Adiós de palomas
Los farolillos se movían ligeramente. Desde el mar lejano la música de la orquesta traía por caminos de coral a Alfonsina con cinco sirenitas. La melena rubia de la joven ondeaba levemente con la brisa. Los ojos del muchacho brillaban en la noche con el fulgor adolescente de los enamorados.
Ella se fue al día siguiente arrastrando su tristeza, cuando los rizos negros de la madrugada se deshacían en la luz difusa del amanecer. Fue un adiós de pocas palabras y melancólicas miradas. Protegía sus brazos desnudos del relente recogiéndolos sobre su pecho. Sus labios ateridos recibieron el beso tibio de sol amarillo.
Septiembre bordaba ya con hilachas de bruma las amanecidas.
Un adiós de seda dibujó en el aire el pañuelo alado de la despedida. La mirada del muchacho la siguió hasta que desapareció por la esquina. La melena clara y sedosa fue la última imagen que conserva de aquel amor primero, tan corto, pero tan intenso, que nunca olvidó. Cada dieciséis de septiembre la recuerda.
Paseó como un sonámbulo por las calles del pueblo el vacío que su marcha le dejó.
Todavía hoy, después de tantos años, un rescoldo escondido entre cenizas reaviva su añoranza cuando la brisa fresca de la madrugada mueve los farolillos el último día de feria.
La vieja Castellana
En recuerdo de José Delgado Guerrero, con quien tantas horas compartí hablando de nuestro pueblo.
Las cuatro esquinas eran el mentidero donde los hombres se reunían al anochecido, esa hora del cambio de luces, del sol que se iba y del palo largo que traía la mortecina luz a las calles. Charlaban y contemplaban el trasiego de mujeres al rezo. Cruce de monotonías, de cadencias que sólo quebraba el cine de los domingos. En el rincón del bocado en que la calle se abre con un bostezo estaba la Castellana, crisálida donde maduramos la pavera de rubores inoportunos cuando la voz es aún un gallo de altibajos discordantes. Sólo los varones teníamos acceso a esa incubadora decadente, vestigio de otros tiempos, donde ingresábamos pollos imberbes y salíamos pisándole los talones a la leva. El acceso necesitaba filtro y aquiescencia de los dueños que, según fobias, filias y cálculo de edad a ojo de buen cubero, era concedido o denegado. Nada de extraño tenía entonces la ausencia de mujeres en el local cuando aún los bares, salvo causa de fiesta mayor, eran también lugares casi exclusivos de solaz varonil y las escuelas separaban por sexo al alumnado.
Con pocos recursos económicos para dispendios de mayor calado y a falta de otras distracciones, los mozos aún imberbes nos metíamos en la Castellana para pasar el tiempo entre charlas y carambolas.
El local tenía suelo de baldosas que en su día fueron rojas y que con el uso además de perder el colorido formaron badenes por la cesión del terreno. Con macilenta iluminación, anémica de vatios, la única bombilla colgaba sobre el verde y recosido paño con un reflector circular picado de porcelana para concentrar la luz. La mesa de billar estaba en el centro del local donde el abollado marfil de las bolas sorteaba remontes de cosidos para cumplir el proceloso azar de su destino. El mobiliario, escaso: unas pocas sillas de anea, un pequeño mostrador de madera al fondo y una mesita redonda con tapete desgastado y ralas enagüillas junto a la primera ventana. Ahí los más madrugadores se arracimaban en invierno al calor del brasero donde José nos entretenía con su charla, hiperbólica y aliñada con invenciones, pero que agradecíamos, pues fábula y fantasía amenizaban las veladas.
La peculiar familia, de pasado más boyante y solariego, vino a menos en haciendas, pero no en orgullo y conservaba ese poso de alcurnia desvaída que disimula la decadencia con modales y vajillas cuando faltan los esplendores del dinero. El patriarca, que recibía apodos por el oficio y el poblado mostacho, vestía de pana negra lisa con chaleco y reloj de bolsillo. Un pariente, al que conocí poco y que llamaban Berlanga. Las hijas, que revoleaban vigilantes para que la afición a las libaciones vinateras del elenco masculino no sobrepasase los límites del decoro, y José, el hijo, verdadero alma mater del negocio. Su afición al morapio hacía veredas de la mesa al cuartillo que estaba detrás del mostrador donde escondía el vino que escanciaba en el gaznate con la asiduidad que le permitían la charla y el control de los juegos. Frase para nuestra pequeña historia era aquella que anunciaba el fin del tiempo de juego: “tirando tres veces sin ésta…” Según avanzaba la noche la imaginación desbordada engrandecía la fabulación de sus relatos. Buena gente José a pesar de todo y de las pre ferias y post ferias que se montaba gestionando orquestas y telones para los bailes de la Parra.
El juego por antonomasia eran las carambolas. En algunas tiradas estorbaba la columna de hierro que sostenía la techumbre del local y había que acomodar el taco para sortearla, haciendo lo que en el argot se conoce como un lujo, que consiste en pasar el taco por detrás de la espalda a guisa de capote de lidia en el toreo por gaoneras.
Otro juego habitual eran las cuarenta y una. De una liara cónica forrada en cuero sacaba el regente tras impúdico meneo una bola para cada jugador. Estaban numeradas del uno al diecisiete y se guardaban en un casillero sin que los compañeros de juego supiesen el número que les había correspondido a cada uno. Ganaba quien primero conseguía anotar cuarenta y un tantos mediante el derribo de figuritas de marfil parecidas a los peones de ajedrez, descontando el número de la bola guardada. Hacer la real consistía en derribar de una tacada las colocadas en el centro y suponía el fin de la partida. El habilidoso jugador se llevaba el premio pecuniario que habíamos aportado cada uno de los jugadores, descontado el corretaje de la casa.
Allí pasamos muchas noches consumiendo tiempo, pipas y conversación. Fuera el mundo nos aguardaba, pasado ese ciclo de metamorfosis quiescente. El aún incipiente adulto se disponía a volar por otros prados menos verdes, pero quizás con más zurcidos, con más luz de satén diluida en los guateques donde comenzamos a enamorarnos reprimiendo impulsos y donde todo tuvo su fin al ritmo melódico que nos marcaron los Módulos.
Juan Francisco Caro Pilar. Revista de feria 2015
Tertulianos
La tertulia del café Pombo, de José Gutiérrez Solana.
No sabían los vecinos de mi calle el capital que estaban dejando de ganar con sus charlas, sentados al fresco en las noches de verano, si en aquellos tiempos hubiese habido televisión y se hubiesen puesto de moda las tertulias. Daban un repaso a todo lo noticiable que había sucedido durante el día y si el devenir cotidiano no había dado mucho de sí, no por eso faltaba conversación. De una cuestión se pasaba a otra por mínimo que fuese el vínculo que existiera entre ellas. Bifurcaciones y ramales que hacían inagotables los temas. Los niños escuchábamos embelesados las historias que contaban los mayores y si el contenido entraba en terrenos escabrosos alguien daba el aviso diciendo que había ropa tendida y así eludían o soslayaban lo más descarnado. Algunos de estos vecinos eran extraordinarios narradores que sin perderse en detalles prolijos daban los justos para hacer amena la charla, con gracia, precisión e intriga. Don natural el de saber contar las cosas que no todos poseemos.
Viene a cuento esta reflexión por los programas de debate que hay en las televisiones. Salvo honrosas excepciones los tertulianos dan pena y a veces provocan irritación en los espectadores. Estos charlatanes de la cháchara televisiva hablan atropelladamente, no se escuchan unos a otros, sino que están pensando qué van a decir cuando les dejen, venga a cuento o no con lo que acaba de referir el interlocutor anterior, hablan a la vez, gritan…y además cobran un dineral la mayoría de ellos por decir obviedades o tonterías o por meter las narices donde no debieran.
Quizás sea la expresión oral la asignatura pendiente de nuestro sistema educativo, más volcado en la expresión escrita, que tampoco está para tirar cohetes pues muchas veces se limita a cumplir la ley del mínimo esfuerzo poniendo cruces o verdadero o falso.
Falta sosiego, calma. Sobran prisas y estrés. A mi tío abuelo Juan y a su amigo Perico, que eran grandes conversadores, podía sorprenderles el alba en la calle cuando regresaban a sus casas. Andaban un poco y se paraban, haciendo escalas, pero sin dejar de hablar. En otras circunstancias, si mi tío tenía que ausentarse por algún motivo, reanudaba media hora después el hilo de lo que estaba contando con un engarce muy característico: “ pues como te iba diciendo…” Eran otros tiempos sin tantas prisas por llegar a ningún sitio.
Ahillones
Mi pueblo, indeleblemente tatuado en la piel del recuerdo, donde sigue vivo en la añoranza el tiempo más hermoso. Los juegos, los amigos, las escuelas, mi primer maestro… Aquellas navidades, las matanzas, las noches de verano y el canto de los grillos… Los rincones, las solanas y las calles, el prado de la fuente y la cañada, donde apurábamos las tardes hasta el anochecido. Donde a la pata la llana cruzaba los arroyos o resbalaba en los pasiles…Las lluvias, los ejidos y las eras. Allí disfruté las primeras alegrías y sentí las primeras tristezas, los primeros gozos con mi bicicleta nueva y también las primeras decepciones, vivencias todas labradas en la piel tierna del alma cuando ésta es una vega inmaculada y labrantía, abierta a la siembra de la vida. Mi cama donde recibía las primeras claridades del día a través de la ventana y escuchaba la lluvia de la madrugada y el ruido de las canales, donde en sueños rumié amores y edifiqué quimeras y sufrí las primeras pesadillas que mi madre espantaba. Donde fui feliz a mi manera, sabiendo que mis padres esperaban siempre mi llegada. Ahí están mi patria y mis raíces y donde quiera que vaya van siempre conmigo.
Antiguas centralitas.
Después del cura la telefonista de la central era la persona más informada del pueblo. Sus manos combinaban las clavijas que ponían en contacto telefónico a los pocos vecinos que en los años cincuenta y sesenta disponían en su casa de este servicio.
Los que no lo tenían se dirigían a la central si necesitaban poner una conferencia. En la entrada había un banco para sentarse a esperar pues la comunicación no se establecía inmediatamente y las demoras eran frecuentes y duraderas.
Si te iban a llamar te enviaban a tu casa un aviso de conferencia para que a una determinada hora estuvieses allí.
Solía haber interferencias y ruidos, quizás por eso nuestros padres tenían el hábito de hablar por el teléfono a voz en grito, costumbre que conservaron siempre.
Había formulismos que crearon costumbres en los conferenciantes. Del “oiga” del que llama al “diga” del que escucha, pasando por responder “al aparato” cuando preguntaban por el que estaba al otro lado de la línea o “¿con quién hablo?” para identificar al interlocutor.
No había facturas al final de mes. Cuando terminaba cada llamada pedías el importe y pagabas en el acto.
Ya no existen estas centrales. Quedan las cabinas que prestan este servicio público para casos puntuales de urgencia sin disponer de otros medios.
El decreto 726/2011 obliga a Telefónica, en el artículo 32, a garantizar una oferta de teléfonos públicos hasta diciembre de 2016. Se exige que haya una cabina por cada 3.000 habitantes en poblaciones pequeñas y grandes, mientras que en los núcleos más pequeños tiene que haber, al menos, uno. O sea, que a partir de 2017 pueden desaparecer.
Pero no hay más privacidad ahora que entonces, cuando la telefonista de la central podía enterarse en primicia de la muerte de un familiar o del nacimiento de un hijo. El gran hermano está con su ojo avizor más potente que nunca. Por muy escondidos que estemos somos vigilados por GPS y nuestras conversaciones, grabadas. Que se lo pregunten, por citar algunos casos sonados, al ex duque de Palma, al presunto asesino Sergio Morate detenido por encender el móvil en Portbou (Girona), o a los que un misil borró del mapa al encenderlos. Estos últimos no van a responder a la llamada.
Manitas de cine











