Juegos de otoño

Cuando llegaban las primeras lluvias nos gustaba ponernos los jerseys que nuestras madres habían guardado en el ropero a principios de verano. Suponía una vuelta a la tibia intimidad después de las dilatadas jornadas del estío. Con los preludios del otoño cambiábamos de juegos y entretenimientos, más en consonancia con la climatología y la disminución de las horas de sol.

Cada estación tenía un aliciente para nosotros. Íbamos descubriendo los ciclos de la luz y de la vida con curiosidad y sin la rutina que dan después los años.

Comenzaba el viento de poniente a desprender las primeras hojas de los árboles. Alfombras de colores ocres, naranjas y ambarinos que las tolvaneras levantaban del suelo presagiando el próximo cambio de tiempo. La luna con sus cercos y sus halos las noches anteriores lo anunciaban.  A los pocos días las nubes asomaban por las crestas de la sierra como escuderas que estudian el terreno para la batalla inminente.  Lluvias con sabor a despedida de vivencias veraniegas y a plácido reencuentro con el otoño en el andén donde las estaciones cambian sus trajes. La primavera viste, el otoño desnuda y reparte fragancias de tierra mojada después de una larga sequía.  

Retomábamos entonces los juegos que habíamos abandonado en el verano. En la tierra humedecida jugábamos a pinchar el clavo, compitiendo con destreza y puntería en algunos prados del ejido.

 

 

 

 

 

Saltábamos a la pídola.  La modalidad que menos preparativos necesitaba era la que hacíamos saltando uno sobre todos los demás puestos en fila. Cuando acababas te agachabas, hacías de burro y a aguantar a todos sobre tus espaldas.  Lo denominábamos ‘paso Berlanga’, quizás por la cercanía entre los dos pueblos y porque si no dejabas de saltar podías llegar al destino entretenido y ejercitado.

Otra modalidad era el barranco, más estática. Según saltábamos íbamos diciendo algunas retahílas. Cada vez que acababa una serie por haber saltado todos, el que hacía de burro medía un pie y medio y se alejaba de la línea que no podía pisarse. Así, hasta que la distancia era considerable y el salto se ponía tan difícil que solía terminar con el saltador dando con las narices en el suelo y el paciente burro, deslomado.

El que empezaba la serie anunciaba la modalidad que todos debían seguir, como apoyar solo una mano o hacerlo sin tocar nada. Una variante consistía en dar un taconazo en el culo del que estaba agachado. ¡Con espolique!

 

 

 

 

 

 

 

 

Para lanzar el ‘repión’ o peonza había que enrollarlo bien con una cuerda. Una moneda de dos reales o una chapa de refresco machacada en un extremo para sujetarla entre los dedos. Competíamos en duración de giros y en cogerlos del suelo y colocarlos sobre la palma de la mano.

Son algunos de los juegos con los que nos divertíamos entonces, cuando con las primeras aguas plegábamos las velas del estío y nos retirábamos al resguardo de la dársena otoñal.

Que siga la música

Una de las consecuencias negativas de la pandemia ha sido la de suprimir las verbenas, animadas por conjuntos musicales y orquestas en las plazas de nuestros pueblos.
Desde los antiguos, con poco más que un saxofonista y un batería hasta los modernos grupos con numerosos componentes, juegos de luces, máquinas de humo, rayos láser y potentes equipos de sonido, la música siempre ha estado presente en nuestras fiestas.  Yo recuerdo a un hombre ciego con un acordeón, que me trasladaba mentalmente a la taberna de un puerto de mar.
La música de las verbenas fascina, enardece y evoca.  Hay canciones que dejan posos de acordes asociados a sentimientos que vuelven a aparecer cuando se escuchan de nuevo.
Un solo de trompeta de Félix Bote, avanzada ya la noche, abría en la bóveda oscura del cielo, más allá de los farolillos, una brecha radiante y metálica.  Desafíos que ascendían altivos y después, rotos en pedazos de lejanos ecos, se mecían un momento en la cuna del aire y bajaban, vencidos, en copos sonoros a la plaza.
Al principio era el pasodoble el escudero que abría el baile.  Los hombres, abrochadas sus chaquetas y compuesto el porte, se dirigían hacia el grupo de mujeres para invitarlas a compartir bailando música tan animosa y española.
Un paisano, aficionado al buen vino, a la copla y a las ferias, me comentó después de escuchar ‘Nerva’ con marcial postura, que la única pena que tenía en esta vida era no haber sido músico. Disfrutaba escuchando canciones que provocaban su emoción y nostalgia.  Algunas veces, cuando la copla, según decía él, le espelucaba el vello y el brillo asomaba a sus ojos se ponía en pie, erguido y entusiasmado.
Con la música hemos acariciado muchas noches el cuerpo de una pareja, cuando el mundo se resume en dos personas unidas por un abrazo.  El pelo al viento leve, las mejillas juntas y los corazones latiendo al unísono en los pechos.
¿Quién no ha pedido alguna vez que pare el reloj el andar de sus manillas al ritmo musical del famoso bolero de Roberto Cantoral? Entre brumas de olvido y fantasía, mezclando lo que fue con los deseos, recordamos noches inolvidables, allá en el fondo de la edad perdida. ¡Oh, beatíficas caras trascendidas hacia la mística de lo sublime!
Amanecía- porque nadie había escuchado la vana pretensión de que quedara el tiempo detenido en nuestras manos. El sol nos encontraba abrazados a las sombras de las quimeras en el aire fresco de la aurora.
Nos hacen falta las canciones para estimular nuestra fantasía y emocionarnos. Los músicos del Titanic siguieron interpretando cuando el barco se iba a pique. En algunas cantinas del oeste americano ponían un cartel en la pared rogando que no disparasen al pianista. Ingrid Bergman en Casablanca le ruega a Sam que vuelva a tocar ‘As time goes by’.
Siempre nos quedará la música para tiempos de zozobra.

Volver a empezar

Recuerdo mis primeros años de escuela como alumno, hace ya tanto tiempo que da vértigo asomarse.
La mano, hecha puño, vellón rosado con el cuerpo extraño del lápiz, y la lengua entre los labios, acompañando con su movimiento los primeros trazos. El descubrimiento de un mundo nuevo a través de grafías asociadas a dibujos de casas, animales, frutas, y estas a sonidos: Ma, me, mi, mo, mu… Mi mamá me mima. Íbamos a la mesa del maestro a leer en la cartilla.  Yo voy ya por la llave y tú por el tomate. En el cuaderno quedaron las líneas inseguras y los garabatos, entre las cuatro paredes de la clase, los sonidos titubeantes de nuestras voces enlazando vocales y consonantes en una red de combinaciones que entonces nos parecía la jungla. En el corazón, el agradecimiento a quienes nos iniciaron en el maravilloso mundo de la lectura y escritura.
Me acuerdo del estreno de aquellos zapatos del ‘Gorila’ y de la pelota verde que nos daban de regalo. De la colocación de las carteras en la puerta de la escuela para guardar el turno de llegada, de la voz del compañero que hacía de vigía y anunciaba la llegada del maestro nada más verlo aparecer calle abajo y de nuestras carreras a su encuentro para darle los buenos días.
De la plumilla que mojábamos en el tintero de porcelana blanca metido en los agujeros del pupitre y que uno de los alumnos mayores llenaba cada mañana. De la fecha, la consigna y la muestra escrita con letra primorosa en la pizarra que nosotros copiábamos con sumo cuidado en la libreta de caligrafía de dos rayas. De la alegría cuando con lápiz rojo el maestro nos ponía ‘Muy bien’ y lo mostrábamos a los compañeros con satisfacción.
En estos días los profesionales de la enseñanza están preparando la vuelta al cole. El papeleo y la burocracia han ido ganando terreno a la docencia. Reuniones de grupos de un mismo nivel, departamentos, coordinación de ciclo, comisión pedagógica, equipo de orientación con los tutores, claustros, consejos escolares…y la elaboración de programaciones y proyectos, del plan del centro, memoria, estadísticas…Los tiempos cambian. Y por si fuera poco este curso ha venido a parir la abuela con la dichosa pandemia.  Tendrán que seguir los protocolos establecidos y anotar y comunicar cualquier incidencia que se produzca, además de estar pendientes de que los niños guarden distancias y observen las restantes medidas higiénicas. “Y el tiempo que te quede libre, si te es posible dedícalo a mí”. No habrá más remedio, quizás, pero es difícil ponerle puertas al campo o encerrar al viento en una jaula.
Desde aquí mi ánimo para todos con la frase que un maestro viejo nos dijo a quienes acabábamos de empezar: “A pesar de todo, los padres siguen confiando en nosotros porque nos entregan para su educación lo que más quieren, a sus hijos”.

Para subir las cuestas

 

 

 

 

 

 

Último viernes del mes de agosto del año que quedará en la memoria de todos con el infausto mérito de haber sido el del coronavirus con su secuela de muertes, miedo, decadencia económica, derrumbe de proyectos para muchos jóvenes y constatación de la ineptitud en la gestión de la crisis de la mayoría de los políticos.

Para subir las cuestas quiero yo el borrico, que para llanear me valgo solo. Las dificultades y problemas han dejado en paños menores a quienes utilizan la política para medrar y satisfacer sus egos. ¡Qué vistosas las campañas electorales! Las entradas triunfales a pabellones abarrotados de simpatizantes ondeando banderas con vítores a los candidatos que levitan, henchidos por la vanagloria del triunfo. Los escoltas, las recepciones en palacio, los desfiles, las panoplias… Y los banquetes. Porque si un complemento imprescindible conlleva el menester de la política es el de comer y beber. No hay una reunión que se precie que no se remate con un surtido mantel de viandas y libaciones. ¡Qué lejos ha llegado el niño de la Carlota! Ayer no más con una mano delante y otra atrás y hoy codeándose con la flor y nata de la intelectualidad. Bueno, es un decir.

¿Qué interés se os sigue, candidato mío, que a mi puerta cubierta de olvido desde las últimas elecciones acudís implorantes a pedir con beatífica cara de no haber roto nunca un plato el voto para vuestras aspiraciones? ¡Qué ingratas vuestras manos que solo palmotean en mis espaldas cada cuatro años! Vuestras promesas de tocar la luna y parte de algún otro planeta si dejamos caer en la urna la papeleta con vuestros nombres me conmueven, aun sabiendo que tenéis más cuentos que Calleja. Somos tan crédulos que confiamos una y otra vez en los cantos de sirena que nos lanzáis desde las tribunas con verbo insinuante. Echo de menos la cera que utilizó Ulises para taparse los oídos, pero es difícil librarse del bombardeo de mensajes falsos que por tierra mar y aire nos lanzáis.

Ahora que os necesitamos para intentar salir del atolladero de la pandemia os enzarzáis en discusiones de si son galgos o podencos. Que si eso no nos corresponde, aquello es cosa de los otros, que aquí mandan mis bemoles, que no hacemos más porque no nos dejan y si os dejan devolvéis la pelota porque os tiemblan las piernas cuando veis la portería cerca…

En fin, ¡Vaya tropa!

Héroes y villanos

Los versos de Campoamor, nada es verdad ni mentira, todo es según el color del cristal con que se mira, expresan la quintaesencia del relativismo moral y pesimista. No hay valores inmutables. Es la constatación y el triunfo de la arbitrariedad y los intereses de cada momento.
La historia, maestra de la vida y testigo de los tiempos, en palabras de Marco Tulio Cicerón, muestra sobradas muestras de ello.
Espartaco fue un insurrecto para los romanos y un líder glorioso para los esclavos. Igual que Viriato lo fue para los romanos y lusitanos.
Los nazis alemanes consideraban terroristas a quienes los combatían desde la resistencia en los países invadidos. Eran héroes, sin embargo, para sus compatriotas.
Los serbios en la última guerra de la antigua Yugoslavia tenían sus líderes, que eran aclamados por sus partidarios, los croatas los suyos, al igual que albaneses y bosnios. Sin embargo, para sus rivales, eran poco más que hienas sanguinarias.
Héroes para un bando, villanos para los adversarios.
Podemos seguir con numerosos ejemplos, que a ustedes seguramente les habrán acudido a la memoria.
El orden establecido, tantas veces invocado por aquellos a quienes favorece, tiene que basarse en la justicia y la equidad, si no, es un yugo que protege a unos y perjudica a otros. La apelación a su imperio ha sido la justificación, la mayoría de las ocasiones, para considerar delincuentes, rebeldes o saboteadores a los que lo combatían por parte de quienes veían peligrar sus privilegios.
Entre tanta visceralidad, tanto odio y sectarismo debe quedar una zona neutral para la objetividad y el sentido común.  No es igual quien se defiende que quien ataca, quien se subleva contra la injusticia que quien la apoya. La lucha por los derechos civiles de los negros, de las minorías étnicas, de los esclavos, son objetivos amparados por el derecho natural y compartidos por la inmensa mayoría, pero por desgracia quedan quienes se afanan en atacarlos. Si nunca hubiera habido nadie que se sublevara y luchara contra situaciones injustas seguirían existiendo la esclavitud, la jornada laboral de sol a sol, trabajos por salarios miserables y condiciones laborales insalubres, el sometimiento de la mujer a la ciudadanía de segunda o tercera clase.,, En su tiempo los que reivindicaban derechos que hoy nos parecen básicos fueron considerados como anarquistas, subversivos o antipatriotas.
Hay valores comunes aceptados y defendidos por todos. Unos principios inherentes a la condición humana, anteriores a todo derecho escrito. El derecho natural. Por él apreciamos sin necesidad de estudios la diferencia entre el bien y el mal. Como, por ejemplo, el asesinato a sangre fría de un niño inocente o la ayuda desinteresada a quien la necesita.  Si no somos capaces de distinguir la bondad o maldad de esas acciones y de alguna manera justificamos las atrocidades estamos definitivamente perdidos como seres humanos.

Desagradecidos

Juan Carlos I ha cogido las de Villadiego por decisión propia dicen unos y forzado a empujones sostienen otros. Vaya usted a saber lo que pasa en palacio y sus alrededores.
Fuentes próximas a su entorno utilizan el término extrañamiento para explicar su situación. Evitan así exilio y destierro, que son más descarnados. El ex honorable Pujol ni se ha ido ni lo han extrañado. El catalán del 3% y viajes andorranos sigue en su tierra a la espera de juicios por delitos como asociación ilícita, fraude a la administración pública, blanqueo de capitales, tráfico de influencias, cohecho o delito contra el fisco y posibles sobornos, manipulación de los contratos públicos y negocios ilícitos. Ahí está aguantando el tiempo y levantando la cresta si llega la ocasión a los que se atreven a hacerle preguntas comprometedoras. Lo teníamos como de la casa y su forma de hablar con los ojos cerrados se hizo familiar entre nosotros.  Después nos salió rana con aquello de “España nos roba”. Cría cuervos…
Este hombre de baja estatura, pero con tunería de varios metros bajo tierra, necesita hagiógrafos y aduladores que ensalcen los servicios prestados a la España que ahora insulta, pero a la que cortejaba ambiguamente cuando el amor era money constante y sonante y su apoyo para la estabilidad de los gobiernos estatales resultaba imprescindible.
José María Aznar y Felipe González lo mimaron y buscaron su colaboración cuando lo necesitaron y él, abnegado, haciendo de tripas bolsa, se la prestó. Por eso necesita las loas que destaquen sus ayudas y el agradecimiento por que España no cayera en el comunismo bolivariano o en el desgobierno. Lo demás, pelillos a la mar.
Igual o más santo reconocimiento merecen los organizadores de la visita del papa Benedicto XVI a Valencia por el realce y esplendor que revistió la misma y la proyección tan positiva hacia el exterior que produjo. Milloncejos de nada, aparte, que eso son insignificancias para tan alto fin logrado.
¿Y los 2.047 € por las mariscadas que sindicalistas de Andalucía cargaron a la Junta? ¿Qué minucia es esa cuantía frente a la publicidad que supuso para el turismo ver las caras sonrosadas de los comensales rebosantes de salud y vino en un establecimiento señero de la capital andaluza con vistas al Guadalquivir? ¿Nadie va a escribir agradeciendo ese patrocinio y relativizando las treinta raciones de langostinos, seis pargos al horno, seis cilindros de foie, ocho botellas de Rioja Marqués de Arienzo, entre otras exquisiteces? ¿Qué es eso comparado con el deseo que despertó en los futuros turistas que se decidieron a visitar nuestra tierra por tan excelente y alegre forma de vivir? No, no me olvido de los ERES, señora de la bandera al viento. Fue, como lo de Gurtel, ejemplo brillante del ingenio y picaresca española, tan nuestra y representativa. Seguro que motivó a muchos turistas para viajar a España.
Tantos y tantos casos en los que a cambio de unas pequeñas detracciones por parte de abnegados gestores han dado brillo y prestigio a nuestra Patria.
De bien nacidos es ser agradecidos y nosotros solo lo somos en algunas ocasiones con quienes han contribuido a la grandeza de España. Los dinerillos que se pegan a los dedos son sisas de sirvienta, una minucia que hay que perdonar a cambio de la magnitud del bien mayor conseguido.

De monarquías y repúblicas

Este mes de agosto está revuelto. Por un lado, los rebrotes de contagios que no cesan ni a cuarenta grados a la sombra y por otro el impacto producido por las noticias no muy claras todavía sobre el emérito rey. Porque una cosa es lo que nos cuentan y otra lo que sucede.  En los partidos representados en el Parlamento hay variedad de interpretaciones y en la prensa y tertulias opiniones para todos los disgustos.  Que si fuga, que si exilio voluntario o forzado.

Entre el respetable, unos destacan su gestión de la transición y otros ponen el acento en los presuntos fraudes económicos. Creo que hay que tener claras algunas realidades básicas que por evidentes se obvian y algunos, con sus ¡vivas! exaltados o sus gritos de ¡fuera!, olvidan o ignoran. O peor aún, tergiversan.  Aquí van algunas.

La monarquía es un privilegio en contradicción con el principio de igualdad. Así es reconocido por todos los versados en Derecho Político.

 

 

 

 

 

 

Espere, espere usted, amable lector o lectora, antes de ondear al viento la bandera de sus viscerales convicciones y siga con la lectura, por favor. 

Aun siendo un privilegio, los países pueden optar libre y democráticamente por esta forma política del estado, opción que si es mayoritaria los demás deben respetar.

Es el mismo derecho que ampara a quienes defienden la república y respetan la voluntad de la mayoría si no se admite. Pero nadie puede ser vilipendiado por manifestar estas o las otras opiniones.

La monarquía no es de derechas y la república no es de izquierdas. En su neutralidad radica su esencia.  Bajo ambas formas de estado caben todas las ideologías.

La inviolabilidad del jefe del estado es un abuso de poder si no se limita a las funciones propias del cargo y se extiende a las actividades privadas que pudiera desarrollar. Incluso en el desempeño de las funciones públicas deberían exigirse responsabilidades si constara manifiesta negligencia, parcialidad, nepotismo o ilegalidad.

La justicia es igual para todos, con perdón. Y la obligatoriedad de contribuir a la hacienda pública también, aunque bien conocemos la picaresca y desvergüenza de los que pueden esquivarla.

Los gastos en educación, sanidad, infraestructuras y demás servicios públicos tenemos que sufragarlos todos con la parte proporcional de nuestros ingresos, seamos rojos, azules o coronados. O como el vino que tiene Asunción, que ni es blanco ni tinto ni tiene color. Quienes eluden esta obligación,  que es el verdadero patriotismo, roban y perjudican al resto de sus conciudadanos.

España no pertenece en exclusiva a ningún grupo político, aunque algunos se crean depositarios y “amantes de sagradas tradiciones y de sagradas formas y maneras”.  Pertenece a todos los que tienen su nacionalidad.  

 

 

 

 

 

 

Mucho me temo que tras las encendidas e incendiarias soflamas que escuchamos y leemos estos días, lo que subyace son intereses por medrar, unos para agarrarse al asa de las prebendas y otros para no soltarla.

Si usted no piensa así manifiéstelo, que hablando  se entiende la gente. Pero no utilice manidas consignas y estereotipadas frases y menos aún  insultos que a los únicos que califican son a quienes los profieren.

Plaza de Llerena

Esta plaza, que según opiniones distintas tiene un diseño oriental, indiano o castellano, va recuperando poco a poco a las personas después de la soledad de los días de confinamiento. Un grupo de hombres pasea por el recinto interior, más elevado que el resto y limitado por bancos de granito y baranda metálica de forja. Van y vienen sobre las losas una y otra vez.  El suelo exterior que circunda a este espacio está empedrado con menudos rollos, piso poco propicio para el requiebro galante del ‘pisa, morena’.

En un momento se mezclan con estruendosa algarabía los graznidos de los grajos, el piar de los vencejos, el griterío de la chiquillería y los toques de las campanas. Unas madres conversan sin perder de vista a sus hijos pequeños que ora ríen, ora acuden llorando porque les han quitado la pelota.

En la parte que da al poniente se levantan dos encinas nuevas que escoltan a la antigua fuente diseñada por Francisco de Zurbarán, quien vivió y tuvo su taller en una de las casas de los soportales.  Pintor de claroscuros religiosos que mira atentamente, paleta y pincel en mano, desde el atrio del templo en una estatua sedente, a medio camino entre’ El pensador’ de Rodin y un cazador al aguardo en la tronera. Bella obra del escultor llerenense Ramón Chaparro Gómez.

Acuden al toque de las campanas algunos fieles, pocos en los tiempos que corren. Imagino que sus rezos se elevarán por los muros de la iglesia como humo de incienso rumoroso y alcanzarán en la veleta el último sol de la tarde que los llevará por los caminos de su fe en un largo viaje. Si los dogmas admitieran pensamientos se enredarían en las marañas de las dudas. ¿Por dónde irán mis rezos infantiles? ¿Habrán llegado al destino que imaginé entonces entre nubes blancas de algodón y coros de rubicundos querubines? Iban vestidos de inocencia, puro candor de niño crédulo, desde las majestuosas catedrales y la penumbra de iglesias de pueblo, sin acuse de recibo. Tal vez se extraviaron entre las galaxias por los inextricables laberintos de estrellas y agujeros negros. Los más temerosos salieron de mi almohada, súplicas nacidas del miedo al fuego eterno por si la muerte me cortaba el paso una mañana.

El sol ha abandonado ya las ‘picochas’ y retirado de los tejados los últimos flecos dorados de su vestido.  Vuelve el silencio acompañado por una suave brisa.

A medida que oscurece brilla más la luz de los relojes de la torre y el ayuntamiento, con números de caracteres árabes el primero y de romanos el segundo. Un estrabismo conciliador. Las campanadas de las horas se retiran lánguidamente por el zaguán de la noche.

Aparecen las primeras estrellas en el trozo de cielo limitado por las fachadas. El mismo cielo que en otros tiempos fue testigo de autos de fe de la Inquisición, de fiestas, zarzuelas, verbenas, mercados, corridas de toros y de despedidas de aventureros que hicieron las Américas. Hay mucha historia escrita en las hojas azules de sus archivos.

Viejas fotografías

Las metáforas que identifican al río y al camino con la vida están muy usadas.  El mérito fue de quienes las crearon.  En tropos está casi todo escrito.  Muchos proceden de los clásicos griegos y latinos. Celebrados autores de las corrientes literarias que han existido lo largo de la historia: Renacimiento, Barroco, Romanticismo, Modernismo. Generación del 27… han dejado pocas aguas sin surcar. Cuando crees que has descubierto un nuevo mar te das cuenta de que estás en el mismo por donde pasaron antes otros. Algunos buscando nuevas formas de expresión retuercen el lenguaje hasta hacerlo incomprensible para la mayoría.
Sirva pues una vez más la imagen del camino para el propósito que aquí persigo.  El viaje es largo o corto, intenso o monótono, según naturaleza o subjetiva apreciación de quien lo anda. A veces, placentero, a veces penoso, pero siempre interiorizado en cada uno de nosotros como una experiencia única, vayamos solos o acompañados. En nuestra memoria afectiva se van depositando vivencias como pavesas. Al cabo de muchos años, si las removemos, comprobamos que guardan aún calor dentro, como aquellos braseros que volvían a encenderse las mañanas de invierno con el rescoldo casi oculto entre las cenizas que dejó la madrugada.
En el camino te encuentras con mucha gente. Unos dejan pocas huellas, otros permanecen para siempre. A otros desearías no haberlos conocido y de otros sientes no haber compartido más tiempo.
En algunos tramos piensas que aquellas personas que comparten contigo ese momento serán inolvidables.  Pero “es tan corto el amor, y es tan largo el olvido…” que la ausencia difumina su intensidad. Las nuevas amistades van llenando huecos que dejaron los que se marcharon, de los que se desvanece poco a poco su recuerdo.
En estos días pasados en casa muchos de nosotros hemos abierto de nuevo la caja donde se guardan las fotos antiguas de familiares y amigos. Instantes captados que fueron acumulándose de fiestas, de romerías, del servicio militar, de un baile…. De ancestros que apenas conocimos, del viaje de novios de nuestros padres, de nosotros mismos… cada vez con menos parecido con el que ahora está con gafas de presbicia intentando identificar a los fotografiados.
Entre ellas he encontrado una foto de la escuela con cerca de cuarenta compañeros, el cura y el maestro.  De cuando señalábamos la esfera terrestre con nuestro dedo índice, con mapa de España detrás, bandera y crucifijo. El Catón abierto sobre una mesa con agujeros para el tintero.
Murieron algunos.  De otros ignoro sus actuales paraderos. ¿Qué suerte habrá corrido cada uno de ellos? Sus ilusiones, sus proyectos, sus hijos, la lucha por la vida…  He vuelto a sentir las casi olvidadas sensaciones de entonces.
Las fotos son referencias que va dejando nuestra vida en las lindes del camino y ponen algo de orden en el antes y el después del tiempo que se confunde en la niebla del pasado.

Suspiros

Está la luz borrosa en los espejos que el calor forma en la lejanía. El aire caliente y denso remolonea en las solanas. En medio del patio, el pozo recibe por su boca un rejón de luz que llega al fondo del agua oscura y deja ver a través de la medalla luminosa que la luz acuña, fugaces, las escamas de los peces.  El niño recibe temblorosos ecos de su voz que rebotan y suben hasta el brocal donde en una cuba de zinc merodean sedientas, indecisas y esquivas avispas verdinegras.
En el interior de la casa el hombre se ha levantado de la siesta con cara de pocos amigos. Pelo revuelto y ojos hinchados. Mejor no hablar con él hasta que los humores se asienten. Trae la huella del sueño labrada en los pliegues de su cara. Con el torso desnudo y bostezando se dirige al segundo paso de la casa donde está la cantarera y el botijo. Bebe largamente y deja que resbale un hilo de agua por su pecho. Después da un suspiro con dobladillo de queja: “¡Ay, qué vida esta!”, lo que recibe réplica inmediata de su esposa que cose en la sala:  “¡No sé por qué suspiras tanto, con la vida que te pegas!”. “¿No puedo suspirar ni en mi casa? ¡Vamos, hombre!”. De alguna forma la mujer ha sentido el suspiro como una queja indirecta hacia ella.
 Y es que son como las rastras, que sacan del pozo las cubas caídas en el pozo.
Los hay de frustración, de hastío, de quejas contra el mundo o de pena por ausencias. Bécquer se quedó en la obviedad de su esencia y su destino: el aire. Dicen que los suspiros fisiológicos se repiten varias veces cada hora de forma inconsciente, por una necesidad que tiene el cuerpo de reponer oxígeno. Son más discretos e imperceptibles, pero los otros, los emocionales, traen mensajes en la cola del aliento. Yo observaba de niño los de las viejas mientras dormitaban en la camilla o zurcían tras la puerta entornada. No los comprendía entonces.

Salían lastimosos y traían palabras detrás, como el estrambote de un poema o la media verónica que culmina una tanda de pases de capote.  Tristes unos y añorantes otros. Hay suspiros que no necesitan más explicaciones para saber de qué van por la rúbrica que los cierra: ‘¡Qué castigo!’ o ‘¡Qué cruz!’ Otros llegan con avales de vírgenes y santos. Muy implorada la del Carmen, por ser protectora de los navegantes. El recurso a los patrones y patronas de los pueblos siempre está a mano para un apuro. Pedro Antonio de Alarcón describe maravillosamente los que llegan heridos de amor: “…suspiras, ¡ay! y acongojado miro/que no es por mí…Y así, mujer amada, /no sé si flores son o abrojos/esos suspiros de tus labios rojos, /ignorando también en mi desdicha/si mi vida o mi muerte son tus ojos”.