Meditaciones al alba.

Los compañeros meditaban,

unos con los ojos cerrados,

otros a media persiana.

Yo leía novelas que forraba

para que no me descubrieran.

De vez en cuando alzaba la vista

simulando rezar por si espiaban

y también por si algún compañero,

exuberante de devociones, levitaba

y tenía que agarrarlo por los pies

para que volviera al asiento.

Uno de ellos, a quien todavía recuerdo,

más velador de mi salvación que de la suya,

le fue con el cuento al prefecto.

Ayer hirió, hoy lo agradezco.

Me llamó a su cuarto y con gesto muy serio

me dijo sin más prolegómenos:

¿Cuándo se va a ir usted casa?

Yo, prevenido, no me corté un pelo:

Pues, mire usted, ya lo tengo hablado con mi padre.

Y aquella Semana Santa del sesenta y siete

monté el colchón en la baca de la furgoneta

y le dije adiós a la Cañada de Sancha Brava.

Se portó don José muy bien conmigo,

librado de este seminarista disipado.

He vuelto a los cincuenta años,

sin odios ni rencores,

pero ya estaban casi todos muertos.

Por el camino de la gloria.

En la sala de juegos
se jugaba a las damas.
Mejor, a imaginarlas,
porque si descuidabas,
como a Ulises las sirenas,
te llamaban a la incontinencia sus encantos
y por la noche, antes de irnos a la cama,
una negra sotana
estaba en el rincón de la capilla
esperando dar absolución a tus pecados.
¡Cuántas trabas! y, sin embargo,
el caballo salía,
cada tres por cuatro, desbocado.
De aquellos pesares de entonces
por pensamientos, obras, palabras y omisiones
solo de uno de ellos me arrepiento:
no haber tenido más obras
al faltar la complementaria
y así llegar hasta el infierno
por el camino por la gloria.

Paranoicos

Hay enfermedades de las que no son conscientes
aquellos que las sufren.
Las mentales son casos evidentes.
Creer sin fundamento
que siempre hablan de ellos
es un claro síntoma del mal que les aqueja.
Piensan que los persiguen,
que cualquier cosa que otros dicen
van hacia ellos dirigidas.
Problemas de la mente
que en sus profundidades más oscuras
crean realidades paralelas
que solo están en sus cabezas.

Tropezar en la misma piedra

Palabra y piedra sueltas no regresan

y una vez que han salido de su fuente,

boca y mano, a quien lanzó le pesa

y la herida y la ofensa permanecen.

 

Habla claro y defiende lo que creas,

sin miedo, cuando la razón te albergue.

Si alguna duda tienes, calla y piensa

hasta que tu opinión fundada asientes.

 

Estos consejos son de la experiencia

que atesoré a lo largo de los años

en los que muchas veces erré el paso,

 

como errarás tú, pues nadie escarmienta

en la cabeza ajena del porrazo

y hasta en la misma piedra se tropieza.

 

Los poetas y la vida

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Ni disgusto ni dicha permanecen
eternamente. Hay nublados negros
que se alejan y cielo azul que llega,
violenta tempestad y dulce calma.
Alternan y nos forjan unas veces
las penas, placenteros gozos otras.
¿De qué escriben entonces los poetas,
de aquello que se pierde o lo que sobra?
¿Quién, en cierta ocasión, no ha estado triste?
¿Quién ha permanecido siempre alegre?
Cada momento tiene su rapsoda,
cada emoción, sentido trovador
como tiene la luz su sombra y hora
y la lluvia comienzo, clara y cese.

Palabras

Las palabras son diamantes
ensartados en la frase
a inspiración y gusto del que escribe.
Este, compone ajuar para la fiesta
en el aristocrático salón
donde lucen de largo damiselas
de la alta sociedad del diccionario.
Sobrecargar con abalorios
y descollar con estridencias
resulta pretencioso.
De la elegancia a la pedantería
solo hay un paso:
 el que va de lo natural al artificio.

Lágrimas verdes

Lágrimas en el cielo,
bengalas con que juegan  los arcángeles
por ver quién deja
la estela más brillante.
Noche de san Lorenzo,
cuando dicen que nacen quienes tienen los ojos
más hermosos, de verde luz y fuego.

Luna llena

La luna llena levantó su vuelo,
desde el regazo acogedor del monte,
bola amarilla sobre el horizonte,
hasta la cima cóncava del cielo.
Manto y mimo, acaricia las espigas
a la hora de las ranas y los grillos
cuando baña tejados con sus brillos
y descansa el labriego sus fatigas.
Entre turbias encinas un sendero
sobresale con suave luz de harina
en este anochecer del mes de mayo.
En el lienzo violáceo, el lucero
destaca su rejón como una espina
y el sol deja la estela de un desmayo.

Muerte callada

Los últimos días lloraba a solas,
un llanto silencioso de almohadas.
De sus labios, secos de llanto y rezos
salió una despedida,
reproche oculto y claro desengaño.
Articuló sus últimas palabras
con voz quebrada:
” Yo ya no me levanto más,
que venga a mí la muerte cuando quiera”.
Así se fue,
así se la llevaron
una tarde de tantas,
como aquellas, cuando zurcía penas
detrás de la puerta entornada.

El cuerpo en las manos

En julio, de calor seco y cansino,
con luz que ciega y quema los rastrojos,
perdió el verde que el mar puso en sus ojos,
oasis a esta altura del camino
que, por dulce, querido y por divino
frescura y juventud, mofletes rojos,
tornaron a la tierra ya de abrojos
en lozano vergel y repentino.
Con el ánimo en paz, aunque aturdido,
– ¿fue un sueño, una quimera, una utopía? –
volvió la vista atrás agradecido.
Sintió cómo en sus manos aún latía
el cuerpo tantas veces recorrido
que nadie nunca más le quitaría.