El desayuno más habitual, fuera del tiempo de las matanzas en que nos poníamos como el tío Quico de ‘tostás’ con manteca ‘colorá’, era el café con leche migado con rebanadas de pan tostado y arriba el velo blanco de nata que daba la leche en la cocción.
Esta se le compraba al vecino que tenía vacas. Había varios repartidos por todo el pueblo. La mayoría recogían el ganado en la misma casa donde vivían. Al anochecido, después del ordeño, acudían las mujeres con las lecheras. A veces nos mandaban a los niños. “Anda, dile que te eche tres medidas”.
Las malas lenguas cuentan, como también de los taberneros, que algunos tenían vocación muy cristiana y que celebraban bautizos aguando el producto para mayor gloria de la abundancia. No sé, pero las mujeres sin ser especialistas en química, ni en burbujas, grasas y proteínas sospechaban cuándo podía haber fraude por la tardanza en subir la leche al cocerla, momento al que había que estar atentos porque se derramaba y lo ponía todo perdido.
Yo bebí la leche recién ordeñada en la tibieza del establo, recién llegadas las vacas de los prados porque un tío abuelo las tenía y algunos días al regreso del paseo que daba con mi padre pasábamos a saludarlo. De la ubre, manos prietas con los pulgares recogidos para hacer presión, al vaso y de allí a la boca. Esa sí que era leche entera que dejaba su estela y espuma en el bigote.
El café de puchero, hecho en el anafe con carbón. Todavía no se conocía el descafeinado, pero antes sí utilizaban otros sucedáneos naturales que cumplían la misión de calentar un poco el cuerpo: la cebada tostada y las raíces de achicoria, planta esta hoy ensalzada por sus excelentes cualidades medicinales.
Foto cedida por la Churrería El Barriga, de Puerto Real.
Otras veces había ‘jeringos’. Los días de diario el churrero montaba lumbre y perol en una casa. Los de fiesta en una esquina de las cuatro que conformaban el lugar de paso. Imagen que permanece vívida en la memoria: la tarde del jueves santo entre oficio y procesión veía subir el humo y enredarse con el sol dorado que acariciaba ya las cornisas de los edificios y la cúspide de la torre. Para echar la masa en el aceite hirviendo apoyaba el extremo del émbolo de la jeringa entre la axila y el pecho. Formaba la espiral con destreza y maña. Con los palos de rodar apartaba para que no se pegase y la volteaba. A los pocos minutos la sacaba y sostenía en el aire para que escurriera. El churrero tenía de ayudante a su mujer que amasaba en un baño de cinc y troceaba con tijeras, pero había quienes se las llevaban enteras, unos envueltas en papel de estraza y otros prendidas con juncos. Los niños nos rifábamos las porras que procedían del comienzo y final de la rosca.
Durante los días de feria instalaban cantinas en la umbría de la iglesia. Hacían el montaje entrelazando sogas y palos y cubriendo techo y huecos con mantas. Al final de la noche acudían las familias y las pandillas a reponer fuerzas y a aliviar el fresco de la madrugada. Se sentaban y acompañaban el yantar con copas de aguardiente. Si ustedes gustan…
Todas las emisoras de radio conectaban a las dos y media de la tarde y a las diez de la noche con Radio Nacional de España para emitir el diario hablado. Estas noticias centralizadas comenzaban con la sintonía correspondiente, adaptación de una llamada militar del siglo XV, la Generala y terminaba con los vivas y los arribas de rigor, tras lo cual se escuchaba el himno carlista, el Oriamendi, y el himno nacional. Este sistema duró, descargado ya en los últimos años de exaltaciones patrióticas, hasta el 25 de octubre de 1977, fecha en que las emisoras privadas pudieron elaborar sus propios programas informativos.
Este diario hablado era conocido popularmente como elparte, imitación de los que en tiempos de guerra dan los bandos contendientes.
No era para menos porque, según contaban los mayores, uno de los antecedentes de estos diarios hablados estuvo en los monólogos del general Queipo de Llano emitidos desde Unión Radio Sevilla en los que arengaba a los suyos y metía el miedo en el cuerpo a los contrarios con inflamado y amenazante verbo y un estilo peor que tabernario.
Como todos no disponían de aparato de radio, a la hora de las noticias y charlas propagandísticas se reunían en las casas de quienes sí disponían de ellos.
En ciertos informes elaborados en la Causa General instruida por el Ministerio Fiscal sobre los tiempos de la ‘dominación roja’ he leído que a algunos investigados les valoraban favorablemente la acreditación de otros vecinos de que escuchaba el parte con ellos, dando así a entender la supuesta adhesión a la causa, aunque, según se especifica en el mismo, la conducta personal del investigado era manifiestamente mejorable. A esta documentación se puede acceder hoy libremente a través del Portal de Archivos Españoles (PARES).
El Nodo, “el mundo entero al alcance de todos los españoles”, los partes y la Formación del Espíritu Nacional, que se cursaba como asignatura obligatoria en los centros de enseñanza, fueron las fuentes de nuestra formación cívica. Varias generaciones crecimos en esa resaca de silencio que se produce después de un gran estruendo. Aprendimos las cuatro reglas y los primeros trazos entre consignas y efemérides que salpicaban las enciclopedias de héroes y villanos.
Como no conocíamos otra cosa hicimos normalidad de lo que nos enseñaban, pensando que la historia era tal como nos contaban hasta que pudimos vislumbrar que más allá de aquel sol entre montañas que siempre estaba amaneciendo existía otra forma de ver la vida.
Reconozco mi escasa y parcial formación en aquellos tiempos de la que empecé a salir cuando otros compañeros hablaban de hechos y personajes de los que yo nunca había oído hablar.
En las universidades empezaban a surgir las protestas y a correr los estudiantes delante de los grises. La ley de prensa e imprenta de Manuel Fraga, a pesar de sus limitaciones, secuestros y sanciones, suprimía la censura previa y empezó a colarse por sus rendijas un poco de aire fresco. El diario de la tarde Informaciones y las revistas Triunfo, Sábado Gráfico y Cuadernos para el Diálogo, entre otros, empezaron a mostrarnos facetas de la realidad que desconocíamos.
Aunque siempre habrá quien diga que mientras más se sabe más se sufre y que para lo que hemos aprendido… Así somos.
Las primeras veces que fui a la barbería me acompañaba mi padre. Mientras aguardaba la vez observaba el proceso del afeitado. El barbero pasaba la navaja por un asentador de dos tiras flotantes de cuero para suavizar su filo. Me llamaba la atención el sillón giratorio con base de porcelana blanca, palanca para subir y bajarlo y apoyacabeza adaptable, según estatura del cliente.
Enjabonaba los curtidos rostros de la gente del campo tras mojar la brocha en un pequeño cuenco y frotarla en el jabón de forma cilíndrica. Recias barbas parecidas a rastrojos tordos que la navaja barbera recorría con un ruido de siega. La diestra mano del fígaro, dedo meñique apoyado en la rabiza curvada, iba quitando la espuma y los pelos. Tras cada pasada la limpiaba en un gomero redondo. Con la mano libre de navaja extendía la piel. A mí me hacía gracia cuando les cogía a los clientes la nariz y se la movía para facilitar el afeitado del bigote. Era el único momento en que la expresión tocarle a uno las narices no conllevaba enfado.
Comencé a darme cuenta en la barbería de que las nieves del tiempo que empezaron platear mis sienes no eran solo una letra de tango. Caían mis primeras canas como copos sobre la capa, casi confundidos al principio con el pelo castaño y bruñido de la juventud. Fue aumentando su número con cada pelado, preludio de la gran nevada que se echaba encima con la edad.
Para los pequeños cortes que se producían en el afeitado utilizaban una piedrecita blanca y rectangular, la piedra de alumbre, que según supe más tarde estaba compuesta de sulfato de aluminio y potasio hidratado. Debía de desinfectarse sola porque pasaba de un pescuezo a otro sin más trámites intermedios.
De las actividades de los barberos- cirujanos medievales que realizaban trabajos médicos, como sangrías, permanecieron algunos usos y costumbres, como el poste cilíndrico con rayas rojas, blancas y azules y la bacía donde se remojaban las barbas y que señalan la ubicación de los establecimientos del ramo. Perduraron también las funciones de poner inyecciones y sacar muelas, como el de mi pueblo, que lo hacía además muy bien.
Cuando yo lo veía llegar a mi casa me ponía en guardia por ignorar las intenciones y herramientas que traía, si barberas o sanitarias. Como los médicos, contrataban igualas con los clientes con obligación de una pela mensual a domicilio. Hasta que no desenfundaba no sabía yo a cuál de las dos venía y andaba esquivo y desconfiado, atento por ver si encendía el alcohol en la caja metálica para hervir agujas y jeringas, en cuyo caso ponía tierra por medio, o sacaba los útiles de pelar.
En las vísperas de fiestas las barberías estaban especialmente concurridas. Los músculos del brazo que movían la máquina manual trabajaban a destajo, como si fueran las agujas de hacer punto las mujeres. Para terminar, el maestro humedecía la cabeza con el pulverizador, peinaba, pasaba el cepillo por el cuello y le echaba polvos de talco. Para los más sibaritas un poco de loción Floïd que estaba sobre la repisa. Sacudía la capa con restallidos y otro al puesto. El que marchaba se despedía: “Queden ustedes con Dios” y recogía la boina del perchero.
La fotografía es de un ultramarino recreado en la exposición “Les botigues Museu” de Pallars (Lérida)
Los viajantes venían a visitar periódicamente a los dueños de las tiendas. Uno de ellos llegaba con un “Seat 600” desde Sevilla con dos grandes maletas que podían calificarse por su tamaño como baúles. Eran de cuero, bien atadas con correajes y reforzadas con chapas en las cuatro esquinas para preservarlas del desgaste. Pasaba dos o tres días en el pueblo ofreciendo los artículos y novedades. Se colocaba en un extremo del mostrador. Allí, cuando no había clientes, trataban el comerciante y él sobre precios, modelos y condiciones de pago. Aquel clásico de letras a treinta, sesenta y noventa. Este viajante representaba a una casa de tejidos y traía pequeños muestrarios rectangulares con los distintos colores y calidades de las telas o piezas completas para su examen.
Las mujeres confeccionaban vestidos, siguiendo modelos que venían en unas revistas llamadas figurines. El que despachaba extendía sobre el mostrador las piezas de raso, de pana, de terciopelo, de franela o de seda para que la clientela comprobase con el roce de sus dedos la calidad y textura.
Este comercio era similar a otros que había en la mayoría de los pueblos. En ellos podías comprar desde un botón hasta un kilo de cal, pasando por azufre en polvo, puntas o un kilo de azúcar a granel. ¡Qué habilidad tenían envolviendo los productos en papel de estraza! Remetían los laterales y doblaban la solapa en forma de pico sobre sí misma.
En la puerta, según temporada, montaban un escaparate con capotes para la lluvia, botas katiuskas, sombreros de paja, cribas o bieldos para aventar en las eras.
Al final de cada jornada el dueño se sentaba en la trastienda a echar cuentas de existencias y ventas hasta el horario de cierre, que solía hacerse bien entrada la noche.
Disponían de una libreta donde anotaban lo fiado. “Apúntamelo en la cuenta”. Práctica habitual porque se andaba a la cuarta pregunta y porque los ingresos de las economías familiares llegaban con los jornales que el campo ofrecía estacionalmente.
Pocas de las llamadas grandes superficies actuales permiten esos usos, como cuando nos mandaban nuestras madres: “Anda, ve a casa de José que te dé un kilo de patatas, que a la tarde se las pago yo”.
El encargado de la tienda de ultramarinos despachaba a conveniencia del consumidor: cuarto y mitad de mortadela o piezas de bonito para llevarlas con un poco de aceite. “Échame un poquito más, que si no se resecan”. No tenían hora fija de cierre ni prisas. Si le pedían algún artículo nunca decían que no lo había: “Está pedido, si no llega mañana, antes de que acabe la semana sin falta está aquí”. A la tienda no se iba solo a comprar, también se intercambiaban las últimas noticias de lo que sucedía en el pueblo.
La facilidad para desplazarse, el cambio de costumbres, los impuestos, la imposibilidad de competir con las grandes superficies donde se compra en silencio y con carrito hacen muy difícil su pervivencia.
En los últimos años hemos ido comprobando su irremediable decadencia. Me entristece, por lo que significaron en el tejido social del pueblo, ver en el fondo del local al tendero cómo mira por encima de sus gafas cuando oye pasos que pasan de largo sin entrar.
Los silleros cogían en las orillas de los ríos la enea o espadaña de hoja ancha, que por tierras extremeñas y andaluzas denominamos también bayunco. Se recolectaba desde el mes de mayo hasta finales de verano. Una vez cortada la extendían para que se secara durante unos quince días y cogiera el color amarillo dorado idóneo para su utilización en la confección de cestos, canastos, esteras…y sobre todo asientos para sillas. Con el fin de que estuvieran flexibles y no se partieran al doblarlas unas horas antes las humedecían regándolas con agua. Los pastores forraban con ella botellas o garrafas, así las protegían de golpes y preservaban el contenido de temperaturas extremas. A los niños nos gustaban estas plantas por las mazorcas cilíndricas de color marrón que tienen en su parte superior, los llamados puros, con los que simulábamos fumar, como veíamos hacer a los mayores en las grandes ocasiones. En las casas se utilizaban como adornos metidos en jarrones hasta que con el tiempo se deshacían o los deshacíamos nosotros por la curiosidad de averiguar qué había dentro.
Teníamos un sillero en el pueblo que dio por su oficio nombre a toda su descendencia, pero también por temporadas llegaban profesionales ambulantes sin más bagaje que sus diestras manos, una navaja y una espátula. Recogían las sillas que les entregaban y se iban a las afueras del pueblo, a la sombra que daban las paredes de las escuelas si hacía calor o alguna resolana si era invierno. ¡Con qué habilidad torcían y trenzaban la enea! Los niños al salir de la escuela nos parábamos a observar su trabajo artesano. A mí sobre todo me llamaba la atención cómo entremetían las tiras para dar continuidad al asiento cuando un de ellas se iba quedando corta. Terminado este le pasaban la espátula para alinear e igualar los cordones y cortaban los picos de la parte de abajo.
Los sogueros más renombrados procedían de Galicia. Las labores del campo necesitaban sogas y “abacales”, término este que se usa para designar las cuerdas que se hacían del abacá y que se utilizaban, entre otras cosas, para atar la boca de los sacos o juntar gavillas en haces. Colocaban sus pertrechos en una calle larga. En un extremo fijaban al suelo el torno, que tenía unos ganchos a los que ataban uno de los cabos de las cuerdas. Enfrente ponían una especie de carro al que unían los cabos opuestos. Según se quisiese la soga más o menos gruesa variaba el número de cuerdas. Permanecían en el pueblo hasta que terminaban los encargos que les hacían los labradores.
Para que la soga saliese lo más tensa posible se necesitaba un contrapeso en el carro y es allí donde nos montábamos los muchachos para ser arrastrados hasta el torno.
Jesús Arnal
El soguero introducía el husillo entre las cuerdas y las pasaba por sus acanaladuras. Al mismo tiempo, una persona comenzaba a dar vueltas a la manivela del torno. El soguero deslizaba el husillo entre las cuerdas caminando hacia atrás. De ahí deriva la expresión: “Ir para atrás como el soguero”. Las materias primas que más se utilizaban para hacer las cuerdas eran la pita, el cáñamo y el esparto hasta que el plástico y las fibras sintéticas fueron sustituyéndolas.
Las cuatro esquinas eran el mentidero donde los hombres se reunían al anochecido, hora de dos luces, la natural que se iba desleída en el crepúsculo y la artificial que traía el palo largo del electricista. Charlaban y fumaban en corrillos de los acontecimientos del día y miraban el trasiego de mujeres que iban al rezo. En un rincón del cruce de calles estaba la sala de billar, crisálida donde maduramos la pavera de rubores inoportunos y escondíamos nuestra timidez.
Cada pueblo tiene un lugar donde los muchachos que ya no son niños ni han llegado a adultos se reúnen como golondrinas en los cables para ensayar el vuelo de la adolescencia.
Al salón solo entraban los varones, previa comprobación a ojo de buen cubero de la edad por parte de las hermanas del regente. El suelo era de baldosas que en su día fueron rojas. La única iluminación la proporcionaba una bombilla escasa de vatios sobre la mesa de juego con un reflector circular de porcelana picado de manchitas negras. Los jugadores teníamos que calcular la trayectoria de las bolas teniendo en cuenta sus abolladuras y los costurones que tenía el viejo paño. El mobiliario, escaso: unas pocas sillas de anea, un pequeño mostrador de madera al fondo y una mesita redonda con tapete desgastado y ralas enagüillas cerca de la ventana. Ahí los más madrugadores se arracimaban en invierno al calor del brasero junto al dueño, que nos entretenía con sus relatos llenos de fantasía e invenciones. Aumentaban estas según avanzaba la noche y las libaciones.
Su afición al morapio hacía veredas de la mesa al cuartillo que estaba detrás del mostrador donde escondía el vino que escanciaba en el gaznate con la asiduidad que le permitían la charla y el control de los juegos. Frase para nuestra pequeña historia era aquella que anunciaba el fin del tiempo de las partidas: “tirando Fulano tres veces sin ésta…”
Ernest Descals
El juego principal eran las carambolas. En algunas tiradas estorbaba la columna de hierro que sostenía la techumbre y había que acomodar postura para sortearla, haciendo lo que en el argot se conoce como un lujo: pasar el taco por detrás de la espalda a guisa de capote de lidia en el toreo por gaoneras.
Otro juego frecuente eran las cuarenta y una. De una liara cónica forrada en cuero sacaba el gerente tras impúdico meneo una bola para cada jugador. Estaban numeradas del uno al diecisiete y se guardaban en un casillero sin que los compañeros supiesen el número de los demás. Ganaba quien primero conseguía anotar cuarenta y un tantos exactos, descontando el número de la bola guardada. Para ello había que tirar figuritas de marfil repartidas por la mesa. Hacer la real consistía en derribar de una tacada todas las colocadas en el centro. El habilidoso jugador se llevaba el premio pecuniario que habíamos aportado cada uno de los jugadores, descontado el corretaje de la casa.
Allí pasamos muchas noches consumiendo tiempo, pipas y conversación. Después de ese ciclo de metamorfosis puberal nuevas inquietudes y sentimientos llamaban a nuestro cuerpo y a nuestro corazón. Nos disponíamos a iniciar el vuelo del cortejo por otros locales con noches de blanco satén y discos de vinilo en los guateques.
Un trozo pequeño de tela nos servía para pasar parte de la noche jugando en un rincón de la calle bajo la débil luz de una bombilla. El juego se llamaba “el trapo esconder”. Uno lo escondía y los demás tenían que encontrarlo siguiendo las indicaciones de frío y caliente que daba el ocultador. Este ideaba los lugares más insospechados para hacerlo, como la rendija de una vieja ventana.
Otras veces nos ocultábamos nosotros mientras quien tenía que hallarnos contaba hasta diez. Cuando nos localizaba entre las sombras de la noche decía en voz alta el nombre para que saliéramos del escondite. Si alguno llegaba al puesto de mando antes que el buscador, que andaba a sus pesquisas, libraba a todos los descubiertos. “Una, dos y tres, por todos mis compañeros y por mí el primero”.
Se nos hacía más corto el camino para ir a los recados si lo recorríamos con el aro. Lo conducíamos con la guía, que era una varilla terminada en forma de y griega doblada. Valorábamos la perfección del acabado de los aros por el poco grosor de la soldadura y por la regularidad de su curvatura. Esta la comprobábamos levantándolo en el aire y calibrándola con un ojo cerrado. Si no era la idónea lo metíamos entre las piernas y la enmendábamos. Con él transitábamos por las calles del pueblo y los ejidos y competíamos en carreras y habilidades. Lanzarlo para que volviera a nosotros con efecto de retroceso era una de ellas.
Construíamos molinillos de viento, que llamamos “revolanderas”. Cogidos en la mano o en el manillar de la bicicleta nos lanzábamos a correr para que giraran.
A veces usábamos solo nuestro cuerpo para jugar. Simulábamos ser aviones extendiendo los brazos. Efectuábamos las más arriesgadas acrobacias doblando esquinas los días de fuerte viento. ¡Qué sensación de libertad correr contra él!
Los días de lluvia caminábamos con zancos construidos con dos latas vacías de tomate invertidas. Nos metíamos en los charcos y cruzábamos regajos sin mojarnos. También disfrutábamos con un paraguas debajo de los canalones para sentir el estrépito del agua sobre nuestras cabezas. Dicen los que explican estas conductas que son reminiscencias del claustro materno.
En otoño, cuando la lluvia ablandaba la tierra y salían hormigas de ala, jugábamos al clavo. Un circuito que debíamos superar con habilidad y puntería, pinchando dentro de las zonas establecidas.
“Que una, que dos, que tres y me la caté”.La billarda había ido demasiado lejos y sería difícil meterla en el redondel de un solo lanzamiento. “Anda, tira otra vez”. El que tenía la raqueta defendía la zona alejándola lo más posible. La hacía saltar dándole en un pico con la raqueta y cuando estaba por los aires le arreaba un raquetazo. Si el que debía ir a por ella la cogía sin que cayera al suelo se volvían las tornas y cambiaban las funciones. Frecuentemente el juego terminaba con la billarda en un tejado o rompiendo el cristal de alguna ventana.
No, no nos hacían falta muchos medios para pasarlo bien. Solo imaginación y tiempo, ese que, siendo físicamente el mismo, “nosotros, los de entonces”, percibíamos más lento, limitado solo por los cantos de los gallos al amanecer y los ladrillos de los perros al anochecido.
Gonzalo Bilbao Martínez, El descanso de los campesinos
En tiempos de recolección o sementera las casas grandes contrataban cuadrillas y solían convenir que la comida la pagase el dueño de la hacienda. Les ponían migas al venir el día. Sobre las diez tomaban un frugal tentempié porque las migas sujetan. Llamaban pescola a este pequeño almuerzo, según me cuentan amigos que lo conocieron. La curiosidad me hizo buscar el significado de este término, usado en Andalucía, tan próxima: “punta de la besana”, acogido por aquí quizás para dar a entender la levedad del yantar que etimológicamente significa después de la cola.
Si no se acordaba que pagara el dueño cada uno llevaba su comida. Los pucheros lo dejaban en el cortijo alrededor del fuego de la chimenea y la casera se encargaba de vigilarlos y de que estuvieran a punto para cuando regresaran a mediodía. Incluso algunos hacían fuego en una zona de la besana, teniéndolo a la vista.
En cuernos de asta de toro o de buey llevaban los hombres del campo el aceite y el vinagre para hacer los gazpachos. Me sorprendió un día que echaran sobre el dornillo del mismo cuerno los dos componentes, inclinando o volteando, según convenía. Así recibí la primera lección práctica de la densidad que habría causado admiración en los habitantes de Macondo. En otro recipiente llamado liara, hecho también de la base del cuerno y tapado con corcho, solían llevar aceitunas.
Frecuentemente a la faena llevaban comida fría: fiambres, embutidos, queso, tortillas…y de noche, ya en casa, comían el plato caliente del día.
El hato con las viandas en la hortera lo dejaban en el lugar en el que pensaban comer, no lejos del tajo donde se trabajaba.
Preparaban una variedad de comida para el almuerzo en tiempo de verano, rica en condimentos y en denominaciones.
Del Diario Digital de Tentudía
En la zona de Usagre y Bienvenida la llaman sopará. Consiste en picar y majar levemente tomates, ajos, pimientos, pepinos…echarle trozos de pan duro y regarlos con agua, aceite y vinagre. Ese caldo se bebía y quedaba debajo la parte más consistente a la que se le rociaba con aceite otra vez y se comía con cuchara y tenedor. Tenía ligeras variantes y diversas denominaciones dependiendo de los pueblos. En el mío la llaman “macarraca”. En otros, “sopeao”, sopones, “trincalla”, calandracas o “cojondongo”.
En el pequeño descanso de la comida les colgaban a las bestias el morral de la cabeza para que comieran también su ración de pienso.
Alrededor de la sombra de algún olivo o encina o protegidos del sol en el palenque se juntaban para comer del plato común. También lo hacían los pastores. Uno de los miembros de la cuadrilla se encargaba de condimentar. El aceite era el componente más apreciado y a veces escaso. Me cuentan que en una ocasión el encargado del aliño lo echaba haciendo círculos sobre el dornillo. Mientras realizaba esta labor alguien refería chascarrillos y el aliñador cuando pasaba la alcuza por el lado donde estaba él sentado reía las ocurrencias del relato exclamando: ¡coño, coño, coño!, agitando a compás el aceitero para que cayera más cantidad. Alertado un mozalbete de los comensales del hecho, a la tercera pasada le espetó: “Tio Antonio, a ver si deja usted caer por aquí también algún coñito de vez en cuando”.
La tarde está azul y luminosa y transparente. Solo faltan los niños jugando en la calle, pero la plazuela está vacía. Pienso que estarán haciendo sus deberes o eliminando con ráfagas de metralleta a malvados en los juegos de sus móviles.
De pronto me parece oír lejanos ecos de una canción infantil, voces envueltas en candor y seda que apenas tocan los cristales se alejan y desvanecen por los resquicios del aire. Me asomo a la puerta, pero no hay nadie… El lugar y la añoranza han creado en mi mente el espejismo sonoro. Ha sido suficiente ese quimérico aleteo de notas musicales para llenar el espacio de bulla y de juegos.
Al atardecer, en este mismo lugar lleno ahora de luz y soledad, se jugaba al corro o la rueda, que aquí llamamos la mata. Los participantes giraban agarrados de la mano cantando canciones que acompañaban con cambios de sentido, agachamientos y palmas. Juego predominantemente practicado por niñas, aunque a veces nos incorporábamos los varones con un complejo de estar haciendo el mariquita lo que manifestábamos con gestos ridículos por exagerados y que resaltaban aún más nuestra estupidez.
Estas canciones fueron cantadas por muchas generaciones y permanecen en el acervo y en la memoria del pueblo: “En Sevilla a un sevillano siete hijas le dio Dios, todas siete fueron hembras y ninguna fue varón” “En Zaragoza cayó un cañón y en medio del agua, qué golpe dio…” “Si viniera un torbellino ‘arrecogiendo’ muchachos que se lleven a mi novio que dicen que está borracho…” “Quisiera ser tan alta como la luna, ay, ay, como la luna para ver a los soldados de Cataluña”, “A tapar la calle, que no pase nadie, que pase mi abuelo comiendo buñuelos…” “Que salga usted, que lo quiero ver bailar, saltar y brincar…”, “Al pasar la barca me dijo el barquero, las niñas bonitas no pagan dinero…” “El patio de mi casa es particular, cuando llueve se moja como los demás, agáchate y vuélvete a agachar…” “Estaba el señor don gato sentadito en su tejado…” “Tengo una muñeca vestida de azul…” “Al pasar por el puente, güi, güi, güi, de santa Clara, trico, trico tri, de santa Clara lairó, lairó, lairó, lairó…”
Jugábamos en nuestras calles, con un sentido de pertenencia que estrechaba lazos y unía en su defensa. Hasta existía cierta rivalidad. Se organizaban partidos de fútbol y otros juegos competitivos por zonas. En el de la mata había jornadas de convivencia amistosa lo que agrandaba el corro y lo hacía más vistoso.
Desgraciadamente el pueblo envejece y mengua. Pocos nacimientos, cuatro o cinco. Algún año incluso no se ha producido ninguno. Más de veinte defunciones de media. Un árbol al que se le caen las hojas sin esperanzas de que le broten nuevas. Los pocos jóvenes al terminar sus estudios se van a otros lugares en busca de esperanza. Una estadística fatal que como la carcoma lenta, pero inexorable, corroe los maderos y debilita el edificio.
Salgo de casa. El reloj marca una hora que es un puñal en el silencio. Es noche cerrada. Suena el cerrojo de una puerta que cierra la jornada y abre la alcoba. Comienza a llover ahora mansamente sobre el tiempo y el olvido.
Con traje y guantes blancos, un crucifijo como los misioneros sobre el pecho, un rosario de cuentas de nácar y un librito de preces en la mano que nunca leí hice la primera comunión. Por entonces se hacía a los siete años. No recuerdo banquete ni celebración posterior. Un desayuno con churros para reponer fuerzas, pues había que recibir el sacramento sin haber comido nada sólido en las tres horas anteriores. Y menos mal, porque hasta el año 1957 en que Pío XII modificó la normativa se establecía el ayuno desde la media noche. Después de la misa fui a las casas de los vecinos que mi madre me indicó. Yo les daba una estampita en la que ponía recuerdo de mi primera comunión con mi nombre, fecha y lugar. A cambio me devolvían alabanzas de lo guapo que iba y me convidaban con una cantidad de dinero y besos cariñosos.
Terminado el recorrido por las casas de allegados y vecinos llegó el retratista. Traía trípode, cámara de fuelle y una cubita colgada en el lateral donde lavaba y aclaraba las fotos. En el patio de la casa de mi abuelo se acondicionó un rincón para inmortalizar tan fausto acontecimiento. Tuvieron que tapar con sábanas una puerta que estaba al fondo para que todo saliera blanco. Más que fotógrafo me pareció un mago que metía la cabeza debajo de una tela negra buscando algo que tardaba en aparecer. De rodillas en un reclinatorio tuve que recomponer la sonrisa varias veces porque aquello se prolongaba demasiado tiempo y el pajarito no acababa de salir. Todo esto me desconcertaba. Además intentaba seguir las instrucciones de la familia que me decían cómo tenía que ponerme y del retratista que no dejaba de modificar la posición de mi cabeza diciendo que no me moviera.
En los días previos el cura fue a la escuela a explicarnos en qué consistía la celebración y su significado y en la iglesia ensayamos la ceremonia varias veces.
Recuerdo el apuro que tuve con la confesión. ¿De qué tenía yo que acusarme a tan temprana edad? Nos ayudaron a examinar nuestras conciencias, esa que yo asociaba con un dibujo que venía en la enciclopedia y que sorprendía a un niño cuando iba a coger un caramelo de una vasija de cristal: “¿Dónde vas? ¡Soy la voz de tu conciencia! ¿Qué vas a hacer?” Nos dijeron que era una voz que no se oía, sino desde el interior y yo en el interior solo sentía los latidos del corazón y el ruido de las tripas. A partir de esa experiencia confeccioné la retahíla de faltas y pecados de los que me acusaba siempre que me confesaba y que decía de corrido: no hacer caso a mis padres, haber reñido con algún amigo y decir alguna picardía. Los pecados contra la pureza los incorporé después al repertorio.
Aquellas comuniones tenían poco que ver con las actuales. Hoy se invita a la celebración a familiares y allegados y a un banquete posterior. Se come y se bebe opíparamente. Los comulgantes primerizos recogen los regalos con los que son obsequiados. En un rincón, rodeados de estuches y papeles de envolver, pasan ensimismados el resto de la tarde manipulando el artilugio electrónico que les han regalado.