Para limpiar los sembrados de vallicos, cardos y otras malas hierbas, antes de que empezaran a envenenarnos con los herbicidas, se escardaba la sementera. Cuadrillas de labriegos, surco a surco, recorrían las hazas con zuelas o azadones para que los cereales crecieran sin estas malas compañías que ahogaban su desarrollo.
En las horas más tranquilas de las labores domésticas, las amas de casa o los abuelos se sentaban a separar en dos cestos colocados a diestra y siniestra los garbanzos de las granzas y de otros desechos que la labor de recolección había dejado entre las leguminosas.
Lo mismo se hacía con las lentejas. Para evitar que una china pusiera en peligro la integridad de dientes y muelas de los comensales, se extendían sobre el tapete de hule y con paciencia y tiento se iban purgando de tan incómodos huéspedes.
No había nada como estas sanas y antiguas costumbres para, sin dañar el medio ambiente, separar el grano de paja y morralla.
Quienes tienen poder y recta conciencia bien podían aplicar esos ejemplos a la besanas y labrantíos patrios, infestados de granujas que hurtan el bienestar de los demás y desvalorizan la noble labor del servicio público, antes que su daño sea irreparable o un viento racheado quede el mantel sin lentejas.
El maestro ponía la muestra en la pizarra sobre dos líneas paralelas que con una regla grande había trazado antes. Nosotros, los niños de entonces, la copiábamos en una hoja del cuaderno de dos rayas y hacíamos lo que se llamaba la plana. Pasábamos después por su mesa para que calificase con mal, regular, bien o muy bien el trabajo realizado.
Los lápices eran de Johann Sindel y los cuadernos de Balandro.¡Qué memoria caprichosa ésta, en lo que se fijaba! La goma de borrar siempre a mano para enmendar entuertos. Si el lápiz no señalaba bien se humedecía la punta de grafito en la lengua.
Vinieron después los pupitres bipersonales con dos agujeros donde se metían los tinteros de porcelana blanca. Cada mañana los llenaban de tinta. Mojábamos la plumilla y hacíamos nuestra plana de caligrafía. El secante para los goterones que a veces caían era una tiza que absorbía rápidamente, hasta que ruborizada de azul por nuestra torpeza debíamos cambiarla.
El Instituto Nacional de Educación de Islandia, país pionero en reformas y avances educativos, ha decidido que la caligrafía ya no formará parte del currículo escolar a partir del curso 2016-2017. Continuarán escribiendo a mano de forma obligatoria, pero con letra simplificada, separada, como la de la imprenta, como la de los periódicos o como esta que se ve aquí.
Lo que se va a dejar de practicar en las escuelas finlandesas es la letra ligada. Ellos sabrán, pero pienso que la buena caligrafía es un arte y una huella testimonial y personal para el futuro. A mí me emociona encontrarme un manuscrito de algún antepasado. Esos adornos arabescos con los que comienzan muchos escritos caligráficos y las curvas de grosor cambiante de los trazos de las letras son una gozada visual.
Lo importante, sea con letra de palo o ligada, es escribir a mano. Define la lateralizad y es el drenaje del corazón hacia el papel.
Desde la maldición bíblica que nos condenó al hombre y a la mujer, aunque aún no existía la costumbre de diferenciar masculino y femenino ni la grafía @ para unir los géneros, a comer el pan con el sudor de nuestra frente, hasta nuestros días, este alimento ha sufrido desde las más encendidas alabanzas hasta los más hirientes menosprecios y acusaciones de culpabilidad de obesidades.
Inalcanzable para muchas familias en tiempos de penurias, cuando costaba más un pan que una jornada de trabajo. Tiempos hubo en que se le daba un beso reverencial y agradecido si caía al suelo o se dejaba en una ventana para que otro lo aprovechara.
Formó parte de la niñez de los que hoy peinamos canas, acompañando con queso o chocolate, aceite y azúcar la merienda en las tardes de nuestra infancia. Era el rey de la mesa que los padres partían y repartían a todos los comensales.
Después lo degeneraron en forma de barras con vocación de chicle y prisas de ejecutivo. Tan poco se tarda en hacerlas como en convertirse en gomas elásticas.
Ahora vuelven a ponerlo de moda en las llamadas boutiques del pan, a vestirlo de pijo en tiendas exclusivas, acicalado con aditamentos y relleno de pasas, nueces o hierbas aromáticas.Bien para los que les guste, pero el pan no necesita tanto para estar bueno, sólo buenas materias primas maduradas al sol y a los aires morenos de nuestra tierra y tiempo adecuado de cocción en el horno.
Las fragancias del jazmín, que el descuido embraveció, penetran desde el patio cubierto de hierbajos hasta las estancias vacías de la casa abandonada. El aire huele a viejo, a ausencias disecadas por el tiempo, cual flor olvidada entre las páginas de un libro. La camilla en que se platicaba reunidos al brasero está cual la dejaron: en derredor las sillas y un tapete de hule con un dibujo desgastado. Marca el ritmo del silencio un reloj en la pared parado. Aletea la vida, sin embargo, en la patria del recuerdo: la abuela y sus geranios, la costura en la tarde sobre las sillas de anea, apacible charla de comadres; un tinajón lleno de voces en busca de sus ecos… y canciones infantiles:
“Mañana domingo
se casa Respingo
con una mujer
que no tiene manos
y sabe coser”.
Hay telas de araña en los rincones, pero quedan gestos y palabras que nunca he olvidado. Presiento pasos, familiares y queridos, en el trajín de los quehaceres…¡Cuánta vida entre cuatro paredes!
Se está poniendo el sol y un haz de moteada luz, como entonces, despide a la tarde desde el corazón del aire.
A Domingo, que tenía la barbería en la esquina de la calle Armas con la calle Santiago, lo conocí un día que entré a su local para pelarme. Se reunían allí colegas de la pitanza y el tonel, de beber hondo y pausado, a los que poco agobiaban los tictac de las horas cuando en buena armonía compartían charla y buen vino, como su amigo don Luis, alias “El Corcha”, sin ánimo de ofender y sólo a efectos identificativos.
Pues entré, como digo, a rebajar de pelo mi cabeza y sentado en el sillón frente al espejo, veía la calle y las albérchigas, caminillos y veredas de vides, que ornaban sus pómulos.
No llevaba más de cinco minutos con la tarea cuando, ante la falta de conversación, empezó a canturrear y silbar un famoso bolero que desde entonces recuerdo en algunas ocasiones cuando paso por allí.
El referido bolero decía: “Antes, mucho antes de enamorarme te voy a contar mi vida…” No entonaba mal la melodía y la letra se la sabía desde la cruz a la firma. Alternaba ésta con silbos que llegaban a mí con aromas vinateros, escanciados seguramente en el Bodegón, el Gato Negro, o en el bar de Pedro Martín, aquel hombre elegante y educado que ponía resecos con salsa de tomate.
Con don Luis tuve más relación. En los dos años que estuve estudiando en el colegio de don Isidoro él daba Educación Física y vigilaba algunas horas los estudios cuando faltaba el profesor correspondiente.
Esta vigilancia en las sesiones de tarde era más testimonial que efectiva. Llegaba con su abrigo largo de color gris marengo y se sentaba en el sillón de la tribuna. Después de unas frases de aliño y prevención disciplinaria al comienzo de la sesión entraba en el sopor digestivo de viandas y caldos que lo eclipsaba y trasladaba a los acogedores brazos del Morfeo sestero.
Si el ruido elevaba su intensidad, sin abrir los ojos, profería siempre la misma muletilla: “Verás, verás”. Las primeras veces disminuía el jaleo, pero duraba poco tiempo. El segundo aviso no tardaba en llegar: “Verás, verás ese”. Con esa admonición demostrativa quería personificar en alguien el aviso, que él no veía, pues continuaba con los párpados cerrados o abiertos leve y brevemente, pero suponía que alguno andaba fuera de sitio y compostura. Al final nos pasaba como a los gorriones con los espantapájaros, que se acostumbran a él y emiten sus trinos en lo alto del sombrero, o como quien oye llover con ese ajeno murmullo de libar de los panales.
En la última parte de su vida invitaba a comer a su casa a los alumnos mayores de sexto de bachiller con los que tenía más amistad. Me acuerdo ahora de Antonio Ortiz Barrientos, de Villafranca, que nos refería la esplendidez del anfitrión.
Le dieron dos o tres congestiones, esas que ahora llaman ictus. A pesar de eso seguía acudiendo al colegio. Cuando llegaba o se iba algunos de los que estaban próximos le ayudaban a ponerse o quitarse su abrigo largo gris marengo que colgaba en la percha del pasillo que daba al patio de recreo. No interrumpió, sin embargo, su costumbre de chatear, en el sentido noble de compartir vasos de vino y charla con los amigos, hasta que su naturaleza declinó definitivamente. Gente entrañable.
Los pómulos prominentes eran colinas donde anidaba el hambre y en las cuencas profundas de los ojos había ansiedad y miedo. En la posguerra y muchos años después hubo quien tuvo que agarrarse a la vida en las cáscaras de los deshechos. Frágiles y escasas briznas para no morir mirando al cielo a la espera de milagros que nunca llegaban.
Costaba más un pan que un jornal de sol a sol. Mientras unos se enriquecían con el estraperlo, otros construían artesanales hornos en tinajas para elaborar panes caseros.
El rebusco, con permiso de los dueños, era una solución estacional que aliviaba estrecheces. Por esta zona de olivar y cereales los asideros para no perder el carro de la vida, del que muchos tempranamente se apearon, fueron espigas caídas al suelo en el bregar de la hoz del jornalero y aceitunas de terroso aceite, perdidas en las grietas del barbecho, unas gotas para mojar en los exangües calderos.
Las circunstancias, afortunadamente, no son las mismas, pero la penuria enseña sus orejas negras a muchas familias.. No estaría de más que se regulara esta actividad con la aquiescencia de todos los que estén interesados, evitando los abusos de los pícaros.