No llores, mujer.

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(Fotografía de Soraya Pérez)

Vienen tus  lágrimas montadas en zafiros con una tristeza salada.

Si pudiera reparar la pena que  desciende por tu cara y provoca tu pesar,

pondría claveles rojos en el cáliz desvaído de tus labios

y brillos de campanas en la tristeza de tus ojos,

labraría la tierra de tu alma herida con el tierno  consuelo  de mis manos,

arrancaría la raíz  de tus desvelos  

para convertir tu llanto en fuente de dicha cristalina,

donde un rayo de luz irise primavera en una  mañana clara.

Olvido

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Devuelve a su esposa una sonrisa

confusa de inocencia y extrañeza,

ajeno al devenir de su torpeza 

y a la falta en sus horas de la prisa.

 

La tarde en el jardín se despereza

con el  soplo apacible  de la brisa, 

puzle de sombra y luz  en la camisa

y en la ausencia vital de  su cabeza.

 

Se mezclaron los tiempos en su  mente

y regresó al descuido de la  infancia,

desvalido, desatento  y dependiente.

 

Caricias aminoran su  ignorancia

y  parece volver hasta el presente:

sólo destellos desde la distancia. 

Turroneros.

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Turroneros de Castuera,

con puestos de lona  blanca

y chambras de tela negra.

Almendras, garrapiñadas,

alfajores,  miel, arrope,

turrones,  fruta escarchada,

peladillas, piñonates,

tortas  y  calabazates.

Lejana infancia de Ahillones

cuando llegaba septiembre.

Aromas, formas, colores

que todos los años  vuelven.

 

Y entre las olas, sola.

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Fotografía de Juan Sevilla.

http://www.flickr.com/people/juaninda/

Me hice a la mar en un velero

a la busca de sus ojos.

Creí ver sus reflejos

entre las brumas del aire

brillando en el fanal de otros veleros,

en el estrépito de las galernas

y en los oasis de los espejismos marineros.

Tan hermosos  eran que  el cielo

y el piélago tranquilo,

con los matices que la luz prestaba,

por su belleza competían.

Para buscar la libertad

surqué con Espronceda,

cara al viento y revuelta cabellera,

las procelosas aguas de la mar abierta.

Un día cualquiera  hallé  su barca

en luminosa playa azul,

sola,

con las velas rotas,

-¡qué bien lo expresó Lope de Vega-,

pero a pesar del tiempo,

 estaba inmensamente bella.

Vieja maleta.

maleta

Me llevabas colgada de tu mano

y  dentro el olor a tierra mojada

de las primeras lluvias otoñales,

la melancolía de Navidad

y el brillo azul de la  pascua florida

con aromas de cantueso y de  romero.

Llevé también la blancura del sol

en las sábanas de los corrales,

pisadas sin abrir

por  las calles de tus juegos

en una caja de zapatos nuevos,

el calor del brasero

y la luz de la tarde

con pelusas  de oro,

el olor de los membrillos

del topetón de la cocina

y los pliegues de sus manos

sobre tus camisas blancas.

Al abrirme, después  de los viajes,

se escapaba su aliento y el último consejo.

Añorabas las ausencias

 que quedabas en el pueblo,

pero venía conmigo

el alma de tu madre dentro.

Primeras tormentas.

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Desde los campos resecos

llega cargado de aromas

olor a tierra mojada.

¿Oyes veloces  galopes

sobre caballos  de vientos

aproximarse a nosotros?

¡La negra tormenta

que lleva  en su pecho

brillantes serpientes

de alpaca y de fuego!

Oronda negrura

que arrastra los flecos

de lluvia ceniza

por valles y cerros.

Rebotes de truenos  

tocando  tambores

en cueros del aire

se alejan y vuelven

con fuerza de nuevo.

¿Ves ahora haces del sol escondido

 abriéndose paso en la quiebra de nubes?

¡El  curvo caballo de siete colores,

 cabalga radiante por llanos y alcores!

Bordar la tarde.

bordador

En los rincones de la tarde añoro

otros cantos de niños entre flores,           

otro azúcar y miel en los sabores

y otro cielo en el céfiro incoloro.              

 

Llega el sol en espigón de luz y  oro

a las coronas  de los  bastidores      

y relumbra la seda de colores    

entre  manos  que miman su tesoro.       

 

Sin su cuerpo, ahí está su silla  

y un me voy, abuela, con un beso

dejado cariñoso en la mejilla.

 

Mientras, añorante,  pienso  en todo eso

va la tarde poniéndose amarilla

en arrebol de sombras sin regreso.

La fiesta del ruido.

cabra

Los ruidos a las puertas de tu oído

retumban con sonidos estridentes

y mueren tus palabras  entre dientes

a golpes de tambor y de platillo.

 

Resaltan en los cuellos, inflamadas,

arterias descollantes e imponentes

a punto de explosiones inminentes

al querer conversar con camaradas.

 

Para acabar la noche impertinente

sólo falta bebida adulterada

y exponer  la garganta en el relente.

 

Así  queda  tu cara de arruinada:

parece el retrato al día siguiente

de una cabra ojerosa  y  malparada.

Declive

decrepitud

 

 

 

(Testifico que no es nada personal, aún)

De los pasos otrora diligentes

quedó un arrastre torpe  e inseguro

y lo  que mostró un aspecto duro

devino en flacideces decadentes.

 

¡Oh tiempos de pensar clarividentes

y braveza domada con bromuro!

¿Cómo os fuisteis  a estado tan maduro

si no ha mucho os mostrabais imponentes?

 

Enhiestos cipreses, altos castillos,

robustez  briosa  de la juventud,

el tiempo en su transcurso os robó brillos

 

y en  suave decadencia  a la quietud

mostráis  los tonos  grises y  amarillos

que anuncian la cercana senectud.

Milagros.

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Tan simples y tan complejos somos

que lo que  niega  la razón con argumentos

lo abraza efusiva la emoción.

Yo, que pienso que no son verdad los cuentos,

no puedo evitar estremecerme.

Y es que los santos no son de madera ni las vírgenes de cera:

Son de lágrimas y pies descalzos.

El milagro no vendrá de mantos de seda bordados con oro

ni de varales repujados  en plata.

El milagro eres tú, corpulento varón, llorando como un niño.

O tú, mujer, cumpliendo promesas por el altar del suelo.

O tú, costalero, uncido a las trabajaderas.

Por eso  me admiran las personas  capaces de odiar y amar en una misma mañana,

posesos de codicia y  al poco de  desprendimiento.

El prodigio diario encarnado en cada uno de nosotros.