Maletillas

Pintura de López Canito.
El toreo, además de provocar opiniones encontradas, ha inspirado acordes en los pentagramas, metáforas en la literatura e imágenes a los pinceles y a las manos de los escultores.
Por citar a algunos ejemplos: Ernest Hemingway, Blasco Ibáñez, García Lorca, José Bergamín, Vicente Aleixandre entre los literatos; Goya y Picasso entre los pintores; Mariano Benlliure y Feliciano Giles entre los escultores.  Para los maletillas suponía un medio con el que alcanzar sus sueños.
En la plaza de toros de Vista Alegre se celebraban novilladas nocturnas para aspirantes a toreros.  Las organizaban Domingo Dominguín y los hermanos Lozano. El periódico ‘Pueblo’ se encargaba de darle publicidad a los eventos.
A Manuel García Cuesta, ‘El Espartero’ se le atribuye la frase “más ‘cornás´ da el hambre” cuando le avisaron del peligro de las astas. A estos festivales acudieron los que huían de esas cornadas invisibles que resaltan pómulos y profundizan cuencas y los que querían conseguir fama y cortijos.  Las retransmisiones de estas novilladas por televisión, con el nombre de ‘La Oportunidad’, extendió su divulgación por toda España y el programa fue un éxito. De allí salieron toreros como Palomo Linares, Ángel Teruel y el Niño de la Capea.
Blas Romero González, ‘El Platanito’, natural de Castuera y vecino esporádico de hospicios y correccionales, alcanzó notoriedad con sus exageraciones y aspavientos, lejos de la ortodoxia del arte de Cúchares, pero cayó en gracia en el momento oportuno y triunfó, aunque su gloria fue efímera.  El coche amarillo del practicante de mi pueblo fue bautizado con el apodo de ‘Platanito’.
Las circunstancias sociales favorecieron esta eclosión de jóvenes que querían ser maestros del toreo.
‘El Cordobés’, salido de la nada, pasó de robar gallinas a ser un ídolo de masas, rico y famoso. Espontáneo en la plaza de las Ventas, representaba la rebeldía y las ganas de comerse el mundo para quienes nada tenían que perder y sí mucho que ganar. La televisión abrió la ventana por donde escapar del anonimato y saltar a la fama.
Con todo este caldo de cultivo mi amigo pensó que su vida cuidando ovejas y destripando terrones en los barbechos no tenía futuro. Fue rumiando la idea de marcharse en la soledad de su trabajo en el campo. 
Sentado detrás de la puerta entreabierta por donde entraba un haz de sol a la caída de la tarde, imaginaba que esa era la luz de la plaza y él paseaba por el albero su triunfo mientras la banda de música tocaba el pasodoble ‘Nerva’.
Una madrugada de luna llena con leve hatillo al hombro se fue por las sombras de las paredes en busca de la gloria. De equipaje llevaba ilusiones anudadas en un pañuelo al cuello y zapatillas aladas para sus pasos. Cruzó pedregales, saltó cercados, vadeó arroyos y durmió envuelto en un capote que soñaba verónicas en la Maestranza. Las siluetas de las encinas eran cuatreños que embestían a sus lances naturales, los que se dan con la mano izquierda, el estoque en la derecha y el corazón en medio. Imaginó ajustadas chicuelinas, como se ciñe el viento a la retama. Las estrellas en el tendido del cielo eran flores que tiraban al ruedo celebrando su éxito. Anhelos de gloria de jóvenes maletillas que buscaban su redención entre soñados toriles de sangre y blancos pañuelos al aire.

Olores y sabores

El olor de las manzanas y los membrillos de las huertas sobre el ‘topetón’ de la chimenea llenaba toda la casa de aromas campestres. El de la tortilla de patatas recién hecha al anochecer, el de la leña en la candela de la chimenea las mañanas de invierno, el olor a incienso y a lirios en las grandes solemnidades de la iglesia, el de la tierra mojada con las primeras aguas del otoño, el de la ropa limpia y recién planchada sobre la piel blanca de niño…
Una parte fundamental de nuestros recuerdos está asociada a olores y sabores.
Al contrario de las matanzas, que se hacían a la vista de los vecinos e incluso en la antigüedad se alardeaba de ello, tostando los cerdos en las puertas de las viviendas como seña de identidad de los cristianos viejos frente a los musulmanes y como muestra de verdadera adhesión a la fe cristiana de los conversos, a las dulzainas se les ponía sordina para que no trascendiese su elaboración más allá de las cuatro paredes de la casa.
No estaba bien visto ser goloso y se tendía a ocultar el gusto por los dulces al considerarlo una debilidad de la voluntad, reprimidos como estaban la gula y los apetitos desordenados y ponderadas la abstinencia y la mesura como virtudes. 
Calificar de golimbra a una persona era poco menos que insultarla. Pero se elaboraban y se comían dulces exquisitos. En unas tierras feraces, pródigas en cereales, olivos, almendros; abundantes cabañas de ovejas y corrales con gallinas, sería un desprecio a la naturaleza desaprovechar los frutos que ofrecían y los usos que se les podían dar en la elaboración de tan apetitosos manjares.
Por primavera había una eclosión de formas, aromas y sabores: gañotes, pestiños, rosquillas para la Pascua… La miel de nuestros campos elaborada por las abejas que libaban en jaras, tomillos, cantuesos, romeros, eucaliptos, era el complemento ideal para muchas de estas variedades.
Permanecen en la memoria los sabores vírgenes de niño y al volver a sentirlos nos evocan situaciones de la primera vez. Aún recuerdo cuando probé las ‘puchas’, vocablo que el diccionario de la RAE no recoge con esta acepción, pero que la mayoría de los extremeños conocemos. Por ahí las llaman gachas. Un postre dulce y apetitoso a base de aceite de oliva, harina, leche, azúcar y, a gusto del consumidor, anís, canela, pan frito…
Nos las puso mi tía Ana una noche de matanza como postre. ¡Cómo una comida tan simple pudo saberme tan exquisita! Y la leche nevada con montañas de clara de huevo y cimas de canela…
Para los difuntos y todos los santos vendían huesos de quienes habían alcanzado los altares.  La primera vez que los vi en un escaparate de la calle Armas de Llerena iba con mi padre y le pregunté que qué era lo amarillo que estaba por dentro y me contestó que el tuétano. ¿Qué es eso?, le pregunté. Una sustancia que tenemos en el interior de los huesos. Me compró uno y con desconfianza empecé a comerlo. Al percibir el primer sabor se disiparon los recelos.  Me lo comí y me relamí los labios cuando acabé. Lo de huesos me sonaba a muerto, pero lo compensé con la santidad, que me supo a gloria bendita.

Nombres de calles

Un concejal del Ayuntamiento de Cáceres ha propuesto cambiar el nombre de algunas calles para dar más protagonismo a las mujeres en el callejero. Justo es que en igualdad de méritos no se haga distinción por sexos.
 Los nombres de personas que suben a los altares de las esquinas es preferible que sean políticamente neutros para la aquiescencia unánime de los bautistas y para que tal consenso tenga ciertas garantías de perdurabilidad en el tiempo.
 No basta descollar en cualquier rama del saber o haber aportado a la comunidad los beneficios de sus descubrimientos, pues si han existido militancias o simpatías políticas a derecha o izquierda, sus méritos, sus currículos y sus brillantes trayectorias profesionales quedan empañados, de forma que tal mácula rompe unanimidades, haciendo aparecer muecas de desaprobación en quienes bailan con otro son el baile escurridizo de las ideologías.
 Los nombres más volátiles son los de los políticos. Héroes para unos, villanos para otros, según el cristal con que se mire. Loores o reparos, al albur de las situaciones políticas cambiantes.  
No digamos si hay cambio de régimen de dictadura a democracia o viceversa. Entonces faltan andamios y escaleras para quitar placas y colocar las nuevas. En esas circunstancias no se da a abasto para rebautizar y declarar anatemas. Y bien está que quien fue verdugo o causó daño en cualquier tiempo o circunstancia no merezca honor ni gloria.
Si en los pueblos y ciudades se hiciesen encuestas preguntando por las vidas y méritos de muchos de los nombres a los que se refieren los rótulos, bastantes vecinos tendríamos dificultades para responder sobre ello.  Bien estarían unas lecciones de historia a través de recorridos guiados por sus calles y avenidas.  Por eso está muy bien la iniciativa del ayuntamiento de Badajoz de poner, acompañando al nombre, cuáles fueron las profesiones o actividades en las que destacó el ensalzado y fijar las fechas de nacimiento y muerte, pero evitando los errores en los letreros que señalaba en un interesante artículo Mirian F. Rua, publicado en este periódico en junio del año pasado. A Godoy se le atribuían 200 años de vida y algún personaje inexistente, como Arturo Barco, lució en tan honorífico lugar por un error ortográfico, suplantando a Arturo Barea, autor de ‘La forja de un rebelde’.
Que le dediquen a alguien una calle en su pueblo estando vivo, es muestra de la estima de sus paisanos y de reconocimiento a sus merecimientos. Honor que pocos mortales alcanzan. Conozco dos casos por estos lares: Plácido Ramírez Carrillo en Puebla de la Reina o el doctor Rodríguez Sánchez en Casas de Reina.  
El prestigio y la nombradía son efímeros en las esquinas y en la memoria colectiva.  Cambios en la denominación de calles y avenidas ha habido en todos los pueblos y ciudades.  En Llerena hay una, llamada Aurora, que es puerta de entrada del sol cuando amanece. Según el documentado libro de Luis Garraín sobre sus calles, historia y personajes, siete veces cambió para volver a sus orígenes: Puerta Nueva, Alhóndiga, Marqués de Valdeterrazo, Cervantes, General Solans y José María de Alvear. Y es que los edificios desaparecen y las personas se olvidan, pero el sol sigue saliendo por el mismo sitio, salvo que el cabo Gutiérrez disponga lo contrario y se líe a tiros con el horizonte. 

Residencia en tierra.

Con este título del libro de poemas de Pablo Neruda fijo anclaje en la tierra donde uno tiene sus afectos y, previendo futuras tempestades que el viento de la edad levante, a su amarre fío la permanencia en ella.
Ni el último suspiro se da siempre en la cama que fue descanso, vela, gozo y lágrima callada, ni salen los muertos hacia la última morada de la casa donde se vivió. Tampoco la vejez madura a la lumbre de la chimenea donde tantas veces los ojos quedaron absortos en las llamas.
Antes los ancianos envejecían en sus casas. En la inmensa mayoría de los casos, eran las hijas quienes aliviaban las limitaciones y torpezas de la edad avanzada. Sigue siendo así en muchos casos, pero la evolución y los cambios sociales han hecho que los hijos tengan ocupaciones que no les permiten prestar la atención que necesitan sus progenitores y las residencias de mayores han venido a sustituir la labores de aquellos. Llevar a alguien a un al asilo suponía antes casi una humillación para el afectado y un reproche para los que lo consentían.  Una especie de hospicio para personas mayores indigentes.  Esa era la imagen, aunque la realidad fuese diferente.
Un hombre de mi pueblo enviudó.  Los hijos se casaron y formaron hogares aparte. Mientras pudo valerse por sí mismo permaneció en su casa. El buey solo bien se lame, me decía. Salía y entraba cuando le daba la gana. Cocinaba y arreglaba su casa y si un día se liaba de copas con los amigos, no tenía prisas por llegar ni temor a reprimendas. Ancha es Castilla. Pero el tiempo encorva y pone frenos en los pies. ¡Con lo que yo he andado!, me dijo un día mientras golpeaba con el bastón en el suelo. Una hija residente en Madrid se lo llevó con ella.
 Los primeros meses intentó adaptarse a las nuevas condiciones. Entretenía su tiempo paseando por las calles y viendo escaparates. Pronto localizó un bar parecido a los del pueblo. Entabló amistad con un grupo de clientes asiduos a través de preguntas y respuestas: de dónde es usted, a qué quinta pertenece o dónde sirvió cada uno.
Cuando lo traían por vacaciones le preguntaba yo cómo le iba por los ‘madriles’. Bien, respondía, pero con un movimiento de cabeza en diagonal, que no era ni sí ni no. Son todos muy buenas personas, pero ¿qué hago yo allí charlando y bebiendo vino con gente que no he visto en mi vida? Y se volvió al pueblo, donde estaban sus raíces. ‘A tu tierra grulla, aunque sea con una pata’.
Las residencias de mayores, los centros de día y los pisos tutelados ofrecen servicios básicos en los lugares de origen a las personas que los necesitan, gente mayor que quiere pasar la última fase de su vida en sus pueblos en una edad en que es difícil comenzar una nueva.  Los recuerdos, de los que se alimenta el espíritu en estas etapas, están ahí, en el lugar donde saben por dónde sale el sol y se pone en cada estación del año, donde escucharon el ruido de las canales desde la cama, jugaron de niño y se mocearon de jóvenes y conocen palmo a palmo con sus nombres las tierras que rodean el pueblo.

Camas vacías

Fuimos hijos y esperaban nuestro regreso por las noches. Somos padres y aguardamos el regreso de los nuestros.  Un cambio de papeles que nos hace entender mejor el dicho de que quien espera desespera y a comprender el enfado que provocábamos si tardábamos en volver a casa siendo jóvenes.
Cuando los hijos son pequeños cerramos la puerta de la calle y nos acostamos con la tranquilidad de saber que todos estamos dentro, protegidos de la intemperie y de los sucesos que pueden acaecer fuera. Si despiertas durante la madrugada al oírlos toser, acudes a arroparlos y te tranquiliza verlos dormir plácidamente en sus camas.
Les llega la edad volandera y empiezan a salir, conquistando aplazamientos de regreso con la justificación de que sus amigos hacen lo mismo y con la lógica de que si salen a la una no van a volver a las dos. ¡En mis tiempos con vuestra edad salíamos al anochecer y a las doce, como mucho, estábamos en casa!, o algo parecido les decimos algunas veces. Pero ya no es ayer, sino el desmadre horario que hace que los jóvenes vivan en la cara oculta de la esfera del reloj.
Para el que está de fiesta las manillas corren ligeras e ignoradas. Solo el despunte del alba da una campanada rosa, lenta y progresiva hacia la luz que los alerta de que ya va siendo hora, pero tranquilos que las prisas no son buenas consejeras. Para el que aguarda, el sonido del tictac es una cuenta atrás hacia la angustia y cada sonido de la campana del reloj de la sala es un aldabonazo en la médula del sueño. ¿Cuántas han dado, cinco o seis? ¡Las horas que son y estos niños sin venir! Después te vas haciendo a la idea y te acostumbras a encontrártelos cuando tú sales temprano, que para ellos no es tan tarde todavía. Cada uno tiene una llave y el que va llegando comprueba si es el último.
Y no es que nosotros no trasnocháramos, pero lo hacíamos puntualmente, en casos de feria en los pueblos cercanos, no por hábito como lo hacen ahora todos los fines de semana y fiestas de guardar. Se sale más tarde y se recogen más tarde.
Un amigo de mi edad, que en alguna ocasión llegó al amanecer, encontró a su padre, con los avíos del campo preparados, esperando detrás de la puerta. Al entrar le dijo con enfado contenido, pero con toda la tranquilidad que pudo fingir: “No te acuestes. Cámbiate de ropa que nos vamos. Quien sirve para la juega, sirve para el trabajo”. Pasó la mañana entre los surcos a remolque de su sombra, aliviando la resaca con el agua de la cántara y mirando el reloj al que horas antes no había hecho ni caso. Al día siguiente se pensaría si volver de feria.
Ya no se hace eso, que yo sepa. Ahora, cercanas las cuatro de la tarde, los padres se plantean si llamarlos para que coman algo o dejarlos dormir hasta que despierten.
Llega el tiempo en que de volanderos pasan a remontar el vuelo y se van en busca de nuevos horizontes. Entonces echamos de menos sus llegadas, aunque fueran a deshora. Ver sus camas hechas y vacías cuando te levantas produce un poco de nostalgia.

Final de verano

Un baile para el señor cura, Juan García Ramos
Al muchacho no lo dejaban entrar en el baile de la feria porque no tenía la edad. Desde fuera buscaba la manera de evitar el cuerpo del portero, colocado en medio de la puerta con vara de mimbre y aspecto de guarda jurado, y así observar lo que solo él guardaba como preciado secreto.
El local en el que se celebraban los bailes en las fiestas patronales era el patio de una extensa casa solariega. En un rincón crecía una parra que extendía su ramaje trenzado entre alambres y  se utilizaba como una  especie de techo. En la parte donde no alcanzaba, ponían telones de lona para evitar el sol en la matiné.
Los trámites de contratación de músicos y arrendamiento de sombrajos servían de justificación al miembro de la familia que gestionaba tales menesteres para tirarse unos cuantos días de viajes y homenajes a Baco.
 El grupo musical estaba compuesto casi siempre por saxofones y trompetas. Música de viento, vibrante y metálica que se enredaba en los sarmientos a ritmo de pasodobles o boleros de Machín, cuyas letras susurraban al oído las parejas de novios.
El acceso a la pista se hacía por la puerta principal de la casa, que ocupaba más de una manzana. No había justificante de pago, sino la anotación de los nombres en un papel y el control visual de toda la familia. Las mujeres no pagaban ni había reivindicaciones para compensar tal discriminación. Eran otros tiempos.
Venida a menos la hacienda familiar, los dueños mantuvieron orgullo y vajillas y un ‘en mi casa entra quien yo quiero’, que dificultaba el acceso a ciertas personas.  La historia venía de más atrás, de los tiempos de la república en los que hubo dos sociedades de recreo en el pueblo, escorados unos a babor y otros a estribor.
Baile en Bougival, Renoir.
Los días de septiembre estaban envueltos en melancolía. Por estas fechas llegaba el final de las largas jornadas de verano, la vuelta al colegio y las despedidas de los amigos.
Una de aquellas noches tocaba el grupo musical la canción de Peppino di Capri, ‘Melancolía’. El vocalista desgranaba la letra con sentimiento y ‘La Parra’ estaba de bote en bote.  El muchacho, que aún vestía pantalón corto, se afanaba por mirar entre el portero y el quicio de la puerta.  No lo hacía porque le gustaran los boleros ni los tangos, sino que ya, tan pronto para su edad, sentía una atracción especial por aquella mujer de vestido rojo y pelo rubio que había llegado de fuera. Cuando los músicos dieron descanso con un fuerte toque de platillos esperó en la puerta y se hizo el encontradizo para que ella, que siempre era cariñosa con él, le dijera algo. Le pasó la mano por la cabeza y le sonrió. A nadie se lo dijo, ni la mujer podía imaginar las intenciones ni los sentimientos de aquel niño que aún no había llegado a la pubertad. Hoy sonríe al recordarlo y no sabe cómo calificar ese conjunto de emociones, deseos y sueños que anidan en un corazón tan joven. Cómo puede surgir en un muchacho esa atracción por una mujer que le dobla la edad. Pero es cierto que las mariposas revolotean por el estómago antes de que la primavera cubra de flores los campos de la adolescencia.

Volver

Jampiris, ‘La vejez y el paso del tiempo’.
Volver adonde vivimos–habiendo sido felices o no, porque hasta de los malos momentos quedan algunos posos agradables – conlleva la añoranza de lo que fue y que ya solo existe en el recuerdo porque las coordenadas de tiempo y lugar no coincidirán nunca más.  Sentimos curiosidad por saber cómo seguirán las personas que conocimos y los edificios y paisajes por donde anduvimos, pero puede suceder que la imagen que guardamos se derrumbe estrepitosamente con el reencuentro.
Los lugares nos parecerán más pequeños y nos costará trabajo reconocer a quienes en la mayoría de los casos ganaron volumen, arrugas y canas o perdieron pelo. En el instante del reencuentro se produce el pase vertiginoso de una película que se rodó en nuestra ausencia, intentando nuestro cerebro unir las últimas escenas que vivimos entonces con las que tenemos delante y en esa vorágine de sensaciones es fácil despeñarse por el barranco de la realidad.
Estos días de vacaciones he tenido ocasión de saludar a amigos que hacía tiempo no veía. ¡Qué bien te conservas! ¡Tú sí que estás bien! Un intercambio de halagos acompañados de una sonrisa a medio camino entre la sorpresa y el espanto, disimulando como mejor podemos la mentira piadosa que nos estamos echando.
Agrada que te digan lo bien que te mantienes, pero no hay que tomárselo al pie de la letra, no vaya a ser que, subida la autoestima, confíes al elogio lo que el cuerpo no presta y puesto a saltar una zanja, pongamos por caso, te quedes a mitad de trayecto porque la masa ya no está para pico ni el horno para bollos.
Los cumplidos son prácticas sociales que hacen más grata la convivencia, aun sabiendo que nos están dando una mano de barniz adulador. Es más satisfactorio que te digan lo bien que te encuentran que qué mala cara tienes o que si todavía alcanzas a abrocharte los zapatos con el barrigón que sobresale tanto de la cintura que casi te impide verlos.

Edvard Munch, ‘La danza de la vida’
Hay una historia de una pareja de amigos que un día volvieron a saber el uno del otro por las redes sociales. Tuvieron una relación de afecto, pendiente de materializarla en abrazos. Muchos años después empezaron a chatear y se citaron para charlar y tomar algo después de tan largo tiempo. Los dos fueron ilusionados al encuentro.
Él llegó primero y entretuvo su espera paseando por una calle adyacente al lugar de la cita. Se detuvo a mirar un escaparate con amplias lunas que lo reflejaban. En ese momento pasó la compañera y tras dudar lo reconoció.  Miró y sin decir nada pasó de largo y se fue. Él también la vio en el cristal, pero no tuvo valor de darse la vuelta. Tuvieron miedo de deshacer bruscamente la imagen ideal que tenían uno del otro. Mejor seguir en la cueva de Platón. Ella le comunicó que por motivos imprevistos no podía acudir a la cita. Él le respondió que le había pasado lo mismo. Quedarían para otro día que nunca más llegó.
Cantaba Carlos Gardel un tango con letra de Alfredo Lepera que describe esta situación: “…y tuve miedo de aquel espectro que fue mi locura de juventud” “…busqué un espejo y me quise mirar; había en mi frente tantos inviernos que también ella tuvo piedad”.

Olas

 

Todos los veranos hay olas de calor y de playa. Las del mar para quienes gusten y puedan. A mí me fascinan las que llegan con sus testuces levantadas y embisten furiosas, rompiendo sus crines de espuma contra los acantilados. O las de madrugada cuando se escucha su incesante vaivén de sonajeros rotos. Y ver la luna rielando en sus espaldas.  Las que acompañan al baño, menos. No por ellas, sino por el molesto peaje de la arena caliente en la planta de los pies y su querencia a pegarse a mi cuerpo.

Las otras olas, las de calor, llegan montadas en caballos de calima desde tierras africanas: polvo, sudor y fatiga. Las sufren con especial intensidad los que viven en las vegas del Guadalquivir y del Guadiana, donde el sol se desploma en las vaguadas haciéndose el muerto y les resulta difícil a los vientos levantar sus posaderas para que remonten el vuelo.

En el rincón suroeste de España, ijares de la piel de toro, hay un triángulo con forma de parrilla que es tarjeta de presentación del averno en llamas-Badajoz, Córdoba y Sevilla- donde estamos acostumbrados a sudar la gota gorda y a rondar por los cuarenta grados. Cuando la siega era hoz, cintura doblada, gavilla, sombrero de paja, barril entre haces y pañuelo en la nuca, el remedio lo traía el rapaz aguador que no tenía más oficio que hacer ‘verea’ con el cántaro al hombro: del tajo al pozo y del pozo al tajo. Con él aliviaban el calor, prendido en sus lomos como plástico ardiendo, los esforzados, casi esclavos, segadores que trabajaban en cuadrilla.

Calor hacía antes y hace ahora, con la diferencia de que antes se mitigaba con los pocos medios naturales al alcance y con la experiencia acumulada. Actualmente hay más maneras de evitarlo. La principal para los hombres y mujeres del campo ha sido el cambio en las formas de realizar las faenas. “Esas jocis y esa segureja’ quedaron para siempre clavadas en el techo y ya ni para un embargo sirven. 

Ahora avisan de altas temperaturas con alertas amarillas. Los consejos son de una lógica elemental. Beber mucha agua, buscar la sombra y evitar el ejercicio físico en las horas centrales del día.

Pareciera que la calima, ese manto que desvanece el azul celeste con un tono blanquecino y vuelve al aire denso, fuera una aparición novedosa que nunca visitó estos lares. Es de siempre, de la cepa extremeña y veraniega.  Resulta que después las estadísticas muestran que esas mismas temperaturas o más elevadas se dieron en tal o cual año, con lo que parece que el calor difumina pronto la memoria. Peor es la elevación de la temperatura media, gangrena silenciosa del cambio climático que avanza.

Yo recuerdo los espejuelos que forma la flama a lo lejos, en los caminos y en las carreteras, y más cerca, en las siestas, agarrada como pantera al acecho al cortinón del corral.  La abuela con el abanico en el regazo en la mecedora debajo del reloj. Y las hojas de los árboles, inmóviles, como si el aire las hubiese rodeado de melaza. 

Deseando que las de la playa sean placenteras y las del interior no agobien, con esta columna, me despido, amables lectores, hasta septiembre, con permiso de la autoridad y si por bien fuere.

Accidentes de tráfico

El mes de julio había pasado su ecuador. Era una noche calurosa y las terrazas de los bares estuvieron concurridas. Dio la una el reloj de la torre y aún permanecíamos los rezagados apurando las últimas copas, los que aguantábamos hasta que pasaban los municipales avisando de que era la hora de cierre. Desde nuestro velador veíamos la ventana de su casa iluminada. Al poco se apagó la luz.  La noche se adentraba en la madrugada sin ninguna novedad destacable. Pagamos las consumiciones y, cuando nos íbamos. observamos que se iluminaba otra vez el interior de la casa, de donde después salieron sus padres. Como disponían de otra vivienda en el pueblo, pensamos que irían a quedarse allí. Unos hechos intrascendentes si no hubiera sido por lo que sucedió.  No supimos más aquella noche.
Me enteré a la mañana siguiente, cuando un amigo común se acercó a mi casa y desde la cama escuché lo que le decía a mi madre: “Ildelfonso ha muerto en un accidente de tráfico”. Sufrí una conmoción que jamás he olvidado.  Entonces entendí la salida precipitada de sus padres y recompuse lo que había sucedido por lo que contaron quienes estaban más informados.
Salió en coche con unos amigos que habían llegado de vacaciones. Se dirigieron al pueblo cercano de Valverde de Llerena donde se les unieron otros dos conocidos. Todos se dirigieron a Fuente del Arco. Nunca llegaron. En la primera curva, cerrada y en pendiente, el coche derrapó y salió de la carretera. Se estrelló contra las rocas que había en el talud de un regajo. Sólo él murió.
Sonó el teléfono en casa de los padres y les comunicaron que su hijo había tenido un accidente. Se dirigieron al cuartel de la guardia civil de Valverde donde lo tenían.  Esperaban que estuviera herido quizás, pero no muerto, tendido sobre un banco. Solo tenía un pequeño cardenal en la frente, pero la vida ya no estaba en aquel cuerpo de veinte años.
Los había cumplido cuatro días antes, un día después que yo. Estudiábamos segundo de Magisterio y compartíamos amistad y residencia en Badajoz.
 En la mesa de su casa quedó la comida que su madre le tenía preparada, como todas las noches, para cuando llegara.
Aquella mañana los amigos fuimos a acompañar a su familia y a expresarles nuestro pesar. Allí recibí una de las impresiones más desgarradoras que en mi vida haya tenido. La madre, desolada, abrió la caja para que lo viéramos, quizás por verlo ella otra vez más. Vestía el pantalón beige y el niqui azul con que salió de su casa. Parecía dormido, con la naturalizad impasible que les queda a los muertos. Le toqué la frente fría de ausencia y mármol.
Los padres no volvieron a levantar cabeza después de su muerte. Una tristeza se enquistó en sus vidas para siempre. Pasaban de la tristeza a sus faenas como sonámbulos, ausentes de lo que les rodeaba. Cada vez que nos veían a los que fuimos sus amigos asomaban las lágrimas a sus ojos.
Todos los años desde entonces me acuerdo de él por estas fechas. El lunes hace cuarenta y ocho de aquella aciaga noche. Por eso me impresionan las noticias de las muertes en accidentes de tráfico, porque conllevan un impacto emocional que desestabiliza brutalmente. 

Móviles y manos

Nuestro cuerpo habla constantemente sin articular palabras. La tristeza, la alegría, las frustraciones, el cansancio, los enfados…salen al exterior a través de sus manifestaciones.
Después de la cara, que es espejo, las manos son las más expresivas e inquietas y, como a los niños cuando llegan las visitas, hay que tenerlas entretenidas para que no revelen interioridades. El lenguaje corporal tiene en ellas a unas delatoras que pregonan lo que ocurre en nuestro interior. Nos desnudan y nos exponen a la vista de quienes saben interpretar sus expresiones. Sudan y tiemblan. Agitan inoportunas el folio que leemos en público o alisan los cabellos de la nuca cuando presienten desconcierto. Dudan dónde colocarse en situaciones comprometidas y azoran a su dueño.  A los designados para altas funciones de representación o integrantes de noble alcurnia los instruyen sobre cómo colocarlas, aunque también meten las manos donde no deben.
En ocasiones necesitan asideros para disimular el estado de su dueño. El orador les pone atril, punzón el maestro y bolsos las mujeres. Esos objetos les sirven de cauce para drenar tensiones. Son como la toma de tierra por donde escapa el nerviosismo.
 El tiempo que estamos solos en lugares públicos echamos mano del periódico, de algún folleto o miramos la televisión con tal de desviar la atención que puedan estar prestándonos ojos ajenos.  Cuando yo frecuentaba discotecas, y a falta de mejor lugar donde ponerlas, los vasos les servían de asidero. Parecía uno más seguro teniéndolas en el cristal por donde resbalaba el vaho. Otras veces utilizábamos para este menester las llaves, el cigarro o el mechero, cuando los locales públicos eran fumaderos insalubres.
De niño, en la iglesia, me fijaba en quienes venían de comulgar y en las vacilaciones que mostraban algunos. Dudaban si ponerlas como en la primera comunión, juntas y con los dedos en la barbilla, escondidas entre los brazos cruzados, enlazadas por delante o por detrás o caídas siguiendo el compás del paso.
Los móviles han venido a unificar muchos de los usos que les dábamos a los objetos que nos servían de descarga, disimulo o protección.  Son aplicaciones que no vienen detalladas en los manuales de instrucciones y que tampoco necesitan conocimientos técnicos específicos para su utilización.
Pueden servir como evasión en situaciones donde no tienes mucha confianza o no deseas mantener una conversación ni cruzar miradas con quienes no conoces.  Pongamos por caso, en las salas de espera de las consultas médicas donde cada uno lleva sus cuitas y cavilaciones y en lugar de contarle a quien no conoces los síntomas de tus males te fugas por el teclado.
Hay quienes los utilizan para evitar el saludo del conocido que se cruza en la calle. La solución tradicional era hacerse el desentendido y ponerse a mirar escaparates. O reparar en lo bien que había quedado una fachada.  Ahora sacan el móvil y simulan que se han acordado repentinamente de que tenían que dar una razón o se lo llevan a la oreja, hablan o aparentan que lo están haciendo.
Entre los usos no previstos ni deseados están lo de meter los pies en los charcos, en una alcantarilla sin tapa o arrollarse con la escalera apoyada en la pared donde arriba hay un operario afanado en su trabajo que se lleva un susto de muerte.