La casa cerrada.
Visité hace días con un amigo la casa de sus abuelos. Estaba cerrada y con evidentes signos de abandono, pero él conservaba vivos y nítidos los recuerdos de cuando era niño. De la charla que mantuvimos y de la impresión que me causó esta visita surge este poema.
Está la vieja casa tan vacía
que hasta mi voz se da la vuelta
en sus estancias solitarias
y regresa con ecos temblorosos
a alojarse de nuevo en mi garganta.
Hay jaramagos secos en el patio
donde ayer había macetas
por cuidadosas manos cultivadas.
Una capa de polvo cubre
las fotos de los que se fueron
y alguna telaraña cuelga
en los rincones de la sala.
Sigue la luz dorada de la tarde
entrando por la puerta del poniente,
donde antaño en otros días dichosos,
refulgían los bastidores
de excelentes bordadoras.
Risas de niños iban y venían del juego
a por la jícara de chocolate
y a echarse el agua del botijo a pecho.
De aquella vida que bullía alegre
sólo quedan recuerdos.
Faltan ya los referentes
que alegraron nuestra infancia.
Cuando el sol se está poniendo me marcho.
Chirrían los goznes con el óxido
y al echar la llave
mi corazón, de par en par,
abre las puertas de sus sentimientos.
Sin tele
Publicado ayer en el periódico HOY, sección Raíces.
Hasta comienzos de los años sesenta no empezaron a llegar los primeros televisores a los pueblos. Este hecho cambió paulatina y radicalmente las costumbres familiares y las relaciones en los bares. Si toreaba “El Cordobés” se abandonaban las eras por dos horas y los labradores se venían a los locales del pueblo a ver la corrida. Las pocas casas que tenían televisor se convirtieron en salas de teatro de vecindad para ver ” Estudio 1″.
Anteriormente, cuando los miembros de la familia nos sentábamos en la mesa nos mirábamos de frente porque nada reclamaba nuestra atención visual en otro sitio. La pantalla creó después monedas de perfil, vivos retratos que se repetían cada noche. Imagen que tomo de Lorca en Antoñito el Camborio.
En invierno nos acostábamos pronto. Cuando se encendían las luces de la calle nos recogíamos en nuestras casas después de haber jugado toda la tarde y nos sentábamos al brasero. Si había temporales o el viento silbaba por cables y cornisas la luz tomaba las de Villadiego. El tendido eléctrico no aguantaba esos aspavientos de la naturaleza. El remedio para la fuga eran quinqués, velas y candiles. Había que tenerlos siempre a mano. Las calles estaban escasas de bombillas y abundantes de barro y charcos cuando llovía. Los que tenían que salir de casa por necesidad alumbraban sus pasos con linternas para evitar meter los pies donde no debían, cosa que no siempre era posible. Los niños nos embelesábamos con las charlas de los mayores. A veces llegaban visitas, rito y costumbre social de pésames y parabienes de nuestros pueblos. Nunca faltaban temas de conversación y las mujeres, principalmente, enlazaban unos temas con otros con asombrosa versatilidad.
En la mesita con paño de encaje estaba la radio que asemejaba el chiflo del afilador cuando movíamos el dial buscando emisoras. Sonaban anuncios con música pegadiza, como la de aquel negrito del África tropical o el que nunca iba a ninguna parte sin llevar la pastilla en el bolsillo.
Algunas noches nos contaban cuentos los mayores. Sentíamos por los de miedo atracción y temor al mismo tiempo, pero la intriga nos vencía y los pedíamos. Los ojos eran agujeros negros que todo lo absorbían asombrados y medrosos. Tenía mi padre la costumbre de preguntar después de contar alguno que quién iba a subir al “doblao” a por los garbanzos para el cocido del día siguiente. De tripas hice corazón y algunas veces subía, pero otras entregué las armas y el bagaje del valor y me negaba. ¡Para qué les cuentas esas cosas a los niños!
Jugábamos también al parchís. Escaleras azules, rojas verdes y amarillas hasta el trono central. Cuando nos cansábamos le dábamos la vuelta al tablero y la oca nos conducía entre cárceles, pozos y tiro porque me toca hacia el triunfo.
No sabíamos, cuando se empezó a hablar del bingo en las urbes y a gastarse la gente los cuartos en los salones, que nosotros, los niños de entonces, ya conocíamos ese juego de bolas y cartones , aunque con otro nombre. Se llamaba lotería.
Soldadito español
El día ocho del mes de noviembre de 2000 se celebró el último sorteo que asignaba los destinos de los quintos del reemplazo del año 2001. A partir, por tanto, del uno de enero de 2002 quedó suprimido el servicio militar obligatorio.
Quedaban atrás 230 años desde que un trece de noviembre de 1770, durante el reinado de Carlos III, se estableció la prestación militar obligatoria con la promulgación de la Real Ordenanza de Reemplazo Anual del Ejército. En esta Ordenanza se establecía una quinta anual, pero sólo del número de hombres que se necesitasen en los distintos regimientos para mantener sus efectivos y que no se hubiesen cubierto con la recluta voluntaria. El sistema para llevarlo a cabo era asignar a cada población un número y éste era escogido por sorteo entre los alistados solteros con edades entre los 17 y los 36 años- los voluntarios lo eran entre los 18 y los 40-. No se admitían vagabundos ni desertores, como se hacía anteriormente con la leva forzosa, constituida por recogida de “vagabundos y gente sin oficio”. Estaban exentos quienes se excluían por razones de familia o profesión. El servicio en filas era de ocho años. Posteriormente se sucedieron muchos cambios legislativos en cuanto a duración, exenciones y obligatoriedad del servicio militar.
Obviando gran parte de esta evolución histórica, quiero centrar este pequeño trabajo en tres situaciones que marcaron las vidas de muchos jóvenes y las de sus familias.
Estas situaciones son la “Redención a metálico”, la “Sustitución” y el “Soldado de cuota”
La Constitución de 1812 (“la Pepa”) establecía que “ningún español podrá eximirse del servicio militar, cuando y en la forma que fuere llamado por la ley”. Pero esto no fue así y al promulgarse en 1823 la primera Ley de Quintas se establece que “el servicio militar podrá desempeñarse por medio de sustitutos”. La Ordenanza de 1837 admite librarse del servicio mediante el pago de una cantidad de dinero (Redención a metálico) o bien requiriendo los servicios de otro joven, el cual, previo pago de una cantidad, cumplía el servicio en su lugar (sustitución), quedando de esta forma los “redimidos” y “sustituidos” exentos de todo servicio militar, tanto en tiempo de paz como de guerra.
Estas situaciones duran hasta 1912 en que son derogadas, pero se crea el denominado soldado de “cuota”, el cual mediante el pago de una cantidad al Estado reduce el tiempo de su permanencia en filas.
Veamos con más detalle cada una de estas situaciones.
Lógicamente los que se salvaban de cumplir el servicio militar y con ello en numerosos casos de morir en los cuarteles, dadas las precarias condiciones de salubridad e higiene, o en algunos de los conflictos que España mantenía en Ultramar, eran los hijos de las familias más pudientes. Pero como al mismo tiempo el amor a los hijos no es exclusivo de los adinerados, muchas familias se entrampaban más de lo que podían para librar a sus hijos del servicio militar. Los intereses de los préstamos de las sociedades crediticias oscilaban para este menester entre un 35 y un 50 por ciento.
Esto propició el florecimiento de la picaresca. Así, se presentaban para ser sustitutos, cojos, enanos, lisiados… que a cambio de dinero pretendían sustituir a quien le pagase por ello. Lógicamente eran declarados inútiles en la primera revisión médica. También se presentaban por la mitad del precio, vagos y delincuentes que a la primera ocasión que tenían desertaban, con gran perjuicio tanto para el ejército como para el que había pagado para ser sustituido, pues éste debía abonar ahora una cantidad suplementaria al Estado. Casos más tristes eran los jóvenes que en edad militar se automutilaban con tal de ser excluidos del servicio.
Las cantidades establecidas para la “Redención a metálico” oscilaban entre los 6.000 y 8.000 reales y la “Sustitución” entre los 2.000 y 5.000 reales, según que el servicio se prestase en la Península o en Ultramar. La diferencia entre la redención y la sustitución era que en el primer caso el gobierno se comprometía a reemplazar al redimido por otro voluntario o reenganchado y en la sustitución era el joven beneficiado quien se lo daba hecho al Gobierno, una vez comprobada su aptitud.
Los abusos de las compañías crediticias hacen intervenir al Gobierno, creando en 1859 un Fondo de Redenciones y Sustituciones. Su misión era que la población dejara de ser victima de especuladores desaprensivos y confiara esta tarea al Estado. En 1859 costaba prácticamente lo mismo redimirse o sustituirse, cerca de 6.000 reales. Después de algunas subidas y bajadas, a finales de 1868 costaba alrededor de 4.000 reales.
La sustitución se restringió poco a poco con el tiempo. En 1878 se permitía sólo a parientes de cuarto grado y a partir de 1882, únicamente entre hermanos. Para los destinados en ultramar esta limitación no se aplicaba. Mientras la sustitución no fue restringida a los lazos familiares fue común, como ya he dicho antes, obtener el concurso de un sustituto mediante el abono de una cantidad de dinero.
Con motivo de la guerra de Cuba, cuando se movilizaron reemplazos ya licenciados y se llamaron a excedentes de cupo, el número de redenciones en metálico se incrementó rápidamente, pasando de 4.881 en 1891 a 23.284 en 1898.
Así que sólo los jóvenes que no contaban con medios suficientes para abonar las cantidades para ser sustituidos o redimirse, eran los únicos que pisaban los cuarteles. Se llegaba a identificar al soldado que prestaba servicio en nuestros cuarteles con el estrato más bajo de la sociedad.
En 1912, como dije antes, desaparecen la redención y la sustitución, si bien ésta se autorizó hasta 1924 para casos muy excepcionales.
Estas injustas situaciones de Redimidos y Sustituidos dio paso a una nueva figura, la “Cuota militar”.
Debido a que la eliminación de la redención y la sustitución supuso una importantísima disminución de los ingresos en las arcas del Estado y por otra parte con el fin de favorecer a ciertos sectores de la juventud-universitarios y profesionales cualificados, generalmente-se permitió reducir-nunca redimir totalmente-el tiempo de permanencia en filas mediante el pago de una cantidad de dinero: había nacido el “Soldado de Cuota”.
Este sistema de cuotas estuvo vigente en España desde 1912 hasta la Guerra Civil de 1936.
CLASIFICACIÓN DEL IMPORTE DE LAS CUOTAS EN FUNCIÓN DEL TIEMPO DE SERVICIO
Primer periodo (1912-1925) Duración del servicio militar: Tres años. Si se pagaba la cuota de 2.000 pesetas se servían cinco meses que podían hacerse de forma ininterrumpida o tres meses el primer año y dos el segundo. Si se pagaban mil pesetas de cuota se servían diez meses y también podían hacerse de forma ininterrumpida o cuatro meses el primer año, tres el segundo y otros tres el tercero.
Segundo periodo (1925-1930) Duración del servicio militar: Dos años. Si se pagaba la cuota, entre 1.000 y 5.000 pesetas, dependiendo de la renta familiar, ser hijo de militar o de funcionario o tener la condición de familia numerosa, el tiempo de servicio era de nueve meses ininterrumpidos.
Tercer periodo (1930-1936) Duración del servicio militar: Un año. La cuota oscilaba entre 1.000 y 5.000 pesetas, atendiendo a las circunstancias enumeradas anteriormente y si se pagaba, el tiempo de servicio se reducía a seis meses ininterrumpidos.
La segunda República confirma la modalidad de los soldados de cuota y su Ministro de Guerra D. Manuel Azaña mantiene las variables de tiempo de servicio y cuotas a abonar, que permanecerán invariables hasta julio de 1.936.
ALGUNOS DATOS MÁS
Para valorar de un modo más aproximado a la realidad el valor de estas cuotas hay que tener en cuenta que en 1.912 el sueldo anual de un teniente era de 2.250 pesetas y el de un suboficial de 1.230 pesetas
¿Qué ventajas tenía el ser soldado de cuota además de reducir considerablemente el tiempo de permanencia en filas? Tenían la facultad de elegir arma, cuerpo y unidad militar, corriendo a su cargo el vestuario y equipo correspondiente. En Caballería debía aportar el caballo y hacerse cargo de su manutención. También estaban autorizados a comer y pernoctar fuera del cuartel, quedando exentos de realizar servicios mecánicos, pero no de armas. Preferían a la hora de elegir cuerpo Intendencia, Sanidad, Artillería e Ingenieros, prefiriendo en último lugar a la sufrida Infantería. Primo de Rivera estableció por este motivo un porcentaje de admisión en cada en cada arma o cuerpo, estableciendo un cincuenta por ciento obligatorio para la Infantería.
Habrá que esperar a la Ley de Reclutamiento de 1940 para que el servicio militar supusiese la incorporación de la totalidad del contingente. Según esta norma el servicio en filas sería de dos años más otros veintidós en situación de reserva.
La Ley de 1968 estableció un plazo variable entre los quince y los veinticuatro meses y el tiempo restante hasta completar los dos años sin estar en filas se consideraba como servicio eventual. La situación de reserva se reducía de 22 a 16 años y se contemplaba la incorporación de los excedentes del contingente anual para recibir la instrucción básica durante un corto periodo de tiempo. Una nueva ley, en 1984, redujo la duración del servicio en filas a doce meses y la situación de reserva a catorce años. Por último la ley de 1991 fijó el tiempo del servicio militar en nueve meses y la situación de reserva a sólo tres años.
En la actualidad el servicio militar obligatorio, como señalé al principio del escrito, no existe. El ejército se ha profesionalizado. Atrás quedan los marqueos y los sorteos con todas las celebraciones que llevaban aparejadas. Las noches insomnes y jaraneras, las excentricidades del vino y el alarde, la novia añorada o soñada, el compañerismo de pertenecer a la misma quinta.Todo quedó prendido en la última farola de la calle, vieja y rota, como un jirón de trapo ajado al albur de los vientos otoñales.
Bibliografía:
-El soldado de cuota en el Ejército Español en el primer tercio del siglo XX.- Francisco Ángel Cañete Pérez
-El servicio militar en España (1913-1935)-José F. García Moreno
-El soldado desconocido. De la leva a la mili-Fernando Puell de la Villa
-Ejército de tierra
Emigrantes.
Columna Raíces. Periódico HOY
A mediodía pasa el cartero. Las esposas de los emigrantes esperan tras la puerta entornada que les traiga las cartas con bordes de rayas oblicuas azules y rojas con noticias de sus maridos.
Cada mes reciben también el aviso del giro postal que les sirve para mantener a la familia.
En los pueblos hay poco trabajo. Sólo el estacional en tiempos de sementera, recolección, escarda y esquila. Los ayuntamientos ofrecen muy pocas peonadas. Los pequeños propietarios agrícolas y los artesanos aguantan a duras penas la larga y profunda crisis económica. La emigración es una salida a la que agarrarse para mejorar la situación.
Francia, Alemania, Reino Unido, Bélgica, Holanda y Suiza pactan con los países del sur de Europa contratos de trabajo para cubrir sus necesidades laborales.
Las autoridades españolas gestionan las ofertas y demandas de trabajo a través del Instituto Español de Emigración. En los pueblos son las Hermandades Sindicales de Labradores y Ganaderos las encargadas de realizar los trámites, informar y confeccionar los listados de solicitantes. Badajoz es el lugar a donde deben dirigirse para un primer reconocimiento médico. Superado éste, regresan a casa y son llamados posteriormente para emprender la marcha a sus puntos de destino. Los viajes desde sus pueblos hasta Badajoz los abonaba cada trabajador y desde Badajoz, en tren hasta los lugares de trabajo, corren por cuenta de las empresas contratantes. Siempre es un apoyo ir acompañado de algún paisano o gente conocida de un pueblo cercano. Las empresas les ofrecen la posibilidad de alojarse en barracones acondicionados donde disponen de una cocina para cada cuatro o cinco personas.
“Era duro dejar a la mujer y a los hijos, sabiendo que ibas a estar un año sin verlos. Cuando regresabas los más pequeños no te reconocían y extrañaban tus brazos”, me cuenta uno de los que emigraron en aquellos tiempos. “El trabajo no me acobardaba ni lo rehuía por penoso que fuese, pero dejarlos aquí tan pequeños me echaba el alma a los pies”.
Una vez al año vuelven de vacaciones. Las noticias e impresiones que refieren a amigos y familiares alientan o desaniman a otros que dudan si emprender o no el camino de la emigración.
Hay quienes se llevan a sus mujeres y a sus hijos. “Yo preferí que se quedaran aquí porque quise evitar que cuando decidiera venirme ellos hubiesen hecho amistades y empezado a enraizar allí, como les pasó a otros, y entonces hubiese sido más difícil el regreso de todos”.
Muchos vuelven a los pocos años a sus pueblos. Intentan montar algún negocio con los ahorros o emigran ya con la familia completa al País Vasco, Cataluña o Madrid. Comienzan entonces a cerrarse muchas casas. Los hijos estudian o encuentran trabajo en los lugares a donde se han ido. Allí encauzan sus vidas. Los primeros que se fueron volvían todos los años. Los nietos vienen de vez en cuando al pueblo donde nacieron y se criaron sus abuelos y del que tantas historias les contaban de su infancia y mocedad.
Lluvia evocadora
Llega de lejos tu presencia ausente.
La trae el viento que bulle en la alameda.
La lluvia cautiva y evoca cuando cae
en la apacible soledad del campo.
El beso adolescente,
tembloroso y sincero,
los latidos del pecho,
el efusivo abrazo,
las adelfas en el río, tu pelo mojado…
Emociones primeras,
de la entrega a la vida sin rodeos.
¡Si yo hubiese sabido
que tenía un tesoro entre mis manos…!
Sigue el cadencioso susurro
del agua en la memoria acogedora.
Entre las hojas del olmo un ruiseñor espera
con las plumas infladas
a que la lluvia cese.
Noche de Reyes.
Les mandé hasta Oriente
un carta alada
con trazos confusos
e inocencia blanca.
Mientras yo dormía
un paje con capa
mi sueño de Reyes
ponía en la ventana.
Era tan real
que me despertaba
sin haber dormido,
¿o tal vez soñaba
estando despierto
en la madrugada?
Esta noche quiero
volver a ser niño
a ver si un prodigio
trae lo que espero.
Uniformados
La colación más común en las navidades de hace muchos años era una caja de mantecados de Estepa y una botella de anís de Cazalla.
Lentamente fue llegando el desahogo y con él la televisión nos enseñó otras formas de celebrar estas fiestas, otras comidas y bebidas que fueron incorporándose a nuestros menús.
Saltaron tapones de champán que certificaban en el techo con matasellos la arribada de la prosperidad y el derroche. Las mesas se llenaron de mariscos, carnes, turrones y refinados licores.
Papá Noel no había llegado aún con su trineo tirado por renos desde las lejanas tierras nórdicas para usurparle a los Magos su protagonismo, ni el acebo ni el muérdago adornaban nuestras casas. Sólo el portal con las lavanderas en el arroyo, los pastores a la lumbre y la estrella del rabo plateada señalando a los Reyes Magos el lugar donde se hallaba el establo con una mula y un buey junto al recién nacido. La noche de la ilusión, la de la magia entraba por fogones y ventanas y dejaba un balón, una muñeca, un diábolo y un puñado de caramelos esparcidos por el suelo, cuando aún había niños que encontraban en los días que derriban las puertas, sus abarcas vacías, sus abarcas desiertas, como magistralmente escribió Miguel Hernández. Tornó la mesura a saciedad de juguetes, olvidados en un rincón al día siguiente. Llegaron los móviles de última generación, que no son juego, sino absorción de las seseras. Y en esas estamos.
La Nochevieja era entonces una noche más en nuestros pueblos que daba entrada sigilosa al año nuevo. Pero nos llegaban imágenes de saraos llenos de guirnaldas, serpentinas y confetis festejando alborozadamente la despedida del año y nos fuimos uniendo al cortejo unificador de costumbres. Primero se hicieron reuniones en casas o cocheras donde se bebía y se bailaba con música de radiocasete o tocadiscos. Después nos incorporamos de lleno a la vorágine de despedidas ebrias con bullanga y besos de buenos deseos y prosperidad a discreción. Todos unidos en la resaca de Año Nuevo.




















