Siega y silos

He leído que los silos son las catedrales del campo. Así parece cuando viajando por las carreteras de España aparecen en el horizonte tan peculiares edificios. Esa imagen me lleva a otra que José Ortega y Gasset describe con exquisita prosa: “…allá lejos navega entre trigos amarillos la catedral de Segovia, como un enorme transatlántico místico…”.
El mar y la tierra comparten imágenes y metáforas. ¿Quién no ha asociado el ondulante movimiento de las espigas con las olas del mar?
Pero vayamos al grano. Los silos se construyeron durante la dictadura de Franco con el fin de comprar y almacenar toda la producción de trigo y disponer de una reserva nacional para garantizar el consumo. Hasta el año 1984 el mercado del trigo funcionó como un monopolio estatal con intervención de precios.
 Al final del periodo había en España 663 silos y 275 graneros. Dependieron de organismos conocidos por sus siglas, desde el originario SNT (Servicio Nacional del Trigo), pasando por el SNC (Servicio Nacional de Cereales), el SENPA (Servicio Español de Productos Agrarios), para terminar en el FEGA (Fondo Español de Garantía Agraria).
El fin del monopolio del trigo por parte del Estado y el ingreso en la CEE supusieron un cambio radical en el destino de estas construcciones y en el sistema que regulaba los precios de los cereales. De los silos existentes, 141 quedaron bajo administración estatal. El resto fue transferido a las Comunidades Autónomas. Algunos pasaron a instituciones y empresas privadas o a cooperativas agrarias. Otros están bastante descuidados en su conservación.  Los agricultores echan de menos la fijación de unos precios mínimos que hagan sostenible la producción de cereales y eviten el progresivo empobrecimiento del campo.
Estamos ahora en tiempo de siega. Las siembras aguantaron verdes hasta mediados de mayo y de ahí en una maduración acelerada tornaron a tonos dorados, inclinadas las espigas ricas en fruto a tierra y empinadas y tiesas las vanas, como recoge la fábula de Juan Eugenio de Hartzenbusch con su moraleja que sigue tan vigente.
La siega va dejando los campos de rastrojos. ¡Qué distinta la de ahora a la de entonces! ¡Cuántas fatigas! Sombrero de paja, pañuelo al cuello y en la mano la hoz, media luna negra, y el sol, como plomo ardiente, cayendo sobre las espaldas.  A ritmo del arco de las brazadas formaban gavillas y haces.
Después de la recolección llega el ganado a las rastrojeras. Eran entonces abundantes, aun después de recoger la paja con los carros. No se apuraba tanto. Ahora después de pasar las empacadoras quedan como cara de barbilampiño adolescente. Tampoco recorren las hazas las espigadoras, plasmadas magistralmente en el cuadro de Monet, en busca de restos de espigas caídas en la tierra después de la recolección.
Ahí siguen, como la puerta de Alcalá, los silos, viendo pasar el tiempo y el grano con el mismo traje de hace más de cuarenta años.

Armonía

Las amapolas son la espuma roja
de las olas del mar de los trigales.
Los senderos, corrientes naturales
que el corazón de la dehesa aloja.
El mismo viento que en la mar arroja
bajeles al abismo en temporales
furiosamente azota matorrales
y al tronco de sus ramas lo despoja.
Islas son los pequeños pegujales,
las espigas dobladas, mar rizada
que acaricia la brisa de poniente.
Tierra y mar, tan opuestos, pero iguales
en la bella armonía no captada
que rige el universo desde siempre.

Solsticio de verano

El sol sube y baja en la noria de las estaciones. Está otra vez encaramado en lo alto, en el solsticio de verano desde donde se divisan tan prolongados y bellos crepúsculos que casi se dan la mano, atardeceres y amanecidas por las espaldas de los montes.
Las celebraciones por este motivo tienen sus raíces en tradiciones ancestrales.  La naturaleza era el dios que se manifestaba al mundo con sus fenómenos atmosféricos y astronómicos.  Se desconocían las causas que los producían y se recurría a la magia y a la fantasía para explicarlos.
Las hogueras se hacían para que el sol retardara su irremediable declinación hacia el solsticio de invierno, allá en las antípodas, hundido en las profundidades de largas noches.
José María Domínguez Moreno tiene publicado un trabajo, ‘La noche de san Juan en la Alta Extremadura’ en el que relata las tradiciones de Ahigal por estas fechas. Habla del ‘zajumeriu’.  Hacían manojos de tomillo que colocaban en las puertas de las casas. El que habían cortado el día anterior al Corpus y esparcido por sus calles para el paso de la procesión.  La más vieja de cada familia le prendía fuego después de humedecerlo con agua para que su aroma y humo se expandiera por todo el pueblo. Los vecinos saltaban sobre estas pequeñas hogueras. En cada salto recitaban unos versos: “Por aquí pasó san Juan, /yo no lo vi. /Sarna en ti, /salud en mí. /Sarna en un papel, / salud pa tío Miguel” El nombre de papel se va sustituyendo por otras palabras que rimen con los de las personas que saltarán a continuación.
Las cenizas resultantes de las hogueras se echaban al día siguiente por los huertos del pueblo.
También en Cilleros, como cuenta José Luis Rodríguez Plasencia en sus ‘Apuntes de etnografía’, se celebraban ritos parecidos, quemando tomillo y romero. Después acudían los vecinos a lavarse a una alberca antes del amanecer para prevenir enfermedades cutáneas. “Esta noche con la luna/y mañana con el sol/iremos por la laguna/a coger peces de amor”.
Otras leyendas proceden de la época musulmana, como las de las ‘Encantadas’, cuya protagonista suele ser una mora que aparece en la mañana de san Juan o en otra fecha, como la ‘Cantamora’ de Usagre en la fuente de la Luná, que lo hace la noche de san Blas.
El agua, el fuego, las hierbas aromáticas, la magia y las supersticiones son componentes básicos de estas celebraciones, que también se asocian a la fertilidad. “San Juan y la Magdalena/fueron a robar melones/y en la mitad del camino/ por huir del alguacil/san Juan perdió los calzones/la Magdalena el mandil”
Yo quise comprobar si era verdad que en la mañana de san Juan el sol bailaba al salir, pero por algún motivo ese año no estuvo bailador, aunque yo, para no decepcionar a quien con tanta insistencia me invitó, dije que sí, que lo había visto danzar.

Sastres

 

 

 

 

‘El sastre de mi pueblo’, Carlos Alberto González

Quedan muy pocos sastres, esos artesanos de cinta métrica al cuello, jaboncillo azul en mano, solapa llena de alfileres, tijeras, aguja y dedal han ido desapareciendo con los nuevos usos y costumbres. La crisis económica también les ha afectado. Hacerse hoy un traje a medida con buen paño, es caro, pero no tanto si se tiene en cuenta la calidad y duración de su obra. Un terno de sastre tiene marchamo de calidad y vocación de permanencia.  Mientras el cuerpo no invada los predios vecinos, reservados a los excesos de volumen, el traje aguanta las embestidas del tiempo y por su versatilidad lo mismo sirve para un duelo que para una boda.  Incluso con capacidad de adaptación para los descendientes, si el caso fuera, con un nuevo pase por sastrería.

Un buen sastre tarda años en formarse. Tiene que pasar por las etapas de aprendiz y oficial para conseguir finalmente la maestría, como todos los oficios artesanos. Aprenden a medir, cortar y probar y sobre una mesa extensa y plana a ajustar pespuntes y dejar el toque personal de su estilo.

El sastre adecúa la tela al cuerpo del cliente, disimula chepas, oculta sobrepeso y realza el tipo.  Ahí está la mano del artista. Los más afamados dieron el salto hacia el diseño y se hicieron modistos de alta escuela, pero el grueso del pelotón ha ido desapareciendo. Los que quedan intentan adaptarse y sobrevivir.

 

 

 

 

 

 

 

 

De muy joven recuerdo haber oído las excelencias de algunos de ellos por esta zona, como Fidel Martín en Berlanga y Germán Martínez en Llerena.

Un chascarrillo para rematar. En una ocasión llegó un señor algo ignorante y poco versado en modas a una sastrería para que le confeccionaran un traje. Su cuerpo no presentaba ninguna anomalía física que obligara al sastre a hacer filigranas para disimularlas. No debía de andar muy rodado aún el alfayate porque cada vez que el cliente iba a probarse le hacía forzar posturas. Levante usted un poco la pierna, saque el brazo, doble un poco la espalda… Tal, que el buen hombre hubo de ejercer más de contorsionista que de paciente maniquí. El costurero en lugar de acomodar el tejido al cuerpo lo forzaba a adaptarse a las pifias que iba cometiendo. El cándido señor, confiado en el buen hacer del sastre, aunque él no entendiera bien su proceder, callaba y obedecía sus indicaciones.  Por fin salió a la calle con su traje nuevo. Como no se había visto en su vida en otra semejante pensó que así debería ser, aunque él se sintiera algo forzado. En realidad, iba hecho un adefesio, pero hete aquí que dos señores que lo vieron caminar por la acera de enfrente se pararon asombrados y dándole el uno al otro con el codo le hizo el siguiente comentario: “Hay que ver lo mal hecho que está el tío y lo bien que le sienta el traje”.

Corona de laurel

 

A lo lejos, la gloria de la cima.

¿Cuántos recodos quedan al sendero?

¿Cuánto peligro acecha traicionero

antes que la congoja el pecho oprima?

 

El justo premio a tanto esfuerzo anima,

hace nuestro penar más llevadero,

el andar, con tal fin, asaz ligero

y el ánimo exultante con la estima.

 

Así vamos, etapa tras etapa,

un poco más allá, como que escapa

al inmediato alcance nuestra meta

 

por afán de tenerla ya completa,

mas, por mucho que tarden nuestras mieles,

coronarán las testas de laureles.

Piscinas

Las autoridades locales de ciertos pueblos han decidido no abrir este año las piscinas públicas para prevenir posibles rebrotes de la pandemia. Pero no os quejéis, jóvenes, hubo tiempos pasados que sin ellas nos las ingeniábamos para refrescarnos en verano.
Por aquí no había piscinas con azulados fondos todavía. Nos bañábamos en las albercas, en las canteras, en las minas abandonadas y en los ríos. Por esta zona en que vivo, en los charcos que el verano quedaba cortados en el arroyo de la Corbacha, aprendiz de río en invierno y casi regajo en el estiaje, afluente del Matachel, que hoy a duras penas surte al pantano que nos abastece.
Nuestros baños tenían escoltas de juncias, adelfas, juncos y eneas. Y acompañamiento de peces, ranas y otras especies de la fauna, rica entonces, hoy mermada.  Algunas veces echábamos el día completo en sus riberas entre zambullidas y capturas.
Quedó una hondonada de la extracción de áridos con los que obtenían almendrilla para el tramo de la carretera N-432, entre Llerena y Ahillones.  Desde lejos oíamos los barrenos que utilizaban para volar las rocas. Algunas tardes acompañado de mi padre los observábamos desde un cerro cercano. A esa oquedad la llamamos La Cantera. Se llenó de agua. Allí se bañaban los más osados. A mí me daba miedo la zona más oscura y profunda. Desde una piedra de la orilla se lanzaban los mayores. Un día alguien sacó un tritón parduzco de ojos saltones que llamábamos marrajo. Se acabaron los baños en ese lugar para un servidor.
Cuando en algunos pueblos cercanos abrieron piscinas íbamos los domingos a bañarnos, siempre que hubiera alguien con coche que nos llevara. Sin cremas ni mejunjes para protegernos pasábamos del rojo al negro durante el verano, previo pelado de la piel de hombros, nariz y espaldas. Tan ignorantes éramos que alardeábamos de que el sol hubiese dejado su huella a tiras en nuestro cuerpo. Una credencial de idiotas.
También nos bañábamos en albercas que tenían los amigos en el campo con agua fresca de las norias bajo la sombra frondosa de un nogal. A mí me gustaba a la caída de la tarde cuando el agua estaba más caliente. Recuerdo una noche de junio.
Mi cuerpo al lanzarme quebraba la luna reflejada en la superficie azabache. Sus reflejos flotaban como corchos entre las pequeñas olas que mi salto había provocado. Rodeado de una espesa madreselva llegaba el olor intenso de las flores de la dama de la noche que crecía en una tinaja roja del rincón del patio. Las ranas sorprendidas saltaban del nenúfar al agua oscura.
Del campo cercano llegaban bocanadas tibias con olores de las mieses recién segadas.  El hortelano de una huerta próxima había terminado de llenar las acequias entre los canteros.  El horizonte tenía aún matices rosas y violetas que el grillo con pespuntes negros lentamente enhebraba para dar paso a las estrellas. 

Prensa y censura

Fueron retorcidos en el lenguaje los que idearon la frase del ‘contubernio de Múnich’ para desacreditar a sus adversarios políticos. La primera vez que la escuché me sonó a receta de cocina, a guiso de tubérculos a la alemana. Sobrepasaba mis entendederas entonces y tuvo que pasar bastante tiempo para que pudiese entender que se refería a una reunión de opositores a la dictadura de Franco que se celebró en dicha ciudad en el mes de junio de 1962.  En opinión del régimen, y atendiendo al significado de la palabreja, había sido una cohabitación ilícita, una traición que había quedado en mal lugar al marido agraviado.
En aquellos tiempos no existía forma de obtener una información digna de crédito para la mayoría de los ciudadanos. Se divulgaba lo que interesaba que se supiese. Lo demás se callaba.  Las noticias que procedían del interior estaban filtradas y manipuladas por la censura y las que llegaban de fuera lo hacían con interferencias a través de la Pirenaica.
No sin grandes dificultades, debido a secuestros, multas y cierres, la luz fue abriéndose camino. En muchas ocasiones se tenía que unir al ingenio del periodista la perspicacia del lector para descubrir el mensaje. Había que leer entre líneas.
El humor era una válvula de escape para la crítica. Antonio Mingote fue llamado a declarar por una viñeta en ABC en la que aparecía una botella de whisky con el texto: ‘Reserva espiritual de Occidente… con tapón irrellenable’.
‘Cambio marquesina vieja por persiana de segunda mano’. Este anuncio aparentemente inocuo fue publicado en la revista ‘La Codorniz’. El trasfondo era la visita que el Sha de Persia y su esposa Soraya realizaron a Madrid y en la que el Marqués de Villaverde hizo de cicerone. Esta revista, fundada por Miguel Mihura en el año 1941, conoció su mayor difusión bajo la dirección de Álvaro de Laiglesia. Colaboraron en ella la flor y nata de los humoristas: Tono, Mingote, Mena, Chumy Chúmez, Forges, Máximo, Gila…
Hasta el diario ‘ABC’ fue secuestrado por un artículo de Luis María Ansón en su tercera página: ‘La Monarquía de todos’.
El periódico ‘Madrid’, en la órbita del Opus Dei, también fue secuestrado varias veces. La primera de ellas por un artículo de Rafael Calvo Serer, titulado ’Retirarse a tiempo. No al general De Gaulle’.
En los años sesenta y setenta comenzó a cambiar el panorama. El diario vespertino ‘Informaciones’ con la dirección de Jesús de la Serna y la subdirección de Juan Luis Cebrián, las revistas Cambio 16, Triunfo, Sábado Gráfico empezaron a aportar una visión más diversa de la realidad.
En tiempo de posverdades, manipulaciones, informaciones opuestas sobre un mismo hecho y fanatismo  son necesarios el juicio sereno y el análisis crítico. Entre los tiempos oscuros de la censura y los turbios de ahora hay una zona intermedia, donde está este periódico, para la información veraz y la opinión ecuánime.

Evaluaciones

Puestos ya los pies en polvorosa, este mes de mayo enfila el último fin de semana de su existencia. Desaparecerá del calendario, caduco ya de horas y crepúsculos, dejando una estela de incertidumbre sobre el porvenir de sus sucesores. No lo olvidaremos, como tampoco a sus antecesores que con cielo pardo y fecunda lluvia lo vistieron con sus mejores galas, a pesar de los indeseables huéspedes que impidieron romerías, bodas y despedidas. Y también interrumpieron la actividad académica.

Andan ahora maestros y profesores calificando a distancia a sus alumnos, con la división de opiniones derivada de las peculiaridades de cada Comunidad Autónoma. Algunas vinculan el disentir con una reafirmación de su idiosincrasia.

La suspensión de la docencia directa ha obligado a las autoridades educativas a improvisar y regular los métodos y medios con los que evaluar este tercer trimestre del curso, lo que ha provocado al principio desconcierto y confusión entre padres alumnos y profesores.

Tienen de base para hacerlo los dos primeros trimestres y eso hace menos imprevisibles los resultados, pero es complicado evaluar sin saber quién está haciendo los deberes que se han encomendado al otro lado del terminal.

En mis tiempos de estudiante por esta zona del sur de Extremadura, como por la mayor parte de la región, no había todavía institutos nacionales de bachillerato, así que teníamos que desplazarnos al Zurbarán de Badajoz para realizar los exámenes.  Podías ir por libre, a cuerpo limpio, a jugarte a una carta un año de trabajo o estudiar en un colegio de pago, lo que desgraciadamente no estaba al alcance de la mayoría. Los exámenes de las reválidas al final de cuarto y sexto curso debían realizarse en un centro oficial. Surgieron entonces los que en la terminología administrativa de la época denominaban colegios libres adoptados. Preparaban a sus alumnos y los avalaban en estos exámenes de grado y en los de los cursos de bachillerato para los que no estaban reconocidos.

Por estas fechas cercanas a las fiestas de san Fernando, que se celebran en la Barriada de la Estación, llegamos la primera vez al edificio de la Avenida de Huelva, temerosos ante lo desconocido. Después no fue para tanto. Había un buen plantel de profesores para corregir y llegamos bien preparados.

Quedan en la nebulosa del recuerdo algunos nombres de aquel tiempo. Diego Algaba con la maestría de su evocadora prosa retrató a dos de ellos sentados en la terraza del bar La Marina. Eran Enrique Segura y Ricardo Puente.

Me reconoció y saludé a don Carmelo Solís, una de las personas más cultas de las que tuve la suerte de ser alumno.

Después de los exámenes queda el poso de lo que se asimila, olvidado lo accesorio. Lo que pasa a formar parte de tu formación y cultura. Aprender a aprender es más importante que conocer el nombre de un mineral o el afluente de un río.

Únicos e irrepetibles

Cuando unos padres nos muestran a su hijo recién nacido lo primero que hacemos, después de piropearlo por su guapura y monería, es buscarle parecido con alguien de la familia. Para no quedar mal con ninguna rama distribuimos semejanzas a las dos partes. La barbilla es de tal, pero los ojos son vuestros.
Ahí está un nuevo ser presentando sus cartas credenciales a la vida. De momento lo avala solo la genética heredada. Vendrán después otras variables, que lo irán conformando a lo largo de su existencia.
Cuando vaya creciendo empezarán a manifestarse sus aptitudes y sus carencias. El cincel de sus vivencias, placenteras unas, desagradables otras, irá completando su personalidad. Las dos castas intentarán atribuirse las virtudes, dejando las más problemáticas para la otra parte. ¡A quién habrá salido este niño?, exclamará la madre, es un decir con viceversa, mientras   mira con el rabillo del ojo al cónyuge.
He vuelto a ver estos días la serie ‘La forja de un rebelde’, autobiografía del escritor Arturo Barea, nacido en Badajoz en 1897 y muerto en el exilio inglés en 1957. Entre esas dos fechas sucedieron la guerra de Marruecos y la civil española con todas las calamidades que ocasionaron. Su vida y las de quienes las padecieron no hubiesen sido las mismas sin haberlas vivido.
¿Estamos predeterminados por nuestros genes o somos producto del ambiente en el que nos desenvolvemos?
Cada uno de nosotros es el resultado de tres confluencias que hacen que seamos únicos e irrepetibles: la herencia genética, el ambiente compartido y el exclusivo de cada uno.
Matt Ridley, autor de la obra ‘Genoma’, sostiene que aproximadamente el 50% de nuestra forma de ser es genético. El 25% está influido por el ambiente compartido y el otro 25% lo es por factores ambientales no compartidos, o sea, las vivencias personales exclusivas.
Se han analizado casos de gemelos separados al nacer y criados en familias diferentes. Parejas de recién nacidos sin parentesco entre sí, adoptados por la misma familia y gemelos criados en idéntica familia, donde solo el ambiente exclusivo (distintos amigos, distintas lecturas, distintas experiencias…) marca claramente las diferencias.
No hay dos personas iguales. Ni los gemelos univitelinos lo son. El genetista Shiva Singh tras analizar cerca de un millón de marcadores de gemelos, señala que el 12% de aquellos puede variar. Las células se multiplican y diferencian al desarrollarse y pueden perder o adquirir ADN adicional. O sea, que el genoma no es estático.
Por eso cuando muere alguien desaparece un ser único e irrepetible que merece el máximo respeto porque se va con él una singularidad que no volverá a repetirse jamás. La generación que padeció los malos tiempos de la posguerra y ahora está sufriendo bajas por la pandemia del COVID-19 lo merece, aunque su ciclo vital esté en el último trecho del camino. Gracias a su trabajo y sacrificios pudimos alcanzar el bienestar que disfrutamos hoy.

Abuela

Tengo guardadas entre las páginas de la memoria algunas tardes disecadas. En ellas he encontrado a un niño sentado en la puerta de su abuela comiendo un trozo de pan con chocolate, el tupé recién peinado, pantalones cortos con tirantes y unos ojos como esponjas empapándose de cuanto acontecía a su alrededor.
Me llevaba mi padre a visitarla siendo yo muy pequeño. Se sentaba en la sala que daba al corral por donde penetraba el sol dorado del atardecer que lucía sobre las baldosas rojas, haciendo frontera luminosa de dos espacios en penumbra. Allí tenía la abuela la costumbre de llenar sus recuerdos de costuras y artísticas labores de bordado sobre la luna llena de su bastidor.
Con un moño coronado por una pequeña peineta recogía su cabello blanco y dejaba al descubierto una amplia frente surcada por arrugas. De vez en cuando levantaba su cabeza y miraba por lo alto de sus gafas el reloj que había al fondo de la estancia. Y suspiraba. Sin su cuerpo, ahí está su silla de enea y un me voy, abuela, dejado cariñoso en la mejilla.
En un rincón del corral había un tinajón rojo y panzudo.  En él quedaron y aún resuenan las voces y los ecos de una canción infantil: “Mañana domingo se casa Respingo con una mujer que no tiene manos y sabe coser”.
Nos íbamos después a la puerta falsa, la que da al ejido, al campo abierto hacia el poniente.
Sentados en las piedras que había junto a la pared contemplábamos a sol vencido las faenas de las eras. El acarreo de las mieses. La trilla, la limpia del grano lanzado a paladas, la criba para separar granzas del fruto, el llenado de costales con cuartillas y el regreso de los campesinos a sus casas cuando el lucero destacaba ya punzante en un cielo azul violeta. Al fondo, el largo y rojizo crepúsculo de las tardes de verano.
Por el poniente asomaban las señales de los cambios de tiempo. El lenguaje de los vientos y las nubes, escuderos de temporales y de secas. Las ‘revolás’, las marañas, las bardas paralelas a la sierra…  Del suroeste, en dirección a Fuente del Arco, llegaba el pitido nítido del tren cuando soplaba el ábrego húmedo y templado.  A la derecha, siguiendo la loma de la sierra, el castillo de Reina, alcazaba de origen musulmán. Los restos de sus catorce torres albarranas son la corona en ruinas de un esplendor pasado que peinan los vientos que llegan del océano.
Me he acordado de mi abuela, que murió muy pronto, porque esta esta semana han permitido en la desescalada las visitas a los familiares.  Se habrán producido unos encuentros muy emotivos después de dos meses sin poder hacerlo. Qué difícil habrá sido renunciar a los besos teniéndose tan cerca, si es que se ha podido evitar el instinto del achuchón y los abrazos.