
Si en una encuesta nos preguntaran si somos partidarios del progreso, una gran mayoría de los encuestados respondería que sí. Siempre hay que dejar un margen para los que piensan que se vivía mejor en las cavernas.
El problema está a nivel lingüístico porque el adjetivo que califica a los que así piensan ha sufrido desviaciones semánticas que generan controversias.
Cuando nombramos a las cosas las dotamos de identidad. Las trasladamos de las difusas tinieblas de lo inconcreto a lo preciso de la luz. Es una manera de organizar las ideas, conceptos, emociones, modas y actividades que van surgiendo. Gabriel García Márquez, en Cien años de soledad escribe: “El mundo era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo”. Asignarles nombres es un acto de creación.
Una vez creadas, las circunstancias sociales y culturales las van perfilando y a veces cargándolas de matices que modifican su significado original e incluso vaciándolas de los mismos.
La lengua evoluciona. Unos vocablos dejan de usarse y otros aparecen para designar nuevas realidades. Con préstamos de otros idiomas y términos de elaboración propia estructuramos la realidad y enriquecemos nuestro idioma.
El uso abusivo de ciertas palabras lleva a debilitarlas, a que pierdan lozanía y expresividad. El adjetivo genial ha pasado de la excelencia a algo parecido a no está mal o a ser un latiguillo para salir del paso de los cumplidos.

Otro tanto sucede con sublime. Tanto y en tan variadas situaciones se utiliza que ha perdido brillo y eminencia, bajando peldaños en el escalafón hasta situarse cerca de lo ordinario.
Si a los juristas se les clasifica de progresistas y conservadores, se deteriora el neutral fin que debe presidir la impartición de la justicia, como cuando a la democracia se le añaden apellidos, que en lugar realzar degradan.
Con el sufijo -ista, unido a raíces, nombramos oficios y profesiones: pianista, futbolista, dentista…
También designamos a los seguidores o simpatizantes de una ideología, creencia o sistema político: comunista, fascista, centrista…
Calificamos las características personales o estados de ánimo: optimista, pesimista, derrotista…
El término progreso y su familia semántica tienen en común el sentido de ir hacia adelante, en oposición a retroceso o estancamiento. Pero a un miembro de tan liberal linaje, a progresista, lo ha deteriorado la contaminación política con unos matices peyorativos donde caben la ironía, el desdén, la burla, el insulto o el desprecio de los que defienden ideologías más conservadoras y tradicionales.
Quizás la culpa la tienen quienes, alardeando de defender el progreso, no han estado a la altura de las exigencias éticas y morales que ello lleva consigo.
El descrédito de algunas palabras en ocasiones refleja el de las personas o instituciones que tienen obligación de darles lustre. O el de quienes, a falta de argumentos más consistentes, utilizan la lengua para debilitar al adversario e intentar transformar la realidad a conveniencia.


















