Vino amargo

Lóbregas tabernas donde olía a sudor y se juraba sobre el altar profano de los mostradores. Sillas de enea, algunas camillas y el humo de tabaco envolviéndolo todo.

Los urinarios estaban en el corral o en la calleja cercana. La meada, con una mano en el cuadril o en la pared si el que miccionaba necesitaba ayuda para mantener el equilibrio.  Los establecimientos que tenían dentro del local los servicios disponían del habitáculo justo para que cupiera el usuario. Uno tenía la puerta tipo cantina del oeste, tapaba el tronco del cuerpo y dejaba al aire pies y cabeza, de forma que el que estaba orinando podía seguir la conversación

con los compañeros que permanecían en la barra. Como no había agua corriente, de vez en cuando le echaban una cuba para aminorar el mal olor.

En uno de ellos el dueño guardaba una escoba de rama cerca del agujero donde se evacuaba. Estaba en el descanso de una estrecha escalera que subía al doblado. Había que traspasar el mostrador, por lo que quien necesitaba hacer uso de él debía acceder levantando la tapa que estaba en un extremo. El regente del local siempre avisaba: ¡Cuidado con la escoba!

Para limpiar la vajilla disponían de cubas o lebrillos, uno para lavar y otro para el enjuague. El agua iba tomando color a medida que avanzaba la jornada.  El paño ultimaba el aseo. Se introducía con el dedo pulgar en el vaso y se rotaba. Una mirada a contraluz delante de la clientela servía como acreditación de la limpieza.

Sin comida que acompañar en las libaciones, el alcohol expandía sus efectos desde el estómago a los pies y a la cabeza, pasando por la lengua que en los primeros momentos era vivaz y después se hacía pastosa, enredándose en las lianas de la torpeza. El señuelo era evadirse, pero se terminaba cayendo en una profunda melancolía. Agarrados al espejismo de la euforia, poco a poco, los efluvios del alcohol se evaporaban dando paso a la tristeza.

Había borracheras bochornosas, sobre todo en los días de fiesta. Ciertos trabajadores que acudían al pueblo con ganas de beberse a tragos su ausencia en pocas horas terminaban perdiendo la decencia y la dignidad.

Todavía repugna a mi recuerdo un borracho tendido en la acera. Boca arriba, turbia mirada al cielo, con un hilo de vino entre la comisura de sus labios. De mayor conocí algo de su historia. Sicario en la pared del cementerio, junto al pozo, donde quedaron cicatrices que la cal solo pudo disimular con una mano blanca. Eran las primeras imágenes que captaba de la degradación humana, ignorada hasta que descendí por las escaleras de la razón a la sima de lo inexplicable. Bebía para olvidar, pero el vino no borra, sino que resalta lo que se desea ocultar cuando las olas de la resaca se retiran en un amargo despertar.

Cartillas y enciclopedias

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

En el libro ‘El Nuevo Catón’, que utilizábamos en la escuela de lectura, había una ilustración del cuento de los Hermanos Grimm, ‘Los músicos de Bremen’, en la que un burro, un perro un gato y un gallo, subidos uno sobre otro, se asomaban a la ventana de una casa para amedrentar a los bandidos que la ocupaban, emitiendo cada uno de ellos sus sonidos característicos.

Esta imagen permanece aún en la memoria después de tantos años. Las fotografías o los dibujos que acompañan a un texto es lo primero que percibimos, lo último que olvidamos y lo que más despierta nuestra imaginación.

El maestro preguntó a uno de mis amigos qué significaba para él la ilustración en la que se representaba a Cristóbal Colón con su séquito poniendo pie en tierra con la espada en una mano y la cruz en la otra ante los indígenas. Respondió que el descubridor les estaba diciendo a los nativos: “Dos caminos tenéis, así que escoged el que más os convenga”.

De entre los libros que usábamos entonces recuerdo las cartillas de lectura, las ‘Rayas’, obra del maestro Ángel Rodríguez Álvarez, nacido en el pueblo cacereño de Serradilla y editadas en Plasencia por la editorial Sánchez Rodrigo.

Utilizaba un método foto silábico que supuso una innovación en la enseñanza y aprendizaje de la lectoescritura.

Cada página estaba encabezada por un dibujo que nos servía a los alumnos para asociarlo con la sílaba correspondiente y también como estímulo, según avanzabas, para el dominio de las palabras.   Algunos se atragantaban con el tomate mientras otros apuraban ya las yemas.

Cuando las conocías todas pasabas a las lecturas fluidas que nos introducían en el maravilloso mundo de los cuentos y la fantasía.

Las enciclopedias nos ofrecían resumido el saber imprescindible para desenvolvernos en el limitado mundo de entonces, envuelto y teñido por la ideología imperante.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La de ‘Alvarez’, ‘intuitiva, sintética y práctica’, según constaba en su portada, era obra de Antonio Álvarez Pérez, maestro, escritor y editor zaragozano.  Fue la que usamos nosotros, publicada por la editorial Miñón, de Valladolid. Había de tres grados y otra de iniciación profesional.

Sus ilustraciones quedaron grabadas en nuestra memoria. Recuerdo la que representaba a un hombre fulminado por un rayo cerca de un bosque, la de la voz de la conciencia que alertaba al niño que iba a robar unos caramelos, la de Moisés golpeando con su cayado en una roca de donde empezó a manar agua, la del maná cayendo sobre el desierto… Y sobre todo la del sol saliendo entre montañas.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Primaba entonces la enseñanza memorística. Explicaba el cura lo del paraíso y nuestros primeros padres. Uno de los alumnos le expuso en pura lógica que los hijos de Adán y Eva tendrían que casarse entre ellos para que hubiera la descendencia que hubo. “¡Bueno, mira con lo que sale este ahora! ¡Catecismo, catecismo y catecismo! ¡Y déjate de pamplinas! 

Hojas caídas

Si yo fuera poeta intentaría plasmar en poemas lo que me evoca ver caer las hojas en el comienzo del otoño. Haría un símil entre este fenómeno natural y las cosas que perdemos en la vida. Vieja imagen, trillada y manida que, con mayor o menor fortuna, reflejaron muchos escritores, algunos de forma excelsa. Como yo no sé encajar tantas sensaciones en el armazón de la métrica y la rima, las expreso según van brotando espontáneamente del manantial acumulado.
Y mira por donde la última hoja que ha iniciado su caída, desprendida ya de la rama y seco su peciolo, es la antítesis de la poesía: una institución bancaria que abandona el árbol que le dio cobijo durante muchos años. Fue en su origen Monte de Piedad y Caja General de Ahorros de Badajoz, y, por cruces y ‘apareos’ de conveniencias ajenas, cambió de nombre englobada y fusionada con otras del gremio. Según noticias y bando publicado por el alcalde de Ahillones abandona la sucursal de mi pueblo en unos días.  Un rejón más en el morrillo vacío del olvido.
Como no hay rosas sin espinas, aquí lo incluyo. Pero vamos a temas más amenos. De otros otoños me llega la imagen de mi madre machacando aceitunas en una piedra lisa sobre un tocón del almendro. En este tiempo hace fresco a la sombra y calor al mediodía. Para evitar que el sol le diera en la cabeza colgaba una tela en el alambre de tender la ropa. Sentada de espaldas a la pared y protegida para que no le salpicara, iba cogiendo las aceitunas y una a una las machaba, empujándolas después con el ‘machacaó’ hacia la tinaja de barro que estaba en la parte delantera. De ritmos parecidos nacieron los cantes de fragua y de trilla.
Si yo fuera poeta elevaría a versos los surcos recién abiertos por el arado en la besana, desprendiendo vaho después de las primeras lluvias. Haría con el rocío de las vegas diamantes de traslúcidos destellos y bajaría como vuelo en parapente con las hojas de los chopos que alfombran de dorados colores las riberas. Como hoy, que, por los límites difusos del olvido y la memoria, vaga la melancolía con un fondo musical y algún lejano recuerdo que quizás nunca existió. En el suelo quedan hojas caídas, ocres, naranjas, doradas, amarillas…En la gavia que baja hasta el arroyo, membrillos; granadas en el huerto y hormigas de alas en el aire azul después de la lluvia.
Haría del mundo un ‘repión’, como aquellos que nos traían de la feria de Zafra. Lo lanzaría contra el suelo, como entonces, con la ayuda de una cuerda y una moneda de real sujeta en un extremo, por ver si con los giros se despoja de cascarrias. Y les echaría la malaventura en la feria de la vida a aquellos que  abandonan a los débiles cuando más los necesitan. 

Lindes

Por la disputa de la propiedad de un metro de tierra o por la ubicación de un olivo se puede llegar a matar. No hay nada más que repasar las hemerotecas para comprobarlo. Los crímenes de Puerto Hurraco tuvieron su origen en una invasión de lindes agravada con desencuentros amorosos. Una motosierra acabó con la vida en Palomero (Cáceres) de uno de dos hermanos, en disputa con otro colindante que dañaba sus olivos.

Esas vistas aéreas que muestran la relajante imagen del campo parcelado con diversas tonalidades, según las estaciones, encierra dentro, invisible a los objetivos de las cámaras, la maldición bíblica: “Maldito seas tú de la tierra, que abrió su boca para recibir de tu mano la sangre de tu hermano”. La defensa a ultranza de ‘lo mío’ está presta a blandir en el aire por la mínima disputa la quijada de Caín, soterrada solo someramente en los predios. El uso de un camino, el ancho de una verja, el agua de un venero… pueden ser el inicio de las disputas e ir aumentando hacia un punto de no retorno que va alimentando el odio y desemboca, si el sentido común no lo evita, en insultos y en agresiones físicas.  El que va a visitar su parcela de tarde en tarde puede encontrarse con que le han alterado las lindes o le han movido los mojones. Otros se comen con los arados los sesmos, cañadas y cordeles. Cada año se originan en España alrededor de tres mil procedimientos judiciales relacionados con las disputas de linderos.

Cuando surgen divergencias en los límites lo propio es ponerse a hablar civilizadamente para intentar llegar a un arreglo. Se acude al catastro y al registro de la propiedad, para tener una información documental, pero puede suceder que los datos de estos dos organismos no concuerden.  El catastro es un registro administrativo cuyo fin primordial es servir de base para la aplicación de impuestos. El registro de la propiedad es quien garantiza jurídicamente la titularidad de un inmueble. Lo ideal sería que estuvieran coordinados. A esto se añaden las vallas, cuyas delimitaciones puede suceder que no coincidan con las dos anteriores. Hay que medir las fincas y ni aun así se consigue siempre llegar a un acuerdo, con lo que será inevitable un procedimiento judicial contencioso. Cuando los límites son con propiedades públicas se dan casos en que estas han sido incorporadas por las fincas colindantes, mermadas o cortado el paso con cancelas y candados.

Las lindes de las tierras medían cerca de un metro, pero las mordeduras de los arados las han dejado tan estrechas que andando por ellas es difícil mantener el equilibrio.

No difiere mucho la defensa de los límites de propiedades particulares con la que hacen los Estados. Un repaso a la historia nos muestra la misma quijada de Caín con los últimos adelantos técnicos y la misma brutalidad de siempre.

Sordera

Los que ya tenían galones de teniente en el escalafón de la mala audición han sido ascendidos de grado sin antigüedad ni méritos de guerra. A la rapidez de la prédica y la deficiente articulación de algunos interlocutores se ha añadido el uso de mascarillas y mamparas, lo que complica más la comunicación.

Si el que nos habla tiene por costumbre hacerlo con tono susurrante, como cura en confesionario o trasmisor de secretos de los de no se lo digas a nadie, el problema se incrementa. Totalmente si se necesita ver los labios para enterarse.

Y son muchos. Para 2050 está previsto que haya casi 2.500 millones de personas con algún grado de pérdida de audición.

Son variadas las causas que provocan esta deficiencia auditiva. La herencia familiar es determinante.  Dos tíos abuelos míos mantenían conversaciones sentados al fresco en las tardes de verano y se enteraba toda la calle de los temas que trataban menos ellos. Se contestaban sin ton ni son, cada uno por el camino paralelo que su oído suponía. Dos monólogos disparatados.  Si a la pérdida de audición se añaden los acúfenos, con variedad de pitidos, cantos de pájaros y zumbidos diversos, el problema se agrava.

Cuando las conversaciones son de cumplido o intrascendentes lo más que puede suceder es que se confunda muerte con bautizo o viaje de ida con el de vuelta. En otros casos pueden acarrear perjuicios o meter la pata hasta el corvejón.

El otro día en una oficina bancaria el empleado y un cliente estaban separados por una mampara de cristal y por las mascarillas de cada uno. Aunque el primero elevaba el tono, no había manera de que se enterase el usuario, que tuvo que rogarle que le diera las instrucciones por escrito.

Por no parecer pesado y pedir que les repitan lo que les han dicho afirman debiendo haber negado o viceversa. Se advierte en la mirada del interlocutor que agranda los ojos, desconcertado, por no esperar esa respuesta, que puede asociar a la falta de audición si está al corriente del problema o a desvaríos mentales si se intenta ocultar por quien lo sufre.

Lo más barato y corriente para intentar oír algo mejor es poner la mano en forma de antena parabólica detrás de las orejas. En siglos pasados usaban trompetillas, que era tenderle a las palabras una entrada cónica. Algunos decían, ‘¿mande?, o sea, ‘no me he enterado de nada’.

Las dificultades de audición llevan a los que las padecen al aislamiento, a encerrarse en una burbuja de silencios.

Existe cierta reticencia a ponerse audífonos porque parece que manifiestan una discapacidad que hay que ocultar.  Sin embargo, las gafas se muestran sin recato e incluso se presume de ellas. Un amigo pidió presupuesto de unos hace poco. Recibió tal impresión al ver el precio que los acúfenos, como gallinero sorprendido, manifestaron su desconcierto con un recital de ruidos.

 

Cristo de la Sangre

Del suelo del calvario, entre claveles
rojos de sangre, cruz y Cristo en ella
al cielo de septiembre azul descuella
sobre un paso sin palio ni doseles.
Al viento la campana de la ermita
repica alborozada entre estampidos
y   acordes musicales    emotivos
que afloran emoción en cada cita.
Al tronco de ancestrales tradiciones,
Ahillones, orgullosamente unido
cuando hacemos el mismo recorrido
que hicieron tantas veces los ausentes.
No preguntes motivos ni razones,
que amores hay, que la razón no entiende.

Un nuevo curso

Pasan por mi calle los niños camino de la escuela. Vuelven a las aulas después de las vacaciones de verano con caras de sueño interrumpido y alguna señal de la almohada en sus carrillos. No saben todavía que están viviendo la etapa que añorarán muchos años después, cuando en lugar de las almohadas sea el tiempo el que deje señales en su cara.
Los días anteriores los maestros han organizado el curso, con un ojo en las prevenciones sanitarias y otro en las programaciones.
Me contaron viejos compañeros que ya cruzaron la laguna Estigia que antes no había tanta burocracia.  Yo mismo conocí reuniones informales en los recreos que servían de claustros, sin tantos protocolos.   En rellenar el ERPA (Extracto del Registro Personal del Alumno), acomodarse en las aulas y realizar una somera evaluación inicial ocupaban la mayor parte del tiempo.  Y al tajo que, fundamentalmente, consistía en la docencia directa.
Ahora hay mucho papeleo.  Por no hablar de reuniones de claustros, equipos, niveles, consejos escolares, comisión pedagógica… No siendo pocos los documentos que hay que cumplimentar la covid ha venido a poner la guinda con las mascarillas y el resto de medidas preventivas. Un corsé al estado natural de los niños, que es moverse.
Hay tareas burocráticas que son imprescindibles. Las que tienen una influencia directa y determinante en los procesos de enseñanza y aprendizaje.  El exceso de tareas provoca un desgaste psicológico y físico que repercute en la docencia.
Por si esto fuera poco, cada cierto tiempo cambian las Leyes de Educación y cuando se están asimilando los pasos del baile cambian de orquesta y de ritmo El gobierno de turno deroga o modifica la del anterior y la oposición anuncia que suprimirá la vigente en cuanto llegue al poder. Vaya tropa. Una auténtica sopa de siglas, que no bien llegados a descifrar ya están obsoletas.
¿Se refleja todo esto en el rendimiento de los alumnos? La lectura y la escritura, en sus manifestaciones comprensivas y expresivas, constituyen los cimientos sobre los que levantar el resto del edificio. ¡Qué olvidada la expresión oral! Da envidia escuchar cómo se expresan algunos niños hispanoamericanos.
Los comentarios de textos adaptados a cada nivel, desentrañando el significado de cada palabra, de cada giro, de cada expresión es una actividad esencial. Si de mí dependiera dedicaría los primeros cursos solo a eso: a hablar, a escribir y leer.
Conocí a un maestro que tenía en la clase dos vitrinas con minerales e insectos disecados y en las paredes carteles de vistosos colores. Los conservaba año tras año desde hacía mucho tiempo. Un auténtico escaparate que le servía para causar buena impresión a los visitantes, pero que no utilizaba.
Algunas veces me da la sensación que se atiende más a las vitrinas, al papeleo burocrático y a las estadísticas con numerosos gráficos que no reflejan la realidad de lo que sucede exactamente en las aulas.

Ermita del Ara

Septiembre es el gozne donde giran las puertas del verano y del otoño. Uno se va entre rastrojos y otro llega con el viento que desprende las hojas de las alamedas que tapizan de bellas tonalidades ocres las riberas.

La comarca de la Campiña Sur de Extremadura, extensa llanura limitada por la Sierra de los Argallanes y las estribaciones de Sierra Morena, ofrece una variada paleta de vistosos y marcados colores durante las cuatro estaciones.

Este mes es un descansadero que, como en las cañadas y cordeles a los pastores trashumantes, sirve de asueto y reposo entre la recolección y la nueva sementera. El ganado aguarda la salida de las primeras hierbas con las lluvias que generalmente presentan sus credenciales con redobles de truenos.

A lo largo de sus días, hitos bajo las advocaciones de vírgenes, cruces y arcángeles marcan los momentos en los que cada pueblo ofrece, implora y se divierte.

Uno de los que celebra con arraigada tradición estas fechas es Fuente del Arco. Situado en el elevado balcón que la sierra le ofrece, tiene al frente amplias y hermosas vistas de dehesas y tierras de labor; al sur, dándose la mano con la provincia de Sevilla, Guadalcanal; Llerena, al norte y al poniente, la mina de la Jayona y la ermita de la Virgen del Ara.

La tarde del siete de septiembre muchos vecinos de Fuente del Arco bajan hasta allí   para pasar la noche. Es lo que se conoce como la ‘velá’.  Con las estrellas parece que las plegarias tienen más libre el camino hacia el cielo. Lugar de leyendas, el rey Jayón y su hija Erminda, de molinos de harina y aceite, de minas y manantiales, como ‘La Madre’. Un paraje ideal donde encontrar tranquilidad y escuchar el silencio.

La ermita está situada en un valle entre la sierra de la Jayona y los Barrancos, inclinadas cuencas que vierten sus aguas en la rivera del mismo nombre.  De sugestiva belleza por las pinturas murales que recubren todas las paredes y bóvedas, es conocida como la ‘Capilla Sixtina’ extremeña. En el año 2018 fue declarada bien de interés cultural por la Junta de Extremadura. Antes del amanecer del día ocho la virgen es llevada a hombros hasta el pueblo por jóvenes que han pasado allí la ‘velá’. Le siguen personas que cumplen promesas. Suben por pronunciadas pendientes hasta llegar al puerto donde hacen un breve descanso a la espera de las primeras claridades del alba en el horizonte.  Desde allí hasta la Cruz de Guardado, dando vistas al pueblo, donde espera el resto de vecinos y de muchos otros lugares. Banda de música, cohetes y repiques de campanas, mientras el sol levanta su majestad por el saliente.

Razón y fe en competencia, pero es tan fuerte la emoción de esos momentos que, arrancando la lógica de cuajo, me emociono yo también viendo la emoción de los presentes. 

Enrevesados

Pensando que es vanguardia, el vate riza

la expresión para que el verso salga

como loco jinete que cabalga

sobre indómita yegua espantadiza.

Forma con intención desorganiza

y en cuanto a claridad, más turbio valga

si el lector confundió pierna con nalga

y engañó salchichón con longaniza.

De este estilo hay poetas que pretenden

hacer pasar por cultos los embrollos

y se ufanan si pocos los comprenden.

Glorificados sean los leídos,

pero los hay también tan presumidos

que fingen madurez y están zorollos.

 

 

 

Federico García Lorca

No enmudece la voz de los poetas

la bala que atraviesa sus entrañas

si tal es la intención de los sicarios

y de la mano oculta que les paga.

 

La sangre derramada en las cunetas

es abono y simiente de campanas

que tañen de espadaña a campanario

la brava libertad de las palabras.

 

Brota laurel la muerte en la memoria

coronando de lustre su cabeza

y su voz por callarla se ha hecho eterna.

 

No hay bastantes sayones en la historia

ni manos que disparen los fusiles

para matar con balas la belleza.