Pagamos y exigimos

Me dijo un viejo amigo, curado de asombros y escéptico por norma, que las viviendas que poseemos no son nuestras. Somos arrendatarios.  Cuando pagamos la contribución abonamos el alquiler anual. Si dejamos de hacerlo, tras apercibimientos e incrementos, te embargan y podemos quedarnos sin ellas.  Así ha sido con toda clase de gobiernos.

Los otros bienes y servicios públicos, como la educación, la sanidad y las infraestructuras son nuestros porque los pagamos y mantenemos con nuestros impuestos.

Llega la hora de rendir cuentas a Hacienda. Ella recauda, los parlamentos a través de los presupuestos distribuyen y los gobernantes ejecutan.

El organismo recaudador facilita el proceso con el borrador y los datos fiscales, como algunos confesores te iban enumerando los probables pecados en los que podías haber incurrido y tú solo tenías que afirmar o negar.

Del control de los ingresos que percibimos de la Administración no se escapa nadie. En otros todavía existen pillerías. ¿No les han preguntado a ustedes alguna vez aquello de con IVA o sin IVA? 

 

 

 

 

 

 

La aspiración mayoritaria es pagar lo menos posible. Los más pudientes y avispados en el ejercicio de la picaresca se van a paraísos fiscales, blanquean con argucias técnicas el dinero negro conseguido a saber cómo o directamente tocan la bolsa con la mano sin que a veces les piten ni penalti.

La mayoría de los ciudadanos sabemos que para que existan servicios educativos, sanitarios y de infraestructuras hace falta dinero y que debemos colaborar todos en la medida de nuestra capacidad.

Las campañas publicitarias tratan de mentalizarnos de esa necesidad y con más o menos convencimiento está asumido. Pero un mal ejemplo de los que están al lado del asa lo estropea todo. El descubrimiento de fraudes cometidos por personajes que desempeñan o han desempeñado funciones públicas mina la confianza de los contribuyentes. Lo que más irrita es la desfachatez y el cinismo de los que cometen estos delitos y nos han estado aconsejando de la necesidad de que seamos solidarios y colaboremos en el mantenimiento de los servicios e inversiones del Estado.

Los ciudadanos tenemos derecho a exigir una buena gestión de los recursos que aportamos y que no los dilapiden en obras faraónicas de dudosa utilidad a las que les crece la hierba en las juntas sin haber sido utilizadas. Pongamos que hablo, por ejemplo, de ciertos aeropuertos donde se ven más estatuas que aviones.

Ante esto no hay que extrañarse que la gente pague a regañadientes porque no tiene más remedio, pero si pudiera no lo haría. Nos hace falta la educación ciudadana derivada de la confianza que debe inspirar la buena gestión de los recursos y la comprobación de su eficiencia.

Los que administran nuestros impuestos y los malgastan deberían rendir cuentas de su utilización y gestión, y recibir, si el caso fuera, la reprobación social, pero no con recriminaciones que se olvidan pronto y duelen poco, sino judicial y pecuniariamente. 

‘Enterritos’

No doblaban las campanas con el triste y lánguido son de los entierros. Eran repiques de gloria por un niño que había subido al cielo. En el pueblo lo llamaban ‘enterrito’, con el diminutivo cariñoso que envuelve a quienes dejan el mundo tan temprano.

Era el ataúd blanco y pequeño con ribetes dorados, pero la pena de sus padres y abuelos debía de ser profunda y negra por los gritos y llantos que salían de la casa cuando llegaron el cura, el sacristán y los monaguillos para llevarlo a la iglesia. Unos minutos intensos que conmovieron a todos los presentes.

En los años cincuenta la mortalidad infantil en España era de 68,22 por cada 1.000 niños nacidos vivos. Una barbaridad. En el año 2020 ha sido de 2,35.

 En aquellos años faltaban centros sanitarios y recursos económicos, eran largas las distancias y escasos los remedios para algunas enfermedades.  Se paría en las casas y aunque la destreza de las comadronas y buena voluntad de los allegados hacían todo lo que estaba en sus manos, cuando se presentaban complicaciones era difícil solucionarlas.  Algunos morían en el parto. A veces también sus madres. Me angustiaba el dilema moral que podía presentarse en el caso de tener que elegir entre la vida de la madre y la del niño que iba a nacer.

Eran entonces los cementerios centros de logística para ahorrar trabajo a las alturas.  Un juicio final que la doctrina anticipaba. Los no bautizados, suicidas y no creyentes no tenían sitio en el camposanto.  Los niños que habían recibido el bautismo iban directamente al cielo.

En ciertas regiones de España hablan de celebraciones de bailes en torno al cadáver de los críos.  «Mi Antoñito murió ayer, antes de haber cumplido los cinco años, y como sabemos de fijo que su alma va derecha al cielo, la acompañamos con música y con baile y con un traguito…” Lo narra José Augusto de Ochoa y Montel (1808-1871) hablando de esta costumbre en la provincia de Jaén.

En la isla de La Gomera, según recoge Antonio Tejera Gaspar en ‘La religión de los gomeros’, pervivió hasta finales del siglo XIX y principios del XX el conocido como ‘velatorio de los angelitos’. Le cantaban durante toda la noche al cadáver de la niña o el niño. La madrina era la primera que bailaba con él en brazos por la habitación. Después el padrino y posteriormente todos los presentes comenzaban a bailar y a recitar versos. A la mañana siguiente le ponían cintas de colores al féretro con los encargos que cada uno había escrito para que al llegar al cielo los entregara a sus familiares muertos.

Cuando bajamos del camposanto yo venía triste, haciéndome preguntas, como Juan Ramón al lado de Platero.  “¡Qué lujo puso Dios en ti, tarde de entierro! Desde el cementerio, ¡cómo resonaba la campana de vuelta en el ocaso abierto, camino de la gloria!”

Pérdidas

La vida es una sucesión de pérdidas que lamentamos cuando echamos de menos lo que perdimos. Del útero materno, donde estábamos tan seguros y nos sentíamos tan a gusto, dice Freud que quizás persista por siempre en nosotros la nostalgia de su abandono.

Hay pérdidas irremediables. Se añoran, pero de nada sirven los lamentos. Charles Baudelaire dice en ‘Los paraísos artificiales’: “Más de uno de estos viejos que encontramos reclinados en la mesa de una taberna, vuelve a verse a sí mismo rodeado de un ambiente que ya ha desaparecido: su juventud perdida es el ingrediente de su embriaguez”.

Otras privaciones son ocasionadas por la vorágine de la vida que nos empuja hacia adelante, sin pararnos a disfrutarlas.

 “Todos queremos más y más y mucho más… y nadie con su suerte se quiere conformar”. Lo cantaba Alberto Castillo, actor y cantante de tangos argentino. Con ese afán vivimos, pero cuando el destino nos da el alto con alguna enfermedad o contrariedad grave volvemos a apreciar las flores, el sol de primavera, la sombra acogedora de una alameda o la lluvia en los cristales, que están ahí como bálsamo y refugio.

Hace unos días me encontré a un amigo dando un paseo por un camino cercano a su pueblo. Hacía tiempo que no lo veía y me detuve a saludarlo. Lo encontré desmejorado desde la última vez que lo vi. Me dijo que había estado una temporada algo pachucho a consecuencia de una intervención quirúrgica y que ese día era el primero que salía de casa después de una larga temporada. Iba disfrutando de la temperatura agradable, de la vistosidad de la jara florecida y del aroma de la lavanda y el tomillo que abundan por aquellos parajes. No sabes cómo echaba de menos estas caminatas, me dijo antes de despedirnos.

Visité hace años en el hospital de Llerena al padre de un amigo que sufría una insuficiencia respiratoria grave. Su estado era desgraciadamente irreversible. Le di ánimos y comentamos anécdotas de tiempos pasados, pues coincidíamos algunas veces en la búsqueda de setas. Ahora, me decía, a lo único que aspiro es a irme con el coche a la orilla del pantano y sentarme a pescar porque es allí donde mejor respiro.

Cuando el año pasado por mayo levantaron el confinamiento domiciliario salí de casa temprano. Quería disfrutar de la libertad por el campo y coger los espárragos que todavía pudieran quedar por los lindazos y lugares más umbríos. Estando en esas, pasó cerca de mí un grupo de ciclistas que me saludaron efusivos. Por un ramal de la Cañada Real Soriana hacían senderismo otros. Todos nos echamos al campo para disfrutarlo. Parecía que también se alegraba con nuestro regreso, como si nos esperara. Antonio Machado escribió que se canta lo que se pierde, pero hay pérdidas que solo son olvidos y están ahí para cuando la vida parece que nos da la espalda. 

Libros

Hay libros que dejan huella sin que la calidad literaria sea determinante. Son otras las razones que explican esa impronta.  Alguno cubierto de polvo y las páginas amarillentas que encuentras en una caja arrinconada en el doblado. Perteneció a un antepasado y la curiosidad te lleva a hojearlo sabiendo que otros ojos recorrieron aquellos mismos renglones y otras manos pasaron las páginas como tú estás haciendo en ese momento. Una fecha y una firma de un tiempo muy lejano te hacen pensar qué sensaciones pudo producirle su lectura y te embarcas en ella por compartir en la distancia temporal esa aventura.

A veces son referencias que escuchaste a tus padres o a algún conocido las que despiertan tu curiosidad por algún libro determinado. O imágenes que te quedaron grabadas en la retina porque al contemplarlas te evocaron fantásticas historias. Recuerdo la ilustración en un tono azulado que presentaba a un señor con uniforme militar al que le caía una gran nevada en medio de la noche.  A partir de ella se abría la puerta de salida para que la imaginación volara por el espacio abierto de la fantasía.

Con ‘Las mil mejores poesías de la Lengua Castellana’, aprendí que la música no se escribe sólo en pentagramas y que los sentimientos brotan al leer o escuchar algunos de los poemas que contenía. Ese libro, de título tan contundente como inexacto, faltaban algunos y sobraban otros, me sirvió, sin embargo, para despertar mi afición por la poesía y emocionarme con su lectura.  Por él supe que las princesas también se ponen tristes, aunque se sienten en sillas de oro. Que los clarines de los desfiles pueden oírse a lo lejos y sentir los cascos de los caballos que hieren la tierra con rítmico compás.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Conocí al ‘Piyayo’, que la gente tomaba a chufla y a mí me causaba un respeto imponente cuando repartía a sus nietos pan y ‘pescao’ frito.  Imaginé una España orgullosa y soberbia, libre de extraño yugo. Supe que Dios hace milagros en los caminos solitarios con el solo acompañamiento del cantar de los grillos y las ranas. Que un olmo seco y hendido por el rayo es la imagen de la esperanza con algunas hojas verdes. Que las mozas casaderas no deben estar en la era si no está el sol en el cielo. Que puede morir la voluntad una noche de luna en que es muy hermoso no sentir ni querer. Que la dignidad de los pobres cuando sólo les queda la cama con las sábanas aún calientes de la esposa muerta es grandiosa.  Creí en Dios como testigo y lo vi jurar posando su seca y hendida palma sobre una promesa incumplida descolgando su brazo de la cruz.

Los libros esperan, como el arpa de Bécquer en el salón oscuro, que otras manos los abran y comience de nuevo la aventura personal que cada uno siente con su lectura.

Al margen

Cuando baja el caudal de las riadas quedan en las orillas los materiales que la corriente desecha. La imagen del río sirve una vez más como metáfora de la vida.

‘No somos nadie’ es una frase recurrente de nuestro personaje. Y es verdad. Solo es un número escrito en el recuadro de un impreso.

Vive en las afueras. Por temporadas, bajo un puente.  Allá a lo lejos, ajenas, las luces de la ciudad. ‘Por razones de la vida’ (otra expresión suya que revela situaciones convulsas y traumáticas) está al margen porque no le hicieron sitio, no supo buscarlo o le vinieron mal dadas. Abandonó la lucha y se dejó llevar por la indolencia.

El cartero no acude por esos andurriales. Tampoco lo necesita porque no tiene quien le escriba, como el coronel de García Márquez. Ni siquiera los bancos le comunican el cobro de comisiones. Su coche es el de San Fernando y para portar lo necesario tiene un carrito de la compra hallado en un contenedor. Hasta Hacienda lo ignora. ‘Qué pocos amigos tienen los que no tienen qué dar’. Solo dispone de su carnet de identidad, que algunas veces le piden. Sus únicos papeles son los de los periódicos para cubrirse.  Y las estrellas, que contempla por los ojos arqueados, siempre abiertos, del puente.

Un gato, al que habla como si fuera otra persona, le hace compañía.

 

 

 

 

 

 

 

Se alimenta de lo que le dan por la puerta de atrás de algún supermercado y de las pocas monedas que caen en una cajita a sus pies cuando recala en la avenida. Si el frío es intenso de noche, busca por los alrededores para hacer candela. Cartones verticales le sirven de parapeto, según de dónde sople el viento.

Un colchón viejo y dos mantas son su lecho. De mesilla, una caja de cervezas vacía.

La maquinaria social ata con cien cabos a los que tienen algo que perder. Él no tiene asideros.  Sus datos no saltan en los ordenadores de los ministerios y agencias tributarias.   Nuestro protagonista no votó nunca ni le importa quienes manden. Vive al margen de las normas, pero no enfrente, simplemente pasa de ellas. En la sociedad solo aplauden los comportamientos extravagantes de los que tienen mucho dinero. Él no puede ser ni verso suelto, sino el ripio que chirría en el poema.

Una vez tuvo que responder a un cuestionario. Solo rellenó los apartados de su edad, su nombre y apellidos. El domicilio habitual no lo puso porque era variable. Profesión habitual, vivir, mientras lo dejen. Si no causa muchas molestias, nadie se ocupará de él. Por Navidad le dan café caliente. Quisieron llevárselo a un albergue, pero no consintió perder su libertad.

Allá va, de retirada, con su gato y su carro, cuando encienden las luces de la avenida y comienzan a salir de paseo los grupos de amigos para disfrutar la noche del sábado. 

Permanencias, cantinas, roperos…

No era la necesidad azote exclusivo de un oficio. Las rabizas de los cinturones cada vez eran más largas y los agujeros donde meter las hebillas más numerosos.

Los maestros, pese al dicho, ni eran los más castigados ni los únicos que tuvieron que hacer equilibrios presupuestarios para llegar a fin de mes.

Abonados los gastos de hospedaje, poco dispendio quedaba para el asueto. Largos paseos y mucha charla ocupaban su tiempo libre.

En el año 1950 el sueldo anual de un maestro era de 7.500 pesetas y muchos tenían que buscar complementarlo con otras ocupaciones como, llevar la contabilidad de algún negocio, corregir trabajos para una imprenta o la venta a comisión en horas libres.

El gobierno era consciente de la precariedad, pero no ponía remedios. Como la bolsa estatal estaba exangüe y la educación no era preferente, idearon lo de las permanencias. Consistían en alargar en un máximo de dos horas la estancia en la escuela para aquellos alumnos y maestros que voluntariamente quisieran acogerse a ellas.

Se regularon mediante la Orden de 24 de julio de 1954. Los alumnos pagaban una cantidad mensual. Un 30% de ellos quedaban exentos por aplicación de la ley de Protección Escolar. Al final de cada mes les daban a los alumnos un papelito con la cantidad que debían pagar. Ese tiempo extra se dedicaba a machacar sobre lo mismo.

Había otras instituciones complementarias en el ámbito escolar que vienen de muy antiguo, concretamente de 1911. Eran las mutualidades, los cotos, las colonias, las cantinas y los roperos.

Con las colonias los alumnos que residían en zonas deprimidas pasaban unos días fuera de su localidad realizando actividades recreativas al aire libre y alimentándose convenientemente. En las cantinas comían los niños con menos recursos. Los roperos tenían dos funciones. Facilitaban ropa y calzado a los alumnos que los necesitaban y también ofrecían talleres a las alumnas para que hicieran las prácticas de las asignaturas específicamente femeninas. Las llamadas Labores. En esta tarea también colaboraban las madres y las maestras.

Por medio de las mutualidades se fomentaba el ahorro con aportaciones periódicas. De ese fondo podían disponer en caso de necesidad o para formar parte de sus pensiones cuando fueran mayores. De su gestión se encargaban los maestros, las familias y una junta infantil de los alumnos. Las anotaciones se hacían en una libreta, un extracto de los cuales se entregaba a los mutualistas al final de cada año. Parejo a las mutualidades se crearon los cotos escolares.  Los mutualistas desarrollaban labores hortofrutícolas y agrarias. 

Los beneficios económicos se distribuían entre las cuentas individuales de los alumnos, el socorro de enfermedad, la cantina y el ropero escolar. El 10% era el beneficio del maestro encargado de dirigirlo. Pertenecer a la mutualidad era obligatorio. El coto, opcional. Algunas de estas instituciones continuaron durante los primeros años de la dictadura.

Otros tiempos, otras necesidades, otra escuela. Y quién sabe.

Jeringos

(Dedicado a una persona a la que sé que le encantan)

Comer jeringos lo asociaba con días de fiesta. Cuando las primeras comuniones se celebraban en familia o con los mismos compañeros de la escuela, antes de que se convirtieran en comilonas semejantes a las bodas donde los mayores comparten charla y copas y el comulgante se entretiene con el último modelo de artilugio electrónico en un rincón del salón.

Los comíamos en las cantinas que montaban por feria en la umbría de la iglesia. Allí recalaba la gente antes de irse a casa cuando estaba la noche avanzada y el cuerpo pedía algo caliente para entonarse.

En estos días de Semana Santa, Manuel, apodado el de los jeringos, montaba sus bártulos en las Cuatro Esquinas. Baño de cinc para la masa, sartén con aceite, soporte de bidón para la leña y una pequeña mesa para despachar. Apoyada la jeringa donde el pecho se une al brazo, echaba la masa en el aceite humeante haciendo espirales. Inmediatamente con las varillas las separaba para que no se pegaran. Arriba con ella, un momento para escurrir y a la mesa para trocearla con las tijeras.

 Cuando compraban la rosca entera para llevar le ponía un junco verde para sostenerla y que no se quemaran los dedos. A los mayores que no salían de casa en las fiestas se les llevaba una ración.

El chocolate es el complemento ideal. Espeso y consistente, no la aguachirle que ponían en los colegios. Que al introducir el churro haya que vencer una pequeña resistencia, acción que pertenece a la liturgia de los placeres culinarios y hace funcionar a tope las glándulas salivares.

La Real Academia Española de la Lengua no recoge en su diccionario el término ‘jeringo’, como tampoco le da asiento a ‘posío’, de arraigado y extendido uso por estas zonas, como tierra o campo sin cultivar. No tienen reconocimiento oficial, mientras los advenedizos de las nuevas tecnologías y los más urbanos se cuelan en las nobles páginas que la institución que fija limpia y da esplendor. Clicar, guasapear, friki…

En el tema que nos ocupa, más apetitoso, el diccionario recoge, tejeringo, churro, calentito y porra. Según regiones hay leves diferencias en la masa, donde está el secreto, pero lo fundamental es harina, levadura, agua y sal. Y el medio donde se produce la transformación: el aceite. La blanca masa torna en poco tiempo del albor al dorado y crujiente manjar. Dicen que su origen está en China de donde los trajeron los marinos portugueses. Cuando llegaron a España lo bautizaron como churros por su semejanza con los cuernos del macho de las ovejas churras. Y dicen que fueron los pastores, como en la Nochebuena, los primeros en pasar por el aceite la masa de harina.

Una vez comidos, el cuerpo pide cama. Lleno y reconfortado el estómago, los párpados se ponen intermitentes en una progresiva y lenta retirada de energía de la cabeza al estómago. Que les aproveche.

Una vida en falso

 

 

 

 

 

 

 

 

Lo ideal es comportarnos según las convicciones que tengamos, sin depender del qué dirán ni de la presión social.  Coherencia entre lo que pensamos, lo que decimos y lo que hacemos. ¿Siempre somos todos así de perfectos? Cuento un caso extremo, verídico como Gandía, pero debe de haber más por esos medios.

Una persona fue perdiendo su reputación ante los vecinos por su afición a la bebida y por los escándalos que con ello provocaba. Vivía solo, lo que no era motivo ni excusa de su vida desordenada. Comía mal y a deshoras y andaba por ahí como buey sin cencerro ni perrito que le ladrara. Me parecía el protagonista de la novela de Henry Troyat, ‘Una vida en falso’, que leí de joven y dejó en mí profunda huella.  

Un día se presentó en el mentidero de la esquina donde solía reunirse con los que caían por allí con una herida en la frente. Todos conocían su mal vivir y sus andanzas, así que los presentes suponían la causa del infortunio. Mitad burla, mitad cumplimiento, le preguntaron por el motivo. Él les explicó con acompañamiento de gestos y viveza expresiva, pues era de charla amena y ocurrente, que se la produjo al colgar un cuadro en casa, cosa que probablemente no había hecho en su vida. Se le resbaló de las manos y, mira por dónde, vino a dar con uno de sus picos en la frente.

Los habituales embustes que echaba iban destinados a no perder la estima que creía que podían tenerle los demás, pues antes fue una persona laboriosa y cumplidora. Esa integración que buscaba no perder, fingiendo una vida falsa, era el último asidero para no caer por completo en la autodestrucción. Necesitaba sentirse aceptado, aunque fuera a través de falsedades, intentando ocultar a los demás sus debilidades.

La opinión ajena, que es lastre y grillete si condiciona, también es estímulo si anima. En ocasiones nos comportamos como creemos que los demás esperan que lo hagamos. La frase: ‘No me esperaba eso de ti’ rompe bruscamente la opinión que alguien tenía de nosotros. Una fama que si por hábito es mala lo que te están diciendo es un halago.  La reputación conseguida a lo largo de muchos años se quiebra por la decepción que produce una conducta inadecuada o no ajustada a esa imagen.

El mismo protagonista, otro día, en el mismo mentidero, sin que nadie le preguntara, dijo: “Me voy a acercar a casa porque he dejado el puchero en la candela y tengo que echarle la morcilla.” Bien sabían los contertulios que ni había puchero ni morcilla que lo acompañara, pero nadie le dijo nada. Él sabía que mentía y los demás también. Al fin y al cabo, “¿Qué es la vida? Una ilusión, / una sombra, una ficción/ y el mayor bien es pequeño:/ que toda la vida es sueño/ y los sueños, sueños son”.

La buena memoria

Después de estar toda la tarde intentando recitar el misterio de la Santísima Trinidad del viejo catecismo sin conseguirlo el cura que nos tomaba la lección se hartó y nos castigó sin salir hasta que conseguimos memorizarlo mi compañero de fatigas y yo.

Lo logramos a base de repetirlo, pero no entendíamos ni papa de aquello. Así sigo, aunque hasta hace poco lo decía de carrerilla.

Aprendíamos muchas cosas de memoria sin comprender sus significados, y sin embargo esa facultad de la inteligencia es imprescindible para el aprendizaje, pero, hombre de Dios, no me obligue a tragar la comida sin masticarla.

El metro se definía entonces como la diezmillonésima parte de un cuadrante de meridiano terrestre. Lo aprendí y lo repetía como un papagayo, pero no sabía lo que era una diezmillonésima parte, ni sabía qué era un cuadrante ni quién habría subido allí para medirlo.

Tardé en comprender lo que significaban los conceptos de los trópicos de Cáncer y Capricornio, no sé si por mi dureza de mollera, lo más probable, o porque no me lo explicaban bien. Yo intuitivamente, sin saber nada de equinoccios y solsticios, me preguntaba por qué la sombra de la pared lindera del corral que daba al norte menguaba en verano y empezaba a ensanchar en otoño. Durante un año fui haciendo rayas en el suelo poniéndole el nombre a cada mes. Así deduje a mi manera que el sol tomaba altura en el estío y la perdía en invierno. De junio a diciembre estaba la diferencia de altura del sol durante el año. Las causas las aprendí más tarde, pero los cimientos estaban hechos. 

No debí de ser yo el único que tuvo dificultades para captar estos conceptos entonces.  Lo que me ha llamado la atención ya de mayor es que algún conocido con estudios sostuviera que el sol sale y se pone todos los días del año por el mismo sitio. Sin ser el sargento Santos en la película ‘Amanece que no es poco’, que se lio a tiros con él porque salió por donde no pensaba, la solución está en mirar al cielo en los crepúsculos.

Yo lo observaba cuando en las dilatadas tardes de verano el sol entraba hasta mitad de la casa de mi abuela que da al poniente donde ella y las vecinas cosían y en invierno pasaba esquivo y de soslayo sin que nadie le impidiera el paso.

Una vez más la tierra en su movimiento de traslación llega al equinoccio. El sol sobre el ecuador iguala la duración de las noches y los días en los dos hemisferios. La primavera está a la vuelta de la esquina. San José, fiel escudero, viene anunciándola con su vara de gamón.   

La memoria y el corazón guardan las luces y las sombras que se repiten cada año. Con Juan Ramón Jiménez “Vámonos al campo por romero/ vámonos, vámonos por romero y por amor”.

 

Aniversario para la esperanza

Mañana hará un año del anuncio del estado de alarma que entró en vigor al día siguiente y fue prorrogándose en fastidiosos plazos de quince días hasta el veintiuno de junio.

En esas jornadas de encierro aprendí a mirar sin las prisas de ir de paso. En las ramas del árbol que se yergue tras las paredes de mi casa se posan cada mañana al amanecer palomas, grajos, tordos y gorriones, como hacían antes, pero hasta entonces no reparé en muchos detalles. Parecía un lugar de concentración para el reparto de tareas por aire, prados y lagunas.  Volvían por la tarde para la recogida. Echaban sus últimos cantos antes de hinchar sus plumas y formar bolas de sueño. Aprendí a mirar el cielo desde el rectángulo que limitan las cuatro paredes del corral. La cigüeña lo cruzaba llevando en el pico palos a su nido. Envidié su libertad. Todo el pueblo y el campo para ellos. Comprendí la angustia de los presos y la carga sentimental de unas letrillas cuando un ballestero mata a la avecilla que avisa del albor al prisionero.

Pensé cómo la cárcel sirvió de inspiración a novelistas y poetas. La imaginación y las ansias de libertad rompen cadenas.

Recordé a Miguel de Cervantes, mitad realidad, mitad leyenda, y lo que se cuenta de que ese sitio “donde la incomodidad tiene su asiento y donde todo triste ruido tiene su habitación” fue el lugar en el que empezó a escribir, o al menos ideó, las aventuras de ‘El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha’.

Me trasladé a la prisión de la calle Torrijos, en Madrid, hoy Conde de Peñalver, en la que Miguel Hernández escribió ‘Las nanas de la cebolla’ tras conocer por las cartas de su esposa que a su hijo le estaban saliendo los dientes y no disponían de suficientes medios para alimentarlo.

En el presidio inglés de Reading fue encerrado Oscar Wilde, acusado de cometer ‘indecencias graves’ por su homosexualidad. Este hecho fue el origen de su ‘Balada desde la cárcel de Reading’.

Fray Luis de León sufrió el castigo de la Inquisición por sus traducciones de la Biblia a versión vernácula sin licencia. Sobre todo, del bello ‘Cantar de los Cantares, resbaladiza y difusa zona donde erotismo y misticismo se confunden.

Fueron muchos los escritores que pasaron por estos trances y a cada uno le influyó de distinta manera, pero les avivó su inspiración y les ayudó a evadirse.  Paul Verlaine, Fiódor Dostoievski, Tomás Moro, Aleksandr Solzhenistsyn…

Una sola vela que soplan los hálitos de los muertos sobre la tarta envenenada en este triste aniversario.

En las orillas del camino, tras el paso silencioso del vendaval, han quedado negocios cerrados, trabajadores en paro y un incierto futuro para los jóvenes.

Pero no es tiempo de desesperanza, sino de ponerle cara al temporal y luchar por salir adelante. Del estiércol nacen las flores más pujantes.