¡Felices fiestas!
Portal de Belén,
junto a la rivera
donde lavanderas
lavan en el agua
con la luna clara
de papel de plata.
Los pastores velan
junto a la candela
de fuego escarlata.
¡Quimeras de niños
en busca de magro
y mocos de fragua
para el portalito!
Con esta letrilla
de recuerdos hecha
quiero para todos
muy felices fiestas.
La cornada.
Cuando llegue la hora por antonomasia, porque las demás son pasajeras, no valdrán filigranas ni imposturas para esquivar el derrote de la muerte. No habrá muleta ni capote al quite que salve cornada tan certera. El encelado y fiero toro abrirá las entrañas a lo inerte. Un agudo clarín dará el último toque para cambiar el tercio de la vida. Puñal y verduguillo clavados en la médula del tiempo. Al abandonar la plaza en brazos de las parcas, una luna roja quedará en la arena desangrada. Al viento, solitaria, la bandera a media asta.
Aire enamorado.
Bucles de brisa mecidos
por la cuna de la tarde
acarician los picos de tu pelo.
Envuelven tu figura
y ciñen la calidez redonda de tu talle.
Entre lance y quiebro se enamoran,
¡quién no lo hiciera!
En tus mejillas hay arrebol del sol postrero
y rosas encendidas.
Rendido el vuelo,
cae la brisa desmayada
con un silencio dorado.
A contraluz, tu silueta
destaca bella
sobre el rojo celaje de la tarde.
El firmamento sobre mí.
Fotografía de Juan Sevilla.
http://www.flickr.com/photos/juaninda/
Está presta la noche y desvanece
los rescoldos rojizos del ocaso.
Queda el cielo desnudo, frío y raso
y de regreso a casa me oscurece.
A lo lejos, las luces encendidas
del pueblo. Y el lucero en el saliente.
El corazón por un momento siente
la ausencia de personas queridas.
No voy a solas con mi pensamiento:
la compaña callada y envolvente
que la naturaleza presta, siento.
La noche se adormece en el relente.
Sobre mí, como en Kant, el firmamento
y en mi ser tu recuerdo permanente.
Luz de otoño.
Cuando apunta la mañana,
luz y sombra confundidas,
la paloma torcaz trenza
madejas de niebla fría
en brazos de las encinas.
Después, esclarece el día.
Abre el surco a la semilla
el labriego en la besana.
Tapiz de notas caídas
del pentagrama callado
a los pies de la alameda.
La majestad, allá arriba,
donde el águila planea
sobre llanos y colinas.
Silencio otoñal dorado
que espera otra primavera
de veloces golondrinas.
Pero esta plácida espera,
con frágil luz fugitiva,
me muestra así la belleza
del misterio de la vida.
Silbos en la noche.
Bate fuerte esta noche mi ventana,
quiero sentir el roce de tus brazos
forjar a silbos bucles en las rejas,
oír cómo el puñal de las cornisas
raja la fortaleza de tu pecho,
escuchar el rumor tumultuoso
de las turbias y espesas alamedas.
Después, me voy contigo
ciñendo las esquinas.
Subir, subir, subir en remolinos
y cuando esté muy alto,
en la cuna del soplo sostenido,
mecerme en las crestas de la noche
donde el aire es estrella
y el tiempo se encamina al infinito.
Respeto humano.
Vuelo de perdiz.
Surge impetuosa la perdiz rompiendo el aire
con metálico batir de alas y ajeos entrecortados.
Sorprendido el cazador, se encara la escopeta
y dispara acelerado.
La perdiz se aleja enderezando el vuelo
hacia una zona más quebrada.
Quedan resonando en la mañana,
con temblor de ecos, los disparos,
mientras se alejan los latidos de los perros
por oteros y cañadas.
Carpe diem
El tiempo pasa sin que tú lo empujes,
no fijes metas en lejanos días
por gozar de hipotéticos placeres,
pues puede suceder que nunca lleguen.
Disfruta de la vida cada instante,
sin prisas por que pasen los presentes.
Los futuros son pájaros al aire:
vuelan hoy, pueden no hacerlo mañana.
Si fías al incierto porvenir
placeres, diversiones y fortuna
cualquier insospechado albur arruina
la esperanza de gozo que aplazaste
y quedas como el gallo de Morón
el canto al aire y perdidas las plumas.










