Progresistas

 

Si en una encuesta nos preguntaran si somos partidarios del progreso, una gran mayoría de los encuestados respondería que sí. Siempre hay que dejar un margen para los que piensan que se vivía mejor en las cavernas.

El problema está a nivel lingüístico porque el adjetivo que califica a los que así piensan ha sufrido desviaciones semánticas que generan controversias.  

Cuando nombramos a las cosas las dotamos de identidad. Las trasladamos de las difusas tinieblas de lo inconcreto a lo preciso de la luz. Es una manera de organizar las ideas, conceptos, emociones, modas y actividades que van surgiendo.  Gabriel García Márquez, en Cien años de soledad escribe: “El mundo era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo”.  Asignarles nombres es un acto de creación.

Una vez creadas, las circunstancias sociales y culturales las van perfilando y a veces cargándolas de matices que modifican su significado original e incluso vaciándolas de los mismos.

La lengua evoluciona. Unos vocablos dejan de usarse y otros aparecen para designar nuevas realidades. Con préstamos de otros idiomas y términos de elaboración propia estructuramos la realidad y enriquecemos nuestro idioma.

El uso abusivo de ciertas palabras lleva a debilitarlas, a que pierdan lozanía y expresividad. El adjetivo genial ha pasado de la excelencia a algo parecido a no está mal o a ser un latiguillo para salir del paso de los cumplidos.

 

 

 

 

 

 

Otro tanto sucede con sublime. Tanto y en tan variadas situaciones se utiliza que ha perdido brillo y eminencia, bajando peldaños en el escalafón hasta situarse cerca de lo ordinario.

Si a los juristas se les clasifica de progresistas y conservadores, se deteriora el neutral fin que debe presidir la impartición de la justicia, como cuando a la democracia se le añaden apellidos, que en lugar realzar degradan.

Con el sufijo -ista, unido a raíces, nombramos oficios y profesiones: pianista, futbolista, dentista…

También designamos a los seguidores o simpatizantes de una ideología, creencia o sistema político: comunista, fascista, centrista…

Calificamos las características personales o estados de ánimo: optimista, pesimista, derrotista…

El término progreso y su familia semántica tienen en común el sentido de ir hacia adelante, en oposición a retroceso o estancamiento. Pero a un miembro de tan liberal linaje, a progresista, lo ha deteriorado la contaminación política con unos matices peyorativos donde caben la ironía, el desdén, la burla, el insulto o el desprecio de los que defienden ideologías más conservadoras y tradicionales.

Quizás la culpa la tienen quienes, alardeando de defender el progreso, no han estado a la altura de las exigencias éticas y morales que ello lleva consigo.

El descrédito de algunas palabras en ocasiones refleja el de las personas o instituciones que tienen obligación de darles lustre. O el de quienes, a falta de argumentos más consistentes, utilizan la lengua para debilitar al adversario e intentar transformar la realidad a conveniencia.

Navidades

Era entonces la Navidad un portal de Belén con luces de colores. Rojo de celofán, el fuego; de plata, los arroyos y la estrella anunciadora. Nuestros padres eran salvaguarda de inclemencias y contrariedades.  La cena de Nochebuena, sin langostinos, pero con apetitosas comidas elaboradas con esmero y cariño. Copa de anís y algunos mantecados, como remate al pollo de corral, al escabeche o arroz con bacalao. Villancicos por las calles de aquellos campanilleros que no volvieron. Las calvas de pastores, mayorales, aperadores y labriegos, protegidas del sol en sus tareas campestres, brillaban desnudas en la misa del gallo y contrastaban con sus rosadas mejillas ante la mirada divertida de los niños que estaban en el coro.  La nochevieja aún no había alcanzado la madurez de los trasnoches y San Silvestre pasaba de puntillas sobre la blanca escarcha de los tejados. El tránsito entre años era un plácido sueño de estrellas en lo alto.  Los Reyes Magos entraban con sus pajes y camellos por balcones y ventanas cuando ya estábamos acostados. La fantasía entonces no preguntaba por los trucos ni respondía a razonamientos. A la mañana siguiente la ilusión se desbordaba por las calles del pueblo con la primera luz del alba. Pelotas, muñecas, casitas en miniatura y juegos de mesa componían la carga fundamental de sus alforjas.

Fue después la Navidad una casa deshabitada, decorada para estas fechas con guirnaldas, un tocadiscos y una débil luz bajo cuya penumbra bailábamos ascendiendo por los peldaños del deseo.  Siempre hubo alguien con vocación de pinchadiscos cuando no había cinturas donde poner las manos.  Unas tardes de paseo por los verdes prados del ejido a la busca de un cruce de miradas que mantuviera encendida las ascuas del amor primero. Serenatas a la luz de la luna y una carrera a la huida al oír abrirse los cerrojos. La primera borrachera buscando evasión y alimentando quimeras desembocaba en el vacío y la resaca. Los primeros pinchazos de las espinas de la rosa, tan bella, y el derrumbe de idealizados baluartes. En una máquina de discos del bar sonaban canciones de los Módulos y los Bravos.

Ahora, en las Navidades de estos años en que estamos rebasando los últimos recodos del camino, acude el recuerdo de los que ya no están. El portal es un árbol con luces parpadeantes y la cena se hace en una mesa donde los comensales tienen a mano un teléfono que recibe mensajes. En las plazas y calles lucen las bombillas que conducen al imperio del consumo. Hay competencia entre ediles por llenar las ciudades con luces de leds y abetos artificiales. El escenario de este gran teatro luminoso donde los actores nos deseamos rutinariamente unas felices fiestas y próspero año nuevo. Al final, cuando se apaguen las luces, vendrá el brusco descenso a las entrañas frías de enero y volveremos a ver lo que no hemos visto con ellas encendidas.

Dudas y preguntas

Es tan fugaz la luz en estos días
que del alba al ocaso su lucero
apenas echa un sueño pasajero
en el blanco cristal de las umbrías.

De los astros sin fin las armonías
indudable señal de vida espero,
y a lo desconocido le requiero
claridad a mis dudas y porfías.

Cadencia de equinoccios y solsticios
en perpetuos retornos que no cesan
de aumentar sin certeza los indicios,

preguntas sin respuestas que regresan
al origen de todos los inicios,
sin hallar comprensión a lo que expresan.

¡Ay de los vencidos!

Existen sentimientos y conductas que son atemporales, inherentes a la condición humana.  El amor, el odio, los celos, la ira, la envidia, la ambición… vuelven en cada época histórica, como las olas del mar a las orillas, con formas y modos diferentes, pero con la misma índole.

El jefe galo, Breno, en el siglo IV antes de Cristo, accedió a retirarse de la ciudad de Roma tras un pacto con los romanos, los cuales debían pagar una determinada cantidad de oro por la retirada.  Estos protestaron al comprobar que Breno había puesto su espada en el platillo de las pesas, con lo cual tendrían que aportar más cantidad del metal dorado.  Ante las quejas, respondió con una frase lapidaria: «Vae Victis». ¡Ay de los vencidos! O lo que es lo mismo, yo soy el vencedor y pongo las condiciones.  O lo tomáis o lo dejáis.

La caída en desgracia de los que un día gozaron del poder y la gloria en cualquier actividad social es un tema del que tratan muchas obras literarias, clásicas y modernas.

A nivel popular existe una canción que describe claramente lo que va del éxito al fracaso: “Cuando yo tuve dinero me rondabas los umbrales, ahora paso y no me miras porque no tengo dos reales”.

Quienes utilizan la política en su propio beneficio se aprovechan de ella. Algunos, no todos, son repudiados por meter la mano o la pata. Los mismos que les aplaudían y les reían las gracias manifiestan que no los conocen, les niegan el saludo o se mudan de acera cuando los ven venir. De palmotear efusivamente sus espaldas con abrazos de los que levantan el polvo de las chaquetas, a esquivarlos.

Dos frases compendian lo que refiero pronunciadas en casos recientes, sin señalar porque está feo. Pero usted, amable lector, puede identificar fácilmente a sus protagonistas.   “En el aspecto personal es un gran desconocido para mí”. Y la otra, en el otro bando: “Ese señor del que usted me habla”.

Hasta las pulgas huyen de los zorros cuando mueren.

Cicerón decía que la historia es maestra de la vida porque de ella se aprende. Y bien que aprendieron los espabilados que previendo que tarde o temprano tendrán que abandonar sus cargos, aplican a su proceder lo que cuenta el evangelio que hizo un mayordomo que iba a ser despedido por no administrar honestamente los bienes de su dueño. Llamó a los deudores y les rebajó las cantidades que le debían. Con ello se granjeó amigos para su inmediato futuro. La astucia previsora. ¿No hacen eso cierta clase de personajes para asegurarse un futuro acomodo bien remunerado?

De los vencidos con honra, gloria a Justino Nassau al que Ambrosio Espínola dignificó y Velázquez inmortalizó en la rendición de Breda. No son iguales todas las caídas. De los que lo son por robo, fraude o negligencia, que la justicia los juzgue y la Macarena los ampare.

Docentes

Ayer se celebró el día del maestro, festividad que acoge también a los docentes de las enseñanzas medias. Una fecha para reconocer la labor de quienes se dedican a dotarnos de las herramientas necesarias con las que descubrir el bagaje cultural que la humanidad ha acumulado y ponernos en el camino para conseguir nuevas metas.

Lejanas vivencias de niño afloran desde las capas más profundas de la memoria, como vaho de la tierra en estos días de sementera cuando el arado profundiza y la remueve. Guarda todavía en su interior el calor de la infancia cuando, asombrados, empezábamos a descubrir el mundo.

En el puño, vellón rosado, el lápiz fuertemente asido. La lengua, como pez entre labios, acompañaba los trazos de mis manos. ¡Mis primeras letras abriendo caminos en la vieja escuela! Llegaban a los renglones de la libreta los latidos del corazón a través de mis manos.

¡Quién pudiera estrenar zapatos nuevos y jugar con la pelota verde del gorila que nos daban de regalo con su compra! Colocar las carteras en hilera para guardar el orden de llegada y al escuchar la voz: ¡viene el maestro! ir hasta él y darle los buenos días. Mojar en el tintero del pupitre para escribir la fecha con plumilla, cuidadosamente y con esmero de artesano. Repetir la muestra trazada en la pizarra por el maestro en una carilla del cuaderno de caligrafía.

Mi madre preparaba el café de puchero, hecho en el anafre con carbón. Migaba las tostadas y ponía sobre ellas la nata en un tazón de porcelana. Con legañas y los ojos aún hinchados, el aseo en la palangana al lado del brasero. En los tejados, la helada y el humo de las chimeneas… Con mi cartera de cuero me iba a la escuela, no sin antes tirarle piedras a los carámbanos que se habían formado en el arroyo. El sol, en estos días de finales de otoño, débil, dorado y esquivo, levantaba la bruma en la cañada donde jugábamos al fútbol por la tarde.

Pupitres con tinteros… olor a goma de borrar… El maestro, pronunciando los dictados. Nuestros dibujos con los dedos en los cristales empañados de las ventanas…

 

Eran los tiempos de la dictadura, pero, aparte de las consignas escritas en el encerado, del izado de banderas y de las fotografías de Franco y José Antonio en la pared, los maestros nos enseñaban normas de buen comportamiento, sin necesidad de que estuvieran recogidas en ninguna asignatura específica.  Unos valores universales que fueron calando en nuestras vidas. Disciplina en los horarios, orden y limpieza en la presentación de los trabajos, respeto a los mayores, tolerancia hacia los fallos ajenos, compañerismo…

La memoria lima aristas y deforma los recuerdos, pero cuánto ha cambiado la sociedad para que las administraciones públicas tengan que intervenir con el fin de reforzar la autoridad de los docentes ante las presiones que sufren. Mal camino llevamos.

Va de huevos

Siempre ha habido clases. También en las aves.  De corrales, de campo abierto y en cárceles de alambre. De sus huevos tienen mejor venta los camperos que, al menos en las etiquetas, evocan a la naturaleza y en su interior lucen naranja.

Si los cerdos salvaron tantas vidas como la penicilina, no le van a la zaga las aves de corral.

Entre los recuerdos de la infancia de los que vivimos en los pueblos, los que con más viveza permanecen en nuestra memoria son los patios y corrales, los ejidos, las eras y por allí rondando, gallos y gallinas. Comen a pico y pata, no por condena, sino por tendencia natural de subsistencia.

Les ha llegado la hora del censo y protección. El peligro viene de arriba, esa zona que ellas miran girando la cabeza hacia un lado, de otras aves que vuelan y bajan en busca de agua y alimento.  Eso dicen los que saben. Como no es cuestión de ponerles mascarillas a cada una, se les confina en interiores o al menos protegiéndolas con redes pajareras para evitar que otras congéneres accedan a los bebederos y comida. ¿Saldrán comisionistas nuevos?

De paso, los controladores se meten un poco más en nuestras vidas. Pronto nos sacarán la cera de los oídos y tendremos que pagar por la plusvalía de hacerla velas.

Además de huevos y carne para el arroz de los domingos, aportaron riqueza a nuestro vocabulario. Sus dormitorios sobre palos bautizan a las localidades más altas y baratas de cines y teatros. A la gallina se le colgó la etiqueta de la cobardía por su tendencia a guardar distancias, a huir y evitar confrontaciones. El gallo, por el contrario, es altivo y pendenciero, defensor de sus dominios. Hasta le dio nombre a una saga de toreros. El caldo de la gallina es sustento reconstituyente y fue marca de clase de tabaco. La emoción y el miedo se reflejan en nuestros cuerpos poniéndonos la carne como a ellas. Y si las circunstancias vienen mal dadas puede salir uno como el gallo de Morón, sin plumas y cacareando.

Sus plumajes son variados. Van del blanco al negro, pasando por anaranjados y jabados.

La cresta del gallo, más roja y erguida, la de la gallina, más descolorida, caída hacia el lado como gorrilla de jornalero.

El amanecer y el anochecer están muy vinculados a la asignación de cualidades que les asignamos.  Los gallos por ser pregoneros del alba y las gallinas por acostarse temprano. Parece como si las últimas estrellas de la alborada fueran granos de trigo que ellos se comen. A Venus lo dejan para el postre. Un chupito de luz.

El precio del producto estrella de estas gallináceas corraleras ha subido de los nidales a las estanterías con un vuelo más veloz y potente que el de sus ponedoras. Consecuencias de la oferta y la demanda. La cosa tiene huevos.

Vanidades

En la vida aspiramos a superarnos y a mejorar personal y profesionalmente. Para ello es necesario el esfuerzo y la lucha contra las dificultades. Fijarse una meta, pelear por ella y no hacer caso a las sirenas que intentan distraernos en nuestra travesía.

Es encomiable el tesón de los que se esfuerzan por conseguir lo que se proponen con su trabajo o sus estudios. Ese afán es el motor que hace que la humanidad progrese.

Salvo los sabios, a los que no les atraen ni el dorado techo de los palacios ni les enturbia el estado de los soberbios, en palabras de Fray Luis de León, los demás luchamos por prosperar y aportar lo que podamos a la sociedad.

Cursar carreras universitarias, crear empresas, destacar en actividades artísticas o deportivas, investigar… son algunos campos en los que la actividad humana puede encontrar el modo de satisfacer sus aspiraciones. Todas necesitan muchas horas de trabajo y de renuncias y, salvo envidiosos, el reconocimiento de los demás, pues es un estímulo que ayuda a perseverar en el empeño.

Ciertos sujetos, ajenos al esfuerzo y sacrificio que estos logros suponen, los buscan por atajos, pero no renuncian al brillo social que los mismos representan. Todos los vicios dan tregua, pero la vanidad del mundo nunca dice basta, escribió Baltasar Gracián.

Los que tienen la habilidad social de rodearse de personas de las que pueden conseguir favores y prebendas, lo intentan por esa vía. ¿Se han fijado ustedes en las reuniones de alto copete en las cabezas que giran como brújulas en busca de otras personas más influyentes sin hacerles ni puñetero caso a quienes les están hablando?

Para el acceso a la, en teoría, noble actividad política, no se exigen condiciones previas de preparación, salvo el ser español mayor de edad y no estar privado por sentencia judicial firme del derecho a ser elegido. Así tiene que ser en puridad democrática. Entran los que van con la loable intención de mejorar las condiciones de vida de sus conciudadanos y los que, a rebufo, medran por sus intereses personales. Alguno lo dijo a boca llena: me he metido en política para forrarme.

Verse de la noche a la mañana con poder, infla la vanidad de ciertos electos. La atracción por honores y coronas de laurel es insaciable y ha llevado a algunos a añadir a sus currículos títulos falsos para dar lustre a sus ensoñaciones. Pero los títulos, salvo los heredados de origen medieval con pomposos apellidos, preposiciones y conjunciones, hay que trabajarlos y merecerlos.

Aparentar lo que no se es disfraza un complejo de inferioridad y una humillación cuando son descubiertos. El escudero al que sirvió el Lazarillo, intentaba engañar a los demás engañándose a sí mismo cuando paseaba con buena disposición y razonable capa y sayo sin haber comido el día anterior nada más que un mendrugo de pan que le trajo su criado.

Viejos oficios

 

 

 

 

 

 

(Fotografía del periódico El Norte de Castilla)

Los adelantos técnicos y los cambios sociológicos han hecho que en el medio rural haya ido cambiando la forma de trabajar y desapareciendo muchos oficios. La mayoría dependientes, directa o indirectamente, de la agricultura y la ganadería. De la siembra a voleo y la siega a mano con la hoz a las modernas sembradoras y cosechadoras hay una gran diferencia, con ahorro de esfuerzo y rentabilidad económica.

Las grandes casas de labranza disponían de numerosas y variadas plantillas.

De aperadores a gañanes y de mayorales a pastores, sin olvidar a yunteros y vaqueros, por ejemplo. Además de las personas que empleaban para el servicio doméstico: planchadoras, niñeras, cocineras, lavanderas… Ni sueldos ni impuestos ni derechos eran los de ahora.

La desaparición de los animales de labor llevó consigo la de los profesionales que se dedicaban a la confección y reparación de sus arreos y aperos. Talabarteros, herreros y herradores tuvieron que adaptarse a los cambios o desaparecer.  

En mi pueblo, de más de diez zapaterías, con maestros y aprendices, no ha quedado ninguna.

 

Las actividades de echar unas medias suelas, reparar tacones, clavar tachuelas, coser con leznas y engrasar con cerote los cabos fueron desapareciendo paulatinamente.

Tan vinculados estaban los oficios a las personas que los ejercían que bautizaban a ejercientes y herederos con los nombres del oficio.  Juan el del molino, Carlos el jabonero, José el mayoral, tío José el caballista… Lo de tío y tía es un tratamiento que se conseguía con la edad y el respeto. Entre el don y el tú.

En Llerena, mi amigo Francisco Escudero todavía conserva el sobrenombre de Espartero, no por el torero, sino por la digna y artística profesión de su padre que trabajaba con el esparto.

Los recoveros recorrían aldeas y cortijos cambiando productos de los que no disponían allí, por otros de producción campestre, como huevos y gallinas.

Desaparecieron de las calles los afiladores con sus bicicletas y sus chiflos.  Los silleros que echaban los asientos de las sillas con las eneas cogidas en el río. Paragüeros y lateros de estaño y alicates…

Dejaron sus ocupaciones curtidores y ladrilleros, carreros y arrieros con sus borricos por caminos en mal estado. Los caleros que extraían la cal viva de las caleras. Picapedreros, canteros y peones camineros. Poceros de soga a la cintura y asidero en el brocal, jaboneros de aceite usado…

Hasta un sastre tuvimos de jaboncillo azul y cinta métrica. 

Cisqueros y carboneros de retamas y encinas, de negro aspecto y rojo fuego.

Diteros de libreta a crédito.

Telefonistas de centralita y latiguillo de ‘le pongo’. Pregoneros de voz ronca y trompetilla. Relojero de lupa y soplo.

No sospechábamos entonces que el verso de Juan Ramón Jiménez que dice que “el pueblo se hará nuevo cada año” se iba a transformar con el paso del tiempo en el pueblo se irá haciendo viejo y languideciendo poco a poco cada año.

Pisos compartidos

Todos los animales tienen un lugar donde sentirse protegidos. Donde refugiarse en tiempo de inclemencias y descansar del ajetreo de la vida.  Nidos, guaridas, madrigueras, covachuelas… incluso las ramas de los árboles sirven para ello. Las personas tenemos nuestras viviendas, sean más pequeñas o más grandes, más sencillas o más lujosas. Cuatro paredes y un techo forman un hogar. En ellas los corsés de las vestimentas que nos imponen las etiquetas sociales se cuelgan en las perchas.

Cobijo en el que la familia charla sin oídos inoportunos, comparte tristezas y alegrías y se lavan los trapos sucios si los hubiera.

En esa burbuja los ajenos tienen su tiempo de acogida y cortesía, pero nada más porque, según establecen los buenos modales y la experiencia, las visitas deben ser cortas y limitarse a los cumplidos.

La Constitución Española establece en su artículo 47 el derecho al disfrute de una vivienda digna y adecuada y a los poderes públicos la obligación de promover las condiciones necesarias para hacer efectivo este derecho. Una aspiración de buenas intenciones que está lejos de alcanzar sus objetivos.

En nuestros pueblos era frecuente en tiempos no tan lejanos que los recién casados, a falta de vivienda propia, se quedaran en las de los padres de uno de los cónyuges, generalmente en los de la mujer. Una rama ganaba un hijo y otra lo perdía.

Acondicionaban una habitación como su zona exclusiva.  Las demás dependencias de la casa: cocina, cuarto de aseo, sala de estar, patios, corrales y pasos eran de uso compartido por todos los miembros de la familia, que podía incluir también a los abuelos. Todos, aun no queriendo, estaban al tanto de las peripecias y horarios de los demás.

La convivencia es complicada y exige renuncias y adaptaciones. La zona exclusiva de cada morador se reduce a unos metros cuadrados. Tienen que regularse el uso de los servicios, los gastos comunes, las visitas de amigos y familiares… Y lidiar con el carácter de cada uno. En suma, se pierde libertad y aumentan las molestias.

Los grandes datos de la macroeconomía española, según nos dicen, son buenos, pero, como la lluvia, van calando lentamente hasta las zonas más profundas.  Y a veces ni llega porque antes la han absorbido las capas de arriba.

Ahora que los pueblos pequeños están perdiendo moradores y existen más ofertas de casas no hay quienes las compren ni arrienden. Los jóvenes salen fuera a estudiar o trabajar. En cambio, en las ciudades aumenta la demanda de viviendas, lo que las encarece en exceso y para la mayoría, dificulta o imposibilita las opciones de adquirirlas. Hay residencias de estudiantes a más de mil euros por mes para los que pueden pagarlas. Pero el grueso del pelotón tiene que compartir piso con compañeros, unas veces conocidos y otras, desconocidos, como antes se hacía con suegros y parentela anexa. Ninguna de las dos opciones es deseable.

La percepción del tiempo

El próximo día 22 el sol se situará frente a la línea imaginaria del ecuador de la tierra. Con ello se igualará la duración de los días y las noches en los dos hemisferios. Esta noria que nos lleva con rítmico compás en viajes periódicos alrededor del sol no produce cosquillas en la barriga ni alborota el cabello, como las que mecen en las ferias las ilusiones infantiles. El astro rey seguirá su descenso hacia el sur acortando las horas de luz.  Las alamedas vestirán de tonos ocres y dorados sus hojas, que emprenderán en los brazos del viento su caída hasta las riberas de los ríos.

Es la tierra, como sabemos, la que gira sobre sí misma y alrededor del sol. Realidad que no siempre fue aceptada por los moradores del planeta. El movimiento aparente del sol confundía.

La teoría geocéntrica fue defendida por eminentes filósofos como Aristóteles y astrónomos de prestigio, como Ptolomeo. La iglesia la sostenía fervientemente, aunque ya doscientos años antes de Jesucristo, el sabio griego Aristarco de Samos propuso un modelo heliocéntrico del universo. No le hicieron mucho caso y el geocentrismo se mantuvo durante mil setecientos años más, hasta que Copérnico le dio el famoso giro a esa suposición y Galileo posteriormente lo demostró, no sin que le obligaran a negarlo y ser condenado con arresto domiciliario.

Los astrónomos empezaron a parcelar el tiempo. Las primeras referencias para hacerlo estaban a la vista: el sol y la luna en sus cadencias, sin que faltaran interpretaciones mágicas y brujerías. Los días se partieron en horas, minutos y segundos y se agruparon en semanas, meses, lustros, décadas y siglos. Con esas particiones organizamos nuestras vidas.

Los instrumentos de medida y el temor o el deseo condicionan la percepción de su transcurrir. La fijación en grandes períodos produce perspectiva y sosiego y los pequeños, ansiedad. Un cronómetro marcando décimas de segundo origina la sensación de que la vida se escapa de las manos y caemos irremediablemente hacia el abismo.

 Cuando lo que se espera es placentero parece que el tiempo transcurre con más lentitud. Pongamos como ejemplo el comienzo de las vacaciones.  Por el contrario, cuando se teme una fecha porque no queremos que llegue, percibimos que transcurre con más rapidez. No corre igual escuchando el tictac del reloj en la madrugada cuando esperamos a nuestros hijos que bebiendo cerveza en el bar con los amigos. Ni de jubilados como cuando éramos niños.  Los que hicimos el servicio militar sabemos que los veteranos, también conocidos como abuelos, iban borrando los palotes que habían marcado en sus gorras con los días que les faltaban para la licencia. Con esta ansiedad las jornadas se les hacían interminables.

¿Tendrán la misma percepción los que detentan el poder y los que aspiran a ejercerlo? Pongamos por caso el de los señores Pedro Sánchez Pérez-Castejón y Alberto Núñez Feijoo y sus adláteres.