Pagamos y exigimos

Me dijo un viejo amigo, curado de asombros y escéptico por norma, que las viviendas que poseemos no son nuestras. Somos arrendatarios.  Cuando pagamos la contribución abonamos el alquiler anual. Si dejamos de hacerlo, tras apercibimientos e incrementos, te embargan y podemos quedarnos sin ellas.  Así ha sido con toda clase de gobiernos.

Los otros bienes y servicios públicos, como la educación, la sanidad y las infraestructuras son nuestros porque los pagamos y mantenemos con nuestros impuestos.

Llega la hora de rendir cuentas a Hacienda. Ella recauda, los parlamentos a través de los presupuestos distribuyen y los gobernantes ejecutan.

El organismo recaudador facilita el proceso con el borrador y los datos fiscales, como algunos confesores te iban enumerando los probables pecados en los que podías haber incurrido y tú solo tenías que afirmar o negar.

Del control de los ingresos que percibimos de la Administración no se escapa nadie. En otros todavía existen pillerías. ¿No les han preguntado a ustedes alguna vez aquello de con IVA o sin IVA? 

 

 

 

 

 

 

La aspiración mayoritaria es pagar lo menos posible. Los más pudientes y avispados en el ejercicio de la picaresca se van a paraísos fiscales, blanquean con argucias técnicas el dinero negro conseguido a saber cómo o directamente tocan la bolsa con la mano sin que a veces les piten ni penalti.

La mayoría de los ciudadanos sabemos que para que existan servicios educativos, sanitarios y de infraestructuras hace falta dinero y que debemos colaborar todos en la medida de nuestra capacidad.

Las campañas publicitarias tratan de mentalizarnos de esa necesidad y con más o menos convencimiento está asumido. Pero un mal ejemplo de los que están al lado del asa lo estropea todo. El descubrimiento de fraudes cometidos por personajes que desempeñan o han desempeñado funciones públicas mina la confianza de los contribuyentes. Lo que más irrita es la desfachatez y el cinismo de los que cometen estos delitos y nos han estado aconsejando de la necesidad de que seamos solidarios y colaboremos en el mantenimiento de los servicios e inversiones del Estado.

Los ciudadanos tenemos derecho a exigir una buena gestión de los recursos que aportamos y que no los dilapiden en obras faraónicas de dudosa utilidad a las que les crece la hierba en las juntas sin haber sido utilizadas. Pongamos que hablo, por ejemplo, de ciertos aeropuertos donde se ven más estatuas que aviones.

Ante esto no hay que extrañarse que la gente pague a regañadientes porque no tiene más remedio, pero si pudiera no lo haría. Nos hace falta la educación ciudadana derivada de la confianza que debe inspirar la buena gestión de los recursos y la comprobación de su eficiencia.

Los que administran nuestros impuestos y los malgastan deberían rendir cuentas de su utilización y gestión, y recibir, si el caso fuera, la reprobación social, pero no con recriminaciones que se olvidan pronto y duelen poco, sino judicial y pecuniariamente. 

Pérdidas

La vida es una sucesión de pérdidas que lamentamos cuando echamos de menos lo que perdimos. Del útero materno, donde estábamos tan seguros y nos sentíamos tan a gusto, dice Freud que quizás persista por siempre en nosotros la nostalgia de su abandono.

Hay pérdidas irremediables. Se añoran, pero de nada sirven los lamentos. Charles Baudelaire dice en ‘Los paraísos artificiales’: “Más de uno de estos viejos que encontramos reclinados en la mesa de una taberna, vuelve a verse a sí mismo rodeado de un ambiente que ya ha desaparecido: su juventud perdida es el ingrediente de su embriaguez”.

Otras privaciones son ocasionadas por la vorágine de la vida que nos empuja hacia adelante, sin pararnos a disfrutarlas.

 “Todos queremos más y más y mucho más… y nadie con su suerte se quiere conformar”. Lo cantaba Alberto Castillo, actor y cantante de tangos argentino. Con ese afán vivimos, pero cuando el destino nos da el alto con alguna enfermedad o contrariedad grave volvemos a apreciar las flores, el sol de primavera, la sombra acogedora de una alameda o la lluvia en los cristales, que están ahí como bálsamo y refugio.

Hace unos días me encontré a un amigo dando un paseo por un camino cercano a su pueblo. Hacía tiempo que no lo veía y me detuve a saludarlo. Lo encontré desmejorado desde la última vez que lo vi. Me dijo que había estado una temporada algo pachucho a consecuencia de una intervención quirúrgica y que ese día era el primero que salía de casa después de una larga temporada. Iba disfrutando de la temperatura agradable, de la vistosidad de la jara florecida y del aroma de la lavanda y el tomillo que abundan por aquellos parajes. No sabes cómo echaba de menos estas caminatas, me dijo antes de despedirnos.

Visité hace años en el hospital de Llerena al padre de un amigo que sufría una insuficiencia respiratoria grave. Su estado era desgraciadamente irreversible. Le di ánimos y comentamos anécdotas de tiempos pasados, pues coincidíamos algunas veces en la búsqueda de setas. Ahora, me decía, a lo único que aspiro es a irme con el coche a la orilla del pantano y sentarme a pescar porque es allí donde mejor respiro.

Cuando el año pasado por mayo levantaron el confinamiento domiciliario salí de casa temprano. Quería disfrutar de la libertad por el campo y coger los espárragos que todavía pudieran quedar por los lindazos y lugares más umbríos. Estando en esas, pasó cerca de mí un grupo de ciclistas que me saludaron efusivos. Por un ramal de la Cañada Real Soriana hacían senderismo otros. Todos nos echamos al campo para disfrutarlo. Parecía que también se alegraba con nuestro regreso, como si nos esperara. Antonio Machado escribió que se canta lo que se pierde, pero hay pérdidas que solo son olvidos y están ahí para cuando la vida parece que nos da la espalda. 

Al margen

Cuando baja el caudal de las riadas quedan en las orillas los materiales que la corriente desecha. La imagen del río sirve una vez más como metáfora de la vida.

‘No somos nadie’ es una frase recurrente de nuestro personaje. Y es verdad. Solo es un número escrito en el recuadro de un impreso.

Vive en las afueras. Por temporadas, bajo un puente.  Allá a lo lejos, ajenas, las luces de la ciudad. ‘Por razones de la vida’ (otra expresión suya que revela situaciones convulsas y traumáticas) está al margen porque no le hicieron sitio, no supo buscarlo o le vinieron mal dadas. Abandonó la lucha y se dejó llevar por la indolencia.

El cartero no acude por esos andurriales. Tampoco lo necesita porque no tiene quien le escriba, como el coronel de García Márquez. Ni siquiera los bancos le comunican el cobro de comisiones. Su coche es el de San Fernando y para portar lo necesario tiene un carrito de la compra hallado en un contenedor. Hasta Hacienda lo ignora. ‘Qué pocos amigos tienen los que no tienen qué dar’. Solo dispone de su carnet de identidad, que algunas veces le piden. Sus únicos papeles son los de los periódicos para cubrirse.  Y las estrellas, que contempla por los ojos arqueados, siempre abiertos, del puente.

Un gato, al que habla como si fuera otra persona, le hace compañía.

 

 

 

 

 

 

 

Se alimenta de lo que le dan por la puerta de atrás de algún supermercado y de las pocas monedas que caen en una cajita a sus pies cuando recala en la avenida. Si el frío es intenso de noche, busca por los alrededores para hacer candela. Cartones verticales le sirven de parapeto, según de dónde sople el viento.

Un colchón viejo y dos mantas son su lecho. De mesilla, una caja de cervezas vacía.

La maquinaria social ata con cien cabos a los que tienen algo que perder. Él no tiene asideros.  Sus datos no saltan en los ordenadores de los ministerios y agencias tributarias.   Nuestro protagonista no votó nunca ni le importa quienes manden. Vive al margen de las normas, pero no enfrente, simplemente pasa de ellas. En la sociedad solo aplauden los comportamientos extravagantes de los que tienen mucho dinero. Él no puede ser ni verso suelto, sino el ripio que chirría en el poema.

Una vez tuvo que responder a un cuestionario. Solo rellenó los apartados de su edad, su nombre y apellidos. El domicilio habitual no lo puso porque era variable. Profesión habitual, vivir, mientras lo dejen. Si no causa muchas molestias, nadie se ocupará de él. Por Navidad le dan café caliente. Quisieron llevárselo a un albergue, pero no consintió perder su libertad.

Allá va, de retirada, con su gato y su carro, cuando encienden las luces de la avenida y comienzan a salir de paseo los grupos de amigos para disfrutar la noche del sábado. 

Jeringos

(Dedicado a una persona a la que sé que le encantan)

Comer jeringos lo asociaba con días de fiesta. Cuando las primeras comuniones se celebraban en familia o con los mismos compañeros de la escuela, antes de que se convirtieran en comilonas semejantes a las bodas donde los mayores comparten charla y copas y el comulgante se entretiene con el último modelo de artilugio electrónico en un rincón del salón.

Los comíamos en las cantinas que montaban por feria en la umbría de la iglesia. Allí recalaba la gente antes de irse a casa cuando estaba la noche avanzada y el cuerpo pedía algo caliente para entonarse.

En estos días de Semana Santa, Manuel, apodado el de los jeringos, montaba sus bártulos en las Cuatro Esquinas. Baño de cinc para la masa, sartén con aceite, soporte de bidón para la leña y una pequeña mesa para despachar. Apoyada la jeringa donde el pecho se une al brazo, echaba la masa en el aceite humeante haciendo espirales. Inmediatamente con las varillas las separaba para que no se pegaran. Arriba con ella, un momento para escurrir y a la mesa para trocearla con las tijeras.

 Cuando compraban la rosca entera para llevar le ponía un junco verde para sostenerla y que no se quemaran los dedos. A los mayores que no salían de casa en las fiestas se les llevaba una ración.

El chocolate es el complemento ideal. Espeso y consistente, no la aguachirle que ponían en los colegios. Que al introducir el churro haya que vencer una pequeña resistencia, acción que pertenece a la liturgia de los placeres culinarios y hace funcionar a tope las glándulas salivares.

La Real Academia Española de la Lengua no recoge en su diccionario el término ‘jeringo’, como tampoco le da asiento a ‘posío’, de arraigado y extendido uso por estas zonas, como tierra o campo sin cultivar. No tienen reconocimiento oficial, mientras los advenedizos de las nuevas tecnologías y los más urbanos se cuelan en las nobles páginas que la institución que fija limpia y da esplendor. Clicar, guasapear, friki…

En el tema que nos ocupa, más apetitoso, el diccionario recoge, tejeringo, churro, calentito y porra. Según regiones hay leves diferencias en la masa, donde está el secreto, pero lo fundamental es harina, levadura, agua y sal. Y el medio donde se produce la transformación: el aceite. La blanca masa torna en poco tiempo del albor al dorado y crujiente manjar. Dicen que su origen está en China de donde los trajeron los marinos portugueses. Cuando llegaron a España lo bautizaron como churros por su semejanza con los cuernos del macho de las ovejas churras. Y dicen que fueron los pastores, como en la Nochebuena, los primeros en pasar por el aceite la masa de harina.

Una vez comidos, el cuerpo pide cama. Lleno y reconfortado el estómago, los párpados se ponen intermitentes en una progresiva y lenta retirada de energía de la cabeza al estómago. Que les aproveche.

Una vida en falso

 

 

 

 

 

 

 

 

Lo ideal es comportarnos según las convicciones que tengamos, sin depender del qué dirán ni de la presión social.  Coherencia entre lo que pensamos, lo que decimos y lo que hacemos. ¿Siempre somos todos así de perfectos? Cuento un caso extremo, verídico como Gandía, pero debe de haber más por esos medios.

Una persona fue perdiendo su reputación ante los vecinos por su afición a la bebida y por los escándalos que con ello provocaba. Vivía solo, lo que no era motivo ni excusa de su vida desordenada. Comía mal y a deshoras y andaba por ahí como buey sin cencerro ni perrito que le ladrara. Me parecía el protagonista de la novela de Henry Troyat, ‘Una vida en falso’, que leí de joven y dejó en mí profunda huella.  

Un día se presentó en el mentidero de la esquina donde solía reunirse con los que caían por allí con una herida en la frente. Todos conocían su mal vivir y sus andanzas, así que los presentes suponían la causa del infortunio. Mitad burla, mitad cumplimiento, le preguntaron por el motivo. Él les explicó con acompañamiento de gestos y viveza expresiva, pues era de charla amena y ocurrente, que se la produjo al colgar un cuadro en casa, cosa que probablemente no había hecho en su vida. Se le resbaló de las manos y, mira por dónde, vino a dar con uno de sus picos en la frente.

Los habituales embustes que echaba iban destinados a no perder la estima que creía que podían tenerle los demás, pues antes fue una persona laboriosa y cumplidora. Esa integración que buscaba no perder, fingiendo una vida falsa, era el último asidero para no caer por completo en la autodestrucción. Necesitaba sentirse aceptado, aunque fuera a través de falsedades, intentando ocultar a los demás sus debilidades.

La opinión ajena, que es lastre y grillete si condiciona, también es estímulo si anima. En ocasiones nos comportamos como creemos que los demás esperan que lo hagamos. La frase: ‘No me esperaba eso de ti’ rompe bruscamente la opinión que alguien tenía de nosotros. Una fama que si por hábito es mala lo que te están diciendo es un halago.  La reputación conseguida a lo largo de muchos años se quiebra por la decepción que produce una conducta inadecuada o no ajustada a esa imagen.

El mismo protagonista, otro día, en el mismo mentidero, sin que nadie le preguntara, dijo: “Me voy a acercar a casa porque he dejado el puchero en la candela y tengo que echarle la morcilla.” Bien sabían los contertulios que ni había puchero ni morcilla que lo acompañara, pero nadie le dijo nada. Él sabía que mentía y los demás también. Al fin y al cabo, “¿Qué es la vida? Una ilusión, / una sombra, una ficción/ y el mayor bien es pequeño:/ que toda la vida es sueño/ y los sueños, sueños son”.

Generaciones

Los límites temporales entre generaciones varían. Van de veinte a treinta años, a veces menos, dependiendo de la rapidez con que se modifican las costumbres y comportamientos.

Cambian las modas, los usos sociales y las escalas de valores.  Los jóvenes son los primeros, siempre puntas de lanza, y después, aun a regañadientes, son asumidos los cambios por el resto de la sociedad. No es un proceso uniforme ni en tiempo ni en intensidad. Generalmente las zonas urbanas adelantan a las rurales.

Conductas que hoy consideramos normales, varias generaciones atrás eran escandalosas. Del noviazgo formal y casamiento como Dios manda al me voy a vivir con mi novio o novia. De aguantar carros y carretas en el matrimonio sin que saliera el humo de las desavenencias fuera al ahí te quedas y que te aguante tu madre.  Del si te ha castigado el maestro te lo tendrías merecido a enfrentarse con él por posibles traumas al niño.  De estudiar una minoría a hacerlo la mayor parte de los jóvenes. De viajar en autostop a recorrer el mundo en avión…

 A mi generación la llaman ‘baby boom’, porque después de la segunda guerra mundial se produjo un gran crecimiento demográfico. Pertenecemos a ella los que nacimos de principios de los años cincuenta hasta finales de los sesenta. Tuvimos la suerte de empezar a vivir en un periodo de paz y de recuperación económica. De la dictadura no fuimos conscientes en la infancia, aunque en nuestro país aún quedaban rescoldos calientes de los desgarros que produjo la guerra y sus consecuencias.  Tiempos de emigración, de los primeros seiscientos.  La generación anterior a la nuestra, la de los nacidos entre 1930 y 1948 lo pasó mucho peor. Es conocida como la de los ‘niños de la postguerra’. Fue la menos numerosa y la más curtida en las penalidades.  Cultura del esfuerzo, economía de subsistencia y aprecio de lo poco que se disponía.

A la mía le sucedió la llamada Generación X, o de la EGB. Son los que tienen actualmente entre 40 a 54 años.

La que se lleva la corona de espinas y desventuras de las más recientes es la conocida como la de los ‘mileniales’, los que tienen ahora entre 24 y 39 años. Según la agencia demoscópica 40dB son los grandes perdedores del sistema. Con una tasa de paro del 40.9%,  los que han visto más reducida su jornada de trabajo a causa de la COVID, los más afectados por la pérdida de empleo y los que más han debido reducir gastos.

Una generación se apoya en lo conseguido por la anterior. Nuestros hijos se apoyan en nosotros, que procedemos de un periodo más estable económicamente. Cuando ellos tengan que ayudar a sus hijos, ¿con qué base lo harán?

Una falla social que desemboca en el desencanto y la rebeldía. Si no hay nada que perder estamos abonando el terreno para desestabilizar la convivencia.

Juegos de bar

Cuando la conversación decaía en noches de ‘cordeleo’ por bares y tabernas alguien proponía que nos jugáramos las rondas a los chinos. Las manos atrás para el trasvase de monedas y puños al medio para el envite. También jugábamos al que más sabe.  La consecuencia era que aumentaba el número de rondas y la rapidez para consumirlas. ¡Bebed que os llene!

A últimas horas de la noche solían permanecer casi siempre los mismos clientes en los bares. Veceros de danos la penúltima mientras barrían el local.  Un compañero al que le gustaba apurar la velada hasta la hora de cierre y las copas hasta el culo me dijo que cuando en su dilatada época de interino lo destinaban a un pueblo que no conocía le costaba poco trabajo hacer nuevos amigos. Los encontraba de su condición y gustos en el bar a esa hora bruja del remate, cuando el vino levantaba velos y las conversaciones fluían como el agua de lluvia en la pendiente.

A los bares se acudía para relacionarse con la gente, beber, charlar, leer el periódico y jugar. De la charla a la porfía solo mediaban unas copas. En esos casos, alcohol por medio, mejor dejar política y credos aparte. No hacen buenas migas.  Cada palo que aguante los suyos y con su pan se los coma. De amoríos y celos en tiempos ya lejanos surgieron peleas con citas fuera del local para dirimir diferencias ¡Los valientes, a la calleja!, decía un sabio y viejo tabernero cuando veía que el vino y la presencia de testigos envalentonaban a los porfiadores.

De juegos ha habido muchos. Aparte de los naipes con sus variadas modalidades y el dominó, he visto echar pulsos, competir en fuerza con un artilugio parecido a una cafetera apretando fuertemente con la mano, echar partidas a los dados. Incluso a las damas y al ajedrez en las horas más tranquilas.

Antes de que llegaran las máquinas tragaperras estuvieron de moda las de bolas niqueladas con las que conseguías partida gratis si alcanzabas cierta puntuación a base de lanzarla contra setas con luces parpadeantes que las repelían y meterlas en oquedades de las que salían despedidas. 

También había máquinas ‘cantaoras’. Si las alegrías infantiles sobre caballitos de madera costaban una moneda de cobre en tiempos de Antonio Machado, en los que me refiero por un duro echaban a volar su fantasía durante unos minutos los acodados en el extremo de la barra. Solitarios que expulsaban por la boca en forma de boquilla de trompeta anillos de Saturno temblorosos, que se deshacían en medio del salón. Era otro juego en el que la imaginación bullía al compás de las canciones. De allí podía salir el acodado, montera en mano por la puerta del Príncipe, con los bracitos en cruz, haciendo brindis al vino y las mujeres o echando el capote al suelo para que pisara la morena de la copla.

DNI

A primeros de mes volverá al pueblo el equipo que hace y renueva los DNI. Han pasado diez años desde la anterior renovación y ya toca otra vez. La fotografía se quedó parada, pero los años han seguido en caída libre. Yo, como voy conmigo, no me entero, pero los que la miran necesitan varias pasadas y algún arqueo de cejas para asegurarse que no soy un impostor. Puede que esta renovación sea la última y me den el permanente, que caducará cuando yo. Ignoro si en su tramitación todavía te sujeta el funcionario el dedo y lo mueve a derecha e izquierda para que los tortuosos caminos de las huellas queden bien impresos. A mí me parecen esas curvas las isobaras de una gran borrasca.

Se cree que el alma abandona el cuerpo cuando mueren las personas. No lo sé, pero sí que el DNI sobrevive a quienes identifican. Lo necesitan los deudos para variados y obligados trámites. Permanecerán registrados en los ordenadores de la administración, de los bancos, de las compañías eléctricas y telefónicas…  Y cuando todo esté saldado y repartido, los números irán al cementerio de los dígitos huérfanos.

En el periodo de colonización de América, se estableció un sistema para controlar las personas que salían de España. Se otorgaban las llamadas ‘cédulas de composición’, que eran unos pergaminos con los datos del poseedor escritos a mano. Estaba prohibido a los extranjeros residir en los territorios españoles de ultramar. A pesar de ello muchos se arriesgaban a cruzar el Atlántico y establecieron allí su residencia en busca de fortuna. Para regular esta situación se otorgaban estas cédulas a quienes llevaban tiempo viviendo en las colonias con sus familias y poseían bienes. Concesión que estaba sujeta al pago del tributo correspondiente.

Hasta el reinado de Fernando VII no aparecen unos documentos con cierto parecido a los actuales DNI. Las llamaban ‘cédulas personales’ y ‘cartas de seguridad’.  Las expedían los ayuntamientos y diputaciones para aquellos que tuvieran que realizar gestiones con los organismos oficiales. Eran fáciles de falsificar.  En el mismo reinado se creó la Policía General del Reino, concediéndole la facultad de realizar padrones con los datos del sexo, estado, profesión y naturaleza. Esta facultad sigue atribuida, con los cambios pertinentes originados, a la Policía Nacional.

Los sucesivos modelos de DNI han ido reduciendo tamaño, modificando colores, acumulando información sobre nosotros y aumentando prestaciones.

El actual no es tan antiguo. Lo implantó el régimen surgido de la guerra civil por medio de la convocatoria de un concurso para su diseño, que ganó D. Aquilino Rieusset Pachón. Hasta el año 1951 no se expidió el primer ejemplar, que fue, con el número uno, para Francisco Franco; el dos para su esposa y el tres para su hija. Años después, se reservaron para la familia real los números del 10 al 99.  En el cementerio de los números de carnet también hay jerarquías.

Río Duero

Me gusta pasear por el campo estos días de febrero porque la primavera se anuncia en los almendros. Duro y de rugoso aspecto en su exterior, pero de bellas y delicadas flores. Destacan, blancas y rosadas, en los ribazos y entre los olivares de la sierra.

Tiene la edad madura algo de similitud con este árbol. Los años endurecen y arrugan la piel, pero el aspecto engaña e igual que en ellos ofrecen hermosas flores, de los mayores pueden nacer los sentimientos más excelsos. ¿Por qué se emocionan tanto los viejos si no es porque conservan en su corazón la ternura que su físico les vela?

Pienso estas cosas mientras paseo por la ribera del arroyo de la Corbacha, casi seco en los últimos veranos, pero que en inviernos lluviosos se convierte en caudaloso río con imponente rugido entre las abruptas rocas de su cauce. Quedan restos de viejos molinos en sus orillas y en sus vegas florecieron feraces huertas que llenaron de vida estos parajes.

Recuerdo otros días de lejanos febreros. La lluvia repentina y breve, la luz del sol que aparece entre trozos de añil y levanta el arco iris sobre la nube negra que se aleja. Los bulliciosos trinos de ruiseñores en la alameda y en el pelo mojado de una joven, efímeros reflejos bellamente tentadores. De nuevo el campo se oscurece al paso de otra nube que se acerca con un rumoroso galope de lluvia. Llega y nos moja. Juntos buscamos la protección de nuestros cuerpos hasta que se aleja por los olivares arrastrando entre las ramas los volantes de sus cortinas de agua.  El sol vuelve a dejar medallones sobre el campo verde y entre la siembra se escuchan los reclamos de la perdiz en celo. 

A mi paso han levantado el vuelo, sorprendidos, unos cuantos patos azulones. Una gallineta esquiva ha sobrevolado a ras el agua y se ha escondido en las eneas.

Si este pequeño arroyo provoca en mí tantas sensaciones, qué no será el Duero para muchos amantes de la naturaleza y la poesía al pasear por los mismos lugares que inspiraron a tan insignes escritores.

Gustavo Adolfo Bécquer ubicó allí la acción de dos de sus ‘Leyendas’: ‘El monte de las ánimas’ y ‘El rayo de luna’.

Y qué decir de Antonio Machado: “Allá, en las tierras altas, /por donde traza el Duero /su curva de ballesta/en torno a Soria, entre plomizos cerros/ y manchas de raídos encinares, /mi corazón está vagando en sueños…”

Hay un proyecto para construir una urbanización en su orilla derecha a su paso por Soria, lo que alteraría el paisaje y su patrimonio sentimental.

Visitas

En formación, tras el toque de retreta y antes del de silencio, se daba lectura en los cuarteles a la orden del día. Entre los servicios asignados para el día siguiente figuraba el de ‘visita hospital’, que consistía en ir un grupo de soldados a ver a los enfermos para darles ánimos y ofrecer asistencia a los que pudieran necesitarla.

Los obispos realizan periódicamente visitas pastorales a las parroquias, por aquello del buen pastor.

En Semana Santa los fieles celebran la visita a los monumentos o altares para orar ante ellos.

Hubo en tiempos una llamada ‘visita de aspectos’ que hacían los médicos a la llegada de las embarcaciones a puerto para comprobar el estado de salud que traían los viajeros tras la travesía. Sin ‘biodramina’ se pueden imaginar el aspecto que traían algunos.

 

 

 

 

 

 

Los visitadores de la Real Audiencia efectuaban visitas a los municipios para, mediante observaciones e interrogatorios a vecinos y autoridades, levantar un completo estudio de la situación en que se encontraban.

Mario Vargas Llosa en su obra ‘Pantaleón y las visitadoras’ narra las que realizaban estas para levantar la moral, y supongan qué, a los soldados. Parece ser que con excelentes resultados.

Las ‘visitas de cumplido’ se hacen en los pueblos para mantener viva la relación social entre los vecinos mediante parabienes y condolencias. Ya han perdido esplendor y palidece su práctica. La pandemia ha venido a darles el tiro de gracia.

Cuando llegaba una familia a vivir a la calle se le hacía una visita de cortesía y bienvenida. Presentación de credenciales a la inversa, con ofrecimiento de casa y ayuda para todo lo que necesitasen, que por mal no fuere ni Dios lo quisiera. ‘Ya saben ustedes dónde estamos para lo que se les ofrezca’.

Otras estaban motivadas, y aún perviven, por haber sufrido intervención quirúrgica, enfermedad o pérdida de un familiar. Estas son acompañadas de presentes de dulzainas para aliviar los sinsabores.

Por supuesto no faltaban los cumplidos de rigor, porque el ánimo a través de las palabras también sana y reconforta. ‘¡Pues si parece que no se ha operado!’ ‘¡Qué buen semblante tiene!’ Aunque su rostro estuviera como el de la Dolorosa en Viernes Santo.

La visita no estaba completa si no se interesaba cada parte por cada uno de los miembros de las familias respectivas. Y escozor quedaba si se olvidaba preguntar por alguno.

 

 

 

 

 

 

Tópicos y muletillas dichas oportunamente. ‘Nos vamos a ir ya, que se está haciendo tarde’ ‘¡Qué prisa tenéis!’  Si callaban podía interpretarse como que tenían los anfitriones ganas de que se fueran y, aunque estuvieran deseando que lo hicieran, no se debían dar muestras de ello.

El refranero recoge la experiencia: ‘Las visitas, cortitas’. ’Visita cada día, antes de la semana hastía.’ ‘Placer dan, sino cuando llegan, sí cuando se van.

Con sus aspectos positivos y negativos son parte de nuestra pequeña historia, que cambia y se diluye en la memoria.