Sordera

Los que ya tenían galones de teniente en el escalafón de la mala audición han sido ascendidos de grado sin antigüedad ni méritos de guerra. A la rapidez de la prédica y la deficiente articulación de algunos interlocutores se ha añadido el uso de mascarillas y mamparas, lo que complica más la comunicación.

Si el que nos habla tiene por costumbre hacerlo con tono susurrante, como cura en confesionario o trasmisor de secretos de los de no se lo digas a nadie, el problema se incrementa. Totalmente si se necesita ver los labios para enterarse.

Y son muchos. Para 2050 está previsto que haya casi 2.500 millones de personas con algún grado de pérdida de audición.

Son variadas las causas que provocan esta deficiencia auditiva. La herencia familiar es determinante.  Dos tíos abuelos míos mantenían conversaciones sentados al fresco en las tardes de verano y se enteraba toda la calle de los temas que trataban menos ellos. Se contestaban sin ton ni son, cada uno por el camino paralelo que su oído suponía. Dos monólogos disparatados.  Si a la pérdida de audición se añaden los acúfenos, con variedad de pitidos, cantos de pájaros y zumbidos diversos, el problema se agrava.

Cuando las conversaciones son de cumplido o intrascendentes lo más que puede suceder es que se confunda muerte con bautizo o viaje de ida con el de vuelta. En otros casos pueden acarrear perjuicios o meter la pata hasta el corvejón.

El otro día en una oficina bancaria el empleado y un cliente estaban separados por una mampara de cristal y por las mascarillas de cada uno. Aunque el primero elevaba el tono, no había manera de que se enterase el usuario, que tuvo que rogarle que le diera las instrucciones por escrito.

Por no parecer pesado y pedir que les repitan lo que les han dicho afirman debiendo haber negado o viceversa. Se advierte en la mirada del interlocutor que agranda los ojos, desconcertado, por no esperar esa respuesta, que puede asociar a la falta de audición si está al corriente del problema o a desvaríos mentales si se intenta ocultar por quien lo sufre.

Lo más barato y corriente para intentar oír algo mejor es poner la mano en forma de antena parabólica detrás de las orejas. En siglos pasados usaban trompetillas, que era tenderle a las palabras una entrada cónica. Algunos decían, ‘¿mande?, o sea, ‘no me he enterado de nada’.

Las dificultades de audición llevan a los que las padecen al aislamiento, a encerrarse en una burbuja de silencios.

Existe cierta reticencia a ponerse audífonos porque parece que manifiestan una discapacidad que hay que ocultar.  Sin embargo, las gafas se muestran sin recato e incluso se presume de ellas. Un amigo pidió presupuesto de unos hace poco. Recibió tal impresión al ver el precio que los acúfenos, como gallinero sorprendido, manifestaron su desconcierto con un recital de ruidos.

 

Un nuevo curso

Pasan por mi calle los niños camino de la escuela. Vuelven a las aulas después de las vacaciones de verano con caras de sueño interrumpido y alguna señal de la almohada en sus carrillos. No saben todavía que están viviendo la etapa que añorarán muchos años después, cuando en lugar de las almohadas sea el tiempo el que deje señales en su cara.
Los días anteriores los maestros han organizado el curso, con un ojo en las prevenciones sanitarias y otro en las programaciones.
Me contaron viejos compañeros que ya cruzaron la laguna Estigia que antes no había tanta burocracia.  Yo mismo conocí reuniones informales en los recreos que servían de claustros, sin tantos protocolos.   En rellenar el ERPA (Extracto del Registro Personal del Alumno), acomodarse en las aulas y realizar una somera evaluación inicial ocupaban la mayor parte del tiempo.  Y al tajo que, fundamentalmente, consistía en la docencia directa.
Ahora hay mucho papeleo.  Por no hablar de reuniones de claustros, equipos, niveles, consejos escolares, comisión pedagógica… No siendo pocos los documentos que hay que cumplimentar la covid ha venido a poner la guinda con las mascarillas y el resto de medidas preventivas. Un corsé al estado natural de los niños, que es moverse.
Hay tareas burocráticas que son imprescindibles. Las que tienen una influencia directa y determinante en los procesos de enseñanza y aprendizaje.  El exceso de tareas provoca un desgaste psicológico y físico que repercute en la docencia.
Por si esto fuera poco, cada cierto tiempo cambian las Leyes de Educación y cuando se están asimilando los pasos del baile cambian de orquesta y de ritmo El gobierno de turno deroga o modifica la del anterior y la oposición anuncia que suprimirá la vigente en cuanto llegue al poder. Vaya tropa. Una auténtica sopa de siglas, que no bien llegados a descifrar ya están obsoletas.
¿Se refleja todo esto en el rendimiento de los alumnos? La lectura y la escritura, en sus manifestaciones comprensivas y expresivas, constituyen los cimientos sobre los que levantar el resto del edificio. ¡Qué olvidada la expresión oral! Da envidia escuchar cómo se expresan algunos niños hispanoamericanos.
Los comentarios de textos adaptados a cada nivel, desentrañando el significado de cada palabra, de cada giro, de cada expresión es una actividad esencial. Si de mí dependiera dedicaría los primeros cursos solo a eso: a hablar, a escribir y leer.
Conocí a un maestro que tenía en la clase dos vitrinas con minerales e insectos disecados y en las paredes carteles de vistosos colores. Los conservaba año tras año desde hacía mucho tiempo. Un auténtico escaparate que le servía para causar buena impresión a los visitantes, pero que no utilizaba.
Algunas veces me da la sensación que se atiende más a las vitrinas, al papeleo burocrático y a las estadísticas con numerosos gráficos que no reflejan la realidad de lo que sucede exactamente en las aulas.

De lo vivo a lo pintado

Clareaba ya por el saliente. Había acabado la verbena y los camareros barrían las puertas de los bares y amontonaban sillas y veladores.  La plaza quedó casi vacía. Quedábamos nosotros, tres mozalbetes que habíamos ido a la feria y estábamos esperando sentados en el umbral de una casa a que volviera el amigo que nos había llevado. Vagamos como ovejas descarriadas de un sitio a otro hasta que cansados y aburridos nos sentamos allí, cerca del coche, aquel Dyane 6, experto en fiestas y romerías. La noche había transcurrido entre mostradores y apariciones por la pista de baile. Tuvimos tiempo de escuchar todo el repertorio, desde ´La conga de Jalisco’ a ‘La morena de mi copla’. Rematamos con churros y chocolate. Y el sueño empezó a escalar del estómago a la cabeza. Cuando apareció el amigo conductor el cuadro era de rifa. Nos contó que había ligado y de ahí el retraso. Llegamos a nuestro pueblo cuando el sol de septiembre se desparramaba amarillento por los rastrojos.  Yo dudaba entre dar los buenos días o las buenas noches a las personas con las que me encontraba camino de mi casa.

A los demás amigos que no vinieron con nosotros les contamos lo bien que lo habíamos pasado.  Y bien sabe Dios que en más de un momento me arrepentí de haber ido y que quién me habría mandado a mí ir.  Me ocurrió más de una vez en aquellos tiempos en que no había sábado sin sol ni noche sin discoteca.

Un día de Año Nuevo, al tibio sol del mediodía, refería un vecino mayor que yo, a un grupo expectante, la juerga que se había corrido la noche anterior despidiendo el año. En nuestro pueblo aún no se celebraba la Nochevieja, lo que hacía más fantástico su relato y más fértil nuestra imaginación. Nos mostró una nariz de cartón con unos bigotes y un gorro en forma de cono. Yo lo escuchaba embobado y envidioso de no haber podido disfrutar de tan magnífica velada por ser todavía pequeño.  Mocitas, baile, champán, confetis…

Mira por donde al poco nos encontramos con el compañero de francachela. Nos contó una versión un poco diferente. El baile lo vieron desde una ventana y la máscara con nariz y bigotes la consiguieron en una caseta de tiro. 

Así vamos creando realidades paralelas. La que es y la que desearíamos que hubiese sido.

Sucede también en otras facetas de la vida. Se usa el lenguaje para falsear la realidad.  Cuando nos dicen que hay tensiones de tesorería lo que nos están diciendo es que no hay dinero. Si hablan de que el paro ha tenido un crecimiento negativo es que hay más parados. Al copago lo visten de tique moderador. A la emigración, de movilidad exterior…

En fin, con este artículo, amables lectores, me despido hasta septiembre, si por bien es. Las vacaciones serán fantásticas, reales o pintadas. 

Albañiles

Me gustaba observar de niño cómo trabajaban los albañiles. Todavía no utilizaban hormigoneras para las mezclas. Hacían un montón con arena y cemento y le abrían un hueco en medio donde iban echando agua. Con el rodo lo removían, procurando que no se saliera el agua por los laterales. Después transportaban la mezcla en una carretilla de mano hasta el lugar preciso. Si era en alto instalaban una garrucha y la subían en esportones de goma.

Me asombraba la coordinación que tenían para lanzar ladrillos y tejas desde el suelo a los tejados. Cómo los lanzaban con la fuerza justa para no pasarse ni quedarse cortos y que llegasen a las manos del que los recibía en el momento justo de acabar el impulso.

La cuadrilla básica estaba formada por un maestro y un peón. Este, si era un poco espabilado, iba aprendiendo las técnicas del oficio y con el tiempo podía independizarse y formar su propio grupo. Era la manera más habitual de aprendizaje.

El maestro tenía siempre a mano sus herramientas fundamentales: el metro y el nivel. Había algunos profesionales muy acreditados por su buen hacer. Eran los más solicitados para obras de envergadura.  Las construcciones de bóvedas no estaban al alcance de cualquiera. Aquí permanecen todavía en bastantes edificios como certificado y constancia de la maestría de quienes las construyeron. No abundan actualmente los profesionales que sepan hacerlas.

También estaban los más duchos en remiendos, derribos y chapuzas que en levantar fábrica y refinamientos. Uno de ellos, con auto proclamada vitola de maestro, pero sin haber llegado todavía a oficial, dejó anécdotas que aún se refieren cuando vienen a cuento. En cierta ocasión levantó un tabique de poca anchura y bastante extensión y no estando muy seguro de que aquello continuara en pie por mucho tiempo, por experiencias anteriores, le dijo al peón: ‘Sujeta aquí mientras yo voy a cobrar’. No habían alcanzado la otra acera de la calle tras el cobro cuando la pared se vino abajo con gran estrépito.

He leído días atrás que, ante la inminente llegada de fondos procedentes de la Unión Europea, destinados a la recuperación económica, van a hacer falta profesionales cualificados. Juan Manzano Díaz, presidente de la Federación Regional de la Pequeña y Mediana Empresa de la Construcción (Pymecon) declaraba en este mismo periódico que ni la FP ni las escuelas profesionales forman para trabajar en esta rama que abarca varias especialidades, como yesistas, alicatadores, encofradores… Aboga por seguir el modelo alemán de aprendizaje. Mucha práctica en las empresas y un solo día a la semana para la teoría en el centro educativo, con un contrato de formación remunerado.  El tema está sobre la mesa y el debate servido.  Creo que la Formación Profesional, coordinada con el mercado de trabajo, puede servir para reducir el alto porcentaje de paro juvenil y mejorar la rentabilidad de los recursos destinados a la enseñanza.

Meses de julio

Contaban los viejos que ya han muerto a los niños de entonces, que ya somos viejos, que en vísperas de la guerra civil hubo un gran corrimiento de estrellas. Los fenómenos en el cielo crean incertidumbre y miedo cuando no se saben las causas que los originan. Se recurre a supersticiones y a supuestos designios de un ser superior para intentar explicar su significado.   En este caso lo asociaron, a toro pasado, con el anuncio de las desgracias que ocurrieron después. ‘Señales en el cielo calamidades en la tierra’. Consultados los anales de la época, el corrimiento más destacado tuvo lugar unos años antes. La noche del 9 de octubre de 1933.  Pienso que, si el cielo anunciara todas las guerras y desgracias que hay sobre la tierra, sería un espectáculo permanente de cometas, estrellas fugaces y auroras boreales.

De otros julios de mi niñez y adolescencia quedan en la memoria posos de crónicas con enfáticas y laudatorias voces ensalzando al régimen que tomó el nombre del alzamiento que se produjo el dieciocho de este mes y que celebraba una gran recepción con actuaciones de artistas en los jardines del palacio segoviano de la Granja.

Nos informaba, es un decir, el NODO, noticiero que ponía ‘el mundo entero al alcance de todos los españoles’. Aperitivo propagandístico que proyectaban antes de las películas y que nos pintaba una dichosa Arcadia. Aguas pasadas, a pesar de la pertinaz sequía, que todavía mueve algún molino.

La gente del común ocupaba el tiempo en otros menesteres. Entre ellos el de procurar que no faltara cada día el pan en la mesa. Se pedía al cielo, pero había que buscarlo con sudor en la tierra.

De aquellos julios también recuerdo las campanadas en el reloj de la torre cuando se habían ido casi todos a sus casas, ya de madrugada. Charlábamos entonces sin prisas algunos amigos sentados en los bancos de la plaza. El tiempo corría todavía al ralentí. 

Hoy, día de la Virgen del Carmen, llegan ecos de salves marineras tierra adentro, prendidas como alamares en el manto de la brisa que viene del mar.

Julio, médula espinal del estío, deja cortados charcos en los arroyos y a las junqueras de guardia en las riberas. La calima blanquea el azul y reverbera en las distancias. Los machos de las chicharras estridulan a golpes de timbales su llamada a las hembras en la quietud del calor del mediodía. Un celo de sierras que corta el aire denso en las dehesas y olivares.

Desde aquellos meses de julio a estos han pasado muchas cosas y cambiado muchas costumbres. Ya no hay corrillos de vecinos sentados al fresco en la plazuela, ni juegan los niños a esconderse entre las sombras de la calle y los carros aparcados en las puertas. De vez en cuando una estrella fugaz raya de blanco el cielo de la noche. ¿Nos estarán avisando de algo? 

Ejidos

Ya no ponen eras en el ejido, que apellidan ‘patinero’, no de patín, sino de pato. En otros municipios existen los carneriles, de carneros.  Cada familia por tradición tenía su lugar reservado de un año para otro. Quedaron veredas de ir a por agua a la fuente, convertidas después en caminos por máquinas. No pasan niños al atardecer con su trozo de pan y jícara de chocolate para que los monten en los trillos, ni se escuchan los cantes de trilla. Los vecinos que tenían puertas falsas dando al poniente soltaban sus gallinas para que se dieran el festín cuando acababan las eras. Algunas personas también recogían el poco grano sobrante.

En las tardes de primavera y otoño nos sacaban los maestros a los niños de la escuela de paseo.

El diccionario de la RAE define ejido como “campo común de un pueblo, lindante con él, que no se labra y donde suelen reunirse los ganados o establecerse las eras”.

Sebastián de Covarrubias, en su obra ‘Tesoro de la lengua castellana o española’ (siglo XVII), como “campo que está a la salida de un lugar que no se planta ni se labra porque es de común para adorno del lugar y desenfado de los vecinos del y para descargar sus mieses y hacer sus parvas”.

Casi todas las fincas reservadas por la Orden de Santiago para el aprovechamiento comunal fueron perdiendo a lo largo de la historia su carácter vecinal y pasaron a los ayuntamientos como bienes propios para equilibrar sus presupuestos deficitarios. Las instituciones municipales cedían los usufructos de su patrimonio a cambio del pago de unos cánones.

Las ventas y apropiaciones ilegales mermaron sus superficies. Las desamortizaciones acabaron por reducirlos a lo que tenemos actualmente. Hubo litigios entre el Honrado Concejo de la Mesta que llegaba a estas tierras con la trashumancia y los propietarios naturales de la zona.  Y unos y otros con los del último eslabón de la cadena, los menos favorecidos, que aspiraban a participar en el reparto de las tierras comunales.

La dehesa boyal, tampoco quedan bueyes, está allende los límites del ejido. Esas sí son tierras de labranza y están repartidas por lotes entre los naturales.  

En tiempos lejanos había un hombre que pasaba por las calles del pueblo recogiendo los animales. Por aquí pastaban. Al regreso cada animal corría hacia su casa al pasar por su calle.  Sabían muy bien donde tenía que meterse cada uno.

Existía un muladar para los animales muertos. En el cielo los buitres trazaban círculos hasta que bajaban al banquete. Los ganaderos tenían un sitio destinado para sus estercoleros.

He subido a un otero desde el que se divisa gran parte del ejido de mi pueblo. Las estaciones de un viacrucis de cruces blancas lo recorren hasta aquí, a semejanza del Calvario, donde estoy esta tarde veraniega de julio recordando lo que fue y contemplando lo que queda. 

Serenatas

 

 

 

 

 

 

Un paisano mío quiso declararle su amor a una bella señorita de la forma que mejor se le daba: tocando la armónica. Bastante entrada la noche se dirigió a la calle donde ella vivía e interpretó ‘Si Adelita quisiera ser mi esposa…’ Sonaba la música como una súplica rozando levemente los cristales de su habitación, donde se veía una luz tenue a través de los visillos. Me imagino la escena como aquella que describe Azorín: “Una flauta suena en la noche, suena grácil, ondulante, melancólica’ Como siempre hay quien vea y oiga, al día siguiente se propagó la noticia entre los vecinos por el desconocimiento de esa querencia y por la forma poco usual de declararla. Noche de luna y música suave. Lástima que Adela se fuera con otro y él no la siguiera ni por tierra ni por mar. La negativa a su pretensión hirió el orgullo del enamorado y con ese bagaje no hay buques de guerra ni trenes militares. Fue la primera vez que yo tuve conocimiento de las serenatas.

Por aquel tiempo también supe de un hombre del pueblo que tocaba el acordeón. Sorprendía cómo deslizaba sus manos por el teclado.  El fuelle en sus cierres y aberturas parecía el ir y venir de las olas en el mar. La admiración se incrementaba por la ceguera del acordeonista. No sé si es por eso por lo que asocio el sonido de este instrumento con el desamor y la melancolía, con una quimérica cantina de puerto de mar donde los marineros ahogan sus penas con el alcohol en un ambiente de luces macilentas.

En algunas ocasiones este hombre formaba trío con un saxofonista y un batería para dar baile en las bodas y días de fiesta. El movimiento de sus ojos sin poder ver me producía tristeza y angustia. Los jóvenes de entonces lo contrataban para dar serenatas, ahítos de vino y faltos de afecto. Yo era un niño todavía que observaba ciertos comportamientos por primera vez.

Siendo ya adolescente, un grupo de amigos dimos una serenata. Sin ser la tuna y sin estar serenos. Después del baile acordamos dirigirnos a las casas donde moraban las mocitas que atraían a algunos de la pandilla.

Comenzamos con un desentonado “Sal al balcón” que desanimaría a la más complaciente de las damas por muy deseosa que estuviera de cortejo.

Al primer ruido de cerrojo salimos corriendo hacia la esquina más cercana para doblarla y perdernos en la oscuridad. Pasado un tiempo, volvimos a las cercanías de la casa y, por si la aludida no se había enterado bien de parte de quien iba el sucedáneo de serenata, uno gritó: ¡Esto va de parte de Fulanito! Y a correr otra vez, en esta ocasión sin esperar al cerrojazo.   Estaba entonces en boga una canción que decía: “Cuando yo fui rondando tu balcón salió tu padre con un escobón”. Y por si acaso.

Aulas cerradas

Cincuenta años son pocos para las pirámides, pero muchos para las personas. Y esa cantidad nos contemplaba aquella mañana de mayo a los antiguos compañeros que íbamos llegando a las puertas del Seminario para celebrarlo. La mayoría con menos pelo, canoso a los que les quedaba, peso sobrado y arrugas en la piel.

Fue buena idea de la organización, a cuyo frente estaba José María Cerqueira, la de colocarnos una tarjeta identificativa en el pecho con nuestro nombre porque sin ella muchos no nos hubiésemos reconocido.  Incluso después de leerlas nos extrañamos de que aquel que teníamos a dos palmos fuese el mismo compañero de pupitre y de juegos. El paso del tiempo hizo su trabajo de barbería, arrugado y engorde.

Recorrimos clases, patio de recreo, capilla, comedor, sala de juego y dependencias donde compartimos, alegres unas veces, tristes otras, muchas horas. Como suele suceder los espacios nos parecieron más pequeños. Habían desaparecido algunos y estaban transformados otros.

A cada uno nos fue la vida de forma diferente.   Nos unía el tronco común que compartimos aquellos años tan lejanos ya y aquel edificio que se erguía delante de nosotros. Nuestras creencias pasaron el tamiz de la madurez y el crecimiento. Rebeldes, consolidados en su fe o escépticos allí estábamos buscando las huellas en la memoria de esos niños y adolescentes que fuimos.

Esta semana pasada leí que a los cuatro seminaristas mayores que quedan en el Seminario los van a trasladar a la Universidad Pontificia de Salamanca con el fin de que obtengan una mejor y más completa formación. No es sostenible una infraestructura de profesorado e intendencia para tan escaso número. Como curiosidad, en el curso 1963/64 había matriculados 95 alumnos en el Seminario Mayor y 276 en el Menor.

Allí sigue el edificio, símbolo de una dilatada época y lugar de formación de muchos extremeños. Ahora con el silencio entre sus muros, entonces bullicioso.

Nos asombró su soledad en nuestra vuelta, a pesar del Colegio Diocesano que tiene allí su ubicación. 

En los años sesenta se erigía prestante y vistoso. Solamente acompañado por su flanco derecho de una fila de chalets que llegaban hasta la carretera de Portugal. No existía el polígono el Nevero en la parte de atrás y por delante solo estaba   construida la infraestructura de calles y puestas algunas farolas. El puente Nuevo y el Viejo lo comunicaban con la ciudad.

Aparte de los profesores, recordamos a Manolo, el encargado de ir todos los días al centro para traernos los encargos que le hacíamos. Francisco Franco, el portero, que tocaba la campana en un rincón del hermoso patio porticado de columnas. Al barbero que venía de Badajoz y al vendedor de barquillos de canela que se ponía en la puerta del patio de recreo donde jugábamos.

Al leer la noticia he sentido que Francisco, el portero, cerraba la puerta como cada noche, pero esta vez por un tiempo indefinido.

Censores y destape

Fui con unos compañeros a un cine de Málaga a ver la película ‘El amor del capitán Brando’.  Era el invierno del setenta y cuatro y empezaban a llegar vientecillos suaves que levantaban vestidos y dejaban a la vista la piel oculta de nuestros deseos. Tiempos de destape. Tras décadas de estrictos censores tapando escotes y cegando canales el agua contenida buscó salida y se tornó en riada. Un silencio que salía por la órbita de los ojos se apoderaba de las salas en los momentos cumbres. La joven y bella Ana Belén mostraba por unos segundos sus pechos. Cuando llegó el momento de la esperada escena mi acompañante me dio un codazo por si no me había dado cuenta de la aparición. Pero yo estaba con los ojos de par en par admirándola.  Él, que era miope, se acomodó las gafas subiendo la montura, seguramente para acercarla lo más posible.

Poco después fue la escultural María José Cantudo en ‘La trastienda’ con los cuernos de los Sanfermines por medio quien mostró el primer desnudo integral de nuestro cine.

El portón estaba abierto y el destape inundó las salas. De fuera llegaban noticias de una película de la que muchos hablaban y pocos habían visto: ‘El último tango en París’ cuyo mensaje profundo quedó difuminado por la mantequilla. Había peregrinaciones a Perpiñán de gente que podía permitírselo para ver a Marlon Brando y María Schneider. Hasta aquí, por estas zonas del sur, llegaban noticias a través de la prensa y el boca a boca distorsionado.   

De tierras italianas vino ‘La lozana andaluza’, adaptación de la gran novela que retrata los bajos fondos de Roma durante parte del siglo XVI y nos dejó el regalo visual de la ducha de María Rosaria Omaggio. De Francia, ‘Emmanuelle, con Sylvia Kristel y la primera calificación como película X.

Después, una gran avalancha de ordinariez y sal gorda de la que dan idea algunos títulos como ‘Susana quiere perder eso’, ‘El liguero mágico’, ‘Pepito Piscina’ o ‘Agítese antes de usarla’.

Aquello duró un poco más de lo que duran “dos peces de hielo en un whisky on the rocks”, pero terminó por aburrir al respetable.

De los desnudos ‘por exigencia del guion’ me produce risas recordar a algunos protagonistas llevándose a rastras las sábanas cuando se levantaban de la cama, enfado por la utilización de la mujer como objeto, asombro por la meticulosa censura que hubo antes en temas sexuales y la enseñanza de que lo que se prohíbe produce más ganas de hacerlo. Dejen el agua correr. Detenerla no sirve y con el tiempo busca su curso natural.  

En un genial chiste de Antonio Mingote, un padre explica a su hijo gráficamente la diferencia entre tuerca y tornillo. Al introducir este en aquella, se detiene, mira al hijo con sorpresa y descaro y le dice: ¿Qué estás pensando, so sinvergüenza! Así eran ellos, nuestros censores.

Fútbol

La competición de fútbol en primera división está llegando a su fin. La penúltima jornada ha traído reminiscencias de tiempos pasados, cuando la mayoría de los partidos se jugaban los domingos por la tarde y los transistores nos llevaban en volandas de campo en campo en la voz de los corresponsales. Los intereses de las televisiones han estirado los partidos desde el viernes hasta el lunes con horarios que abarcan del aperitivo a la cena.

Hay mucho de irracionalidad en las fobias y filias de los forofos del mundo futbolero. Algo de mística y de escape, de subida a la cima de las emociones y de brusca bajada al lumpen de los insultos. Similitudes entre campos de batallas y de juegos. De cobijo en la fuerza del grupo para unir fuerzas y sentir el amparo del colega.

Cuando en Anfield Road más de cincuenta mil personas cantan ‘Nunca caminarás solo’ enarbolando banderas y bufandas con los colores del Liverpool es difícil no sentir un poco de emoción o al menos de asombro. Pasa lo mismo en el Sánchez Pizjuán cuando ‘El Arrebato’ entona el ‘Himno del Centenario’ y el público puesto en pie lo acompaña.  Algo mágico se eleva desde las gradas del estadio hacia el cielo de Nervión.

Bajamos al césped. Una mano es justificable y exenta de voluntariedad si con ella marca gol el jugador de nuestro equipo y otra en similares circunstancias merece penalti y expulsión del infractor si se sucede en el área contraria.  La arbitrariedad de nuestros juicios. No hay objetividad posible.

¿Cómo se explica que un señor de aspecto apacible en su vida diaria dispare por su boca la artillería pesada de los improperios más abyectos?

Los motivos por los que cada uno se hace simpatizante de un equipo son variados. Habrá quienes siguen la tradición de algún familiar, otros por la aureola de sus tiempos de niño. Quizás un viaje en edad temprana a la capital… Cada cual que repase las suyas.

En las ciudades se entiende que cada cual defienda al suyo. Pero, como los amores del corazón loco de Machín, se pueden querer dos equipos a la vez, uno el de andar por casa y otro de alto copete. Se crean peñas y celebran comidas en nombre de la afición al mismo equipo. Los forofos reciben felicitaciones cuando el de sus amores ha ganado un título, y más anchos que largos asienten moviendo la cabeza con satisfecha complacencia. Sienten el triunfo como propio.

Pienso en estas cosas viendo salir de un bar a un grupo de personas que ha seguido la emocionante jornada por televisión. Salen exultantes unos, otros cabizbajos y el resto haciendo cálculos de las posibilidades que les quedan a su equipo para la última jornada. Esto del fútbol nos tiene comido el coco. Por el hueco de la comedura se escapan las tensiones y no entran malos pensamientos. Ni buenos.