Otros mayos

Mayo gira a mitad de su trayecto y sale al campo por los ejidos para festejar en el cenit de la primavera a san Isidro, patrón de Madrid y de los agricultores, a quien, según la leyenda, los ángeles le hacían sus labores mientras él rezaba.  

En estas tierras del sur de la región extremeña empiezan ya por estas fechas a encanecer las praderas y dorar las siembras.  Se escucha entre los olivares el canto de las chicharras, del cuco y la abubilla. Las amapolas adornan de cálices rojos lindes, ribazos y pegujales.  

Las espigas, en delicada flor, quedan al albur del solano, que las secan o del gallego que las madura.

Acuden a la memoria, como olas en el mar de los trigales, recuerdos de otros mayos, cuando por el cuerpo joven corría un río impetuoso de  vida alimentado por la vertiente natural de las hormonas.    

Tiempo de esquila, como era antes, cuando traían los pastores a los guaches del pueblo las ovejas desde las fincas y las cuadrillas de esquiladores las pelaban a mano con tijeras.  

Era también tiempo de pesca con trasmallo en los arroyos y ríos que tenían estiaje. De partir los largos día de luz, que iban camino del solsticio de verano, con el descanso de la siesta.

Para la virgen, ofrenda de flores de los pletóricos jardines y de infantiles voces de ingenuos corazones que entonaban el “Venid y vamos todos”, mientras subían aromas del azahar de los naranjos desde el patio.

Auras en los pañuelos al cuello de las mocitas bellas, mariposas perfumadas acariciando sus encendidas mejillas. Todo se mezcla en un puzle de sensaciones.

Mes de estudio y exámenes, de ojeras por el esfuerzo y coderas desgastadas. De los antiguos profesores quedan muy pocos. El mes pasado se fue don Miguel Ponce. Otros, buenos unos y otros, regulares, que de todo hubo, le precedieron en la marcha inevitable.

Los exámenes de final de curso eran orales, ante un tribunal que estaba formado por el profesor que había impartido la asignatura y otro colega.  Un alumno dentro y otro en la puerta esperando con incontrolables ganas de orinar.

La primavera pasaba de largo en el internado tras las rejas de luminosos ventanales y mi imaginación se iba detrás de las mariposas que a veces tocaban con sus alas los cristales. En tierras de Babia escuchaba yo de fondo a los griegos de don Juan Martínez y las matemáticas de don Antonio Zambrano, como si aquello no fuera conmigo. Con catorce años es difícil ponerle bridas a la fantasía.

Los recuerdos van surgiendo a salto de mata mientras regreso de un paseo por el campo, a la hora en que cantan las ranas y los grillos. En el lienzo violáceo de la tarde, el lucero destaca su rejón como una espina y el sol ha dejado sobre el horizonte la estela de un desmayo.

Movilidad social

Durante siglos los hijos de los pastores siguieron guardando ovejas, los de los mayorales y aperadores desempeñando las funciones de los padres en las mismas casas solariegas, los de los labriegos continuaron sembrando y recogiendo mieses en las mismas besanas y los de los herreros forjando hierros y avivando el fuego de la fragua con el fuelle. Pero los nietos y bisnietos, bien entrado el siglo veinte, interrumpieron la cadena y comenzaron a estudiar. Obtuvieron títulos universitarios y ejercieron de maestros, abogados, veterinarios, médicos, ingenieros…

Con esa preparación se le quebró una alfajía a la techumbre de los estamentos.  No era fácil cambiar de ubicación en este edificio, pero con las conquistas sociales se hicieron más permeables los límites y los niños yunteros que describió Miguel Hernández, nacidos para el yugo, rompieron la inercia de siglos y ascendieron socialmente de la única forma que podían hacerlo: a través del estudio, del sacrificio de sus padres, de las becas y de su esfuerzo.

Esa es la revolución pacífica y silenciosa que permite una movilidad social y va transformando a la sociedad. Los condicionamientos de las clases sociales siguen existiendo. Nacer en una familia o en otra sigue siendo determinante. Las hay que pueden permitirse grandes desembolsos económicos para dar estudios a sus hijos en prestigiosas universidades y otras se las ven y se las desean para pagar una habitación en un piso compartido para los suyos. En la Edad Media el ascenso social primordialmente tenía dos estrechos ascensores: meterse en el clero o hacer méritos en la guerra.

Los reyes premiaban con posesiones y títulos los servicios a la corona. De aquellos tiempos queda una corte diseminada y privilegiada de aristócratas que generación tras generación han ido ostentando, no sin traperas puñaladas y traiciones, abolengos, blasones y escudos que dan lustre, prestigio social e influencias.

El dinero solo da un brillo estridente. Para tratar de disimular la ordinariez lo cubren de toga, muceta y birrete con el nombramiento honorífico de doctores. El saber siempre enaltece.

Para la gente normal el principal medio de movilidad social es la educación. También, otro:  la política, con sus atributos de mando y el poder que da conceder subvenciones y licencias. Es el medio que menos preparación requiere. Teóricamente, ninguna. Ser mayor de edad, no haber sido condenado por delitos que conlleven esa privación u ostentar determinados altos cargos. Así es en puridad democrática. Negarlo iría contra un principio básico. Solo hay que afiliarse a un partido, obedecer ciegamente al líder y aplaudir cuando lo manden. Los meten en el cajón de sastre de las listas cerradas, donde a más bulto, menos claridad y, si los votos son propicios, pueden asistir con la cabeza erguida a actos civiles y religiosos. En caso de cesantía siempre hay un puesto en los reductos que aún controla su partido para reubicarlos, aunque confundan un bien inmueble con una cómoda. 

Esquelas y epitafios

Existen diversas formas de anunciar la muerte de alguien. Otras tantas, de dejar constancia de la misma para el recuerdo.

Los dobles de campanas y el boca a boca de los vecinos es la más tradicional. Se sigue haciendo así, pero los bandos móviles llevan la noticia hasta nuestras manos de modo más rápido y general.

Publicar esquelas en los periódicos, donde el tamaño importa, es una manera más selectiva de darlo a conocer. Son como tarjetas de visita de los deudos con los méritos del difunto. Lápidas de papel que se irán poniendo amarillas en las hemerotecas.  De las frases tópicas-todos morían habiendo recibido los santos sacramentos y la bendición de su santidad- han evolucionado hacia una pequeña crónica social. Incluso a textos literarios ingeniosos.

Las esquelas dan lustre a los que quedan. No hay familia pudiente o de abolengo que no deje constancia del óbito del finado en papel prensa.  A más tamaño y número de esquelas, más repercusión social. Apellidos ilustres con conjunciones copulativas, guiones y preposiciones y un currículo de cargos desempeñados, realzan la figura del difunto, a quien poco le importa ya, y aportan laureles a la sobreviviente parentela.  Las esquelas constituyen un reflejo sociológico de las que algunos lectores, previo minucioso estudio, desgranan e hilvanan conclusiones.  Deducen desavenencias entre parientes por las posibles omisiones, se remontan a las ramas familiares de los consortes y construyen árboles genealógicos.

Para la permanencia del recuerdo del difunto en la memoria colectiva también existen modalidades. Desde la cruz con unas iniciales a suntuosos panteones de mármol y granito.

Hay una costumbre, ya en progresivo desuso, que consiste en confeccionar unos recordatorios para repartirlos entre familiares y amigos del fallecido con imágenes de vírgenes dolorosas y cristos crucificados, en los que se incluían sus datos personales, jaculatorias y frases piadosas.

Es una forma personal, más reducida de tamaño, pero más amplia de plegarias que las lápidas de los cementerios. Se repartían pasadas unas semanas del óbito.

De epitafios hay un curioso muestrario. Desde los humorísticos recogidos por Francisco Martínez de la Rosa en su obra ‘El cementerio de Momo’: “Aquí yace un cortesano, /que se quebró la cintura/ un día de besamanos”. O este otro: “Yace aquí un mal matrimonio, dos cuñadas, suegra y yerno…No falta sino el demonio para estar junto el infierno”, a los que escribieron los propios interesados para sus tumbas. Así, Miguel de Unamuno: “Méteme, padre eterno, en tu pecho, misterioso hogar. Dormiré allí, pues vengo deshecho del duro bregar”.

 Enrique Jarduiel Poncela, escribió lo que todos sabemos: “Si queréis los mayores elogios, moríos.” Vicente Huidobro, una bella alegoría: “Abrid la tumba. Al fondo, se ve el mar”.

No sé los que lucirán en sus panteones cuando mueran los paranoicos con tanto poder, que tienen la desvergüenza, ellos y los aduladores que se prestan, de apoyarse en religiones para justificar los miles de muertos que provocan.  

Otras Semanas Santas

Nuestras primeras Semanas Santas fueron de vigilias, matracas, bulas de la santa cruzada, procesiones con dobles filas paralelas de hombres y mujeres y sermones de siete palabras que parecían setenta. Veníamos del chis y el dedo en los labios pidiendo silencio porque había muerto el Señor.

 Mayorales con trajes oscuros y calvas brillantes en los oficios de la tarde. Gente que llegaba de los cortijos al pueblo con el rostro curtido por el sol y un día reservado para confesar los pecados cometidos en el campo y en los chozos.

Las imágenes de los santos en la iglesia, tapadas con telas moradas.  Suaves ojeras lilas de mocitas bellas a la luz de las velas. Jubileos de beatas sacando almas del purgatorio con entradas y salidas al cancel. La solemne soledad de la madrugada del jueves al viernes velando al sagrario vacío.

A ese tiempo, a dos luces fusionado, lo llaman los entendidos nacional catolicismo, un ensamblaje en el que era difícil deslindar las competencias de las dos instituciones. Privilegio de presentación de cardenales y algunos prelados saludando brazo en alto.

Como no habíamos conocido otras, nos parecía que siempre fue así y así seguiría siendo. Quedaban todavía por suceder muchos acontecimientos para ir deslindando el mundo del César del de Dios.

De eso veníamos. Así que la primera vez que fui a una discoteca en un viernes santo, en los albores de la democracia, sentí una culpa difusa de no saber bien qué infracción estaba cometiendo, temor a verme sorprendido, como el niño de la enciclopedia Álvarez a punto de coger el caramelo de un tarro de cristal, sorprendido por la voz de la conciencia. Miraba de vez en cuando a la puerta por si entraban las fuerzas del orden a pedirnos la documentación.

Les refiero un caso como muestra de este solapamiento de competencias. Los quintos de aquel año, los nacidos en el cincuenta y uno, decidimos pedir permiso al que ejercía de alcalde para que nos dejara hacer baile el día de San José.  Vaya aprieto al que se vio abocado. Para no comprometerse ni desairarnos, nos dio una respuesta entre la de Salomón, partiendo en dos, y Pilatos, lavándose las manos. Por mí no hay impedimento, pero decídselo al cura.  Era tiempo de cuaresma y nunca antes habían dado permiso. Ni siquiera aquella vez en que le dejaron un gato colgado en la ventana: “Cura, curato, como no nos dejes hacer baile te verás como este gato”. Con estos antecedentes nos dirigimos a la casa parroquial con el argumentario preparado.  Le expusimos que el día de san José es como una isla dentro de la liturgia propia del tiempo de cuaresma.  Pero no hubo manera y los quintos de aquel año, como los de años anteriores, nos quedamos sin baile. Y nosotros, ‘unos sollozando y otros en silencio’, salimos sin saber quién era el que mandaba en el pueblo.

Felicidad, guerras y poesía

 

Hoy, veinte de marzo, se celebra el Día Internacional de la Felicidad, ese estado de grata satisfacción espiritual y física, según el diccionario de la RAE.

Los griegos de la antigüedad la consideraban el fin último de la vida, conseguida a través de la virtud, la razón y la autorrealización personal.  Los estoicos la ubicaban en la imperturbabilidad y en aceptar resignadamente lo que escapa a nuestro control.

Bajando de las alturas filosóficas al ruedo de lo cotidiano les refiero dos casos que demuestran que por ambicionar tener más no gozamos de lo que tenemos.

En mi pueblo vivía una persona que, por su posición social, económica y familiar, podía considerarse que reunía todas las condiciones para estar satisfecho de la vida.  Esa era al menos la imagen que trascendía al exterior, aunque con la prevención que un tabernero de la vieja escuela, de esos que hablan poco y escuchan mucho, resumía en una frase, cuando algunos clientes al calor de las copas alardeaban de conquistas o contaban supuestas intimidades: “¡Lo que tapan las tejas!”.

Pues este señor de acomodada posición, cuando veía pasar desde el velador de la puerta del bar al basurero de regreso del trabajo con su remolque tirado por una mula, decía: “Para este es la vida, ahora deja la bestia y al carro en la cuadra y se toma tranquilamente sus copas sin tener que preocuparse de nada más”.

El otro caso les sucedió a cuatro amigos que fueron a la fiesta veraniega de un pueblo cercano.  Dos de ellos ligaron con dos mocitas y los otros dos se dedicaron a recorrer los bares con otros amigos que encontraron.  De regreso a casa comentaron las incidencias de la noche y resultó que los que habían ligado envidiaban a los de las copas por lo bien que, pensaban ellos, se lo estaban pasando y los de la parranda por la suerte que habían tenido con los ligues. Ni unos ni otros disfrutaron de la noche.

Quizás la felicidad esté en retirarse del mundanal ruido e irse al campo, como anhelaban Fray Luis y Juan Ramón. O disfrutar de los pequeños detalles que esta estación que comienza hoy nos ofrece. Aquellas hojas verdes en el viejo tronco del olmo seco, que inspiró a Antonio Machado.

Dejarse llevar en volandas en un bajel de sensaciones con velas empujado por auras tibias y perfumadas. Las gayas sonrisas del azahar de los naranjos. Pero mientras mueran inocentes en las guerras y manchen de sangre las margaritas de los prados es difícil aplicar la máxima estoica de aceptar resignadamente lo que escapa a nuestro control. “Maldigo la poesía de quien no toma partido hasta mancharse”, escribió Gabriel Celaya.

Lástima que, según quienes sean los agresores, unos condenen y otros justifiquen. Las guerras nos afectan a todos como humanos, sean los agresores tirios o troyanos y lo diga Sancho Panza o Salomón.

La trastienda

Mi tío José tenía un comercio donde se vendía de casi todo. Desde cal viva y azufre de intenso color amarillo hasta castañas pilongas en sacos de yute. Desde botes de colonia con un pulverizador en forma de pera hasta puntas y alcayatas. Un lema de experto comerciante. Nunca digas al cliente que no tienes el artículo que solicita. Está pedido.

El mostrador era la columna vertebral de los intercambios, donde se enseñaban los artículos y se despachaban. Por un extremo disponía de una parte levadiza para entrar y salir.  En el otro, que hacía recodo, estaba la balanza numerada y debajo el saco del azúcar donde yo acudía como pajarillo a las espigas. Unas veces le pedía un terrón y otras, en un descuido, lo tomaba yo por mi cuenta.

Pero las mercancías principales eran las telas, las que venían en piezas y se vendían por metros. Estaban en la estantería frontal ordenadas por calidades y colores. Pana, muselina, terciopelo, seda, raso… Una muy solicitada era el ‘lencete’ moreno.

Las mujeres pasaban las manos sobre ellas y acercaban la vista para cerciorarse de sus cualidades. El metro era el instrumento de medida, aunque todavía algunas de las personas mayores pedían por varas. En el mostrador estaban marcadas las ranuras que fijaban su extensión. Resultaba más cómodo.  Antes de separar el total de la compra le añadía dos dedos de demasía para que fuera bien despachada. Las tijeras abiertas en ángulo pasaban a contrahílo de un extremo a otro.

La fachada del comercio era el escaparate. Allí colocaba los artículos, según la temporada. A comienzos de verano, los sombreros de paja, los bieldos, rastrillos, cribas y palas. Cuando llegaban las lluvias, los capotes negros impermeabilizados con brea o alquitrán.

Con ellos por los hombros, veía yo pasar a los agricultores de regreso a sus casas, montados a mujeriega sobre las bestias en las tardes de lluvia.

Las mujeres, piedra angular de las casas en una economía en la que no se desperdiciaba nada, confeccionaban los trajes y echaban remiendos y zurcidos a la ropa de faena de sus maridos, hasta que quedaban más parches que tela original con tonalidades variadas del color de la tierra.

En la trastienda del comercio no estaba el erótico felpudo del primer desnudo integral del cine español. Era el   habitáculo anexo, como la rebotica en las farmacias. Lugar reservado al que solo tenían acceso los de más confianza. Allí se guardaban los libros de contabilidad y las facturas y se platicaba en voz baja.

La comparo con el sitio en el que se cocinan las encuestas para que salga el resultado que más conviene a quienes las encargan y mostrarlas después con leve reverencia. También con el archivero donde se guardan papeles, hurtados al conocimiento de los ciudadanos a los que se les considera inmaduros y toman por tontos, incapaces de comprender las turbias razones de los estados.

Derechos humanos

 

Día Internacional de los Derecho Humanos

Hoy, veinte de febrero, se celebra el Día Mundial de la Justicia Social. Su finalidad es concienciar sobre la equidad, la igualdad y los derechos humanos. La declaración de estos derechos fue promulgada por la ONU, institución venida a menos por la irrefrenable paranoia de algunos de sus miembros, y recoge en treinta artículos los civiles y políticos, como el derecho a la vida y la prohibición de la esclavitud y la tortura. Los económicos, sociales y culturales, entre los que se encuentran el derecho al trabajo, a la educación y a la salud. Son, por naturaleza, universales, inalienables, indivisibles e interdependientes. Total, casi nada. Son suficientes para sentar las bases sólidas de cualquier constitución que se precie.

Por defenderlos hay quienes han sido encarcelados, torturados y asesinados. En nombre de unas patrias se arrasan a otras patrias y en defensa de unas ideas se ataca a quienes piensan diferente.  Hay donde elegir la forma más mortífera de hacerlo. Escojan los estados y sus cloacas entre el variado surtido que ofrece el mercado para satisfacer las peticiones más exigentes. Drones, bombas de racimos, misiles, ojivas nucleares, infusiones de plutonio… Hasta alguna rana puede prestar servicios inestimables y discretos. Muestran la fuerza de sus razones en imponentes desfiles de alineados soldados. Tanques, camiones y cazabombarderos dotados de  los más modernos misiles nucleares constituyen la fuerza de sus razones ante la complacida y altanera mirada de los gobernantes de turno y su cohorte protectora, elevados a semidioses por la propaganda y el miedo que provocan.

Con el pretexto de la seguridad nacional se califica de traidores a quienes sólo son adversarios que se oponen a la barbarie de los que detentan el poder y se cuelgan medallas en las pecheras de los que son brazos ejecutores de sus atrocidades.

Han convertido los principios éticos en una interminable procesión de hipocresías donde lucen más los que llevan los varales y la compostura trajeada que la autenticidad de lo que se predica.

¿Son rojos o azules los derechos? ¿Diestros o zurdos?  ¿Grises, opacos o tintados?  Aunque algunos estados han llevado a sus constituciones estos principios, llegado el caso, saltan sobre ellos como banderillero la barrera de la plaza, perseguido por el toro o limpiamente los eluden como un saltador de pértiga el listón. Al fin y al cabo, el papel es muy sufrido y no se queja.   

Al rey absolutista Luis XIV de Francia (el Rey Sol) se le atribuye la frase “El Estado soy yo”. La soberanía, el poder y la justicia emanaban de su persona. Hoy no hay soles para tantos gerifaltes.

Nuestro planeta se está convirtiendo en lo que dice la letra del tango Cambalache: “Que el mundo fue y será una porquería ya lo sé… vivimos revolcaos en un merengue y en un mismo lodo todos manoseaos… Hoy resulta que es lo mismo ser derecho que traidor, ignorante, sabio, chorro, generoso, estafador…”

 

Bares y escuelas

 

Me contaba hace unos días el alcalde de Casas de Reina, Fernando Gallego, que el bar del Hogar del Pensionista de su pueblo había cerrado y que estaban a la espera de una nueva licitación para adjudicarlo.  Era el único que permanecía abierto, con lo que el pueblo se quedaba sin un local donde reunirse y echar un rato de charla, tomar unas copas o jugar una partida con los amigos.

Es un hecho que viene sucediendo estos últimos años en las localidades pequeñas. Haciendo números, no es rentable mantenerlo todo el año para tan pocos clientes. Apunta como una posible solución que se rebaje la cuota a los autónomos, pues no es comparable un negocio aquí que otro en una ciudad.

 La Junta de Extremadura, en un intento de frenar la despoblación, ha puesto en marcha el programa ‘Yo Repueblo’, en una de cuyas líneas de actuación se contempla la posibilidad de solicitar ayudas para cubrir los gastos ordinarios en entidades de menos de trescientos vecinos. Un fogonazo temporal que después se apaga, mientras sigan igual las circunstancias socio económicas. 

Me refería también que la escuela está cerrada y que los alumnos tienen que asistir al CRA (Centro Rural Agrupado) de Fuente del Arco, donde oficialmente les corresponde, aunque algunos padres los llevan a Llerena por sus propios medios.

Es triste un pueblo sin colegio. Los niños y niñas son la savia   que los renueva. Alegran las calles con sus idas y venidas. La escuela es el corazón que los impulsa.  Sus juegos y sus voces a la hora del recreo son la señal de que el pueblo sigue vivo y su corazón latiendo.

Estos cierres son el preludio de una muerte anunciada. Si no se le pone remedio, los pueblos pequeños desaparecerán. Para que las personas se establezcan en ellos tienen que vislumbrar un futuro que los atraiga. Y eso lo da tener un trabajo del que vivir.   El problema, como siempre, tiene raíces económicas.  Si no existen las necesarias, las demás solo son parches. Pan para hoy y hambre para mañana.

Casas de Reina, con sus doscientos siete habitantes, aparte de tener en su término el emblemático teatro romano, donde cada año se celebra el Festival de Regina, que ya va por su vigésima primera edición, tiene personas emprendedoras, que crean riqueza y le dan fama y lustre en actividades como la cárnica, restauración y carpintería, gestionadas por excelentes profesionales. Hay que crear condiciones para atraer y que no se vayan los que están. Una de estas empresas de embutidos y jamones ha conseguido con esfuerzo y dedicación crecer y crear puestos de trabajo.  Quieren ampliar su actividad y renovar sus instalaciones y maquinaria, intención no exenta de dificultades y trámites administrativos, que, por aquí, en este rincón de la Campiña Sur, sin tejido industrial variado, no es fácil. Pero merece la pena intentarlo. Mucho ánimo.

Guerras

Desde que el ser humano habita este planeta no han faltado los enfrentamientos y las guerras en algún lugar de su geografía y en cualquier tiempo de su historia.  Unas son más conocidas por su inmediatez o porque las aprendimos en las escuelas y en los institutos. Otras permanecen en segundo plano, antes y ahora, en la penumbra, pero son y fueron igual de mortíferas y causantes de desgracias. Héroes o villanos, según quien lo cuente.  Coronas de laurel y monolitos. O el olvido.

Cada bando contendiente resalta las que más le favorecen. Crean sus héroes y sus mitos. Relatadas en libros y dibujadas en comics, como aquella famosa serie de HAZAÑAS BÉLICAS.

En las dos últimas guerras mundiales el número de víctimas civiles y militares produce espanto. En la primera superó los veinte millones y en la segunda los ochenta. Hay que añadir lo que llaman daños colaterales:  los sufrimientos de las familias de los muertos, el hambre, la orfandad, la miseria… Existen también las no declaradas como contiendas, las que utiliza el variado muestrario de las dictaduras para mantener a raya a los opositores o liquidarlos.

La historia del mundo está cosida con hilos de batallas y escrita con sangre de inocentes, sin que falten en el repertorio las más crueles: las civiles.

Se levantaron imperios sobre millones de cadáveres y sobre otros tantos se derrumbaron.

 

En la mayoría de las guerras surge un caudillo, un enviado por los dioses o el destino. Salvadores a quienes nadie les pide ayuda. Iluminados que arrastran a los pueblos al desastre con una mixtura de populismo, ondeo de banderas, supremacía étnica y aderezos religiosos o ideológicos que prenden en las masas, más proclives a emociones que al raciocinio. De trasfondo siempre, las ansias de poder y las riquezas.

Hay que distinguir entre quienes atacan y quienes se defienden, entre invasores e invadidos. Entre los que ponen yugos y quienes intentan liberarse de ellos.  Nadie tiene por qué ofrecer la otra mejilla ni ser un Mahatma Gandhi a ultranza.   Defenderse es obligado y digno.  Pero si no hubiera quien agrede nadie necesitaría defenderse.

En esa dinámica anda la humanidad desde la quijada a los misiles supersónicos.

Quienes justifican esta interminable beligerancia lo hacen con un sibilino razonamiento.  Sostienen que la industria que generan las conflagraciones son fuente de trabajo y de progreso. Destruir y comenzar de cero sobre las cenizas de los muertos.

Y sin embargo hay muchas personas que hacen avanzar al mundo con sus trabajos e investigaciones. Gente que lucha por un progreso y bienestar sin tener que eliminar a nadie.

Mas la fuerza bruta no ceja en su empeño destructivo.  Va de las armas a las treguas para ir preparando la siguiente embestida.  Guerra que va, guerra que viene, como el mar de la playa a las arenas, en imagen de Miguel Hernández. Malditas guerras, malditos quienes las provocan.

Progresistas

 

Si en una encuesta nos preguntaran si somos partidarios del progreso, una gran mayoría de los encuestados respondería que sí. Siempre hay que dejar un margen para los que piensan que se vivía mejor en las cavernas.

El problema está a nivel lingüístico porque el adjetivo que califica a los que así piensan ha sufrido desviaciones semánticas que generan controversias.  

Cuando nombramos a las cosas las dotamos de identidad. Las trasladamos de las difusas tinieblas de lo inconcreto a lo preciso de la luz. Es una manera de organizar las ideas, conceptos, emociones, modas y actividades que van surgiendo.  Gabriel García Márquez, en Cien años de soledad escribe: “El mundo era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo”.  Asignarles nombres es un acto de creación.

Una vez creadas, las circunstancias sociales y culturales las van perfilando y a veces cargándolas de matices que modifican su significado original e incluso vaciándolas de los mismos.

La lengua evoluciona. Unos vocablos dejan de usarse y otros aparecen para designar nuevas realidades. Con préstamos de otros idiomas y términos de elaboración propia estructuramos la realidad y enriquecemos nuestro idioma.

El uso abusivo de ciertas palabras lleva a debilitarlas, a que pierdan lozanía y expresividad. El adjetivo genial ha pasado de la excelencia a algo parecido a no está mal o a ser un latiguillo para salir del paso de los cumplidos.

 

 

 

 

 

 

Otro tanto sucede con sublime. Tanto y en tan variadas situaciones se utiliza que ha perdido brillo y eminencia, bajando peldaños en el escalafón hasta situarse cerca de lo ordinario.

Si a los juristas se les clasifica de progresistas y conservadores, se deteriora el neutral fin que debe presidir la impartición de la justicia, como cuando a la democracia se le añaden apellidos, que en lugar realzar degradan.

Con el sufijo -ista, unido a raíces, nombramos oficios y profesiones: pianista, futbolista, dentista…

También designamos a los seguidores o simpatizantes de una ideología, creencia o sistema político: comunista, fascista, centrista…

Calificamos las características personales o estados de ánimo: optimista, pesimista, derrotista…

El término progreso y su familia semántica tienen en común el sentido de ir hacia adelante, en oposición a retroceso o estancamiento. Pero a un miembro de tan liberal linaje, a progresista, lo ha deteriorado la contaminación política con unos matices peyorativos donde caben la ironía, el desdén, la burla, el insulto o el desprecio de los que defienden ideologías más conservadoras y tradicionales.

Quizás la culpa la tienen quienes, alardeando de defender el progreso, no han estado a la altura de las exigencias éticas y morales que ello lleva consigo.

El descrédito de algunas palabras en ocasiones refleja el de las personas o instituciones que tienen obligación de darles lustre. O el de quienes, a falta de argumentos más consistentes, utilizan la lengua para debilitar al adversario e intentar transformar la realidad a conveniencia.