Al margen

Cuando baja el caudal de las riadas quedan en las orillas los materiales que la corriente desecha. La imagen del río sirve una vez más como metáfora de la vida.

‘No somos nadie’ es una frase recurrente de nuestro personaje. Y es verdad. Solo es un número escrito en el recuadro de un impreso.

Vive en las afueras. Por temporadas, bajo un puente.  Allá a lo lejos, ajenas, las luces de la ciudad. ‘Por razones de la vida’ (otra expresión suya que revela situaciones convulsas y traumáticas) está al margen porque no le hicieron sitio, no supo buscarlo o le vinieron mal dadas. Abandonó la lucha y se dejó llevar por la indolencia.

El cartero no acude por esos andurriales. Tampoco lo necesita porque no tiene quien le escriba, como el coronel de García Márquez. Ni siquiera los bancos le comunican el cobro de comisiones. Su coche es el de San Fernando y para portar lo necesario tiene un carrito de la compra hallado en un contenedor. Hasta Hacienda lo ignora. ‘Qué pocos amigos tienen los que no tienen qué dar’. Solo dispone de su carnet de identidad, que algunas veces le piden. Sus únicos papeles son los de los periódicos para cubrirse.  Y las estrellas, que contempla por los ojos arqueados, siempre abiertos, del puente.

Un gato, al que habla como si fuera otra persona, le hace compañía.

 

 

 

 

 

 

 

Se alimenta de lo que le dan por la puerta de atrás de algún supermercado y de las pocas monedas que caen en una cajita a sus pies cuando recala en la avenida. Si el frío es intenso de noche, busca por los alrededores para hacer candela. Cartones verticales le sirven de parapeto, según de dónde sople el viento.

Un colchón viejo y dos mantas son su lecho. De mesilla, una caja de cervezas vacía.

La maquinaria social ata con cien cabos a los que tienen algo que perder. Él no tiene asideros.  Sus datos no saltan en los ordenadores de los ministerios y agencias tributarias.   Nuestro protagonista no votó nunca ni le importa quienes manden. Vive al margen de las normas, pero no enfrente, simplemente pasa de ellas. En la sociedad solo aplauden los comportamientos extravagantes de los que tienen mucho dinero. Él no puede ser ni verso suelto, sino el ripio que chirría en el poema.

Una vez tuvo que responder a un cuestionario. Solo rellenó los apartados de su edad, su nombre y apellidos. El domicilio habitual no lo puso porque era variable. Profesión habitual, vivir, mientras lo dejen. Si no causa muchas molestias, nadie se ocupará de él. Por Navidad le dan café caliente. Quisieron llevárselo a un albergue, pero no consintió perder su libertad.

Allá va, de retirada, con su gato y su carro, cuando encienden las luces de la avenida y comienzan a salir de paseo los grupos de amigos para disfrutar la noche del sábado. 

Permanencias, cantinas, roperos…

No era la necesidad azote exclusivo de un oficio. Las rabizas de los cinturones cada vez eran más largas y los agujeros donde meter las hebillas más numerosos.

Los maestros, pese al dicho, ni eran los más castigados ni los únicos que tuvieron que hacer equilibrios presupuestarios para llegar a fin de mes.

Abonados los gastos de hospedaje, poco dispendio quedaba para el asueto. Largos paseos y mucha charla ocupaban su tiempo libre.

En el año 1950 el sueldo anual de un maestro era de 7.500 pesetas y muchos tenían que buscar complementarlo con otras ocupaciones como, llevar la contabilidad de algún negocio, corregir trabajos para una imprenta o la venta a comisión en horas libres.

El gobierno era consciente de la precariedad, pero no ponía remedios. Como la bolsa estatal estaba exangüe y la educación no era preferente, idearon lo de las permanencias. Consistían en alargar en un máximo de dos horas la estancia en la escuela para aquellos alumnos y maestros que voluntariamente quisieran acogerse a ellas.

Se regularon mediante la Orden de 24 de julio de 1954. Los alumnos pagaban una cantidad mensual. Un 30% de ellos quedaban exentos por aplicación de la ley de Protección Escolar. Al final de cada mes les daban a los alumnos un papelito con la cantidad que debían pagar. Ese tiempo extra se dedicaba a machacar sobre lo mismo.

Había otras instituciones complementarias en el ámbito escolar que vienen de muy antiguo, concretamente de 1911. Eran las mutualidades, los cotos, las colonias, las cantinas y los roperos.

Con las colonias los alumnos que residían en zonas deprimidas pasaban unos días fuera de su localidad realizando actividades recreativas al aire libre y alimentándose convenientemente. En las cantinas comían los niños con menos recursos. Los roperos tenían dos funciones. Facilitaban ropa y calzado a los alumnos que los necesitaban y también ofrecían talleres a las alumnas para que hicieran las prácticas de las asignaturas específicamente femeninas. Las llamadas Labores. En esta tarea también colaboraban las madres y las maestras.

Por medio de las mutualidades se fomentaba el ahorro con aportaciones periódicas. De ese fondo podían disponer en caso de necesidad o para formar parte de sus pensiones cuando fueran mayores. De su gestión se encargaban los maestros, las familias y una junta infantil de los alumnos. Las anotaciones se hacían en una libreta, un extracto de los cuales se entregaba a los mutualistas al final de cada año. Parejo a las mutualidades se crearon los cotos escolares.  Los mutualistas desarrollaban labores hortofrutícolas y agrarias. 

Los beneficios económicos se distribuían entre las cuentas individuales de los alumnos, el socorro de enfermedad, la cantina y el ropero escolar. El 10% era el beneficio del maestro encargado de dirigirlo. Pertenecer a la mutualidad era obligatorio. El coto, opcional. Algunas de estas instituciones continuaron durante los primeros años de la dictadura.

Otros tiempos, otras necesidades, otra escuela. Y quién sabe.

Jeringos

(Dedicado a una persona a la que sé que le encantan)

Comer jeringos lo asociaba con días de fiesta. Cuando las primeras comuniones se celebraban en familia o con los mismos compañeros de la escuela, antes de que se convirtieran en comilonas semejantes a las bodas donde los mayores comparten charla y copas y el comulgante se entretiene con el último modelo de artilugio electrónico en un rincón del salón.

Los comíamos en las cantinas que montaban por feria en la umbría de la iglesia. Allí recalaba la gente antes de irse a casa cuando estaba la noche avanzada y el cuerpo pedía algo caliente para entonarse.

En estos días de Semana Santa, Manuel, apodado el de los jeringos, montaba sus bártulos en las Cuatro Esquinas. Baño de cinc para la masa, sartén con aceite, soporte de bidón para la leña y una pequeña mesa para despachar. Apoyada la jeringa donde el pecho se une al brazo, echaba la masa en el aceite humeante haciendo espirales. Inmediatamente con las varillas las separaba para que no se pegaran. Arriba con ella, un momento para escurrir y a la mesa para trocearla con las tijeras.

 Cuando compraban la rosca entera para llevar le ponía un junco verde para sostenerla y que no se quemaran los dedos. A los mayores que no salían de casa en las fiestas se les llevaba una ración.

El chocolate es el complemento ideal. Espeso y consistente, no la aguachirle que ponían en los colegios. Que al introducir el churro haya que vencer una pequeña resistencia, acción que pertenece a la liturgia de los placeres culinarios y hace funcionar a tope las glándulas salivares.

La Real Academia Española de la Lengua no recoge en su diccionario el término ‘jeringo’, como tampoco le da asiento a ‘posío’, de arraigado y extendido uso por estas zonas, como tierra o campo sin cultivar. No tienen reconocimiento oficial, mientras los advenedizos de las nuevas tecnologías y los más urbanos se cuelan en las nobles páginas que la institución que fija limpia y da esplendor. Clicar, guasapear, friki…

En el tema que nos ocupa, más apetitoso, el diccionario recoge, tejeringo, churro, calentito y porra. Según regiones hay leves diferencias en la masa, donde está el secreto, pero lo fundamental es harina, levadura, agua y sal. Y el medio donde se produce la transformación: el aceite. La blanca masa torna en poco tiempo del albor al dorado y crujiente manjar. Dicen que su origen está en China de donde los trajeron los marinos portugueses. Cuando llegaron a España lo bautizaron como churros por su semejanza con los cuernos del macho de las ovejas churras. Y dicen que fueron los pastores, como en la Nochebuena, los primeros en pasar por el aceite la masa de harina.

Una vez comidos, el cuerpo pide cama. Lleno y reconfortado el estómago, los párpados se ponen intermitentes en una progresiva y lenta retirada de energía de la cabeza al estómago. Que les aproveche.

Una vida en falso

 

 

 

 

 

 

 

 

Lo ideal es comportarnos según las convicciones que tengamos, sin depender del qué dirán ni de la presión social.  Coherencia entre lo que pensamos, lo que decimos y lo que hacemos. ¿Siempre somos todos así de perfectos? Cuento un caso extremo, verídico como Gandía, pero debe de haber más por esos medios.

Una persona fue perdiendo su reputación ante los vecinos por su afición a la bebida y por los escándalos que con ello provocaba. Vivía solo, lo que no era motivo ni excusa de su vida desordenada. Comía mal y a deshoras y andaba por ahí como buey sin cencerro ni perrito que le ladrara. Me parecía el protagonista de la novela de Henry Troyat, ‘Una vida en falso’, que leí de joven y dejó en mí profunda huella.  

Un día se presentó en el mentidero de la esquina donde solía reunirse con los que caían por allí con una herida en la frente. Todos conocían su mal vivir y sus andanzas, así que los presentes suponían la causa del infortunio. Mitad burla, mitad cumplimiento, le preguntaron por el motivo. Él les explicó con acompañamiento de gestos y viveza expresiva, pues era de charla amena y ocurrente, que se la produjo al colgar un cuadro en casa, cosa que probablemente no había hecho en su vida. Se le resbaló de las manos y, mira por dónde, vino a dar con uno de sus picos en la frente.

Los habituales embustes que echaba iban destinados a no perder la estima que creía que podían tenerle los demás, pues antes fue una persona laboriosa y cumplidora. Esa integración que buscaba no perder, fingiendo una vida falsa, era el último asidero para no caer por completo en la autodestrucción. Necesitaba sentirse aceptado, aunque fuera a través de falsedades, intentando ocultar a los demás sus debilidades.

La opinión ajena, que es lastre y grillete si condiciona, también es estímulo si anima. En ocasiones nos comportamos como creemos que los demás esperan que lo hagamos. La frase: ‘No me esperaba eso de ti’ rompe bruscamente la opinión que alguien tenía de nosotros. Una fama que si por hábito es mala lo que te están diciendo es un halago.  La reputación conseguida a lo largo de muchos años se quiebra por la decepción que produce una conducta inadecuada o no ajustada a esa imagen.

El mismo protagonista, otro día, en el mismo mentidero, sin que nadie le preguntara, dijo: “Me voy a acercar a casa porque he dejado el puchero en la candela y tengo que echarle la morcilla.” Bien sabían los contertulios que ni había puchero ni morcilla que lo acompañara, pero nadie le dijo nada. Él sabía que mentía y los demás también. Al fin y al cabo, “¿Qué es la vida? Una ilusión, / una sombra, una ficción/ y el mayor bien es pequeño:/ que toda la vida es sueño/ y los sueños, sueños son”.

La buena memoria

Después de estar toda la tarde intentando recitar el misterio de la Santísima Trinidad del viejo catecismo sin conseguirlo el cura que nos tomaba la lección se hartó y nos castigó sin salir hasta que conseguimos memorizarlo mi compañero de fatigas y yo.

Lo logramos a base de repetirlo, pero no entendíamos ni papa de aquello. Así sigo, aunque hasta hace poco lo decía de carrerilla.

Aprendíamos muchas cosas de memoria sin comprender sus significados, y sin embargo esa facultad de la inteligencia es imprescindible para el aprendizaje, pero, hombre de Dios, no me obligue a tragar la comida sin masticarla.

El metro se definía entonces como la diezmillonésima parte de un cuadrante de meridiano terrestre. Lo aprendí y lo repetía como un papagayo, pero no sabía lo que era una diezmillonésima parte, ni sabía qué era un cuadrante ni quién habría subido allí para medirlo.

Tardé en comprender lo que significaban los conceptos de los trópicos de Cáncer y Capricornio, no sé si por mi dureza de mollera, lo más probable, o porque no me lo explicaban bien. Yo intuitivamente, sin saber nada de equinoccios y solsticios, me preguntaba por qué la sombra de la pared lindera del corral que daba al norte menguaba en verano y empezaba a ensanchar en otoño. Durante un año fui haciendo rayas en el suelo poniéndole el nombre a cada mes. Así deduje a mi manera que el sol tomaba altura en el estío y la perdía en invierno. De junio a diciembre estaba la diferencia de altura del sol durante el año. Las causas las aprendí más tarde, pero los cimientos estaban hechos. 

No debí de ser yo el único que tuvo dificultades para captar estos conceptos entonces.  Lo que me ha llamado la atención ya de mayor es que algún conocido con estudios sostuviera que el sol sale y se pone todos los días del año por el mismo sitio. Sin ser el sargento Santos en la película ‘Amanece que no es poco’, que se lio a tiros con él porque salió por donde no pensaba, la solución está en mirar al cielo en los crepúsculos.

Yo lo observaba cuando en las dilatadas tardes de verano el sol entraba hasta mitad de la casa de mi abuela que da al poniente donde ella y las vecinas cosían y en invierno pasaba esquivo y de soslayo sin que nadie le impidiera el paso.

Una vez más la tierra en su movimiento de traslación llega al equinoccio. El sol sobre el ecuador iguala la duración de las noches y los días en los dos hemisferios. La primavera está a la vuelta de la esquina. San José, fiel escudero, viene anunciándola con su vara de gamón.   

La memoria y el corazón guardan las luces y las sombras que se repiten cada año. Con Juan Ramón Jiménez “Vámonos al campo por romero/ vámonos, vámonos por romero y por amor”.

 

Aniversario para la esperanza

Mañana hará un año del anuncio del estado de alarma que entró en vigor al día siguiente y fue prorrogándose en fastidiosos plazos de quince días hasta el veintiuno de junio.

En esas jornadas de encierro aprendí a mirar sin las prisas de ir de paso. En las ramas del árbol que se yergue tras las paredes de mi casa se posan cada mañana al amanecer palomas, grajos, tordos y gorriones, como hacían antes, pero hasta entonces no reparé en muchos detalles. Parecía un lugar de concentración para el reparto de tareas por aire, prados y lagunas.  Volvían por la tarde para la recogida. Echaban sus últimos cantos antes de hinchar sus plumas y formar bolas de sueño. Aprendí a mirar el cielo desde el rectángulo que limitan las cuatro paredes del corral. La cigüeña lo cruzaba llevando en el pico palos a su nido. Envidié su libertad. Todo el pueblo y el campo para ellos. Comprendí la angustia de los presos y la carga sentimental de unas letrillas cuando un ballestero mata a la avecilla que avisa del albor al prisionero.

Pensé cómo la cárcel sirvió de inspiración a novelistas y poetas. La imaginación y las ansias de libertad rompen cadenas.

Recordé a Miguel de Cervantes, mitad realidad, mitad leyenda, y lo que se cuenta de que ese sitio “donde la incomodidad tiene su asiento y donde todo triste ruido tiene su habitación” fue el lugar en el que empezó a escribir, o al menos ideó, las aventuras de ‘El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha’.

Me trasladé a la prisión de la calle Torrijos, en Madrid, hoy Conde de Peñalver, en la que Miguel Hernández escribió ‘Las nanas de la cebolla’ tras conocer por las cartas de su esposa que a su hijo le estaban saliendo los dientes y no disponían de suficientes medios para alimentarlo.

En el presidio inglés de Reading fue encerrado Oscar Wilde, acusado de cometer ‘indecencias graves’ por su homosexualidad. Este hecho fue el origen de su ‘Balada desde la cárcel de Reading’.

Fray Luis de León sufrió el castigo de la Inquisición por sus traducciones de la Biblia a versión vernácula sin licencia. Sobre todo, del bello ‘Cantar de los Cantares, resbaladiza y difusa zona donde erotismo y misticismo se confunden.

Fueron muchos los escritores que pasaron por estos trances y a cada uno le influyó de distinta manera, pero les avivó su inspiración y les ayudó a evadirse.  Paul Verlaine, Fiódor Dostoievski, Tomás Moro, Aleksandr Solzhenistsyn…

Una sola vela que soplan los hálitos de los muertos sobre la tarta envenenada en este triste aniversario.

En las orillas del camino, tras el paso silencioso del vendaval, han quedado negocios cerrados, trabajadores en paro y un incierto futuro para los jóvenes.

Pero no es tiempo de desesperanza, sino de ponerle cara al temporal y luchar por salir adelante. Del estiércol nacen las flores más pujantes.

Traslados y arraigo

 

Me contó un amigo que, en una de sus primeras tomas de posesión como maestro, en Maguilla, con una edad que no pasaba de los veinte y una timidez acentuada, se personó en la casa del párroco. El cura, de talante abierto y espontáneo, aficionado a la caza y a compartir charla y copas con los parroquianos, lo vería un poco retraído y para darle confianza le preguntó si le gustaba el vino. Le puso un temperante acampanado que apuró en amena charla. Entre pitarra y palabras, él, que entró apocado salió dispuesto a comerse el mundo.

Los maestros, como los demás funcionarios, tenían la obligación de residir en la localidad a la que eran destinados, según establecía la Ley de Funcionarios Civiles del Estado de 1964. Para no hacerlo necesitaban una autorización de la Dirección Provincial. Independientemente de este deber, tampoco era fácil trasladarse a diario de una localidad a otra pues pocos disponían de coche propio y el transporte público, si existía, no coincidía con los horarios laborales.

 Los concursos de traslados eran a nivel nacional y cuando la participación en el mismo devenía forzosa podían ser destinados a cualquier punto de España. Los que estaban solteros buscaban pensiones o domicilios particulares y los casados, si llevaban a mujer e hijos, alquilaban casas, si no las había destinadas específicamente para maestros. La querencia y la economía así lo aconsejaban. Salía más a cuenta que tener dos casas abiertas dada la escasez de los estipendios.

Esta situación de traslado a tierras lejanas, al principio contrariaba, pero tenía sus partes positivas. Nuevas relaciones humanas y conocimiento de otras costumbres y tradiciones que con el paso del tiempo se integraban en su bagaje cultural y sentimental. Los alumnos tenían la posibilidad de conocer también otras formas de vida que ellos les referían.

Y más. Seguro que ustedes, amables lectores, han conocido casos parecidos a los que voy a referir.  Cuanto más pequeño es el pueblo, la relación del que llega es más estrecha con los vecinos.

Al mío llegó un maestro de Galicia que se llamaba don Jesús Souto, bautizado a nivel popular como ‘El gallego’.  Arribó con su familia, mujer, hijos y cuñada. Aquí vivió bastantes años y es recordado por todos los que lo conocimos.

De Salamanca vino una maestra con su hermana. Tan estupendamente se adaptaron y fueron recibidas que las dos ennoviaron y formaron familia en el pueblo. Y por aquí siguen ellas y sus descendencias.

Uno de mis primeros maestros procedía de Feria. Se hospedaba en la casa que hacía de fonda hasta que la dueña y él entablaron relaciones, se casaron y dejó de pagar el hospedaje.

Gente que viene de paso y se queda para siempre. Otros dejan su recuerdo. Cruces de caminos en los que muchas veces el azar nos dio la oportunidad de conocer a personas que forman parte de nuestras vidas desde entonces.

Generaciones

Los límites temporales entre generaciones varían. Van de veinte a treinta años, a veces menos, dependiendo de la rapidez con que se modifican las costumbres y comportamientos.

Cambian las modas, los usos sociales y las escalas de valores.  Los jóvenes son los primeros, siempre puntas de lanza, y después, aun a regañadientes, son asumidos los cambios por el resto de la sociedad. No es un proceso uniforme ni en tiempo ni en intensidad. Generalmente las zonas urbanas adelantan a las rurales.

Conductas que hoy consideramos normales, varias generaciones atrás eran escandalosas. Del noviazgo formal y casamiento como Dios manda al me voy a vivir con mi novio o novia. De aguantar carros y carretas en el matrimonio sin que saliera el humo de las desavenencias fuera al ahí te quedas y que te aguante tu madre.  Del si te ha castigado el maestro te lo tendrías merecido a enfrentarse con él por posibles traumas al niño.  De estudiar una minoría a hacerlo la mayor parte de los jóvenes. De viajar en autostop a recorrer el mundo en avión…

 A mi generación la llaman ‘baby boom’, porque después de la segunda guerra mundial se produjo un gran crecimiento demográfico. Pertenecemos a ella los que nacimos de principios de los años cincuenta hasta finales de los sesenta. Tuvimos la suerte de empezar a vivir en un periodo de paz y de recuperación económica. De la dictadura no fuimos conscientes en la infancia, aunque en nuestro país aún quedaban rescoldos calientes de los desgarros que produjo la guerra y sus consecuencias.  Tiempos de emigración, de los primeros seiscientos.  La generación anterior a la nuestra, la de los nacidos entre 1930 y 1948 lo pasó mucho peor. Es conocida como la de los ‘niños de la postguerra’. Fue la menos numerosa y la más curtida en las penalidades.  Cultura del esfuerzo, economía de subsistencia y aprecio de lo poco que se disponía.

A la mía le sucedió la llamada Generación X, o de la EGB. Son los que tienen actualmente entre 40 a 54 años.

La que se lleva la corona de espinas y desventuras de las más recientes es la conocida como la de los ‘mileniales’, los que tienen ahora entre 24 y 39 años. Según la agencia demoscópica 40dB son los grandes perdedores del sistema. Con una tasa de paro del 40.9%,  los que han visto más reducida su jornada de trabajo a causa de la COVID, los más afectados por la pérdida de empleo y los que más han debido reducir gastos.

Una generación se apoya en lo conseguido por la anterior. Nuestros hijos se apoyan en nosotros, que procedemos de un periodo más estable económicamente. Cuando ellos tengan que ayudar a sus hijos, ¿con qué base lo harán?

Una falla social que desemboca en el desencanto y la rebeldía. Si no hay nada que perder estamos abonando el terreno para desestabilizar la convivencia.

23F

Esta tarde a las seis y veintitrés minutos se cumplen cuarenta años de la entrada de teniente coronel Antonio Tejero pistola en mano en el Congreso.

Estaba yo de maestro en Guadalcanal y después de las clases nos fuimos, como casi todas las tardes, a jugar al fútbol al Coso. Antes de subir al piso donde vivía me acerqué al supermercado de Escote, que estaba enfrente. El hijo de los dueños, José Antonio, le preguntó a la madre, que estaba cobrando en la caja. que qué era un golpe de estado. Yo pensé que sería por algún tema de trabajo que le habían mandado en el colegio. La madre le respondió que no sabía bien, que algo de que habían entrado en el Congreso. Con la mosca detrás de la oreja subí al piso y puse la radio. Emitían música militar. Eso ya me puso en alerta. Me duché y bajé al bar Nuevo, al de Antonio Osorio. Había diez o doce personas mayores casi todos mirando la televisión. Pregunté que qué había pasado. Nadie respondió, sino con evasivas. Noté el miedo y las precauciones que tomaban.  Intenté llamar por teléfono a mis padres en Ahillones, pero las comunicaciones estaban cortadas. Ya en el piso de nuevo me fui informando de más detalles. Anunciaron que el rey iba a hablar, pero a mí me pudo el sueño y ni lo vi ni lo escuché hasta la mañana siguiente cuando mi amigo Pepe Fernández con un transistor escuchaba las ultimas noticias.

La situación política y militar era complicada. El presidente Suárez abandonado por los suyos había presentado su dimisión y se votaba la investidura de Leopoldo Calvo Sotelo, los militares estaban descontentos por los frecuentes atentados y por la legalización del Partido Comunista, la economía sufría una inflación galopante…

Me quedan muchas dudas de aquella intentona que pudo provocar otra guerra civil.  Sabino Fernández Campos, jefe de la casa del rey entonces, deja entrever en sus memorias algunas inquietantes. Los de a pie no sabemos de la misa la media todavía. El que suponían que era ‘el elefante blanco’, el general Armada, al que se esperaba en el Congreso, nunca llegó.  Murió sin desvelar muchos secretos y negando que él lo fuera. En el palacio de la Zarzuela dicen que a la llamada del general Juste preguntando si estaba allí Armada, y la respuesta de Sabino Fernández Campos de que ni estaba ni se le esperaba desarmó a los golpistas.

Emerge del recuerdo valiente actitud del general Gutiérrez Mellado, una persona mayor y desarmada, enfrentándose a cuerpo con los guardias que no lograron doblegarle y la del presidente Adolfo Suárez encarándose con los sediciosos. Los demás, salvo Santiago Carrillo, que permaneció sentado al oír las ráfagas de los disparos, estaban cuerpo a tierra.

Cada uno de los que vivimos aquella tarde con Landelino Lavilla, presidente del Congreso, atónito, casi efigie, mirando al insurrecto Tejero pistola en mano, guardamos recuerdos de dónde estábamos y cómo nos enteramos de aquel intento. Una vez más España fue diferente y asombro bufo del resto del mundo.

La historia, con el remanso del tiempo, nos dará las claves de lo que pasó y que todavía desconocemos.

Juegos de bar

Cuando la conversación decaía en noches de ‘cordeleo’ por bares y tabernas alguien proponía que nos jugáramos las rondas a los chinos. Las manos atrás para el trasvase de monedas y puños al medio para el envite. También jugábamos al que más sabe.  La consecuencia era que aumentaba el número de rondas y la rapidez para consumirlas. ¡Bebed que os llene!

A últimas horas de la noche solían permanecer casi siempre los mismos clientes en los bares. Veceros de danos la penúltima mientras barrían el local.  Un compañero al que le gustaba apurar la velada hasta la hora de cierre y las copas hasta el culo me dijo que cuando en su dilatada época de interino lo destinaban a un pueblo que no conocía le costaba poco trabajo hacer nuevos amigos. Los encontraba de su condición y gustos en el bar a esa hora bruja del remate, cuando el vino levantaba velos y las conversaciones fluían como el agua de lluvia en la pendiente.

A los bares se acudía para relacionarse con la gente, beber, charlar, leer el periódico y jugar. De la charla a la porfía solo mediaban unas copas. En esos casos, alcohol por medio, mejor dejar política y credos aparte. No hacen buenas migas.  Cada palo que aguante los suyos y con su pan se los coma. De amoríos y celos en tiempos ya lejanos surgieron peleas con citas fuera del local para dirimir diferencias ¡Los valientes, a la calleja!, decía un sabio y viejo tabernero cuando veía que el vino y la presencia de testigos envalentonaban a los porfiadores.

De juegos ha habido muchos. Aparte de los naipes con sus variadas modalidades y el dominó, he visto echar pulsos, competir en fuerza con un artilugio parecido a una cafetera apretando fuertemente con la mano, echar partidas a los dados. Incluso a las damas y al ajedrez en las horas más tranquilas.

Antes de que llegaran las máquinas tragaperras estuvieron de moda las de bolas niqueladas con las que conseguías partida gratis si alcanzabas cierta puntuación a base de lanzarla contra setas con luces parpadeantes que las repelían y meterlas en oquedades de las que salían despedidas. 

También había máquinas ‘cantaoras’. Si las alegrías infantiles sobre caballitos de madera costaban una moneda de cobre en tiempos de Antonio Machado, en los que me refiero por un duro echaban a volar su fantasía durante unos minutos los acodados en el extremo de la barra. Solitarios que expulsaban por la boca en forma de boquilla de trompeta anillos de Saturno temblorosos, que se deshacían en medio del salón. Era otro juego en el que la imaginación bullía al compás de las canciones. De allí podía salir el acodado, montera en mano por la puerta del Príncipe, con los bracitos en cruz, haciendo brindis al vino y las mujeres o echando el capote al suelo para que pisara la morena de la copla.