Suicidios

 

En todas las épocas y en todos los lugares ha habido suicidios. Los medios para realizarlo han sido variados: veneno, horca, ahogamiento, disparo…La memoria conserva por su impacto en el ánimo huellas imperecederas.  Estremecen y despiertan la curiosidad morbosa por conocer los motivos y los detalles.

Conservo imágenes grabadas con aprensión en mi memoria. Unas botas y un bastón sobre el brocal de un pozo. El amigo con el que días antes tomaba copas.  Un disparo y gritos de auxilio rompiendo la tranquilidad de un anochecido de diciembre. Detalles reales o inventados por el impacto emocional circularon por el pueblo de esquina en esquina, de mentidero en mentidero. A los que aún éramos niños nos traspasó un rayo de angustia y las pesadillas afloraron con los sueños como amenazas fantasmales.

Tema incómodo y delicado sobre el que se anda descalzo sobre cristales afilados. Pero es necesario hacerlo para intentar cortar esta sangría que va en aumento. Dicen que un suicidio impacta emocionalmente en seis personas. Creo que son muchas más. En 2020 perecieron por este motivo 2.930 hombres y 1.011 mujeres. Además, siete niños y siete niñas.

Trescientos noventa y nueve años antes del nacimiento de Cristo el filósofo griego Sócrates fue condenado a muerte por no renunciar a sus ideas y pervertir a los jóvenes con ellas. Le propusieron renuncia o suicidio. Eligió esta última opción.

Muchos años después, en el 65 después de Cristo, en la antigua Roma, el filósofo de origen cordobés, Lucio Anneo Séneca, fue acusado de participar en una conjura contra Nerón. También se le enseñó el camino de salida.  Se suicidó cortándose las venas en un baño de agua caliente. 

Hubo en tiempos del Romanticismo una cierta atracción por el suicidio. ‘Las penas del joven Werther’, obra de Wolfgang Goethe contribuyó por imitación a ello. En algunos países prohibieron su distribución. En España la muerte de Mariano José de Larra de un tiro fue un referente. 

Tomás Martín Tamayo, gran estudioso y conocedor de la obra de Felipe Trigo, narra en un excelente artículo publicado con motivo de los ciento cincuenta años del nacimiento del escritor, cómo fue su suicidio, aportando detalles escalofriantes. En una carta, el autor de ‘El médico rural’, se despide de su familia y justifica los motivos por los que lo hace.

De las variadas causas que llevan a algunas personas a tomar esta irreparable decisión me aterran las provocadas por acoso y las de las personas hundidas anímicamente.  Si son niños o adolescentes son una puñalada a todas las conciencias. Siempre, un portazo airado que llena de remordimientos a los más cercanos. ¿Qué hicimos mal? ¿Qué deberíamos haber hecho?

Hay que intentar eliminar los motivos. Buscar ayuda. Existe un número de teléfono, el 024, disponible para ello.  Ponerse en el lugar de quienes no encuentran otras soluciones, no siendo la muerte ninguna de ellas.  Mientras sigan sucediendo, el engranaje social chirriará alarmantemente.

Amor patrio

Cierto sector de la población, perteneciente a la más rancia derecha, cree que el rey y la bandera, el ejército y la guardia civil, son instituciones de su propiedad y que cuando la izquierda está en el poder son unos intrusos que les roban sus derechos.

Abuchearon e insultaron a Felipe González en el año 1994 cuando era presidente del gobierno y presidió el 150 aniversario de la Guardia Civil. En una pancarta se leía: “Los políticos os denigran, el pueblo os honra”, arrogándose la representación de los ciudadanos, que no tenían, y atribuyéndole un supuesto sentimiento que solo era el suyo.

Le sucedió a Rodríguez Zapatero y le ha vuelto a ocurrir a Pedro Sánchez. Los consideran advenedizos a la sacrosanta causa del patriotismo, que ellos representan como nadie.

Sea acertada o errónea la gestión política de los gobiernos que ejercen el poder, han sido elegidos en votaciones democráticas por la mayoría de los ciudadanos. Si no gustan, a las próximas no se les vota y aquí paz y después gloria, pero en actos institucionales el presidente del gobierno ostenta la representación legal que les confieren los votos, que  son los de la  mayoría de   del pueblo español.

La bandera y las Fuerzas Armadas pertenecen a todos los españoles y no deben mancharse con las inquinas de derechas ni de izquierdas.

Por cierto, esa bandera que dicen defender con tanto ardor, tiene la sangre de los humildes, de los pobres, que tuvieron que ir al frente en guerras, como las de Marruecos, Sidi Ifni, Filipinas porque no pudieron salvarse de hacerlo al carecer de medios económicos, mientras los pudientes se quedaron en sus casas y llegado el caso sacaban pecho asistiendo a los desfiles.

Buena gente

He venido a Sevilla y aprovecho para sacar en la estación de trenes de Santa Justa el llamado bono recurrente.  Hay una larga fila y dos ventanillas habilitadas para tal fin. Podía haberlo hecho en Llerena si la máquina expendedora funcionase, pero lleva tiempo averiada y, a pesar de las reclamaciones que han realizado algunos usuarios, sigue en un rincón, ‘silenciosa y cubierta de polvo’, esperando que la mano diestra de un técnico la despierte de la inacción y cumpla las funciones para las que fue diseñada.

Pregunto a una señora que está en último lugar con su hija si esa es la fila para tal menester. Me lo confirma.  Al terminar la breve conversación me dijo: Es usted extremeño. Sorprendido me miro el vestuario que llevo por si hay algún signo que delate mi origen. Ni banderitas ni pin. Lo he notado por el acento, me dijo.  Yo soy de Fuente de Cantos y llevo en Sevilla mucho tiempo.  Casi lo estoy perdiendo, pero lo reconozco enseguida cuando oigo hablar a los de allí. Le digo que yo vivo en Llerena y entablamos conversación. Me agrada encontrarme con ella porque cuando se está lejos, el paisanaje no se circunscribe a una localidad, sino que se extiende a zonas más amplias.

En esas estamos cuando llega un hombre mayor con cara de despiste y agobio por ignorancia técnica y burocrática sobre los trámites que debe seguir para obtener un billete de cercanías que lo traslade a Dos Hermanas. Tiene usted que sacar un número en una de esas máquinas y esperar a que salga en los paneles que los van anunciando. También le indicará la ventanilla a la que tiene que dirigirse. El hombre, que tiene pinta de haber visto más liebres en la cama que pantallas de ordenador, las mira como quien contempla un portalito de Belén. La señora de Fuente de Cantos al verlo dudar se acerca y le realiza el trámite. El buen señor, con el tique en la mano, no aparta la vista de los indicadores luminosos.  Comprobado su apuro, la paisana anota su número y cuando sale lo avisa diciéndole a la ventanilla a la que tiene que dirigirse.

En un programa de televisión con cámara oculta dos actrices, representan a una cajera y a una madre a la que no le llegaba el dinero para pagar los pañales y la leche de su hijo pequeño. Unos clientes que estaban en la cola se ofrecen a pagar lo que le falta. Alguno se encara con la fingida empleada por la falta de respeto que muestra hacia ella.  

 Buen corazón. Queda buena gente   todavía. Personas corrientes que no originan titulares en los medios de comunicación, pero que están ahí, en el tejido social. Son como lubricante para la convivencia. Sin púlpitos, tribunas ni poses de campaña electoral. Hacen el mundo más habitable, más humano. Gracias por el ejemplo.

 

 

Creer o no creer. Quizás lo más prudente sea dudar.

Puestos a ser crédulos, ojalá hubiera cielo. También purgatorio, como antesala de la gloria, porque ‘hambre que espera hartura, no es hambre ninguna’. Al limbo, donde decían que iban los niños sin bautizar, lo han quitado de la lista de bienes inventariables. Desconozco las vías de comunicación para transmitir desde las alturas el decreto, aunque dicen que se trata de una ‘esperanza piadosa’ más que de una certeza probada’. No sé cómo, ni cuando han probado fehacientemente la existencia de la gloria y del infierno. Solo Dante, que yo sepa, hizo un viaje alegórico del infierno a la gloria pasando por el purgatorio.  El infierno no debería existir. Va contra la naturaleza de quien es calificado padre misericordioso. Somos los padres normales de aquí abajo, imperfectos y limitados, y no consentiríamos quemar a nuestros hijos por malos que hubieran sido. A no ser algún psicópata que desgraciadamente todos recordamos. Va contra el instinto y la querencia condenar eternamente, ni siquiera como perpetua revisable.

Sí me gustaría que existiera el Juicio Final, ese que según nos adoctrinaban serviría para que en un instante pase por delante de nuestros ojos todo lo bueno y lo malo que hayamos hecho en esta vida terrenal. Además, con el resto de la humanidad de testigos. Así conoceríamos cuánto de verdad o falsedad haya habido en nuestras acciones y en las de los demás. Solo con la vergüenza de que descubrieran nuestras mentiras y engaños tendríamos suficiente castigo. Me imagino las escenas de los sorprendidos  por engaños que ignoraron en la tierra o de robos de quienes eran de la máxima confianza de los despojados. Habrá fuerzas del orden angelicales para evitar los desmanes en tales supuestos, supongo.

Llegado el momento del finiquito cada cual se calzaría su cuerpo. Esta pieza no es mía, la otra me queda grande. ¿Y el paso para reunir todas las cenizas esparcidas por el viento o disueltas en las aguas de los mares y los ríos?  Me imagino que, tantas y tantas almas como ha habido desde el principio de los tiempos hasta el día de las trompetas, formaran un poco de ruido, aunque sea leve, como de alas de mariposas invisibles que levantan vuelo despertadas de su sueño eterno. Algunas ligeras brisas levantarán cuando suban a las regiones celestiales. Se moverán levemente las flores de todos los jardines y un aroma las despedirá en su viaje definitivo.

¿Podremos comprender ese día los misterios que guarda el Universo? ¿Conoceremos a los habitantes de otros posibles planetas en otros sistemas solares y en otras galaxias? Solo por eso merece la pena interrumpir el descanso, aunque al levantarnos nos duelan todas las cenizas.

Hay muchas creencias transmitidas de generación en generación que, sin probar, acaban siendo aceptadas por muchos como ciertas. El infierno y la gloria están aquí en la tierra, decían. Pero yo he visto a personas que aparentemente han sufrido desde que nacieron y otros, que no han dado un palo al agua en sus vidas, murieron plácidamente en sus camas sin saber lo que era un callo en las manos.

Muy grande debió de ser el pecado original para arrastrar esta hipoteca.

Si yo fuera Dante gozaría del privilegio de repartir a personajes por los nueve círculos de estos imaginarios novísimos, pero soy  un ciudadano corriente, que solo alcanza a dudar de todo lo que no comprende.

SUSTOS Y MIEDO

Empezaban a asustarnos pronto: “Duérmete niño, que viene el coco y se lleva a los niños que duermen poco”.

Los cuentos estaban llenos de ogros, lobos y brujas.  Las pesadillas eran vómitos del subconsciente que no soportaban ingestas tan pesadas.

Nos prevenían del ‘tío de la sangre’ para que no saliéramos solos al campo, sobre todo en esas horas plúmbeas de la siesta, cuando el tiempo se ralentiza en la masa viscosa de la flama.

El pozo, al que nos gustaba asomarnos para ver el brillo de las escamas de los peces, era vigilado por ‘la mora’, que al más mínimo descuido nos tiraría de los pelos para arrastrarnos a las oscuras profundidades.

El sebo, la grasa que le echaban a las ruedas de los carros para que no chirriaran por los caminos polvorientos, se lo asignaban a otro ser temible. Harían con nosotros el lubricante negro.

A los muertos, despedidos con el deseo de su descanso eterno, no los dejaban tranquilos. Los invocaban con extraños ritos espiritistas para hablar con ellos. A nosotros nos producía   desasosiego escuchar hablar de estos temas.

Los que sintonizaban la emisora clandestina, ‘La Pirenaica’, lo hacían con la puerta cerrada y el volumen en mínimos, temerosos de que alguien pasara por la calle y lo escuchara.  Eran tiempos de sospechas y lealtades sin fisuras.

Si pasabas de noche por una calle con poca iluminación podías encontrarte con una marimanta. No entendíamos todavía que su misión era ocultar relaciones o la broma de algún carnavalero cuando estos festejos estaban prohibidos. En muchos pueblos de Extremadura se alude a la ‘Pantaruja’ con misiones parecidas.

Todavía no habían llegado los teléfonos móviles. Solo existían los fijos. Su timbre a deshoras sonaba en el silencio de la casa como una alarma que socavaba los cimientos del sueño. Un latigazo en los oídos que aceleraba las pulsaciones en las sienes. A nadie se le ocurriría llamar de madrugada para felicitar un cumpleaños o quedar al día siguiente para ir de compras. Eran generalmente malas noticias las que se recibían.  

Los golpes en la puerta a horas intempestivas producían el efecto de un mazo golpeando el corazón. Un grito de socorro o una amenaza que invadía nuestra intimidad.

Hubo aldabonazos de infausta memoria, invitando a paseos a quienes nunca volvieron.

A las familias que los padecieron les quedó el rastro del miedo prendido en las alas de los prolongados ecos. Un estigma que nunca superaron.

Solo los que esperan fuera saben cómo es el terror, reflejado en los ojos del que abre.

¡Cuánta aprensión, cuántos enemigos reales o imaginarios condicionan la existencia!

A un paisano emigrante le escuché una noche de aquellas una frase que no olvido. Los demás amigos le avisaron para que bajase la voz. Criticaba algunos comportamientos de gente notable y había ciertas personas con las antenas desplegadas: “¡Lo que nos hacía falta, en la cárcel y con miedo!”

Desnudos e indefensos

Cuando llegaban los primeros calores mi madre quitaba las enagüillas de la camilla. No me gustaba esa desnudez tan repentina.  Me producía la misma sensación que cuando alguien me desarropaba en las mañanas de invierno para espantar la tibia pereza del cuerpo entre las mantas.

Sin embargo, cuando llegaban las noches frescas de septiembre urgía a mi madre para que buscara el jersey en el ropero. Recibía gustosamente el abrazo del calorcito que aportaba. Hasta la mascarilla, que al principio me resultaba engorrosa, ha acabado convirtiéndose en una prenda que echo de menos cuando salgo de casa, como el sombrero o el bastón para quienes los usan, siempre a mano en la percha del zaguán.

Cubrirse la boca y la nariz, si se acompaña de gorra y gafas de sol, es disfrazarse sin estar de carnaval. Sirve para pasar desapercibido esos días en los que uno no tiene ganas de pararse a saludar a nadie y prefiere las callejas a las calles. Una de mis aspiraciones infantiles era hacerme invisible y poder estar entre la gente sin ser visto.

Traslado esas sensaciones a estos calurosos días y me cubro con la grata prenda que ofrecen los recuerdos. A la intemperie, desnudo de defensas, me carcomen la moral tantas noticias desagradables sobre guerras, inflación, espionaje, petróleo, gas, chantajes que llegan del norte y del sur. Hielan unos y queman otros. Y la brisa del Atlántico, que se suponía reparadora, es equívoca y tornadiza a conveniencia. Ayer, sombra de una marcha, hoy fuerza un giro para provecho propio y ridículo ajeno.

Por si fuera poco, en estos días de celo electoral por tierras del sur, truenan “las romanzas de los tenores huecos y el coro de los grillos que cantan a la luna”. Por eso me marcho por el sendero apacible de los recuerdos, como Juan Ramón con Platero huyendo de la fiesta.

Estoy en la plaza de mi pueblo observando a los vencejos alrededor de la torre.

Encaje de bolillos, bordan con sus vuelos un paisaje de lianas cruzadas sobre la tela azul del cielo. La bulliciosa algarabía de sus trinos son los ribetes sonoros de este lienzo. Solo en tiempo de reproducción se posan en los mechinales para alimentar su descendencia. Por cama tienen el aire, blando lecho con sábanas de estrellas que acunan con guiños su sueño en la elevada cresta de la noche. 

Mañanas y tardes de verano. Por la bóveda celeste surcamos con nuestra fantasía infantil los mares, sin veleros, desde una tierra agreste de secano.

Siento volver de este refugio donde ya han cambiado muchas cosas. Cuando lo hago veo patitos seguidos de su numérica prole. Son los precios de los combustibles en el panel de una gasolinera. Póngame cuarto y mitad de esta pesadilla de verano que está a punto de eclosionar con las manos manchadas de sangre y el rostro rojo de vergüenza ajena.

Juzgar lo ajeno

 

Hace muchos años el Ayuntamiento de mi pueblo convocó con motivo de las fiestas patronales un concurso de redacción con el tema ‘Extremadura’. Mandé un trabajo en el que contaba el viaje en tren de un grupo de emigrantes a Alemania. Sus ilusiones, la pena de dejar atrás a sus familias, los controles médicos que habían tenido que pasar y las advertencias que les habían dado para cuando llegaran a sus destinos. Amigos que vivieron estas experiencias me aportaron datos y narraron anécdotas de sus viajes y estancias. Completé con mi imaginación el relato. Gané el primer premio, lo que no fue difícil pues fui el único participante. Para resaltar más mis méritos, cuando yo bailaba con una bella señorita en medio de la plaza, se acercó a mí, un ilustrado e influyente miembro del jurado y me dijo: “Has ganado porque no se ha presentado otro que dijera simplemente, por ejemplo: Extremadura, dos: Cáceres y Badajoz. Está muy bien lo que has escrito, pero no tiene nada que ver con el tema de la convocatoria”.

Me extrañó que considerasen la emigración como una cuestión ajena a Extremadura. Pero cuando uno participa en un certamen se somete voluntariamente al veredicto del jurado, cuya idoneidad se supone.  Para delimitar y concretar el tema están las bases que deben ser claras y no inducir a equívocos. En este caso no las hubo.

En el ámbito educativo hay que evaluar y juzgar frecuentemente el trabajo de los alumnos y el de los profesionales. Y a veces los medios empleados para ello no son los más adecuados.

Saber preguntar requiere tanta preparación como saber responder.

Algunos ejemplos. Escribe con letras los números siguientes: 3, 24, 40. El alumno contesta: Cuatro, veinticinco, cuarenta y uno.

O este que me sucedió a mí tratando de expresiones horarias. Di con otras palabras qué significa la una y pico. A lo que la alumna en este caso respondió que va siendo hora de picar algo de comer. ¿Están mal las respuestas o son ambiguas las preguntas?

Cuando se estudiaba por libre se acudía a los institutos oficiales para un único examen por materia, entregado al buen criterio del profesor que no conocía de nada a los examinandos ni disponía de más información sobre ellos. A pecho descubierto, sin más bagaje que unos folios, un bolígrafo y la suerte.

Por el contrario, en el Seminario existía una institución llamada ‘examen de comparación’. Si un alumno suspendía y consideraba que otro había aprobado con menos méritos que él, podía pedir una nueva prueba en igualdad de condiciones y con un tribunal distinto.  Hubo casos en que se le dio la razón al reclamante, a pesar de la tendencia al corporativismo. Hay errores en las calificaciones.

Más complicado es lo de los certámenes literarios y similares. La coletilla de que el fallo del jurado será inapelable cierra puertas y abre compadreos.

Muchas gracias

Llegué una mañana del pasado mes de marzo al Hospital Quirón Infanta Luisa.  ubicado en la trianera calle de San Jacinto, en Sevilla, con un problema grave de glaucoma en los dos ojos. Después de muchos años de tratarme con colirios para reducir la tensión ocular había llegado a un estado en que ya no me hacían efecto y dos oftalmólogos que había visitado con anterioridad me recomendaron la cirugía porque, si no, corría el riesgo de quedarme ciego. El último que había consultado, de un renombrado centro oftalmológico de Badajoz, me la pintó tan negra y recalcó tanto los posibles efectos adversos que llegó a decirme que esa operación no se la recomendaría ni a su padre si hubiera alguna posibilidad de evitarla. Se refería a la trabeculotomía más agresiva. Las modalidades de implante no las practicaba. Entonces decidí pedir cita en este hospital. Fue una intuición porque yo no tenía referencias del equipo de oftalmólogos del centro. Me la dieron para el día siguiente con la doctora Carlota Ramos. Me atendió muy amablemente, pero me dijo que ella no era especialista en glaucomas. Me vería la cara de preocupación que tenía y quiso ayudarme para que no regresara sin que me viera un compañero suyo. Se puso en contacto con él y lo haría esa misma tarde. Era el doctor Contreras, que me atendió antes de comenzar la consulta con las citas que tenía programadas. Me midió la tensión ocular que seguía desbocada y ordenó algunas pruebas más.  Esperé fuera los resultados y al poco tiempo me llama y me presenta al doctor D. Francisco Rosales Villalobos.  Este ordenó hacerme más exámenes y cuando terminaron me dijo que ya tenían lo que necesitaban. Me operarían dentro de dos semanas.
El día 23 de marzo me realizó el doctor Rosales y su equipo la primera intervención quirúrgica, la del ojo derecho. Volví al día siguiente y me quitaron el vendaje que lo tapaba.  Veía estupendamente. La intervención consistió en extraerme el cristalino, ponerme una lente y colocar un implante ‘Xen’. Todo transcurrió  con normalidad.
La segunda operación, la del ojo izquierdo,  quedó fijada para el día 6 de mayo. Y aquí estuvo el atranque y la sorpresa desagradable. Yo sentí durante el desarrollo más dolor que en la anterior y presentía las dificultades que estaba teniendo el doctor porque tuvieron que incrementar la anestesia.
Durante la tarde de ese día el doctor Rosales me llamó por teléfono a casa para interesarse. Yo entonces me sentía bien, con mi ojo izquierdo vendado.
Al día siguiente acudí a la clínica y al quitarme el  vendaje  solo vi una mancha blanca con muchas ramificaciones. El doctor Rosales nos explicó a mi hijo y a mí que el glaucoma era de los denominados ‘malignos’, palabra con la que yo me acordé del demonio y con la que se resumía todo. El humor vítreo empujaba hacia afuera con tal fuerza que descolocó todo el resto del ojo y cerró una cortinilla con lo que no había salida de este humor vítreo. Explicación mía de profano, sin términos técnicos. La tensión estaba en 48. El peligro era muy elevado y la urgencia inevitable. Entonces, enfrentado yo al temor y el doctor al reto de salvar la visión, me dijo que había dos posibilidades y que si la primera no salía bien había que pasar por quirófano de nuevo. Pasamos a la sala de láser. Antes de empezar me dirigió unas palabras que para mí sonaron francas y entregadas.  Me dieron confianza, Las recordaré mientras viva: “Voy a poner en mis manos todo lo que sé para evitar tener que entrar otra vez en quirófano”.  Me aplicó laser. Tuve la sensación de que eran granos de arena lanzados con fuerza sobre mi ojo. Terminado esto, me envió a urgencias donde ya esperaban siguiendo sus instrucciones con lo necesario para ponerme dos botes por vía venosa de no sé qué sustancia, con el fin de intentar bajar la elevadísima tensión ocular.  Vuelta a la consulta.  El casi milagro se había producido. No habría que intervenir de nuevo. Las partes del ojo se había reubicado con el tratamiento aplicado. Aunque yo no veía por ese ojo todavía prácticamente nada, el peligro mayor estaba superado. A partir de ahí sigo con el proceso de medicamentos y visitas de revisión.

No es fácil, cuando el problema médico es grave, compaginar la información sanitaria al paciente, sin ocultarle la gravedad y el trato cariñoso para evitar su derrumbe anímico.  Muchísimas gracias por haber sabido compaginarlos los dos con preparación, sencillez y humanidad.

Cuando uno está enfermo necesita medicinas, destreza y corazón. De las tres he recibido sobradas dosis. El doctor Rosales ha tenido un comportamiento profesional y humano intachables y dignos de alabanza. Me citaba cada dos o tres días a los centros donde trabaja para no dilatar la espera y estar pendiente del proceso postoperatorio.
A una de las citas mi hijo no podía acompañarme y le pidió que si podía ser el viernes en lugar del jueves. Un día en que el doctor no tenía que ir a la clínica, pero lo hizo exclusivamente para atenderme. Le di las gracias con una profundidad que las palabras no alcanzan a expresar. Sobre todo, me conmovió cuando me dijo que las que más lo habían sentido eran sus dos hijas, de tres y cuatro años, que habían querido venirse con él a la clínica porque era una tarde que les dedicaba a ellas. Hay comportamientos que conmueven

Y qué decir de María, su asistente, administrativa, enfermera…en realidad es todo y lo realiza con una eficiencia y agrado que es difícil mejorar. Ha sido mi ángel de la guarda más a mano. Siempre dispuesta a servir de enlace con el doctor Rosales y a facilitar cualquier gestión que le pidiera. Gracias de corazón, María,  y perdona esas impertinencias mías de molestarte fuera de horario de trabajo e incluso en fines de semana.
Cuando a la preparación profesional se une la calidez humana y cercana en el trato se da uno cuenta de la grandeza de las personas que tiene delante. Con gente como vosotros el mundo es  más llevadero, más humano. Un fuerte abrazo agradecido.

Fuego

El fuego es uno de los descubrimientos que más ha contribuido al desarrollo de la humanidad y también de los que más desgracias ha ocasionado cuando no se domina.

Según la mitología griega, Prometeo lo robó de la fragua de Hefesto y se lo entregó a los hombres.  Metió unas brasas en el interior del tallo de una cañaheja, de vistosa y arracimada amarillez. Abunda por estas estribaciones serranas.  El nombre latino de la planta, ‘ferula communis’, hace referencia a su uso como fusta o palmeta.

Nosotros aprendimos en la escuela cómo lo obtenían los primitivos, de forma menos fantástica y más laboriosa. Venía en las ilustraciones de la enciclopedia. Aquellos hombres barbudos y desgreñados, a medio camino entre simios y humanos, lo conseguían con el roce insistente de dos palos. Lo intentábamos, pero solo lográbamos calentarlos un poco.

Recuerdo a personas chocando el eslabón con el pedernal hasta que se originaba una chispa y prendía la yesca seca. Dicen que la mejor es la que se obtiene del hongo yesquero que nace en ciertos árboles con forma de pezuña de caballo. Los niños producíamos chispas golpeando unas piedras blancas contra otras. Los llamamos chinazos.

Nos llamaba la atención ver cómo saltaban chispas cuando las caballerías pasaban por las calles empedradas al anochecido y daban las herraduras contra el suelo. También cuando los hombres del campo sacaban de la faja negra de su cintura el mechero y con un golpe o dos de mano hacían girar la ruedita sobre la piedra. Prendía la mecha larga y dorada que ellos arrimaban con el dedo pulgar a donde se originaba. Soplaban sobre ella para que se ‘empendolase’ el fuego. (Esta palabra, que según el diccionario significa poner plumas a las saetas o a los dardos, la usamos aquí como equivalente a avivar la candela. También cuando un acontecimiento coge mucha relevancia o desarrollo: Por la noche se ’empendoló’ un baile de categoría. Señores del diccionario, que no todo va a ser hacker o friki).

 

 

 

 

 

 

 

 

La cocina de las casas antiguas era su lugar más entrañable. Allí estaba en su sentido más genuino, el hogar, que tiene su corazón bombeando calor desde la candela de llamas, donde las miradas son esponjas absorbentes que captan, hipnotizan y hacen divagar el pensamiento.   El atributo del mando alrededor de la chimenea son las tenazas y quien las tiene en sus manos ejerce de timonel avivador y arquitecto reparador del edificio cambiante de la leña vencida por el fuego. A los niños no nos dejaban porque decían que nos podíamos quemar y, no sé de dónde lo sacaron, que si jugábamos con él, nos orinaríamos en la cama.

Palabras que evocan.   Acuden imágenes de entonces. Trashoguero, llares, trébedes…En el topetón, un dornillo de madera de encina y un almirez dorado. Suelo de baldosas rojas y techo de maderos. Fuera la lluvia y  dentro silencio de lenguas de fuego.

Jugar a la guerra

Jugábamos a la guerra sin saber que no era un juego. No teníamos una idea clara de que nuestros padres y abuelos habían sufrido una en la misma tierra que nosotros pisábamos y cuyas consecuencias tardarían todavía muchos años en desaparecer. Tampoco captábamos el alcance de la que el mundo padeció posteriormente. La segunda barbarie en poco tiempo. Las enciclopedias las resumían en pocas líneas. Azul y rojo y lecciones conmemorativas, pero el día a día quedó para quienes lo sufrieron directa o indirectamente.

Cuando somos niños diez años son una eternidad.  De adulto, veinte no son nada, como dice el tango. Así que las guerras, a pesar del poco tiempo transcurrido entonces, estaban lejos para nosotros. Percibíamos solo a través de los suspiros y las conversaciones en voz baja de los mayores un atisbo al que le faltaban claves.

Nuestras armas en este juego eran sencillas. Podía servir un palo o un trozo de tabla como mosquetón.  Los más habilidosos construían arcos con una vara de acebuche y una cuerda de abacal. Las flechas lanzadas no alcanzaban más allá de los tres metros.

El campo de batalla dentro del pueblo era la manzana de casas que daba a la Plazuela, el rincón de la misma y las esquinas que confluían a ella. O los alrededores de la iglesia. En estas luchas imaginarias el ruido de los disparos y los relinchos de los caballos los hacían nuestras gargantas y el acierto del tiro había que discutirlo con la víctima. ‘¡Estás muerto, te has asomado y te he visto! No, la bala me ha pasado por debajo del brazo’.

Solamente se admitía el acierto de la puntería contraria cuando jugábamos en las gavias, que hacían de trincheras, y en los prados del ejido. Dejarse caer como los actores de las películas en aquella superficie verde nos gustaba.

De las películas de indios copiamos las coronas, confeccionadas con plumas de gallinas. La cara la pintábamos con tizones.

 

 

 

 

 

 

Los caballos sobre los que montábamos eran palos con un trapo de crin y otro de cola. El galope lo ponían nuestras piernas. Las espuelas, los tacones de los zapatos sobre los ijares del aire. Las maniobras de equitación y doma las acompañaban nuestras hábiles cinturas. ¡So! ¡Arré!

Como en las películas, el caballo del valiente siempre corría más que los otros y al jinete nunca le daban las flechas ni los tiros. Si acaso, leves rozones

De las de gladiadores imitábamos la lucha con espadas.  Las nuestras eran romas y de madera y al primer toque eras hombre muerto.

 

 

 

 

Ahora hay mayores que hacen la guerra sin juegos y jóvenes que mueren de verdad en los campos de batalla sin saber muy bien lo que defienden.  De Caín para acá hemos evolucionado bastante en la forma de hacerlo, pero su esencia permanece invariable: matar. Lo hace el depredador mayor que ha habido sobre la tierra: el hombre.