Ligar en el cine
Resbalabas tu mano en la butaca
incierta y sigilosa
cual serpiente al acecho de la caza.
Al encontrar tus dedos
la anhelada epidermis de su cuerpo
parabas la incursión,
cauto, a la espera de reacción
rehusada o complaciente.
Si el camino estaba abierto, ascendías
suavemente a las tibias lomas de su brazo.
Con respiración contenida
seguías el avance
en la oscuridad envolvente de la sala.
Las manos enlazadas
sellaban cómplices deseos adolescentes,
mientras en la pantalla iluminada
corrían diligencias
y los cuatreros y el sheriff
arreglaban conflictos a balazos.
El argumento más apetecible
-que recordarás luego tantas veces-
lo escribimos nosotros sin saberlo
en la grata penumbra de los cines,
mientras un chorro cónico de luz
repleto de motitas vaporosas
llenaba la pantalla de ficciones..
Voces al viento
Entre un corro de muchachos
el pregonero en la esquina
lanza al aire sus pregones
al toque de trompetilla.
Chiflo del afilador,
arpa de viento que afila
con silbo fino de acero
el vientre de las cuchillas.
El hortelano vocea
con voz de noria tranquila
los productos de la huerta
y el verde frescor del día.
De Huelva, la mar salada,
frescas y vivas sardinas,
jureles, cazón y rubio
almejas y pescadillas.
El hombre de los “tostaos”
pregona la mercancía
y cambia garbanzos crudos
quitando el colmo a la cima.
Carbonero con su burro
despacha carbón de encina
que torna en oro el soplillo
en las antiguas cocinas.
Mujer de verdes hinojos,
pobre y de luto vestida,
junta manojos lavados
en la fuente de la villa.
El pan de las aguaderas
por vales de la maquila.
Manosea el panadero
ronzal, burra y calderilla.
Casa por casa el dulcero,
del brazo una canastilla
con mimos y cortadillos,
hojaldras y perrunillas.
Altramuces del arroyo
en el charco de tía Espina
con una cesta de mimbre
y un vasito de medida.
Diego y Bartolo con chambras
de Campanario venían,
hilos, tripa y pimentón
que las matanzas avían.
Cuando acababa la feria
los turroneros salían
de calle en calle endulzando
la oculta glotonería.
El tío de los helados
con la paleta ponía
cabeza a los cucuruchos
de turrón, fresa y vainilla
Podría seguir contando,
mas, larga fuera la lista.
Sólo nombro a botijeros,
y al hombre de la cal viva.
¡Ah, me olvidaba al ditero,
y al que del Viar traía
peces en la bicicleta.
Y al de las calcomanías,
ese de los cancioneros
de Marifé y de Molina,
gomas y restalladeras,
pirulís y chucherías.
Aquí acaba el homenaje
a personas que hace tiempo
recorrían nuestras calles
lanzando su voz al viento.
Monaguillos
Fui monaguillo de repiques, de ayudantía y de trastienda, que en gajes eclesiásticos recibe el nombre de sacristía. No figuraba yo en la nómina de los doce duros al mes que el cura estipendiaba a los fijos, sino en el ramo de aficionados y en cierto deber moral que nos comprometía a los seminaristas. Conocíamos los monaguillos mejor que nadie los entresijos ceremoniales de las misas y sus prolegómenos de sacristía. Ayudar al cura a vestirse para las funciones religiosas era tarea reservada a los veteranos del escalafón. Había que saber diferenciar colores para cada tiempo litúrgico y prendas para cada ceremonia: amitos, albas, cíngulos, casullas, roquetes, estolas, manípulos… y conocer el orden de su colocación. Cuando los curas se las guisaban en latín, corría por los mentideros del vulgo una explicación apócrifa y burlona del significado de las misas, que nos refirió un día un sacerdote para explicarnos una de las razones de la implantación de la misa en el idioma del país.
La versión era que en las misas antiguas salía el reverendo de la sacristía, calado de bonete, con dos acólitos de escolta y oficiaba en el altar mayor, de espaldas a la feligresía. Poco más entendían los presentes que los momentos en los que había que levantarse, sentarse o postrarse. De vez en cuando el cura se daba la vuelta, abría los brazos y decía el conocido y repetido “dominus vobiscum”, que los fieles, faltos de conocimientos latinos, traducían libérrimamente como “¿alguno de vosotros lo ha visto?”, deduciendo que se referiría al extravío del gorro llamado bonete, porque de la sacristía seguro que salió con él y ahora no lo llevaba en la cabeza.
A media misa recorrían los monaguillos los bancos con bolsas pidiendo limosna. La crédula parroquia pensaba que iba destinada a sufragar la reposición de la prenda desaparecida. Así que a colaborar, aunque bien sabía Dios que ellos no habían sido los usurpadores de tan sagrado complemento y de la dignidad que conllevaba.
Contento el cura con lo recaudado en la colecta echaba un trago para celebrarlo, y agradecido, en justa correspondencia, repartía hostias a todo el que quería acercarse. Entiéndase en el nutricio sentido de la palabra.
Por fin, uno de los monagos se separaba un poco y de un rincón, sin saber cómo, regresaba con el bonete en la mano. El cura se lo calaba y, los monagos delante, enfilaban satisfechos el camino de regreso a la sacristía cantando: “La misa ha terminado cantemos con fervor que nuestra vida sea una misa señor”. No deja de ser una hipérbole humorística para resaltar la barrera de desconocimiento que se levantaba entre el oficiante y los fieles.
Termino con dos anécdotas de aquellas funciones y de aquellos tiempos. A la hora de la comunión un monago sostenía una vela y el otro ponía la bandeja debajo de la barbilla del comulgante para que en caso de que cayera la sagrada forma o una partícula por minúscula que fuese lo hiciese sobre ella. Nos distraíamos mi amigo Francisco y yo, a falta de ocupaciones más complejas, viendo como sacaba la lengua cada uno de los comulgantes. Había una mujer con un ojo de cristal que nos provocaba la risa cada vez que acudía. El cura, que ya conocía nuestra debilidad, nos miraba con el rabillo del ojo a los dos cuando la buena mujer se acercaba en la fila, no sé si advirtiéndonos para que nos contuviéramos o siendo cómplice de nuestro regocijo.
Un secreto de sacristía era el lugar donde se guardaba el vino para la consagración. Estaba bajo llave en uno de los armarios. Sólo el sacristán era el encargado de llenar las vinajeras. Un día, bastante tiempo antes de empezar la misa, tuve que ir, mandado por el cura, a llevar algo y sorprendí al sacristán dándole un trinque a la botella. Como no había explicación posible que justificara la libación, me ofreció como una especie de chantaje y complicidad probar el fruto de la vid de la botella que aún tenía en sus manos. Así obtuve una posición de privilegio en el trato que de tarde en tarde se materializaba con un trago de aquel vino tan exquisito.
Referido sea todo lo anterior con el máximo respeto y sin ánimo de molestar, pero así fue y así lo cuento.
Llerena, 18 de febrero de 2015. Tertulia literaria del ateneo llerenense.
A buenas horas
(Vida, muerte y lujuria de Sebastián Loaiza)
Cuando la sangre fresca está en el ojo
y fogosa en el cuerpo borbollea
el ardor que se incendia como tea
asoma con vergüenza al rostro rojo.
El pudor constreñido es el cerrojo
y el recato adornado con librea
encubre la pasión cuando flamea
produciendo abstención y fuerte enojo.
Librado de prejuicios y aprensiones
y dispuesto al desquite, la lujuria
busca goce sin fin ni condiciones,
más lo que fue abundancia ya es penuria
y aquel celo quedó en sus intenciones
por freno, timidez y falsa incuria.
Junto al fuego
Si afilado de silbos viene el viento
y la escarcha recubre los tejados
con vestidos de nácar blanqueados,
a la vera del fuego toma asiento.
Sin prisas, que en invierno hay noches
para llenar las llamas de derroches
y fijar sin agobios las miradas
al compás que cavila el pensamiento.
Allí el abuelo relatando cuentos
al nieto con los ojos asombrados
y de chapetas rosas las mejillas.
Se fueron para siempre aquellos tiempos
a la candela del fogón sentados
o las charlas de noche en las camillas.
Merendillas
Me pasa con la palabra merienda lo mismo que con la de almuerzo y no por ambigua concepción, si no por las definiciones que de ellas hace nuestro diccionario. Las dos pueden ser las comidas principales del día o sostén más liviano a media tarde o de mañana.
Así que para evitar equívocos, en el lugar donde la campana marcaba los silencios, el estudio y los juegos siempre usábamos el diminutivo para desambiguar la posible confusión con las de mantel, plato y cuchara.
Las primeras merendillas que recuerdo son las del queso amarillo y cuadrado, viatico para doblegar la tarde, que los americanos enviaban en latas con la intención asentar bases y de paso aliviar la carpanta que cabalgaba a sus anchas por los pueblos de España. Los maestros de entonces cortaban y repartían, llevándose, como siempre ha hecho el que reparte, la mejor parte, que el dicho popular no fue vano, sino constatado con hechos palmarios, tanto que la acuciante necesidad de alimentarse llamada por el vulgo hambre fue elevada y puesta a la atura del desempeño de tan noble oficio.
Independizada la merendilla de los pupitres se hizo divisa festiva en el lomo de la tarde separando la escuela del juego.
Ingesta nómada e inquieta detrás de los balones y en lo alto de las bicicletas. Con una mano a la guía y con la otra al condumio, arreándole bocados intermitentes.
Crepitaba chirriante en nuestros dientes la arenilla que el cacao de dudosa honestidad compartía en promiscua coyunda en la cama de la jícara, que así se llamaba la porción desprendida de la libra. En mi casa al menor descuido volaban de la alacena si mi madre no las ponía a buen recaudo.
En el regazo del pan desmigajado nos echaban el aceite y el azúcar que esporádicamente sustituía al sucedáneo de cacao. Después se volvía a colocar el migajón a modo de tapadera. También el queso bien asentado, guardado en tinas y untado con aceite formó parte de nuestras merendillas. El cuchillo lo cortaba chirriando con gemido metálico de ratón entrillado.
En los colegios se hizo triste el hábito y en lugar de divisa festiva fue puya en el morrillo de la angustia. Era un masticar lento y pensado, temiendo el inminente comienzo de la corrida.
Tenía yo algunas clases con quienes mi imaginación pintaba como morlacos cuatreños de negro pelaje que me cortaban el proceso digestivo cada tarde, así que cuando tocaba el timbre para acabar los juegos una corriente de banderillas eléctricas recorría mi estómago con descargas nerviosas. Mal cobijo en ese estado para sustento alguno.
Con la madurez se fueron las merendillas y uno, que no es adicto al café ni a las pastas, atraviesa la raya del crepúsculo de corrido, sin pinchar en el lubricán divisas ni puyas.
Tu ausencia
Ahincando el paso entre violentos remolinos
que aspiran las entrañas de la noche
camino dando tumbos en busca de tu huella,
por ver si quedara algún vestigio
después de tantos años.
Pero no queda rastro
por donde en otro tiempo fuimos.
El último adiós
fue una noche así, lluviosa y desabrida.
Tu pelo mojado entre mis manos
y tu cara aterida.
Conmigo quedó tu mirada,
suplicante quizás
o presintiendo el fin.
La luz de la farola fue el último testigo.
Rielaba su reflejo en el asfalto.
Sonó una puerta luego.
Después, silencio,
quebrado sólo por el llanto
del agua de canales sobre el suelo.
Murria
De todos los regresos al internado, el de enero era el más doloroso. Las vacaciones de Navidad guardaban regusto a manteca “colorá” cerca de la candela, miradas de mocitas bellas prendidas en el cruce del paseo, juegos al leve sol de las tardes en los prados del ejido, a pecado que no era en la penumbra del guateque… Arrancar de cuajo esas vivencias y las cálidas horas del brasero para llegar al mármol frío de la humedad de los pasillos era un tajo cruel a nuestros cuerpos y sal para el sentimiento en carne viva. Éramos poco más que niños.
En la maleta llevabas las manos de tu madre en los pliegues de la ropa y los olores de tu casa recién abandonada. Abrirla en aquel cuarto impersonal era llenar de añoranza los anochecidos, esas horas de luz entreverada e incierta en que arrecian las dolencias del espíritu.
Los primeros días buscábamos rincones para estar solos y rumiar ausencias. Las palabras de los compañeros resbalaban por nuestros oídos como ecos lejanos.
Tardábamos varias jornadas en superar la murria; algunos más, tanto que eran llamados por los superiores para intentar aliviar su abatimiento.
Nos fortalecimos, cierto es, pero tan fuerte fue el ungüento que curtió la piel que aún hoy, después de tantos años, se siente la costura cuando se pasa la mano del recuerdo, como si algo hubiese sido roto abruptamente y se perdiera para siempre ligazón. Como agua que no llega a labios secos y, derramada en el suelo, ni aplaca la sed ni vuelve al venero.
Cigüeñas y reyes
La cigüeña traía a los niños de París y de Oriente los Reyes Magos los regalos. Con estas creencias vivimos nuestra infancia. Cuando fuimos descubriendo la realidad por bocas de otros niños mayores nos empezamos a hacer preguntas y a explicarnos muchas cosas que hasta entonces se habían sostenido con los alfileres de la fantasía. Poca sujeción para tanto peso.
A partir del descubrimiento comenzamos a mirar a nuestros padres de otra forma y cuando nos sorprendían absortos en nuestro incipiente discurrir bajábamos la cabeza algo avergonzados de que pudiesen adivinar el desmoronamiento que se estaba produciendo en nuestro interior.
Todavía no había llegado el tiempo de las explicaciones con las semillitas que se juntan, y el desbroce de nuestra ignorancia sexual se producía rudamente, por los caminos de charlas con los amigos, a escondidas de los mayores. Cada uno aportaba cabos que había escuchado a otros y nuestra imaginación hilaba fantasiosa, pero parcialmente, el misterio de la vida.
Cuando los Reyes Magos empezaron a no caber por las chimeneas de nuestra ingenuidad comprendimos también la desigualdad en los regalos de unos niños y otros. ¿Por qué a unos bicicletas y a otros aros o unos simples caramelos?
Y es que la fantasía no aguanta mucho tiempo el rodillo de la lógica.
Descubrí quiénes eran los Reyes Magos porque mis padres suponían que yo ya lo sabía, pero yo navegaba aún en el mar de las quimeras. Por eso me sorprendí cuando ellos hablaban de los regalos de cada uno y al darse cuenta de que yo estaba escuchando dijo mi padre:
-Este ya sabe de qué va esto.
Ahora, cuando llega el cinco de enero y recuerdo todo esto en la placidez de mi almohada, ofrezco un pacto a la fantasía: Vuelve tú a ocuparte del trabajo de los Magos y déjame a mí para siempre el encargo de los niños.















