Buena gente

He venido a Sevilla y aprovecho para sacar en la estación de trenes de Santa Justa el llamado bono recurrente.  Hay una larga fila y dos ventanillas habilitadas para tal fin. Podía haberlo hecho en Llerena si la máquina expendedora funcionase, pero lleva tiempo averiada y, a pesar de las reclamaciones que han realizado algunos usuarios, sigue en un rincón, ‘silenciosa y cubierta de polvo’, esperando que la mano diestra de un técnico la despierte de la inacción y cumpla las funciones para las que fue diseñada.

Pregunto a una señora que está en último lugar con su hija si esa es la fila para tal menester. Me lo confirma.  Al terminar la breve conversación me dijo: Es usted extremeño. Sorprendido me miro el vestuario que llevo por si hay algún signo que delate mi origen. Ni banderitas ni pin. Lo he notado por el acento, me dijo.  Yo soy de Fuente de Cantos y llevo en Sevilla mucho tiempo.  Casi lo estoy perdiendo, pero lo reconozco enseguida cuando oigo hablar a los de allí. Le digo que yo vivo en Llerena y entablamos conversación. Me agrada encontrarme con ella porque cuando se está lejos, el paisanaje no se circunscribe a una localidad, sino que se extiende a zonas más amplias.

En esas estamos cuando llega un hombre mayor con cara de despiste y agobio por ignorancia técnica y burocrática sobre los trámites que debe seguir para obtener un billete de cercanías que lo traslade a Dos Hermanas. Tiene usted que sacar un número en una de esas máquinas y esperar a que salga en los paneles que los van anunciando. También le indicará la ventanilla a la que tiene que dirigirse. El hombre, que tiene pinta de haber visto más liebres en la cama que pantallas de ordenador, las mira como quien contempla un portalito de Belén. La señora de Fuente de Cantos al verlo dudar se acerca y le realiza el trámite. El buen señor, con el tique en la mano, no aparta la vista de los indicadores luminosos.  Comprobado su apuro, la paisana anota su número y cuando sale lo avisa diciéndole a la ventanilla a la que tiene que dirigirse.

En un programa de televisión con cámara oculta dos actrices, representan a una cajera y a una madre a la que no le llegaba el dinero para pagar los pañales y la leche de su hijo pequeño. Unos clientes que estaban en la cola se ofrecen a pagar lo que le falta. Alguno se encara con la fingida empleada por la falta de respeto que muestra hacia ella.  

 Buen corazón. Queda buena gente   todavía. Personas corrientes que no originan titulares en los medios de comunicación, pero que están ahí, en el tejido social. Son como lubricante para la convivencia. Sin púlpitos, tribunas ni poses de campaña electoral. Hacen el mundo más habitable, más humano. Gracias por el ejemplo.

 

 

Septiembre, de nuevo

Los cangilones de los meses suben y bajan más rápidos cuando los has visto girar muchas veces. Nuestro reloj interior apresura su marcha con los años.
Pasa el cangilón con la fecha de nuestro nacimiento y nos parece que no hace tanto tiempo lo tuvimos otra vez frente a nosotros.
 Hay otras norias que suben y bajan. Las de ferias. Las que nos producían cosquillas en la barriga y vértigos en las alturas.  Hoy ambas me traen recuerdos y reproducen sensaciones pasadas que vuelven por estas fechas de finales de verano desde el fondo de la memoria.
Sobre el topetón de la chimenea, cerca del almirez, había unos membrillos en tazones de porcelana. Desprendían aromas campestres que se extendían por toda la casa. El olor intenso del tomillo escapaba por la celosía de la alacena y ascendía hasta las uvas en racimos y los melones colgados de los maderos con redes de torvisca. La abuela, a la sombra del parrón, cosía, dejando escapar de vez en cuando algún suspiro. A su lado dormía la gata con jirones de sol sobre su pelo. La voz lejana de un vendedor pregonaba por la calle acelgas, fruta fresca y perejil. La vida se tejía sin prisas, con punto de cruz y bordados de seda de colores sobre redondos bastidores.
Septiembre es un cruce de caminos. De calor que se va y frescor que llega, de fuentes secas y fuertes tormentas. El choque de dos estaciones sin trenes, que produce el verdor de las primeras hierbas en un contraste de ternura y fuerza bruta.
Trae de la mano la cartera con pizarra, pizarrín y enciclopedia, y unos niños que pasan con la cara de sueño interrumpido camino de la escuela.
En las calles de tierra y en los prados que empezaban a verdear jugábamos con ‘repiones’, clavos y billardas. Saltábamos al barranco y a la comba y deslizábamos el tejo jugando a la rayuela.
En las bodegas, unos hombres agarrados a unas sogas sujetas en el techo, pisaban la uva para el mosto primero.
Tiempo de vírgenes y cristos. Antes de que despunte el alba, salen desde la ermita del Ara los fuentelarqueños con su patrona a hombros hasta la iglesia del pueblo. Por pronunciadas pendientes, la Jayona a sus espaldas, San Benito y el Conjuro, al frente, la llevan los romeros después de pasar la noche en vela. Una parada en el puerto mientras el sol se levanta del fondo de la Campiña entre encinas y olivares. En la cruz de Guardado el resto de los vecinos y visitantes aguardan con emoción contenida. Al llegar el cortejo a la explanada los músicos tocan marchas y los cohetes estallan en los albores del cielo.  En la iglesia las campanas repican jubilosamente… Como la razón no alcanza a explicar lo inexplicable, todo este ambiente me conmueve y emociona y soy un romero más que a la virgen acompaña.

SUSTOS Y MIEDO

Empezaban a asustarnos pronto: “Duérmete niño, que viene el coco y se lleva a los niños que duermen poco”.

Los cuentos estaban llenos de ogros, lobos y brujas.  Las pesadillas eran vómitos del subconsciente que no soportaban ingestas tan pesadas.

Nos prevenían del ‘tío de la sangre’ para que no saliéramos solos al campo, sobre todo en esas horas plúmbeas de la siesta, cuando el tiempo se ralentiza en la masa viscosa de la flama.

El pozo, al que nos gustaba asomarnos para ver el brillo de las escamas de los peces, era vigilado por ‘la mora’, que al más mínimo descuido nos tiraría de los pelos para arrastrarnos a las oscuras profundidades.

El sebo, la grasa que le echaban a las ruedas de los carros para que no chirriaran por los caminos polvorientos, se lo asignaban a otro ser temible. Harían con nosotros el lubricante negro.

A los muertos, despedidos con el deseo de su descanso eterno, no los dejaban tranquilos. Los invocaban con extraños ritos espiritistas para hablar con ellos. A nosotros nos producía   desasosiego escuchar hablar de estos temas.

Los que sintonizaban la emisora clandestina, ‘La Pirenaica’, lo hacían con la puerta cerrada y el volumen en mínimos, temerosos de que alguien pasara por la calle y lo escuchara.  Eran tiempos de sospechas y lealtades sin fisuras.

Si pasabas de noche por una calle con poca iluminación podías encontrarte con una marimanta. No entendíamos todavía que su misión era ocultar relaciones o la broma de algún carnavalero cuando estos festejos estaban prohibidos. En muchos pueblos de Extremadura se alude a la ‘Pantaruja’ con misiones parecidas.

Todavía no habían llegado los teléfonos móviles. Solo existían los fijos. Su timbre a deshoras sonaba en el silencio de la casa como una alarma que socavaba los cimientos del sueño. Un latigazo en los oídos que aceleraba las pulsaciones en las sienes. A nadie se le ocurriría llamar de madrugada para felicitar un cumpleaños o quedar al día siguiente para ir de compras. Eran generalmente malas noticias las que se recibían.  

Los golpes en la puerta a horas intempestivas producían el efecto de un mazo golpeando el corazón. Un grito de socorro o una amenaza que invadía nuestra intimidad.

Hubo aldabonazos de infausta memoria, invitando a paseos a quienes nunca volvieron.

A las familias que los padecieron les quedó el rastro del miedo prendido en las alas de los prolongados ecos. Un estigma que nunca superaron.

Solo los que esperan fuera saben cómo es el terror, reflejado en los ojos del que abre.

¡Cuánta aprensión, cuántos enemigos reales o imaginarios condicionan la existencia!

A un paisano emigrante le escuché una noche de aquellas una frase que no olvido. Los demás amigos le avisaron para que bajase la voz. Criticaba algunos comportamientos de gente notable y había ciertas personas con las antenas desplegadas: “¡Lo que nos hacía falta, en la cárcel y con miedo!”

Lo que se espera de nosotros

 

 

 

 

 

 

El día de nuestro marqueo, como era tradición, los quintos comimos caldereta e hicimos muchas tonterías. A los mozos, que eran ofrenda y servidumbre de los pueblos a la sociedad a través del ejército, nos consentían y reían excentricidades propias de la situación y de la edad.

Unos con entusiasmo y otros por no desentonar seguimos las costumbres de nuestros padres y ancestros. Era lo que el pueblo esperaba y nosotros para no defraudar esas expectativas hicimos ostentación de nuestra efímera condición.

Nos talló el cabo de los municipales y nos reconoció uno de los médicos del pueblo. ¿Tienes algo que alegar? No. Pues ancha es Castilla. Visitamos las casas de todos los tallados. Pasamos de los dulces y el aguardiente al vino. A la hora del almuerzo fuimos a comer la caldereta que nos prepararon. Puede suponerse el estado general de la tropa a la caída de la tarde. Pues nada, aquí no se va nadie a casa. Decidimos pasar la noche en la casilla que nos sirvió de cuartel general. De mobiliario disponíamos de cuatro sillas de enea desvencijadas y un par de puertas viejas en el suelo. Encina de una de ellas, evitando el picaporte y soportando unos adornos oxidados en las costillas, pasé yo tan ‘placentera’ velada.

Al amanecer recorrimos las calles del pueblo con cantos tradicionales y formando bulla para hacernos notar. ‘Quinto levanta, tira de la manta’. Llevábamos una garrafa de vino de arroba y una escupidera. De ella bebíamos (limpia, eso sí, faltaría más).

Viene esto a cuento del efecto Pigmalión, el escultor que talló a la bella doncella Galatea. Se enamoró de su obra con tanta pasión y entrega que la diosa Afrodita compadecida de él la convirtió en ser vivo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Las expectativas que tienen unas personas sobre otras influyen en la manera de comportarse estas, positiva o negativamente. El pueblo esperaba que los quintos de aquel año nos comportásemos como lo habían hecho los que nos precedieron y nosotros actuamos para no defraudarlos.

El efecto Pigmalión tiene su parte provechosa en cuanto que puede servir de estímulo. En la docencia, el alumno responde mejor cuando sabe que  el profesor tiene un buen concepto de él.  Si mi padre confía en mí yo procuraré no defraudarlo.

En este contexto de expectativas y respuestas se desarrollan muchos comportamientos. En cierto sentido también estamos condicionados por ellos.

Somos consecuentes con la estima que nos tienen. Por eso la expresión: ‘No me esperaba eso de ti’ supone una decepción a una conducta esperada y para el que se lo dicen, un ataque a su autoestima.

 

 

 

 

 

 

 

Un paisano mío, de mejorable reputación, al que importaba más la olla que la fama, reaccionó así cuando le recriminaron, de guasa, su mal comportamiento:

¿Qué va a pensar la gente de ti?

Y a mí qué me importa, respondió, yo tengo los chivos vendidos y el dinero en la faldriquera.

El agua es vida

 

He salido a dar un paseo por el campo. Voy por el Cordel de las Merinas, una de las ramificaciones de las cañadas reales que bajan de tierras castellanas. En un buen trecho transcurre paralelo a la Corbacha, cauce fluvial que es el principal aporte del pantano denominado de Llerena o Arroyo Conejo.  Abastecía a la mayoría de los pueblos de la Campiña Sur. Las precipitaciones de otoño y primavera han sido insuficientes y ha aumentado el déficit acumulado en años anteriores. Actualmente queda en él poco más que légamo.

Ahora recibimos el agua del de los Molinos, en el término municipal de Hornachos. El trasvase realizado años atrás, previendo lo que se avecinaba, nos está salvando de momento, pero también ha disminuido considerablemente el agua almacenada por el aumento de pueblos que se han ido agregando.

 Los ayuntamientos que pertenecen a la Mancomunidad Integral de Aguas de Llerena han activado el plan ante situaciones de emergencia y eventual sequía. Entre las medidas adoptadas está la de limitar la dotación de agua a cada municipio a razón de 189 litros por persona y la posibilidad de subir las tarifas según tramos de consumo. La visión de las cisternas acarreando agua, que parecía olvidada, se atisba de nuevo en un futuro cercano.

Quedan en el cauce de la Corbacha, y en otros pequeños regajos y arroyuelos que vierten sus aguas en él, cicatrices en piedra viva y cantos rodados de pasadas correntías. De cuando llovía noches y días enteros y, tras una clara, las bardas grises asomaban de nuevo sus fauces por poniente, anunciando la llegada de más lluvia.

Hoy tienen las entrañas secas. Yermas de humedades y de vida.  La arena quedó varada a la espera de que una riada la lleve río abajo, hasta donde el caudal aminora su ímpetu y el agua se remansa. Un olmo descascarillado está caído sobre el cauce. Parece la barrera de un paso de aduana. O, más imaginativamente, un grito de auxilio con los brazos extendidos. En tiempos pretéritos, como escribió Antonio Machado el río los empujaba hasta el mar por valles y barrancas. Ahora forman parte del desolador paisaje desde el que algún cuervo lanza graznidos a media tarde.

Paseo por la orilla, siguiendo las veredas que las ovejas dejan marcadas.  La fauna que tenía por aquí su hábitat ha emigrado a otros parajes. La gallineta chapoteaba asustada batiendo sus alas sobre la superficie del agua para esconderse entre las eneas al sentir el paso del caminante. La pitorra, rauda en su vuelo y escandalosa en sus pitidos, no encuentra el barro donde estaba su alimento de lombrices. Patos, cigüeñas, garcetas, garcillas bueyeras… tenían aquí despensa en tiempos de abundancia.

Nos preocupa mucho la escasez y el precio de los combustibles, pero quizás se esté gestando ya la próxima gran disputa por el elemento fundamental e imprescindible de la naturaleza: el agua.

Desnudos e indefensos

Cuando llegaban los primeros calores mi madre quitaba las enagüillas de la camilla. No me gustaba esa desnudez tan repentina.  Me producía la misma sensación que cuando alguien me desarropaba en las mañanas de invierno para espantar la tibia pereza del cuerpo entre las mantas.

Sin embargo, cuando llegaban las noches frescas de septiembre urgía a mi madre para que buscara el jersey en el ropero. Recibía gustosamente el abrazo del calorcito que aportaba. Hasta la mascarilla, que al principio me resultaba engorrosa, ha acabado convirtiéndose en una prenda que echo de menos cuando salgo de casa, como el sombrero o el bastón para quienes los usan, siempre a mano en la percha del zaguán.

Cubrirse la boca y la nariz, si se acompaña de gorra y gafas de sol, es disfrazarse sin estar de carnaval. Sirve para pasar desapercibido esos días en los que uno no tiene ganas de pararse a saludar a nadie y prefiere las callejas a las calles. Una de mis aspiraciones infantiles era hacerme invisible y poder estar entre la gente sin ser visto.

Traslado esas sensaciones a estos calurosos días y me cubro con la grata prenda que ofrecen los recuerdos. A la intemperie, desnudo de defensas, me carcomen la moral tantas noticias desagradables sobre guerras, inflación, espionaje, petróleo, gas, chantajes que llegan del norte y del sur. Hielan unos y queman otros. Y la brisa del Atlántico, que se suponía reparadora, es equívoca y tornadiza a conveniencia. Ayer, sombra de una marcha, hoy fuerza un giro para provecho propio y ridículo ajeno.

Por si fuera poco, en estos días de celo electoral por tierras del sur, truenan “las romanzas de los tenores huecos y el coro de los grillos que cantan a la luna”. Por eso me marcho por el sendero apacible de los recuerdos, como Juan Ramón con Platero huyendo de la fiesta.

Estoy en la plaza de mi pueblo observando a los vencejos alrededor de la torre.

Encaje de bolillos, bordan con sus vuelos un paisaje de lianas cruzadas sobre la tela azul del cielo. La bulliciosa algarabía de sus trinos son los ribetes sonoros de este lienzo. Solo en tiempo de reproducción se posan en los mechinales para alimentar su descendencia. Por cama tienen el aire, blando lecho con sábanas de estrellas que acunan con guiños su sueño en la elevada cresta de la noche. 

Mañanas y tardes de verano. Por la bóveda celeste surcamos con nuestra fantasía infantil los mares, sin veleros, desde una tierra agreste de secano.

Siento volver de este refugio donde ya han cambiado muchas cosas. Cuando lo hago veo patitos seguidos de su numérica prole. Son los precios de los combustibles en el panel de una gasolinera. Póngame cuarto y mitad de esta pesadilla de verano que está a punto de eclosionar con las manos manchadas de sangre y el rostro rojo de vergüenza ajena.

Juzgar lo ajeno

 

Hace muchos años el Ayuntamiento de mi pueblo convocó con motivo de las fiestas patronales un concurso de redacción con el tema ‘Extremadura’. Mandé un trabajo en el que contaba el viaje en tren de un grupo de emigrantes a Alemania. Sus ilusiones, la pena de dejar atrás a sus familias, los controles médicos que habían tenido que pasar y las advertencias que les habían dado para cuando llegaran a sus destinos. Amigos que vivieron estas experiencias me aportaron datos y narraron anécdotas de sus viajes y estancias. Completé con mi imaginación el relato. Gané el primer premio, lo que no fue difícil pues fui el único participante. Para resaltar más mis méritos, cuando yo bailaba con una bella señorita en medio de la plaza, se acercó a mí, un ilustrado e influyente miembro del jurado y me dijo: “Has ganado porque no se ha presentado otro que dijera simplemente, por ejemplo: Extremadura, dos: Cáceres y Badajoz. Está muy bien lo que has escrito, pero no tiene nada que ver con el tema de la convocatoria”.

Me extrañó que considerasen la emigración como una cuestión ajena a Extremadura. Pero cuando uno participa en un certamen se somete voluntariamente al veredicto del jurado, cuya idoneidad se supone.  Para delimitar y concretar el tema están las bases que deben ser claras y no inducir a equívocos. En este caso no las hubo.

En el ámbito educativo hay que evaluar y juzgar frecuentemente el trabajo de los alumnos y el de los profesionales. Y a veces los medios empleados para ello no son los más adecuados.

Saber preguntar requiere tanta preparación como saber responder.

Algunos ejemplos. Escribe con letras los números siguientes: 3, 24, 40. El alumno contesta: Cuatro, veinticinco, cuarenta y uno.

O este que me sucedió a mí tratando de expresiones horarias. Di con otras palabras qué significa la una y pico. A lo que la alumna en este caso respondió que va siendo hora de picar algo de comer. ¿Están mal las respuestas o son ambiguas las preguntas?

Cuando se estudiaba por libre se acudía a los institutos oficiales para un único examen por materia, entregado al buen criterio del profesor que no conocía de nada a los examinandos ni disponía de más información sobre ellos. A pecho descubierto, sin más bagaje que unos folios, un bolígrafo y la suerte.

Por el contrario, en el Seminario existía una institución llamada ‘examen de comparación’. Si un alumno suspendía y consideraba que otro había aprobado con menos méritos que él, podía pedir una nueva prueba en igualdad de condiciones y con un tribunal distinto.  Hubo casos en que se le dio la razón al reclamante, a pesar de la tendencia al corporativismo. Hay errores en las calificaciones.

Más complicado es lo de los certámenes literarios y similares. La coletilla de que el fallo del jurado será inapelable cierra puertas y abre compadreos.

La cultura del esfuerzo

 

El primer centro de educación secundaria en la Campiña Sur se abrió en el año 1955, en Azuaga. Lo llamaron ‘Instituto Laboral Industrial- Minero’, por las minas de la zona. Como nombre específico le impusieron ‘General Moscardó’.

Juan Guardado, que ha sido director del Instituto ‘Bembézar’, sucesor del primigenio laboral, me dio un ejemplar del DVD que realizaron con motivo del quincuagésimo aniversario de su creación. En él se recogen testimonios de aquellos años, narrados por los protagonistas.

Los alumnos de Granja de Torrehermosa disponían para desplazarse hasta el centro en un automotor. Los de Fuente del Arco, del tren de vía estrecha. Para los demás el instituto gestionó la adquisición de un autobús de segunda mano, que pagaron a prorrateo los padres interesados. Procedía de un camión que había sido adaptado. Los carpinteros del pueblo completaron la metamorfosis. Su capacidad aumentó de veinticinco viajeros a sesenta.

Lo cuenta con gracejo su primer director, Juan Manuel Llerena Pachón, ya fallecido. El vehículo era conocido popularmente como ‘La Pepa’ y ‘El Coco’, esto último porque se llevaba a los niños.  El día que lo trajeron de Madrid, con calentones del motor y paradas obligadas por medio, inauguraba Franco la fábrica de cemento de los Santos de Maimona, localidad de la que era natural Juan Manuel. Allí pernoctaron.

El bachillerato era de cinco años. Aparte de izados y arriadas de bandera con el ‘Cara al sol’ y toques de oración, propios de la época, había talleres de electricidad, mecánica y carpintería. Y un inglés con intercambios epistolares. Sacar cabeza y progresar en la vida para quienes no tenían hacienda suficiente pasaba por la emigración o la preparación académica y laboral.

Fue una oportunidad que algunos aprovecharon para estudiar carrera o formarse en un oficio.

Otros se metían de aprendices en pequeños negocios,  de ‘rapas’ en las casas grandes de labranza, que eran las que ofrecían un empleo más estable y en los que generalmente sucedían los padres a los hijos. Habas contadas. El cerote, la lezna, la yunta o contemplar con las manos en los bolsillos cómo venían y se iban los temporales desde la esquina del ejido no era un futuro halagüeño.

Que el hijo de un zapatero, pongamos por caso, sacara con grandes sacrificios una carrera tenía un gran mérito y suponía un orgullo para sus padres y un ascenso social y económico para él.

En estos comienzos no asistían las mujeres al instituto. Se incorporaron posteriormente, pero en edificios separados.

Un ejemplo del interés por estudiar fue el de Juan Puente, un alumno de Valverde de Llerena. Recorrió en dos años más de 20.000 km. en bicicleta para asistir a las clases, lloviera o venteara. El centro le regaló una moto como premio.

Las condiciones sociales y económicas han cambiado, pero el amor propio, el esfuerzo y la constancia siguen siendo valores imprescindibles para cualquier actividad que se emprenda.

La invasión inglesa

 

 

Estaba yo en el bar echándole un vistazo al periódico cuando llegó un amigo y poniéndose a mi lado me dijo que él ya no sabía leer. Que el castellano que aprendió en la escuela con las fábulas de Iriarte y Samaniego, las lecturas del Quijote y el recitado de romances no le servían para enterarse de ciertas informaciones de los periódicos ni para saber de qué hablan en algunas tertulias televisivas y radiofónicas.

No es analfabeto y ha demostrado en la vida con creces sus capacidades y disposición para aprender y progresar en su profesión de albañil. Hecho a sí mismo con esfuerzo y amor propio. De esos que llaman ‘self made man’ y que aquí, hablando en plata, decimos echándole redaños a la vida.

Fíjate en esta noticia, me dijo: “La catalana Querat Casteller ha logrado la medalla de plata en la modalidad de halfpipe sobre snowboard en los juegos olímpicos de invierno”.  Buscamos información en internet, pues ambos lo ignoramos. Por lo indagado nos enteramos que consiste en deslizarse sobre nieve en una especie de tubo cortado por la mitad.

Otra información:  “La ‘startup’ que recupera la fórmula de alquiler con opción de compra tiene ya 25.000 usuarios en lista de espera”

Buscamos en el diccionario español, pero no está, aunque quizás se le espere.  Al parecer son empresas de nueva creación que comercializan productos y servicios por medio de las tecnologías y la comunicación.

Otra para rematar: “Victoria judicial contra el ‘clickbait’.  Parece que es un cebo, un ardid para captar lectores.

La siguiente es de la web oficial de la Aemet. Te remiten a un ‘widget’ para ver la información meteorológica de distintas ciudades del mundo. Por lo averiguado en las redes son aplicaciones cuyo objetivo es dotar de información visual a informaciones que se utilizan de forma frecuente.

Me comenta mi amigo que no está en contra de la incorporación de nuevos términos al castellano, si son necesarios. Siempre los hubo, pero le parece que en estos tiempos se están pasando y muchos nos estamos quedando atrás.

Pues aquí tenemos la guinda. Lo último que he leído es que se está creando un diccionario para denominar las malas relaciones de pareja. Si antes se rompía una relación, se decía que se habían dejado. Ahora lo llaman ‘ghosting’. Y si la relación solo se lleva a cabo entre las cuatro paredes de su casa o la tuya, se le dice ‘pocketing’.

 

 

 

 

 

Sale lo del ‘pig data’. Por la noticia en la que viene incluido parece que con ello se mejora la calidad de la carne de cerdo y de los jamones en particular: Un oyente, que no intervenía en la conversación, pero que estaba atento al desarrollo de la misma, salió del bar rascándose la cabeza y pensativo.  Seguro que iba a poner en práctica lo de la gestión masiva de datos en su granja.  La invasión continúa.

Fuego

El fuego es uno de los descubrimientos que más ha contribuido al desarrollo de la humanidad y también de los que más desgracias ha ocasionado cuando no se domina.

Según la mitología griega, Prometeo lo robó de la fragua de Hefesto y se lo entregó a los hombres.  Metió unas brasas en el interior del tallo de una cañaheja, de vistosa y arracimada amarillez. Abunda por estas estribaciones serranas.  El nombre latino de la planta, ‘ferula communis’, hace referencia a su uso como fusta o palmeta.

Nosotros aprendimos en la escuela cómo lo obtenían los primitivos, de forma menos fantástica y más laboriosa. Venía en las ilustraciones de la enciclopedia. Aquellos hombres barbudos y desgreñados, a medio camino entre simios y humanos, lo conseguían con el roce insistente de dos palos. Lo intentábamos, pero solo lográbamos calentarlos un poco.

Recuerdo a personas chocando el eslabón con el pedernal hasta que se originaba una chispa y prendía la yesca seca. Dicen que la mejor es la que se obtiene del hongo yesquero que nace en ciertos árboles con forma de pezuña de caballo. Los niños producíamos chispas golpeando unas piedras blancas contra otras. Los llamamos chinazos.

Nos llamaba la atención ver cómo saltaban chispas cuando las caballerías pasaban por las calles empedradas al anochecido y daban las herraduras contra el suelo. También cuando los hombres del campo sacaban de la faja negra de su cintura el mechero y con un golpe o dos de mano hacían girar la ruedita sobre la piedra. Prendía la mecha larga y dorada que ellos arrimaban con el dedo pulgar a donde se originaba. Soplaban sobre ella para que se ‘empendolase’ el fuego. (Esta palabra, que según el diccionario significa poner plumas a las saetas o a los dardos, la usamos aquí como equivalente a avivar la candela. También cuando un acontecimiento coge mucha relevancia o desarrollo: Por la noche se ’empendoló’ un baile de categoría. Señores del diccionario, que no todo va a ser hacker o friki).

 

 

 

 

 

 

 

 

La cocina de las casas antiguas era su lugar más entrañable. Allí estaba en su sentido más genuino, el hogar, que tiene su corazón bombeando calor desde la candela de llamas, donde las miradas son esponjas absorbentes que captan, hipnotizan y hacen divagar el pensamiento.   El atributo del mando alrededor de la chimenea son las tenazas y quien las tiene en sus manos ejerce de timonel avivador y arquitecto reparador del edificio cambiante de la leña vencida por el fuego. A los niños no nos dejaban porque decían que nos podíamos quemar y, no sé de dónde lo sacaron, que si jugábamos con él, nos orinaríamos en la cama.

Palabras que evocan.   Acuden imágenes de entonces. Trashoguero, llares, trébedes…En el topetón, un dornillo de madera de encina y un almirez dorado. Suelo de baldosas rojas y techo de maderos. Fuera la lluvia y  dentro silencio de lenguas de fuego.