Con la misma cadencia que se suceden los veranos, lo hacen los consejos para sobrellevar las canículas y las noches tropicales. Dietistas, médicos y meteorólogos, aportan cada uno la parte de su ciencia para atravesar este desierto.
Los psicólogos explican que el calor provoca irritabilidad y que un incidente puntual, como tropezar con la pata de la cama cuando nos levantamos de la siesta, puede provocar un alud de imprecaciones y juramentos dignos de mejor causa.
Hemos entrado en el tiempo en que el azul del cielo se enturbia de calimas y el aire se carga con plomo de solanos. En ese agobio que provoca la flama hay que echar mano de flema y como el calor no impide el pensamiento, conviene reflexionar ahora sobre las sensaciones de estos primeros seis meses del año. Un examen de conciencia, si es que nos queda. Analizar el poso que dejan los acontecimientos, sin móviles ni ordenadores, pero sí con la inteligencia que nos aportan nuestras neuronas y no la que nos muestra la manipulable inteligencia artificial.
Es muy complicado ser neutral y no perecer en el intento. Quizás los árboles no nos dejan ver el bosque. Es mi percepción, claro. Tengo la impresión de que nuestros representantes políticos están más ocupados en las disputas partidistas y su repercusión en los medios de comunicación que en los problemas de la vivienda, educación, sanidad e infraestructuras y que, cuando lo intentan, acaban como el rosario de la aurora o tirándose los candiles al culo. Su lenguaje, con insultos personales, va camino de la jerga de los carreteros y de discusiones tabernarias de suburbio. Qué lejos de la oratoria razonada, de la fina e inteligente ironía de otros tiempos.
No es que no se respeten entre ellos, es que tampoco nos respetan a nosotros.
Si usted es una persona moderada, los exaltados lo acusarán de equidistante, de que no se compromete y si da una opinión que defienda o ataque a cualquier bando, acantonados en sus irreductibles posiciones, lo calificarán de facha, radical de extrema derecha o extrema izquierda. Ellos, siempre ellos, tan lejanos, se consideran a sí mismos como modelos de proceder, de estar en posesión de la verdad, en el lugar donde sus ideas son la piedra angular que sostiene el edificio del Estado.

Mal lo tendría un Adolfo Suárez en una situación como la actual. Quizás lo que sobre sean vísceras y hagan falta más cabeza y corazón.
Mientras pienso esto, echado sobre la cama, entra por una pequeña rendija de la ventana un rayo de luz hasta el suelo por donde cruzan motitas de polvo. Fuera reina el silencio. En una difusa duermevela veo una mecedora donde un hombre dormita y una mujer con gafas de cerca zurce sentada en una silla. Otros tiempos. Que el verano nos traiga un poco de calma y lucidez. Hasta septiembre, si por bien es.




















