Nuevo día.
(Ahillones, cazadores en Piedras Gordas)
La aurora pinta de rosa
los perfiles de la sierra
y acota con luz dorada
las brumas de las cañadas.
Flotan vellones dispersos
en el aire de cristal.
La sombra de la alameda,
de brillante argentería,
reluce sobre la hierba.
Canta el gallo en los cortijos
y en las lomas la perdiz.
El viento se despereza
en brazos de la retama,
mientras se lava la cara
con aromas de tomillo.
¡Cazador, qué privilegio
despertar con tus pisadas
la virgen de la mañana!
Brisa de otoño.
Si pudiera trenzar la luz del alba
la daría a la brisa rumorosa
que bulle en la alameda esta mañana.
Que la lleve a la orilla de su sueño
en la tibia penumbra de la alcoba
y deje, como un copo de seda,
un beso en la rosa de su cara.
Un velero con la vela henchida
trae aromas de espliego y de romero
y un abrazo de luz y de deseo
se posa en el rocío de la vega.
Dame la mano.
Dame tu mano en esta noche oscura
porque la edad convierte en vacilantes
estos pasos que ayer fueron prestantes
y hoy dejan huella torpe e insegura.
Yo conduje los tuyos con dulzura,
cuando eran indecisos e inconstantes
y tus miedos buscaban anhelantes
protección en mi cuello con ternura.
Empezabas tú a andar con alegría
colmado de cuidados y de abrazos;
yo regreso al refugio en la bahía.
Para acabar de hacer la travesía
necesito la ayuda de tus brazos
y la voz de tu grata compañía.
Zapatos viejos.
Unos zapatos tirados
en un páramo cualquiera
tienen la melancolía
de todos los abandonos.
Llevan restos en sus plantas
del polvo de los senderos
y el barro de las callejas.
Sus recuerdos son sus huellas
convertidas en caminos
y de su dueño les queda
la horma de su vaciado
y el trajín de sus pisadas
en los días de faena
y en noches de luna llena.
Boquiabiertos y torcidos
por soles, lluvias y estrellas
lanzan lastimoso aullido
en un silencio de suelas.
Almendras amargas.
Sin saber por qué ha sentido
la tristeza y el vacío
de tantas cosas idas.
Ha notado las costuras
de la herida en la memoria,
la añoranza de otro tiempo más feliz,
-quizás sólo espejismos
que el tiempo endulza y lima-,
huellas en la piel del alma,
si es que existe el alma,
y el alma tiene piel.
Un gozo reprimido,
impotente, por no abarcar la vida,
pesar por las palabras nunca dichas
que debieron llegar a otros oídos,
hueras, podridas,
sin aliviar heridas
ni consolar tristezas.
Sensación de vida insuficiente,
fruta desgajada y verde,
limón que no llegó a amarillo.
Un sabor amargo
de almendras inmaduras.
Maquillaje de muertos.
¡Qué mal sienta el maquillaje a los muertos!
¡Qué simulacro de plácido sueño
cuando no hay alborada
ni monedas de luz sobre la colcha
al tibio despertar de las mañanas!
Falsa quietud de la que no se goza.
La mueca de la muerte,
eterna y sarcástica instantánea
con el semblante exangüe,
rechaza los afeites,
colorido postizo de caretas
de un carnaval inerte.
Primeras lluvias.
Riela la luz de la esquina
sobre la calle mojada.
Primeras lluvias de otoño
que desnudan la arboleda
con un pañuelo de aromas
de lágrimas amarillas.
¡Oh, la lluvia en los cristales,
errantes cauces perdidos
en el crisol de la tarde!
Por los límites confusos
del olvido y la añoranza
vaga la melancolía
con un fondo musical
y algún recuerdo lejano
que quizás nunca existió.
En el suelo, hojas caídas,
golondrinas desplumadas
ocres, naranjas, doradas…
Primeras lluvias de otoño
con sabor a despedida
y olor a tierra mojada.
Los Pedrosillos.
Este poema está inspirado en un comentario de Josefa Rangel sobre la vida de su familia en el cortijo de los Pedrosillos. Gracias.










