
Mi tío José tenía un comercio donde se vendía de casi todo. Desde cal viva y azufre de intenso color amarillo hasta castañas pilongas en sacos de yute. Desde botes de colonia con un pulverizador en forma de pera hasta puntas y alcayatas. Un lema de experto comerciante. Nunca digas al cliente que no tienes el artículo que solicita. Está pedido.
El mostrador era la columna vertebral de los intercambios, donde se enseñaban los artículos y se despachaban. Por un extremo disponía de una parte levadiza para entrar y salir. En el otro, que hacía recodo, estaba la balanza numerada y debajo el saco del azúcar donde yo acudía como pajarillo a las espigas. Unas veces le pedía un terrón y otras, en un descuido, lo tomaba yo por mi cuenta.
Pero las mercancías principales eran las telas, las que venían en piezas y se vendían por metros. Estaban en la estantería frontal ordenadas por calidades y colores. Pana, muselina, terciopelo, seda, raso… Una muy solicitada era el ‘lencete’ moreno.
Las mujeres pasaban las manos sobre ellas y acercaban la vista para cerciorarse de sus cualidades. El metro era el instrumento de medida, aunque todavía algunas de las personas mayores pedían por varas. En el mostrador estaban marcadas las ranuras que fijaban su extensión. Resultaba más cómodo. Antes de separar el total de la compra le añadía dos dedos de demasía para que fuera bien despachada. Las tijeras abiertas en ángulo pasaban a contrahílo de un extremo a otro.
La fachada del comercio era el escaparate. Allí colocaba los artículos, según la temporada. A comienzos de verano, los sombreros de paja, los bieldos, rastrillos, cribas y palas. Cuando llegaban las lluvias, los capotes negros impermeabilizados con brea o alquitrán.
Con ellos por los hombros, veía yo pasar a los agricultores de regreso a sus casas, montados a mujeriega sobre las bestias en las tardes de lluvia.
Las mujeres, piedra angular de las casas en una economía en la que no se desperdiciaba nada, confeccionaban los trajes y echaban remiendos y zurcidos a la ropa de faena de sus maridos, hasta que quedaban más parches que tela original con tonalidades variadas del color de la tierra.

En la trastienda del comercio no estaba el erótico felpudo del primer desnudo integral del cine español. Era el habitáculo anexo, como la rebotica en las farmacias. Lugar reservado al que solo tenían acceso los de más confianza. Allí se guardaban los libros de contabilidad y las facturas y se platicaba en voz baja.
La comparo con el sitio en el que se cocinan las encuestas para que salga el resultado que más conviene a quienes las encargan y mostrarlas después con leve reverencia. También con el archivero donde se guardan papeles, hurtados al conocimiento de los ciudadanos a los que se les considera inmaduros y toman por tontos, incapaces de comprender las turbias razones de los estados.


















