Soledad.

angelmuerte

La soledad,  si es  triste,

oscurece la sombra de su vuelo

con negros presagios

y  agudos graznidos.

Un tictac penetrante

de buril de acero

horada  la sala vacía.

De madrugada el ángel

marca las puertas de los elegidos

con la espada de sangre y de fuego.

Punzan las sienes latidos

y la pupila dilata los miedos.

Al llegar la mañana hay por las calles

jirones de niebla,

estelas frías del dios vengativo.

Nuevo día.

PD4

(Ahillones, cazadores en Piedras Gordas)

La aurora  pinta de rosa

los perfiles de la sierra

y acota con luz  dorada

las brumas de las cañadas.

Flotan vellones dispersos

en el aire de cristal.

La sombra de la alameda,

de brillante argentería,

reluce sobre la hierba.

Canta el gallo en los cortijos

y en las lomas la perdiz.

El viento se despereza

en brazos de la retama,

mientras se lava la cara

con aromas de tomillo.

¡Cazador, qué privilegio

despertar con tus pisadas

la virgen de la mañana! 

 

Brisa de otoño.

otonla

Si pudiera trenzar la luz del alba

la daría  a la brisa rumorosa

que bulle en la alameda esta mañana.

Que la lleve a  la orilla de su sueño

en la  tibia penumbra de la alcoba

y deje, como  un copo de seda,

un beso en la rosa de  su cara.

Un velero con la vela henchida

trae  aromas de espliego  y  de romero

y un abrazo de luz y  de deseo

se posa en el  rocío de la vega.

Dame la mano.

mano

 

 

 

 

 

Dame tu mano en esta noche oscura

porque la edad convierte en vacilantes

estos pasos que ayer fueron prestantes

y  hoy dejan huella torpe e insegura.

Yo conduje los tuyos  con dulzura,

cuando eran indecisos e inconstantes

y tus miedos buscaban anhelantes

protección en mi cuello con ternura.

Empezabas tú a andar con alegría

colmado de  cuidados y  de abrazos;

yo regreso  al refugio en la bahía.

Para acabar de hacer la travesía

necesito la ayuda de tus brazos

y la voz  de  tu grata compañía.

 

Zapatos viejos.

zapatos

Unos zapatos tirados

en un páramo cualquiera

tienen la melancolía

de todos los abandonos.

Llevan restos en sus plantas

del polvo de los  senderos

y el barro de las callejas.

Sus recuerdos son sus huellas

convertidas en caminos

y de su dueño les queda

la horma de su vaciado

y el trajín de sus pisadas

en los días de faena

y  en noches de luna llena.

Boquiabiertos y torcidos

por soles, lluvias y estrellas

lanzan lastimoso aullido

en un silencio de suelas.

Almendras amargas.

almendros_borrachera

Sin saber por qué ha sentido

la tristeza  y el vacío

de tantas cosas idas.

Ha notado las costuras

de la herida en la memoria,

la añoranza de otro tiempo más feliz,

-quizás sólo espejismos

que el tiempo endulza y lima-,

huellas en la piel del alma,

si es que existe el alma,

y el alma  tiene piel.

Un gozo reprimido,

impotente, por no abarcar la vida,

pesar por las palabras nunca dichas

que debieron llegar a otros oídos,

hueras, podridas,

sin aliviar heridas

ni consolar tristezas.

Sensación de vida insuficiente, 

fruta desgajada y verde,

limón que no llegó a amarillo.

Un sabor  amargo

de almendras inmaduras.

Maquillaje de muertos.

carnaval

¡Qué mal  sienta el maquillaje a los muertos!

¡Qué simulacro de plácido  sueño

cuando  no hay alborada

ni monedas de luz sobre la colcha

al tibio despertar de las mañanas!

Falsa  quietud de la que  no  se goza.

La mueca de la muerte,

eterna y sarcástica instantánea

con el semblante exangüe,

rechaza los  afeites,

colorido postizo de caretas

de un carnaval inerte.

Primeras lluvias.

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Riela la luz de la esquina

sobre la calle mojada.

Primeras lluvias de otoño

que desnudan la arboleda

con un pañuelo de aromas

de lágrimas amarillas.

¡Oh, la lluvia en los cristales,

errantes cauces perdidos

en el crisol de la tarde!

Por los límites  confusos

del olvido y la añoranza

vaga la melancolía

con un fondo musical

y algún recuerdo lejano

que quizás nunca existió.

En el suelo, hojas caídas,

golondrinas desplumadas

ocres, naranjas, doradas…

Primeras lluvias de otoño

con sabor a despedida

y olor a tierra mojada.

Los Pedrosillos.

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Este poema está inspirado en un comentario de Josefa Rangel sobre la vida de su familia en el cortijo de los Pedrosillos. Gracias.

Suena un disparo en la noche

que el aire libre de estorbos

traslada de loma en loma

de la mano de los ecos.

La aldaba del miedo bate

con los nudillos del  viento

las puertas de los cortijos.

La sangre caliente cae,  

silenciosa, de los pechos

sobre la tierra y  la grama.

Los niños junto a la era

presienten la  muerte cerca

y el odio de los gatillos

en una noche de agosto

recala  en  los Pedrosillos.

La torre y la iglesia de Ahillones.

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Este trabajo lo presenté para la revista de la feria de  Ahillones de este año. Estaba en prosa, pero aquí me he  permitido presentarlo en verso con ligeras variaciones.

La torre  es la  paleta

do la luz prueba  pinceles dorados,

donde los vientos juegan

a  morder la cola a la veleta.

Otrora, sus campanas convocaron

desde los bordes de la aurora

a sigilosas sombras  negras

con manteos y  velo.

Dieron  las vísperas al mediodía

– a las dos en invierno,

a las tres en verano-.

Fundieron tonos grises

al toque de oración

y alertaron de  fuegos en los campos.

Dobles de  entierro que no oyen los muertos

se van dando tumbos de pared en pared,

como  borrachos ahítos de vino

en busca de olvido

hasta los campos abiertos,

a posarse en las  tierras de los huertos,

alondras negras,

que dejan  posos   de tristeza

en los velos del aire.

Por Pascua, repiques de gloria.

Encuentros, procesión y alabarderos.

Azul cielo, verdes praderas,

Rosquillas, bollas, primavera,

margaritas nuevas por los  campos

 y en los púberes pechos

de  mocitas bellas.

Tibias auras carmesíes

en  delicadas  mejillas .

Bautizo, comunión y casamiento.

Toda una vida reglada

por  metálicos tañidos.

No hay  fiesta sin campanas

ni difunto sin responso.

Su reloj cansado de toques perdidos

paró sus manillas

en los negros valles de la noche,

cuando todas las horas son la una repetida

 y sólo quedan sus estelas,

temblando en los huecos del silencio.

Hacia la iglesia confluyen

calles de los cuatro vientos:

Mesones,  Cuatro Esquinas,

Real y Valverdejo.

Otra cruz  en el suelo.

Cuerpo de piedra y corazón de bronce,

melódicas olas  mecen

cantos de gloria, dolor  o aflicción

mezclados con incienso 

en su  nave central,

 y  escalan sus muros

hasta las polícromas vidrieras.

Referencia, faro y guía.

Cigüeñas, vencejos, aviones,

saetas de negros chillidos

en mañanas claras  y en  tardes serenas.

Crisol que  junta el agua,

 la sal y los anillos;

aceite, ceniza, mirra  e incienso

en  súplica y ofrenda.

…Y siempre una vela

alumbrando el camino

 por el que marcharon

los que nunca volvieron.

Bate la lluvia sus paredes

 y vencida en su prestante mole

resbala por la tez

de sus vertientes  rojas.

Rosa de los vientos:

al norte,  la umbría,

cobijo de fríos;

al este,  la primera luz del día

 y un recuerdo en forma de cruz

por los muertos caídos;

sur de soles, tibio resguardo de  inviernos  

 y relumbre de fuego  en los veranos.

Y al oeste, la entrada de los pecadores.

Camino  de ida y vuelta:

 al perdón,  cual hormigas

 haciendo granero,

 con la carga del pecado a cuestas

 y del perdón, con alivio ligero,

 de nuevo,  al  pecado y al yerro.