Invierno.

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Publicado el viernes día 22 de enero en el periódico HOY, sección Raíces.

En invierno la vida del pueblo transcurre  entre temporales de vientos ábregos y días  de tibio sol. La lluvia se anuncia  con sus  escuderos,  que llegan del poniente  con forma  de vellones de lana.  “Cielo aborregado, antes de tres días suelo mojado”.  Preceden a  las nubes espesas y cerradas,   que  descargan copiosas.   En las calles de  tierra  la lluvia forma regajos donde los niños hacemos presas con muros de barro en un vano intento de almacenar el agua. Con dos latas y cuerdas construimos zancos para andar por los charcos sin mojarnos.  Los hombres  aprovechan estos días en que no se trabaja en el campo para hacer  reparaciones y puestas a punto de herramientas y maquinaria. Acuden a  fraguas y carpinterías  donde  conversan  entre yunques, martillos y manos de garlopa, sin prisas, pespunteando aquí y allá  temas que van surgiendo por las ocurrencias de unos y otros. De vez en cuando alguno se asoma para comprobar  la evolución de las nubes, aspecto de la sierra y  cambios de viento en la veleta de la torre.  Por las tardes  juegan a las cartas en los bares llenos de humo. Las mujeres, después de realizar las faenas domésticas, se sientan a hacer punto   tras los visillos de las ventanas.

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 Por la noche, sin luz eléctrica muchas veces,  los ruidos del  temporal se adueñan del pueblo. El viento racheado fustiga   las esquinas y silba por cables y cornisas. El agua de los canalones se estrella  estrepitosa contra el suelo y crujen las puertas azotadas por las acometidas del vendaval.

 A la mañana siguiente se entreabren los postigos. Una cuchillada de luz ceniza lavada por la lluvia  corta la penumbra de las casas.

 Los hombres  hacen  corrillos en el ejido. Observan la orilla  y comentan las incidencias de la noche. Si las crestas de la sierra tienen  bardas y el viento no ha girado hacia  arriba la lluvia seguirá, aseguran  quienes generación tras generación  están acostumbrados a observar el cielo y a esperar el fruto de la tierra. Cada pueblo tiene sus referencias y sus tópicos del tiempo. Por aquí otro indicio  de lluvia es escuchar el  silbido del tren desde Fuente del Arco, que  queda en dirección suroeste.

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 Otros días del invierno son  fríos y despejados, con la claridad que da el viento del norte, el del azul más puro,  que recorta y destaca la silueta roja de la torre sobre el añil de su lienzo.  En la solana hay grupos de hombres con gorras viseras y manos en los bolsillos que charlan a su amparo. Durante esas noches rasas y frías se producen intensas heladas  que cubren de escarcha los tejados y los campos. Por la mañana, cuando los rayos oblicuos del sol apenas rozan los cerros, vamos los muchachos al arroyo a caminar sobre el carámbano que se ha formado y a tirar piedras para romperlo. Nuestras pisadas dejan estelas de huellas crujientes sobre las orillas. El  pueblo  despierta. Algunas chimeneas entre los tejados blancos despiden columnas de humo. Las campanas de la torre llaman al avemaría.

La casa cerrada.

Visité hace días con un amigo la casa de sus abuelos. Estaba cerrada y con evidentes signos de abandono, pero él conservaba vivos y nítidos los recuerdos de cuando era niño. De la charla que mantuvimos y de la impresión que me causó esta visita surge este poema.

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Está la  vieja casa  tan vacía

que hasta mi voz se da la vuelta

en sus estancias solitarias

y regresa con  ecos  temblorosos

a alojarse de nuevo en mi garganta.

Hay jaramagos secos en el patio

donde ayer había macetas

por  cuidadosas manos cultivadas.  

Una  capa de polvo cubre

las fotos de los que se fueron

y alguna telaraña cuelga

en  los rincones de la sala.

Sigue la luz dorada de la tarde

entrando por la puerta del  poniente,

donde antaño en otros días dichosos,

refulgían los bastidores

de excelentes  bordadoras.

Risas de niños  iban y venían del juego

a por la jícara de chocolate

y  a echarse el agua del botijo  a pecho.

De aquella vida que bullía alegre

sólo quedan  recuerdos.

Faltan ya los referentes  

que alegraron nuestra infancia.

Cuando el sol se está poniendo  me marcho.

Chirrían los goznes  con el óxido

y al echar la llave

mi corazón, de par en par,

abre las puertas de sus sentimientos.

 

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Publicado ayer  en el periódico HOY, sección Raíces.

Hasta comienzos  de los años sesenta no empezaron a llegar los primeros  televisores a los pueblos.  Este  hecho cambió paulatina y radicalmente las  costumbres  familiares y las relaciones  en los bares. Si toreaba  “El Cordobés” se abandonaban las eras  por dos horas  y los labradores  se venían a los locales del pueblo a ver la corrida. Las pocas casas que tenían televisor  se convirtieron  en salas de teatro de vecindad para ver ” Estudio 1″.

Anteriormente, cuando los miembros de la  familia nos sentábamos   en la mesa  nos mirábamos  de frente porque nada reclamaba nuestra atención visual  en otro sitio. La pantalla creó después  monedas de perfil, vivos retratos que se repetían cada noche. Imagen que tomo de Lorca en Antoñito el Camborio.

En invierno nos acostábamos pronto. Cuando se encendían las luces de la calle  nos recogíamos en nuestras casas después de haber jugado  toda la tarde  y nos  sentábamos al brasero.  Si había temporales  o el viento silbaba por  cables y  cornisas la luz tomaba las de Villadiego. El tendido eléctrico no aguantaba  esos aspavientos de la naturaleza. El remedio para la fuga eran  quinqués,  velas y  candiles. Había  que tenerlos siempre a mano.    Las calles estaban escasas de bombillas y abundantes de barro y charcos cuando llovía. Los que tenían que salir de casa  por necesidad alumbraban  sus pasos con linternas para evitar  meter los pies donde no debían,  cosa que no siempre era posible.  Los niños nos embelesábamos con las charlas de los mayores.  A veces llegaban visitas, rito y costumbre social de pésames y parabienes de nuestros pueblos. Nunca  faltaban temas de conversación y las mujeres, principalmente, enlazaban unos temas con otros con asombrosa versatilidad.

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En la  mesita con paño de encaje estaba la radio que asemejaba  el chiflo del afilador cuando movíamos el dial buscando emisoras. Sonaban anuncios con música pegadiza, como la de aquel negrito del África tropical o  el que nunca iba a ninguna parte sin llevar la pastilla  en el bolsillo.

Algunas noches nos contaban cuentos los mayores. Sentíamos por  los de miedo atracción y temor al mismo tiempo, pero la intriga nos  vencía y los pedíamos. Los ojos eran agujeros negros que todo lo absorbían asombrados y medrosos. Tenía mi padre la costumbre de preguntar después de contar alguno que quién iba a subir al “doblao” a por  los garbanzos para el cocido del día siguiente. De tripas hice corazón y algunas veces subía, pero otras entregué las armas y  el bagaje del valor y me negaba. ¡Para qué les cuentas esas cosas a los niños!

Jugábamos  también  al parchís. Escaleras azules, rojas verdes y amarillas hasta el trono central. Cuando nos cansábamos le dábamos la vuelta al tablero y la oca nos conducía entre cárceles,  pozos  y tiro porque me toca  hacia el triunfo.

No sabíamos, cuando se empezó a hablar del bingo en las urbes  y a gastarse la gente los cuartos en los salones,   que  nosotros, los niños de entonces,  ya   conocíamos ese juego de bolas y cartones , aunque con otro nombre. Se llamaba lotería.

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JURA DE BANDERA DE SOLDADOS EN EL CIMOV DE CACERES

El día ocho del  mes de noviembre de 2000 se celebró el último sorteo que asignaba los destinos de los quintos del reemplazo del año 2001. A partir, por tanto, del uno de enero de 2002 quedó suprimido el servicio militar obligatorio.

Quedaban atrás 230 años  desde que un trece de noviembre de 1770, durante el reinado de Carlos III, se estableció la prestación militar obligatoria  con la promulgación de la Real Ordenanza de Reemplazo Anual del Ejército. En esta Ordenanza se establecía una quinta anual, pero sólo del número de hombres que se necesitasen en los distintos regimientos para mantener sus efectivos y que no se hubiesen cubierto con la recluta voluntaria. El sistema para llevarlo a cabo era asignar a cada población un número y éste era escogido por sorteo entre los alistados solteros con edades entre los 17 y los 36 años- los voluntarios lo eran entre los 18 y los 40-. No se admitían vagabundos ni desertores, como se hacía anteriormente con la leva forzosa, constituida por recogida de “vagabundos y gente sin oficio”. Estaban exentos quienes se excluían por razones de familia o profesión. El servicio en filas era de ocho años. Posteriormente se sucedieron muchos cambios legislativos en cuanto a duración, exenciones y obligatoriedad del servicio militar.

Obviando gran parte de esta evolución histórica,  quiero centrar este pequeño trabajo en tres situaciones que marcaron las vidas de muchos jóvenes y las de sus familias.

Estas situaciones son la “Redención a metálico”, la Sustitución” y el “Soldado de cuota”

La Constitución de 1812 (“la Pepa”) establecía que “ningún español podrá eximirse del servicio militar, cuando y en la forma que fuere llamado por la ley”. Pero esto no fue así y al promulgarse en 1823 la primera Ley de Quintas se establece que “el servicio militar podrá desempeñarse por medio de sustitutos”. La Ordenanza de 1837 admite librarse del servicio mediante el pago de una cantidad de dinero (Redención a metálico) o bien requiriendo los servicios de otro joven, el cual, previo pago de una cantidad, cumplía el servicio en su lugar (sustitución), quedando de esta forma los “redimidos” y “sustituidos” exentos de todo servicio militar, tanto en tiempo de paz como de guerra.

Estas situaciones duran hasta 1912 en que son derogadas, pero  se crea el denominado soldado de “cuota”, el cual mediante el pago de una cantidad al Estado reduce el tiempo de su permanencia en filas.

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Veamos con más detalle cada una de estas situaciones.

Lógicamente los que se salvaban de cumplir el servicio militar y con ello en numerosos casos de morir en los cuarteles, dadas las precarias condiciones de salubridad e higiene, o en algunos de los conflictos que España mantenía en Ultramar, eran los hijos de las familias más pudientes. Pero como al mismo tiempo el amor a los hijos no es exclusivo de los adinerados, muchas familias se entrampaban más de lo que podían para librar a sus hijos del servicio militar. Los intereses de los préstamos de las sociedades crediticias oscilaban para este menester entre un 35 y un 50 por ciento.

Esto propició el florecimiento de la picaresca. Así, se presentaban para ser sustitutos, cojos, enanos, lisiados… que a cambio de dinero pretendían sustituir a quien le pagase por ello. Lógicamente eran declarados inútiles en la primera revisión médica. También se presentaban por la mitad del precio, vagos y delincuentes que a la primera ocasión que tenían desertaban, con gran perjuicio tanto para el ejército como para el que había pagado para ser sustituido, pues éste debía abonar ahora una cantidad suplementaria al Estado. Casos más tristes eran los jóvenes que en edad militar se automutilaban con tal de ser excluidos del servicio.

Las cantidades establecidas para la “Redención a metálico” oscilaban entre los 6.000 y 8.000 reales  y la “Sustitución” entre los 2.000 y 5.000 reales, según que el servicio se prestase en la Península o en Ultramar. La diferencia entre la redención y la sustitución era que en el primer caso el gobierno se comprometía a reemplazar al redimido por otro voluntario o reenganchado y en la sustitución era el joven beneficiado quien se lo daba hecho al Gobierno, una vez comprobada su aptitud.

Los abusos de las compañías crediticias hacen intervenir al Gobierno,  creando en 1859 un Fondo de Redenciones y Sustituciones. Su misión era que la población dejara de ser victima de especuladores desaprensivos y confiara esta tarea al Estado. En 1859 costaba prácticamente lo mismo redimirse o sustituirse, cerca de 6.000 reales. Después de algunas subidas y bajadas, a finales de 1868 costaba alrededor de 4.000 reales.

La sustitución se restringió poco a poco con el tiempo. En 1878 se permitía sólo a parientes de cuarto grado y a partir de 1882, únicamente entre hermanos. Para los destinados en ultramar esta limitación no se aplicaba. Mientras la sustitución no fue restringida a los lazos familiares fue común, como ya he dicho antes, obtener el concurso de un sustituto mediante el abono de una cantidad de dinero.

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Con motivo de la guerra de Cuba, cuando se movilizaron reemplazos ya licenciados y se llamaron a excedentes de cupo, el número de redenciones en metálico se incrementó rápidamente, pasando de 4.881 en 1891 a 23.284 en 1898.

Así que sólo los jóvenes que no contaban con medios suficientes para abonar las cantidades para ser sustituidos o redimirse, eran los únicos que pisaban los cuarteles. Se llegaba a identificar al soldado que prestaba servicio en nuestros cuarteles con el estrato más bajo de la sociedad. 

En 1912, como dije antes, desaparecen la redención y la sustitución, si bien ésta se autorizó hasta 1924 para casos muy excepcionales.

Estas injustas situaciones de Redimidos y Sustituidos dio paso a una nueva figura, la “Cuota militar”.

Debido a que la eliminación de la redención y la sustitución  supuso una importantísima disminución de los ingresos en las arcas del Estado y por otra parte con el fin de favorecer a ciertos sectores de la juventud-universitarios y profesionales cualificados, generalmente-se permitió reducir-nunca redimir totalmente-el tiempo de permanencia en filas mediante el pago de una cantidad de dinero: había nacido el “Soldado de Cuota”.

Este sistema de cuotas estuvo vigente en España desde 1912 hasta la Guerra Civil de 1936.

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CLASIFICACIÓN DEL IMPORTE DE LAS CUOTAS EN FUNCIÓN DEL TIEMPO DE SERVICIO

 Primer periodo (1912-1925) Duración del servicio militar: Tres años. Si se pagaba la cuota de 2.000 pesetas se servían cinco meses que podían hacerse de forma ininterrumpida o tres meses el primer año y dos el segundo. Si se pagaban mil pesetas de cuota se servían diez meses y también podían hacerse de forma ininterrumpida o cuatro meses el primer año, tres el segundo y otros tres el tercero.

Segundo periodo (1925-1930) Duración del servicio militar: Dos años. Si se pagaba la cuota, entre 1.000 y 5.000 pesetas, dependiendo de la renta familiar, ser hijo de militar o de funcionario o tener la condición de familia numerosa, el tiempo de servicio era de nueve meses ininterrumpidos.

Tercer periodo (1930-1936) Duración del servicio militar: Un año. La cuota oscilaba entre 1.000 y 5.000 pesetas, atendiendo a las circunstancias enumeradas anteriormente y si se pagaba,  el tiempo de servicio se reducía a seis meses ininterrumpidos.

La segunda República confirma la modalidad de los soldados de cuota y su Ministro de Guerra D. Manuel Azaña mantiene las variables de tiempo de servicio y cuotas a abonar, que permanecerán invariables hasta julio de 1.936.

 

ALGUNOS DATOS MÁS

Para valorar de un modo más aproximado a la realidad el valor de estas cuotas hay que tener en cuenta que en 1.912 el sueldo anual de un teniente era de 2.250 pesetas y el de un suboficial de 1.230 pesetas

¿Qué ventajas tenía el ser soldado de cuota además de reducir considerablemente  el tiempo de permanencia en filas? Tenían la facultad de elegir arma, cuerpo y unidad militar, corriendo a su cargo el vestuario y equipo correspondiente. En Caballería debía aportar el caballo y hacerse cargo de su manutención. También estaban autorizados a comer y pernoctar fuera del cuartel, quedando exentos de realizar servicios mecánicos, pero no de armas. Preferían a la hora de elegir cuerpo Intendencia, Sanidad, Artillería e Ingenieros, prefiriendo en último lugar a la sufrida Infantería. Primo de Rivera estableció por este motivo un porcentaje de admisión en cada en cada arma o cuerpo, estableciendo un cincuenta por ciento obligatorio para la Infantería.

Habrá que esperar a la Ley de Reclutamiento de 1940 para que el servicio militar supusiese la incorporación de la totalidad del contingente. Según esta norma el servicio en filas sería de dos años más otros veintidós en situación de reserva.

La Ley de 1968 estableció un plazo variable entre los quince y los veinticuatro meses y el tiempo restante hasta completar los dos años sin estar en filas se consideraba como servicio eventual. La situación de reserva se reducía de 22 a 16 años y se contemplaba la incorporación de los excedentes del contingente anual para recibir la instrucción básica durante un corto periodo de tiempo. Una nueva ley, en 1984, redujo la duración del servicio en filas a doce meses y la situación de reserva  a catorce años. Por último la ley de 1991 fijó el tiempo del servicio militar en nueve meses y la situación de reserva a sólo tres años.

En la actualidad el servicio militar obligatorio, como señalé al principio del escrito, no existe. El ejército se ha profesionalizado. Atrás quedan los marqueos y los sorteos con todas las celebraciones  que llevaban aparejadas. Las noches insomnes y jaraneras, las excentricidades del vino y el alarde, la novia añorada o soñada, el compañerismo de pertenecer a la misma quinta.Todo quedó prendido en la última farola de la calle, vieja y rota, como un jirón de trapo ajado al albur de los vientos otoñales.

Bibliografía:

-El soldado de cuota en el Ejército Español en el primer tercio del siglo XX.- Francisco Ángel Cañete Pérez

-El servicio militar en España (1913-1935)-José F. García Moreno

-El soldado desconocido. De la leva a la mili-Fernando Puell de la Villa

-Ejército de tierra

 

 

Emigrantes.

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Columna Raíces. Periódico HOY

A  mediodía pasa el cartero. Las esposas de los  emigrantes  esperan   tras la puerta entornada que les traiga las  cartas  con bordes de rayas oblicuas  azules y rojas  con noticias de sus maridos.

Cada mes reciben  también el   aviso del  giro postal que les  sirve para mantener a la familia.          

En los pueblos hay poco trabajo.  Sólo  el estacional   en tiempos de sementera, recolección,  escarda y esquila. Los ayuntamientos ofrecen muy pocas peonadas. Los pequeños propietarios agrícolas  y los  artesanos aguantan a duras penas la larga y profunda crisis económica. La emigración es  una  salida a la que agarrarse para  mejorar la situación.

Francia, Alemania, Reino Unido, Bélgica, Holanda y Suiza pactan con los países del sur de Europa contratos de trabajo para cubrir sus necesidades laborales.

Las autoridades españolas gestionan las ofertas y demandas de trabajo a través del Instituto Español de Emigración. En los pueblos son las Hermandades Sindicales  de Labradores y Ganaderos  las encargadas de realizar  los trámites, informar y confeccionar los listados de solicitantes.   Badajoz es el lugar  a donde deben  dirigirse para un primer  reconocimiento médico. Superado éste, regresan a casa y  son llamados  posteriormente  para  emprender la marcha a sus puntos de destino.    Los viajes desde sus pueblos  hasta Badajoz los abonaba cada trabajador y desde Badajoz, en tren  hasta los lugares de trabajo,  corren  por cuenta de las empresas contratantes.  Siempre es un apoyo ir acompañado de algún paisano o gente conocida de un  pueblo cercano. Las empresas les ofrecen la posibilidad de alojarse en  barracones acondicionados  donde disponen de una cocina para cada  cuatro o cinco personas.

“Era duro dejar a  la mujer y  a los hijos, sabiendo que ibas a estar un año sin verlos. Cuando regresabas  los más pequeños  no te reconocían y extrañaban   tus brazos”, me cuenta uno de los  que emigraron en aquellos tiempos. “El trabajo no me acobardaba ni lo rehuía  por penoso que fuese, pero dejarlos aquí  tan pequeños me echaba el alma a los pies”.

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Una vez al año  vuelven  de vacaciones.  Las noticias e impresiones que refieren  a amigos y familiares  alientan o desaniman   a otros que dudan si emprender o no el  camino de la emigración.

Hay quienes  se llevan a sus mujeres y a  sus hijos.  “Yo preferí que se quedaran aquí porque quise evitar que  cuando decidiera venirme ellos hubiesen hecho amistades y empezado a enraizar allí, como les pasó a otros, y entonces hubiese sido más difícil el regreso de todos”. 

 Muchos vuelven  a los pocos años a sus pueblos. Intentan montar algún negocio con los ahorros o emigran ya con la familia completa  al  País Vasco, Cataluña o Madrid. Comienzan entonces a cerrarse muchas casas. Los hijos estudian  o encuentran trabajo   en los lugares  a donde se han ido. Allí  encauzan sus vidas. Los primeros que se fueron volvían  todos los años. Los nietos vienen de vez en cuando al pueblo donde nacieron y se criaron  sus abuelos y del que tantas historias les contaban de  su infancia y mocedad.

Lluvia evocadora

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Llega de lejos tu presencia ausente.

La trae  el viento que bulle en la alameda.

La lluvia cautiva y  evoca cuando cae

en la apacible soledad del campo.  

El beso adolescente,

tembloroso y sincero, 

los latidos del pecho,

el  efusivo  abrazo,

las adelfas en el  río, tu pelo mojado…

Emociones primeras,

de la entrega a la vida sin rodeos.

¡Si yo  hubiese sabido

que tenía un tesoro entre mis manos…!

Sigue el cadencioso susurro  

del agua en la memoria acogedora.

Entre las hojas del olmo un ruiseñor espera

con las plumas infladas

a que la lluvia cese.

 

Noche de Reyes.

Reyes-Magos

Les mandé hasta Oriente

un carta alada

con trazos confusos

e inocencia blanca.

Mientras yo dormía

un paje con  capa

mi sueño de Reyes

ponía en la ventana.

Era tan real

que me despertaba

sin haber dormido,

¿o tal vez soñaba

estando despierto

en la madrugada?

Esta noche quiero

volver a ser niño

a ver si un prodigio

trae lo que espero.

Uniformados

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La colación más común en las navidades de hace muchos años  era  una caja de mantecados de Estepa y una botella  de anís de Cazalla.

Lentamente  fue llegando  el desahogo  y con él la televisión  nos enseñó otras formas de celebrar estas fiestas,  otras comidas y bebidas  que fueron incorporándose  a nuestros menús.

Saltaron tapones de champán  que certificaban en el techo con  matasellos la arribada  de la prosperidad  y el derroche. Las mesas  se llenaron de mariscos, carnes, turrones y refinados licores.

Papá Noel no había llegado aún con su trineo tirado por renos desde las lejanas  tierras nórdicas para usurparle a los Magos su protagonismo, ni el acebo ni el muérdago adornaban nuestras casas. Sólo el portal con las lavanderas en el arroyo, los pastores a la lumbre y la  estrella del rabo plateada señalando a los Reyes Magos  el lugar donde se hallaba  el establo con  una mula y un buey junto  al recién nacido. La noche de la ilusión, la de la magia entraba por fogones y ventanas y dejaba un balón, una muñeca,  un diábolo y  un puñado de caramelos esparcidos por el suelo, cuando  aún había niños que encontraban en los días que derriban las puertas, sus abarcas vacías, sus abarcas desiertas, como magistralmente escribió Miguel Hernández. Tornó la mesura  a saciedad de juguetes, olvidados en un rincón al día siguiente. Llegaron  los móviles de última generación,  que no son  juego, sino absorción de las seseras. Y en esas estamos. 

Mantecados-típicos

La Nochevieja era  entonces una noche más en nuestros pueblos que  daba  entrada sigilosa  al año nuevo.  Pero nos llegaban imágenes  de  saraos llenos de guirnaldas, serpentinas  y confetis festejando alborozadamente  la despedida del año y nos fuimos uniendo al cortejo unificador de costumbres. Primero se hicieron reuniones en casas o cocheras donde se bebía y se bailaba con  música de radiocasete o tocadiscos. Después nos incorporamos  de lleno  a la vorágine de despedidas ebrias con bullanga y besos de buenos deseos y prosperidad  a discreción. Todos unidos en la resaca de Año Nuevo.

Vacaciones de Navidad.

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Columna Raíces en el periódico HOY de ayer viernes

 El prefecto nos recomendaba  hacer un horario para las vacaciones. Había tiempo para todo si lo distribuíamos bien.  Así que en los días  anteriores   a las mismas nos dedicábamos  con gran regocijo  a su confección,  más por recrearnos mentalmente en el  disfrute que preveíamos  que en los beneficios organizativos que pudiera  depararnos su aplicación. Hacíamos dos y los repasábamos y retocábamos con frecuencia: uno por si llovía  y otro por si hacía sol.

 Esa anticipo programado de lo que pensábamos hacer  nos transportaba imaginariamente a nuestros pueblos,  a los que no íbamos  desde octubre y añorábamos constantemente.

 Distribuíamos  las horas   entre paseos  en  bicicleta, partidos de fútbol, comidas, misas,  rosarios, televisión, que entonces era novedosa, y  lecturas, por indicación imperativa del superior.  Esos eran los propósitos, aunque cuando llegaba el momento  de llevarlos a la práctica nos adaptábamos sin problemas  a  las circunstancias  sobrevenidas   y que no eran otras que dilatar  el tiempo de juego de orilla a orilla de la jornada. Los primeros días de vacaciones ayudábamos a montar el portal en nuestras casas o  en la de  algún amigo.  Íbamos al ejido con  azadón y cuchillo para recortar y extraer   “magro”, que así llamamos por aquí a pedazos  de hierba  con sus raíces. Buscábamos  el papel de plata que traían  las libras de chocolate para simular el río donde lavaban las lavanderas, mocos de los desechos de las fraguas para los montes y papel  de   celofán rojo para la lumbre alrededor de la que  pasaban la noche los pastores.

 Aún éramos pequeños para los guateques y reuniones que vendrían en años posteriores y que ocuparon muchas horas  de nuestro tiempo adolescente.

 Antes de que el consumo y las disponibilidades económicas degeneraran en hartazgos y derroches,  el plato principal de la cena de Nochebuena solía ser  arroz con bacalao o un pollo de corral en escabeche acompañados por vino  de la tierra para los mayores. Postres  sencillos, pero exquisitos, como el arroz con leche y las “puchas”,  a base de agua, harina, canela,  leche y azúcar que  las manos diestras de las madres y abuelas elaboraban.

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 Lo peor era el regreso al internado. Los buenos ratos con los amigos, los juegos, la familia… Arrancar de cuajo esas vivencias y  las  entrañables  horas al brasero para llegar al mármol frío y la  humedad de los pasillos   era un golpe cruel a nuestros cuerpos y sal para el sentimiento en carne viva. Éramos poco más que unos  niños.

 En la maleta llevábamos las manos de nuestras  madres en los pliegues de la ropa y los olores de la casa recién abandonada. Abrirla en aquel dormitorio del internado era esparcir añoranzas, sobre todo  en    los anochecidos, esas horas de luz entreverada e incierta en que arrecian las tristezas.

 Los recreos de los primeros días los pasábamos en los rincones del patio rumiando recuerdos  y rememorando  con los paisanos vivencias recientemente compartidas  en el pueblo. Tardábamos varias jornadas en superar la murria; algunos más, tanto que eran llamados por los superiores para intentar aliviar su abatimiento.

Aquella escuela

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Columna semanal Raíces en el periódico HOY

Los pupitres eran bipersonales y para delimitar fronteras cuando las relaciones vecinales  se deterioraban por algunas de las múltiples y efímeras disputas infantiles  trazábamos una raya con  lápiz o con  tiza que lo dividía en dos partes iguales. Si uno de los dos ocupantes traspasaba la medianería  recibía un codazo del compañero como aviso y castigo por la invasión. Si coincidía con el momento en que hacíamos  caligrafía  el  envite podía ocasionar que la hoja se  llenara   de manchas de tinta,  porque entonces la usábamos con plumilla para este fin.  La tinta la elaboraba el maestro mezclando unos polvos azules con agua. Los tinteros eran de plomo o cerámica y estaban en los agujeros que tenían los pupitres en  la parte superior. Cada día el alumno encargado  los llenaba..

 Hacer la plana era una de las actividades más placenteras para mí. El maestro  escribía en el encerado la muestra y  nosotros la repetíamos en la libreta de dos rayas, dejando nuestra impronta en los  trazos  cercanos al arte del  dibujo que subían, bajaban y se curvaban con cambios de grosor y rasgos arabescos en aquellas libretas de la marca Balandro con dos futbolistas en portada.  Había que hacerla con especial esmero, sin que las vocales desbordaran los límites del suelo y el techo de las rayas paralelas.  Cuando el maestro nos calificaba con  “Muy Bien” regresábamos   a nuestro pupitre  mostrándola a los compañeros con gran satisfacción.  Sentí que  la caligrafía se eliminara de nuestro aprendizaje.

 Las cuentas las hacíamos   en una  pizarra pequeña e individual  donde escribíamos con  pizarrín blanco, redondo y duro.  El borrador consistía en un retazo  de tejido unido a la pizarra por una cuerda al que agregábamos saliva.  En caso de  pérdida del trapo, no había problema, se le reemplazaba  por  la manga del jersey   que después frotábamos con el pantalón para  difuminar la mancha de tiza.

 Cayeron en desuso  la tinta y las pequeñas pizarras y se generalizaron los lápices y las libretas.     La goma de borrar “MILAN” siempre a mano para corregir yerros. A los  tres o cuatro borrados la carilla quedaba ennegrecida y entonces mojábamos un poco la goma con la lengua, procurando no abusar de esta práctica por el riesgo de rotura del papel.

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  Después  de las cartillas de “Rayas” de los primeros cursos,  cuyo autor fue el extremeño de Serradilla Ángel Rodríguez Álvarez,   llegó  el “Nuevo Catón”, que introdujo los colores en los dibujos que ilustraban las  lecturas. En los cursos superiores   la enciclopedia “Álvarez” en sus distintos grados-“intuitiva, sintética y práctica” fue el libro básico y único que comenzaba con la historia sagrada y terminaba  con las  efemérides  conmemorativas  de personajes y hechos  afines  a  la causa vencedora  de la incivil contienda.

  Algunas tardes en que lucía el sol sacábamos los pupitres a las “corralillas”, denominación  que dábamos en Ahillones  a los porches de las traseras de la escuela orientados al poniente. Allí hacíamos las tareas, con el sol en la cara  y el moscón de los sueños zumbando de pupitre en pupitre.