Juegos de otoño

Cuando llegaban las primeras lluvias nos gustaba ponernos los jerseys que nuestras madres habían guardado en el ropero a principios de verano. Suponía una vuelta a la tibia intimidad después de las dilatadas jornadas del estío. Con los preludios del otoño cambiábamos de juegos y entretenimientos, más en consonancia con la climatología y la disminución de las horas de sol.

Cada estación tenía un aliciente para nosotros. Íbamos descubriendo los ciclos de la luz y de la vida con curiosidad y sin la rutina que dan después los años.

Comenzaba el viento de poniente a desprender las primeras hojas de los árboles. Alfombras de colores ocres, naranjas y ambarinos que las tolvaneras levantaban del suelo presagiando el próximo cambio de tiempo. La luna con sus cercos y sus halos las noches anteriores lo anunciaban.  A los pocos días las nubes asomaban por las crestas de la sierra como escuderas que estudian el terreno para la batalla inminente.  Lluvias con sabor a despedida de vivencias veraniegas y a plácido reencuentro con el otoño en el andén donde las estaciones cambian sus trajes. La primavera viste, el otoño desnuda y reparte fragancias de tierra mojada después de una larga sequía.  

Retomábamos entonces los juegos que habíamos abandonado en el verano. En la tierra humedecida jugábamos a pinchar el clavo, compitiendo con destreza y puntería en algunos prados del ejido.

 

 

 

 

 

Saltábamos a la pídola.  La modalidad que menos preparativos necesitaba era la que hacíamos saltando uno sobre todos los demás puestos en fila. Cuando acababas te agachabas, hacías de burro y a aguantar a todos sobre tus espaldas.  Lo denominábamos ‘paso Berlanga’, quizás por la cercanía entre los dos pueblos y porque si no dejabas de saltar podías llegar al destino entretenido y ejercitado.

Otra modalidad era el barranco, más estática. Según saltábamos íbamos diciendo algunas retahílas. Cada vez que acababa una serie por haber saltado todos, el que hacía de burro medía un pie y medio y se alejaba de la línea que no podía pisarse. Así, hasta que la distancia era considerable y el salto se ponía tan difícil que solía terminar con el saltador dando con las narices en el suelo y el paciente burro, deslomado.

El que empezaba la serie anunciaba la modalidad que todos debían seguir, como apoyar solo una mano o hacerlo sin tocar nada. Una variante consistía en dar un taconazo en el culo del que estaba agachado. ¡Con espolique!

 

 

 

 

 

 

 

 

Para lanzar el ‘repión’ o peonza había que enrollarlo bien con una cuerda. Una moneda de dos reales o una chapa de refresco machacada en un extremo para sujetarla entre los dedos. Competíamos en duración de giros y en cogerlos del suelo y colocarlos sobre la palma de la mano.

Son algunos de los juegos con los que nos divertíamos entonces, cuando con las primeras aguas plegábamos las velas del estío y nos retirábamos al resguardo de la dársena otoñal.

Que siga la música

Una de las consecuencias negativas de la pandemia ha sido la de suprimir las verbenas, animadas por conjuntos musicales y orquestas en las plazas de nuestros pueblos.
Desde los antiguos, con poco más que un saxofonista y un batería hasta los modernos grupos con numerosos componentes, juegos de luces, máquinas de humo, rayos láser y potentes equipos de sonido, la música siempre ha estado presente en nuestras fiestas.  Yo recuerdo a un hombre ciego con un acordeón, que me trasladaba mentalmente a la taberna de un puerto de mar.
La música de las verbenas fascina, enardece y evoca.  Hay canciones que dejan posos de acordes asociados a sentimientos que vuelven a aparecer cuando se escuchan de nuevo.
Un solo de trompeta de Félix Bote, avanzada ya la noche, abría en la bóveda oscura del cielo, más allá de los farolillos, una brecha radiante y metálica.  Desafíos que ascendían altivos y después, rotos en pedazos de lejanos ecos, se mecían un momento en la cuna del aire y bajaban, vencidos, en copos sonoros a la plaza.
Al principio era el pasodoble el escudero que abría el baile.  Los hombres, abrochadas sus chaquetas y compuesto el porte, se dirigían hacia el grupo de mujeres para invitarlas a compartir bailando música tan animosa y española.
Un paisano, aficionado al buen vino, a la copla y a las ferias, me comentó después de escuchar ‘Nerva’ con marcial postura, que la única pena que tenía en esta vida era no haber sido músico. Disfrutaba escuchando canciones que provocaban su emoción y nostalgia.  Algunas veces, cuando la copla, según decía él, le espelucaba el vello y el brillo asomaba a sus ojos se ponía en pie, erguido y entusiasmado.
Con la música hemos acariciado muchas noches el cuerpo de una pareja, cuando el mundo se resume en dos personas unidas por un abrazo.  El pelo al viento leve, las mejillas juntas y los corazones latiendo al unísono en los pechos.
¿Quién no ha pedido alguna vez que pare el reloj el andar de sus manillas al ritmo musical del famoso bolero de Roberto Cantoral? Entre brumas de olvido y fantasía, mezclando lo que fue con los deseos, recordamos noches inolvidables, allá en el fondo de la edad perdida. ¡Oh, beatíficas caras trascendidas hacia la mística de lo sublime!
Amanecía- porque nadie había escuchado la vana pretensión de que quedara el tiempo detenido en nuestras manos. El sol nos encontraba abrazados a las sombras de las quimeras en el aire fresco de la aurora.
Nos hacen falta las canciones para estimular nuestra fantasía y emocionarnos. Los músicos del Titanic siguieron interpretando cuando el barco se iba a pique. En algunas cantinas del oeste americano ponían un cartel en la pared rogando que no disparasen al pianista. Ingrid Bergman en Casablanca le ruega a Sam que vuelva a tocar ‘As time goes by’.
Siempre nos quedará la música para tiempos de zozobra.

Volver a empezar

Recuerdo mis primeros años de escuela como alumno, hace ya tanto tiempo que da vértigo asomarse.
La mano, hecha puño, vellón rosado con el cuerpo extraño del lápiz, y la lengua entre los labios, acompañando con su movimiento los primeros trazos. El descubrimiento de un mundo nuevo a través de grafías asociadas a dibujos de casas, animales, frutas, y estas a sonidos: Ma, me, mi, mo, mu… Mi mamá me mima. Íbamos a la mesa del maestro a leer en la cartilla.  Yo voy ya por la llave y tú por el tomate. En el cuaderno quedaron las líneas inseguras y los garabatos, entre las cuatro paredes de la clase, los sonidos titubeantes de nuestras voces enlazando vocales y consonantes en una red de combinaciones que entonces nos parecía la jungla. En el corazón, el agradecimiento a quienes nos iniciaron en el maravilloso mundo de la lectura y escritura.
Me acuerdo del estreno de aquellos zapatos del ‘Gorila’ y de la pelota verde que nos daban de regalo. De la colocación de las carteras en la puerta de la escuela para guardar el turno de llegada, de la voz del compañero que hacía de vigía y anunciaba la llegada del maestro nada más verlo aparecer calle abajo y de nuestras carreras a su encuentro para darle los buenos días.
De la plumilla que mojábamos en el tintero de porcelana blanca metido en los agujeros del pupitre y que uno de los alumnos mayores llenaba cada mañana. De la fecha, la consigna y la muestra escrita con letra primorosa en la pizarra que nosotros copiábamos con sumo cuidado en la libreta de caligrafía de dos rayas. De la alegría cuando con lápiz rojo el maestro nos ponía ‘Muy bien’ y lo mostrábamos a los compañeros con satisfacción.
En estos días los profesionales de la enseñanza están preparando la vuelta al cole. El papeleo y la burocracia han ido ganando terreno a la docencia. Reuniones de grupos de un mismo nivel, departamentos, coordinación de ciclo, comisión pedagógica, equipo de orientación con los tutores, claustros, consejos escolares…y la elaboración de programaciones y proyectos, del plan del centro, memoria, estadísticas…Los tiempos cambian. Y por si fuera poco este curso ha venido a parir la abuela con la dichosa pandemia.  Tendrán que seguir los protocolos establecidos y anotar y comunicar cualquier incidencia que se produzca, además de estar pendientes de que los niños guarden distancias y observen las restantes medidas higiénicas. “Y el tiempo que te quede libre, si te es posible dedícalo a mí”. No habrá más remedio, quizás, pero es difícil ponerle puertas al campo o encerrar al viento en una jaula.
Desde aquí mi ánimo para todos con la frase que un maestro viejo nos dijo a quienes acabábamos de empezar: “A pesar de todo, los padres siguen confiando en nosotros porque nos entregan para su educación lo que más quieren, a sus hijos”.

Desagradecidos

Juan Carlos I ha cogido las de Villadiego por decisión propia dicen unos y forzado a empujones sostienen otros. Vaya usted a saber lo que pasa en palacio y sus alrededores.
Fuentes próximas a su entorno utilizan el término extrañamiento para explicar su situación. Evitan así exilio y destierro, que son más descarnados. El ex honorable Pujol ni se ha ido ni lo han extrañado. El catalán del 3% y viajes andorranos sigue en su tierra a la espera de juicios por delitos como asociación ilícita, fraude a la administración pública, blanqueo de capitales, tráfico de influencias, cohecho o delito contra el fisco y posibles sobornos, manipulación de los contratos públicos y negocios ilícitos. Ahí está aguantando el tiempo y levantando la cresta si llega la ocasión a los que se atreven a hacerle preguntas comprometedoras. Lo teníamos como de la casa y su forma de hablar con los ojos cerrados se hizo familiar entre nosotros.  Después nos salió rana con aquello de “España nos roba”. Cría cuervos…
Este hombre de baja estatura, pero con tunería de varios metros bajo tierra, necesita hagiógrafos y aduladores que ensalcen los servicios prestados a la España que ahora insulta, pero a la que cortejaba ambiguamente cuando el amor era money constante y sonante y su apoyo para la estabilidad de los gobiernos estatales resultaba imprescindible.
José María Aznar y Felipe González lo mimaron y buscaron su colaboración cuando lo necesitaron y él, abnegado, haciendo de tripas bolsa, se la prestó. Por eso necesita las loas que destaquen sus ayudas y el agradecimiento por que España no cayera en el comunismo bolivariano o en el desgobierno. Lo demás, pelillos a la mar.
Igual o más santo reconocimiento merecen los organizadores de la visita del papa Benedicto XVI a Valencia por el realce y esplendor que revistió la misma y la proyección tan positiva hacia el exterior que produjo. Milloncejos de nada, aparte, que eso son insignificancias para tan alto fin logrado.
¿Y los 2.047 € por las mariscadas que sindicalistas de Andalucía cargaron a la Junta? ¿Qué minucia es esa cuantía frente a la publicidad que supuso para el turismo ver las caras sonrosadas de los comensales rebosantes de salud y vino en un establecimiento señero de la capital andaluza con vistas al Guadalquivir? ¿Nadie va a escribir agradeciendo ese patrocinio y relativizando las treinta raciones de langostinos, seis pargos al horno, seis cilindros de foie, ocho botellas de Rioja Marqués de Arienzo, entre otras exquisiteces? ¿Qué es eso comparado con el deseo que despertó en los futuros turistas que se decidieron a visitar nuestra tierra por tan excelente y alegre forma de vivir? No, no me olvido de los ERES, señora de la bandera al viento. Fue, como lo de Gurtel, ejemplo brillante del ingenio y picaresca española, tan nuestra y representativa. Seguro que motivó a muchos turistas para viajar a España.
Tantos y tantos casos en los que a cambio de unas pequeñas detracciones por parte de abnegados gestores han dado brillo y prestigio a nuestra Patria.
De bien nacidos es ser agradecidos y nosotros solo lo somos en algunas ocasiones con quienes han contribuido a la grandeza de España. Los dinerillos que se pegan a los dedos son sisas de sirvienta, una minucia que hay que perdonar a cambio de la magnitud del bien mayor conseguido.

Muerte callada

Los últimos días lloraba a solas,
un llanto silencioso de almohadas.
De sus labios, secos de llanto y rezos
salió una despedida,
reproche oculto y claro desengaño.
Articuló sus últimas palabras
con voz quebrada:
” Yo ya no me levanto más,
que venga a mí la muerte cuando quiera”.
Así se fue,
así se la llevaron
una tarde de tantas,
como aquellas, cuando zurcía penas
detrás de la puerta entornada.

Plaza de Llerena

Esta plaza, que según opiniones distintas tiene un diseño oriental, indiano o castellano, va recuperando poco a poco a las personas después de la soledad de los días de confinamiento. Un grupo de hombres pasea por el recinto interior, más elevado que el resto y limitado por bancos de granito y baranda metálica de forja. Van y vienen sobre las losas una y otra vez.  El suelo exterior que circunda a este espacio está empedrado con menudos rollos, piso poco propicio para el requiebro galante del ‘pisa, morena’.

En un momento se mezclan con estruendosa algarabía los graznidos de los grajos, el piar de los vencejos, el griterío de la chiquillería y los toques de las campanas. Unas madres conversan sin perder de vista a sus hijos pequeños que ora ríen, ora acuden llorando porque les han quitado la pelota.

En la parte que da al poniente se levantan dos encinas nuevas que escoltan a la antigua fuente diseñada por Francisco de Zurbarán, quien vivió y tuvo su taller en una de las casas de los soportales.  Pintor de claroscuros religiosos que mira atentamente, paleta y pincel en mano, desde el atrio del templo en una estatua sedente, a medio camino entre’ El pensador’ de Rodin y un cazador al aguardo en la tronera. Bella obra del escultor llerenense Ramón Chaparro Gómez.

Acuden al toque de las campanas algunos fieles, pocos en los tiempos que corren. Imagino que sus rezos se elevarán por los muros de la iglesia como humo de incienso rumoroso y alcanzarán en la veleta el último sol de la tarde que los llevará por los caminos de su fe en un largo viaje. Si los dogmas admitieran pensamientos se enredarían en las marañas de las dudas. ¿Por dónde irán mis rezos infantiles? ¿Habrán llegado al destino que imaginé entonces entre nubes blancas de algodón y coros de rubicundos querubines? Iban vestidos de inocencia, puro candor de niño crédulo, desde las majestuosas catedrales y la penumbra de iglesias de pueblo, sin acuse de recibo. Tal vez se extraviaron entre las galaxias por los inextricables laberintos de estrellas y agujeros negros. Los más temerosos salieron de mi almohada, súplicas nacidas del miedo al fuego eterno por si la muerte me cortaba el paso una mañana.

El sol ha abandonado ya las ‘picochas’ y retirado de los tejados los últimos flecos dorados de su vestido.  Vuelve el silencio acompañado por una suave brisa.

A medida que oscurece brilla más la luz de los relojes de la torre y el ayuntamiento, con números de caracteres árabes el primero y de romanos el segundo. Un estrabismo conciliador. Las campanadas de las horas se retiran lánguidamente por el zaguán de la noche.

Aparecen las primeras estrellas en el trozo de cielo limitado por las fachadas. El mismo cielo que en otros tiempos fue testigo de autos de fe de la Inquisición, de fiestas, zarzuelas, verbenas, mercados, corridas de toros y de despedidas de aventureros que hicieron las Américas. Hay mucha historia escrita en las hojas azules de sus archivos.

Viejas fotografías

Las metáforas que identifican al río y al camino con la vida están muy usadas.  El mérito fue de quienes las crearon.  En tropos está casi todo escrito.  Muchos proceden de los clásicos griegos y latinos. Celebrados autores de las corrientes literarias que han existido lo largo de la historia: Renacimiento, Barroco, Romanticismo, Modernismo. Generación del 27… han dejado pocas aguas sin surcar. Cuando crees que has descubierto un nuevo mar te das cuenta de que estás en el mismo por donde pasaron antes otros. Algunos buscando nuevas formas de expresión retuercen el lenguaje hasta hacerlo incomprensible para la mayoría.
Sirva pues una vez más la imagen del camino para el propósito que aquí persigo.  El viaje es largo o corto, intenso o monótono, según naturaleza o subjetiva apreciación de quien lo anda. A veces, placentero, a veces penoso, pero siempre interiorizado en cada uno de nosotros como una experiencia única, vayamos solos o acompañados. En nuestra memoria afectiva se van depositando vivencias como pavesas. Al cabo de muchos años, si las removemos, comprobamos que guardan aún calor dentro, como aquellos braseros que volvían a encenderse las mañanas de invierno con el rescoldo casi oculto entre las cenizas que dejó la madrugada.
En el camino te encuentras con mucha gente. Unos dejan pocas huellas, otros permanecen para siempre. A otros desearías no haberlos conocido y de otros sientes no haber compartido más tiempo.
En algunos tramos piensas que aquellas personas que comparten contigo ese momento serán inolvidables.  Pero “es tan corto el amor, y es tan largo el olvido…” que la ausencia difumina su intensidad. Las nuevas amistades van llenando huecos que dejaron los que se marcharon, de los que se desvanece poco a poco su recuerdo.
En estos días pasados en casa muchos de nosotros hemos abierto de nuevo la caja donde se guardan las fotos antiguas de familiares y amigos. Instantes captados que fueron acumulándose de fiestas, de romerías, del servicio militar, de un baile…. De ancestros que apenas conocimos, del viaje de novios de nuestros padres, de nosotros mismos… cada vez con menos parecido con el que ahora está con gafas de presbicia intentando identificar a los fotografiados.
Entre ellas he encontrado una foto de la escuela con cerca de cuarenta compañeros, el cura y el maestro.  De cuando señalábamos la esfera terrestre con nuestro dedo índice, con mapa de España detrás, bandera y crucifijo. El Catón abierto sobre una mesa con agujeros para el tintero.
Murieron algunos.  De otros ignoro sus actuales paraderos. ¿Qué suerte habrá corrido cada uno de ellos? Sus ilusiones, sus proyectos, sus hijos, la lucha por la vida…  He vuelto a sentir las casi olvidadas sensaciones de entonces.
Las fotos son referencias que va dejando nuestra vida en las lindes del camino y ponen algo de orden en el antes y el después del tiempo que se confunde en la niebla del pasado.

Monedas y billetes

Los de mi generación utilizábamos las perras gordas y las perras chicas para nuestras pequeñas compras y juegos. La peseta para el cine de los domingos y los días de fiesta. Los mayores valoraban tierras, mulas y jumentos en reales, vestigio de cuando el real de a ocho fue divisa universal en los tiempos de esplendor del imperio español.  Conocido también como peso fuerte o peso duro transmitió el apelativo de dureza por semejanza a la moneda de cinco pesetas, el duro, que ya era palabra mayor para valorar las transacciones.
En mi memoria queda el real de los tiempos de Franco con su orificio central, que también tenían los dos reales. Sin embargo, la de diez, más oscura, no llevaba el ombligo al aire.
Las monedas originarias de diez y cinco céntimos fueron acuñadas en el año 1870 por orden del gobierno provisional que se formó tras el triunfo de la Revolución de 1868.
En el reverso se representaba a un león sosteniendo el escudo de España. Tan difusamente perfilado estaba que el pueblo lo confundió con una perra gorda y con ese apodo pasó a la historia la mayor y como perra chica, con el mismo diseño, pero más pequeña, la de cinco.  Tanto caló lo de la perra que tener muchas, como ya sabemos, es sinónimo de ser rico.
Del cobre con que estaban acuñadas las primeras se pasó, linaje y título incluidos, al aluminio de las de la dictadura. Estas fueron las que yo conocí.  Jinete con lanza en el anverso y escudo del águila al reverso. Cuando echábamos suerte para los juegos lanzando la moneda al aire, en lugar de cara o cruz decíamos caballo o águila.
Lo de rubia para denominar a la peseta, que también procede del tiempo del gobierno provisional de 1868, se debía al color del metal de las emitidas durante la Segunda República. De ellas decían que eran la perdición de los hombres porque reunían en su circular contorno el dinero, la mujer y el vino, representado por el racimo labrado en su reverso.
De billetes conocí hasta los de peseta. Como el material debía de ser escaso para hacer nuevas emisiones, en su tráfico iban acumulando mugre y desperfectos. Estos segundos los solucionaban con las tiras de papel donde venían sujetos los sellos de correos. Una vendita que se les pegaba con tal de que no tapara el número de serie porque en ese caso no los admitían en las tiendas.
En este discurrir aparece un niño agarrado con sus manos al borde del mostrador. Se emperica y suelta sobre la superficie de madera las monedas que lleva en su mano. Pide un pirulí que el comerciante le entrega. A ver qué traes ahí. El tendero cuenta.  Son siete chicas, te sobra una perra gorda. Y el muchacho se va corriendo a endulzar la tarde al rincón de la plazuela.

 

 

 

Suspiros

Está la luz borrosa en los espejos que el calor forma en la lejanía. El aire caliente y denso remolonea en las solanas. En medio del patio, el pozo recibe por su boca un rejón de luz que llega al fondo del agua oscura y deja ver a través de la medalla luminosa que la luz acuña, fugaces, las escamas de los peces.  El niño recibe temblorosos ecos de su voz que rebotan y suben hasta el brocal donde en una cuba de zinc merodean sedientas, indecisas y esquivas avispas verdinegras.
En el interior de la casa el hombre se ha levantado de la siesta con cara de pocos amigos. Pelo revuelto y ojos hinchados. Mejor no hablar con él hasta que los humores se asienten. Trae la huella del sueño labrada en los pliegues de su cara. Con el torso desnudo y bostezando se dirige al segundo paso de la casa donde está la cantarera y el botijo. Bebe largamente y deja que resbale un hilo de agua por su pecho. Después da un suspiro con dobladillo de queja: “¡Ay, qué vida esta!”, lo que recibe réplica inmediata de su esposa que cose en la sala:  “¡No sé por qué suspiras tanto, con la vida que te pegas!”. “¿No puedo suspirar ni en mi casa? ¡Vamos, hombre!”. De alguna forma la mujer ha sentido el suspiro como una queja indirecta hacia ella.
 Y es que son como las rastras, que sacan del pozo las cubas caídas en el pozo.
Los hay de frustración, de hastío, de quejas contra el mundo o de pena por ausencias. Bécquer se quedó en la obviedad de su esencia y su destino: el aire. Dicen que los suspiros fisiológicos se repiten varias veces cada hora de forma inconsciente, por una necesidad que tiene el cuerpo de reponer oxígeno. Son más discretos e imperceptibles, pero los otros, los emocionales, traen mensajes en la cola del aliento. Yo observaba de niño los de las viejas mientras dormitaban en la camilla o zurcían tras la puerta entornada. No los comprendía entonces.

Salían lastimosos y traían palabras detrás, como el estrambote de un poema o la media verónica que culmina una tanda de pases de capote.  Tristes unos y añorantes otros. Hay suspiros que no necesitan más explicaciones para saber de qué van por la rúbrica que los cierra: ‘¡Qué castigo!’ o ‘¡Qué cruz!’ Otros llegan con avales de vírgenes y santos. Muy implorada la del Carmen, por ser protectora de los navegantes. El recurso a los patrones y patronas de los pueblos siempre está a mano para un apuro. Pedro Antonio de Alarcón describe maravillosamente los que llegan heridos de amor: “…suspiras, ¡ay! y acongojado miro/que no es por mí…Y así, mujer amada, /no sé si flores son o abrojos/esos suspiros de tus labios rojos, /ignorando también en mi desdicha/si mi vida o mi muerte son tus ojos”.

Siega y silos

He leído que los silos son las catedrales del campo. Así parece cuando viajando por las carreteras de España aparecen en el horizonte tan peculiares edificios. Esa imagen me lleva a otra que José Ortega y Gasset describe con exquisita prosa: “…allá lejos navega entre trigos amarillos la catedral de Segovia, como un enorme transatlántico místico…”.
El mar y la tierra comparten imágenes y metáforas. ¿Quién no ha asociado el ondulante movimiento de las espigas con las olas del mar?
Pero vayamos al grano. Los silos se construyeron durante la dictadura de Franco con el fin de comprar y almacenar toda la producción de trigo y disponer de una reserva nacional para garantizar el consumo. Hasta el año 1984 el mercado del trigo funcionó como un monopolio estatal con intervención de precios.
 Al final del periodo había en España 663 silos y 275 graneros. Dependieron de organismos conocidos por sus siglas, desde el originario SNT (Servicio Nacional del Trigo), pasando por el SNC (Servicio Nacional de Cereales), el SENPA (Servicio Español de Productos Agrarios), para terminar en el FEGA (Fondo Español de Garantía Agraria).
El fin del monopolio del trigo por parte del Estado y el ingreso en la CEE supusieron un cambio radical en el destino de estas construcciones y en el sistema que regulaba los precios de los cereales. De los silos existentes, 141 quedaron bajo administración estatal. El resto fue transferido a las Comunidades Autónomas. Algunos pasaron a instituciones y empresas privadas o a cooperativas agrarias. Otros están bastante descuidados en su conservación.  Los agricultores echan de menos la fijación de unos precios mínimos que hagan sostenible la producción de cereales y eviten el progresivo empobrecimiento del campo.
Estamos ahora en tiempo de siega. Las siembras aguantaron verdes hasta mediados de mayo y de ahí en una maduración acelerada tornaron a tonos dorados, inclinadas las espigas ricas en fruto a tierra y empinadas y tiesas las vanas, como recoge la fábula de Juan Eugenio de Hartzenbusch con su moraleja que sigue tan vigente.
La siega va dejando los campos de rastrojos. ¡Qué distinta la de ahora a la de entonces! ¡Cuántas fatigas! Sombrero de paja, pañuelo al cuello y en la mano la hoz, media luna negra, y el sol, como plomo ardiente, cayendo sobre las espaldas.  A ritmo del arco de las brazadas formaban gavillas y haces.
Después de la recolección llega el ganado a las rastrojeras. Eran entonces abundantes, aun después de recoger la paja con los carros. No se apuraba tanto. Ahora después de pasar las empacadoras quedan como cara de barbilampiño adolescente. Tampoco recorren las hazas las espigadoras, plasmadas magistralmente en el cuadro de Monet, en busca de restos de espigas caídas en la tierra después de la recolección.
Ahí siguen, como la puerta de Alcalá, los silos, viendo pasar el tiempo y el grano con el mismo traje de hace más de cuarenta años.