Olvido
Devuelve a su esposa una sonrisa
confusa de inocencia y extrañeza,
ajeno al devenir de su torpeza
y a la falta en sus horas de la prisa.
La tarde en el jardín se despereza
con el soplo apacible de la brisa,
puzle de sombra y luz en la camisa
y en la ausencia vital de su cabeza.
Se mezclaron los tiempos en su mente
y regresó al descuido de la infancia,
desvalido, desatento y dependiente.
Caricias aminoran su ignorancia
y parece volver hasta el presente:
sólo destellos desde la distancia.
Turroneros.
Turroneros de Castuera,
con puestos de lona blanca
y chambras de tela negra.
Almendras, garrapiñadas,
alfajores, miel, arrope,
turrones, fruta escarchada,
peladillas, piñonates,
tortas y calabazates.
Lejana infancia de Ahillones
cuando llegaba septiembre.
Aromas, formas, colores
que todos los años vuelven.
Y entre las olas, sola.
Fotografía de Juan Sevilla.
http://www.flickr.com/people/juaninda/
Me hice a la mar en un velero
a la busca de sus ojos.
Creí ver sus reflejos
entre las brumas del aire
brillando en el fanal de otros veleros,
en el estrépito de las galernas
y en los oasis de los espejismos marineros.
Tan hermosos eran que el cielo
y el piélago tranquilo,
con los matices que la luz prestaba,
por su belleza competían.
Para buscar la libertad
surqué con Espronceda,
cara al viento y revuelta cabellera,
las procelosas aguas de la mar abierta.
Un día cualquiera hallé su barca
en luminosa playa azul,
sola,
con las velas rotas,
-¡qué bien lo expresó Lope de Vega-,
pero a pesar del tiempo,
estaba inmensamente bella.
Vieja maleta.
Me llevabas colgada de tu mano
y dentro el olor a tierra mojada
de las primeras lluvias otoñales,
la melancolía de Navidad
y el brillo azul de la pascua florida
con aromas de cantueso y de romero.
Llevé también la blancura del sol
en las sábanas de los corrales,
pisadas sin abrir
por las calles de tus juegos
en una caja de zapatos nuevos,
el calor del brasero
y la luz de la tarde
con pelusas de oro,
el olor de los membrillos
del topetón de la cocina
y los pliegues de sus manos
sobre tus camisas blancas.
Al abrirme, después de los viajes,
se escapaba su aliento y el último consejo.
Añorabas las ausencias
que quedabas en el pueblo,
pero venía conmigo
el alma de tu madre dentro.
Primeras tormentas.
Desde los campos resecos
llega cargado de aromas
olor a tierra mojada.
¿Oyes veloces galopes
sobre caballos de vientos
aproximarse a nosotros?
¡La negra tormenta
que lleva en su pecho
brillantes serpientes
de alpaca y de fuego!
Oronda negrura
que arrastra los flecos
de lluvia ceniza
por valles y cerros.
Rebotes de truenos
tocando tambores
en cueros del aire
se alejan y vuelven
con fuerza de nuevo.
¿Ves ahora haces del sol escondido
abriéndose paso en la quiebra de nubes?
¡El curvo caballo de siete colores,
cabalga radiante por llanos y alcores!
Bordar la tarde.
En los rincones de la tarde añoro
otros cantos de niños entre flores,
otro azúcar y miel en los sabores
y otro cielo en el céfiro incoloro.
Llega el sol en espigón de luz y oro
a las coronas de los bastidores
y relumbra la seda de colores
entre manos que miman su tesoro.
Sin su cuerpo, ahí está su silla
y un me voy, abuela, con un beso
dejado cariñoso en la mejilla.
Mientras, añorante, pienso en todo eso
va la tarde poniéndose amarilla
en arrebol de sombras sin regreso.
La fiesta del ruido.
Los ruidos a las puertas de tu oído
retumban con sonidos estridentes
y mueren tus palabras entre dientes
a golpes de tambor y de platillo.
Resaltan en los cuellos, inflamadas,
arterias descollantes e imponentes
a punto de explosiones inminentes
al querer conversar con camaradas.
Para acabar la noche impertinente
sólo falta bebida adulterada
y exponer la garganta en el relente.
Así queda tu cara de arruinada:
parece el retrato al día siguiente
de una cabra ojerosa y malparada.
Declive
(Testifico que no es nada personal, aún)
De los pasos otrora diligentes
quedó un arrastre torpe e inseguro
y lo que mostró un aspecto duro
devino en flacideces decadentes.
¡Oh tiempos de pensar clarividentes
y braveza domada con bromuro!
¿Cómo os fuisteis a estado tan maduro
si no ha mucho os mostrabais imponentes?
Enhiestos cipreses, altos castillos,
robustez briosa de la juventud,
el tiempo en su transcurso os robó brillos
y en suave decadencia a la quietud
mostráis los tonos grises y amarillos
que anuncian la cercana senectud.
Milagros.










