Muchas gracias

Llegué una mañana del pasado mes de marzo al Hospital Quirón Infanta Luisa.  ubicado en la trianera calle de San Jacinto, en Sevilla, con un problema grave de glaucoma en los dos ojos. Después de muchos años de tratarme con colirios para reducir la tensión ocular había llegado a un estado en que ya no me hacían efecto y dos oftalmólogos que había visitado con anterioridad me recomendaron la cirugía porque, si no, corría el riesgo de quedarme ciego. El último que había consultado, de un renombrado centro oftalmológico de Badajoz, me la pintó tan negra y recalcó tanto los posibles efectos adversos que llegó a decirme que esa operación no se la recomendaría ni a su padre si hubiera alguna posibilidad de evitarla. Se refería a la trabeculotomía más agresiva. Las modalidades de implante no las practicaba. Entonces decidí pedir cita en este hospital. Fue una intuición porque yo no tenía referencias del equipo de oftalmólogos del centro. Me la dieron para el día siguiente con la doctora Carlota Ramos. Me atendió muy amablemente, pero me dijo que ella no era especialista en glaucomas. Me vería la cara de preocupación que tenía y quiso ayudarme para que no regresara sin que me viera un compañero suyo. Se puso en contacto con él y lo haría esa misma tarde. Era el doctor Contreras, que me atendió antes de comenzar la consulta con las citas que tenía programadas. Me midió la tensión ocular que seguía desbocada y ordenó algunas pruebas más.  Esperé fuera los resultados y al poco tiempo me llama y me presenta al doctor D. Francisco Rosales Villalobos.  Este ordenó hacerme más exámenes y cuando terminaron me dijo que ya tenían lo que necesitaban. Me operarían dentro de dos semanas.
El día 23 de marzo me realizó el doctor Rosales y su equipo la primera intervención quirúrgica, la del ojo derecho. Volví al día siguiente y me quitaron el vendaje que lo tapaba.  Veía estupendamente. La intervención consistió en extraerme el cristalino, ponerme una lente y colocar un implante ‘Xen’. Todo transcurrió  con normalidad.
La segunda operación, la del ojo izquierdo,  quedó fijada para el día 6 de mayo. Y aquí estuvo el atranque y la sorpresa desagradable. Yo sentí durante el desarrollo más dolor que en la anterior y presentía las dificultades que estaba teniendo el doctor porque tuvieron que incrementar la anestesia.
Durante la tarde de ese día el doctor Rosales me llamó por teléfono a casa para interesarse. Yo entonces me sentía bien, con mi ojo izquierdo vendado.
Al día siguiente acudí a la clínica y al quitarme el  vendaje  solo vi una mancha blanca con muchas ramificaciones. El doctor Rosales nos explicó a mi hijo y a mí que el glaucoma era de los denominados ‘malignos’, palabra con la que yo me acordé del demonio y con la que se resumía todo. El humor vítreo empujaba hacia afuera con tal fuerza que descolocó todo el resto del ojo y cerró una cortinilla con lo que no había salida de este humor vítreo. Explicación mía de profano, sin términos técnicos. La tensión estaba en 48. El peligro era muy elevado y la urgencia inevitable. Entonces, enfrentado yo al temor y el doctor al reto de salvar la visión, me dijo que había dos posibilidades y que si la primera no salía bien había que pasar por quirófano de nuevo. Pasamos a la sala de láser. Antes de empezar me dirigió unas palabras que para mí sonaron francas y entregadas.  Me dieron confianza, Las recordaré mientras viva: “Voy a poner en mis manos todo lo que sé para evitar tener que entrar otra vez en quirófano”.  Me aplicó laser. Tuve la sensación de que eran granos de arena lanzados con fuerza sobre mi ojo. Terminado esto, me envió a urgencias donde ya esperaban siguiendo sus instrucciones con lo necesario para ponerme dos botes por vía venosa de no sé qué sustancia, con el fin de intentar bajar la elevadísima tensión ocular.  Vuelta a la consulta.  El casi milagro se había producido. No habría que intervenir de nuevo. Las partes del ojo se había reubicado con el tratamiento aplicado. Aunque yo no veía por ese ojo todavía prácticamente nada, el peligro mayor estaba superado. A partir de ahí sigo con el proceso de medicamentos y visitas de revisión.

No es fácil, cuando el problema médico es grave, compaginar la información sanitaria al paciente, sin ocultarle la gravedad y el trato cariñoso para evitar su derrumbe anímico.  Muchísimas gracias por haber sabido compaginarlos los dos con preparación, sencillez y humanidad.

Cuando uno está enfermo necesita medicinas, destreza y corazón. De las tres he recibido sobradas dosis. El doctor Rosales ha tenido un comportamiento profesional y humano intachables y dignos de alabanza. Me citaba cada dos o tres días a los centros donde trabaja para no dilatar la espera y estar pendiente del proceso postoperatorio.
A una de las citas mi hijo no podía acompañarme y le pidió que si podía ser el viernes en lugar del jueves. Un día en que el doctor no tenía que ir a la clínica, pero lo hizo exclusivamente para atenderme. Le di las gracias con una profundidad que las palabras no alcanzan a expresar. Sobre todo, me conmovió cuando me dijo que las que más lo habían sentido eran sus dos hijas, de tres y cuatro años, que habían querido venirse con él a la clínica porque era una tarde que les dedicaba a ellas. Hay comportamientos que conmueven

Y qué decir de María, su asistente, administrativa, enfermera…en realidad es todo y lo realiza con una eficiencia y agrado que es difícil mejorar. Ha sido mi ángel de la guarda más a mano. Siempre dispuesta a servir de enlace con el doctor Rosales y a facilitar cualquier gestión que le pidiera. Gracias de corazón, María,  y perdona esas impertinencias mías de molestarte fuera de horario de trabajo e incluso en fines de semana.
Cuando a la preparación profesional se une la calidez humana y cercana en el trato se da uno cuenta de la grandeza de las personas que tiene delante. Con gente como vosotros el mundo es  más llevadero, más humano. Un fuerte abrazo agradecido.

Fuego

El fuego es uno de los descubrimientos que más ha contribuido al desarrollo de la humanidad y también de los que más desgracias ha ocasionado cuando no se domina.

Según la mitología griega, Prometeo lo robó de la fragua de Hefesto y se lo entregó a los hombres.  Metió unas brasas en el interior del tallo de una cañaheja, de vistosa y arracimada amarillez. Abunda por estas estribaciones serranas.  El nombre latino de la planta, ‘ferula communis’, hace referencia a su uso como fusta o palmeta.

Nosotros aprendimos en la escuela cómo lo obtenían los primitivos, de forma menos fantástica y más laboriosa. Venía en las ilustraciones de la enciclopedia. Aquellos hombres barbudos y desgreñados, a medio camino entre simios y humanos, lo conseguían con el roce insistente de dos palos. Lo intentábamos, pero solo lográbamos calentarlos un poco.

Recuerdo a personas chocando el eslabón con el pedernal hasta que se originaba una chispa y prendía la yesca seca. Dicen que la mejor es la que se obtiene del hongo yesquero que nace en ciertos árboles con forma de pezuña de caballo. Los niños producíamos chispas golpeando unas piedras blancas contra otras. Los llamamos chinazos.

Nos llamaba la atención ver cómo saltaban chispas cuando las caballerías pasaban por las calles empedradas al anochecido y daban las herraduras contra el suelo. También cuando los hombres del campo sacaban de la faja negra de su cintura el mechero y con un golpe o dos de mano hacían girar la ruedita sobre la piedra. Prendía la mecha larga y dorada que ellos arrimaban con el dedo pulgar a donde se originaba. Soplaban sobre ella para que se ‘empendolase’ el fuego. (Esta palabra, que según el diccionario significa poner plumas a las saetas o a los dardos, la usamos aquí como equivalente a avivar la candela. También cuando un acontecimiento coge mucha relevancia o desarrollo: Por la noche se ’empendoló’ un baile de categoría. Señores del diccionario, que no todo va a ser hacker o friki).

 

 

 

 

 

 

 

 

La cocina de las casas antiguas era su lugar más entrañable. Allí estaba en su sentido más genuino, el hogar, que tiene su corazón bombeando calor desde la candela de llamas, donde las miradas son esponjas absorbentes que captan, hipnotizan y hacen divagar el pensamiento.   El atributo del mando alrededor de la chimenea son las tenazas y quien las tiene en sus manos ejerce de timonel avivador y arquitecto reparador del edificio cambiante de la leña vencida por el fuego. A los niños no nos dejaban porque decían que nos podíamos quemar y, no sé de dónde lo sacaron, que si jugábamos con él, nos orinaríamos en la cama.

Palabras que evocan.   Acuden imágenes de entonces. Trashoguero, llares, trébedes…En el topetón, un dornillo de madera de encina y un almirez dorado. Suelo de baldosas rojas y techo de maderos. Fuera la lluvia y  dentro silencio de lenguas de fuego.

Jugar a la guerra

Jugábamos a la guerra sin saber que no era un juego. No teníamos una idea clara de que nuestros padres y abuelos habían sufrido una en la misma tierra que nosotros pisábamos y cuyas consecuencias tardarían todavía muchos años en desaparecer. Tampoco captábamos el alcance de la que el mundo padeció posteriormente. La segunda barbarie en poco tiempo. Las enciclopedias las resumían en pocas líneas. Azul y rojo y lecciones conmemorativas, pero el día a día quedó para quienes lo sufrieron directa o indirectamente.

Cuando somos niños diez años son una eternidad.  De adulto, veinte no son nada, como dice el tango. Así que las guerras, a pesar del poco tiempo transcurrido entonces, estaban lejos para nosotros. Percibíamos solo a través de los suspiros y las conversaciones en voz baja de los mayores un atisbo al que le faltaban claves.

Nuestras armas en este juego eran sencillas. Podía servir un palo o un trozo de tabla como mosquetón.  Los más habilidosos construían arcos con una vara de acebuche y una cuerda de abacal. Las flechas lanzadas no alcanzaban más allá de los tres metros.

El campo de batalla dentro del pueblo era la manzana de casas que daba a la Plazuela, el rincón de la misma y las esquinas que confluían a ella. O los alrededores de la iglesia. En estas luchas imaginarias el ruido de los disparos y los relinchos de los caballos los hacían nuestras gargantas y el acierto del tiro había que discutirlo con la víctima. ‘¡Estás muerto, te has asomado y te he visto! No, la bala me ha pasado por debajo del brazo’.

Solamente se admitía el acierto de la puntería contraria cuando jugábamos en las gavias, que hacían de trincheras, y en los prados del ejido. Dejarse caer como los actores de las películas en aquella superficie verde nos gustaba.

De las películas de indios copiamos las coronas, confeccionadas con plumas de gallinas. La cara la pintábamos con tizones.

 

 

 

 

 

 

Los caballos sobre los que montábamos eran palos con un trapo de crin y otro de cola. El galope lo ponían nuestras piernas. Las espuelas, los tacones de los zapatos sobre los ijares del aire. Las maniobras de equitación y doma las acompañaban nuestras hábiles cinturas. ¡So! ¡Arré!

Como en las películas, el caballo del valiente siempre corría más que los otros y al jinete nunca le daban las flechas ni los tiros. Si acaso, leves rozones

De las de gladiadores imitábamos la lucha con espadas.  Las nuestras eran romas y de madera y al primer toque eras hombre muerto.

 

 

 

 

Ahora hay mayores que hacen la guerra sin juegos y jóvenes que mueren de verdad en los campos de batalla sin saber muy bien lo que defienden.  De Caín para acá hemos evolucionado bastante en la forma de hacerlo, pero su esencia permanece invariable: matar. Lo hace el depredador mayor que ha habido sobre la tierra: el hombre.

Visto y no visto

De otros tiempos llegan hasta mí por la ventana del recuerdo las risas de unos niños que juegan en la calle.  Uno del grupo venda los ojos al que hace de ciego.  Después le da vueltas en varias direcciones para despistarlo.  El invidente intenta tocar a los demás, que forman corro a su alrededor, y estos procuran esquivarlo. Es el juego de ‘La gallinita ciega’. Francisco de Goya lo inmortalizó en una de sus pinturas.

Un amigo mío y yo nos montábamos en la misma bicicleta. Uno conducía y el otro iba en el portamaletas con los ojos tapados.  Dábamos varias vueltas por el pueblo y, al final de cada trayecto, el que no podía ver tenía que averiguar en qué lugar nos encontrábamos.

Hay más juegos en los que la privación de la visión es el elemento determinante.

Dos personas, sentadas una frente a la otra, intentan darse de comer mutuamente galletas mojadas en chocolate. El jolgorio está servido para la concurrencia.

Otros consisten en adivinar mediante el tacto de qué objeto o persona se trata.   O reconocer por la voz quiénes son los que las emiten.

Producen risa algunos, sorpresa otros y siempre ayudan a valorar la importancia de la visión como elemento identificativo y a resaltar la función de los otros sentidos en ausencia de esta. En todos, la satisfacción mayor se produce cuando, despojados de la venda, se vuelve a ver.

Para comprender mejor lo que es vivir sin este sentido basta con cerrar los ojos e intentar hacer las rutinas diarias: andar por casa, elegir la ropa que te vas a poner, encontrar el interruptor de la luz o servirte un café. Es una manera de valorar las dificultades con las que se encuentran cada día los ciegos y la meritoria labor de organizaciones como la ONCE.  

La piel percibe la temperatura, el vientecillo fresco de la tarde o el solano del verano Y las caricias.  El olfato distingue olores y aromas. (Recuerdo ahora ‘Esencia de mujer’ con Alpacino y ‘Perfume de mujer’ con Vittorio Gassman).

Las manos se convierten en identificadoras de formas.  Los oídos distinguen las voces de familiares y amigos y el tono con el que nos hablan… pero ninguno suple ni supera a la vista.

Escribió Antonio Machado que el ojo que ves no es ojo porque tú lo veas: es ojo porque te ve. Mañana, doce de marzo, se celebra el día del glaucoma. Ocasión para concienciarnos de esta sombra silenciosa que va cerrando lentamente las cortinas a la luz. Afecta a más de un tres por ciento de la población y es, junto a la diabetes, la principal causa de ceguera en España. Puede prevenirse si se sabe que se padece y para eso lo mejor es controlar la tensión ocular que lo provoca. Su medición es indolora y rápida. Se evitan así sorpresas desagradables cuando el tiempo corre en contra. 

Gracias. Hasta pronto.

Esta columna salió a la luz porque en aquel tiempo Tomás Martín Tamayo andaba por la red social de Facebook y leyó algunos escritos míos. Me preguntó si no había publicado nunca y le dije que no. Te voy a recomendar para que lo hagas, me contestó. Y me puso en contacto con Ángel Ortiz, director entonces del periódico.  Este me pidió que le mandara unas muestras de mis escritos. Así lo hice y parece ser que no le disgustaron. Al poco recibí una llamada de Juan Domingo Fernández, director de opinión. Comentamos sobre la extensión y algunos temas formales. Si no era imprescindible que evitara los temas políticos. Le mandé la foto que me pedía para encabezar la columna y con gran satisfacción y la inflada vanidad que parece ser que tenemos todos los que escribimos vi mi primer artículo publicado el nueve de octubre de 2015.  Antes había sido un asiduo de las Cartas al Director. El que las publicaran como destacadas me envanecía.  La última fue dedicada a las antiguas centralitas de teléfono, aquellas en que las llamadas tenían siempre demora y comunicaban solo inevitables penas y contadas alegrías.  

Un año después de publicar mi primera columna me cambiaron de lugar y ocupe el que dejó vacante el excelente escritor Fernando Valbuena.

Seis años y pico ha durado esta maravillosa travesía. He buceado en la memoria y sacado a flote recuerdos e impresiones que marcaron mi vida. Y como la vida de uno no se desarrolla sola, también la de muchos que han visto reflejada parte de las suyas en lo que contaba.  

He desempolvado los viejos pupitres de la escuela, añorado a los maestros y compañeros de entonces, las bodas, las matanzas, los juegos de calle y de mesa, la esquila de las ovejas, los trabajos artesanos, las charlas de las comadres al atardecer haciendo ganchillo, los lutos, los bares, las fiestas, las candelas, el cine…Estampas y retratos que la memoria guarda, sin duda filtrados por la melancolía de lo que se pierde y edulcorada su acidez y limadas sus aristas por el paso del tiempo y la subjetividad. Ignoro por qué se pierden unos y se conservan otros.

Acompañando al artículo de la semana pasada sobre el contrabando anunciaba al periódico mi deseo de dejar la columna Raíces. Son cerca de trescientas entregas y he pensado que es hora de un descanso. Así lo voy a hacer temporalmente, no sin antes agradecer a los lectores y al periódico la atención que siempre me han prestado.

Marisa García Carretero me anima a seguir, lo que agradezco. Quedamos en dejar un tiempo muerto de inactividad y reanudar posteriormente, dilatando la periodicidad a quince días.

Hurgaré en los rincones del recuerdo para sacarlos a la luz. Al fin y al cabo, como dice Jorge Luis Borges, “somos nuestra memoria, somos ese quimérico museo de formas inconstantes, ese montón de espejos rotos”.

Tren de vía estrecha

Hay oficios que bautizan a los que los ejercen y a toda su parentela.  Si vamos a un pueblo y queremos saber de alguien conviene conocer su ocupación. Nos será más fácil localizarlo.

Si preguntamos, por ejemplo, por José González, es probable que existan varios con ese nombre y que quizás pocos lo conozcan por él.  Pero si añadimos el yegüero, el sillero o el aperador habrá tantas manos como personas señalando la casa donde vive. 

En mi pueblo, Juan Diego era conocido como ‘el del carrillo’. Yo de pequeño lo atribuía a alguna incidencia o característica peculiar que tuviera en la parte más carnosa de la cara, pero por mucho que lo observaba no encontraba nada extraño.  

Tuvo variadas ocupaciones en su vida. Fue porteador de barras de hielo en su bicicleta desde la fábrica de Berlanga a Ahillones, municipal y cartero. Por si fuera poco, formó parte de la División Azul en tierras rusas, donde aprendió algunas frases que repetía con frecuencia a los amigos y donde se le quedó un trozo de su nariz por una bala perdida.

Lo de tal sobrenombre tenía otra explicación. Le venía del carrillo que utilizaba como medio de transporte para recoger y llevar paquetes de Ahillones a Valverde de Llerena. Por allí pasaba el tren de vía estrecha y existía estación del ferrocarril. En un principio la vía partía de Fuente del Arco y llegaba hasta Peñarroya (Córdoba). Posteriormente la ampliaron hasta Puertollano (Ciudad Real). La línea fue construida por la Sociedad Minero Metalúrgica de Peñarroya. La idea del trazado fue del ingeniero y gerente francés Charles Ledoux. Así daba salida al mineral hacia el norte y hacia el sur por Sevilla, pues la línea enlazaba con las de más anchura.

El mineral de la mina de La Jayona lo transportaban al principio en burros hasta la fundición, cercana a la estación.  En el año 1905 se puso en funcionamiento un teleférico para salvar las sierras entre ambos valles. Todavía quedan huellas de las torretas en algunos tramos.

 En el año 1956 la línea pasó a ser propiedad del Estado. Transportaban pasajeros y mercancías. La progresiva decadencia de las minas y el poco uso del tren hicieron que en el año 1970 se cerrara definitivamente por no ser económicamente rentable.

Paseo a veces por el antiguo trazado de esta vía férrea. La han convertido en ruta verde escoltada por dehesas, pastos y tierras labrantías para senderistas y ciclistas. Saliendo de Fuente del Arco llega a las ruinas de un antiguo apeadero, a cinco kilómetros de Berlanga y siete de Azuaga.  Al pasar por la antigua estación de Valverde, totalmente en ruinas, me acuerdo de Juan Diego y su carrillo, de la vida de entonces y de la actividad económica que hubo tiempo atrás con la minería.  Y acuden a mi memoria los versos de Francisco de Quevedo: “Miré los muros de la patria mía…”

Gestos y detalles

Los gestos, en su acepción de hechos que implican un significado o una intencionalidad, forman parte de nuestras vidas.  Unos son nobles, emocionantes otros, muchos, impostados por conveniencia o presunción.

Sergio Reguilón, futbolista español que juega en el equipo inglés del Tottenham, ha recibido gran cantidad de parabienes en las redes sociales y periódicos deportivos por el que tuvo en un encuentro con el Newcastle. Avisó al árbitro de que un espectador tenía un problema sanitario. Gracias a esa observación se suspendió el encuentro hasta que el afectado fue atendido por los equipos médicos.

La risa inoportuna del candidato alemán de la CDU a la cancillería, mientras el presidente alemán hablaba de solidaridad con las víctimas de las inundaciones, lo puso en un aprieto y le obligó a pedir disculpas. Posiblemente le ocasionó también la pérdida de muchos votos.

En el debate televisado de la campaña electoral entre Nixon y Kennedy en 1960, el primero no quiso maquillarse, vestía un traje gris y sudaba.  Su oponente cuidó los detalles. Traje oscuro y bronceado impecable.

A otro candidato a la presidencia de Estados Unidos, George Bush padre, le salió caro mirar dos veces el reloj durante el debate frente a Bill Clinton.

No recuerdo bien si fue Joaquín Vidal, el excelente cronista taurino, quien escribió que a la plaza de la Real Maestranza de Sevilla se iba sobre todo a emocionarse. Un quite, un brindis, una media verónica, un par de banderillas. Incluso el paseíllo, cuando quien lo hacía era el faraón de Camas.

 “Un destello de luz y una risa oportuna amo más que las languideces de la luna,” escribió Manuel Machado.

El futbolista famoso que regala su camiseta a un niño desvalido emociona y gana la simpatía de los espectadores.

La vida política y social está llena de ellos. Llegan fácilmente a los destinatarios.  El beso al suelo del país al que se llega. Un apretón de manos o, al contrario, la negación del saludo a quien la tiende transmiten el mensaje de un estado.

Arafat pronunció un importante discurso en la ONU el 13 de noviembre de 1974 con un ramo de olivo en una mano y una pistola en la otra.

Tommie Smith y John Carlos los dos atletas de EEUU recibieron sus medallas de oro y bronce, respectivamente, levantando un puño con un guante negro en la Olimpiadas de México en 1968.

La imagen de Rafa Nadal ayudando en las inundaciones de Mallorca el nueve de octubre de 2018 le granjeó más simpatías, si cabe, de las que ya goza.

El abrazo entre una militar española y una mujer afgana en el aeropuerto de Torrejón en la última guerra de los talibanes realzó la misión solidaria de nuestro ejército.

Hay gestos trascendentes. Otros, forzados, se desvanecen en cuanto dejan de alumbrar los focos. Son impostores y charlatanes de feria. Conviene separar el grano de las granzas.

Vino amargo

Lóbregas tabernas donde olía a sudor y se juraba sobre el altar profano de los mostradores. Sillas de enea, algunas camillas y el humo de tabaco envolviéndolo todo.

Los urinarios estaban en el corral o en la calleja cercana. La meada, con una mano en el cuadril o en la pared si el que miccionaba necesitaba ayuda para mantener el equilibrio.  Los establecimientos que tenían dentro del local los servicios disponían del habitáculo justo para que cupiera el usuario. Uno tenía la puerta tipo cantina del oeste, tapaba el tronco del cuerpo y dejaba al aire pies y cabeza, de forma que el que estaba orinando podía seguir la conversación

con los compañeros que permanecían en la barra. Como no había agua corriente, de vez en cuando le echaban una cuba para aminorar el mal olor.

En uno de ellos el dueño guardaba una escoba de rama cerca del agujero donde se evacuaba. Estaba en el descanso de una estrecha escalera que subía al doblado. Había que traspasar el mostrador, por lo que quien necesitaba hacer uso de él debía acceder levantando la tapa que estaba en un extremo. El regente del local siempre avisaba: ¡Cuidado con la escoba!

Para limpiar la vajilla disponían de cubas o lebrillos, uno para lavar y otro para el enjuague. El agua iba tomando color a medida que avanzaba la jornada.  El paño ultimaba el aseo. Se introducía con el dedo pulgar en el vaso y se rotaba. Una mirada a contraluz delante de la clientela servía como acreditación de la limpieza.

Sin comida que acompañar en las libaciones, el alcohol expandía sus efectos desde el estómago a los pies y a la cabeza, pasando por la lengua que en los primeros momentos era vivaz y después se hacía pastosa, enredándose en las lianas de la torpeza. El señuelo era evadirse, pero se terminaba cayendo en una profunda melancolía. Agarrados al espejismo de la euforia, poco a poco, los efluvios del alcohol se evaporaban dando paso a la tristeza.

Había borracheras bochornosas, sobre todo en los días de fiesta. Ciertos trabajadores que acudían al pueblo con ganas de beberse a tragos su ausencia en pocas horas terminaban perdiendo la decencia y la dignidad.

Todavía repugna a mi recuerdo un borracho tendido en la acera. Boca arriba, turbia mirada al cielo, con un hilo de vino entre la comisura de sus labios. De mayor conocí algo de su historia. Sicario en la pared del cementerio, junto al pozo, donde quedaron cicatrices que la cal solo pudo disimular con una mano blanca. Eran las primeras imágenes que captaba de la degradación humana, ignorada hasta que descendí por las escaleras de la razón a la sima de lo inexplicable. Bebía para olvidar, pero el vino no borra, sino que resalta lo que se desea ocultar cuando las olas de la resaca se retiran en un amargo despertar.

Cartillas y enciclopedias

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

En el libro ‘El Nuevo Catón’, que utilizábamos en la escuela de lectura, había una ilustración del cuento de los Hermanos Grimm, ‘Los músicos de Bremen’, en la que un burro, un perro un gato y un gallo, subidos uno sobre otro, se asomaban a la ventana de una casa para amedrentar a los bandidos que la ocupaban, emitiendo cada uno de ellos sus sonidos característicos.

Esta imagen permanece aún en la memoria después de tantos años. Las fotografías o los dibujos que acompañan a un texto es lo primero que percibimos, lo último que olvidamos y lo que más despierta nuestra imaginación.

El maestro preguntó a uno de mis amigos qué significaba para él la ilustración en la que se representaba a Cristóbal Colón con su séquito poniendo pie en tierra con la espada en una mano y la cruz en la otra ante los indígenas. Respondió que el descubridor les estaba diciendo a los nativos: “Dos caminos tenéis, así que escoged el que más os convenga”.

De entre los libros que usábamos entonces recuerdo las cartillas de lectura, las ‘Rayas’, obra del maestro Ángel Rodríguez Álvarez, nacido en el pueblo cacereño de Serradilla y editadas en Plasencia por la editorial Sánchez Rodrigo.

Utilizaba un método foto silábico que supuso una innovación en la enseñanza y aprendizaje de la lectoescritura.

Cada página estaba encabezada por un dibujo que nos servía a los alumnos para asociarlo con la sílaba correspondiente y también como estímulo, según avanzabas, para el dominio de las palabras.   Algunos se atragantaban con el tomate mientras otros apuraban ya las yemas.

Cuando las conocías todas pasabas a las lecturas fluidas que nos introducían en el maravilloso mundo de los cuentos y la fantasía.

Las enciclopedias nos ofrecían resumido el saber imprescindible para desenvolvernos en el limitado mundo de entonces, envuelto y teñido por la ideología imperante.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La de ‘Alvarez’, ‘intuitiva, sintética y práctica’, según constaba en su portada, era obra de Antonio Álvarez Pérez, maestro, escritor y editor zaragozano.  Fue la que usamos nosotros, publicada por la editorial Miñón, de Valladolid. Había de tres grados y otra de iniciación profesional.

Sus ilustraciones quedaron grabadas en nuestra memoria. Recuerdo la que representaba a un hombre fulminado por un rayo cerca de un bosque, la de la voz de la conciencia que alertaba al niño que iba a robar unos caramelos, la de Moisés golpeando con su cayado en una roca de donde empezó a manar agua, la del maná cayendo sobre el desierto… Y sobre todo la del sol saliendo entre montañas.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Primaba entonces la enseñanza memorística. Explicaba el cura lo del paraíso y nuestros primeros padres. Uno de los alumnos le expuso en pura lógica que los hijos de Adán y Eva tendrían que casarse entre ellos para que hubiera la descendencia que hubo. “¡Bueno, mira con lo que sale este ahora! ¡Catecismo, catecismo y catecismo! ¡Y déjate de pamplinas! 

Hojas caídas

Si yo fuera poeta intentaría plasmar en poemas lo que me evoca ver caer las hojas en el comienzo del otoño. Haría un símil entre este fenómeno natural y las cosas que perdemos en la vida. Vieja imagen, trillada y manida que, con mayor o menor fortuna, reflejaron muchos escritores, algunos de forma excelsa. Como yo no sé encajar tantas sensaciones en el armazón de la métrica y la rima, las expreso según van brotando espontáneamente del manantial acumulado.
Y mira por donde la última hoja que ha iniciado su caída, desprendida ya de la rama y seco su peciolo, es la antítesis de la poesía: una institución bancaria que abandona el árbol que le dio cobijo durante muchos años. Fue en su origen Monte de Piedad y Caja General de Ahorros de Badajoz, y, por cruces y ‘apareos’ de conveniencias ajenas, cambió de nombre englobada y fusionada con otras del gremio. Según noticias y bando publicado por el alcalde de Ahillones abandona la sucursal de mi pueblo en unos días.  Un rejón más en el morrillo vacío del olvido.
Como no hay rosas sin espinas, aquí lo incluyo. Pero vamos a temas más amenos. De otros otoños me llega la imagen de mi madre machacando aceitunas en una piedra lisa sobre un tocón del almendro. En este tiempo hace fresco a la sombra y calor al mediodía. Para evitar que el sol le diera en la cabeza colgaba una tela en el alambre de tender la ropa. Sentada de espaldas a la pared y protegida para que no le salpicara, iba cogiendo las aceitunas y una a una las machaba, empujándolas después con el ‘machacaó’ hacia la tinaja de barro que estaba en la parte delantera. De ritmos parecidos nacieron los cantes de fragua y de trilla.
Si yo fuera poeta elevaría a versos los surcos recién abiertos por el arado en la besana, desprendiendo vaho después de las primeras lluvias. Haría con el rocío de las vegas diamantes de traslúcidos destellos y bajaría como vuelo en parapente con las hojas de los chopos que alfombran de dorados colores las riberas. Como hoy, que, por los límites difusos del olvido y la memoria, vaga la melancolía con un fondo musical y algún lejano recuerdo que quizás nunca existió. En el suelo quedan hojas caídas, ocres, naranjas, doradas, amarillas…En la gavia que baja hasta el arroyo, membrillos; granadas en el huerto y hormigas de alas en el aire azul después de la lluvia.
Haría del mundo un ‘repión’, como aquellos que nos traían de la feria de Zafra. Lo lanzaría contra el suelo, como entonces, con la ayuda de una cuerda y una moneda de real sujeta en un extremo, por ver si con los giros se despoja de cascarrias. Y les echaría la malaventura en la feria de la vida a aquellos que  abandonan a los débiles cuando más los necesitan.