cogía tablitas de deshecho y con ellas hacía construcciones que me inventaba.
No quedó ninguna carpintería. Desaparecieron, como otros tantos oficios artesanos.

Polvo somos

Dobles espaciados de campanas tiemblan en el aire y caen como copos negros por todos los rincones del pueblo. Un año más nos recuerdan el destino que nos espera, al que llegaron aquellos que nos precedieron y que en estos días honramos.
Pasa el alcabalero con el listado de bajas y con los recibos del tributo que pagan los vivos por los muertos. La moneda es la pena.  No admite devoluciones, solo su entrega a cambio de un poco de consuelo y la esperanza que señala al cielo. Pero nadie ha vuelto. Ni siquiera los nigromantes, arúspices y videntes saben de sus paraderos.  Los que tienen fe los ubican en paraísos que no están registrados fehacientemente por notarios ni escribanos. Hasta los papas dicen que no es lugar, sino estado.
Los que murieron permanecen en el corazón de los que quedan mientras vivan. Pero el tiempo los va alejando de los venideros hasta que se pierde su recuerdo en la neblina del pasado. Después nadie se acordará de quiénes fueron. El escritor mejicano José Emilio Pacheco lo expresa en estos versos: “Es verdad que los muertos tampoco duran. Ni siquiera la muerte permanece. Todo vuelve a ser polvo. Pero la cueva preservó su entierro. Aquí están alineados, cada uno con su ofrenda, los huesos, dueños de una historia secreta”.
Sus costumbres, los lugares que frecuentaban y las cosas que usaron dejan un reguero de evocaciones. A tal hora llegaba, a tal hora se iba, ese era su asiento…  Del abuelo, quedó en el perchero el bastón y el sombrero. En el chinero, con sus puertas de cristal labrado, el vaso en que tomaba el vino, casi a hurtadillas por las regañinas de la abuela. En la mesilla sus gafas con los brazos cruzados para siempre tras las últimas lecturas.  De la abuela permanecen en el tocador alguna horquilla, su peineta, la caja para dar color a sus pómulos cuando el último toque de campanas llamaba a la misa del domingo. El brasero recogido en la cisquera que cada mañana de invierno recebaba. La vida está ahí, contenida y condensada en esos instantes que la memoria evoca. Es difícil dominar la emoción cuando la mirada va, como dócil perro a la querencia, a los sitios por donde anduvieron sus pisadas. 
El maullido del gato tras la puerta de corral sonaba a llamada lastimosa a quien siempre le abría para echarle de comer. Un llanto que los humanos a veces no entendemos.
Cuando yo subía de niño al cementerio no conocía a casi nadie de los que allí estaban enterrados. Mi padre me señalaba los nichos de mis abuelos y algunos otros cercanos.
Hoy tengo allí familiares, amigos y conocidos con los que compartí muchos momentos de mi vida. El pueblo se va vaciando cada año y el cementerio tiene calles nuevas para los que inexorablemente les llega la hora del traslado.

 

Maquila

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El dinero escaseaba para la mayoría y las tarjetas de crédito ni estaban ni se les esperaba por entonces. Los bancos prestaban con avales y garantías y los usureros con el pie en el pescuezo.

Cuando se dan estas circunstancias se recurre al trueque. Yo te doy garbanzos, tú me das huevos. Se vendían habitaciones o parte de los corrales de las casas a los vecinos linderos. Un laberinto de descuadres para preservar lo sustancial, que era comer todos los días.

Adam Smith y Keynes, liberalismo puro y regulación estatal, quedaban para proyectos de más envergadura, pero lo que apremiaba entonces era tener el pan de cada día sobre la mesa, a ser posible con alguna compañía con que engañarlo. Podía ser la chacina colgada en los doblados, el que dispusiera de ella. ¡Niño no te comas el pan solo, engáñalo con chorizo! No sé quién engañaba a quién.

La mano invisible que regula los mercados suelta algunos guantazos que van a parar siempre a las mismas caras, no a los ‘caras’, porque en el cemento armado no hacen daño.

Las escrituras de las casas se entregaban como garantía y quedaban en arcones ajenos hasta que los dueños pudieran rescatarlas pagando al prestamista, quien coleccionaba llaves de propiedades ajenas como trofeos de su negocio.

En los ultramarinos existían las listas a cuenta, a la espera de la cosecha o de los próximos jornales.  La mayoría eran saldadas, pero otras permanecieron en las libretas como ristras de ajos colgadas del techo cuando cerraron los establecimientos o cuando fallecieron los deudores. Los tenderos de nuestros pueblos prestaron una inestimable ayuda a muchas familias a las que ayudaron a atravesar el río de las penurias sin ahogarse en sus aguas turbulentas.

Los que tenían maquila se aviaban. Entregaban el trigo y les daban los vales del pan para adquirirlo durante el año o hasta que alcanzaran. Eran de cartón con forma rectangular y distinto valor que marcaban números y colores: de uno, de dos, de cinco…. En una caja aguardaban en hilera la llegada del panadero cada mañana. Dinero blanco de harina, rubio de soles y sufrido y honrado de sudores.

En la almazara recogían las aceitunas para molturarlas. Otra forma de maquila. El aceite se guardaba en una tina metálica. En la abertura, colgada de un alambre hacia el interior, la vasija con la que se llenaba el aceitero.  En el fondo quedaba la borra porque el refino era rudimentario. La piedra con forma de cono prensaba y los capachos de esparto filtraban.

Nuestros mayores valoraban los alimentos que se ponían sobre la mesa. Venían de atravesar un negro túnel. Al servirnos decían que lo que se echaba en el plato había que apurarlo porque, aunque algunos pudieran, era una ofensa despreciarla cuando otros no tenían qué comer.  Si le hacíamos remilgos murmuraban en voz baja: ¡Qué sabréis vosotros lo que es la vida!

Publicidad

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Los medios por los que llegaba la publicidad a los hogares eran fundamentalmente la radio y los periódicos. En la calle, carteles anunciando circos y teatros y en una pared cercana al salón del cine, las carteleras. Los del régimen, en lugares destacados con vivas, arribas y saludo romano. El más duradero, sin embargo, ha sido el que sin ser ley fundamental ni principio inmutable perdura como reliquia en algunos pueblos dibujado en azulejos con jinete montado en un caballo negro sobre fondo amarillo y letras blancas. ‘Abonad con Nitrato de Chile’.

La radio no necesitaba el soporte gráfico para llegar a todos, penetraba sin peajes por las orejas y cada uno elaboraba sus propias conclusiones.

Se pusieron de moda cancioncillas y mensajes que calaban fácilmente en los oyentes. ¿Quiénes de los de entonces no escucharon aquello del desayuno y merienda ideal que tomaban los futbolistas, ciclistas, nadadores y boxeadores? ¿O lo del analgésico sin el que no se iba a ninguna parte sin llevarlo en el bolsillo?

Por el sur de Extremadura sintonizábamos Radio Sevilla. Nombres míticos que de oírlos a diario quedaron en la memoria de los oyentes: Rafael Santisteban, natural de Badajoz, Marisa Carrillo, Manolo Bará, Juan Bustos, Juan Tribuna…

 

 

 

 

 

Llegó la televisión y con ella la revolución publicitaria. Había una sola cadena. Abría la emisión al mediodía y cerraba por la noche con música apacible y plática religiosa. Se llamaba este espacio ‘El alma se serena’. Después sonaba el himno nacional con imágenes de la bandera ondeando sobre la foto del jefe del Estado, y a la cama porque los mosquitos se apoderaban de la pantalla con hervidero de zumbidos. Los más pequeños de la casa habían desfilado mucho antes hacia el dormitorio a regañadientes invitados por la familia Telerín: “Vamos a la cama que hay que descansar, para que mañana podamos madrugar”.

 

Los detergentes emprendieron una carrera a codazos hacia la esencia de la blancura. Si ese lavaba blanco, el otro lo hacía más blanco todavía y el último que salía lo hacía con una blancura que ya no se podía superar.

Las campañas institucionales encontraron amplia resonancia para para su divulgación. Si había que promocionar un producto porque existía un exceso de producción esa campaña se invitaba al consumo masivo: ‘Yo sí como patatas’. Era también un medio para concienciar a los ciudadanos: ‘Mantenga limpia España’. ‘Aunque usted pueda pagarlo, España no puede’. ‘Piense en los demás’. ‘Contamos contigo’…

Los anuncios de brandis proliferaban. Uno era cosa de hombres- que se atrevan ahora, verán la que se les viene encima-. Otro, el coñac que estaba como nunca y que mejor sabía. Y el de la modelo de cabello rubio al viento y ligera de equipaje montada sobre un caballo blanco, galopando por una playa desierta mientras el varón apuraba lentamente la copa. Una excepción sensual que se coló en la estricta disciplina censora de la época.

 

 

 

Ferias y fiestas

Esta semana, si por mal no fuera, estaríamos de feria de Llerena. De la antigua concentración de tratantes de caballerías que acudían por estas fechas a la compra y venta no queda nada. Ni siquiera el terreno donde se reunían alrededor del pilar con las bestias, ocupado hoy por el crecimiento de las edificaciones.  Lo que fue rodeo se ha reducido a fiesta con comidas, bebidas, ruidos y paseos por el real.

De pequeño me llevó mi padre para que la conociera.  Había muy pocos coches particulares y de servicio público solo dos. La gente subía a la carretera y allí esperaba a los taxis que no dejaban de dar viajes. Los abordaban en cuanto estaban a su alcance. Hasta hubo discusiones por el turno que le tocaba a cada uno.

Las atracciones principales eran el rodeo por la mañana y el circo y el teatro por la tarde.

Aquella noche fuimos a un espectáculo en el que actuaba, entre otros, Manolo ‘El Malagueño’.

Estuve más pendiente durante la actuación de las reacciones de mi padre y sus amigos que de lo que ocurría en el escenario. Vi cómo se emocionaban poniendo la frente tersa cuando cantaba ‘El niño perdido’. “La madre desesperada no encuentra remedio humano…Cuando llaman a la puerta y un buen hombre se presenta con el niño de la mano”.

También acudían a la feria compañías de teatro, como la del ‘Mari Paqui’. En mi pueblo lo instalaron en la Plazuela.  Pepe, se llamaba el empleado que organizaba el montaje de toda la infraestructura: sillas, escenario, telones…  Los que éramos niños entonces, principios de los sesenta, andábamos detrás de él porque si le ayudábamos en algo nos daba entradas. También se las regalaba a los vecinos que le prestaban algún mobiliario para las representaciones.  El “Crimen de D. Benito”, con la desafortunada Inés María como protagonista, era una de las obras que traían en su repertorio y que fue de las que más gustó al respetable. Los Álvarez Quintero no faltaban. Los actores que componían el plantel de aquel teatro ambulante eran muy buenos. El recinto se llenaba todas las noches. Quedó en la memoria de los que lo conocieron una cancioncilla, que era como su carta de presentación: “Mari Paqui, el teatro de las grandes simpatías…”

Cuando salimos de la función de Llerena llovía intensamente. Habíamos quedado en que el taxi nos recogería en ‘La Casineta’, emblemático bar de la plaza.  Me entretuve viendo llover desde los soportales. A contraluz de las farolas las cortinas de agua, como tendidas al viento, formaban impetuosos remolinos.

Corrían por el regajo de la calle las bolsas vacías de las chucherías. El reloj de la torre era un fanal en medio de la tormenta. Un espectáculo gratuito del que disfruté mientras los mayores distraían la espera en la barra. No me gustó que llegara tan pronto el taxi aquella noche.

Juegos de otoño

Cuando llegaban las primeras lluvias nos gustaba ponernos los jerseys que nuestras madres habían guardado en el ropero a principios de verano. Suponía una vuelta a la tibia intimidad después de las dilatadas jornadas del estío. Con los preludios del otoño cambiábamos de juegos y entretenimientos, más en consonancia con la climatología y la disminución de las horas de sol.

Cada estación tenía un aliciente para nosotros. Íbamos descubriendo los ciclos de la luz y de la vida con curiosidad y sin la rutina que dan después los años.

Comenzaba el viento de poniente a desprender las primeras hojas de los árboles. Alfombras de colores ocres, naranjas y ambarinos que las tolvaneras levantaban del suelo presagiando el próximo cambio de tiempo. La luna con sus cercos y sus halos las noches anteriores lo anunciaban.  A los pocos días las nubes asomaban por las crestas de la sierra como escuderas que estudian el terreno para la batalla inminente.  Lluvias con sabor a despedida de vivencias veraniegas y a plácido reencuentro con el otoño en el andén donde las estaciones cambian sus trajes. La primavera viste, el otoño desnuda y reparte fragancias de tierra mojada después de una larga sequía.  

Retomábamos entonces los juegos que habíamos abandonado en el verano. En la tierra humedecida jugábamos a pinchar el clavo, compitiendo con destreza y puntería en algunos prados del ejido.

 

 

 

 

 

Saltábamos a la pídola.  La modalidad que menos preparativos necesitaba era la que hacíamos saltando uno sobre todos los demás puestos en fila. Cuando acababas te agachabas, hacías de burro y a aguantar a todos sobre tus espaldas.  Lo denominábamos ‘paso Berlanga’, quizás por la cercanía entre los dos pueblos y porque si no dejabas de saltar podías llegar al destino entretenido y ejercitado.

Otra modalidad era el barranco, más estática. Según saltábamos íbamos diciendo algunas retahílas. Cada vez que acababa una serie por haber saltado todos, el que hacía de burro medía un pie y medio y se alejaba de la línea que no podía pisarse. Así, hasta que la distancia era considerable y el salto se ponía tan difícil que solía terminar con el saltador dando con las narices en el suelo y el paciente burro, deslomado.

El que empezaba la serie anunciaba la modalidad que todos debían seguir, como apoyar solo una mano o hacerlo sin tocar nada. Una variante consistía en dar un taconazo en el culo del que estaba agachado. ¡Con espolique!

 

 

 

 

 

 

 

 

Para lanzar el ‘repión’ o peonza había que enrollarlo bien con una cuerda. Una moneda de dos reales o una chapa de refresco machacada en un extremo para sujetarla entre los dedos. Competíamos en duración de giros y en cogerlos del suelo y colocarlos sobre la palma de la mano.

Son algunos de los juegos con los que nos divertíamos entonces, cuando con las primeras aguas plegábamos las velas del estío y nos retirábamos al resguardo de la dársena otoñal.

Que siga la música

Una de las consecuencias negativas de la pandemia ha sido la de suprimir las verbenas, animadas por conjuntos musicales y orquestas en las plazas de nuestros pueblos.
Desde los antiguos, con poco más que un saxofonista y un batería hasta los modernos grupos con numerosos componentes, juegos de luces, máquinas de humo, rayos láser y potentes equipos de sonido, la música siempre ha estado presente en nuestras fiestas.  Yo recuerdo a un hombre ciego con un acordeón, que me trasladaba mentalmente a la taberna de un puerto de mar.
La música de las verbenas fascina, enardece y evoca.  Hay canciones que dejan posos de acordes asociados a sentimientos que vuelven a aparecer cuando se escuchan de nuevo.
Un solo de trompeta de Félix Bote, avanzada ya la noche, abría en la bóveda oscura del cielo, más allá de los farolillos, una brecha radiante y metálica.  Desafíos que ascendían altivos y después, rotos en pedazos de lejanos ecos, se mecían un momento en la cuna del aire y bajaban, vencidos, en copos sonoros a la plaza.
Al principio era el pasodoble el escudero que abría el baile.  Los hombres, abrochadas sus chaquetas y compuesto el porte, se dirigían hacia el grupo de mujeres para invitarlas a compartir bailando música tan animosa y española.
Un paisano, aficionado al buen vino, a la copla y a las ferias, me comentó después de escuchar ‘Nerva’ con marcial postura, que la única pena que tenía en esta vida era no haber sido músico. Disfrutaba escuchando canciones que provocaban su emoción y nostalgia.  Algunas veces, cuando la copla, según decía él, le espelucaba el vello y el brillo asomaba a sus ojos se ponía en pie, erguido y entusiasmado.
Con la música hemos acariciado muchas noches el cuerpo de una pareja, cuando el mundo se resume en dos personas unidas por un abrazo.  El pelo al viento leve, las mejillas juntas y los corazones latiendo al unísono en los pechos.
¿Quién no ha pedido alguna vez que pare el reloj el andar de sus manillas al ritmo musical del famoso bolero de Roberto Cantoral? Entre brumas de olvido y fantasía, mezclando lo que fue con los deseos, recordamos noches inolvidables, allá en el fondo de la edad perdida. ¡Oh, beatíficas caras trascendidas hacia la mística de lo sublime!
Amanecía- porque nadie había escuchado la vana pretensión de que quedara el tiempo detenido en nuestras manos. El sol nos encontraba abrazados a las sombras de las quimeras en el aire fresco de la aurora.
Nos hacen falta las canciones para estimular nuestra fantasía y emocionarnos. Los músicos del Titanic siguieron interpretando cuando el barco se iba a pique. En algunas cantinas del oeste americano ponían un cartel en la pared rogando que no disparasen al pianista. Ingrid Bergman en Casablanca le ruega a Sam que vuelva a tocar ‘As time goes by’.
Siempre nos quedará la música para tiempos de zozobra.

Volver a empezar

Recuerdo mis primeros años de escuela como alumno, hace ya tanto tiempo que da vértigo asomarse.
La mano, hecha puño, vellón rosado con el cuerpo extraño del lápiz, y la lengua entre los labios, acompañando con su movimiento los primeros trazos. El descubrimiento de un mundo nuevo a través de grafías asociadas a dibujos de casas, animales, frutas, y estas a sonidos: Ma, me, mi, mo, mu… Mi mamá me mima. Íbamos a la mesa del maestro a leer en la cartilla.  Yo voy ya por la llave y tú por el tomate. En el cuaderno quedaron las líneas inseguras y los garabatos, entre las cuatro paredes de la clase, los sonidos titubeantes de nuestras voces enlazando vocales y consonantes en una red de combinaciones que entonces nos parecía la jungla. En el corazón, el agradecimiento a quienes nos iniciaron en el maravilloso mundo de la lectura y escritura.
Me acuerdo del estreno de aquellos zapatos del ‘Gorila’ y de la pelota verde que nos daban de regalo. De la colocación de las carteras en la puerta de la escuela para guardar el turno de llegada, de la voz del compañero que hacía de vigía y anunciaba la llegada del maestro nada más verlo aparecer calle abajo y de nuestras carreras a su encuentro para darle los buenos días.
De la plumilla que mojábamos en el tintero de porcelana blanca metido en los agujeros del pupitre y que uno de los alumnos mayores llenaba cada mañana. De la fecha, la consigna y la muestra escrita con letra primorosa en la pizarra que nosotros copiábamos con sumo cuidado en la libreta de caligrafía de dos rayas. De la alegría cuando con lápiz rojo el maestro nos ponía ‘Muy bien’ y lo mostrábamos a los compañeros con satisfacción.
En estos días los profesionales de la enseñanza están preparando la vuelta al cole. El papeleo y la burocracia han ido ganando terreno a la docencia. Reuniones de grupos de un mismo nivel, departamentos, coordinación de ciclo, comisión pedagógica, equipo de orientación con los tutores, claustros, consejos escolares…y la elaboración de programaciones y proyectos, del plan del centro, memoria, estadísticas…Los tiempos cambian. Y por si fuera poco este curso ha venido a parir la abuela con la dichosa pandemia.  Tendrán que seguir los protocolos establecidos y anotar y comunicar cualquier incidencia que se produzca, además de estar pendientes de que los niños guarden distancias y observen las restantes medidas higiénicas. “Y el tiempo que te quede libre, si te es posible dedícalo a mí”. No habrá más remedio, quizás, pero es difícil ponerle puertas al campo o encerrar al viento en una jaula.
Desde aquí mi ánimo para todos con la frase que un maestro viejo nos dijo a quienes acabábamos de empezar: “A pesar de todo, los padres siguen confiando en nosotros porque nos entregan para su educación lo que más quieren, a sus hijos”.

Siega y silos

He leído que los silos son las catedrales del campo. Así parece cuando viajando por las carreteras de España aparecen en el horizonte tan peculiares edificios. Esa imagen me lleva a otra que José Ortega y Gasset describe con exquisita prosa: “…allá lejos navega entre trigos amarillos la catedral de Segovia, como un enorme transatlántico místico…”.
El mar y la tierra comparten imágenes y metáforas. ¿Quién no ha asociado el ondulante movimiento de las espigas con las olas del mar?
Pero vayamos al grano. Los silos se construyeron durante la dictadura de Franco con el fin de comprar y almacenar toda la producción de trigo y disponer de una reserva nacional para garantizar el consumo. Hasta el año 1984 el mercado del trigo funcionó como un monopolio estatal con intervención de precios.
 Al final del periodo había en España 663 silos y 275 graneros. Dependieron de organismos conocidos por sus siglas, desde el originario SNT (Servicio Nacional del Trigo), pasando por el SNC (Servicio Nacional de Cereales), el SENPA (Servicio Español de Productos Agrarios), para terminar en el FEGA (Fondo Español de Garantía Agraria).
El fin del monopolio del trigo por parte del Estado y el ingreso en la CEE supusieron un cambio radical en el destino de estas construcciones y en el sistema que regulaba los precios de los cereales. De los silos existentes, 141 quedaron bajo administración estatal. El resto fue transferido a las Comunidades Autónomas. Algunos pasaron a instituciones y empresas privadas o a cooperativas agrarias. Otros están bastante descuidados en su conservación.  Los agricultores echan de menos la fijación de unos precios mínimos que hagan sostenible la producción de cereales y eviten el progresivo empobrecimiento del campo.
Estamos ahora en tiempo de siega. Las siembras aguantaron verdes hasta mediados de mayo y de ahí en una maduración acelerada tornaron a tonos dorados, inclinadas las espigas ricas en fruto a tierra y empinadas y tiesas las vanas, como recoge la fábula de Juan Eugenio de Hartzenbusch con su moraleja que sigue tan vigente.
La siega va dejando los campos de rastrojos. ¡Qué distinta la de ahora a la de entonces! ¡Cuántas fatigas! Sombrero de paja, pañuelo al cuello y en la mano la hoz, media luna negra, y el sol, como plomo ardiente, cayendo sobre las espaldas.  A ritmo del arco de las brazadas formaban gavillas y haces.
Después de la recolección llega el ganado a las rastrojeras. Eran entonces abundantes, aun después de recoger la paja con los carros. No se apuraba tanto. Ahora después de pasar las empacadoras quedan como cara de barbilampiño adolescente. Tampoco recorren las hazas las espigadoras, plasmadas magistralmente en el cuadro de Monet, en busca de restos de espigas caídas en la tierra después de la recolección.
Ahí siguen, como la puerta de Alcalá, los silos, viendo pasar el tiempo y el grano con el mismo traje de hace más de cuarenta años.