
Los carteros llevaban las cartas en una cartera grande de cuero grueso y duro con una amplia solapa para protegerlas de la lluvia, cierres de hebillas y una correa para colgarla al hombro. En su interior iban misivas de amor, de amistad, de luto en sus bordes negros o de cumplidas felicitaciones. La escritura sale del corazón y, a través de la mano, se posa en el papel con la identidad irremplazable que a cada cual le aporta su caligrafía.
Cartas que sorprendían por inesperadas después de muchos años sin noticias o aliviaban la angustia si la espera se alargaba. Servían para salvar las distancias que separaban las orillas, como pasiles en los arroyos, para hacer más llevadera la ausencia y ahuyentar al olvido.
De enamorados que intercambiaban besos y promesas con corazones atravesados por flechas, de padres e hijos, de esposas y maridos, de amigos…
Tenían sus formulismos que abrían y cerraban el mensaje principal. “Espero que a la llegada de esta os encontréis todos bien, nosotros quedamos bien, gracias a Dios”. “Y tú, recibe un abrazo de este tuyo que lo es”.
Cartas que hacían llorar o reír. Casi siempre con algunas gotas de melancolía. Al cartero se le esperaba detrás de la puerta entornada o de los visillos, sabiendo la hora aproximada de su paso.

Los que no querían esperar a que pasase por su puerta acudían a la oficina, que era una habitación de la casa en que vivía, y aguardaban a que hiciese el apartado. Consistía en agruparlas por calles. Nadie lo molestaba mientras tanto. Terminada su tarea entregaba a cada uno su correspondencia. O les presentaba las manos vacías con las palmas hacia arriba.
Si antes se aguardaba su llegada con ilusión ahora, si lo ves pararse en tu puerta, se te ponen las orejas como conejo que escucha ruido. Las notificaciones de organismos administrativos (hacienda, catastro y tráfico, fundamentalmente) con acuses de recibo no suelen traer dádivas en su interior.
El servicio de correos, que tuvo antes gestión privada en manos de una familia de origen italiano, pasó a ser servicio público en el siglo XVIII, en 1716. Los primeros carteros comenzaron a repartir la correspondencia unos años después, en 1756. Al principio no existían muchos medios de transporte, así que entre localidades se utilizaban caballos para este menester.
Los emisarios utilizaban una clase de corneta, que tocaban para reunir a los vecinos en los lugares de reparto. Tiene el nombre de cornamusa y ha pasado a ser componente fundamental del logotipo actual de correos, diseñado en 1977 por José María Cruz Cubillo.
Ya no se escriben cartas. Los medios tecnológicos han reducido el intercambio postal al mínimo y Correos se ha ido adaptando a las demandas que piden los tiempos.
Las abreviaturas y los emoticonos, como la grama, han inundado la besana de la caligrafía. No nos queda otra que acostumbrarnos a ellos.



















