Gracias. Hasta pronto.

Esta columna salió a la luz porque en aquel tiempo Tomás Martín Tamayo andaba por la red social de Facebook y leyó algunos escritos míos. Me preguntó si no había publicado nunca y le dije que no. Te voy a recomendar para que lo hagas, me contestó. Y me puso en contacto con Ángel Ortiz, director entonces del periódico.  Este me pidió que le mandara unas muestras de mis escritos. Así lo hice y parece ser que no le disgustaron. Al poco recibí una llamada de Juan Domingo Fernández, director de opinión. Comentamos sobre la extensión y algunos temas formales. Si no era imprescindible que evitara los temas políticos. Le mandé la foto que me pedía para encabezar la columna y con gran satisfacción y la inflada vanidad que parece ser que tenemos todos los que escribimos vi mi primer artículo publicado el nueve de octubre de 2015.  Antes había sido un asiduo de las Cartas al Director. El que las publicaran como destacadas me envanecía.  La última fue dedicada a las antiguas centralitas de teléfono, aquellas en que las llamadas tenían siempre demora y comunicaban solo inevitables penas y contadas alegrías.  

Un año después de publicar mi primera columna me cambiaron de lugar y ocupe el que dejó vacante el excelente escritor Fernando Valbuena.

Seis años y pico ha durado esta maravillosa travesía. He buceado en la memoria y sacado a flote recuerdos e impresiones que marcaron mi vida. Y como la vida de uno no se desarrolla sola, también la de muchos que han visto reflejada parte de las suyas en lo que contaba.  

He desempolvado los viejos pupitres de la escuela, añorado a los maestros y compañeros de entonces, las bodas, las matanzas, los juegos de calle y de mesa, la esquila de las ovejas, los trabajos artesanos, las charlas de las comadres al atardecer haciendo ganchillo, los lutos, los bares, las fiestas, las candelas, el cine…Estampas y retratos que la memoria guarda, sin duda filtrados por la melancolía de lo que se pierde y edulcorada su acidez y limadas sus aristas por el paso del tiempo y la subjetividad. Ignoro por qué se pierden unos y se conservan otros.

Acompañando al artículo de la semana pasada sobre el contrabando anunciaba al periódico mi deseo de dejar la columna Raíces. Son cerca de trescientas entregas y he pensado que es hora de un descanso. Así lo voy a hacer temporalmente, no sin antes agradecer a los lectores y al periódico la atención que siempre me han prestado.

Marisa García Carretero me anima a seguir, lo que agradezco. Quedamos en dejar un tiempo muerto de inactividad y reanudar posteriormente, dilatando la periodicidad a quince días.

Hurgaré en los rincones del recuerdo para sacarlos a la luz. Al fin y al cabo, como dice Jorge Luis Borges, “somos nuestra memoria, somos ese quimérico museo de formas inconstantes, ese montón de espejos rotos”.

Contrabando

Aquella noche del tres de abril de 1970 disputaba José Manuel Ibar, ‘Urtain, en el Palacio de los Deportes de Madrid el título de campeón de Europa de los pesos pesados al alemán Peter Weiland. Un grupo de estudiantes de la residencia ‘Fátima’ decidimos ir a ver el combate por televisión a un bar de los alrededores. La residencia estaba ubicada en las traseras de la antigua central lechera, con cuyo rumrum nos acostábamos y nos levantábamos.

En la misma residencia preparaba don Julio Fernández Nieva una tesis doctoral con muchas madrugadas de estudio. Nuestros bares de referencia eran ‘La Toja’ y ‘Azcona’. Enfrente, pasando la carretera de Portugal, abrieron un local con luces sugerentes denominado ‘Pipo’s’.

En esta ocasión decidimos ampliar nuestro territorio y nos dirigimos a ver el combate a una calle que salía de la avenida de Elvas hacia abajo. Una tasca de vino blanco en botella, luz macilenta y mucho humo. Estaban de moda entonces unas gabardinas, estilo Colombo, color marfil con cinturón y doble fila de botones en la pechera. Tres de nosotros las llevábamos. Parecíamos un comando de detectives.  Entramos en el local, donde no habíamos estado nunca antes. Los presentes nos miraron sorprendidos. Algunos desaparecieron y otros cuchicheaban.  Con la pinta que llevábamos no les inspiramos mucha confianza. Después del sobresalto inicial y aclaradas nuestra procedencia e intenciones vimos el combate sin problemas. Urtain salió a hombros con su nuevo título y nosotros a pie con nuestras gabardinas y el vino blanco asomando rosado en las mejillas. 

Los estudiantes de la residencia cogíamos el autobús al lado del edificio de Obras Públicas. Observé más de una vez cómo subían mujeres con unos paquetes del tamaño de cajas de galletas y sin conocer nosotros otras circunstancias bajaban precipitadamente y abandonaban la mercancía. Unos señores que debían de ser policías de paisano subían y la requisaban. A mí me daban pena los últimos cabos de la organización.

 

 

 

 

 

 

 

 

Por entonces era raro que se fuera a Badajoz y no se comprara café portugués de estraperlo.  En la antigua estación de LEDA siempre había una mujer, resuelta y fresca que se acercaba ofreciéndolo. Desaparecía un momento y al cabo te traía el encargo. Estaba entonces a catorce duros el paquete. Curioso el origen de esta palabra. Es un acrónimo de Strauss y Perlowitz, dos vivales holandeses que en tiempos de la Segunda República trajeron a España una ruleta eléctrica trucada con la que obtuvieron grandes beneficios hasta que les descubrieron el engaño.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El estraperlo, acuñada la palabra, y extendido su significado a otras actividades ajenas al artilugio eléctrico, enriqueció a mucha gente en tiempos de escasez. Tabaco y café eran dos de ellos.

Con el trigo también se estraperleaba. Se escamoteaba la obligación de entregar toda la producción al Servicio Nacional del Trigo y se ocultaba el resto, que se vendía en el mercado negro a precio muy superior.

Tren de vía estrecha

Hay oficios que bautizan a los que los ejercen y a toda su parentela.  Si vamos a un pueblo y queremos saber de alguien conviene conocer su ocupación. Nos será más fácil localizarlo.

Si preguntamos, por ejemplo, por José González, es probable que existan varios con ese nombre y que quizás pocos lo conozcan por él.  Pero si añadimos el yegüero, el sillero o el aperador habrá tantas manos como personas señalando la casa donde vive. 

En mi pueblo, Juan Diego era conocido como ‘el del carrillo’. Yo de pequeño lo atribuía a alguna incidencia o característica peculiar que tuviera en la parte más carnosa de la cara, pero por mucho que lo observaba no encontraba nada extraño.  

Tuvo variadas ocupaciones en su vida. Fue porteador de barras de hielo en su bicicleta desde la fábrica de Berlanga a Ahillones, municipal y cartero. Por si fuera poco, formó parte de la División Azul en tierras rusas, donde aprendió algunas frases que repetía con frecuencia a los amigos y donde se le quedó un trozo de su nariz por una bala perdida.

Lo de tal sobrenombre tenía otra explicación. Le venía del carrillo que utilizaba como medio de transporte para recoger y llevar paquetes de Ahillones a Valverde de Llerena. Por allí pasaba el tren de vía estrecha y existía estación del ferrocarril. En un principio la vía partía de Fuente del Arco y llegaba hasta Peñarroya (Córdoba). Posteriormente la ampliaron hasta Puertollano (Ciudad Real). La línea fue construida por la Sociedad Minero Metalúrgica de Peñarroya. La idea del trazado fue del ingeniero y gerente francés Charles Ledoux. Así daba salida al mineral hacia el norte y hacia el sur por Sevilla, pues la línea enlazaba con las de más anchura.

El mineral de la mina de La Jayona lo transportaban al principio en burros hasta la fundición, cercana a la estación.  En el año 1905 se puso en funcionamiento un teleférico para salvar las sierras entre ambos valles. Todavía quedan huellas de las torretas en algunos tramos.

 En el año 1956 la línea pasó a ser propiedad del Estado. Transportaban pasajeros y mercancías. La progresiva decadencia de las minas y el poco uso del tren hicieron que en el año 1970 se cerrara definitivamente por no ser económicamente rentable.

Paseo a veces por el antiguo trazado de esta vía férrea. La han convertido en ruta verde escoltada por dehesas, pastos y tierras labrantías para senderistas y ciclistas. Saliendo de Fuente del Arco llega a las ruinas de un antiguo apeadero, a cinco kilómetros de Berlanga y siete de Azuaga.  Al pasar por la antigua estación de Valverde, totalmente en ruinas, me acuerdo de Juan Diego y su carrillo, de la vida de entonces y de la actividad económica que hubo tiempo atrás con la minería.  Y acuden a mi memoria los versos de Francisco de Quevedo: “Miré los muros de la patria mía…”

Lluvia calaera

“La lluvia es una cosa que sin duda sucede en el pasado”, escribió Jorge Luis Borges.  Y del pasado llegan los recuerdos de otras lluvias, de otros temporales otoñales que por su ausencia en el presente acrecientan el deseo.

¡Qué placer sentimos de niños al ponernos con los paraguas debajo de los canalones! También cuando jugamos a ser ingenieros construyendo con piedras y barro presas en los regajos de la calle.

Con la lluvia navegamos por el mar del embeleso, atraídos por el espectáculo sonoro y visual que lo envuelve todo.

Al anochecer las débiles luces de las bombillas rielan en los charcos. Es la hora del regreso de los labradores, barro en las manos y en los ojos el pardo color de las besanas.

Estamos terminando octubre y por aquí ha llovido poco. Pero ya las bardas agarradas a la sierra por poniente y las nubes con forma de borreguitos al mediodía la anuncian para este fin de semana. Se desea y se necesita, no con la impetuosidad con la que cae la de septiembre, sino la caladera que fecunda los campos y llena los veneros. “Lluvia mansa y serena, de esquila y luz suave”, como la define Federico García Lorca.

Con el pronto declinar de la luz solar en estas fechas, el atardecer se convierte en un puzle de tonalidades grises que lo envuelve todo.

Me distraigo viendo las gotas, sujetas brevemente a los cristales con sus leves manos líquidas, como queriendo ver, curiosas, el interior del cuarto donde paso la tarde. Vienen otras y se las llevan, resbalando hasta el junquillo de la ventana.

De madrugada la lluvia tiene un encanto especial. Se oye el silbo del viento en los cables del tendido eléctrico y en las cornisas de los edificios. El rumoroso murmullo del agua, como un enjambre de abejas libando en el panal de los tejados.  Con ese sonsonete me duermo plácidamente hasta que por las rendijas de la ventana entran las espadas cenizas de la aurora.

Después de una noche lluviosa vamos a ver la crecida del arroyo, que baja con agua turbia y restos de pasto seco. Hay gente en las orillas con las manos en los bolsillos contemplando en silencio, igual que cuando se miran las llamas de la candela. Las nubes se alejan veloces camino de la mar vieja.

En los pueblos conocemos las rutas que siguen, presentimos los cambios por la dirección del viento y el aspecto del cielo. Tenemos el horizonte al alcance de la vista, ahí en los ejidos y lamentamos su tardanza cuando falta a su cita.

Quiero que llueva, “porque la mojada tarde me trae la voz, la voz deseada, de mi padre que vuelve y que no ha muerto”. Los remolinos polvorientos y espinos en las alambradas, me desazonan y me llevan a la aridez de los desiertos. La lluvia me devuelve a la vida de la infancia.

 

 

Gestos y detalles

Los gestos, en su acepción de hechos que implican un significado o una intencionalidad, forman parte de nuestras vidas.  Unos son nobles, emocionantes otros, muchos, impostados por conveniencia o presunción.

Sergio Reguilón, futbolista español que juega en el equipo inglés del Tottenham, ha recibido gran cantidad de parabienes en las redes sociales y periódicos deportivos por el que tuvo en un encuentro con el Newcastle. Avisó al árbitro de que un espectador tenía un problema sanitario. Gracias a esa observación se suspendió el encuentro hasta que el afectado fue atendido por los equipos médicos.

La risa inoportuna del candidato alemán de la CDU a la cancillería, mientras el presidente alemán hablaba de solidaridad con las víctimas de las inundaciones, lo puso en un aprieto y le obligó a pedir disculpas. Posiblemente le ocasionó también la pérdida de muchos votos.

En el debate televisado de la campaña electoral entre Nixon y Kennedy en 1960, el primero no quiso maquillarse, vestía un traje gris y sudaba.  Su oponente cuidó los detalles. Traje oscuro y bronceado impecable.

A otro candidato a la presidencia de Estados Unidos, George Bush padre, le salió caro mirar dos veces el reloj durante el debate frente a Bill Clinton.

No recuerdo bien si fue Joaquín Vidal, el excelente cronista taurino, quien escribió que a la plaza de la Real Maestranza de Sevilla se iba sobre todo a emocionarse. Un quite, un brindis, una media verónica, un par de banderillas. Incluso el paseíllo, cuando quien lo hacía era el faraón de Camas.

 “Un destello de luz y una risa oportuna amo más que las languideces de la luna,” escribió Manuel Machado.

El futbolista famoso que regala su camiseta a un niño desvalido emociona y gana la simpatía de los espectadores.

La vida política y social está llena de ellos. Llegan fácilmente a los destinatarios.  El beso al suelo del país al que se llega. Un apretón de manos o, al contrario, la negación del saludo a quien la tiende transmiten el mensaje de un estado.

Arafat pronunció un importante discurso en la ONU el 13 de noviembre de 1974 con un ramo de olivo en una mano y una pistola en la otra.

Tommie Smith y John Carlos los dos atletas de EEUU recibieron sus medallas de oro y bronce, respectivamente, levantando un puño con un guante negro en la Olimpiadas de México en 1968.

La imagen de Rafa Nadal ayudando en las inundaciones de Mallorca el nueve de octubre de 2018 le granjeó más simpatías, si cabe, de las que ya goza.

El abrazo entre una militar española y una mujer afgana en el aeropuerto de Torrejón en la última guerra de los talibanes realzó la misión solidaria de nuestro ejército.

Hay gestos trascendentes. Otros, forzados, se desvanecen en cuanto dejan de alumbrar los focos. Son impostores y charlatanes de feria. Conviene separar el grano de las granzas.

Vino amargo

Lóbregas tabernas donde olía a sudor y se juraba sobre el altar profano de los mostradores. Sillas de enea, algunas camillas y el humo de tabaco envolviéndolo todo.

Los urinarios estaban en el corral o en la calleja cercana. La meada, con una mano en el cuadril o en la pared si el que miccionaba necesitaba ayuda para mantener el equilibrio.  Los establecimientos que tenían dentro del local los servicios disponían del habitáculo justo para que cupiera el usuario. Uno tenía la puerta tipo cantina del oeste, tapaba el tronco del cuerpo y dejaba al aire pies y cabeza, de forma que el que estaba orinando podía seguir la conversación

con los compañeros que permanecían en la barra. Como no había agua corriente, de vez en cuando le echaban una cuba para aminorar el mal olor.

En uno de ellos el dueño guardaba una escoba de rama cerca del agujero donde se evacuaba. Estaba en el descanso de una estrecha escalera que subía al doblado. Había que traspasar el mostrador, por lo que quien necesitaba hacer uso de él debía acceder levantando la tapa que estaba en un extremo. El regente del local siempre avisaba: ¡Cuidado con la escoba!

Para limpiar la vajilla disponían de cubas o lebrillos, uno para lavar y otro para el enjuague. El agua iba tomando color a medida que avanzaba la jornada.  El paño ultimaba el aseo. Se introducía con el dedo pulgar en el vaso y se rotaba. Una mirada a contraluz delante de la clientela servía como acreditación de la limpieza.

Sin comida que acompañar en las libaciones, el alcohol expandía sus efectos desde el estómago a los pies y a la cabeza, pasando por la lengua que en los primeros momentos era vivaz y después se hacía pastosa, enredándose en las lianas de la torpeza. El señuelo era evadirse, pero se terminaba cayendo en una profunda melancolía. Agarrados al espejismo de la euforia, poco a poco, los efluvios del alcohol se evaporaban dando paso a la tristeza.

Había borracheras bochornosas, sobre todo en los días de fiesta. Ciertos trabajadores que acudían al pueblo con ganas de beberse a tragos su ausencia en pocas horas terminaban perdiendo la decencia y la dignidad.

Todavía repugna a mi recuerdo un borracho tendido en la acera. Boca arriba, turbia mirada al cielo, con un hilo de vino entre la comisura de sus labios. De mayor conocí algo de su historia. Sicario en la pared del cementerio, junto al pozo, donde quedaron cicatrices que la cal solo pudo disimular con una mano blanca. Eran las primeras imágenes que captaba de la degradación humana, ignorada hasta que descendí por las escaleras de la razón a la sima de lo inexplicable. Bebía para olvidar, pero el vino no borra, sino que resalta lo que se desea ocultar cuando las olas de la resaca se retiran en un amargo despertar.

Cartillas y enciclopedias

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

En el libro ‘El Nuevo Catón’, que utilizábamos en la escuela de lectura, había una ilustración del cuento de los Hermanos Grimm, ‘Los músicos de Bremen’, en la que un burro, un perro un gato y un gallo, subidos uno sobre otro, se asomaban a la ventana de una casa para amedrentar a los bandidos que la ocupaban, emitiendo cada uno de ellos sus sonidos característicos.

Esta imagen permanece aún en la memoria después de tantos años. Las fotografías o los dibujos que acompañan a un texto es lo primero que percibimos, lo último que olvidamos y lo que más despierta nuestra imaginación.

El maestro preguntó a uno de mis amigos qué significaba para él la ilustración en la que se representaba a Cristóbal Colón con su séquito poniendo pie en tierra con la espada en una mano y la cruz en la otra ante los indígenas. Respondió que el descubridor les estaba diciendo a los nativos: “Dos caminos tenéis, así que escoged el que más os convenga”.

De entre los libros que usábamos entonces recuerdo las cartillas de lectura, las ‘Rayas’, obra del maestro Ángel Rodríguez Álvarez, nacido en el pueblo cacereño de Serradilla y editadas en Plasencia por la editorial Sánchez Rodrigo.

Utilizaba un método foto silábico que supuso una innovación en la enseñanza y aprendizaje de la lectoescritura.

Cada página estaba encabezada por un dibujo que nos servía a los alumnos para asociarlo con la sílaba correspondiente y también como estímulo, según avanzabas, para el dominio de las palabras.   Algunos se atragantaban con el tomate mientras otros apuraban ya las yemas.

Cuando las conocías todas pasabas a las lecturas fluidas que nos introducían en el maravilloso mundo de los cuentos y la fantasía.

Las enciclopedias nos ofrecían resumido el saber imprescindible para desenvolvernos en el limitado mundo de entonces, envuelto y teñido por la ideología imperante.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La de ‘Alvarez’, ‘intuitiva, sintética y práctica’, según constaba en su portada, era obra de Antonio Álvarez Pérez, maestro, escritor y editor zaragozano.  Fue la que usamos nosotros, publicada por la editorial Miñón, de Valladolid. Había de tres grados y otra de iniciación profesional.

Sus ilustraciones quedaron grabadas en nuestra memoria. Recuerdo la que representaba a un hombre fulminado por un rayo cerca de un bosque, la de la voz de la conciencia que alertaba al niño que iba a robar unos caramelos, la de Moisés golpeando con su cayado en una roca de donde empezó a manar agua, la del maná cayendo sobre el desierto… Y sobre todo la del sol saliendo entre montañas.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Primaba entonces la enseñanza memorística. Explicaba el cura lo del paraíso y nuestros primeros padres. Uno de los alumnos le expuso en pura lógica que los hijos de Adán y Eva tendrían que casarse entre ellos para que hubiera la descendencia que hubo. “¡Bueno, mira con lo que sale este ahora! ¡Catecismo, catecismo y catecismo! ¡Y déjate de pamplinas! 

Hojas caídas

Si yo fuera poeta intentaría plasmar en poemas lo que me evoca ver caer las hojas en el comienzo del otoño. Haría un símil entre este fenómeno natural y las cosas que perdemos en la vida. Vieja imagen, trillada y manida que, con mayor o menor fortuna, reflejaron muchos escritores, algunos de forma excelsa. Como yo no sé encajar tantas sensaciones en el armazón de la métrica y la rima, las expreso según van brotando espontáneamente del manantial acumulado.
Y mira por donde la última hoja que ha iniciado su caída, desprendida ya de la rama y seco su peciolo, es la antítesis de la poesía: una institución bancaria que abandona el árbol que le dio cobijo durante muchos años. Fue en su origen Monte de Piedad y Caja General de Ahorros de Badajoz, y, por cruces y ‘apareos’ de conveniencias ajenas, cambió de nombre englobada y fusionada con otras del gremio. Según noticias y bando publicado por el alcalde de Ahillones abandona la sucursal de mi pueblo en unos días.  Un rejón más en el morrillo vacío del olvido.
Como no hay rosas sin espinas, aquí lo incluyo. Pero vamos a temas más amenos. De otros otoños me llega la imagen de mi madre machacando aceitunas en una piedra lisa sobre un tocón del almendro. En este tiempo hace fresco a la sombra y calor al mediodía. Para evitar que el sol le diera en la cabeza colgaba una tela en el alambre de tender la ropa. Sentada de espaldas a la pared y protegida para que no le salpicara, iba cogiendo las aceitunas y una a una las machaba, empujándolas después con el ‘machacaó’ hacia la tinaja de barro que estaba en la parte delantera. De ritmos parecidos nacieron los cantes de fragua y de trilla.
Si yo fuera poeta elevaría a versos los surcos recién abiertos por el arado en la besana, desprendiendo vaho después de las primeras lluvias. Haría con el rocío de las vegas diamantes de traslúcidos destellos y bajaría como vuelo en parapente con las hojas de los chopos que alfombran de dorados colores las riberas. Como hoy, que, por los límites difusos del olvido y la memoria, vaga la melancolía con un fondo musical y algún lejano recuerdo que quizás nunca existió. En el suelo quedan hojas caídas, ocres, naranjas, doradas, amarillas…En la gavia que baja hasta el arroyo, membrillos; granadas en el huerto y hormigas de alas en el aire azul después de la lluvia.
Haría del mundo un ‘repión’, como aquellos que nos traían de la feria de Zafra. Lo lanzaría contra el suelo, como entonces, con la ayuda de una cuerda y una moneda de real sujeta en un extremo, por ver si con los giros se despoja de cascarrias. Y les echaría la malaventura en la feria de la vida a aquellos que  abandonan a los débiles cuando más los necesitan. 

Lindes

Por la disputa de la propiedad de un metro de tierra o por la ubicación de un olivo se puede llegar a matar. No hay nada más que repasar las hemerotecas para comprobarlo. Los crímenes de Puerto Hurraco tuvieron su origen en una invasión de lindes agravada con desencuentros amorosos. Una motosierra acabó con la vida en Palomero (Cáceres) de uno de dos hermanos, en disputa con otro colindante que dañaba sus olivos.

Esas vistas aéreas que muestran la relajante imagen del campo parcelado con diversas tonalidades, según las estaciones, encierra dentro, invisible a los objetivos de las cámaras, la maldición bíblica: “Maldito seas tú de la tierra, que abrió su boca para recibir de tu mano la sangre de tu hermano”. La defensa a ultranza de ‘lo mío’ está presta a blandir en el aire por la mínima disputa la quijada de Caín, soterrada solo someramente en los predios. El uso de un camino, el ancho de una verja, el agua de un venero… pueden ser el inicio de las disputas e ir aumentando hacia un punto de no retorno que va alimentando el odio y desemboca, si el sentido común no lo evita, en insultos y en agresiones físicas.  El que va a visitar su parcela de tarde en tarde puede encontrarse con que le han alterado las lindes o le han movido los mojones. Otros se comen con los arados los sesmos, cañadas y cordeles. Cada año se originan en España alrededor de tres mil procedimientos judiciales relacionados con las disputas de linderos.

Cuando surgen divergencias en los límites lo propio es ponerse a hablar civilizadamente para intentar llegar a un arreglo. Se acude al catastro y al registro de la propiedad, para tener una información documental, pero puede suceder que los datos de estos dos organismos no concuerden.  El catastro es un registro administrativo cuyo fin primordial es servir de base para la aplicación de impuestos. El registro de la propiedad es quien garantiza jurídicamente la titularidad de un inmueble. Lo ideal sería que estuvieran coordinados. A esto se añaden las vallas, cuyas delimitaciones puede suceder que no coincidan con las dos anteriores. Hay que medir las fincas y ni aun así se consigue siempre llegar a un acuerdo, con lo que será inevitable un procedimiento judicial contencioso. Cuando los límites son con propiedades públicas se dan casos en que estas han sido incorporadas por las fincas colindantes, mermadas o cortado el paso con cancelas y candados.

Las lindes de las tierras medían cerca de un metro, pero las mordeduras de los arados las han dejado tan estrechas que andando por ellas es difícil mantener el equilibrio.

No difiere mucho la defensa de los límites de propiedades particulares con la que hacen los Estados. Un repaso a la historia nos muestra la misma quijada de Caín con los últimos adelantos técnicos y la misma brutalidad de siempre.

Sordera

Los que ya tenían galones de teniente en el escalafón de la mala audición han sido ascendidos de grado sin antigüedad ni méritos de guerra. A la rapidez de la prédica y la deficiente articulación de algunos interlocutores se ha añadido el uso de mascarillas y mamparas, lo que complica más la comunicación.

Si el que nos habla tiene por costumbre hacerlo con tono susurrante, como cura en confesionario o trasmisor de secretos de los de no se lo digas a nadie, el problema se incrementa. Totalmente si se necesita ver los labios para enterarse.

Y son muchos. Para 2050 está previsto que haya casi 2.500 millones de personas con algún grado de pérdida de audición.

Son variadas las causas que provocan esta deficiencia auditiva. La herencia familiar es determinante.  Dos tíos abuelos míos mantenían conversaciones sentados al fresco en las tardes de verano y se enteraba toda la calle de los temas que trataban menos ellos. Se contestaban sin ton ni son, cada uno por el camino paralelo que su oído suponía. Dos monólogos disparatados.  Si a la pérdida de audición se añaden los acúfenos, con variedad de pitidos, cantos de pájaros y zumbidos diversos, el problema se agrava.

Cuando las conversaciones son de cumplido o intrascendentes lo más que puede suceder es que se confunda muerte con bautizo o viaje de ida con el de vuelta. En otros casos pueden acarrear perjuicios o meter la pata hasta el corvejón.

El otro día en una oficina bancaria el empleado y un cliente estaban separados por una mampara de cristal y por las mascarillas de cada uno. Aunque el primero elevaba el tono, no había manera de que se enterase el usuario, que tuvo que rogarle que le diera las instrucciones por escrito.

Por no parecer pesado y pedir que les repitan lo que les han dicho afirman debiendo haber negado o viceversa. Se advierte en la mirada del interlocutor que agranda los ojos, desconcertado, por no esperar esa respuesta, que puede asociar a la falta de audición si está al corriente del problema o a desvaríos mentales si se intenta ocultar por quien lo sufre.

Lo más barato y corriente para intentar oír algo mejor es poner la mano en forma de antena parabólica detrás de las orejas. En siglos pasados usaban trompetillas, que era tenderle a las palabras una entrada cónica. Algunos decían, ‘¿mande?, o sea, ‘no me he enterado de nada’.

Las dificultades de audición llevan a los que las padecen al aislamiento, a encerrarse en una burbuja de silencios.

Existe cierta reticencia a ponerse audífonos porque parece que manifiestan una discapacidad que hay que ocultar.  Sin embargo, las gafas se muestran sin recato e incluso se presume de ellas. Un amigo pidió presupuesto de unos hace poco. Recibió tal impresión al ver el precio que los acúfenos, como gallinero sorprendido, manifestaron su desconcierto con un recital de ruidos.