Leche y churros.

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Pedro Grandez, Honduras
El desayuno más habitual, fuera del tiempo de las matanzas en que nos poníamos como el tío Quico de ‘tostás’ con manteca ‘colorá’, era el café con leche migado con rebanadas de pan tostado y arriba el velo blanco de nata que daba  la leche en la cocción.
Esta se le  compraba al vecino que tenía vacas.  Había varios repartidos por todo el pueblo. La mayoría recogían el ganado en la misma casa donde vivían. Al anochecido, después del ordeño,  acudían  las mujeres con las lecheras. A veces nos mandaban a los niños. “Anda, dile que te eche tres medidas”.
Las malas lenguas cuentan, como también  de los taberneros, que algunos tenían vocación muy cristiana y que celebraban bautizos  aguando el producto  para mayor gloria de la abundancia.  No sé, pero las mujeres sin ser especialistas  en química, ni en burbujas, grasas y proteínas sospechaban cuándo podía haber fraude  por la tardanza en subir la leche al cocerla, momento al que había que estar atentos porque se derramaba y lo ponía  todo perdido. 
Yo bebí la leche recién ordeñada en la tibieza del establo, recién llegadas las vacas de los prados porque un tío abuelo  las tenía y algunos días al regreso del paseo que daba con mi padre pasábamos a saludarlo. De la ubre, manos prietas  con los pulgares recogidos para hacer presión, al vaso y de allí a la boca. Esa sí que era leche entera que dejaba su estela y  espuma en el bigote.
El café de puchero, hecho en el anafe con carbón. Todavía no se conocía  el descafeinado, pero antes sí utilizaban otros sucedáneos naturales  que cumplían la misión de calentar un poco el cuerpo: la cebada tostada y las raíces de achicoria, planta esta  hoy ensalzada por sus excelentes cualidades medicinales.
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Foto cedida por la Churrería El Barriga, de Puerto Real.
Otras veces  había ‘jeringos’. Los días de diario el churrero montaba lumbre y perol  en una casa.  Los  de fiesta en una esquina de las cuatro que conformaban el lugar de paso. Imagen que permanece vívida en la memoria: la tarde del jueves santo entre oficio y procesión veía subir el humo y enredarse con el sol dorado que acariciaba ya las cornisas de los edificios y  la cúspide de la torre. Para echar la masa  en el aceite hirviendo apoyaba  el  extremo del émbolo de la jeringa entre la axila y el pecho.  Formaba la espiral con destreza y maña. Con los palos de rodar apartaba para que no se pegase y la volteaba.  A los pocos minutos la sacaba y sostenía en el aire para que escurriera. El  churrero tenía  de ayudante a su mujer que amasaba en un baño de cinc y  troceaba  con tijeras, pero había quienes se las llevaban  enteras, unos envueltas en  papel de estraza y otros prendidas con juncos. Los niños nos rifábamos las porras que procedían del comienzo y final de la rosca. 
Durante los días de feria instalaban  cantinas en la  umbría de la iglesia.  Hacían el  montaje entrelazando sogas y palos  y cubriendo techo y huecos con mantas. Al final de la noche acudían las  familias y las  pandillas a reponer fuerzas y a aliviar el fresco de la madrugada. Se sentaban y acompañaban el yantar con copas de aguardiente. Si ustedes gustan…

El parte

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Todas las emisoras de radio conectaban a las dos y media de la tarde y a las diez de la noche con Radio Nacional de España para emitir el diario hablado. Estas noticias centralizadas comenzaban  con la sintonía  correspondiente,  adaptación de una  llamada militar del siglo XV, la Generala  y terminaba con los vivas y  los arribas de rigor, tras lo cual se escuchaba el  himno carlista, el  Oriamendi,  y el himno nacional. Este sistema duró, descargado ya en los últimos años de exaltaciones patrióticas, hasta el 25 de octubre de 1977, fecha en que las emisoras privadas pudieron  elaborar sus propios programas informativos.
Este diario hablado  era conocido popularmente como el parte,  imitación de los que en tiempos de  guerra dan los bandos contendientes.
No era para menos porque, según contaban los mayores, uno de los antecedentes de estos  diarios hablados  estuvo en los monólogos del general Queipo de Llano emitidos desde Unión Radio Sevilla  en los que arengaba a los suyos  y metía el miedo en el cuerpo a los contrarios con  inflamado y amenazante verbo y un estilo peor que tabernario.
Como  todos no disponían de aparato de radio, a la hora de las noticias  y charlas propagandísticas   se reunían en las  casas de quienes sí disponían de ellos.
En ciertos informes elaborados en la Causa General instruida por el Ministerio Fiscal  sobre los tiempos de la ‘dominación roja’ he leído que a algunos investigados les valoraban  favorablemente la acreditación de otros vecinos de que escuchaba el parte con ellos, dando así a entender la supuesta adhesión a la causa, aunque, según se especifica en  el mismo, la conducta personal del investigado era manifiestamente mejorable.  A esta  documentación se puede acceder hoy libremente  a través del Portal de Archivos Españoles (PARES).
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El  Nodo, “el mundo entero al alcance de todos los españoles”,  los partes  y  la Formación del Espíritu Nacional, que se cursaba como asignatura obligatoria  en los centros de enseñanza, fueron las fuentes  de nuestra formación cívica. Varias generaciones crecimos  en esa resaca de silencio que se produce después de un gran estruendo. Aprendimos las cuatro reglas y  los primeros trazos entre consignas y efemérides que salpicaban las enciclopedias de héroes y villanos.
Como no conocíamos otra cosa hicimos normalidad de lo que nos enseñaban, pensando que la historia era tal como nos contaban hasta que pudimos vislumbrar que más allá de aquel sol  entre montañas que siempre estaba amaneciendo existía otra forma de ver la vida.
Reconozco mi escasa y parcial  formación  en aquellos tiempos de la que empecé a salir cuando otros compañeros  hablaban de hechos y personajes de los que yo nunca había oído hablar.
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En las universidades empezaban a surgir las protestas  y a correr los estudiantes delante de los  grises.  La ley de prensa e imprenta de Manuel Fraga, a pesar de sus limitaciones, secuestros  y sanciones,   suprimía la censura previa y empezó a colarse por sus rendijas un poco de aire fresco. El diario de la tarde  Informaciones y las revistas Triunfo,  Sábado Gráfico y Cuadernos para el Diálogo, entre otros, empezaron a mostrarnos facetas de la realidad que desconocíamos.
Aunque siempre habrá quien diga que mientras más se sabe más se sufre y que para lo que hemos aprendido… Así somos.

Barberos

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Las primeras veces que fui a la barbería me acompañaba mi padre.  Mientras aguardaba la vez observaba el proceso del afeitado. El barbero  pasaba la navaja por un asentador de dos tiras flotantes de  cuero para suavizar su filo.  Me llamaba la atención el sillón giratorio  con base de porcelana blanca, palanca para subir y bajarlo  y apoyacabeza adaptable, según estatura del cliente.
Enjabonaba los curtidos rostros de la gente del campo tras mojar la brocha en un pequeño cuenco y   frotarla en el jabón de forma cilíndrica. Recias barbas parecidas a rastrojos tordos que la navaja barbera recorría con un ruido de siega. La diestra mano del fígaro, dedo meñique apoyado en  la  rabiza curvada, iba quitando la espuma y los pelos. Tras cada pasada la limpiaba en un gomero redondo. Con la mano libre de navaja  extendía la piel.  A mí me hacía gracia cuando les cogía a los clientes la nariz y se la movía  para facilitar el afeitado del bigote. Era el único momento en  que la expresión tocarle a uno las narices no conllevaba  enfado.
Comencé a darme cuenta en la barbería de que las nieves del tiempo que empezaron platear  mis sienes no eran solo una letra de tango. Caían mis primeras canas como copos  sobre la capa,  casi confundidos al principio con el pelo castaño y bruñido de la juventud.  Fue aumentando su número con   cada pelado, preludio de la  gran nevada que se echaba encima con la edad.
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Para los pequeños cortes que se producían en el afeitado utilizaban  una piedrecita blanca y rectangular, la piedra de alumbre, que según supe más tarde estaba compuesta de sulfato de aluminio y potasio hidratado. Debía de desinfectarse sola porque pasaba de un pescuezo a otro sin más trámites intermedios.
De las actividades de los barberos- cirujanos  medievales que realizaban  trabajos  médicos, como  sangrías, permanecieron  algunos usos y costumbres, como  el poste cilíndrico con rayas rojas, blancas y azules y la bacía donde se remojaban las barbas y   que señalan la ubicación de los establecimientos del ramo.  Perduraron  también las funciones  de poner inyecciones y sacar muelas, como el de mi pueblo, que lo hacía además muy bien.
Cuando yo  lo veía llegar a mi casa me ponía en guardia por ignorar las intenciones y herramientas que traía, si barberas o sanitarias.  Como los médicos, contrataban igualas con los clientes con obligación de una pela mensual a domicilio. Hasta que no desenfundaba no sabía yo  a cuál de las dos venía y andaba esquivo y desconfiado, atento por  ver si encendía el alcohol en la caja metálica para hervir agujas y jeringas, en cuyo caso ponía tierra por medio, o sacaba los útiles  de pelar.
En las vísperas de fiestas las barberías estaban especialmente concurridas. Los músculos del brazo que movían la máquina manual trabajaban a destajo, como si fueran las agujas de hacer punto las mujeres. Para terminar, el maestro humedecía la cabeza con el pulverizador, peinaba, pasaba el cepillo por el cuello y le echaba polvos de talco. Para los más sibaritas un poco de loción Floïd que estaba sobre la repisa. Sacudía  la capa con restallidos y otro al puesto. El que marchaba se despedía: “Queden ustedes con Dios” y recogía  la boina del perchero.

Pequeños comercios

quien-da-la-vez-1-665x435 La fotografía es de un ultramarino recreado en la exposición “Les botigues Museu” de Pallars (Lérida)
Los  viajantes venían a visitar periódicamente a los dueños de las tiendas. Uno de ellos llegaba  con un “Seat  600” desde Sevilla con dos grandes maletas que podían calificarse por su tamaño como baúles. Eran de cuero,  bien atadas con correajes y reforzadas con   chapas en las cuatro  esquinas para preservarlas del desgaste.  Pasaba dos o tres días en el pueblo ofreciendo  los artículos y novedades. Se colocaba  en un extremo del mostrador. Allí, cuando no había clientes,  trataban el comerciante y él sobre  precios, modelos y condiciones de pago. Aquel clásico de letras a treinta, sesenta y noventa.  Este viajante representaba a una casa de tejidos y traía pequeños muestrarios rectangulares con los distintos colores y calidades de las telas o piezas completas para su examen.
Las mujeres confeccionaban vestidos, siguiendo modelos que venían en unas revistas llamadas figurines.  El que despachaba extendía sobre el mostrador  las piezas de raso,  de pana, de terciopelo,  de franela o   de seda  para que la clientela comprobase  con el roce de sus dedos la calidad y textura.
Este  comercio era  similar  a otros  que había en la mayoría de los pueblos. En ellos  podías comprar desde un botón  hasta un kilo de cal, pasando por azufre en polvo,  puntas o un kilo  de azúcar a granel. ¡Qué habilidad tenían envolviendo los productos en  papel de estraza! Remetían los laterales  y doblaban   la solapa en forma de pico  sobre sí misma.
 En la puerta, según temporada, montaban un escaparate con capotes para la lluvia, botas katiuskas,  sombreros de paja,  cribas o bieldos para aventar en las eras.    
Al final de cada jornada el dueño se sentaba en la trastienda a echar cuentas  de existencias y ventas hasta el horario de cierre, que solía hacerse bien entrada la noche.
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Disponían de una libreta donde anotaban lo fiado. “Apúntamelo en la cuenta”. Práctica habitual  porque se andaba a la cuarta pregunta y porque los ingresos de las economías familiares llegaban  con los jornales que el campo ofrecía estacionalmente.
Pocas de las llamadas grandes superficies actuales  permiten esos usos, como cuando nos mandaban nuestras madres: “Anda, ve  a casa de José que te dé  un kilo de patatas, que a la tarde se las pago yo”.
El encargado  de la  tienda de ultramarinos  despachaba  a conveniencia del consumidor: cuarto y mitad de mortadela o piezas de bonito para llevarlas con un poco de aceite. “Échame un poquito más, que si no se resecan”.  No tenían hora fija de cierre ni prisas.   Si  le pedían algún artículo nunca decían que no lo había: “Está pedido, si no llega mañana, antes de que acabe la semana sin falta está aquí”. A la tienda no se iba solo a comprar, también se intercambiaban las últimas noticias  de lo que  sucedía en el  pueblo.
La facilidad para desplazarse, el cambio de  costumbres,  los impuestos, la imposibilidad de competir con las grandes superficies donde se compra en silencio y con carrito hacen muy difícil su pervivencia.
En los  últimos años  hemos ido  comprobando su irremediable decadencia.  Me entristece, por lo que significaron en el tejido social del pueblo, ver  en el fondo del local  al tendero cómo mira por encima de sus gafas  cuando oye pasos  que pasan de largo  sin entrar.

Silleros y sogueros

img_9007Los silleros cogían en las orillas de los  ríos la enea o espadaña de hoja ancha, que por tierras extremeñas y andaluzas denominamos también bayunco. Se recolectaba desde el mes de  mayo  hasta finales de verano. Una vez cortada la  extendían para que se secara durante unos quince días y cogiera el color amarillo dorado idóneo para su utilización en la confección de cestos, canastos, esteras…y sobre todo asientos para sillas. Con el fin de que  estuvieran flexibles y no se partieran al doblarlas unas horas antes  las humedecían regándolas con agua.  Los pastores forraban   con ella botellas o garrafas,  así las protegían de golpes y preservaban  el contenido de temperaturas extremas. A  los niños nos gustaban estas plantas por las mazorcas cilíndricas de color marrón que  tienen en su parte superior, los llamados  puros,   con los que simulábamos fumar, como veíamos hacer a los mayores en las grandes ocasiones. En las casas se utilizaban como adornos metidos en jarrones hasta que con el tiempo se deshacían o los deshacíamos nosotros por la curiosidad de averiguar qué había dentro. 
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Teníamos un sillero en el pueblo que dio por su oficio  nombre a toda su descendencia, pero también por temporadas llegaban profesionales  ambulantes sin más bagaje que sus diestras manos, una navaja y  una espátula. Recogían las sillas que les entregaban y se iban a las afueras del pueblo, a la sombra que daban las paredes de las escuelas si hacía calor o  alguna resolana  si era invierno. ¡Con qué habilidad  torcían  y trenzaban la enea!  Los niños al salir de la escuela nos parábamos a observar su trabajo artesano. A mí sobre todo me llamaba la atención cómo  entremetían las tiras para dar continuidad al asiento cuando un de ellas se iba quedando corta. Terminado este le pasaban la espátula para alinear e igualar los cordones y cortaban los picos de la parte de abajo.
Los sogueros más renombrados procedían de Galicia.   Las labores del campo necesitaban sogas y “abacales”, término este que se usa para designar las cuerdas que se hacían del abacá y  que se utilizaban, entre otras cosas, para atar la boca de los sacos o juntar gavillas en haces.  Colocaban sus pertrechos en una calle larga.  En un extremo fijaban al suelo el torno, que tenía unos ganchos a los que ataban uno de los cabos de las cuerdas. Enfrente  ponían una especie de carro al que unían los cabos opuestos. Según se quisiese la soga más o menos gruesa variaba el número de cuerdas. Permanecían en el pueblo hasta que terminaban los encargos que les hacían los labradores.
Para que la soga saliese lo más tensa posible se necesitaba  un contrapeso en el carro y es allí donde nos montábamos los muchachos para ser arrastrados hasta el torno.
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Jesús Arnal
El soguero introducía el husillo  entre las cuerdas y  las pasaba por sus acanaladuras.  Al mismo tiempo, una persona comenzaba a dar vueltas a la manivela del torno. El soguero deslizaba  el husillo entre las cuerdas caminando hacia atrás. De ahí deriva la expresión: “Ir para atrás como el soguero”. Las materias primas  que más se utilizaban para hacer las cuerdas eran la pita, el cáñamo y el esparto hasta que el plástico y las fibras sintéticas fueron sustituyéndolas.

El billar

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Jhon Alexis Núñez
Las cuatro esquinas  eran el mentidero donde los hombres se reunían al anochecido, hora de dos luces, la natural que se iba desleída en el crepúsculo y la artificial  que traía el palo largo del electricista. Charlaban y fumaban  en corrillos de los acontecimientos del día  y  miraban  el trasiego de mujeres que iban al rezo.   En un rincón del cruce de calles estaba la sala de billar,   crisálida  donde maduramos  la pavera de rubores inoportunos y escondíamos nuestra timidez.
Cada pueblo tiene un lugar  donde los muchachos que ya no son niños ni han llegado a adultos se reúnen  como golondrinas en los cables para ensayar  el vuelo de la adolescencia.
Al salón solo entraban los varones, previa comprobación a ojo de buen cubero de la edad por parte de las hermanas del regente. El suelo era  de baldosas que en su día fueron rojas. La única iluminación la proporcionaba  una bombilla escasa de vatios sobre la mesa de  juego con un reflector circular  de porcelana picado de manchitas negras. Los jugadores teníamos que calcular la trayectoria de las bolas teniendo en cuenta sus abolladuras y los costurones que tenía el viejo paño.  El mobiliario,  escaso: unas pocas sillas de anea, un pequeño mostrador de madera al fondo y  una mesita redonda con tapete desgastado  y ralas enagüillas cerca de la  ventana. Ahí los más madrugadores se arracimaban en invierno al calor del brasero junto al dueño, que  nos entretenía con sus relatos  llenos  de fantasía e invenciones. Aumentaban estas según avanzaba la noche y las libaciones.
 Su  afición al morapio hacía veredas de la mesa al  cuartillo que estaba detrás del mostrador donde escondía el vino que escanciaba en el gaznate con la asiduidad que le permitían la charla y el control de los juegos. Frase para nuestra pequeña historia era aquella que anunciaba el fin del tiempo de las partidas: “tirando Fulano tres veces sin ésta…”
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Ernest Descals
El juego principal  eran las carambolas. En algunas tiradas estorbaba la columna de hierro  que sostenía la techumbre  y había que   acomodar postura  para sortearla, haciendo lo que en el argot se conoce como un lujo: pasar el taco por detrás de la espalda  a guisa de capote de lidia en el toreo  por gaoneras.
Otro juego frecuente eran las cuarenta y una. De una  liara cónica forrada en cuero sacaba el gerente  tras impúdico meneo una bola  para  cada jugador. Estaban  numeradas del uno al diecisiete y se guardaban en un casillero  sin que los compañeros supiesen el número de los demás.  Ganaba quien primero conseguía anotar cuarenta y un tantos exactos, descontando el número de la bola guardada. Para ello había que tirar figuritas de marfil repartidas por la mesa.    Hacer la real consistía en derribar de una tacada todas las  colocadas en el  centro. El habilidoso jugador se llevaba el premio pecuniario que habíamos aportado cada uno de los jugadores,  descontado el corretaje de la casa.
Allí pasamos muchas noches consumiendo tiempo, pipas y conversación.  Después de ese  ciclo de metamorfosis puberal  nuevas inquietudes y sentimientos llamaban a nuestro cuerpo y a nuestro corazón. Nos disponíamos a iniciar el vuelo del cortejo por  otros locales  con  noches de blanco  satén y discos de vinilo  en los guateques.

Al aire, libres.

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Un trozo pequeño de tela nos servía para pasar parte de la  noche jugando en un rincón de la calle bajo la débil luz de una bombilla. El juego se llamaba “el trapo esconder”. Uno lo escondía y los demás tenían que encontrarlo siguiendo las indicaciones de frío y caliente que daba el ocultador. Este ideaba los lugares más insospechados para hacerlo, como la rendija de una vieja  ventana. 
Otras veces nos ocultábamos nosotros mientras quien tenía que hallarnos contaba hasta diez.  Cuando nos localizaba entre las sombras de la noche decía en voz alta el nombre  para que saliéramos del  escondite. Si alguno llegaba al puesto de mando antes que el buscador, que andaba a sus pesquisas, libraba a todos los descubiertos. “Una, dos y tres, por todos mis compañeros y por mí el primero”.
Se nos hacía más corto el camino para ir a los recados  si lo recorríamos con el aro. Lo conducíamos con la guía, que era una varilla terminada en forma de y griega doblada. Valorábamos la perfección del acabado de los aros por  el poco grosor de la soldadura y por la regularidad de su curvatura. Esta la comprobábamos levantándolo en el aire y calibrándola  con un ojo cerrado. Si no era la idónea lo metíamos entre las piernas y la enmendábamos.   Con él transitábamos por las calles del pueblo y los ejidos y  competíamos en  carreras y habilidades. Lanzarlo  para que  volviera a nosotros  con  efecto de retroceso era una de ellas.
Construíamos molinillos de viento, que  llamamos “revolanderas”. Cogidos  en la mano o en el manillar de la bicicleta nos lanzábamos a correr para que giraran.
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A veces usábamos solo nuestro cuerpo para jugar. Simulábamos ser aviones extendiendo   los brazos. Efectuábamos las más arriesgadas acrobacias doblando esquinas los días de fuerte viento. ¡Qué sensación de libertad correr contra él!
Los días de lluvia caminábamos con  zancos construidos con dos latas vacías de tomate invertidas.  Nos metíamos en los charcos y cruzábamos regajos sin mojarnos. También disfrutábamos con un paraguas debajo de los canalones para sentir el estrépito del agua sobre nuestras cabezas. Dicen los que explican estas conductas que son reminiscencias del claustro materno.
En otoño, cuando  la  lluvia ablandaba la tierra y salían hormigas de ala,  jugábamos al clavo. Un  circuito que debíamos superar con habilidad y puntería, pinchando dentro de las zonas establecidas.
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“Que una, que dos, que tres y me la caté”. La billarda había ido demasiado lejos y sería difícil meterla en el redondel de un solo lanzamiento. “Anda, tira otra vez”. El que tenía la raqueta defendía la zona alejándola lo más posible. La  hacía saltar dándole en un pico con la raqueta y cuando estaba por los aires le arreaba   un raquetazo. Si el que debía ir a por ella la cogía sin que cayera al suelo se volvían las tornas y cambiaban las funciones.   Frecuentemente el juego terminaba  con la billarda en un tejado o rompiendo  el cristal de alguna ventana.
No, no nos hacían falta muchos medios para pasarlo bien. Solo imaginación y tiempo, ese que, siendo físicamente el mismo, “nosotros, los de  entonces”, percibíamos más lento,  limitado solo por los cantos de los gallos al amanecer y los ladrillos de los perros al anochecido.

Comer en el campo

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Gonzalo Bilbao Martínez, El descanso de los campesinos
En tiempos de recolección o sementera las casas grandes contrataban cuadrillas y solían convenir que la comida la pagase el dueño de la hacienda. Les ponían migas al venir el día. Sobre las diez tomaban un frugal tentempié  porque las migas sujetan. Llamaban pescola a este pequeño almuerzo, según me cuentan amigos que  lo conocieron. La curiosidad me hizo buscar el significado de este término, usado en Andalucía, tan próxima: “punta de la besana”, acogido por aquí quizás para dar a entender  la levedad del yantar que etimológicamente significa después de la cola.
Si no se acordaba que pagara el dueño cada uno llevaba su comida. Los pucheros lo dejaban en el cortijo alrededor del fuego de la chimenea  y la casera se encargaba de vigilarlos y de que estuvieran a punto para cuando regresaran a mediodía. Incluso algunos hacían fuego en una zona de la besana,  teniéndolo a la vista.
En cuernos de asta  de toro o de buey llevaban los  hombres del campo el aceite y el vinagre para hacer los gazpachos. Me sorprendió  un día  que echaran sobre el dornillo del mismo  cuerno los dos componentes, inclinando o volteando, según convenía. Así recibí la primera lección práctica de la densidad  que habría causado admiración en los habitantes de Macondo. En otro recipiente llamado liara, hecho también de la base del cuerno y tapado con corcho, solían llevar aceitunas.
Frecuentemente  a la faena llevaban comida fría: fiambres, embutidos, queso, tortillas…y de noche, ya en casa, comían el plato caliente del día.
El  hato con las viandas en la hortera lo dejaban en el lugar en el que pensaban comer, no lejos del tajo donde se trabajaba.
Preparaban una variedad de comida para el almuerzo en tiempo de verano, rica en condimentos y en denominaciones.
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Del Diario Digital de Tentudía
En la zona de Usagre y Bienvenida la llaman sopará. Consiste en picar y majar levemente tomates, ajos, pimientos, pepinos…echarle trozos de pan duro y regarlos con agua, aceite y vinagre. Ese caldo se bebía y quedaba debajo la parte más consistente a la que se le rociaba con aceite otra vez y se comía con cuchara y tenedor.  Tenía ligeras variantes y diversas denominaciones dependiendo de los pueblos. En el mío la llaman  “macarraca”. En otros, “sopeao”, sopones, “trincalla”, calandracas o  “cojondongo”.
En el pequeño  descanso de la comida les colgaban a las bestias el morral de la cabeza para que comieran también su ración de pienso.
Alrededor de la sombra de algún olivo o encina  o  protegidos del sol en el palenque se juntaban para comer  del plato común. También lo hacían los pastores.  Uno de los miembros  de la cuadrilla se encargaba de condimentar. El aceite era el componente  más apreciado y a veces escaso. Me cuentan que en una ocasión el encargado del aliño lo echaba   haciendo círculos sobre el dornillo. Mientras realizaba esta labor alguien refería chascarrillos y el aliñador cuando pasaba  la alcuza por el lado donde estaba él sentado reía las ocurrencias del relato exclamando: ¡coño, coño, coño!, agitando a compás el aceitero para que cayera  más cantidad. Alertado un mozalbete de los comensales del hecho, a la tercera pasada le espetó: “Tio Antonio, a ver si deja usted caer por aquí también algún coñito de vez en cuando”.

La mata romero.

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La tarde está  azul y  luminosa y transparente. Solo  faltan los niños jugando en la calle, pero la plazuela está vacía.   Pienso que estarán haciendo sus deberes  o eliminando  con ráfagas de metralleta a malvados en los juegos de sus móviles.
De pronto me parece oír lejanos   ecos de una canción infantil, voces envueltas en candor y seda que apenas tocan los cristales se alejan y desvanecen por los resquicios del aire. Me asomo a la puerta, pero no hay nadie…  El lugar y la añoranza  han creado en mi mente el espejismo sonoro. Ha sido suficiente ese quimérico aleteo  de notas musicales para llenar el espacio de bulla y de juegos.
Al atardecer, en este mismo lugar lleno ahora de luz y soledad, se jugaba al corro o la rueda, que aquí llamamos la mata. Los participantes  giraban agarrados de la mano cantando canciones que acompañaban con cambios de sentido, agachamientos y palmas. Juego predominantemente practicado por niñas, aunque a veces nos incorporábamos los varones  con un complejo de estar haciendo el mariquita lo que  manifestábamos con gestos ridículos por exagerados y que resaltaban aún más nuestra estupidez.
Estas  canciones fueron cantadas por muchas generaciones y permanecen en el acervo y en la memoria del pueblo: “En Sevilla a un sevillano siete hijas le dio Dios, todas siete fueron hembras y ninguna fue varón” “En Zaragoza cayó un cañón y en medio del agua, qué golpe dio…” “Si viniera un torbellino ‘arrecogiendo’ muchachos que se lleven a mi novio que dicen que está borracho…” “Quisiera ser tan alta como la luna, ay, ay, como la luna para ver a los soldados de Cataluña”, “A tapar la calle, que no pase nadie, que pase mi abuelo comiendo buñuelos…” “Que salga usted, que lo quiero ver bailar, saltar y brincar…”, “Al pasar la barca me dijo el barquero, las niñas bonitas no pagan dinero…” “El patio de mi casa es particular, cuando llueve se moja como los demás, agáchate y vuélvete a agachar…” “Estaba el señor don gato sentadito en su tejado…” “Tengo una muñeca vestida de azul…” “Al pasar por el  puente, güi, güi, güi, de santa Clara, trico, trico tri, de santa Clara lairó, lairó, lairó, lairó…”
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Jugábamos  en nuestras  calles, con un sentido de pertenencia que estrechaba lazos y unía en su defensa. Hasta existía cierta rivalidad. Se organizaban partidos de fútbol y otros juegos competitivos  por zonas. En el  de la mata  había jornadas de convivencia amistosa  lo que agrandaba el corro y lo hacía más vistoso.
Desgraciadamente el pueblo envejece y mengua. Pocos nacimientos, cuatro o cinco. Algún año  incluso no se ha producido ninguno. Más de veinte defunciones de media.  Un árbol al que se le caen las hojas sin esperanzas de que le broten nuevas. Los pocos jóvenes al terminar sus estudios  se van  a otros lugares en busca de esperanza.  Una estadística fatal que como la carcoma lenta, pero inexorable, corroe los maderos  y debilita el edificio.
Salgo de casa. El reloj marca una hora que es un puñal en el silencio. Es noche cerrada. Suena el cerrojo de una  puerta que cierra la jornada y abre la alcoba.  Comienza a llover ahora mansamente sobre el tiempo y el olvido.

Primera comunión.

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  Con  traje  y guantes blancos, un crucifijo como los misioneros  sobre el pecho, un rosario de cuentas de nácar y un librito de preces  en la mano que nunca leí hice la primera comunión. Por entonces se hacía a los siete años.  No recuerdo banquete ni celebración posterior. Un desayuno con churros para reponer fuerzas, pues había que recibir el sacramento sin haber comido nada sólido en las tres horas anteriores.     Y menos mal, porque hasta el año 1957 en que Pío XII modificó la normativa se establecía  el ayuno desde la media noche. Después de la misa fui a las casas de los vecinos que mi madre me indicó. Yo les daba una estampita en la que  ponía recuerdo de mi primera comunión con  mi nombre, fecha y lugar. A cambio me devolvían alabanzas de lo guapo que iba y me convidaban con  una cantidad de dinero y besos cariñosos.
  Terminado el recorrido por las casas de allegados y vecinos  llegó  el retratista. Traía trípode, cámara de fuelle y una cubita colgada en el lateral donde lavaba  y aclaraba las fotos.  En el patio de la casa de mi abuelo se acondicionó un rincón para   inmortalizar   tan fausto  acontecimiento. Tuvieron que  tapar con sábanas una puerta que estaba al fondo para que todo saliera blanco. Más que fotógrafo me pareció un mago que metía la cabeza debajo de una tela negra buscando algo que tardaba en aparecer.  De  rodillas en un reclinatorio  tuve que recomponer la sonrisa   varias veces porque aquello se prolongaba  demasiado tiempo y el pajarito no acababa de salir. Todo esto me desconcertaba. Además intentaba seguir  las instrucciones de la familia que me decían cómo tenía que ponerme y del retratista que  no dejaba de modificar la posición de mi cabeza  diciendo que no me moviera.
  En los días previos  el cura fue a la escuela a explicarnos en qué consistía la celebración y su significado y en la iglesia ensayamos la ceremonia varias veces.        iacomun-2
Recuerdo el apuro que tuve con la confesión. ¿De qué tenía yo que acusarme a tan temprana edad? Nos ayudaron a examinar  nuestras conciencias, esa que yo asociaba con un dibujo que venía en la enciclopedia y que sorprendía a un niño cuando iba a coger un caramelo de una vasija de cristal: “¿Dónde vas?  ¡Soy la voz de tu conciencia! ¿Qué vas a hacer?” Nos dijeron que  era una voz que no se oía, sino  desde el interior y yo en el interior solo sentía los latidos del corazón y el ruido de las tripas. A partir de esa experiencia  confeccioné la retahíla de faltas y pecados de los que me acusaba siempre que me confesaba  y que decía de corrido: no hacer caso a mis padres, haber reñido con algún amigo y decir alguna picardía. Los pecados contra la pureza los incorporé después  al repertorio.
  Aquellas comuniones  tenían poco que ver con las actuales. Hoy se invita a la celebración a familiares y allegados y a un banquete posterior.  Se come y se bebe opíparamente. Los comulgantes primerizos recogen los regalos con los que son obsequiados. En un rincón, rodeados de estuches y papeles de envolver, pasan ensimismados el resto de la tarde manipulando  el  artilugio  electrónico que les han regalado.