
Hoy, veinte de febrero, se celebra el Día Mundial de la Justicia Social. Su finalidad es concienciar sobre la equidad, la igualdad y los derechos humanos. La declaración de estos derechos fue promulgada por la ONU, institución venida a menos por la irrefrenable paranoia de algunos de sus miembros, y recoge en treinta artículos los civiles y políticos, como el derecho a la vida y la prohibición de la esclavitud y la tortura. Los económicos, sociales y culturales, entre los que se encuentran el derecho al trabajo, a la educación y a la salud. Son, por naturaleza, universales, inalienables, indivisibles e interdependientes. Total, casi nada. Son suficientes para sentar las bases sólidas de cualquier constitución que se precie.
Por defenderlos hay quienes han sido encarcelados, torturados y asesinados. En nombre de unas patrias se arrasan a otras patrias y en defensa de unas ideas se ataca a quienes piensan diferente. Hay donde elegir la forma más mortífera de hacerlo. Escojan los estados y sus cloacas entre el variado surtido que ofrece el mercado para satisfacer las peticiones más exigentes. Drones, bombas de racimos, misiles, ojivas nucleares, infusiones de plutonio… Hasta alguna rana puede prestar servicios inestimables y discretos. Muestran la fuerza de sus razones en imponentes desfiles de alineados soldados. Tanques, camiones y cazabombarderos dotados de los más modernos misiles nucleares constituyen la fuerza de sus razones ante la complacida y altanera mirada de los gobernantes de turno y su cohorte protectora, elevados a semidioses por la propaganda y el miedo que provocan.

Con el pretexto de la seguridad nacional se califica de traidores a quienes sólo son adversarios que se oponen a la barbarie de los que detentan el poder y se cuelgan medallas en las pecheras de los que son brazos ejecutores de sus atrocidades.
Han convertido los principios éticos en una interminable procesión de hipocresías donde lucen más los que llevan los varales y la compostura trajeada que la autenticidad de lo que se predica.
¿Son rojos o azules los derechos? ¿Diestros o zurdos? ¿Grises, opacos o tintados? Aunque algunos estados han llevado a sus constituciones estos principios, llegado el caso, saltan sobre ellos como banderillero la barrera de la plaza, perseguido por el toro o limpiamente los eluden como un saltador de pértiga el listón. Al fin y al cabo, el papel es muy sufrido y no se queja.
Al rey absolutista Luis XIV de Francia (el Rey Sol) se le atribuye la frase “El Estado soy yo”. La soberanía, el poder y la justicia emanaban de su persona. Hoy no hay soles para tantos gerifaltes.
Nuestro planeta se está convirtiendo en lo que dice la letra del tango Cambalache: “Que el mundo fue y será una porquería ya lo sé… vivimos revolcaos en un merengue y en un mismo lodo todos manoseaos… Hoy resulta que es lo mismo ser derecho que traidor, ignorante, sabio, chorro, generoso, estafador…”




















