Únicos e irrepetibles

Cuando unos padres nos muestran a su hijo recién nacido lo primero que hacemos, después de piropearlo por su guapura y monería, es buscarle parecido con alguien de la familia. Para no quedar mal con ninguna rama distribuimos semejanzas a las dos partes. La barbilla es de tal, pero los ojos son vuestros.
Ahí está un nuevo ser presentando sus cartas credenciales a la vida. De momento lo avala solo la genética heredada. Vendrán después otras variables, que lo irán conformando a lo largo de su existencia.
Cuando vaya creciendo empezarán a manifestarse sus aptitudes y sus carencias. El cincel de sus vivencias, placenteras unas, desagradables otras, irá completando su personalidad. Las dos castas intentarán atribuirse las virtudes, dejando las más problemáticas para la otra parte. ¡A quién habrá salido este niño?, exclamará la madre, es un decir con viceversa, mientras   mira con el rabillo del ojo al cónyuge.
He vuelto a ver estos días la serie ‘La forja de un rebelde’, autobiografía del escritor Arturo Barea, nacido en Badajoz en 1897 y muerto en el exilio inglés en 1957. Entre esas dos fechas sucedieron la guerra de Marruecos y la civil española con todas las calamidades que ocasionaron. Su vida y las de quienes las padecieron no hubiesen sido las mismas sin haberlas vivido.
¿Estamos predeterminados por nuestros genes o somos producto del ambiente en el que nos desenvolvemos?
Cada uno de nosotros es el resultado de tres confluencias que hacen que seamos únicos e irrepetibles: la herencia genética, el ambiente compartido y el exclusivo de cada uno.
Matt Ridley, autor de la obra ‘Genoma’, sostiene que aproximadamente el 50% de nuestra forma de ser es genético. El 25% está influido por el ambiente compartido y el otro 25% lo es por factores ambientales no compartidos, o sea, las vivencias personales exclusivas.
Se han analizado casos de gemelos separados al nacer y criados en familias diferentes. Parejas de recién nacidos sin parentesco entre sí, adoptados por la misma familia y gemelos criados en idéntica familia, donde solo el ambiente exclusivo (distintos amigos, distintas lecturas, distintas experiencias…) marca claramente las diferencias.
No hay dos personas iguales. Ni los gemelos univitelinos lo son. El genetista Shiva Singh tras analizar cerca de un millón de marcadores de gemelos, señala que el 12% de aquellos puede variar. Las células se multiplican y diferencian al desarrollarse y pueden perder o adquirir ADN adicional. O sea, que el genoma no es estático.
Por eso cuando muere alguien desaparece un ser único e irrepetible que merece el máximo respeto porque se va con él una singularidad que no volverá a repetirse jamás. La generación que padeció los malos tiempos de la posguerra y ahora está sufriendo bajas por la pandemia del COVID-19 lo merece, aunque su ciclo vital esté en el último trecho del camino. Gracias a su trabajo y sacrificios pudimos alcanzar el bienestar que disfrutamos hoy.

Abuela

Tengo guardadas entre las páginas de la memoria algunas tardes disecadas. En ellas he encontrado a un niño sentado en la puerta de su abuela comiendo un trozo de pan con chocolate, el tupé recién peinado, pantalones cortos con tirantes y unos ojos como esponjas empapándose de cuanto acontecía a su alrededor.
Me llevaba mi padre a visitarla siendo yo muy pequeño. Se sentaba en la sala que daba al corral por donde penetraba el sol dorado del atardecer que lucía sobre las baldosas rojas, haciendo frontera luminosa de dos espacios en penumbra. Allí tenía la abuela la costumbre de llenar sus recuerdos de costuras y artísticas labores de bordado sobre la luna llena de su bastidor.
Con un moño coronado por una pequeña peineta recogía su cabello blanco y dejaba al descubierto una amplia frente surcada por arrugas. De vez en cuando levantaba su cabeza y miraba por lo alto de sus gafas el reloj que había al fondo de la estancia. Y suspiraba. Sin su cuerpo, ahí está su silla de enea y un me voy, abuela, dejado cariñoso en la mejilla.
En un rincón del corral había un tinajón rojo y panzudo.  En él quedaron y aún resuenan las voces y los ecos de una canción infantil: “Mañana domingo se casa Respingo con una mujer que no tiene manos y sabe coser”.
Nos íbamos después a la puerta falsa, la que da al ejido, al campo abierto hacia el poniente.
Sentados en las piedras que había junto a la pared contemplábamos a sol vencido las faenas de las eras. El acarreo de las mieses. La trilla, la limpia del grano lanzado a paladas, la criba para separar granzas del fruto, el llenado de costales con cuartillas y el regreso de los campesinos a sus casas cuando el lucero destacaba ya punzante en un cielo azul violeta. Al fondo, el largo y rojizo crepúsculo de las tardes de verano.
Por el poniente asomaban las señales de los cambios de tiempo. El lenguaje de los vientos y las nubes, escuderos de temporales y de secas. Las ‘revolás’, las marañas, las bardas paralelas a la sierra…  Del suroeste, en dirección a Fuente del Arco, llegaba el pitido nítido del tren cuando soplaba el ábrego húmedo y templado.  A la derecha, siguiendo la loma de la sierra, el castillo de Reina, alcazaba de origen musulmán. Los restos de sus catorce torres albarranas son la corona en ruinas de un esplendor pasado que peinan los vientos que llegan del océano.
Me he acordado de mi abuela, que murió muy pronto, porque esta esta semana han permitido en la desescalada las visitas a los familiares.  Se habrán producido unos encuentros muy emotivos después de dos meses sin poder hacerlo. Qué difícil habrá sido renunciar a los besos teniéndose tan cerca, si es que se ha podido evitar el instinto del achuchón y los abrazos.

No es justo

En la antigüedad los que sufrían una enfermedad contagiosa tenían que soportar, además de los males físicos, los psicológicos y sociales. 

Las pandemias han provocado siempre temor en la población y marginación en los infectados. Pasó con la lepra, con la peste, con la gripe española, con el SIDA…El desconocimiento de las formas de contagio agravaba estas actitudes. Recuerdo de niño el estigma que sufrían ciertas familias que habían tenido entre sus miembros uno tuberculoso.

Me llamaba la atención en las lecturas que hacía y charlas que nos impartían el caso de los leprosos. Enfermedad maldita desde antes de nuestra era. Cuentan las crónicas que cuando una persona era diagnosticada con ese temido padecimiento, no tan contagioso como se temía entonces, un sacerdote se acercaba a su casa para llevarlo a la iglesia. Allí confesaba por última vez y al terminar el oficio religioso lo despedían en la puerta: “Ahora mueres para el mundo, pero renaces para Dios”. Lo acompañaban hasta a los límites de la ciudad y le leían las prohibiciones. No podía lavarse en los arroyos ni salir de su morada si no era con el traje de leproso, complementado con una capucha de color café. No le estaba permitido acercarse a las tabernas a comprar vino ni tener relaciones sexuales, a no ser con su esposa, si esta no lo había abandonado todavía.

 Lo que más me sorprendía era que los aquejados de este mal debían ir por los caminos siguiendo la dirección del viento y avisar con una carraca o campanilla de su presencia cuando sintieran que se acercaba alguien. Allí, en campo abierto, apartados de todos, tenían que vivir el resto de sus días hasta su muerte.  Al producirse esta tenían que ser enterrados en sus propias casas.

Los avances técnicos, sanitarios y sociales desde entonces han sido espectaculares. No se abandona a nadie a su suerte ni se le expulsa a los confines de los pueblos y ciudades. Gracias a las instituciones sanitarias, pese a gestiones mejorables y a la merma de fondos que han sufrido, todos los afectados son atendidos. El trabajo y dedicación de los profesionales es fundamental.

Estos días nefastos, tanto los sanitarios como trabajadores de otras actividades imprescindibles para la subsistencia, están prestando un servicio público esencial. Ellos son los que reman mientras nosotros permanecemos en nuestros domicilios para que el barco en el que viajamos todos se mantenga a flote.  Debe de ser muy triste y deprimente regresar a casa después de una jornada de duro trabajo y encontrar una nota escrita en el portal pidiendo que abandonen su vivienda. Es injusto. Y deleznable pinchar las ruedas del coche de una médica y llamarla rata contagiosa. Afortunadamente la mayoría regresó ya de la Edad Media y anima y emociona que otros ciudadanos, como los de Lucena (Córdoba), despidan con aplausos a su vecina cuando sale de casa para ir al trabajo.

Plazos

Vivimos de plazo en plazo dentro del que los abarca a todos. El que tiene vencimiento seguro, fecha incierta y no admite prórrogas ni endoses. A unos los encontrará el cobrador, ligeros de equipaje y a otros, cargados, pero con vana esperanza de llevar la carga consigo, pues no hay sitio en la barca para pertenencias.
Otros plazos van marcando nuestras vidas por etapas: Infancia, juventud, madurez, vejez. Pero los hay más pequeños, algunos con término previsible, otros al albur de circunstancias. Hacemos o nos trazan planes para cuando seamos mayores, para cuando terminemos la escuela, los estudios universitarios, para formar una familia…El tiempo parcelado por etapas.
Unos acontecimientos son deseados, otros temidos. Los plazos más quebrantados, los de la hora de llegada a casa cuando la adolescencia trota vigorosa por las praderas de la madrugada. ¡A las doce en punto, te quiero aquí! Sí, sí. “Mañana le abriremos, respondía, para lo mismo responder mañana”.
En los años sesenta, despuntando el sol de la recuperación económica por el horizonte, aunque no tan brillante como el que venía dibujado en las enciclopedias, las familias empezaron a comprar a plazos y a la dita. Modalidades mercantiles que ayudaron a adquirir bienes a muchas familias. De haber sido exigido el pago al contado hubiese resultado imposible para la mayoría.
Las pequeñas empresas firmaban letras a plazos, generalmente a 30, 60 y 90 días. En el tiempo que transcurría desde que llegaba la mercancía hasta que el comprador empezaba a abonarla había margen para a ir haciendo caja.
Tan frecuentes eran estas formas que los que se dedicaban al menester del cobro fueron bautizados con los sobrenombres de sus oficios. Hay descendientes de estos profesionales que aún conservan alias tan arraigados.  El cobrador de las letras llevaba una cartera apaisada de cuero.  Cuando aparecía por la puerta de las tiendas o negocios les cambiaba la cara a los dueños. ¡Qué pronto pasa el tiempo cuando hay que pagar! Como las circunstancias económicas no eran muy prósperas, a veces el agente tenía que volver en días posteriores, siendo el cobro a la vista, por condescendencia con el obligado al pago. En ocasiones, agotadas las demoras, le decía abiertamente que la devolviera, con los consiguientes gastos y protestos.
Estamos incursos en otros plazos ahora. Me recuerdan estos sucesivos aplazamientos de la clausura a una broma que gastábamos de niño. Consistía en atar un billete con un hilo largo y dejarlo en el suelo. Cuando pasaba alguien y se agachaba para cogerlo nosotros, que estábamos escondidos en una esquina, tirábamos de él hasta que se daba cuenta de la broma.
Si un aplazamiento constituye un alivio para el obligado al pago, para el que ha de recibir el beneficio supone un retardo en su disfrute. Pero estos, si por bien es, hay que sobrellevarlos, aunque sea a duras penas. La libertad y la salud bien merecen un aguardo.

La hija de Juan Simón

De vez en cuando llegaban por estos pueblos compañías de variedades con intérpretes de canción española y de flamenco. Sus canciones se escuchaban en la radio casi todos los días, sobre todo en las secciones de discos dedicados. En los cancioneros venían las letras y en la portada la fotografía del intérprete. Aquellas canciones las tarareaba el albañil haciendo mezcla, los labradores en la besana, la moza camino de la fuente o los herreros dándole al fuelle de las fraguas.

Una noche de invierno, no llegaría yo a los siete años, escuché a un hombre en la oscuridad de la calle cantar ‘La cama de piedra’. Seguramente vendría de donde el vino destapa la nostalgia y ahonda la pena. Sin entender muy bien el significado del mensaje de la canción, sí me estremeció aquella voz por el desgarro que transmitía y por las circunstancias de lluvia fina y  oscuridad.  ¡Qué triste dormir en un sitio tan duro con la noche que estaba!

Cuando La Niña de Antequera cantaba ‘Con los bracitos en cruz’ ensalzaba la abnegación, el amor de la madre al hijo por encima de todo y la determinación por juramento de hacer justicia en busca del padre que los abandonó.

Y esos mensajes llegaban al corazón de la gente y emocionaban. Como el ‘Vino amargo’ del desamor de Rafael Farina o la veneración del hijo a la madre de Pepe Pinto: “Toito te lo consiento menos faltarle a mi mare…” O la poderosa voz de La Paquera de Jerez por bulerías buscando en la soledad de las noches sin luna los luceros de unos ojos verdes.

Antonio Molina tenía muchas canciones famosas. Una de ellas, de la que ha hecho una versión recientemente Rosalía, emociona profundamente. ‘La hija de Juan Simón’. “Y era Simón en el pueblo el único ‘enterraor’. Y él mismo a su propia hija al cementerio llevó, y el mismo cavó la fosa murmurando una oración”.

Estos días la he vuelto a escuchar. Si la muerte siempre es triste para los familiares y amigos del difunto ahora se le añade a la tristeza la soledad de los entierros. El Ministerio de Sanidad ha prohibido los velatorios, tanto en lugares públicos como privados y domicilios particulares. Limita el número de acompañantes a tres allegados, además del ministro de culto correspondiente.  Las iglesias han cerrado y los muertos salen por la puerta de servicio de esta vida. No hay dobles de bronce al viento dando el último adiós, ni cabezas venerables destocadas en señal de respeto al paso del cortejo fúnebre. Aunque duela, es necesario para evitar males mayores, lo que no quita el sentimiento de impotencia y desgarro que produce.

Adquiere también profundo y triste sentido por la actualidad de la pandemia la rima de Bécquer, “unos sollozando y otros en silencio de la triste alcoba todos se salieron” … ¡Qué solos se quedan los muertos…y sus familias!

Encerrados

Había estado todo el día de jarana y al llegar a casa encontró la puerta cerrada. Llamó insistentemente varias veces y al no recibir respuesta retrocedió, miró al balcón entreabierto y con el índice al cielo dijo a voces: ¿No me quieres abrir?  ¡Pues que sepas que la que está encerrada eres tú! Y volviendo sobre sus pasos se fue por donde había llegado, vacilante el caminar, pero enhiesta la cabeza.

Si viviera en estos días de zozobra comprobaría que la libertad no siempre está en la calle y que con esta pandemia coronada estamos más protegidos dentro de casa que fuera.  La clausura y el recogimiento han dado muchas veces más frutos que la compaña.

Newton aprovechó su tiempo de reclusión durante la peste del siglo XVII para hacer experimentos de óptica con unos prismas que había adquirido y un agujero abierto en la persiana.

Shakespeare escribió en parecidas circunstancias algunas de sus obras maestras como Macbeth y El Rey Lear.

Miguel de Cervantes inició la primera parte del Quijote estando en prisión… “se engendró en una cárcel, donde toda incomodidad tiene su asiento y donde todo triste ruido hace su habitación”

Yo tuve varias vivencias al respecto. No tengo tantos encierros como san Fermín, pero sí algunos por travieso. Me castigaron un domingo junto con otros amigos a permanecer en la biblioteca del centro traduciendo un texto latino de Lucano mientras los demás compañeros veían ‘Escala en HIFI’, un programa que presentaba entonces Juan Erasmo Mochi y en el que los actores mediante playback interpretaban canciones de moda. Como la televisión era el único entretenimiento de aquellas tardes tediosas me disgustó bastante el castigo. Me sentí desterrado en aquella impresionante biblioteca donde fuimos confinados.  Al principio se me hizo difícil soportar la situación, pero según iba avanzando la tarde aquel silencio rodeado de libros me fue gustando. Dejé que César y Pompeyo se las vieran entre ellos en la célebre batalla de Farsalia y me dediqué a curiosear por las estanterías y anaqueles. Toqué los lomos de libros de antiquísima encuadernación, acaricié páginas amarillentas y admiré los trazos góticos y caracteres arabescos de algunas publicaciones…Un privilegio que no estaba al alcance de todos.

 

 

 

 

 

 

 

En otra ocasión me recluyeron en una habitación de mi casa. Entraba el sol por un agujero de la ventana que daba al patio.  Un haz de polvo en suspensión atravesaba la estancia en diagonal hasta el suelo donde se convertía en moneda de oro. Allí observé sin saber todavía la explicación las imágenes invertidas en la pared cuando pasaba alguien por el corral y comencé a hacerme preguntas.

Por eso ahora sobrellevo bien este encierro a pesar de mi afición a caminar por el campo y observar la Naturaleza. De vez en cuando no viene mal un alto, aunque este sea forzado. Pero sin pasarse, eh, que lo poco agrada y lo mucho empalaga.

Yo me lavo las manos

 

 

 

 

 

 

No para eximirnos de culpa, sino para librarnos del ya manoseado coronavirus nos recomiendan las autoridades sanitarias que nos lavemos las manos frecuentemente. Las extremidades que lo tientan todo tienen una relación preferente con la boca a la que visitan asiduamente junto a las malas compañías que se les unieron en sus trajines y que son poco recomendables para nuestra salud.  

A nosotros, aquellos niños de entonces, nos las inspeccionaban en la escuela y en casa para ver cómo venían de sucias tras haber andado de expedición por tierras, covachuelas y regajos.   ¡Dónde habrás estado? ¡Mira cómo traes las manos!, nos decían mientras les daban la vuelta por el haz y el envés. Cuando la suciedad pasaba las tonalidades del castaño oscuro nos las restregaban con estropajo, quedando estas, además de limpias, coloradas y calientes por la friega. ¡El agua que ha soltado!, remataban a modo de rúbrica y constatación.

En las tardes de verano, palangana, jabón verde y silla costurera, nos escamondaban en el corral para después, repeinados y con lustre, salir a la calle, pan y chocolate en ristre, a jugar con los amigos. Los sábados de invierno nos sentaban al lado de la camilla con las enagüillas levantadas y la camiseta de felpa sobre la alambrera.

No se observaban muchas precauciones para evitar contagios. Las comuniones eran masivas el jueves y el viernes santo en la iglesia del pueblo. Los monaguillos, sosteniendo vela y bandeja, hacíamos escolta al cura y nos reíamos de la forma de abrir la boca y sacar la lengua de los fieles. Tímidas unas, extrovertidas y enormes otras.  Ni imaginar darla en las manos. Todas por la boca con el índice y el pulgar rozando labios y lenguas.  Los besos a la imagen del niño Jesús los días de Navidad, Año Nuevo y Reyes, todos sobre la piernecita cruzada. De vez en cuando un paño blanco para limpiarla.

En algunos pozos del campo había una cuba en el brocal y una lata sujeta con alambre al asa para que el caminante aplacara su sed. Un leve enjuague después de usarla y se dejaba donde y como se encontró.

En las calderetas y comidas en grupo, caldero en el medio, corro de gente alrededor, y cuando tocaba, ‘cuchará’ y paso atrás. Tras el coto, vuelta a repetir la operación.  He visto repartir vino de una jarra y beber de un mismo vaso a todos los asistentes. Eso sí, apurándolo hasta el culo y si quedaban escurrajas se tiraban. En las bodas de dulces y aguardiente, bandeja con dos o tres copas de tamaño poco más grande que un dedal.  Por cierto, siempre me sorprendió que siendo tan pequeña los que las tomaban echasen exagerada y bruscamente la cabeza hacia atrás.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Eran otros tiempos.  Pero entonces todavía se bebía el agua corriente de las gavias y se cogían berros en los alrededores de fuentes y manantiales. 

Miedo

Hemos vivido parte de nuestras vidas con miedo. Nuestros padres y abuelos en los límites del pánico por el tiempo cainita que les tocó vivir.  Madrugadas de aldaba y cerrojo, los golpes en la puerta, los paseos, las sacas…
Nos amedrentaban con las llamas eternas del infierno, el llanto y rechinar de dientes. También aparecían cada cierto tiempo visionarios que anunciaban catástrofes planetarias y el fin del mundo.  Muchas noches me acosté temiendo que con nocturnidad y alevosía la parca con calavera y guadaña me arrastrara a las calderas de Pedro Botero, culpable por despertar a la vida descubriendo mi cuerpo.
A comienzos de los años sesenta nos alarmaban con los efectos de la lluvia radiactiva. Los gases y el polvo que generaban las pruebas nucleares se elevaban hasta la troposfera y después caían cuando llovía en lugares alejados de donde se había producido la explosión.
 El paso de cometas cerca de la tierra ha provocado que augures de medio pelo con mucho cuento y poca ciencia asustaran a los terrestres con calamidades apocalípticas. En 1910 dijeron que el Halley envenenaría la Tierra con el gas cianógeno que traía en la cola.
Nostradamus dejó material suficiente para que cualquier exegeta agorero interprete a su manera las enigmáticas e imprecisas cuartetas que escribió y nos sobresalte con vaticinios catastróficos. La incultura y la ignorancia abonan el terreno para que profetas y visionarios siembren el desconcierto.
Contaban personas mayores que en el verano del año 1936, días antes de la guerra civil, se produjo una intensa lluvia de estrellas, lo que hizo asociar ese fenómeno astronómico con la contienda que se avecinaba. ‘Señales en el cielo calamidades en la tierra’. Sería por eso por lo que ciertas personas crédulas y temerosas se santiguaban cada vez que veían la estela blanca rayar la bóveda del cielo.
Algunas noches los amigos nos reuníamos en un rincón de la calle y contábamos historias que habíamos escuchado sobre marimantas, apariciones, muertos que enterraron sin estarlo, peleas a la luz de la luna con brillo de facas, venganzas por celos…Nuestra fantasía las recreaba y les añadía detalles que nos inventábamos para hacerlas más intrigantes.
Muchos de estos relatos eran comunes a los que se contaban en otros pueblos. Unos jóvenes apostaron con el valor que da el vino quién sería capaz de ir al cementerio una noche de invierno oscura, con lluvia y viento.
Yo sí soy capaz. ¿Y cómo sabremos que has ido? Llévate este saco y lo tiras por la pared al interior. Mañana iremos nosotros a recogerlo y sabremos si es verdad. Los amigos se habían adelantado y cuando el osado tiró el saco se lo devolvieron desde dentro. ¡Pies para qué os quiero!
Con el coronavirus diaria y machaconamente en todos los medios de comunicación, bulos incluidos en las redes y tertulianos deslenguados, ya han conseguido, otra vez, meternos el miedo en el cuerpo.

Perros

No hay vacío más lleno de ausencias que el que queda en las pertenencias de los que mueren. Un halo de vida sin cuerpo permanece en el sitio que ocuparon en la mesa, en su ropa, en su reloj…. 
Rafael Morales lo describe magistralmente en su ‘Soneto para mi última chaqueta’: “Esta tibia chaqueta rumorosa…se quedará colgada una mañana…cobijará una ausencia, una lejana memoria de la vida presurosa…”
Los objetos son las hormas huecas que albergaron una vida. Tras su marcha nos recuerdan al difunto cada vez que los miramos. Sus animales llevan consigo la pena que vaga sin rumbo, buscando la estela del dueño. 
Hay casos que conmueven, como el de perro argentino ‘Capitán’, que acompañó durante más de diez años a su amo en la tumba donde estaba enterrado. De día deambulaba por los alrededores del cementerio y al anochecer se echaba sobre la cripta para dormir. Así estuvo hasta que una mañana apareció sin vida en una de las dependencias del mismo.
No es el único caso. ‘Toto’, un perro labrador, permaneció varias jornadas en las puertas del hospital donde había sido ingresado su propietario. Esperaba que saliera por el mismo sitio por el que entró, pero nunca más lo hizo porque falleció dentro.
El perro japonés ‘Hachiko’ acompañaba todos los días a su dueño hasta la estación de ferrocarril donde este tomaba el tren hacia la universidad en la que impartía clases.  Al anochecer volvía al andén. Pero un día el profesor no regresó porque una hemorragia cerebral le había ocasionado la muerte mientras trabajaba. ‘Hachiko’ tampoco volvió a casa. Se quedó durante nueve años merodeando por la estación y a la caída de la tarde se acercaba al tren donde esperaba encontrarlo. La gente que conocía la historia le llevó comida y agua durante todo el tiempo que duró la angustiosa espera. Lo llamaron ‘perro fiel’. Le erigieron una estatua de bronce en el mismo lugar donde pasó tantos días, como homenaje y reconocimiento. Él mismo asistió a la inauguración.
Estas historias conmovieron a millones de personas de todo el mundo.
Se les coge cariño a los animales. Casi todos conocemos a personas que han sufrido gran dolor por las pérdidas de alguno de ellos, si no nos ha sucedido a nosotros mismos.
Los perros prestan grandes servicios al hombre. En el trabajo, como a pastores y policías, a las personas invidentes como guías, como compañía a los solitarios…
Una nueva actividad está surgiendo en los últimos años. La de ayudar a indigentes en la humillante necesidad de tener que pedir para comer. En las cercanías de los centros comerciales y los templos se les ve atados, mansos, resignados, narcotizados, tal vez, pero confiados a quienes los cuidan. Nos hemos acostumbrado e insensibilizado ante estas situaciones vergonzantes.  Quizás nos muevan más a la compasión ahora los perritos que las personas que los tienen a su lado. 

Amor y muerte

 

 

 

 

 

 

 

Cuando somos jóvenes las vegas fecundas del amor están labradas para que cualquier simiente enraíce.  Hasta de inhóspitos eriales las trae el cálido viento de las glándulas a las feraces tierras de la mocedad.  Un gesto, una mirada, un roce son suficientes. Tan impulsiva como efímera es la atracción en ocasiones. Lo que queda después, si no se agosta, es el amor sereno.

En mis tiempos de estudiante aparecía el encerado de la clase con frases de amor copiadas de poetas. “¡Hoy la he visto…la he visto y me ha mirado…, / ¡hoy creo en Dios!” O la de las golondrinas, también de Bécquer, que nunca más volvieron. Una pavera inacabada.

Cada edad tiene sus formas de amar.  Desde la pasión adolescente a las caricias de la vejez, arrugada la piel, pero tersa el alma.

No sé cómo fue su declaración de amor, si por medio de carta, de una fiesta o bailando un bolero. Ignoro si intervino alguna celestina casamentera.  Pudo también ser un matrimonio de conveniencia y el afecto llegó después con el roce y el trato.  Dicen que a veces duran más que los de contigo pan y cebolla.

Como fuere, la unión resultó muy duradera.  Envejecieron juntos bajo el mismo techo.  Vivían solos y se ayudaron uno al otro hasta que no pudieron valerse por sí mismos. Aquella tarde en que murió ella, él yacía enfermo en la cama, vencido el cuerpo por la edad y el duro trabajo del campo, guerra incivil por medio.

 

 

 

 

 

 

 

No había aún tanatorio en el pueblo.  La primera noche de la eternidad se pasaba en casa. El féretro con una vela a cada lado, en una habitación en penumbra.  

A la tarde siguiente sonaron dobles de campanas a lo lejos, señal de que el cura con el sacristán y monaguillos venían ya calle abajo a llevarse a la difunta.  De la sala sacaron el ataúd. Al pasar por delante del dormitorio donde estaba su marido, este pronunció unas palabras que conmovieron a todos los presentes: “Adiós, compañera, volveremos a encontrarnos pronto”.  El sacerdote desde la puerta asperjó la caja con el hisopo.  Se produjo un profundo y emotivo silencio.

Pensarán ustedes, amables lectores, que vaya temita les traigo el día de san Valentín.  Mas no hay contradicción ni despropósito. Estar enamorado no es un estado exclusivo de la juventud. Tiene vocación de permanencia.  Lo dicen los poetas, como Francisco de Quevedo: “…serán ceniza, más tendrá sentido/polvo serán, más polvo enamorado” y emana del sentir del pueblo: “Hasta después de la muerte, te tengo que estar queriendo, que muerto también se quiere. Yo te quiero con el alma y el alma nunca se muere”. Terminada la vida y cumplida su función la parca, queda el amor, compendio de toda una vida. Inmortal por los siglos de los siglos. Lo que sea el alma que lo averigüen científicos, filósofos, místicos o ascetas.