Lutos
(Publicado ayer en el periódico HOY en mi columna Raíces.)
Algunas costumbres han supuesto una carga y un castigo para quienes las hubieron de observar presionados por una sociedad de mentalidad pacata y agobiante que basaba su identidad en preservar lo que de siempre habían hecho sus antepasados, sin más atisbo de razonamiento.
Si a una mocita se le moría un familiar en su juventud no sólo sufría la pena por la ausencia del ser querido, sino la condena de su clausura y el corsé de los ropajes negros de los lutos sobre su cuerpo.
Federico García Lorca describió magistralmente en la Casa de Bernarda Alba esa situación de angustia y encierro. Reflejaba una tradición profundamente arraigada en nuestros pueblos que mustió y cercenó la flor de la mocedad de muchas mujeres porque los hombres, al tener que salir a trabajar fuera de casa, cumplían los lutos con una franja negra en la manga de la chaqueta, el revestimiento de un botón o un pico negro en la solapa.
Mujeres hubo que encadenaron por la desgracia de muertes próximas en el tiempo dos o tres lutos seguidos y cuando terminaron de cumplir con todos la lozanía se les había escapado por las rendijas de la puerta.
Las primeras semanas las amigas más cercanas hacían los recados de las enlutadas para evitar que salieran a la calle. Dentro de la casa una procesión de sombras silenciosas vagaba por las habitaciones haciendo los quehaceres. Si el primer año tenían que salir por obligaciones ineludibles se cubrían la cabeza con el velo y sobre las espaldas el manto. De estas vestimentas se iban desprendiendo poco a poco, por etapas, como crisálidas en mutación. Primero dejaban el manto y usaban sólo el velo. Posteriormente vestían sin los dos complementos, pero con trajes negros. La última fase abría una celosía a la esperanza con las pintas blancas del medio luto, celdillas de panales por donde comenzaba a entrar la luz o quizás por dónde se asomaba la vida que bullía en sus cuerpos jóvenes, privados de bailes, fiestas y romerías bajo la opresión de tradiciones y rutinas y la no menos agobiante abrazadera del respeto humano que constreñía sus conductas a la aquiescencia de estrictos censores. Rémoras de las que las nuevas generaciones afortunadamente se han desembarazado.
Los lutos eran una clausura de angustias con suspiros hondos tras los visillos de las ventanas. Veían pasar la vida entre rezos de rosarios con la compañía de las vecinas que acudían a la caída de la tarde a acompañar a las dolientes. Un murmullo de abejas iba desgranando plegarias y rogando por el alma de los muertos en la penumbra de la sala. Después, reinaba el silencio, pespunteado sólo por el monótono tictac del reloj que seguía impasible carcomiendo las sienes del tiempo.
Cuando la losa de los lutos se quitaba de encima descubrían que la vida seguía fuera bullendo por las calles. En muchas ocasiones ya era tarde para unirse al cortejo que había pasado por sus puertas tocando el pífano y el tambor de la primavera.
Misioneros
Cruz que se conserva en el cancel de la puerta del perdón de la iglesia de la Granada.
Publicado ayer viernes en el periódico HOY. Columna Raíces.
Con el pronto declinar de la luz y el avance de las sombras se apoderaba del pueblo un ambiente de recogimiento. A dos luces regresaban los hombres del campo sobre sus cabalgaduras y las mujeres con paso diligente se dirigían a los ultramarinos a realizar las últimas compras antes de sentarse al calor de los braseros.
En este tiempo de sementera, de pastoreo otoñal y recogida de aceitunas llegaron los misioneros a romper la cadencia rutinaria de los quehaceres.
Se alojaron en la casa solariega de una familia de abolengo por cuyo acerado paseaban en las mañanas de tibio sol con las manos protegidas dentro de las bocamangas.
La principal función religiosa comenzaba al anochecido. La anunciaban con tres repiques de campanas a intervalos de media hora.
En los prolegómenos de los actos centrales se rezaba el rosario. Vaivenes de avemarías, como olas de la cresta a la resaca, eran musitadas en murmullos decadentes. Al final quien lo dirigía desgranaba la monocorde y rutinaria letanía, tal que podía intercalar con las bíblicas advocaciones términos impíos y los orantes seguirían respondiendo “ora pro nobis”.
Acto fundamental de la noche misionera era el sermón. Celebrados fueron los del padre Rodríguez por los años sesenta. “Todos pecadores” es una frase suya que se trae a colación en ocasiones para rebajar los humos a quienes presumen de perfección en sus conductas.
El orador con sotana, roquete y estola salía de la sacristía y se dirigía ceremoniosamente al púlpito acompañado por dos monaguillos. Comenzaba a hablar con un tono bajo, casi inaudible, con saludos protocolarios a las autoridades civiles y religiosas y fieles en general. Una cita bíblica en latín y poco a poco iba subiendo el tono de la plática.
Experto en conmover auditorios, modulaba, enfatizaba, y sobre todo utilizaba los silencios estratégicamente. Después de una afirmación rotunda o una pregunta inquietante callaba unos segundos.
Durante estos silencios, con el personal sobrecogido, sólo se oía caer la lluvia fuera.
Acto relevante también de las misiones era el rosario de la aurora: “El demonio en la oreja te está diciendo, no reces el rosario, sigue durmiendo”. Aguijón a las conciencias de los perezosos que no se habían atrevido a madrugar y recorrer las calles con el frío de la amanecida.
¡Oh, imaginación inducida de nuestras ingenuas mentes infantiles! Atemorizados por el fuego y el tridente figurábamos tras el cielo nublado un hueco azul radiante por donde se escapaban los rayos de sol. Allí volaban huyendo de temores nuestros anhelos. Tras las nubes, limpios de culpas cargadas en nuestro haber sin saber bien el motivo, gozaríamos envueltos en cánticos de querubes de todo lo que nos apeteciese con sólo desearlo.
El otoño avanzaba y los misioneros, cumplida su misión, se iban a otros pueblos llamando a hijos pródigos para el regreso. El labrador, uncido a la mancera, a su besana, el ama de casa a sus labores y los niños a la escuela. Las conciencias en paz, el pueblo en orden, purgado y envuelto en la rutina de las norias.
Pozos y fuentes
Publicado ayer en el periódico HOY. Columna Raíces.
Ese hecho tan habitual hoy de darle el grifo y que fluya el agua era aún una aspiración insatisfecha en muchos de nuestros pueblos. El agua que había en las casas era la tranquila y oscura que reposaba en los pozos proveniente de veneros o de lluvia de canales y se usaba para riego, limpieza y dar de beber a los animales. “Platero acababa de beberse dos cubos de agua con estrellas en el pozo del corral…” Sólo las rastras buscando algo molestaban sus misteriosas profundidades donde según nos decían a los niños vivía “la mora”. Garrucha, soga, cuba y la fuerza de los brazos la elevaban al brocal.
La potable para las personas había que traerla de las fuentes y el mejor medio de transporte eran las congéneres del inmortal borrico de Juan Ramón. Equipadas con aguaderas o serones hicieron veredas y caminos que todavía perduran en los ejidos del pueblo.
Hasta los más jóvenes sabíamos aparejar y cinchar a estos nobles animales que tantos servicios han prestado en tiempos pasados.
Con ellos aprendimos a montar y correr “a tos cuatro pies” cuando nos mandaban a por agua. El refrán de “tanto va el cántaro a la fuente hasta que se rompe” no necesitaba tantos viajes para nosotros pues más de una vez regresábamos a casa sin agua y con los tiestos rotos debido a que nuestra insensatez y osadía adelantaban los acontecimientos cuando competíamos con otros amigos en carreras.
(Fotografía de Montehermoso)
Había mujeres con una habilidad asombrosa, forjada a base de esfuerzo y tesón. Cargaban un cántaro en el cuadril, otro en la mano contraria y una cantarilla en la cabeza, equilibrada sobre una rosquilla acolchada.
Las fuentes eran lugares de conversación sobre las novedades del pueblo mientras se aguardaba turno para llenar y también, junto a los pozos, inspiración de poetas y de la imaginación popular: “Ya no va mi niña por agua a la fuente…” El ruido del gluglú cambiaba de tono avisando de la cercanía del rebosado. Se enjuagaba la tapadera de corcho y se tapaba la boca del recipiente. Qué pena me daba que por las noches el agua saliera del pilar anejo donde abrevaban las caballerías y se perdiera sin provecho por los regajos ribeteados de juncos.
Las cantareras de mampostería o de madera eran los lugares de las casas o los cortijos destinados a colocar los cántaros, que curiosamente muchos también usaban como monedero donde dejar la calderilla que sobraba de los mandados. El uso y el tiempo labraron sobre las losetas rojas las huellas circulares de las bases de los cántaros. La parte anterior de madera, donde se apoyaban para embrocarlos y verter el agua en las vasijas, cogía por el desgaste la forma arqueada de sus cuerpos.
También se disponía en las casas de una tinaja donde se almacenaba agua de reserva y que se cubría con una tapadera de madera, sobre la cual solía haber un cazo para sacarla.
Fuentes, pozos norias y pilares atesoran palabras, sentimientos y trabajos de la historia de los pueblos.
Aceitunas
La cosecha de aceitunas para aceite era penosa por la climatología y por las condiciones de trabajo. Se vareaban los olivos y se recogían de la tierra manualmente y de rodillas entre los surcos endurecidos por las heladas o embarrados por la lluvia. Para aliviar el frío y desentumecer las manos hacían candelas cerca del tajo. Ahora son máquinas las que zarandean a los olivos, que con estremecidos estertores sueltan el fruto sobre una especie de paraguas invertido, como una antena parabólica que observara el cosmos y tras los temblores se le precipitara el universo encima. Las que están caídas se amontonan con aire a presión sobre la tierra allanada por rulos.
Antes de coger las aceitunas destinadas al aceite se verdea para el aderezo. Unas pocas se seleccionan para consumo propio en las tres modalidades de preparación: machacadas, sajadas y del año. Ya se verdea bastante menos. Cuando era más intensa esta modalidad hacían falta cuadrillas numerosas para las casas grandes y muchos años había que recurrir a los pueblos vecinos para completarlas.
Algunos estudiantes, faltos de otros ingresos, aprovechábamos estos jornales para nuestros gastos durante el curso.
Cada aceitunero se colgaba al cuello un capacho de goma, que por aquí llaman macaco. Se ordeñaban las ramas procurando que las aceitunas cayeran en él. Cuando estaba más que mediado se vaciaba en una sera común para cada grupo. A la primera que al principio de la jornada se echaba en el remolque se le llamaba “la moza” y había una competencia entre los grupos-de tres o cuatro personas por olivo- por ver cuál era el primero que lo conseguía. El logro se voceaba para que los demás se enteraran.
La primera vez que fui al verdeo me llamó la atención que al poco tiempo de haber empezado a trabajar el manijero dio la voz de parar para el almuerzo, esa comida que hace la gente del campo y que puede equipararse con el café de media mañana de ciertos trabajadores urbanos, pero bastante más consistente. Como desconocía esta costumbre me pareció pronto, ya que había desayunado hacía poco en casa. Así que en días posteriores sólo tomaba el café para tener hambre a la hora de almorzar.
La labor en el tajo se acompañaba de amenas conversaciones. Los temas eran variados. Se comentaban las novedades que habían ocurrido o historias antiguas del pueblo. Enriquecía las charlas el hecho de que en cada grupo se mezclaban personas mayores y jóvenes. Estos se encargaban del banco, una especie de escalera de tijeras. Era pesado de mover y había que subirse en él para alcanzar la parte alta de los olivos. Los de mayor edad se encargaban de coger las bajeras. Cuando en las charlas se abordaban algunas cuestiones, que por haber ropa tendida pudieran rozar la indiscreción, se bajaba la voz al referirlos. Querencias, rencillas, amores desairados, orígenes de capitales venidos a más o a menos… y las malditas guerra y posguerra que tanta huella descarnada dejaron y de las que todavía se hablaba con miedo.
Dobles de campanas
(Mi columna Raíces en el periódico HOY ayer 30-10 2015)
Los dobles de campanas empezaban la tarde de Todos los Santos y continuaban durante todo el día de los Difuntos. Unas jornadas antes el sacristán y un par de monaguillos habían recorrido las calles del pueblo recolectando viandas por las casas. Iban vestidos con roquetes y acompañaban su peregrinaje con una gran sera de esparto y con el toque de una campanilla, la misma que blandían cuando iban con el cura llevando el viático a los enfermos. Con lo que les daban tenían para pasar la noche y el día sobrados de yantares en el campanario. Hacían migas y no faltaba el vinillo que ayudaba a soportar la vigilia mientras el pueblo intentaba conciliar el sueño bajo las sonoras sábanas de bronce que las campanas extendían sobre los tejados.
Tendría yo siete u ocho años cuando me llevó mi padre por primera vez a visitar el cementerio, como es tradición en estas fechas. Era una tarde muy fría y muy azul, de ese azul nítido que da el aire del norte.
La mayoría de las personas regresaban ya a casa después de haber visitado las tumbas de sus familiares por el camino en cuyas cunetas crecen los hinojos.
Cuando llegamos al camposanto quedaban ya pocos visitantes. Unos estaban parados en silencio delante de algún nicho y otros paseaban lentamente viendo lápidas.
Con mi edad no tenía aún clara la trascendencia de la muerte, pero aquella tarde intuí la desolación y el vacío que debía producir la ausencia definitiva de quienes has querido. Un hombre ya mayor, vestido de negro y con la cabeza descubierta de su mascota, que sostenía entre sus manos, rezaba ¿o tal vez hablaba con alguien? estático y levemente inclinado ante una tumba. Su calva blanca contrastaba con el resto de su cara morena curtida por el sol y por los vientos en su trabajo campesino a la intemperie. Yo, que lo que quería era seguir andando para ver todas las cosas, tiraba de la mano de mi padre cada vez que se detenía, pero esta vez me detuve sorprendido al observar a este señor. Nunca había visto llorar a un hombre ¡Qué profunda impresión y pena me produjo esta imagen en el silencio del cementerio, cuando ya los restos dorados de un débil sol escalaban los vértices de los cipreses!
De regreso a casa no corrí, ni salté, ni cogí hinojos de las cunetas. Bajé sin soltarme de la mano de mi padre y sin hablar. Oscurecía y un frío de finos cristales se metía cortante entre la ropa.
Llegaban desde el pueblo los ecos desmayados de los dobles de las campanas, que se posaban en los pliegues del anochecido como las alondras en los barbechos.
En la torre destacaba la luz de la candela. Las siluetas de los que estaban allí eran arrojadas una y otra vez contra las paredes rojas del campanario, impulsadas por el movimiento caprichoso de las llamas. Aquella noche me acosté hecho un ovillo de dudas, cavilando con mi fantasioso razonamiento infantil, sobre el destino de los muertos.
El primer cigarro
(Publicado en el periódico HOY el 23 de octubre en la sección Raíces)
Obtener el permiso para fumar por primera vez delante del padre era algo parecido a una investidura. Suponía, como en la mili el valor, la madurez, una puesta de largo varonil y humosa que permitía el acceso al mundo adulto a través de cortinas de humo. ¡Ya ven ustedes qué atraso!
Muy pocas mujeres en nuestros pueblos fumaban en público y las que lo hacían limitaban su acción a ámbitos privados muy restringidos. No estaba bien visto. Sólo las veíamos en el cine. Así que este protocolo de iniciación humeante correspondía a los varones, como beber aquel coñac “Soberano” que era cosa de hombres. Aún faltaba tiempo y sobraba machismo en los medios de comunicación y en la sociedad para despojarse de estos prejuicios, aunque en el caso del tabaco maldita la falta que hacía.
La publicidad nos presentaba el fumar como un símbolo de hombría y conquista. Apuestos vaqueros americanos curtidos en plena naturaleza cruzando a caballo ríos de diáfanas aguas con sus reses y la música trepidante de “Los siete magníficos”, Sarita Montiel esperando sensual tras los cristales de alegres ventanales al hombre amado, a Humphrey Bogart, apuesto galán, no le faltaba el cigarro en la boca o en la mano. El humo campaba a sus anchas por gargantas y lugares públicos. Igual veías a un varón bailando en pareja con el cigarro en la boca cerca de los ojos de la compañera que al médico en sus visitas con la ceniza a punto de caer sobre el pecho del enfermo mientras lo auscultaba.
Antes del permiso paterno había un aprendizaje furtivo de caladas por los rincones más recónditos del pueblo, en las canteras del ejido, debajo de los puentes o en la penumbra del cine, donde fumábamos involuntariamente todos los que estábamos dentro. Madejas de espirales se elevaban hasta el haz cónico de luz que iba de la cabina hasta la pantalla en una ambiente irritante y tusígeno.
Hacer la “p”, que consistía en aspirar profundamente el humo hasta los bronquios y expulsarlo al aire de nuevo, era obtener ante los ojos expectantes de los amigos la calificación de sobresaliente. El “cum laude” se obtenía si además de por la boca lo expulsabas por la nariz.
Cuando no disponíamos de tabaco, hecho frecuente por la poca disponibilidad pecuniaria, recurríamos a sucedáneos, como la matalahúva envuelta en papel de estraza o al papel de periódico a secas.
A mí me autorizó mi padre en una reunión familiar con motivo de la feria del Cristo de Ahillones. Sin yo haberla pedido, un pariente le preguntó que cuándo me iba a dejar fumar en su presencia.
Sorprendido ante la petición mediadora dijo: “Anda, ya puedes hacerlo”. Y sin ganas y de improviso me vi echando humo como autobús al que fallan los pistones en una cuesta arriba. De esta forma y en aquel instante, el que antes era un mozalbete, sin dejar de serlo, quedó convertido en adulto por el reconocimiento que suponía en aquellos tiempos poder fumar sin tener que esconderse. Vaya conquista.
Leche en polvo
Fotografía de la la página web del colegio “Carmen Benítez” de Sevilla.
Segunda colaboración en el periódico HOY. Sección RAÍCES
Eran todavía tiempos de escaseces y silencios. La escuela, doctrina, consigna y efemérides victoriosas. Las cuatro reglas, dictados, lecturas y caligrafía, el armazón del aprendizaje para valerse en la vida. La mayoría abandonaba antes de tiempo las aulas. Numerosos padres se veían obligados a desapuntar a los hijos, como decían, para colaborar en las paupérrimas economías familiares, bien como ayudantes de sus pequeñas explotaciones o buscándoles un puesto de aprendiz, de pastor o porquero, sin más beneficio que ir a casa comidos todos los días y aprender el oficio.
Pocos eran los que llegaban a la regla de tres y a los repartimientos proporcionales. Pero había voluntad y ganas de aprender. Muchos de los que tuvieron que abandonar acudían por las noches a clases particulares después de todo el día trabajando.
Las aulas eran numerosas de alumnado, escasas de medios y separadas por sexos. El mapa de España, el encerado, la bola del mundo y poco más componían los materiales didácticos fundamentales. En los pueblos pequeños la escuela era unitaria, o sea, todos los niveles con el mismo maestro, que desempeñaba sus funciones como mejor sabía y podía. Estaban mal pagados, pero iban a la escuela dignamente trajeados.
Por su santo los regalos que más agradecían en el alma y en el cuerpo eran vituallas, como una caja de galletas o una docena de huevos.
Los alumnos acudíamos a la mesa del maestro a enseñarle los ejercicios. Nos colocábamos en fila y rotábamos a su alrededor, esperando el beneplácito, la corrección y el encargo de nuevos deberes. Allí percibíamos el único calorcito que se desprendía en la clase aparte del de nuestros cuerpos: el del brasero de picón, que aquí llamamos cisco, debajo de su mesa.
En los días más fríos del invierno nos permitían llevar los nuestros de casa. Una lata redonda de pescado con un alambre asido en dos agujeros y un pedazo de papel de chocolate en lo alto tapando las ascuas.
Así combatíamos los sabañones que nos salían en las orejas y en las manos.
La ayuda norteamericana llegaba en forma de leche en polvo y queso. Los maestros escogían a los alumnos mayores para disolver el polvo en una cuba de cinc dándole vueltas con un palo. A la hora de recreo nos ponían en fila y nos la servían en un tazón que llevábamos de casa. Recuerdo los bigotes blancos que, por supuesto, nos limpiábamos en las mangas del abrigo.
La experiencia y la comodidad aconsejaron dejar de hacer la mezcla en la escuela y decidieron entregarnos el polvo para que cada uno hiciera lo que creyera más conveniente. Y lo más conveniente para la mayoría de nosotros era comernos los polvos directamente, poniéndonos la cara como se pueden imaginar y la garganta a punto de provocarnos asfixia con las bolas que se formaban en la boca.
El queso, amarillo y bastante apetitoso, venía en unas latas metálicas. Lo troceaban y nos lo repartían por las tardes como merendilla.
A pesar de todo fuimos felices. O al menos así lo recordamos.
Nuevo año
(Foto de El Periódico del Tiétar )
Primera colaboración en el periódico HOY. Sección RAÍCES
A principios de otoño, con las primeras lluvias y el olor a tierra mojada que llega desde el campo envuelto en vientos ábregos, comienza un nuevo año, el agrícola, el que determina las faenas y descansos en nuestros pueblos. La dureza de las labores campesinas ha mejorado con las modernas maquinarias y el penoso bregar de antaño se ha suavizado ostensiblemente. Terminados de apurar los últimos rastrojos por los rebaños de ovejas, los agricultores con tractores equipados con cabinas y modernos aperos se disponen a comenzar la sementera.
Antes la tierra labrantía se volteaba con arados tirados por bestias y con las manos del labriego asidas fuertemente a la mancera, apretando para meter la reja en la tierra. A la intemperie y de sol a sol. En un costal al hombro portaban la simiente que esparcían a voleo sobre la amelga en las recién abiertas entrañas de las hazas.
Sólo quedan reliquias de aquellos aperos en cortijos o adornando ventas y mesones.
El rodeo era el lugar donde la gente del campo acudía a hacer tratos para vender, comprar o cambiar los animales que ayudaban a la labranza.
Los de mi pueblo iban a Llerena. Al alba tenían todo preparado: las bestias aparejadas, la merienda en la hortera y la botella de vino a buen recaudo dentro la alforja.
Montados a mujeriega, por caminos hoy perdidos por el desuso o apropiados por linderos, se dirigían allí cuando el sol comenzaba a dorar rastrojos y besanas. En el trayecto comentaban entre ellos la forma de abordar el trato. Después de casi dos horas de viaje llegaban al lugar, situado en las afueras. Delante de los tratantes que los habían visto llegar disimulaban sus verdaderas intenciones de compra, venta o cambio. Había que examinar primero el ambiente. Tras el humo de un cigarro pasaban por los distintos grupos, viendo, oyendo y callando, mientras los animales abrevaban en el pilar después de la caminata.
La experiencia les aconsejaba no dejarse embaucar por las primeras impresiones. Los profesionales, generalmente de raza gitana, conocían las triquiñuelas del trato y una mula azuzada por la vara de mimbre podía mostrar unos movimientos ágiles y, vueltos a casa, llevarse un desengaño al descubrir que el animal, boyante en el rodeo, sin saber cómo, se convertía en torpe o falso.
Tras muchos tiras y aflojas se cerraba el trato con un apretón de manos. Nada de cajeros automáticos. El dinero en mano.
Por estas fechas también se celebraban los contratos verbales entre las grandes casas de labor y algunos de sus empleados: yunteros, pastores, gañanes, porqueros, cabreros… Trabajaban durante un año a las órdenes de aperadores y mayorales. Si el trabajo era satisfactorio renovaban al año siguiente el pacto. La situación laboral de estos trabajadores era intermedia entre los fijos y los eventuales. Los llamaban acomodados.
Antes, como ahora, la tierra se abre a la esperanza de un nuevo ciclo. Eso sí, con la mirada en el cielo del que se aguarda y se teme todo, que en eso pocas cosas han cambiado.
Tratamientos
Si los seminaristas necesitábamos ir al cuarto del obispo don Doroteo Fernández, aquel leonés de aspecto imponente que era también el rector del seminario, el prefecto nos aleccionaba sobre el tratamiento que debíamos dar a tan egregio personaje. Siempre, de vuecencia.
Íbamos ataviados de sotana y beca, pues ir al cuarto del rector y además obispo, última instancia a la que recurrir en el jerarquizado escalafón, debía ser por algún motivo muy importante.
Cuando yo era pequeño nos enseñaron a tratar de usted a las personas mayores y añadirle a veces el apelativo de tío o tía sin que razón de parentesco obligara a ello. Así que “tío José” o “tía Antonia” era una forma de poner entre nosotros y las personas mayores un muro de respeto y distancia.
Como reliquia medieval existe en algunos de nuestros pueblos el tratamiento de señorito y señorita, no con el sentido que los niños de la escuela dan a su maestra, sino como atributo que a falta de títulos nobiliarios de mayor calado se sustenta en títulos de propiedad de fincas y capital heredados de sus ancestros. Es tratamiento vacuo y denigrante, que debería serlo también para quién lo recibe, pero que llevan a gala muchos de los receptores del mismo, incluso exigiendo a quien lo olvida su uso. Peculiar fue en mi pueblo el tratamiento de “señó” y “seña”, así, aguda la primera y llana la segunda, que se les daba al cuñado y hermana del cura. Parece que lo de “tío” y “tía” parecía poco y se les subió un peldaño en la consideración, adaptando lo de señor y señora a nuestra idiosincrasia.
No hace muchos años nos producía confusión al rellenar instancias el tratamiento que debíamos dar a quienes se las dirigíamos en el escalafón administrativo: altezas, Ilustrísimos, reverendos, reverendísimos, usías, excelencias, honorables, señorías, … y el más manoseado: el usted, que algunos profesores nos dirigían a los alumnos más para mantener las distancias y para elevarse ellos que como señal de respeto hacia nuestras insignificantes personas.
Tanto realzamos las formas que hemos hecho esencia de ellas, hemos vestido de entorchados y charreteras a los cargos para darles lustre. Habría que ver si tratamientos y respeto se complementan.
En mis tiempos de mili conocí a algunos compañeros que una vez conseguidos los galones de cabo primero cambiaban el trato con los demás, si ayer afable, al día siguiente distante y encumbrado. Si quieres conocer a Juanillo dale un carguillo.
Tenemos necesidad de galones, distintivos, insignias, birretes, tocados, tratamientos… Vestir de pompa para ensalzar y encubrir…el gran teatro del mundo.
Sueña el rey que es rey, y vive
con este engaño mandando,
disponiendo y gobernando;
y este aplauso, que recibe
prestado, en el viento escribe,
y en cenizas le convierte
la muerte, ¡desdicha fuerte!














