Cantos de sirena

sirena

 

 

 

 

 

Llegan a mis oídos

tenues voces infantiles

por los andamios del aire.

Cantos de comba y de rueda

de los niños en la calle.

Ayer fui yo quien gocé

los juegos en la plazuela.

Cuando declina la tarde

incitadoras  sirenas

me reclaman con sus cantos

para emprender la partida.

Sin mástil, cuerdas ni cera

que me salven como a Ulises

su falso embrujo me lleva

derecho hacia el arrecife.

Noche de julio

IMG_8215

Recortaba la luna las  siluetas en la frondosidad de las adelfas. El aire nacarado y  perezoso, sostenía los aromas de la vega. Eran tus ojos azabache brillante en la noche de julio. La luz de harina plateada difuminaba los caminos, los cerros de olivares, la chopera en la ribera…Acunaban al silencio el canto de los grillos y las ranas. Estuvimos mucho tiempo sin decirnos nada, sintiendo  los latidos de los  pechos y deseé que nunca terminara aquel momento,  aquella sensación inabarcable de paz en mitad del campo, dueños  y  centro de todo el universo.  A lo lejos tintineaban las luces del pueblo, sumidas las fatigas en la quietud del sueño. Volvimos por un camino borroso  cuando una bocanada rosa surgía por oriente y la brisa hacía cosquillas a  las sombras de los chopos.

Primeros amores

tuyet-dinh-sinhvat14

(Obra de la pintora vietnamita Tuyet Dinh Sinh Vat)

¡Cuánto daba de sí

el roce de su brazo con el tuyo

en el ir y venir de  los paseos!

La charla de pavera adolescente,

insustancial y  entrecortada,

era lo de menos;

pero sentir el calor de su cuerpo

en  tiempos de deseos amordazados

alimentaba tu imaginación.

Si en alguno  de ellos

se dilataba el tiempo

sólo tú notabas que tus pies

no andaban  por el suelo.

¡Ay, los amores primeros,

cuando cada centímetro de piel

era un trozo de cielo!

Las eras

Llorey Lorite

(Foto de Llarey Lorite)

Ya no ponen eras en los ejidos del pueblo. Cuando las hubo íbamos los niños a comernos la merendilla y a jugar a esconder entre los haces y los montones de grano. Ajenos al duro trabajo de los labradores nuestra mayor ilusión era montarnos en el trillo y dar vueltas en el círculo de la parva extendida.  Los hombres se protegían del sol con sombreros de paja y pañuelos en la nuca. Guardaban el barril con agua entre los haces humedecidos previamente para que  se mantuviera algo fresca. Con el bieldo aventaban las mieses para separar la paja del grano cuando soplaba el aire gallego, viento blando y suave que sopla del mar, opuesto al solano,  calentón y reseco. Llenaban los costales con la cuartilla,  ataban sus bocas   con abacales  y los juntaban para cargarlos en los carros y subirlos a los doblados de las casas, a lomos, por empinadas escaleras. La paja se cargaba y se tupía en los carros dispuestos con varas y redes para transportarla hasta los pajares. También nos gustaba a los niños meterla anochecido con sábanas anudadas por los cuatro picos y jugar enterrándonos en ella.

En este tiempo estaban los ejidos llenos de gente que se movía  de una faena a otra sin desmayo. Sólo cuando caía la tarde se echaba un rato de charla con los vecinos que acudían a una de las eras donde cambiaban impresiones de lo acontecido en el día. 

En verano no se podía fumar en el campo. La guardia civil vigilaba para que se cumpliera esta norma, llegando incluso al registro de bolsillos. Así y todo los irremediablemente adictos  esquivaban esta prohibición. El hato era el lugar menos adecuado para guardar los útiles del vicio, pues era lo primero que registraban.  Así  que escondían la petaca con el  tabaco picado, el librito de liar  y el mechero de mecha entre los montones  y cuando fumaban disimulaban   el cigarro cubriéndolo con la palma de la mano. ¡Qué  habilidad liándolos casi a hurtadillas!

Las campanas

maxresdefault

Lanza el campanero ecos de bronce por los aires  hacia los campos aledaños. En su viaje  se posan como hormigas de alas sobre las huertas y los barbechos. Los labriegos enderezan sus cuerpos para interpretar los dobles de los muertos.

Campanas de pueblo, jubilosas hoy, tristes mañana, anuncian sucesos o marcan tiempos desde el alba hasta el  ocaso.

Antes de blandirlas el campanero tiene  en sus manos el  vuelo de los grajos, palomas y vencejos que pueblan  la torre. Sus repiques los alarman y los dispersan estrepitosos.

Recuerdo los toques de  vísperas al iniciar la tarde, a las tres en verano, a las dos en invierno, rebatos de fuego, volteos de fiesta, tañidos luctuosos la noche de los santos…

De niño las toqué y desde lo alto del campanario me sentía  dueño del secreto que al poco sabrían todos los vecinos. En  ese momento previo yo disponía cuál sería el preciso instante en que  los demás iban a enterarse del anuncio de boda, muerte o bautizo.

Los repiques se hacían con las dos campanas, la gorda y la pequeña, sonando alternativa  y acompasadamente con rítmicos sones que sólo los más avezados en la tarea sabían hacer.

Juegos de niños.

3-juegos-tono

En las calles de nuestros pueblos ya no se juega como antes. Los juegos tradicionales se pierden.  Los niños y menos niños, absorbidos  por el sumidero de los móviles, son  estatuas sedentes con  destellos y sonidos que emiten sus  “smartphones” de última generación.

Antes, para disfrutar del tiempo de ocio, no disponíamos de estos artilugios que avisan  a cada instante de  que el amigo  que está a sólo unos metros de ti  ha tenido una genial ocurrencia o en los que un guerrero virtual  llega a su destino después de haber superado múltiples obstáculos y matado a cientos de enemigos.  Un trapo que esconder, por ejemplo,  servía para jugar a encontrarlo guiado por las indicaciones del ocultador que te orientaba con una escala de temperaturas  del frío al caliente. El propio cuerpo valía para esconderse y que el que quedaba de guardia te localizase camuflado en las penumbras de paredes y rincones o para saltar unos sobre otros en sus múltiples modalidades.

Con un aro recorríamos calles y ejidos en una carrera de diestros aurigas a pie. Con una soga atada a  un madero,  péndulo sin  reloj, nos columpiábamos. Un balón y un prado con límites difusos de bandas y áreas nos servían para emular fintas y regates de nuestros ídolos, conocidos entonces sólo  por los cromos y la radio.  Un clavo,  para clavar rejones en  la tierra blandecida del otoño, una pelota del gorila para jugar a corra, una piedra de rayuela para cruzar fronteras sin pisarlas, una billarda que se acercaba o se alejaba del circulo a raquetazo limpio, los bolindres, los “repiones”…

Y cuando la vorágine del juego cesaba, esperábamos la llamada de casa para la cena contando historias en  un rincón cualquiera.

No es lo peor que se pierdan estos juegos, sino que no encontremos a los niños.

 

Pregoneros

pregonero

El pregonero de mi pueblo era una  persona de ocupaciones  variadas y estipendios escasos con los que apenas cubría las necesidades básicas de su familia. Su ocupación principal era la de zapatero, que desarrollaba en la primera habitación de su casa habilitada al efecto. Disponía de  los avíos imprescindibles para realizar las labores fundamentales del  oficio. Unas chavetas, tenazas, leznas, puntas, tachuelas, cerote e hilo. Era conocido con el sobrenombre  del sacristán por las funciones  que realizaba en la iglesia,  sobrenombre que transmitió a su descendencia.  El Ayuntamiento lo requería esporádicamente para difundir pregones por las esquinas cuando el alcalde  consideraba necesario informar al vecindario de normas que atañían de forma directa e importante al buen gobierno municipal, generalmente uso adecuado del muladar, estercoleros del ejido, escombreras, ubicación de las eras, acarreo de paja en los carros, llegada del cobrador de contribuciones,…

Como la lectura no era hábito extendido   entre la población por desidia o ignorancia, los regidores lanzaban al aire sus proclamas por boca de los pregoneros, que tocaban  una trompetilla para reclamar la atención de los  vecinos. El primer edil  se aseguraba así que sus normas y reconvenciones llegaran a todos: “De orden del señor alcalde se hace saber…”

1894diazolanopregonero1

Los muchachos los seguíamos de calle en calle, más atentos al rito y al  toque metálico que al contenido del mensaje.

Era suficiente  que se enterasen unos cuantos vecinos en cada calle porque al poco el boca a boca había extendido la novedad por todo el pueblo. Algunas mujeres  salían a la puerta con el delantal recogido y la escoba en la mano al oír el aviso metálico del pregón. Las tiendas  eran lugares donde la información se propagaba como fuego en rastrojo. Los hombres, generalmente en el campo en ese momento,   recibían las noticias al llegar al  anochecido a sus casas.

Al pregonero-sacristán y zapatero lo sustituyó el latero, que como su antecesor completaba  los escasos ingresos de su oficio con los que ocasionalmente le generaba prestar su voz al viento.  Recorría éste con su anafe de brasas y el estaño las calles para restañar las piteras de canalones, jarras, palanganas, cacerolas, regaderas,… que los vecinos le entregaban.  En el anafe llevaba un hierro soldador con mango de madera y que una vez caliente arrimaba al estaño para derretirlo sobre la picadura. Después remataba la faena con el soldador aún caliente y un  martillo, estropajo y trapo  para que quedase lo más fino posible. Fumador empedernido, su voz cascada y rota no llegaba más allá de unos metros del corro de la chiquillería que lo rodeaba, por lo que después los que no se habían enterado le preguntaban qué es lo que decía el bando. Una vez escuché a una vecina con un torrente de voz más saludable y potente que el suyo recomendarle desde su  puerta que tomara clara de huevo para aclararla.

Tiempos estos donde la voz de los  pregoneros y los  vendedores ambulantes, además de los sones de las  campanas, eran los canales de comunicación que,  a través del aire, interrumpían la rutina diaria.  

 

Divagando con la lluvia

rocío

Palabras que no  dije

permanecen aún en la memoria,

como si vivieran una muerte inacabada.

De vez en cuando  afloran,

como ahora,

y escapan por la ventana entreabierta del alma

a mojarse en la lluvia

de esta tarde gris de primavera.

Cuando el corazón latía al galope

por los campos ardientes de las  sienes,

la timidez fue brida de caricias

 y lazo estanco de pasiones.

A mitad de camino entre la boca

y mis ganas de decir  alguna cosa

quedaron frases desmayadas

sin llegar al  destino deseado.

En el árbol que se yergue enfrente,

una paloma de ahuecadas  plumas

espera a que la lluvia  cese.

Hasta mí llega el murmullo  del agua

que cae en la arboleda

y un olor a campo verde,  preñado

de esperanzas  nuevas.

El iris  se arquea en el horizonte,

y la paloma  vuela

con una rama en el pico

sobre verdes alcaceres…

…y en el fanal brillante de la tarde

 desaparece su estela.

 

Combinados

combinados

 

 

En los bares de entonces la variedad de bebidas  no pasaba del vino y los refrescos. Menos frecuente la cerveza.  Perico Chicote caía lejos, así que los combinados  no se conocían, excepción hecha del carajillo, la palomita y el sol y sombra.

Los niños no entrábamos en las tascas, si no era para cambiar el casco de la botella de Casera por una llena, que nunca faltaba en casa. En  los breves instantes  que permanecíamos en el local observábamos  y olíamos el ambiente de estos lugares llenos de voces y humos donde los hombres-porque las mujeres no entraban- bebían y discutían entre olor a sudor y  orines, debido a la falta de agua corriente y a la ubicación de los servicios en el interior del local.

Pero los niños sí hacíamos combinados en aquel dilatado tiempo libre en que, a falta de los artilugios electrónicos actuales, pasábamos el tiempo con la pandilla en  los rincones de la calle, a la sombra si era verano o en las  tibias recachas  si era invierno, jugando e imaginando un mundo a  medida de nuestra fantasía.

El bebistrajo  más simple consistía meter un pedazo de regaliz  en un tubo y echarle agua. Con una espera no muy prolongada, aunque los más puestos en el tema recomendaban dejarlos una noche entera, teníamos el sucedáneo de la coca cola.

La otra combinación era algo más compleja y precisaba mesura y equilibrio en la adición de los ingredientes. La hacíamos en verano y lo considerábamos un refresco artesanal. Consistía en mezclar vinagre, agua y azúcar. Se le daba vueltas  y  para dentro…o para fuera si un exceso de vinagre nos descomponía el cuerpo.

A ninguno se nos ocurrió patentar estas mixturas que, quién sabe si con el tiempo, nos hubiesen hecho millonarios.

No estoy arrepentido

Confesionario_ACIPrensa_1

Pecados de mi inocencia infantil

entre los muros de la  iglesia

confesados.

¿Llegó mi contrición  a su destino

aquellas mañanas de abril

con los lirios?

 Si la veis entre estrellas de camino

mandádmela otra vez a mí,

sin demora.

Cuando me hice mayor me di cuenta

que ya no estaba arrepentido

de haber sido

sólo un niño.