Cálido verano

Con la misma cadencia que se suceden los veranos, lo hacen los consejos para sobrellevar las canículas y las noches tropicales. Dietistas, médicos y meteorólogos, aportan cada uno la parte de su ciencia para atravesar este desierto.

 Los psicólogos explican que el calor provoca irritabilidad y que un incidente puntual, como tropezar con la pata de la cama cuando nos levantamos de la siesta, puede provocar un alud de imprecaciones y juramentos dignos de mejor causa.

Hemos entrado en el tiempo en que el azul del cielo se enturbia de calimas y el aire se carga con plomo de solanos. En ese agobio que provoca la flama hay que echar mano de flema y como el calor no impide el pensamiento, conviene reflexionar ahora sobre las sensaciones de estos primeros seis meses del año. Un examen de conciencia, si es que nos queda. Analizar el poso que dejan los acontecimientos, sin móviles ni ordenadores, pero sí con la inteligencia que nos aportan nuestras neuronas y no la que nos muestra la manipulable inteligencia artificial.

Es muy complicado ser neutral y no perecer en el intento. Quizás los árboles no nos dejan ver el bosque. Es mi percepción, claro. Tengo la impresión de que nuestros representantes políticos están más ocupados en las disputas partidistas y su repercusión en los medios de comunicación que en los problemas de la vivienda, educación, sanidad e infraestructuras y que, cuando lo intentan, acaban como el rosario de la aurora o tirándose los candiles al culo.  Su lenguaje, con insultos personales, va camino de la jerga de los carreteros y de discusiones tabernarias de suburbio. Qué lejos de la oratoria razonada, de la fina e inteligente ironía de otros tiempos.

No es que no se respeten entre ellos, es que tampoco nos respetan a nosotros.

Si usted es una persona moderada, los exaltados lo acusarán de equidistante, de que no se compromete y si da una opinión que defienda o ataque a cualquier bando, acantonados en sus irreductibles posiciones, lo calificarán de facha, radical de extrema derecha o extrema izquierda. Ellos, siempre ellos, tan lejanos, se consideran a sí mismos como modelos de proceder, de estar en posesión de la verdad, en el lugar donde sus ideas son la piedra angular que sostiene el edificio del Estado.

Mal lo tendría un Adolfo Suárez en una situación como la actual. Quizás lo que sobre sean vísceras y hagan falta más cabeza y corazón.

Mientras pienso esto, echado sobre la cama, entra por una pequeña rendija de la ventana un rayo de luz hasta el suelo por donde cruzan motitas de polvo.  Fuera reina el silencio. En una difusa duermevela veo una mecedora donde un hombre dormita y una mujer con gafas de cerca zurce sentada en una silla. Otros tiempos. Que el verano nos traiga un poco de calma y lucidez. Hasta septiembre, si por bien es.

Cartas y carteros

Los carteros llevaban las cartas en una cartera grande de cuero grueso y duro con una amplia solapa para protegerlas de la lluvia, cierres de hebillas y una correa para colgarla al hombro. En su interior iban misivas de amor, de amistad, de luto en sus bordes negros o de cumplidas felicitaciones.  La escritura sale del corazón y, a través de la mano, se posa en el papel con la identidad irremplazable que a cada cual le aporta su caligrafía.

Cartas que sorprendían por inesperadas después de muchos años sin noticias o aliviaban la angustia si la espera se alargaba. Servían para salvar las distancias que separaban las orillas, como pasiles en los arroyos, para hacer más llevadera la ausencia y ahuyentar al olvido.

De enamorados que intercambiaban besos y promesas con corazones atravesados por flechas, de padres e hijos, de esposas y maridos, de amigos…

Tenían sus formulismos que abrían y cerraban el mensaje principal.  “Espero que a la llegada de esta os encontréis todos bien, nosotros quedamos bien, gracias a Dios”.  “Y tú, recibe un abrazo de este tuyo que lo es”.

Cartas que hacían llorar o reír. Casi siempre con algunas gotas de melancolía. Al cartero se le esperaba detrás de la puerta entornada o de los visillos, sabiendo la hora aproximada de su paso.

Los que no querían esperar a que pasase por su puerta acudían a la oficina, que era una habitación de la casa en que vivía, y aguardaban a que hiciese el apartado.  Consistía en agruparlas por calles. Nadie lo molestaba mientras tanto. Terminada su tarea entregaba a cada uno su correspondencia. O les presentaba las manos vacías con las palmas hacia arriba.

 Si antes se aguardaba su llegada con ilusión ahora, si lo ves pararse en tu puerta, se te ponen las orejas como conejo que escucha ruido. Las notificaciones de organismos administrativos (hacienda, catastro y tráfico, fundamentalmente) con acuses de recibo no suelen traer dádivas en su interior.

El servicio de correos, que tuvo antes gestión privada en manos de una familia de origen italiano, pasó a ser servicio público en el siglo XVIII, en 1716. Los primeros carteros comenzaron a repartir la correspondencia unos años después, en 1756. Al principio no existían muchos medios de transporte, así que entre localidades se utilizaban caballos para este menester.

Los emisarios utilizaban una clase de corneta, que tocaban para reunir a los vecinos en los lugares de reparto. Tiene el nombre de cornamusa y ha pasado a ser componente fundamental del logotipo actual de correos, diseñado en 1977 por José María Cruz Cubillo.

Ya no se escriben cartas. Los medios tecnológicos han reducido el intercambio postal al mínimo y Correos se ha ido adaptando a las demandas que piden los tiempos.

Las abreviaturas y los emoticonos, como la grama, han inundado la besana de la caligrafía. No nos queda otra que acostumbrarnos a ellos.

Otras Semanas Santas

Nuestras primeras Semanas Santas fueron de vigilias, matracas, bulas de la santa cruzada, procesiones con dobles filas paralelas de hombres y mujeres y sermones de siete palabras que parecían setenta. Veníamos del chis y el dedo en los labios pidiendo silencio porque había muerto el Señor.

 Mayorales con trajes oscuros y calvas brillantes en los oficios de la tarde. Gente que llegaba de los cortijos al pueblo con el rostro curtido por el sol y un día reservado para confesar los pecados cometidos en el campo y en los chozos.

Las imágenes de los santos en la iglesia, tapadas con telas moradas.  Suaves ojeras lilas de mocitas bellas a la luz de las velas. Jubileos de beatas sacando almas del purgatorio con entradas y salidas al cancel. La solemne soledad de la madrugada del jueves al viernes velando al sagrario vacío.

A ese tiempo, a dos luces fusionado, lo llaman los entendidos nacional catolicismo, un ensamblaje en el que era difícil deslindar las competencias de las dos instituciones. Privilegio de presentación de cardenales y algunos prelados saludando brazo en alto.

Como no habíamos conocido otras, nos parecía que siempre fue así y así seguiría siendo. Quedaban todavía por suceder muchos acontecimientos para ir deslindando el mundo del César del de Dios.

De eso veníamos. Así que la primera vez que fui a una discoteca en un viernes santo, en los albores de la democracia, sentí una culpa difusa de no saber bien qué infracción estaba cometiendo, temor a verme sorprendido, como el niño de la enciclopedia Álvarez a punto de coger el caramelo de un tarro de cristal, sorprendido por la voz de la conciencia. Miraba de vez en cuando a la puerta por si entraban las fuerzas del orden a pedirnos la documentación.

Les refiero un caso como muestra de este solapamiento de competencias. Los quintos de aquel año, los nacidos en el cincuenta y uno, decidimos pedir permiso al que ejercía de alcalde para que nos dejara hacer baile el día de San José.  Vaya aprieto al que se vio abocado. Para no comprometerse ni desairarnos, nos dio una respuesta entre la de Salomón, partiendo en dos, y Pilatos, lavándose las manos. Por mí no hay impedimento, pero decídselo al cura.  Era tiempo de cuaresma y nunca antes habían dado permiso. Ni siquiera aquella vez en que le dejaron un gato colgado en la ventana: “Cura, curato, como no nos dejes hacer baile te verás como este gato”. Con estos antecedentes nos dirigimos a la casa parroquial con el argumentario preparado.  Le expusimos que el día de san José es como una isla dentro de la liturgia propia del tiempo de cuaresma.  Pero no hubo manera y los quintos de aquel año, como los de años anteriores, nos quedamos sin baile. Y nosotros, ‘unos sollozando y otros en silencio’, salimos sin saber quién era el que mandaba en el pueblo.

Derechos humanos

 

Día Internacional de los Derecho Humanos

Hoy, veinte de febrero, se celebra el Día Mundial de la Justicia Social. Su finalidad es concienciar sobre la equidad, la igualdad y los derechos humanos. La declaración de estos derechos fue promulgada por la ONU, institución venida a menos por la irrefrenable paranoia de algunos de sus miembros, y recoge en treinta artículos los civiles y políticos, como el derecho a la vida y la prohibición de la esclavitud y la tortura. Los económicos, sociales y culturales, entre los que se encuentran el derecho al trabajo, a la educación y a la salud. Son, por naturaleza, universales, inalienables, indivisibles e interdependientes. Total, casi nada. Son suficientes para sentar las bases sólidas de cualquier constitución que se precie.

Por defenderlos hay quienes han sido encarcelados, torturados y asesinados. En nombre de unas patrias se arrasan a otras patrias y en defensa de unas ideas se ataca a quienes piensan diferente.  Hay donde elegir la forma más mortífera de hacerlo. Escojan los estados y sus cloacas entre el variado surtido que ofrece el mercado para satisfacer las peticiones más exigentes. Drones, bombas de racimos, misiles, ojivas nucleares, infusiones de plutonio… Hasta alguna rana puede prestar servicios inestimables y discretos. Muestran la fuerza de sus razones en imponentes desfiles de alineados soldados. Tanques, camiones y cazabombarderos dotados de  los más modernos misiles nucleares constituyen la fuerza de sus razones ante la complacida y altanera mirada de los gobernantes de turno y su cohorte protectora, elevados a semidioses por la propaganda y el miedo que provocan.

Con el pretexto de la seguridad nacional se califica de traidores a quienes sólo son adversarios que se oponen a la barbarie de los que detentan el poder y se cuelgan medallas en las pecheras de los que son brazos ejecutores de sus atrocidades.

Han convertido los principios éticos en una interminable procesión de hipocresías donde lucen más los que llevan los varales y la compostura trajeada que la autenticidad de lo que se predica.

¿Son rojos o azules los derechos? ¿Diestros o zurdos?  ¿Grises, opacos o tintados?  Aunque algunos estados han llevado a sus constituciones estos principios, llegado el caso, saltan sobre ellos como banderillero la barrera de la plaza, perseguido por el toro o limpiamente los eluden como un saltador de pértiga el listón. Al fin y al cabo, el papel es muy sufrido y no se queja.   

Al rey absolutista Luis XIV de Francia (el Rey Sol) se le atribuye la frase “El Estado soy yo”. La soberanía, el poder y la justicia emanaban de su persona. Hoy no hay soles para tantos gerifaltes.

Nuestro planeta se está convirtiendo en lo que dice la letra del tango Cambalache: “Que el mundo fue y será una porquería ya lo sé… vivimos revolcaos en un merengue y en un mismo lodo todos manoseaos… Hoy resulta que es lo mismo ser derecho que traidor, ignorante, sabio, chorro, generoso, estafador…”

 

Progresistas

 

Si en una encuesta nos preguntaran si somos partidarios del progreso, una gran mayoría de los encuestados respondería que sí. Siempre hay que dejar un margen para los que piensan que se vivía mejor en las cavernas.

El problema está a nivel lingüístico porque el adjetivo que califica a los que así piensan ha sufrido desviaciones semánticas que generan controversias.  

Cuando nombramos a las cosas las dotamos de identidad. Las trasladamos de las difusas tinieblas de lo inconcreto a lo preciso de la luz. Es una manera de organizar las ideas, conceptos, emociones, modas y actividades que van surgiendo.  Gabriel García Márquez, en Cien años de soledad escribe: “El mundo era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo”.  Asignarles nombres es un acto de creación.

Una vez creadas, las circunstancias sociales y culturales las van perfilando y a veces cargándolas de matices que modifican su significado original e incluso vaciándolas de los mismos.

La lengua evoluciona. Unos vocablos dejan de usarse y otros aparecen para designar nuevas realidades. Con préstamos de otros idiomas y términos de elaboración propia estructuramos la realidad y enriquecemos nuestro idioma.

El uso abusivo de ciertas palabras lleva a debilitarlas, a que pierdan lozanía y expresividad. El adjetivo genial ha pasado de la excelencia a algo parecido a no está mal o a ser un latiguillo para salir del paso de los cumplidos.

 

 

 

 

 

 

Otro tanto sucede con sublime. Tanto y en tan variadas situaciones se utiliza que ha perdido brillo y eminencia, bajando peldaños en el escalafón hasta situarse cerca de lo ordinario.

Si a los juristas se les clasifica de progresistas y conservadores, se deteriora el neutral fin que debe presidir la impartición de la justicia, como cuando a la democracia se le añaden apellidos, que en lugar realzar degradan.

Con el sufijo -ista, unido a raíces, nombramos oficios y profesiones: pianista, futbolista, dentista…

También designamos a los seguidores o simpatizantes de una ideología, creencia o sistema político: comunista, fascista, centrista…

Calificamos las características personales o estados de ánimo: optimista, pesimista, derrotista…

El término progreso y su familia semántica tienen en común el sentido de ir hacia adelante, en oposición a retroceso o estancamiento. Pero a un miembro de tan liberal linaje, a progresista, lo ha deteriorado la contaminación política con unos matices peyorativos donde caben la ironía, el desdén, la burla, el insulto o el desprecio de los que defienden ideologías más conservadoras y tradicionales.

Quizás la culpa la tienen quienes, alardeando de defender el progreso, no han estado a la altura de las exigencias éticas y morales que ello lleva consigo.

El descrédito de algunas palabras en ocasiones refleja el de las personas o instituciones que tienen obligación de darles lustre. O el de quienes, a falta de argumentos más consistentes, utilizan la lengua para debilitar al adversario e intentar transformar la realidad a conveniencia.

¡Ay de los vencidos!

Existen sentimientos y conductas que son atemporales, inherentes a la condición humana.  El amor, el odio, los celos, la ira, la envidia, la ambición… vuelven en cada época histórica, como las olas del mar a las orillas, con formas y modos diferentes, pero con la misma índole.

El jefe galo, Breno, en el siglo IV antes de Cristo, accedió a retirarse de la ciudad de Roma tras un pacto con los romanos, los cuales debían pagar una determinada cantidad de oro por la retirada.  Estos protestaron al comprobar que Breno había puesto su espada en el platillo de las pesas, con lo cual tendrían que aportar más cantidad del metal dorado.  Ante las quejas, respondió con una frase lapidaria: «Vae Victis». ¡Ay de los vencidos! O lo que es lo mismo, yo soy el vencedor y pongo las condiciones.  O lo tomáis o lo dejáis.

La caída en desgracia de los que un día gozaron del poder y la gloria en cualquier actividad social es un tema del que tratan muchas obras literarias, clásicas y modernas.

A nivel popular existe una canción que describe claramente lo que va del éxito al fracaso: “Cuando yo tuve dinero me rondabas los umbrales, ahora paso y no me miras porque no tengo dos reales”.

Quienes utilizan la política en su propio beneficio se aprovechan de ella. Algunos, no todos, son repudiados por meter la mano o la pata. Los mismos que les aplaudían y les reían las gracias manifiestan que no los conocen, les niegan el saludo o se mudan de acera cuando los ven venir. De palmotear efusivamente sus espaldas con abrazos de los que levantan el polvo de las chaquetas, a esquivarlos.

Dos frases compendian lo que refiero pronunciadas en casos recientes, sin señalar porque está feo. Pero usted, amable lector, puede identificar fácilmente a sus protagonistas.   “En el aspecto personal es un gran desconocido para mí”. Y la otra, en el otro bando: “Ese señor del que usted me habla”.

Hasta las pulgas huyen de los zorros cuando mueren.

Cicerón decía que la historia es maestra de la vida porque de ella se aprende. Y bien que aprendieron los espabilados que previendo que tarde o temprano tendrán que abandonar sus cargos, aplican a su proceder lo que cuenta el evangelio que hizo un mayordomo que iba a ser despedido por no administrar honestamente los bienes de su dueño. Llamó a los deudores y les rebajó las cantidades que le debían. Con ello se granjeó amigos para su inmediato futuro. La astucia previsora. ¿No hacen eso cierta clase de personajes para asegurarse un futuro acomodo bien remunerado?

De los vencidos con honra, gloria a Justino Nassau al que Ambrosio Espínola dignificó y Velázquez inmortalizó en la rendición de Breda. No son iguales todas las caídas. De los que lo son por robo, fraude o negligencia, que la justicia los juzgue y la Macarena los ampare.

Va de huevos

Siempre ha habido clases. También en las aves.  De corrales, de campo abierto y en cárceles de alambre. De sus huevos tienen mejor venta los camperos que, al menos en las etiquetas, evocan a la naturaleza y en su interior lucen naranja.

Si los cerdos salvaron tantas vidas como la penicilina, no le van a la zaga las aves de corral.

Entre los recuerdos de la infancia de los que vivimos en los pueblos, los que con más viveza permanecen en nuestra memoria son los patios y corrales, los ejidos, las eras y por allí rondando, gallos y gallinas. Comen a pico y pata, no por condena, sino por tendencia natural de subsistencia.

Les ha llegado la hora del censo y protección. El peligro viene de arriba, esa zona que ellas miran girando la cabeza hacia un lado, de otras aves que vuelan y bajan en busca de agua y alimento.  Eso dicen los que saben. Como no es cuestión de ponerles mascarillas a cada una, se les confina en interiores o al menos protegiéndolas con redes pajareras para evitar que otras congéneres accedan a los bebederos y comida. ¿Saldrán comisionistas nuevos?

De paso, los controladores se meten un poco más en nuestras vidas. Pronto nos sacarán la cera de los oídos y tendremos que pagar por la plusvalía de hacerla velas.

Además de huevos y carne para el arroz de los domingos, aportaron riqueza a nuestro vocabulario. Sus dormitorios sobre palos bautizan a las localidades más altas y baratas de cines y teatros. A la gallina se le colgó la etiqueta de la cobardía por su tendencia a guardar distancias, a huir y evitar confrontaciones. El gallo, por el contrario, es altivo y pendenciero, defensor de sus dominios. Hasta le dio nombre a una saga de toreros. El caldo de la gallina es sustento reconstituyente y fue marca de clase de tabaco. La emoción y el miedo se reflejan en nuestros cuerpos poniéndonos la carne como a ellas. Y si las circunstancias vienen mal dadas puede salir uno como el gallo de Morón, sin plumas y cacareando.

Sus plumajes son variados. Van del blanco al negro, pasando por anaranjados y jabados.

La cresta del gallo, más roja y erguida, la de la gallina, más descolorida, caída hacia el lado como gorrilla de jornalero.

El amanecer y el anochecer están muy vinculados a la asignación de cualidades que les asignamos.  Los gallos por ser pregoneros del alba y las gallinas por acostarse temprano. Parece como si las últimas estrellas de la alborada fueran granos de trigo que ellos se comen. A Venus lo dejan para el postre. Un chupito de luz.

El precio del producto estrella de estas gallináceas corraleras ha subido de los nidales a las estanterías con un vuelo más veloz y potente que el de sus ponedoras. Consecuencias de la oferta y la demanda. La cosa tiene huevos.

Pisos compartidos

Todos los animales tienen un lugar donde sentirse protegidos. Donde refugiarse en tiempo de inclemencias y descansar del ajetreo de la vida.  Nidos, guaridas, madrigueras, covachuelas… incluso las ramas de los árboles sirven para ello. Las personas tenemos nuestras viviendas, sean más pequeñas o más grandes, más sencillas o más lujosas. Cuatro paredes y un techo forman un hogar. En ellas los corsés de las vestimentas que nos imponen las etiquetas sociales se cuelgan en las perchas.

Cobijo en el que la familia charla sin oídos inoportunos, comparte tristezas y alegrías y se lavan los trapos sucios si los hubiera.

En esa burbuja los ajenos tienen su tiempo de acogida y cortesía, pero nada más porque, según establecen los buenos modales y la experiencia, las visitas deben ser cortas y limitarse a los cumplidos.

La Constitución Española establece en su artículo 47 el derecho al disfrute de una vivienda digna y adecuada y a los poderes públicos la obligación de promover las condiciones necesarias para hacer efectivo este derecho. Una aspiración de buenas intenciones que está lejos de alcanzar sus objetivos.

En nuestros pueblos era frecuente en tiempos no tan lejanos que los recién casados, a falta de vivienda propia, se quedaran en las de los padres de uno de los cónyuges, generalmente en los de la mujer. Una rama ganaba un hijo y otra lo perdía.

Acondicionaban una habitación como su zona exclusiva.  Las demás dependencias de la casa: cocina, cuarto de aseo, sala de estar, patios, corrales y pasos eran de uso compartido por todos los miembros de la familia, que podía incluir también a los abuelos. Todos, aun no queriendo, estaban al tanto de las peripecias y horarios de los demás.

La convivencia es complicada y exige renuncias y adaptaciones. La zona exclusiva de cada morador se reduce a unos metros cuadrados. Tienen que regularse el uso de los servicios, los gastos comunes, las visitas de amigos y familiares… Y lidiar con el carácter de cada uno. En suma, se pierde libertad y aumentan las molestias.

Los grandes datos de la macroeconomía española, según nos dicen, son buenos, pero, como la lluvia, van calando lentamente hasta las zonas más profundas.  Y a veces ni llega porque antes la han absorbido las capas de arriba.

Ahora que los pueblos pequeños están perdiendo moradores y existen más ofertas de casas no hay quienes las compren ni arrienden. Los jóvenes salen fuera a estudiar o trabajar. En cambio, en las ciudades aumenta la demanda de viviendas, lo que las encarece en exceso y para la mayoría, dificulta o imposibilita las opciones de adquirirlas. Hay residencias de estudiantes a más de mil euros por mes para los que pueden pagarlas. Pero el grueso del pelotón tiene que compartir piso con compañeros, unas veces conocidos y otras, desconocidos, como antes se hacía con suegros y parentela anexa. Ninguna de las dos opciones es deseable.

La percepción del tiempo

El próximo día 22 el sol se situará frente a la línea imaginaria del ecuador de la tierra. Con ello se igualará la duración de los días y las noches en los dos hemisferios. Esta noria que nos lleva con rítmico compás en viajes periódicos alrededor del sol no produce cosquillas en la barriga ni alborota el cabello, como las que mecen en las ferias las ilusiones infantiles. El astro rey seguirá su descenso hacia el sur acortando las horas de luz.  Las alamedas vestirán de tonos ocres y dorados sus hojas, que emprenderán en los brazos del viento su caída hasta las riberas de los ríos.

Es la tierra, como sabemos, la que gira sobre sí misma y alrededor del sol. Realidad que no siempre fue aceptada por los moradores del planeta. El movimiento aparente del sol confundía.

La teoría geocéntrica fue defendida por eminentes filósofos como Aristóteles y astrónomos de prestigio, como Ptolomeo. La iglesia la sostenía fervientemente, aunque ya doscientos años antes de Jesucristo, el sabio griego Aristarco de Samos propuso un modelo heliocéntrico del universo. No le hicieron mucho caso y el geocentrismo se mantuvo durante mil setecientos años más, hasta que Copérnico le dio el famoso giro a esa suposición y Galileo posteriormente lo demostró, no sin que le obligaran a negarlo y ser condenado con arresto domiciliario.

Los astrónomos empezaron a parcelar el tiempo. Las primeras referencias para hacerlo estaban a la vista: el sol y la luna en sus cadencias, sin que faltaran interpretaciones mágicas y brujerías. Los días se partieron en horas, minutos y segundos y se agruparon en semanas, meses, lustros, décadas y siglos. Con esas particiones organizamos nuestras vidas.

Los instrumentos de medida y el temor o el deseo condicionan la percepción de su transcurrir. La fijación en grandes períodos produce perspectiva y sosiego y los pequeños, ansiedad. Un cronómetro marcando décimas de segundo origina la sensación de que la vida se escapa de las manos y caemos irremediablemente hacia el abismo.

 Cuando lo que se espera es placentero parece que el tiempo transcurre con más lentitud. Pongamos como ejemplo el comienzo de las vacaciones.  Por el contrario, cuando se teme una fecha porque no queremos que llegue, percibimos que transcurre con más rapidez. No corre igual escuchando el tictac del reloj en la madrugada cuando esperamos a nuestros hijos que bebiendo cerveza en el bar con los amigos. Ni de jubilados como cuando éramos niños.  Los que hicimos el servicio militar sabemos que los veteranos, también conocidos como abuelos, iban borrando los palotes que habían marcado en sus gorras con los días que les faltaban para la licencia. Con esta ansiedad las jornadas se les hacían interminables.

¿Tendrán la misma percepción los que detentan el poder y los que aspiran a ejercerlo? Pongamos por caso el de los señores Pedro Sánchez Pérez-Castejón y Alberto Núñez Feijoo y sus adláteres.

Árboles

El mes de agosto ha pasado, dejando tras de sí fuego en la tierra, humo en el cielo y desolación, muerte y tristeza en las personas y animales que poblaban los parajes quemados. Los árboles han quedado como esqueletos que murieron gritando de dolor sin poder huir. Como el hombre de la camisa blanca con los brazos extendidos en el cuadro de los fusilamientos de Francisco de Goya. Como rayos inmovilizados en el momento del relámpago.

El intenso calor del verano cambió bruscamente el verde esplendoroso de las hierbas primaverales por el blanco pajizo. Combustible voraz que salta cercados y caminos y repta sinuoso por gavias, lindes y regajos, dejando la negrura de la devastación por dehesas, montes, alquerías y cortijos. Las catástrofes más devastadoras las han ocasionado en España en los últimos meses el agua y el fuego. Tan beneficiosos e imprescindibles cuando están controlados y tan dañinos y mortales cuando se desmandan. Las llamas, como las cabras, tiran al monte, tienen tendencia a subir hasta las escarpadas cumbres. El agua en su crecida busca impetuosamente sus vertientes naturales camino del mar, llevándose consigo todo lo que encuentra a su paso. La lluvia y la candela nos producen tanta seducción como espanto el fuego incontrolado y la riada salvaje.

Las precipitaciones del próximo otoño se llevarán las cenizas y brotarán de nuevo con pujante verdor. ¡Qué resistentes sus semillas! Pero los árboles son cantar de otras riberas, sombra y alimento en la dehesa, aceite en los olivares, vivienda de las aves y oxígeno para nuestros pulmones. Tardarán años en recuperarse.

Son parte fundamental de nuestra infancia y sus recuerdos. Trepamos a las moreras a coger moras y hojas para los gusanos de seda. Buscamos nidos entre las ramas de la higuera, setas en los troncos de alamedas y choperas.

¡Cómo suena el viento entre sus ramas anunciando la llegada de los temporales!

Cuando se queman no solo desaparece la parte material. También la espiritual.  El nogal al lado de la noria, la encina frente al cortijo, testigos de tantas charlas. Quizás de alguno de ellos haya desaparecido un corazón con una flecha que la adolescencia grabó una tarde de paseo.

Me lo resumió un amigo cuando se jubiló después de estar muchos años trabajando en una finca. La propiedad material, me dijo, es del dueño, pero la sentimental también es mía. Conozco cada árbol, cada rincón, cada encina…

Qué simbolismo el de los brotes verdes en los árboles que, estando en las postrimerías de su vida, aún les queda savia para dar luz a otros nuevos. Lo describió el gran poeta Antonio Machado en su excelso poema “A un olmo seco”.  “Con las lluvias de abril y el sol de mayo algunas hojas verdes le han salido”, lo que en él trasciende a la esperanza: “Mi corazón espera también hacia la luz y hacia la vida otro milagro de la primavera”.