El fuego de las fraguas con una gama de matices que abarca desde el color rosa cereza y el granate hasta el rojo blanquecino con chispas azules quita rigidez al hierro y lo vuelve dúctil. El músculo tenso del herrero lo sostiene con tenazas y lo moldea para conseguir doblegar su resistencia. Calor, fuerza y destreza lo transforman en rejas de ventana o maceteros, cerrojo, escoplo o vertedera. El temple se obtiene en la pila de agua con un estrepitoso crepitar hasta que queda con tonalidades azuladas de cobalto o cuello de pichón.
Nos gustaba a los muchachos asomarnos a las puertas de las fraguas para observar todo el proceso. El maestro nos despachaba con una frase habitual: “Niños, vamos a darnos un garbeo”, seguramente porque le tapábamos la luz de la calle.
El ayudante avivaba el fuego moviendo el fuelle que a mí me parecía un gran acordeón. El maestro lo atizaba con el badil y cuando estaba a punto el metal lo sacaba y lo colocaba sobre el yunque para darle forma con golpes acompasados de mazo y martillo.
Antes de llegar la soldadura autógena se unían las piezas con calor y golpes. La llegada de esta, con aquellas varillas blanquecinas que parecían tizas delgadas y duras, supuso un gran ahorro de trabajo. El herrero miraba a través de una ventanita de cristal ahumado que tenía la máscara con la que se protegía la cara. Nosotros observábamos de reojo y momentáneamente aquel manantial de chispas que surgía al simple contacto porque nos decían que si mirábamos directamente nos podíamos quedar ciegos. Descubrimos en la pared de enfrente de la herrería el cine del que nosotros éramos protagonistas. El brillo metálico proyectaba sobre ella, como sombras chinescas, nuestras siluetas, que animábamos haciendo piruetas en los anochecidos.
Hasta cuatro fraguas o herrerías hubo en el pueblo trabajando al mismo tiempo. Su labor principal estaba orientada a construir o reparar los aperos de labranza. En la calle donde estaban ubicadas dejaban los arados, los trillos y aquellas primeras máquinas cosechadoras tiradas por bestias para ser reparadas después de finalizada la campaña.
Por el regajo que corría por la calle, entonces de tierra, íbamos los días de lluvia a buscar trocitos de hierro que metíamos en una lata. Los compraba al peso tío Juan el Cano, recovero, tabernero y vendedor de cuajo de las ovejas para hacer queso. Hombre que no sabía leer ni escribir, pero al que la vida y su inteligencia natural aguzó el ingenio. Ideó para sus cuentas un sistema numérico con signos a los que asignaba un valor. Los estudiantes que íbamos a su tasca a tomar vinos le poníamos operaciones para probar la eficacia de su sistema. No fallaba ni en lo céntimos y las resolvía antes que nosotros.
En las fraguas se reunían los campesinos y gente ociosa los días de lluvia o frío. Aquello era lo más parecido a un ágora o plaza pública griega. Ocurrencias, tópicos y chascarrillos. El refrán oportuno siempre a pedir de boca para rematar o compendiar y la vista, asomándose a la puerta, en la veleta de la torre o en las bardas de la sierra para predecir la lluvia o su cese, que siempre que ha llovido ha escampado.
Para solicitar algo a una autoridad se utilizan normalmente las instancias. Hoy simplificadas, tipificadas y menos farragosas y fatuas que las de hace años. Las escribíamos a mano, siguiendo un arcaico y ampuloso lenguaje de formalismos. En los centros de enseñanza se instruía sobre la forma de redactarlas. Encabezamiento con los datos del solicitante, exposición razonada de considerandos plena de gerundios, solicitud específica, despedida, fecha y pie donde se añadían los galones inherentes al cargo del destinatario. Lenguaje, reverencial, sumiso y suplicante más que de justa exigencia de derechos. En tercera persona por guardar distancias. Como la servidumbre que no mira a la cara a los señores a los que habla porque no parezca insolencia o descaro. Lejanos y ajenos aquellos personajes engrandecidos por el cargo, de gesto huraño y bigotillo recortado. Fiado todo a la benevolencia y magnanimidad del otorgante, previos deseos de larga vida rogados a poderes celestiales. “Es gracia que espera alcanzar del recto proceder de V.I” o “de la reconocida bondad que le caracteriza cuya vida guarde Dios muchos años”.
Después de este masaje formal de adulaciones había que esperar a que la gracia fuera concedida, previos los trámites pertinentes de pólizas, timbres móviles y sellos de registro estampados con ardoroso y contundente celo funcionarial.
Lo de esas instancias alambicadas era excesivo y hoy resultan fuera de tiempo y lugar, pero en el tratamiento a personas han existido siempre cumplidos o títulos que mantienen distancias o también son muestras de respeto. De todo hay. Desde majestad y alteza, allá en la cúspide, pasando por excelentísimos e ilustrísimos señores, hasta el tú de confianza o de irreverencia, según se mire y según contexto. Hay que matizar.
Documento cedido por Teresa Rendueles.
Tutear a una persona mayor o profesor no cuadra con la educación que recibimos los que ya peinamos canas, lo que no supone que quien lo haga falte al respeto. Son costumbres que se maman y que las modas, siempre volubles, no desarraigan del proceder de quienes las usamos.
A mí, un mocoso de diez años, sí me molestaba más que enaltecía que un profesor me llamara de usted, derivado de vuestra merced. Sobre todo si unía al tratamiento displicencia e ironía, que de todo hubo.
En mi pueblo para referirnos a personas mayores utilizamos la palabra tío, no en el sentido moderno de compadreo cheli, sino como un tratamiento de la consideración que genera la edad.
Por estas tierras también existe una designación peyorativa: la de señorito. En masculino, ya que el femenino es cortesía para mujeres solteras o que desempeñan funciones docentes o administrativas. Los alumnos pequeños abrevian en “mi seño”. En masculino, persona acomodada y ociosa, insulta y denigra, pero algunos había que lo reclamaban para sus vástagos, como atributo de distinción. Algo así como una nobleza desteñida de la que se sentían orgullosos a falta de otros títulos oficiales de más lustre y blasón.
El don se antepone al nombre de personas con carrera o ganado prestigio, pero no espere usted que los vecinos de toda la vida le cambien el tratamiento al hijo de Petra, pongamos por caso, por muchos méritos académicos que acumule. Eso queda para los llegan de fuera. Y tan a gusto, que nadie es profeta en su tierra, ni falta que hace.
Me ocurre con la palabra merienda lo mismo que con la de almuerzo. Cuando las oigo, si el contexto aclara poco, me producen confusión pues las dos pueden referirse a comidas principales del día o ser sostén más liviano a media tarde o de mañana. La gente del campo deslinda bien las acepciones y reserva horario de mañana al almuerzo y de mediodía a la merienda.
Nosotros, los colegiales de entonces, para evitar equívocos, siempre usábamos el diminutivo para desambiguar la posible confusión con las de mantel, plato y cuchara.
Las primeras merendillas que recuerdo fuera de casa son las del queso amarillo y cuadrado, viatico para doblegar la tarde que los americanos enviaban en latas con la intención de asentar bases y de paso aliviar la carpanta que cabalgaba a sus anchas por los pueblos de España. Los maestros de entonces cortaban y repartían el queso, llevándose, como siempre ha hecho el que reparte, la mejor parte. Tiempos hubo en que el dicho popular de pasar más hambre que un maestro de escuela no fue vano ni carente de sentido, sino constatado por hechos evidentes, tanto que la acuciante necesidad fue elevada y puesta a la altura del desempeño de tan noble oficio. Agradecían más una docena de huevos o una caja de galletas que billetera de cuero o figura de cerámica.
Independizada la merendilla de los pupitres se hizo divisa festiva en el lomo de la tarde separando las clases del juego.
Ingesta nómada e inquieta detrás de los balones y en lo alto de las bicicletas. Con una mano a la guía y con la otra al condumio, arreándole bocados intermitentes.
Chirriaba en nuestros dientes la arenilla que acompañaba al cacao de dudosa honestidad, aquel de las “Tres tazas”, que compartía cama en la jícara, que así llamábamos a la porción desprendida de la libra o tableta. En mi casa al menor descuido volaban de la alacena si mi madre, poco precavida, no las ponía a buen recaudo.
En el regazo del pan desmigajado nos echaban el aceite y el azúcar que esporádicamente sustituía al sucedáneo del cacao, eufemismo que servía para dar gato por liebre. Después se volvía a colocar el migajón a modo de tapadera en el cuenco empapado. También el queso bien asentado, guardado en tinas y untado con aceite formó parte de ese sustento vespertino, engañándolo con pan. El cuchillo que lo cortaba sonaba con un chirriar metálico, como la rueda del tren cuando frena en el raíl.
En el internado tornóse triste el hábito y en lugar de divisa festiva fue puya de castigo en el morrillo de la angustia. Era un masticar lento y preocupado, temiendo el inminente comienzo de las clases.
Tenía yo algunas asignaturas con quienes mi imaginación pintaba como morlacos cuatreños de negro pelaje que me cortaban el proceso digestivo cada tarde, así que cuando tocaba el timbre para acabar los juegos una corriente de banderillas eléctricas recorría mi estómago con descargas nerviosas. Mal cobijo en ese estado para sustento alguno.
Con la madurez se fueron las merendillas y uno, que no es adicto al café ni a las pastas ni a romper ayuno entre comidas, atraviesa la raya del crepúsculo de corrido, sin pinchar en el lubricán divisas ni puyas.
Por estas fechas de Semana Santa los jóvenes paseaban por las calles cercanas a la iglesia. Ensayaban, como pajarillos volanderos, revoloteos en el aire del cortejo, con equilibrio aún inestable, desde el nido de la niñez hasta la primera adolescencia. Las hormonas bullían en los cuerpos y como cualquier especie animal buscaban parejas para compartir afectos. Era un ir y venir con cruces de miradas, risas y cercanos aleteos.
En un momento convenido se acercaban los varones, dos generalmente, al grupo de hembras. Vuelta arriba, vuelta abajo hasta que las pretendidas, si los demandantes eran de su agrado, se apartaban del grupo en el mismo número que los llegados. Al día siguiente si las dos mocitas paseaban juntas la señal estaba clara. Los dos varones entraban en plaza como perdigones en marzo. Conseguir hacerlo solos, un varón y una hembra, suponía una conquista significativa y una confirmación explicita de aceptación. Existían símiles columbinos para explicar el proceso: apartar del bando y después arrastrar el ala en el requiebro.
Primeros escarceos titubeantes, de palabras vanas y ademanes indecisos. Cualquier gesto cómplice servía para unir con hilvanes trocitos de gloria. Con una palabra se construían después los más bellos discursos en la soledad de casa. ¡Cuánto daba de sí el roce de los brazos en el ir y venir de los paseos!
La luna llena cubría los tejados y las calles de plata y en las procesiones, las filas de hombres y mujeres, separadas, de velas y silencio. Los jóvenes con un GPS mental tenían localizadas en cada hilera a sus parejas y en los lugares más estrechos, si coincidían, un rubor de cera y llama iluminaba sus candorosas mejillas. Inocencia de los amores primeros.
En otras ocasiones se acercaban los varones a los pueblos próximos para relacionarse. Los medios de locomoción eran escasos. Los de Ahillones iban a Berlanga andando o en bicicleta, quienes disponían de ellas. Con una linterna atada al manillar y con presillas en los bajos de los pantalones para no mancharlos con la cadena.
Pero las coyundas foráneas no gozaban de buen predicamento. “El que casa fuera o va a engañar o a que le engañen”. Y los lugareños no veían con buenos ojos a los intrusos que pretendían a una de sus mozas. Podían acabar en el pilar de la fuente por su osadía o, irremediable el emparejamiento, debían aceptar las invitaciones que les impusieran los nativos. Costumbres de antaño.
Para formalizar noviazgos había que pararse, que una cosa es revolotear entre las flores y otra emparejar castas.
La familia intentaba encauzar preferencias. Ponderaban virtudes: “¡Qué “arriscá” es la hija de Fulanito, una mujer de su casa” o “Qué formal y trabajador el de Menganito”.
No eran pocos los enlaces entre parientes, primos hermanos incluidos. Una monogamia ancestral que rompía lindes y unía heredades.
Por recomendación de unos familiares un hombre ya metido en esos años límites entre soltero y solterón se embarcó en el matrimonio para no quedarse solo en la vida. No debió irle muy bien el abarco porque repetía en más de una ocasión el siguiente dicho: “Me casé con una tonta por culpa de unos parientes, los parientes en su casa y yo con la tonta siempre”. Claro, que lo mismo podría decir de él su consorte.
Las segundas nupcias no estaban prohibidas ni civil ni religiosamente, pero un morbo oscuro y clandestino rondaba por los aledaños de estas relaciones y removía los instintos atávicos de cafres reprimidos. Opinión latente de rechazo que tiene su fundamento muy atrás. Atenágoras, en el siglo II después de Cristo hablaba del matrimonio de los viudos como “un adulterio decente o velado”. Posteriormente calificado como “honestam fornicationem” y también “speciosum adulterium” por la Iglesia. Como si el estado natural de los viudos fuese soportar ausencias con lutos, pagar penitencias con abstinencia y recibir consejos de quienes nunca se casan.
Para los que enviudaban no era fácil comenzar una nueva relación en los pueblos. La primera dificultad era la falta de cauces para ponerse en contacto. Una carta expresando las intenciones y a esperar contestación. Había intermediarios que trasladaban discretamente las proposiciones. La respuesta abría la puerta a la esperanza o al desistimiento definitivo.
Todo con la máxima discreción. Que no corrieran rumores por los mentideros de rincones y esquinas.
La boda se celebraba de noche, casi furtivamente, con testigos buscados entre amigos y conocidos de mucha confianza.
Pero los secretos en los pueblos son difíciles de guardar y llegaba el “cencerraje” o cencerrada, manifestación tribal, intransigente, invasiva de la intimidad y de coacción. Tiene una dilatada existencia en nuestro país con exageraciones y abusos palmarios, tanto que el Código Penal de 1870, en su artículo 589, 1 las consideraba como falta contra el orden público y castigaba con multa de cinco a veinticinco pesetas y reprensión a “los que promovieran ó tomaren parte activa en cencerradas u otras reuniones tumultuosas, con ofensa de alguna persona ó con perjuicio ó menoscabo del sosiego público”. El concilio de Turín (1455) las prohibió, pero en el sustrato popular se seguía considerando como un castigo a los que contraían matrimonios inconvenientes.
Según el diccionario la cencerrada es un “ruido desapacible que se hace con cencerros, cuernos y otras cosas para burlarse de los viudos la primera noche de sus nuevas bodas”. Todo este jaleo acompañado de pullas obscenas e hirientes, estribillos alusivos que ridiculizaban a los contrayentes y que se decían entre estruendo y estruendo, colgando rótulos y objetos de las puertas o ventanas. Algunas de estas costumbres proceden de la Edad Media y han subsistido hasta hace poco.
Igual suerte corrían los viejos que se casaban con mujer joven. Los afectados callaban y aguantaban el ruidoso chaparrón como podían. Algunos más osados salían y se unían al estrepitoso cortejo con la intención de que pasadas una horas los dejasen en paz porque oponerse suponía tener que aguantarlo toda la noche.
La encuesta realizada por el Ateneo de Madrid en los años 1901 y 1902 describe así a las cencerradas:
“Las cencerradas son verdaderas manifestaciones multitudinarias y provocaciones intolerables. A los casados les acompaña la multitud, con apariencia ebria, que grita desaforadamente y golpea latas, almireces y toca cornetas y zambombas en todo el camino de casa a la iglesia y viceversa. Por la noche y aún en noches sucesivas se repite la escena en la calle, en el portal y en la escalera, voceando y cantando. Es milagroso que no se registren escenas sangrientas ante ataques y gestos tan provocativos”.
Los días de lluvia, como no se podían realizar labores en el campo, los hombres iban a los bares a echar el tiempo atrás jugando a las cartas. Hacían tercio por afinidades y llenaban la sala de humo y de voces. El juego de naipes más habitual era la subasta o tute subastado. En este cada uno de los tres jugadores puja por conseguir una cantidad de puntos a la vista de las cartas recibidas. El cuarto, si lo hay, reparte las cartas y descansa. El vocabulario de este juego ha trascendido a otras facetas de la vida, como la expresión cantar las cuarenta, que de la unión del caballo con el rey de los triunfos pasa a decirle a alguien resueltamente y con descaro lo que se piensa aunque le moleste. Cogerte en un renuncio por no servir la carta debida disponiendo de ella califica a una persona de mentirosa y contradictoria. Había acreditados expertos calculando los tantos justos que iban a conseguir y en adivinar las cartas que lleva cada contrincante al poco de empezar la partida. Arrastro y fallo eran las expresiones más usadas en los lances.
Pero hubo un tiempo en que apostar los cuartos a las cartas o en otras modalidades de juego no estaba permitido y se perseguía su práctica. Los jugadores, que siempre los ha habido, procuraban meterse en salas que estaban en un lugar discreto, lejos de los mirones y curiosos. El dueño, que se beneficiaba de la timba, bien en metálico o en consumiciones, mantenía la conveniente cautela y se mostraba ajeno por si alguna visita inoportuna irrumpía en el local.
Con nombre tan concluyente como “sala del burro” se denominaba en mi pueblo a la destinada a este menester lúdico-crematístico por los asiduos de Heraclio Fournier. El póquer, el ligado, las siete y media, el hijo puta, los montones y otros juegos de azar y arrojo eran algunas de las modalidades. Más de un caudal naufragaba cada noche por el río de los tapetes verdes. En literatura hay referencias a estos vicios: “Tres veces heredó; tres ha perdido al monte su caudal: dos ha enviudado. Solo se anima ante el azar prohibido sobre el tapete verde reclinado” (A. Machado, “Del pasado efímero”). De las frecuentes disputas entre Quevedo y Góngora nos quedan estas perlas que le dedicó el madrileño al cordobés: “Mucho tahúr, no clérigo, sí arpía…” “Misal apenas, naipe cotidiano…” “Yace aquí el capellán del rey de bastos que en Córdoba nació, murió en Barajas y en las Pintas le dieron sepultura”.
Un día llegó la guardia civil a un bar y sorprendió a los componentes de la timba en plena faena. Entre pescozones y prisas cada uno de los jugadores tomó las de Villadiego por donde pudo, sin tiempo de recoger los naipes ni los cuartos que cayeron al suelo en el desconcierto. Los demás clientes en prevención de males mayores se alejaron del lugar por si las moscas. Sólo quedó apoyado en la barra porque no podía moverse de la melopea un vecino que tenía por costumbre empinar el codo en demasía. “¿Y tú qué?”, le increpó uno de los guardias. Con media sonrisa forzada le respondió: “Pues mire usted, aquí tomando una copita para comer”.
Los jueves por la mañana a las doce acababan las clases y los maestros nos llevaban a la iglesia, a lo que llamaban la doctrina. En esa hora del mediodía el sol daba de lleno en las vidrieras orientadas al sur y toda su variedad cromática se proyectaba sobre las baldosas del suelo. Un sinfín de motitas de polvo flotaba en el cañón de luz que penetraba por los ventanales. Yo distraía mi atención siguiendo el camino de algunas hasta que desaparecían fuera del espacio iluminado.
Los domingos había una misa para los niños a la que asistíamos los escolares. Nos colocábamos en los primeros bancos vigilados por los maestros, que se turnaban cada semana para este servicio. La misa era en latín, en el altar mayor y de espaldas. Le teníamos cogido el tranquillo a los momentos en que había que sentarse, ponerse de pie o arrodillarse. Y de eso estábamos pendientes. De eso, del momento de salir los monaguillos a pedir en la colecta y del “Ite, misa est” que daba por finalizada la función. El celebrante se calaba el bonete que le traía el mismo ayudante que se lo llevó al principio y el cortejo enfilaba en dirección a la sacristía entonando “La misa ha terminado cantemos con fervor, que nuestra vida sea una misa, Señor”. Los maestros con un chasquido de dedos nos indicaban la salida en orden, fila a fila.
El lunes había que dar cuenta de las ausencias en el caso de que se hubiesen producido.
En cuaresma había ejercicios espirituales, específicos para niños. Quedó de aquellos años una canción que nos enseñó el párroco: “El día siete de marzo comienzan los ejercicios para los niños cristianos que quieren amar a Cristo. Venid cristianos venid porque la iglesia abierta está”. En la penumbra de la iglesia, sólo con la luz de un flexo sobre su mesita, el orador explicaba la parábola del hijo pródigo que volvía a la casa de su padre después de haber estado comiendo las bellotas de los cerdos por su mala cabeza.
Los bancos de la iglesia estaban distribuidos por sectores. Los dos bloques de delante, a izquierda y derecha de la nave central, que ocupaban más de la mitad del aforo, estaban destinados para las mujeres y los de atrás, también a derecha e izquierda para los hombres. Nadie osaba meterse en terreno vedado, aunque hubiera sitios libres y estuvieran los otros ocupados.
Las autoridades tenían reservado un banco identificado con mayúsculas, AUTORIDADES, el primero de los de las filas de los hombres.
Independientemente de esto había personas o familias que disponían de reclinatorios o pequeños bancos para uso particular por los que abonaban una cantidad. Los dos primeros de las mujeres también estaban reservados a familias de notables que colaboraban con la iglesia.
Las normas de vestuario eran estrictas: todos con mangas largas y las mujeres cubiertas sus cabezas con velo.
Una mañana de verano se me olvidó llevar la prenda que cubría la impúdica desnudez de mis brazos y una mujer, algo obsesionada, se colocó detrás de mí y sacándome el niqui de la cintura me lo lió hacia arriba para cubrirlos. Así quedó la norma a salvo y mi ombligo, como ojo asombrado, al aire.
Desde el sureste de la provincia de Badajoz, equidistante del triángulo Badajoz-Sevilla-Córdoba, a los pies de las estribaciones de Sierra Morena, que extiende sus lomos hacía el mediodía, viajar en los años cincuenta y sesenta no se hacía por afición ni por llenar el tiempo libre de andanzas placenteras.
Sólo la necesidad de la visita médica, la gestión ineludible o la desgracia familiar ponían en camino a las personas mayores. Ni los medios de locomoción ni los trazados de las carreteras invitaban a abandonar el tranquilo devenir de la rutina. Independientemente de que los tiempos no estaban para hacer turismo.
Los viajes en tren se hacían pesados. Las horas de salidas y llegadas eran aproximadas. Además de las paradas en las estaciones existían las de los apeaderos y alguna imprevista: “¿Por qué paramos ahora?”
El viaje a Badajoz requería, y requiere, trasbordo en Mérida. Para ir a Sevilla nos han dejado un tren diario. De momento. Cada vez que hay restructuraciones tememos una merma de este servicio. El tren sigue siendo por aquí la asignatura pendiente que se les atraganta a los malos estudiantes.
Coches particulares había muy pocos y los taxis se utilizaban para urgencias imprevistas y viajes cortos. Sin embargo los taxistas se las ingeniaban para organizar viajes cobrando por plazas, quitando viajeros a los servicios regulares. Conocían los intríngulis de la ciudad. Informaban a los clientes poco duchos en gestiones burocráticas sobre la localización de organismos oficiales y sugerían a los enfermos la visita a la consulta particular del galeno en cuestión para aligerar esperas en aquel edificio rojo que descollaba solitario desde la carretera de Sevilla: la Residencia de la Seguridad Social, hoy Hospital Materno Infantil.
En los alrededores de la antigua estación de autobuses de Badajoz, cerca de Puerta Pilar, una mujer osada y con indisimulado descaro, ofrecía paquetes de café “Camello” a catorce duros. No los llevaba consigo, pero, hecho el trato, se alejaba un momento y los traía.
A Sevilla iban pequeños comerciantes a surtirse de productos para sus tiendas. Entre otros establecimientos a los almacenes Peyré de la calle Francos, los almacenes textiles más antiguos de la capital andaluza.
Se iba por la carretera de Culebrín, el nombre describe a la perfección su sinuoso y estrecho trazado. Después la cuesta de la Media Fanega, topónimo que recuerda el peaje que se abonaba por la ayuda de las caballerías que se prestaban. Montado en el autobús, que bramaba y desprendía espirales de humo negro en las cuestas, se perdía de vista el asfalto y asomaba el precipicio en cada curva. Tras casi cuatro horas de marcha el viajero llegaba a su destino con el mundo dando vueltas a su alrededor y con más ganas de acostarse que de gestionar asuntos, frecuentemente después de haber arrojado en el trayecto el desayuno.
Los cosarios eran personas que iban y venían asiduamente a la ciudad llevando y trayendo encargos. Igual te traían un impreso oficial que una caja de bombones o un décimo de lotería.
Por no poder o no querer viajar muchas personas murieron sin ver el mar. Solo el que formaban las espigas movidas por la brisa, verde en primavera y dorado en verano, llenaba de olas la retina de sus ojos.
Eran tiempos de botos bastos y alpargatas de cáñamo más que de calzado de charol y de zapatillas deportivas de marca.
Un par de zapatos duraba hasta que el dedo gordo pedía paso por la puntera y aún así se le facilitaba acceso al exterior abriéndole agujero. O hasta que se desechaban por no aguantar más cosidos, repuestos de tacones, medias suelas y pases por la horma. Los niños no los rompíamos solo por andar, sino por el ajetreo de la edad. Lo mismo trazábamos raya divisoria para un juego con el lateral que gateábamos a los árboles, jugábamos al balón o nos metíamos en el arroyo buscando renacuajos.
Había dos formas de no gastar zapatos: andar descalzo o sobre zancos. Nos gustaba sentir la superficie del suelo en las plantas de los pies durante las siestas de verano. Cuando llovía construíamos con dos latas y cuerdas unos zancos para meternos en los charcos sin mojarnos, al igual que nos gustaba ponernos debajo de los canalones con un paraguas para sentir el estrépito sobre nuestras cabezas.
Había por los años sesenta bastantes zapaterías en el pueblo. Rondaban la decena. El zapatero que había en mi calle recogía el agua de canales en una cuba. La utilizaba para ablandar el cuero en ella. Tras varios días lo golpeaba con un martillo sobre un rollo liso de piedra.
El trabajo de los artesanos es minucioso, diestro y sin prisas. Dibujaban los zapateros en papel el modelo y sobre el material lo cortaban con la chaveta. Posteriormente lo montaban sobre unos moldes de pies de madera maciza. Lo iban vistiendo como a un maniquí.
Los hombres del campo usaban para las faenas lo llamados botos bastos. Para evitar el excesivo desgaste de las suelas las cubrían con tachuelas y unas medias lunas metálicas en las punteras. Cuando andaban sobre los rollos de las calles o el cemento, formaban un ruido parecido al de las caballerías con las herraduras. Los niños queríamos también que nos pusieran tachuelas en los nuestros.
Los zapateros se sentaban en sillas como las de las costureras y tenían una mesa con muchos compartimentos divididos con tablitas verticales para colocar puntas y remaches. ¡Con qué habilidad elaboraban los cabos uniendo hebras con cerote sobre el muslo! Los usaban para coser abriéndoles caminos con la lezna.
Los zapatos con suela de goma vulcanizada, los del “Gorila”, supusieron una revolución de duración y resistencia. Regalaban una pelota de goma maciza verde con la que nos quitábamos el frío jugando a corra, o sea, a pelotazo limpio y a correr para evitarlos.
¿Puede haber poesía en unos zapatos tirados al borde de un camino? Claro. Hay en ellos mucho trabajo del que los hizo y del que los usó. Tienen la melancolía de todos los abandonos. En los resquicios de su ajado material hay polvo de los senderos y barro de las callejas. Sus huellas hicieron camino. “Caminante, son tus huellas el camino y nada más” ¡Por dónde andarían cuando las sombras buscan las paredes en noches de luna llena! De sus dueños les queda la horma vaciada de sus pies. Boquiabiertos y torcidos por lluvias y soles se quedaron con la boca abierta, a medio camino entre el bostezo y la carcajada.
Hay muchas casas cerradas en el pueblo. Sus puertas conservan restos desprendidos de pintura seca y muestran el deterioro de la intemperie. Las fachadas llevan sin encalar desde hace años y tienen musgo seco y desconchones. Jaramagos amarillos asoman por los tejados como perros abandonados esperando al dueño. En algunas calles viven pocas familias, con miembros mayores casi todas. La emigración y la natalidad inexorablemente cobran su tributo de soledad y abandono.
Cuando el pueblo casi doblaba en habitantes a los actuales las puertas de las casas permanecían abiertas durante el día. Para traspasar el umbral se pedía la aquiescencia de los moradores. Los más asiduos y conocidos se anunciaban con alguna frase ritual: “¿Dónde andamos?” “Pasa, no te quedes en la puerta”. “No me paro, que tengo prisa”. Era una forma de mostrarse cercano, de saber que había alguien al lado para lo que se ofreciera. En el ir y venir de los recados un toque, un cómo estamos hoy, preguntar por el enfermo, intercambio de novedades…
Otros se anunciaban: “¿Se puede?” y extendiendo alfombra de confianza respondían desde dentro: “¡Hasta el corral!”. O se preguntaba por la identidad del que llamaba: “¿Quién?” y recibían una respuesta de Perogrullo: “Yo”, que más que identificar constataba presencia.
Pocas puertas disponían de timbre eléctrico. Algunas tenían picaporte y muchas postigo, que ofrecía al que llegaba la visión de una foto de carnet del que habitaba.
Los mayores usaban una fórmula arcaica: “¿Quién vive?” Y no menos de lógica aplastante la respuesta que salía del interior: “Quien no muere”.
Señal de respeto por la sagrada intimidad de la morada era descubrirse de boina, mascota o sombrero al entrar.
En los pueblos una puerta cerrada indicaba descanso de siesta o nocturno. El no molestar de los hoteles. Y a no ser de urgencia no se llamaba. Una llamada de madrugada voltea el corazón y no trae parabienes.
Hay una forma intermedia de juntar las hojas de las puertas: emparejarlas. Valvas entreabiertas sobre el gozne para evitar flamas o corrientes malsanas.
Cuando eran varios los que habían de regresar de noche el que más tardaba en hacerlo era el encargado de cerrar, una vez comprobado que los demás estaban dentro. El último que atranque o eche el cerrojo. El chirrido de acero y estrellas era el toque de retreta y señal de que la tropa dormía recogida en sus aposentos.
Una modalidad de alarma rudimentaria consistía en poner una silla detrás, acción de la que estaban avisados los que debían sortearla. Así que metían la mano por la abertura y, levantándola para que no arrastrase, accedían. Los extraños alertaban por el ruido del empuje.
Por la rendija entreabierta o por el postigo se obtenía una primera impresión del estado del tiempo y de cómo transcurría el día. Garita de discreta observación del transitar de los vecinos y de aconteceres callejeros.
Las casas de nuestros amigos cuando éramos niños eran una prolongación de la nuestra. Entrábamos y salíamos con ellos con total confianza. Acudíamos a buscarlos y allí nos informaban: “Pasa, que está dentro”. O “ha salido hace un rato a buscarte”. Jugábamos en los doblados y en los corrales. Nos mecíamos en el columpio que era el péndulo de un reloj sin horas colgado de los maderos.