Traslados y arraigo

 

Me contó un amigo que, en una de sus primeras tomas de posesión como maestro, en Maguilla, con una edad que no pasaba de los veinte y una timidez acentuada, se personó en la casa del párroco. El cura, de talante abierto y espontáneo, aficionado a la caza y a compartir charla y copas con los parroquianos, lo vería un poco retraído y para darle confianza le preguntó si le gustaba el vino. Le puso un temperante acampanado que apuró en amena charla. Entre pitarra y palabras, él, que entró apocado salió dispuesto a comerse el mundo.

Los maestros, como los demás funcionarios, tenían la obligación de residir en la localidad a la que eran destinados, según establecía la Ley de Funcionarios Civiles del Estado de 1964. Para no hacerlo necesitaban una autorización de la Dirección Provincial. Independientemente de este deber, tampoco era fácil trasladarse a diario de una localidad a otra pues pocos disponían de coche propio y el transporte público, si existía, no coincidía con los horarios laborales.

 Los concursos de traslados eran a nivel nacional y cuando la participación en el mismo devenía forzosa podían ser destinados a cualquier punto de España. Los que estaban solteros buscaban pensiones o domicilios particulares y los casados, si llevaban a mujer e hijos, alquilaban casas, si no las había destinadas específicamente para maestros. La querencia y la economía así lo aconsejaban. Salía más a cuenta que tener dos casas abiertas dada la escasez de los estipendios.

Esta situación de traslado a tierras lejanas, al principio contrariaba, pero tenía sus partes positivas. Nuevas relaciones humanas y conocimiento de otras costumbres y tradiciones que con el paso del tiempo se integraban en su bagaje cultural y sentimental. Los alumnos tenían la posibilidad de conocer también otras formas de vida que ellos les referían.

Y más. Seguro que ustedes, amables lectores, han conocido casos parecidos a los que voy a referir.  Cuanto más pequeño es el pueblo, la relación del que llega es más estrecha con los vecinos.

Al mío llegó un maestro de Galicia que se llamaba don Jesús Souto, bautizado a nivel popular como ‘El gallego’.  Arribó con su familia, mujer, hijos y cuñada. Aquí vivió bastantes años y es recordado por todos los que lo conocimos.

De Salamanca vino una maestra con su hermana. Tan estupendamente se adaptaron y fueron recibidas que las dos ennoviaron y formaron familia en el pueblo. Y por aquí siguen ellas y sus descendencias.

Uno de mis primeros maestros procedía de Feria. Se hospedaba en la casa que hacía de fonda hasta que la dueña y él entablaron relaciones, se casaron y dejó de pagar el hospedaje.

Gente que viene de paso y se queda para siempre. Otros dejan su recuerdo. Cruces de caminos en los que muchas veces el azar nos dio la oportunidad de conocer a personas que forman parte de nuestras vidas desde entonces.

Generaciones

Los límites temporales entre generaciones varían. Van de veinte a treinta años, a veces menos, dependiendo de la rapidez con que se modifican las costumbres y comportamientos.

Cambian las modas, los usos sociales y las escalas de valores.  Los jóvenes son los primeros, siempre puntas de lanza, y después, aun a regañadientes, son asumidos los cambios por el resto de la sociedad. No es un proceso uniforme ni en tiempo ni en intensidad. Generalmente las zonas urbanas adelantan a las rurales.

Conductas que hoy consideramos normales, varias generaciones atrás eran escandalosas. Del noviazgo formal y casamiento como Dios manda al me voy a vivir con mi novio o novia. De aguantar carros y carretas en el matrimonio sin que saliera el humo de las desavenencias fuera al ahí te quedas y que te aguante tu madre.  Del si te ha castigado el maestro te lo tendrías merecido a enfrentarse con él por posibles traumas al niño.  De estudiar una minoría a hacerlo la mayor parte de los jóvenes. De viajar en autostop a recorrer el mundo en avión…

 A mi generación la llaman ‘baby boom’, porque después de la segunda guerra mundial se produjo un gran crecimiento demográfico. Pertenecemos a ella los que nacimos de principios de los años cincuenta hasta finales de los sesenta. Tuvimos la suerte de empezar a vivir en un periodo de paz y de recuperación económica. De la dictadura no fuimos conscientes en la infancia, aunque en nuestro país aún quedaban rescoldos calientes de los desgarros que produjo la guerra y sus consecuencias.  Tiempos de emigración, de los primeros seiscientos.  La generación anterior a la nuestra, la de los nacidos entre 1930 y 1948 lo pasó mucho peor. Es conocida como la de los ‘niños de la postguerra’. Fue la menos numerosa y la más curtida en las penalidades.  Cultura del esfuerzo, economía de subsistencia y aprecio de lo poco que se disponía.

A la mía le sucedió la llamada Generación X, o de la EGB. Son los que tienen actualmente entre 40 a 54 años.

La que se lleva la corona de espinas y desventuras de las más recientes es la conocida como la de los ‘mileniales’, los que tienen ahora entre 24 y 39 años. Según la agencia demoscópica 40dB son los grandes perdedores del sistema. Con una tasa de paro del 40.9%,  los que han visto más reducida su jornada de trabajo a causa de la COVID, los más afectados por la pérdida de empleo y los que más han debido reducir gastos.

Una generación se apoya en lo conseguido por la anterior. Nuestros hijos se apoyan en nosotros, que procedemos de un periodo más estable económicamente. Cuando ellos tengan que ayudar a sus hijos, ¿con qué base lo harán?

Una falla social que desemboca en el desencanto y la rebeldía. Si no hay nada que perder estamos abonando el terreno para desestabilizar la convivencia.

Juegos de bar

Cuando la conversación decaía en noches de ‘cordeleo’ por bares y tabernas alguien proponía que nos jugáramos las rondas a los chinos. Las manos atrás para el trasvase de monedas y puños al medio para el envite. También jugábamos al que más sabe.  La consecuencia era que aumentaba el número de rondas y la rapidez para consumirlas. ¡Bebed que os llene!

A últimas horas de la noche solían permanecer casi siempre los mismos clientes en los bares. Veceros de danos la penúltima mientras barrían el local.  Un compañero al que le gustaba apurar la velada hasta la hora de cierre y las copas hasta el culo me dijo que cuando en su dilatada época de interino lo destinaban a un pueblo que no conocía le costaba poco trabajo hacer nuevos amigos. Los encontraba de su condición y gustos en el bar a esa hora bruja del remate, cuando el vino levantaba velos y las conversaciones fluían como el agua de lluvia en la pendiente.

A los bares se acudía para relacionarse con la gente, beber, charlar, leer el periódico y jugar. De la charla a la porfía solo mediaban unas copas. En esos casos, alcohol por medio, mejor dejar política y credos aparte. No hacen buenas migas.  Cada palo que aguante los suyos y con su pan se los coma. De amoríos y celos en tiempos ya lejanos surgieron peleas con citas fuera del local para dirimir diferencias ¡Los valientes, a la calleja!, decía un sabio y viejo tabernero cuando veía que el vino y la presencia de testigos envalentonaban a los porfiadores.

De juegos ha habido muchos. Aparte de los naipes con sus variadas modalidades y el dominó, he visto echar pulsos, competir en fuerza con un artilugio parecido a una cafetera apretando fuertemente con la mano, echar partidas a los dados. Incluso a las damas y al ajedrez en las horas más tranquilas.

Antes de que llegaran las máquinas tragaperras estuvieron de moda las de bolas niqueladas con las que conseguías partida gratis si alcanzabas cierta puntuación a base de lanzarla contra setas con luces parpadeantes que las repelían y meterlas en oquedades de las que salían despedidas. 

También había máquinas ‘cantaoras’. Si las alegrías infantiles sobre caballitos de madera costaban una moneda de cobre en tiempos de Antonio Machado, en los que me refiero por un duro echaban a volar su fantasía durante unos minutos los acodados en el extremo de la barra. Solitarios que expulsaban por la boca en forma de boquilla de trompeta anillos de Saturno temblorosos, que se deshacían en medio del salón. Era otro juego en el que la imaginación bullía al compás de las canciones. De allí podía salir el acodado, montera en mano por la puerta del Príncipe, con los bracitos en cruz, haciendo brindis al vino y las mujeres o echando el capote al suelo para que pisara la morena de la copla.

DNI

A primeros de mes volverá al pueblo el equipo que hace y renueva los DNI. Han pasado diez años desde la anterior renovación y ya toca otra vez. La fotografía se quedó parada, pero los años han seguido en caída libre. Yo, como voy conmigo, no me entero, pero los que la miran necesitan varias pasadas y algún arqueo de cejas para asegurarse que no soy un impostor. Puede que esta renovación sea la última y me den el permanente, que caducará cuando yo. Ignoro si en su tramitación todavía te sujeta el funcionario el dedo y lo mueve a derecha e izquierda para que los tortuosos caminos de las huellas queden bien impresos. A mí me parecen esas curvas las isobaras de una gran borrasca.

Se cree que el alma abandona el cuerpo cuando mueren las personas. No lo sé, pero sí que el DNI sobrevive a quienes identifican. Lo necesitan los deudos para variados y obligados trámites. Permanecerán registrados en los ordenadores de la administración, de los bancos, de las compañías eléctricas y telefónicas…  Y cuando todo esté saldado y repartido, los números irán al cementerio de los dígitos huérfanos.

En el periodo de colonización de América, se estableció un sistema para controlar las personas que salían de España. Se otorgaban las llamadas ‘cédulas de composición’, que eran unos pergaminos con los datos del poseedor escritos a mano. Estaba prohibido a los extranjeros residir en los territorios españoles de ultramar. A pesar de ello muchos se arriesgaban a cruzar el Atlántico y establecieron allí su residencia en busca de fortuna. Para regular esta situación se otorgaban estas cédulas a quienes llevaban tiempo viviendo en las colonias con sus familias y poseían bienes. Concesión que estaba sujeta al pago del tributo correspondiente.

Hasta el reinado de Fernando VII no aparecen unos documentos con cierto parecido a los actuales DNI. Las llamaban ‘cédulas personales’ y ‘cartas de seguridad’.  Las expedían los ayuntamientos y diputaciones para aquellos que tuvieran que realizar gestiones con los organismos oficiales. Eran fáciles de falsificar.  En el mismo reinado se creó la Policía General del Reino, concediéndole la facultad de realizar padrones con los datos del sexo, estado, profesión y naturaleza. Esta facultad sigue atribuida, con los cambios pertinentes originados, a la Policía Nacional.

Los sucesivos modelos de DNI han ido reduciendo tamaño, modificando colores, acumulando información sobre nosotros y aumentando prestaciones.

El actual no es tan antiguo. Lo implantó el régimen surgido de la guerra civil por medio de la convocatoria de un concurso para su diseño, que ganó D. Aquilino Rieusset Pachón. Hasta el año 1951 no se expidió el primer ejemplar, que fue, con el número uno, para Francisco Franco; el dos para su esposa y el tres para su hija. Años después, se reservaron para la familia real los números del 10 al 99.  En el cementerio de los números de carnet también hay jerarquías.

Río Duero

Me gusta pasear por el campo estos días de febrero porque la primavera se anuncia en los almendros. Duro y de rugoso aspecto en su exterior, pero de bellas y delicadas flores. Destacan, blancas y rosadas, en los ribazos y entre los olivares de la sierra.

Tiene la edad madura algo de similitud con este árbol. Los años endurecen y arrugan la piel, pero el aspecto engaña e igual que en ellos ofrecen hermosas flores, de los mayores pueden nacer los sentimientos más excelsos. ¿Por qué se emocionan tanto los viejos si no es porque conservan en su corazón la ternura que su físico les vela?

Pienso estas cosas mientras paseo por la ribera del arroyo de la Corbacha, casi seco en los últimos veranos, pero que en inviernos lluviosos se convierte en caudaloso río con imponente rugido entre las abruptas rocas de su cauce. Quedan restos de viejos molinos en sus orillas y en sus vegas florecieron feraces huertas que llenaron de vida estos parajes.

Recuerdo otros días de lejanos febreros. La lluvia repentina y breve, la luz del sol que aparece entre trozos de añil y levanta el arco iris sobre la nube negra que se aleja. Los bulliciosos trinos de ruiseñores en la alameda y en el pelo mojado de una joven, efímeros reflejos bellamente tentadores. De nuevo el campo se oscurece al paso de otra nube que se acerca con un rumoroso galope de lluvia. Llega y nos moja. Juntos buscamos la protección de nuestros cuerpos hasta que se aleja por los olivares arrastrando entre las ramas los volantes de sus cortinas de agua.  El sol vuelve a dejar medallones sobre el campo verde y entre la siembra se escuchan los reclamos de la perdiz en celo. 

A mi paso han levantado el vuelo, sorprendidos, unos cuantos patos azulones. Una gallineta esquiva ha sobrevolado a ras el agua y se ha escondido en las eneas.

Si este pequeño arroyo provoca en mí tantas sensaciones, qué no será el Duero para muchos amantes de la naturaleza y la poesía al pasear por los mismos lugares que inspiraron a tan insignes escritores.

Gustavo Adolfo Bécquer ubicó allí la acción de dos de sus ‘Leyendas’: ‘El monte de las ánimas’ y ‘El rayo de luna’.

Y qué decir de Antonio Machado: “Allá, en las tierras altas, /por donde traza el Duero /su curva de ballesta/en torno a Soria, entre plomizos cerros/ y manchas de raídos encinares, /mi corazón está vagando en sueños…”

Hay un proyecto para construir una urbanización en su orilla derecha a su paso por Soria, lo que alteraría el paisaje y su patrimonio sentimental.

Alertas meteorológicas

El joven pastor estaba con el rebaño de ovejas una tarde de mayo entre las encinas de la dehesa.

Al mediodía empezaron a aparecer en el cielo unas nubes blancas con forma de coliflor. Fueron creciendo de volumen y ennegreciendo su aspecto con el paso de las horas. Un penacho en su cima con forma de yunque remató su formación.

Un compañero de trabajo le dijo que no se entretuviera. Ya había empezado a tronar y una cortina gris por la parte de la sierra anunciaba la lluvia próxima.

Pronto empezaron a caer gruesas gotas y los truenos rebotaban de loma en loma cada vez más cercanos al destello repentino de los relámpagos. Las ovejas llegaron solas al cortijo. Alarmados, los compañeros salieron en su búsqueda y vocearon su nombre por caminos y encinares sin obtener respuesta. Recorrieron los lugares por donde suponían que podía haberse refugiado. En una primera batida no lo localizaron. Cesó la tormenta, pero la llegada de la noche dificultó la búsqueda. Fueron al pueblo a buscar ayuda.  Lo encontraron entre el pasto, fulminado por un rayo. En ese lugar una cruz con su nombre y la fecha lo recuerda desde entonces.

No es la única que hay por esta campiña en recuerdo de fallecidos en circunstancias parecidas.

Otro hecho que los mayores de mi pueblo recuerdan y refieren es el de un labriego que una tarde emprendió el camino hacia su lugar de trabajo, distante algunos kilómetros. La tarde estaba desabrida y empezó a nevar.  Entre la poca luz de la tarde invernal y la intensidad de la nevada que cubrió caminos, perdió todas las referencias de orientación. Extraviado, pasó toda la noche a la intemperie y no aguantó las bajas temperaturas. Lo encontraron muerto al día siguiente.

Los dos protagonistas de estas historias no dispusieron de una información meteorológica que podría haberles evitado la muerte.

En la actualidad es admirable la calidad y grado de acierto de las previsiones del tiempo atmosférico. Fotografías desde el espacio en las que se observan la evolución de los ciclones, las borrascas y los frentes. Con días de antelación pronostican que una masa de aire frío en altura se desgajará de la circulación general y seguirá una trayectoria por otras latitudes, seguida permanentemente por los satélites. Las alertas por situaciones potencialmente peligrosas son comunicadas a los ayuntamientos a través de Protección Civil.

Avisos que van dirigidos a las autoridades para que tomen las medidas oportunas y a la ciudadanía en general para que no se exponga con acciones imprudentes o temerarias en circunstancias tan adversas.

 Por eso produce enojo que haya quienes no atienden las recomendaciones y se exponen a peligros con actividades que pueden evitarse o aplazarse si no son estrictamente necesarias. Se ahorrarían zozobras o desgracias que afectan a familiares y a las arcas públicas por el despliegue de medios y gastos que los eventuales rescates ocasionan. 

Trenes vacíos

La primera vez que me monté en el tren fue para ir a Sevilla con mi padre.  Tendría unos seis años.  La tarde anterior nos fuimos a Llerena y pernoctamos allí. No recuerdo si por precaución o por no haber posibilidad de hacerlo a la mañana siguiente.   De camino a la estación, agarrado a su mano, miraba las estrellas, intrigado y expectante ante la novedad que suponía el madrugón y montarme por primera vez en tren.

 Salía entonces de Llerena un ómnibus a las seis de la mañana.  Asociaba ese nombre a obús y fantaseaba en los días previos con un viaje parecido al de los obuses de ‘Hazañas bélicas’. Pero la realidad era más lenta y daba tiempo a contemplar el paisaje a través de las ventanas y, si te aburrías, a contar los palos de telégrafos que íbamos dejando atrás. Aquellos trenes transportaban mercancías y personas y paraban en todas las estaciones y apeaderos. ¿Cómo se llama esto? ¿Falta mucho?

El vagón era corrido, con asientos de listones de madera. Como entonces se vivía sin tantas prisas, los viajeros bajaban en algunas paradas para tomar algo en las cantinas. También se acercaban a los vagones vendedores ambulantes que llevaban canastas de mimbre colgadas del brazo con tortas de ‘Inés Rosales’, cortadillos de cidra y algunas chucherías. Comimos durante el viaje lo que nos había preparado mi madre. Con los viajeros que iban sentados enfrente mi padre entabló animada conversación. Yo observaba. Se dirigían a mí con curiosidad, quizás por ser tan pequeño o por, sabrá Dios, la cara de sueño que llevaba.

Estaba yo aún en esa etapa del desarrollo en la que desfloramos la virginidad del mundo   y experimentamos las primeras sensaciones que en lo sucesivo ya serán solo memoria, en acertada idea de Louise Elisabeth Glück.

El primer viaje a Badajoz en tren, con transbordo en Mérida, lo realicé años más tarde.   Comienzos de la década de los sesenta. Departamentos de diez personas, largos pasillos donde la gente salía a mirar por las ventanas, que se bajaban y subían. Fue cuando le pregunté a mi padre, que tenía buenos golpes, por qué íbamos en tercera y me respondió que porque no había cuarta.

Había no hace muchos años dos trenes, que iban a Sevilla desde Llerena por la mañana y regresaban por la tarde. Quedó posteriormente uno solo, que permitía aún ir y volver en el día. Ahora sigue el mismo, pero con horarios que impiden ir y regresar en la misma jornada tanto a Badajoz como a Cáceres y Sevilla, con lo que si necesitas desplazarte en este medio tienes que pernoctar y regresar al día siguiente.

En mis paseos por el campo veo los trenes en ambas direcciones y siento pena. Qué bien han quedado los diecisiete kilómetros de vía desde Usagre a Llerena. Ahí están viendo pasar el tiempo y los trenes casi vacíos.  

Almanaques

En el servicio militar había compañeros que al escuchar el toque de diana lo primero que hacían era anunciar a grito pelado los días que nos quedaban para la licencia: ‘¡Quince y la loca!’, y así iban descontando hasta que llegaba el día de la loca, que era el que nos entregaron ‘la blanca’ y tiramos la gorra por lo alto al romper filas. Llevaban algunos la contabilidad en la de faena, con rayas que iban cruzando según pasaban las jornadas. ¡Qué largos se nos hicieron las últimas!
En el colegio anotábamos en los calendarios de bolsillo los días fijados para los exámenes. El nerviosismo aumentaba a medida que se acercaban. Nos parecía que el tiempo pasaba demasiado rápido. Así sucede cuando no se desea o se teme algo.  
Los almanaques están confeccionados con casillas donde se guarda el tiempo distribuido en días para tomarlos en dosis cada veinticuatro horas. De enero a diciembre, y sean negros o rojos, dulces o amargos, te los tienes que tragar, así te pongas en cruz. 
 Cada comienzo de año buscamos uno para ponerlo en un sitio apropiado en nuestras casas. A pesar de todos los aparatos electrónicos que los incorporan, el colgado en la pared o en la puerta de la cocina sigue siendo el más utilizado para anotar acontecimientos reseñables.
 Cuando yo era niño recuerdo que se apuntaba en ellos el día que la gallina clueca se echaba en los huevos para que estuviéramos pendientes sobre los veintiún días para ver su eclosión y salida de los pollitos. En noches como estas frías que llevamos, los metíamos en una caja de cartón y los poníamos al lado del brasero.
Se apuntaba en los almanaques el día de la matanza y el que se ponía el jamón en salazón.  También el comienzo de un tratamiento médico, la fecha de la última carta enviada o recibida, el cambio de las sábanas de la cama, el día del casamiento al que nos habían invitado o el del fallecimiento de alguien allegado. Hechos pasados y venideros.  Pequeños mojones en las lindes del tiempo.
 En las carpinterías, fraguas, comercios y zapaterías apuntaban los días de un pedido, la última recepción o el compromiso de entrega de cualquier trabajo.
Los almanaques mostraban los pronósticos del tiempo, recogían refranes y dichos populares, cuentos, máximas, días que llevábamos y faltaban del año, horas de salidas y puestas del sol y la luna con sus fases, tiempo litúrgico y ornamentos correspondientes…Era el medio más consultado por todas las clases sociales y para muchos la única fuente de información a través de la lectura.
Alcanzaron tanta difusión tiempo atrás que hasta hubo dos reyes que los prohibieron. Carlos III y Fernando VIII.
Al tiempo se le empezaron a medir las hechuras mirando al cielo y fue plasmado en los calendarios después de muchos ajustes. Nosotros los llenamos de vida con las anotaciones de nuestras pequeñas historias.

Enfermos mentales

En las fiestas se juntan entre ellos y, aunque estén al lado del bullicio y de la música, están ajenos. Vagan por los vericuetos que sus mentes enfermas trazan. Fuman mucho y hablan poco. A veces alguno ríe sin motivo aparente. Beben agua en abundancia, quizás debido a su medicación. Son conscientes de su enfermedad, que asoma a sus ojos miedo, pero no dominan las bridas para controlarla. Solo el tratamiento la mantiene a raya. Los brotes más agudos los sufrieron en su adolescencia, cuando el volcán de las glándulas rompe costuras e inestabiliza todo el andamiaje de la personalidad.
Hay una gran variedad de trastornos mentales, cada uno con sus manifestaciones propias. En España, según la OMS, entre el 2.5% y el 3% de la población adulta padece una enfermedad mental grave, lo que supone más de un millón de personas.  El 9% de la población tiene algún tipo de problema de salud mental y el 25% lo padecerá a lo largo de su vida. Dicen los manuales que entre las causas están la herencia genética, haber sufrido situaciones muy estresantes, las lesiones cerebrales, los desequilibrios químicos en el organismo y el consumo de drogas y alcohol.
Una vecina a los pocos días de morir su padre me contó que lo veía en la televisión dando las noticias del telediario y que le daba consejos sobre lo que debía hacer y lo que no. Le dije que eso eran imaginaciones suyas, que no existían en la realidad. ¿Entonces no es verdad? Claro que no, es tu mente. Y se quedó pensativa, con la mirada perdida más allá de donde yo podía alcanzar. Padecía esquizofrenia desde hacía bastantes años, alternando periodos de lucidez con crisis agudas.
Otra enferma iba casa por casa de los amigos de su padre a horas intempestivas exigiéndoles que se lo devolvieran y preguntándoles que dónde lo habían metido.
La mente, ese maravilloso ‘conjunto de actividades y procesos psíquicos conscientes e inconscientes’ tiene en el cerebro su base. La sala de máquinas con cien mil millones de neuronas que controla y coordina nuestras acciones mentales y físicas. Tan fascinante es su estudio como puede ser el del universo.

 

Las enfermedades graves son penosas para sus familiares y para quienes las sufren. En el habla popular existen variadas expresiones, injustas por livianas y poco compasivas, para calificar los comportamientos erráticos de quienes desvarían y se apartan de lo que se supone que es la lógica. Estar como una cabra, tener un tornillo flojo o perderlo, estar sonado, írsele a alguien la pinza, estar chiflado, cruzarse los cables, perder el norte….
Ha habido escritores y artistas que las padecieron. Muchos acabaron suicidándose. Virginia Woolf lo hizo sumergiéndose en el río Ouse vestida con un abrigo lleno de piedras en los bolsillos. Felipe Trigo y Ernest Hemingway optaron por un tiro… Demasiado sufrimiento para no prestar atención a estas dolencias.

Manuel Pacheco

La plaza de Minayo, bautizada así en honor de Manuel Pérez Minayo, obispo de la ciudad desde 1755 a 1759, luce junto a otros nombres de ilustres próceres. José Moreno Nieto, político e historiador de Siruela, en el centro y pedestal y Adelardo López de Ayala, escritor, académico y político, nacido en Guadalcanal cuanto esta localidad era extremeña, dando nombre al emblemático teatro.
La biblioteca municipal de Badajoz estuvo ubicada en el edificio de Cultura de esta plaza desde el año 1959 hasta 1979. Los estudiantes recalábamos en ella para documentarnos sobre temas que nos mandaban realizar.
Allí trabajaba por las tardes de ayudante de bibliotecario el poeta extremeño Manuel Pacheco Conejo, quien por meritoria obra ha venido a dar lustre a tan selecto elenco.
Tenía entonces abundante y ondulada cabellera y profundas arrugas en el rostro que la vida le había marcado. Vestía con abrigo de cuello vuelto y mostraba una amabilidad a prueba de estudiante despistado.
Ni era yo entonces ni soy ahora conocedor de su obra completa, pero me llamó la atención por su aspecto bohemio.
Hablé con él lo imprescindible cuando necesitaba algún libro para consultar. Estaba interesado entonces por la meteorología y quería saber sobre borrascas, frentes y anticiclones. Por las estanterías anduvo buscando y acarreándome solícito cuanto encontró referente al tema.
Cuando murió su padre, de profesión zapatero, su madre se vio obligada para sacar adelante a sus cuatro hijos a ingresarlo en un orfelinato. “En largo banco de piedra/ sentaron mis siete años. /Patio empedrado de hospicio/para jugar hospicianos. Yo en el hueco de la piedra, como una piedra soñando … “.
A los dieciocho años, durante la guerra civil, fue llamado para incorporarse a filas.  Y fue aquel soldado quien le contestó al sargento intrigado porque sus cartucheras pesaran tan poco: “No llevo balas de muerte/ llevo velas”. Velas para leer poesía casi a escondidas en los libros que nutrieron su afán autodidacta de saber.
“Fui monaguillo, cantador de tangos, fotógrafo, ebanista, cargador de muelle en la estación de ferrocarril de Badajoz, albañil, marmolista, repartidor de hojas de empadronamiento, comparsa de teatro. Pasé hambre y me fui a Portugal en busca de comida”. Su obra viene determinada por estas vivencias y por su compromiso moral con los semejantes. “No hay lugar para la poesía pura de los ruiseñores”.
Murió el 13 de marzo de 1998.  El día diecinueve de diciembre de este nefasto año vírico y bisiesto se cumplen cien años de su nacimiento. 
Leí en el periódico HOY que un comité coordinado por el profesor Antonio Viudas Camarasa, nombrado por Manuel Pacheco como “albacea de su espíritu” y profundo conocedor de su obra, quiere por medio de diversas actuaciones preservar el legado literario y la memoria de quien en palabras del mismo profesor “es el mejor escritor del siglo XX de Extremadura, aunque las envidias de los escritores burgueses lo excluyeran de sus antologías”.