
Nuestras primeras Semanas Santas fueron de vigilias, matracas, bulas de la santa cruzada, procesiones con dobles filas paralelas de hombres y mujeres y sermones de siete palabras que parecían setenta. Veníamos del chis y el dedo en los labios pidiendo silencio porque había muerto el Señor.
Mayorales con trajes oscuros y calvas brillantes en los oficios de la tarde. Gente que llegaba de los cortijos al pueblo con el rostro curtido por el sol y un día reservado para confesar los pecados cometidos en el campo y en los chozos.
Las imágenes de los santos en la iglesia, tapadas con telas moradas. Suaves ojeras lilas de mocitas bellas a la luz de las velas. Jubileos de beatas sacando almas del purgatorio con entradas y salidas al cancel. La solemne soledad de la madrugada del jueves al viernes velando al sagrario vacío.
A ese tiempo, a dos luces fusionado, lo llaman los entendidos nacional catolicismo, un ensamblaje en el que era difícil deslindar las competencias de las dos instituciones. Privilegio de presentación de cardenales y algunos prelados saludando brazo en alto.
Como no habíamos conocido otras, nos parecía que siempre fue así y así seguiría siendo. Quedaban todavía por suceder muchos acontecimientos para ir deslindando el mundo del César del de Dios.
De eso veníamos. Así que la primera vez que fui a una discoteca en un viernes santo, en los albores de la democracia, sentí una culpa difusa de no saber bien qué infracción estaba cometiendo, temor a verme sorprendido, como el niño de la enciclopedia Álvarez a punto de coger el caramelo de un tarro de cristal, sorprendido por la voz de la conciencia. Miraba de vez en cuando a la puerta por si entraban las fuerzas del orden a pedirnos la documentación.

Les refiero un caso como muestra de este solapamiento de competencias. Los quintos de aquel año, los nacidos en el cincuenta y uno, decidimos pedir permiso al que ejercía de alcalde para que nos dejara hacer baile el día de San José. Vaya aprieto al que se vio abocado. Para no comprometerse ni desairarnos, nos dio una respuesta entre la de Salomón, partiendo en dos, y Pilatos, lavándose las manos. Por mí no hay impedimento, pero decídselo al cura. Era tiempo de cuaresma y nunca antes habían dado permiso. Ni siquiera aquella vez en que le dejaron un gato colgado en la ventana: “Cura, curato, como no nos dejes hacer baile te verás como este gato”. Con estos antecedentes nos dirigimos a la casa parroquial con el argumentario preparado. Le expusimos que el día de san José es como una isla dentro de la liturgia propia del tiempo de cuaresma. Pero no hubo manera y los quintos de aquel año, como los de años anteriores, nos quedamos sin baile. Y nosotros, ‘unos sollozando y otros en silencio’, salimos sin saber quién era el que mandaba en el pueblo.


















