Bandera tricolor

 

De vez en cuando vuelvo a la casa de mis padres. De seis moradores que tuvo solo queda uno. Recorro sus habitaciones, patios y corrales y de cada rincón surgen recuerdos de las vivencias que conformaron mi infancia y juventud.

De los maderos de la cocina colgaban en esta época del año salchichones, chorizos y morcillas, agrupados por colores: rojos, grises y negros que el pimentón, la pimienta y la sangre les conferían. Una bandera tricolor que no necesitaba ningún himno para elevar la moral y poner las glándulas salivares a pleno rendimiento.

En las varas, sujetas del techo con tomizas, se oreaban la carne y los huesos adobados. En el suelo yacían, blancas y saladas, las dos hojas de tocino. El jamón también, con sal gorda y peso encima para que expulsara la sangre que pudiera quedar en su interior. Los colocaban sobre aulagas, traídas del campo sin cultivar, donde la liebre encama y el viento aguza silbos. Las traían en haces con los asnos para tostar al cerdo y servir de aislante.  A los veintiún días, como la incubación de los huevos de gallina, los colgaban para que se curaran con el aire fresco y seco. A la humedad se la combatía con candelas de llama para ahuyentar el silencioso poso del moho. ¡Cuánta gente se juntaba en las matanzas! Me embelesaba con las conversaciones que mantenían.

Aprendí algunos nombres de las partes del cerdo, según el matancero las iba extrayendo y yo, con mi curiosidad infantil, le preguntaba. El que más me asombró fue el de alma. Yo la asociaba al espíritu y, por tanto, la creía invisible. Pero no. Se hallaba en un lugar recóndito de su interior con forma de huso. Como había escuchado que si quieres ver tu cuerpo mata un puerco, aquel súbito descubrimiento hizo que intentara averiguar dónde se hallaba semejante pieza en el mío y si su color habría ido tornando a castaño oscuro a causa de mis pecados.

Otra denominación que atrajo mi atención fue el velo. Gráfica y acertada por su forma de red granulosa.

Desde entonces hasta ahora se han ido incorporando nuevas designaciones a piezas que entonces ni los matanceros habían bautizado todavía: lagartos, plumas, secretos, abanicos…

 

 

 

 

 

¡Qué diferencia de este con aquellos inviernos! He subido al doblado.  Ahora, solitario y frío, me ha producido tristeza. En un rincón están los lebrillos, las artesas, las varas y la máquina ELMA que se utilizaba para triturar la carne y llenar las tripas con la chacina. Esperan, como el arpa en la rima de Bécquer, las manos que nunca han de volver.

Imitando al inigualable don Francisco de Quevedo, he intentado expresar con los versos siguientes la decadencia de las matanzas caseras.

Entré en mi casa: vi que los maderos/conservaban las puntas solitarias/donde en tiempos colgaban las chacinas. /Añoré de sus usos, los pucheros/y sentí que costumbres centenarias/hayan abandonado las cocinas.

Casi nada es permanente

Lo que en cierta ocasión fue calificado de inmutable, devino con el tiempo en pasajero.  “No se engañe nadie, no/pensando que ha de durar/ lo que espera/más que duró lo que vio/pues que todo ha de pasar/por tal manera”, (Jorge Manrique).  El ‘Titanic’, insumergible, yace en el fondo del océano. Los principios fundamentales del Movimiento, permanentes e inalterables por naturaleza, fueron derogados.

El filósofo griego Heráclito puso como paradigma al río para plasmar el continuo fluir de la existencia. Ni el que se baña en él ni el agua son los mismos la siguiente vez. Joaquín Sabina en ‘Peces de ciudad’ busca a un amor adolescente y encuentra a una mujer casada que ya no se acuerda de él.

Más cruel, lo del tango: “Volvió una noche, nunca la olvido, con la mirada triste y sin luz, y tuve miedo de aquel espectro que fue locura en mi juventud…” “Había en mi frente tantos inviernos que también ella tuvo piedad”.

Una pareja, que vivió una historia de amor en el pasado, se citó una tarde en la cafetería donde se conocieron después de muchos años sin verse. Acudieron nerviosos y con curiosidad al reencuentro. Llegó primero ella y entretuvo la espera mirando escaparates.  De pronto, vislumbró el reflejo de un hombre en la luna de uno de ellos. Dudaba si la imagen tan deteriorada podía corresponder al joven que la encandiló. Lo era y estaba detrás, a escasos metros. Cada uno pensó que el otro no lo había reconocido.  No se dijeron nada y volvieron a sus casas.  Esa noche se disculparon por teléfono alegando excusas para justificar sus ausencias.

 Hace años producía mucho rechazo social el amancebamiento y tener hijos sin estar casados.  Guardianes de la moral ajena los lapidaban con palabras y arañaban con miradas. ¡Puras y castas hasta el altar!  Algunos tuvieron que poner tierra por medio para librarse de la presión y la marginación que sufrían.

Cuando alguien ennoviaba se decía que fulanito salía con fulanita.  Hoy no salen. Entran directamente al tálamo, eludiendo zaguán y petición de mano. Un día cualquiera te enteras de que conviven, sin más ceremonial ni vicaría. Hasta el lenguaje ha perdido contundencia y lo de rejuntarse va dejando el redoble del prefijo que alertaba del pecado.

Cuando pasan unos años, si les conviene, cursan invitación de boda a parientes y amistades.  Lo que fue deshonra y descrédito, aparejada con marginación social, hoy escandaliza a pocos.  A nadie debe importar la vida íntima de los demás.

Todo cambia, todo fluye. Quizás los más reacios a la evolución sean quienes padecen la irrefrenable tendencia a prometer y no cumplir. Los burlados periódicamente acuden al lugar donde los engañaron. Recelosos al principio, entran después como perdiz en mayo a dar vueltas a los atriles ante los reclamos de buche de los oradores. Les prometen lo de ayer para lo mismo prometer mañana, sin cumplirlo. 

Doce campanadas

 

 

 

 

 

 

Mañana sonarán en la frontera que separa un día de otro las doce campanadas en los relojes de torres y espadañas.  Si las de las restantes noches del año posan sus ecos de bronce como pavesas sobre los tejados de las casas, las del treinta y uno de diciembre salen como palomas asustadas por fuegos de artificio, petardos y descorches de botellas de cava. Huyen en fila india, rasgando las cortinas de la madrugada con la etiqueta del año en los costillares de sus días.  Se van para siempre por la senda del tiempo y el espacio entre galaxias y agujeros negros para formar parte de la historia en los anaqueles del pasado.

No todas las campanadas suenan igual. Nosotros las hacemos diferentes con nuestros sentimientos y estados de ánimo.

Las que tañen la noche de san Silvestre nos cogían, cuando éramos niños, entre las cuatro esquinitas de la cama, con el ‘Bendito’ rezado y la muda nueva puesta. En la juventud eran toque de salida para el comienzo de la fiesta, para beberse la madrugada a tragos entre confetis y matasuegras y de paso intentar abarcar el diámetro del deseo en las cinturas que en aquellos tiempos tenían custodiadas sus lindes por los codos en el pecho.  Ahora, en el lago tranquilo de la madurez, suenan lejanas en la cóncava bóveda de los silencios y sus ecos dejan una estela de retreta entre los mantos de la madrugada, cuando se nos empieza a abrir la boca, deseosos de coger la cama.

Es tiempo de hacer balances personales y sociales. Siguen los disparos y las muertes en guerras casi olvidadas. Esas que fueron noticia durante unos días y de las que luego la prensa desvió el foco, urgida por la inmediatez de otras noticias.

 

 

 

 

 

Siguen los talibanes de ideologías medievales esclavizando a las mujeres. Mueren jóvenes por no llevar bien puesto el velo y ahorcan a quienes se atreven a manifestar su oposición a regímenes sanguinarios. Dictadorzuelos con las pecheras cargadas de medallas desfilan ufanos sobre las cabezas y los derechos de sus sometidos…

Permanece la herida de una madrugada de febrero. Por los cielos del mundo volvimos a escuchar el tango de Gardel: “…al grito de guerra los hombres se matan…” Otra vez una parte de la especie humana volvió a perder los atributos de personas y a aflorar los instintos salvajes de las bestias para manchar de sangre las tierras del mundo, sangre de inocentes que obedecen a la fuerza a paranoicos, so pena de ser encarcelados por los patriotas que no van a los campos de batalla. El final ya se sabe, los poderosos a salvo …y la viejecita de canas muy blancas se quedará muy sola con cinco medallas que por cinco héroes les premió la patria.

 Feliz salida de año y que la paz y la salud reinen en el que ya está a las puertas.

Puntualidad

Sucedió en un tiempo parecido al que refleja Miguel Delibes en su obra ‘Los santos inocentes”. Un pastor llegó de la majada al pueblo, convocado por el dueño de la finca, para tratar algunos asuntos. Se acercó en tres ocasiones a la casa del amo y la respuesta de la criada era cada vez que todavía estaba acostado. Cansado de tantas largas, y viendo que desperdiciaba la mañana, a la cuarta le dijo a la empleada: Pregúntale si le toca levantarse hoy o lo va a dejar para mañana.  Es por organizarme y no perder todo el día en idas y venidas.

Las personas que ostentan altos cargos y ocupan pico en las pirámides de las jerarquías tienen el privilegio que les otorga el protocolo de llegar los últimos a los actos oficiales.   Merced que también gozan por galantería las novias el día de su boda. Después están quienes, sin ser personas principales ni novias casamenteras, llegan siempre tarde a todos los actos a los que van. Ignoro si por afán de notoriedad o por una tendencia adictiva que no controlan.

Cuando las misas seguían el rito tridentino, en latín y de espaldas a la feligresía, una señora, de porte esbelto y espacioso caminar, llegaba a la celebración cuando el cura había leído ya la epístola y el evangelio y andaba por el ofertorio.  Las parroquianas más perspicaces deducían que lo hacía para lucirse. 

En la vida se dan situaciones, no obstante, en las que hay que aguardar, sin que se vislumbren soluciones inmediatas para remediarlo.

La espera de la amada, las citas médicas y algún viaje en tren por tierras extremeñas. Tres ejemplos para comprobar lo que escribió don Antonio Machado: ” El que espera, desespera/dice la voz popular. / ¡Qué verdad tan verdadera!”

Están también los imprevistos, que por excepcionales no hacen norma. Para evitarlos, en lo posible, es conveniente disponer de un margen y no ir con el tiempo pegado a los talones.

Personalmente, y perdonen que me cite, me pone de los nervios cuando tengo que llevar a algún familiar a coger un medio de transporte y salimos con los minutos ajustados. Prefiero esperar en el sitio de partida que ir con las pulsaciones y la tensión a punto de desborde.

He leído por ahí que la puntualidad es cortesía de reyes, deber de caballeros, hábito de gente de valor y costumbre de personas bien educadas.

 En el engranaje social la tardanza de un miembro provoca pérdida de tiempo a los demás y es una falta de consideración y de respeto, exigibles tanto a los que convocan como a los convocados.

Llegar antes de la hora no es ser impuntual, como sí lo es hacerlo pasada la hora convenida. En primer lugar, porque no se perjudica a los otros y, además, lo dijo Shakespeare, que era inglés: “Es mejor tres horas demasiado pronto que un minuto demasiado tarde”.

La lucha por la vida

Pasa la gente con prisas a gestionar sus obligaciones. Al trabajo, al banco, de médicos, de compras… Me entristece ver a un joven repartiendo propaganda por los buzones. A mensajeros presionados por la urgencia de la entrega. Un traje con corbata y un hombre dentro, preso de los balances comerciales y de las exigencias de las cuentas de resultados.

Un mundo de rivalidades en el que triunfa el empuje de los fuertes o la astucia de los pícaros, También los mejor preparados, pero no siempre sucede así. Para los débiles queda poco espacio. Si alguno desfallece, otro ocupará su puesto. Es la lucha por la vida, por integrarse en la sociedad. Cada uno a su manera. No todos con las mismas oportunidades ni fortuna. Son necesarios tesón y sacrificios para no quedar al borde del camino que lleva a la deseada estabilidad personal, económica y social.

Pío Baroja lo describe con crudeza en su trilogía ‘La lucha por la vida’ (‘La busca’, ‘Mala hierba’, ‘Aurora roja’) a través del protagonista, Manuel Alcázar, en las distintas etapas de su vida. 

Dejados atrás los cómodos años de la infancia, con mesa puesta y cama hecha, la adolescencia es el otero desde el que se vislumbra el campo de batalla. La edad de volar del nido buscando la independencia y la forma de incorporarse al mundo del trabajo.

Salvo los privilegiados por la suerte o por herencias cuantiosas, los demás tienen que esforzarse por conseguir una posición que al menos les permita disponer de cobijo y sustento.

En tiempos pasados el bagaje para muchos fueron las cuatro reglas.  Los más avanzados, la de tres y los repartimientos proporcionales. Saber escribir a máquina era un galón. Según avanzaban los tiempos las exigencias fueron aumentando.

D. Carmelo Solís, eminente profesor de vasta formación, nos comentó un día en clase a principios de los años sesenta, que en Japón había personas con carreras universitarias que ejercían profesiones que no se correspondían con sus estudios. Que podías encontrarte a un abogado de taxista y que en España llegaría el día en que pasaría lo mismo.  No erró en su pronóstico. Hemos alcanzado a Japón en ese sentido.

Afortunadamente hoy la mayoría de los jóvenes estudia, pero, como contrapartida, tener carreras universitarias ya no es garantía de trabajo asegurado. Muchos tienen que optar por desempeñar cargos y empleos, tan dignos como los que más, pero de niveles no acordes con su formación.

Quien no tuvo dudas para la elección de profesión u oficio fue un niño de mi pueblo.  Le preguntó un señor, de los que por caudales y forma de vida llamaban señorito, que qué quería ser cuando fuese mayor. Se lo puso fácil a su lógica infantil: Yo quiero ser como usted, señorito. A lo que el sorprendido caballero, a quien cayó en gracia la ocurrencia, respondió: Pues tienes que darte prisa porque van quedando pocas plazas. 

 

 

Suicidios

 

En todas las épocas y en todos los lugares ha habido suicidios. Los medios para realizarlo han sido variados: veneno, horca, ahogamiento, disparo…La memoria conserva por su impacto en el ánimo huellas imperecederas.  Estremecen y despiertan la curiosidad morbosa por conocer los motivos y los detalles.

Conservo imágenes grabadas con aprensión en mi memoria. Unas botas y un bastón sobre el brocal de un pozo. El amigo con el que días antes tomaba copas.  Un disparo y gritos de auxilio rompiendo la tranquilidad de un anochecido de diciembre. Detalles reales o inventados por el impacto emocional circularon por el pueblo de esquina en esquina, de mentidero en mentidero. A los que aún éramos niños nos traspasó un rayo de angustia y las pesadillas afloraron con los sueños como amenazas fantasmales.

Tema incómodo y delicado sobre el que se anda descalzo sobre cristales afilados. Pero es necesario hacerlo para intentar cortar esta sangría que va en aumento. Dicen que un suicidio impacta emocionalmente en seis personas. Creo que son muchas más. En 2020 perecieron por este motivo 2.930 hombres y 1.011 mujeres. Además, siete niños y siete niñas.

Trescientos noventa y nueve años antes del nacimiento de Cristo el filósofo griego Sócrates fue condenado a muerte por no renunciar a sus ideas y pervertir a los jóvenes con ellas. Le propusieron renuncia o suicidio. Eligió esta última opción.

Muchos años después, en el 65 después de Cristo, en la antigua Roma, el filósofo de origen cordobés, Lucio Anneo Séneca, fue acusado de participar en una conjura contra Nerón. También se le enseñó el camino de salida.  Se suicidó cortándose las venas en un baño de agua caliente. 

Hubo en tiempos del Romanticismo una cierta atracción por el suicidio. ‘Las penas del joven Werther’, obra de Wolfgang Goethe contribuyó por imitación a ello. En algunos países prohibieron su distribución. En España la muerte de Mariano José de Larra de un tiro fue un referente. 

Tomás Martín Tamayo, gran estudioso y conocedor de la obra de Felipe Trigo, narra en un excelente artículo publicado con motivo de los ciento cincuenta años del nacimiento del escritor, cómo fue su suicidio, aportando detalles escalofriantes. En una carta, el autor de ‘El médico rural’, se despide de su familia y justifica los motivos por los que lo hace.

De las variadas causas que llevan a algunas personas a tomar esta irreparable decisión me aterran las provocadas por acoso y las de las personas hundidas anímicamente.  Si son niños o adolescentes son una puñalada a todas las conciencias. Siempre, un portazo airado que llena de remordimientos a los más cercanos. ¿Qué hicimos mal? ¿Qué deberíamos haber hecho?

Hay que intentar eliminar los motivos. Buscar ayuda. Existe un número de teléfono, el 024, disponible para ello.  Ponerse en el lugar de quienes no encuentran otras soluciones, no siendo la muerte ninguna de ellas.  Mientras sigan sucediendo, el engranaje social chirriará alarmantemente.

Conversar

Se charlaba en las fraguas al son del macho en el yunque y del crepitar de la reja en el agua. En las zapaterías, al ritmo de puntadas de lezna y cabo untado con cerote y en las carpinterías a manos de garlopa y pie de rey. Ya no existen.

Quedan resolanas y parques para dar rienda suelta a la palabra y buscar compañía, pero falta gente y sobran prisas. Solo los jubilados han echado el freno a los apremios. ¿Para qué llegar tan pronto de dónde no has de volver luego?

Muchas casas tienen un solo morador. Cuando se echa la noche encima los cerrojos levantan lindes entre la soledad y la calle. Largas veladas a solas. Pero es imprescindible conversar con los demás para que la salud mental no se enroque en las lianas de los malos pensamientos, para drenar preocupaciones que se alimentan con el tictac del reloj en las estancias vacías.  Compartir conversación no es escuchar a tertulianos en la radio o en la televisión.

Verse cara a cara, aunque solo sea para cambiar impresiones sobre el tiempo, saber que las dolencias que se sufren son las mismas que sufre el vecino de enfrente y que le va bien con ese tratamiento. Tener las mismas sensaciones de alegría o de tristeza ante parecidas situaciones ayuda y anima. Un amigo que había pasado por una fuerte depresión me dio un consejo: si alguna vez te pasa, no te encierres. Sal fuera y habla con la gente.

El neurólogo Mariano Sigman dice que “la soledad es tóxica” y que “tener con quien hablar es un enorme paracaídas para la salud”.

Tuve un tío abuelo que fue un gran conversador. Y tranquilo.  Era cartero cuando llegaban al pueblo solo tres periódicos a los tres o cuatro días de editados y que él repartía para sendos suscriptores.

 Algunas veces el alba sorprendió a él y a su amigo Perico charlando en medio de la calle. Venían de regreso a casa haciendo escala de trecho en trecho. Paraban, echaban un cigarro y seguían con la conversación.

Coincidimos un año en la recolección de la aceituna de verdeo. La cuadrilla alrededor del olivo es buen lugar para las tertulias, sin dejar la labor. Relataba historias que los jóvenes no conocíamos, como la de los dos salones de baile que hubo en el pueblo durante la república, uno para los de derecha y otro para los de izquierda. 

Fue a vaciar la espuerta de aceitunas al remolque. Cuando regresó, después de echar un cigarro en el camino y algo de charla con el manijero, el resto de la cuadrilla ya estaba en otros temas, pero él, después de dejar que termináramos, reanudó el que había interrumpido con un … “pues como os iba diciendo”. Tal vez, sin saber quién era Fray Luis de León, intuía que hay puentes de palabras que unen pasado con presente.

De dones y otros títulos

 

Parece ser que a doña Elena de Borbón no le ha gustado que una periodista se dirigiera a ella sin anteponer el calificativo de doña.

En la Edad Media este tratamiento era privativo de reyes, parientes reales y altas dignidades de la iglesia. Según el historiador toledano Pedro Salazar Mendoza (1549-1629) no era permitido nada más que “a los reyes, infantes y prelados”.  Poco a poco fue extendiéndose a otros sectores sociales de alta gama. Se convirtió en hereditario y había que tributar por él.

Cuando obtuvimos el título de Bachiller Elemental nos dijo un profesor que ya teníamos derecho a que nos llamasen de don, con lo que entroncábamos con la noble tradición romana de los ‘dominus’, de donde procede el vocablo. Pero en esas edades casi imberbes no nos distinguían con tal privilegio. Cuando algún docente lo hacía era más preludio de bronca que atributo honorífico o señal de respeto.

Somos un país de títulos y entorchados, de insignias y distinciones donde las palabras antepuestas a los nombres distinguen, seleccionan y dan brillo y esplendor. En muchos casos trazan lindes y barreras y en otros son muestras de consideración.  En mi pueblo, por ejemplo, anteponemos el de ‘tío’ cuando nos dirigimos o referimos a personas mayores. No tiene nada que ver con parentesco ni con compadreo, sino que es una señal de estima.

Existen tratamientos que van ligados al cargo que se ostenta. Cuando teníamos que redactar una instancia, debíamos cursarla con el que correspondía a quien dirigíamos la petición. Hay un variado surtido que va de alteza al don, pasando por excelentísimos e ilustrísimos.  Hartos estamos de escuchar en las Cortes el de señoría y en menor medida el de honorable, quedando muchas veces en evidencia que tales denominaciones les quedan sobradas a quienes deberían ser ejemplos de honor y señorío.

Curiosos son los usos de señor y señora. El femenino se utiliza para las mujeres casadas o viudas. Señorita, para la mujer soltera. Sin embargo, el de señor no distingue estados civiles.

Sin caducar aún los de señorito y señorita, con el significado de personas de notable hacienda en ámbitos rurales. Tampoco tiene que ver en este caso con el estado civil, sino con quienes ejercieron durante siglos dominio sobre territorios y sus moradores. Hoy se considera como un agravio, pero hay todavía quienes lo reclaman como tratamiento.

Curioso también que los niños pequeños llamen ‘seño’ o señorita a su maestra y no le digan señorito a su maestro.

La literatura atribuye el don a quien “da y quita decoro y quebranta cualquier foro”. Don Francisco de Quevedo lo inmortalizó en estos versos: ‘poderoso caballero es don Dinero”. Y Fernán Caballero en este ingenioso epigrama: “Es el Don de aquel hidalgo/ como el Don del algodón/ que no puede tener Don/ sin tener antes el algo.” Lo que recoge el sabio refranero, que no hay don sin ‘din’.

Asilos y residencias

 

 

 

 

Las personas mayores envejecían en sus casas cuidadas por sus hijos. Principalmente eran las mujeres las que cargaban con esta responsabilidad.

Llevaban estas en el reverso del carnet de identidad las siglas S.L. que las anclaban a sus labores, como si fuera una obligación exclusiva de su condición femenina. Deberes que la costumbre y la sesgada educación imperante les imponían. Sus Labores. El determinante posesivo ‘sus’, ambivalente y equívoco, abarcaba a lo propio y a lo ajeno. Sus, de ellas y de ellos.

Pero no está bien generalizar y no hacer mención de casos de varones, como el del amigo que dejó su trabajo antes de la edad de jubilación para poder atender a su padre. Me recordaba un paisano hace unos días que él y sus hermanos están haciendo ahora con su madre lo que ella hacía con ellos cuando visitaba sus habitaciones antes de retirarse a descansar. Comprueban que todo está en orden y que se ha tomado las últimas medicinas del día.

Hace años ingresar en un asilo a un padre o una madre originaba un cargo de conciencia a los hijos. Era como abandonarlos en la última fase de sus vidas. Fundamentalmente el amor, pero también el remordimiento que ello suponía y la reprobación social de los vecinos, hacían que no se tomara esa decisión. No estaba bien visto.

En estas instituciones acogían a quienes no tenían parientes que los atendieran y a personas con pocos recursos, como aquellos pobres con el título de solemnidad grabado en sus pómulos prominentes. Desconozco el funcionamiento de cada uno de estos centros, el trato que recibía cada interno y la eficacia de quienes se encargaban de su gestión. Por eso, ni juzgo ni generalizo. Lo que sí sé, por lo antedicho, es que no era la opción preferente para las familias.

Pero el tiempo muda usos y costumbres. “Tiempo, que todo lo mudas, /tú, que con las horas breves/lo que nos diste, nos quitas, /lo que llevaste, nos vuelves”, escribió don Francisco de Quevedo.

Las mujeres trabajan fuera de sus casas en oficios y profesiones. 

¿Quién cuida entonces a los ascendientes?

Un considerable número de cuidadoras, muchas de ellas inmigrantes, han encontrado trabajo atendiendo a personas mayores. Pasean sus soledades (otra vez el ‘sus’ ambivalente) por las calles de nuestros pueblos y ciudades. Las administraciones aportan ayudas por horas, centros de día y de noche, servicio de comida a domicilio, tele asistencia…

Se precisan residencias que sean parecidas a un hogar, que se pueda entrar y salir de ellas y que estén cerca de donde se vive. Noticias como la de las hormigas recorriendo el cuerpo de una anciana en Portugal no ayudan al optimismo. Esperemos que sean casos puntuales, pero si acuden, que sean de las aladas, esas que levantan vuelo con las primeras lluvias del otoño y que nos saquen de paseo por las auras templadas del mediodía.

Buena gente

He venido a Sevilla y aprovecho para sacar en la estación de trenes de Santa Justa el llamado bono recurrente.  Hay una larga fila y dos ventanillas habilitadas para tal fin. Podía haberlo hecho en Llerena si la máquina expendedora funcionase, pero lleva tiempo averiada y, a pesar de las reclamaciones que han realizado algunos usuarios, sigue en un rincón, ‘silenciosa y cubierta de polvo’, esperando que la mano diestra de un técnico la despierte de la inacción y cumpla las funciones para las que fue diseñada.

Pregunto a una señora que está en último lugar con su hija si esa es la fila para tal menester. Me lo confirma.  Al terminar la breve conversación me dijo: Es usted extremeño. Sorprendido me miro el vestuario que llevo por si hay algún signo que delate mi origen. Ni banderitas ni pin. Lo he notado por el acento, me dijo.  Yo soy de Fuente de Cantos y llevo en Sevilla mucho tiempo.  Casi lo estoy perdiendo, pero lo reconozco enseguida cuando oigo hablar a los de allí. Le digo que yo vivo en Llerena y entablamos conversación. Me agrada encontrarme con ella porque cuando se está lejos, el paisanaje no se circunscribe a una localidad, sino que se extiende a zonas más amplias.

En esas estamos cuando llega un hombre mayor con cara de despiste y agobio por ignorancia técnica y burocrática sobre los trámites que debe seguir para obtener un billete de cercanías que lo traslade a Dos Hermanas. Tiene usted que sacar un número en una de esas máquinas y esperar a que salga en los paneles que los van anunciando. También le indicará la ventanilla a la que tiene que dirigirse. El hombre, que tiene pinta de haber visto más liebres en la cama que pantallas de ordenador, las mira como quien contempla un portalito de Belén. La señora de Fuente de Cantos al verlo dudar se acerca y le realiza el trámite. El buen señor, con el tique en la mano, no aparta la vista de los indicadores luminosos.  Comprobado su apuro, la paisana anota su número y cuando sale lo avisa diciéndole a la ventanilla a la que tiene que dirigirse.

En un programa de televisión con cámara oculta dos actrices, representan a una cajera y a una madre a la que no le llegaba el dinero para pagar los pañales y la leche de su hijo pequeño. Unos clientes que estaban en la cola se ofrecen a pagar lo que le falta. Alguno se encara con la fingida empleada por la falta de respeto que muestra hacia ella.  

 Buen corazón. Queda buena gente   todavía. Personas corrientes que no originan titulares en los medios de comunicación, pero que están ahí, en el tejido social. Son como lubricante para la convivencia. Sin púlpitos, tribunas ni poses de campaña electoral. Hacen el mundo más habitable, más humano. Gracias por el ejemplo.