
Mayo gira a mitad de su trayecto y sale al campo por los ejidos para festejar en el cenit de la primavera a san Isidro, patrón de Madrid y de los agricultores, a quien, según la leyenda, los ángeles le hacían sus labores mientras él rezaba.
En estas tierras del sur de la región extremeña empiezan ya por estas fechas a encanecer las praderas y dorar las siembras. Se escucha entre los olivares el canto de las chicharras, del cuco y la abubilla. Las amapolas adornan de cálices rojos lindes, ribazos y pegujales.
Las espigas, en delicada flor, quedan al albur del solano, que las secan o del gallego que las madura.
Acuden a la memoria, como olas en el mar de los trigales, recuerdos de otros mayos, cuando por el cuerpo joven corría un río impetuoso de vida alimentado por la vertiente natural de las hormonas.
Tiempo de esquila, como era antes, cuando traían los pastores a los guaches del pueblo las ovejas desde las fincas y las cuadrillas de esquiladores las pelaban a mano con tijeras.
Era también tiempo de pesca con trasmallo en los arroyos y ríos que tenían estiaje. De partir los largos día de luz, que iban camino del solsticio de verano, con el descanso de la siesta.
Para la virgen, ofrenda de flores de los pletóricos jardines y de infantiles voces de ingenuos corazones que entonaban el “Venid y vamos todos”, mientras subían aromas del azahar de los naranjos desde el patio.

Auras en los pañuelos al cuello de las mocitas bellas, mariposas perfumadas acariciando sus encendidas mejillas. Todo se mezcla en un puzle de sensaciones.
Mes de estudio y exámenes, de ojeras por el esfuerzo y coderas desgastadas. De los antiguos profesores quedan muy pocos. El mes pasado se fue don Miguel Ponce. Otros, buenos unos y otros, regulares, que de todo hubo, le precedieron en la marcha inevitable.
Los exámenes de final de curso eran orales, ante un tribunal que estaba formado por el profesor que había impartido la asignatura y otro colega. Un alumno dentro y otro en la puerta esperando con incontrolables ganas de orinar.
La primavera pasaba de largo en el internado tras las rejas de luminosos ventanales y mi imaginación se iba detrás de las mariposas que a veces tocaban con sus alas los cristales. En tierras de Babia escuchaba yo de fondo a los griegos de don Juan Martínez y las matemáticas de don Antonio Zambrano, como si aquello no fuera conmigo. Con catorce años es difícil ponerle bridas a la fantasía.

Los recuerdos van surgiendo a salto de mata mientras regreso de un paseo por el campo, a la hora en que cantan las ranas y los grillos. En el lienzo violáceo de la tarde, el lucero destaca su rejón como una espina y el sol ha dejado sobre el horizonte la estela de un desmayo.

















