Las manos son apéndices del alma, embajadoras de nuestros sentimientos, afanadoras para nuestra subsistencia y delatoras de emociones.
Ofrecen y piden. Acompañan a nuestra voz para resaltar lo que decimos. Dan bienvenidas y despiden. Cierran pactos y consuelan sobre el hombro amigo. Secan lágrimas y acarician. Primer termómetro sobre la frente del hijo cuando la fiebre sobresalta en la madrugada, aportando cariño y protección. Pero también agravian con gestos obscenos, cuernos y peinetas. A veces, de revés, abofetean y, tirado el guante al suelo, ofenden honra y retan a duelo a quienes deben recogerlo. La bofetada más famosa del cine se hizo icono de la mano de Gleen Ford sobre el bello rostro de Rita Hayworth en Gilda.
Cuando era niño me fijaba en las de las personas mayores. Las de las mujeres, tan diestras, iban de la filigrana del bordado y el punto al contundente retorcimiento de la aljofifa sobre la cuba de fregar. Porque antes que Manuel Jalón inventara a la compañera de baile que es la fregona, al suelo se le daba lustre de rodillas, pasándoles por la cara estropajo y jabón hasta que podíamos vernos la cara en él. Nada enfadaba tanto a quien fregaba como que, mojado el piso, llegásemos de la calle y lo pisáramos. Como mal menor, y si era urgente el acceso, nos señalaban pasadizos pegados a la pared o ponían papeles para no dejar huellas.
Tan dignas de confianza son las manos que hasta se les entrega en depósito la custodia del símbolo de la unión marital.
Recuerdo las de algunas mujeres mayores de mi pueblo apartando granzas de los garbanzos y chinas de las lentejas con una inmensa paciencia sobre el tapete de hule de la camilla.
Las manos de los varones eran más rudas, más de tierra y de sol. Las observaba cuando las apoyaban sobre el bastón y, distraídos, miraban a la lejanía sin centrar la vista en ningún sitio. Violáceas redes de caminos recorrían su parte superior hasta los huesudos promontorios de sus nudillos. A algunos, cuando las separaban del cayado, les temblaban incontroladamente.
Pensaba yo que esas manos habían tenido hace muchos años cálido y sonrosado aspecto en la infancia, sin arrugas y lo mismo hurgarían en la nariz que asirían de manera grácil la goma de borrar y el lápiz en el corto tiempo que estuvieran en la escuela, porque estas generaciones crecieron más pendientes de que no faltara el pan en la mesa que los libros en los pupitres. Por su tierna piel correría la sangre de la primera herida que la madre amorosamente cuidó con besos y caricias. Las mismas que exploraron covachuelas del arroyo tras los peces y, felinas, treparon por las ramas de los árboles buscando nidos de pajarillos. Amasarían barro de los regajos después de la lluvia para construir presas, castillos y fortalezas, jugarían a los bolindres y también recibirían algún palmetazo de sus maestros en la escuela. Son las mismas que descubrieron su cuerpo en la azarosa adolescencia e intercambiaron afectos en las cómplices sombras de la noche en otra piel que no era la suya. A la hora de la partida atravesarán la laguna Estigia en la barca de Caronte, como dos remos cansados de bogar, cruzadas sobre el pecho.
Los que nacimos en plena dictadura recibimos una formación escolar, media y universitaria filtrada por la ideología de quienes detentaban el poder. La historia contada por los vencedores de cualquier guerra es siempre parcial, encomiástica para los correligionarios y denigratoria para los vencidos. Una historia de buenos y malos. La que nos tocó a nosotros comprendía izadas de banderas y entonación de himnos, adoctrinamiento político y religioso, matemáticas y lengua en una simbiosis inextricable. El maestro escribía cada día en el encerado fecha, lema y consigna. En nuestros dibujos un sol siempre saliendo por montañas lejanas. Los domingos íbamos todos a misa acompañados por los maestros, que vigilaban comportamientos. Si alguno no asistía, el lunes era requerido para que justificara el motivo de la ausencia. De la enciclopedia Álvarez de la escuela, repleta de lecciones conmemorativas: el estudiante caído, día de la raza, día de la victoria, día del caudillo… a la Formación del Espíritu Nacional de los institutos. Incluso en las universidades existía una asignatura obligatoria: Formación Política. Era lo que había y a los niños y adolescentes, que no conocimos otra cosa, con estos mimbres nos conformaron.
La consecuencia fue una falta de espíritu crítico y una visión incompleta y sesgada de la realidad, que era bastante más compleja.
Cuando hice el servicio militar, un compañero de quinta más informado que yo, por propia iniciativa y por haber cursado su carrera en una ciudad con ambiente universitario más reivindicativo, me hablaba de personajes, escritores y sucesos de los que yo no había oído hablar porque no me lo habían enseñado ni había tenido la curiosidad de informarme, entre otras razones porque era difícil conseguir fuentes donde hacerlo con cierta imparcialidad.
A los pueblos del interior de Extremadura no llegaban las informaciones que por estrechas rendijas se colaban en las ciudades más cosmopolitas y sus universidades. Crecimos desinformados y uniformados por la maquinaria propagandística de la época. No nos dejaron conocer, sino lo que, filtrado por el Nodo y los partes de radio Nacional, convenía a la causa.
Para cursar la carrera de Magisterio debíamos obtener certificados de buena conducta expedidos por el alcalde y por el cura del pueblo. La buena conducta cívica suponía el acatamiento, al menos formal, del los Principios Fundamentales del Movimiento Nacional. El beneplácito del párroco conllevaba que se te viera por la iglesia al menos en domingos y fiestas de guardar. Ser de la cáscara amarga, por trascendencia familiar o comportamientos desafectos, dificultaba su obtención.
Además era obligatorio para los varones, por estar incluido en el plan de estudios de magisterio, asistir con aprovechamiento a un campamento organizado por el Frente de Juventudes. El que yo realicé comprendía quince días en Cáceres capital, colegio menor de juventudes Donoso Cortés, y otros quince en la naturaleza, en el campamento emperador Carlos, en Jerte. ¡Qué maravillosos parajes!, por cierto
Fuegos de campamento, izadas y arriadas de banderas, homenaje a los muertos, lecturas de redacciones seleccionadas, marchas, cabuyería, charlas en las sobremesas de las cenas, tablas de gimnasia, canciones: “Montañas nevadas”, “Paloma, si vas al monte…” Al final del mismo nos extendían el certificado de idoneidad.
Así fue y así lo cuento y los que vivieron estas situaciones pueden dar fe de lo que refiero.
Los hombres mayores se reunían en determinados lugares del pueblo. Se buscaban unos a otros como hacen las golondrinas al final del verano en los cables del tendido eléctrico.
En mi pueblo se juntaban cerca de la escuela. Algunos jugaban a las cartas sobre una piedra lisa, otros charlaban. Ponían cartones para sentarse o traían banquetas de casa. Buscaban solanas en invierno y sombras en verano. Allí acudían por las mañanas mientras las mujeres hacían las faenas.
‘Vamos a ver si nos quieren dar de comer’, decían como despedida, levantándose con dificultad y pasos renqueantes. Por las tardes volvían a la tarea de echar el tiempo atrás hasta la hora del crepúsculo. Algunos compañeros míos saludaban a sus abuelos y otros nos deteníamos un rato a escuchar sus charlas y observar sus juegos.
Me atraían sus conversaciones, sobre todo las que trataban de tiempos pasados que a nosotros nos parecían muy lejanos y que ellos tenían muy presentes. Los años de la guerra y los posteriores cuando la carpanta reinaba en las mesas y por los campos de España cruzaba errante la sombra de Caín, como escribió Antonio Machado.
Ya quedan pocos de los que lucharon en la incivil contienda del 36. Los nacidos en ese año tienen ahora ochenta y uno, así que los que fueron arrancados de sus casas para ir al frente rondarían los cien, salvo la “quinta del biberón” que fue llamada a filas en la zona republicana cuando tenían diecisiete años.
Cada uno daba su versión de aquellos trágicos años. Referían sus vivencias, todavía con miedo y con voz queda. Una visión parcial, detalles, anécdotas, porque a la mayoría se les escapaban las causas últimas de aquella lucha fratricida.
Cuando algún forastero de similar edad llegaba al pueblo y se unía al grupo le hacían una pregunta recurrente: ¿Y a usted, donde le cogió la guerra?
Siempre me han causado un gran respeto las personas mayores y sobre todo aquella generación que sufrió tanto. Nos enseñaban en casa y en la escuela a cederles la parte interior en las aceras, a hablarles de usted y a hacerles cualquier mandado que nos pidieran, sobre todo ir al estanco a por tabaco. Aquellos paquetes verdes de picado y sus libritos de liar. Como recompensa nos daban un caramelo de la marca “pictolín” que siempre llevaban consigo. Nosotros les decíamos, déjelo usted, como nos tenían enseñado, pero al segundo ofrecimiento lo cogíamos dándoles las gracias. Usaban fajas negras de varias vueltas en su cintura, quebrada de tanto agacharse a la tierra y soportar cargas más propias de bestias que de personas. En invierno usaban chalecos de pana con reloj de bolsillo el que lo tenía.
Las costumbres han cambiado. Antes los viejos se quedaban en sus casas con sus descendientes hasta el final de sus vidas. Los que no tenían hijos acababan en el asilo, que entonces se consideraba casi como un menoscabo. Ahora hay residencias y pisos tutelados en los pueblos, lo que libera a los hijos que tienen que trabajar y no los alejan a ellos de su entorno. A los que están en sus casas les llevan la comida. Un gran logro social que debe mantenerse y consolidarse y que habremos de usar casi todos.
Cuando paseo por el campo me gusta acercarme a algunos cortijos que están en ruinas. Fueron antaño morada de familias enteras. Se han deteriorado por dejadez o por lo costoso de su restauración. Este podía ser un retrato somero de cualquiera de ellos. Las paredes de adobe están carcomidas y desconchadas por efecto de los temporales. Los maderos de los tejados, sobre el suelo de las que fueron dependencias, donde crece la yerba sin control entre los cascajos caídos del techo.
En el corral, en la parte trasera o lateral hay arados muy viejos y oxidados y el yugo y armazón de las ruedas de un carro.
Y pienso, cuando observo estas imágenes, en sus antiguos moradores. Vida dura, aunque la nostalgia bucólica nos lleve a imaginar idílicas estampas. No eran mejores por ser tiempos pasados.
Pasarían muchos días de invierno incomunicados por el mal estado de los caminos oyendo junto a la candela el bramar del viento y el azote sesgado de la lluvia.
Por las mañanas se sentarían a desayunar con la leche de cabra recién ordeñada. Desde el interior, a través del postigo, contemplarían la lluvia y las nubes agarradas a la sierra.
A por viandas iban al pueblo en bestias cada semana o cada quince días. Para mantener el pan blando lo metían en tinajas. Si hubiesen sido las barras de ahora hubiesen podido partir almendras con ellas al día siguiente.
En las noches de verano, tras la faena, se sentarían al fresco bajo el cielo estrellado. Estas cosas pienso mientras los observo y se me vienen a la mente los versos de Rodrigo Caro: “Estos, Fabio, ¡ay dolor!, que ves ahora/campos de soledad, mustio collado,/fueron un tiempo Itálica famosa…” O los de Francisco de Quevedo: “Miré los muros de la patria mía, / si un tiempo fuertes ya desmoronados…”
Esta evocación bucólica no es añoranza de un tiempo pasado que por serlo fuera mejor. La vida era dura. Sana sí, mientras no se necesitara un médico a las tres de la madrugada y tuvieran que ir en su busca.
Las casas grandes, las de aquellas familias que disponían de varias fincas cada una empleaban a gran cantidad de trabajadores. Poco les costaba entonces. Algunos de los puestos pasaban de padres a hijos.
Anejos o separados del cortijo principal estaban las viviendas de los guardeses.
Me emocionaron las palabras de un amigo de Trasierra, hijo, nieto y bisnieto de quienes durante toda la vida habían sido encargados de una de estas fincas a la que conocían mejor que los dueños. Allí nació y se crió. Sabía el topónimo de cada rincón, de cada loma, de cada regato de la finca.
Ponía tanto sentimiento en lo que me contaba que el corazón me puso un nudo en la garganta y una chispa de fuego en los ojos. Allá, destacando sobre un otero entre encinas y jirones de niebla estaba el cortijo donde le habían salido los dientes. Hablaba de su arraigo y cariño por esta finca donde vivieron sus abuelos, sus padres, él y sus hermanos. La propiedad material no es nuestra, me dijo con la mirada anclada en la lejanía, pero hay otra propiedad que nos pertenece: la sentimental y esa no nos la quita nadie.
Me gusta el pueblo en su vivir diario. El trajín cotidiano, la estampa, el detalle, el gesto. Me gusta la luz resplandeciente en las solanas donde un hombre dormita tras el sombrero inclinado al tibio calor de la mañana. El vuelo de las cigüeñas bajo el intenso añil de primavera, las sábanas al sol de los corrales y también el borbolleo del puchero a la candela. La mirada curiosa y presentida detrás del blanco encaje en la ventana. Oír la una en la plaza silenciosa cuando no queda nadie por la calle y destaca en el cielo la franja del camino de Santiago. Me gusta el haz de sol dorado en la penumbra como rejón de polvo y luz. Y las gotas de rocío en la retama cuando
viene el día…
Esas estampas y otras han conformado la idiosincrasia y la imagen de nuestros pueblos a lo largo de los años. Los vendedores ambulantes, antes de regularse esta actividad y señalarle horario y lugar para su ejercicio, formaban parte de ella. El pueblo se convertía en un zoco donde estos anunciaban y vendían servicios y productos por sus calles. Las mujeres dejaban momentáneamente las faenas y salían a sus puertas con el delantal recogido hacia un lado para informarse de qué pregonaban.
El chiflo del afilador, con forma de arpa pequeña, anunciaba con silbos de escalas ascendentes y descendentes el afilado de cuchillos y tijeras. Los niños acudíamos a ver las chispas que saltaban del esmeril. Sobre una bicicleta montaba toda su industria. Los pedales y una correa transmitían el movimiento desde la rueda trasera, que quedaba elevada en el aire sobre un soporte abatible.
El hortelano con voz de noria profunda anunciaba los productos de la huerta recogidos la tarde anterior de la feraz vega al lado del pozo y de la higuera. A lomos de un borrico, en aguaderas y cestos de mimbre, traía aromas y colores con algo de perejil y hierbabuena.
De Huelva, de la mar cercana, llegaban subiendo por la carretera de la plata, a donde se acercaban los minoristas para surtirse, frescas sardinas, jureles, cazón, almejas, pescadillas, cuando nuestro país disponía del banco de pesca frente al Sáhara, antes que una marcha, más que verde, turbia de intereses nos lo quitara.
El carbonero vendía el oro negro y ecológico de las encinas que a golpes de soplillo se tornaba en brasa en las antiguas cocinas.
Una mujer, espantando a la pobreza, vestida de luto reciente, vendía olorosos hinojos en manojos, sentada en la esquina de la calle. Los recogía de gavias y cunetas y los lavaba en la fuente de la villa para resaltar el aroma y sabor de anís y regaliz de esta planta aromática
El panadero pasaba con el pan en los serones. Quien disponía de maquila los cambiaba por vales; quien no, a fiado o tocateja. Pocas normas sanitarias de manipulación. Con las mismas manos se manoseaba dinero, ronzal, burra y pan.
Así, entre otras muchas vivencias, transcurrió la infancia diaria de los que peinamos canas. Sensaciones que hoy, amable lector, quiero trasladar a esta página del periódico para compartir con ustedes su recuerdo y que sepan quienes no conocieron estas que no todo el monte fue siempre orégano.
A los niños nos gustaba asomarnos a las puertas de las fraguas para ver a los herreros forjando los hierros. Alternaban los golpes con ritmo. El maestro, asiendo fuertemente el trozo de metal incandescente con unas tenazas, los daba con el martillo sobre él y el yunque para afinar formas. El ayudante golpeaba fuertemente con el mazo. Se alternaban con cadencioso compás y destreza para no estorbarse.
Las tardes de verano los labradores con sombrero de paja y pañuelo en la nuca desmenuzaban las espigas en la era con el monótono circular del trillo.
Observaba yo, en esa edad en que se capta con asombro virgen todo lo que nos rodea, que los herreros en su trabajo cantaban al compás de yunque y martillo y los agricultores ponían ribetes sonoros a la soledad amarilla de las mieses.
En casi todas las faenas se cantaba o se canturreaba en un momento u otro. Lo hacía el albañil mientras mezclaba cemento y arena o colocaba ladrillos, el carretero en la soledad de los caminos, acompañando los arreos a las mulas, la mujer mientras faenaba en la casa…
Pensaba yo que si cantaban era porque estaban contentos, pero de mayor, leyendo las letras de las canciones, supe que existían desgarros, aflicciones y desamores entre ellas. Y es que el cante aflora sentimientos cuando la pena o la alegría buscan salida de los entresijos del alma.
No había muchas fuentes donde aprenderlas. El cine y la radio de los discos dedicados. Las letras venían en los cancioneros que un vendedor traía en una bicicleta junto con novelas de Marcial Lafuente Estefanía. Eran tiempos de la copla, de ojos verdes, torres de arena. De Marifé y de Molina.
Pero existen formas de cantar a las que hay que echarles de comer aparte. Flamenco o cante jondo. Cantes que sólo necesitan como acompañamiento el sonido de los cascabeles y las campanillas de las mulas de tiro o de golpes de martillo sobre el yunque para darle forma al sentimiento. Cantes de fragua, cantes de trilla.
Igual que hay cantes carceleros que claman por la libertad y expresan el dolor de su pérdida. Y mineros que glosan la dureza del trabajo de las minas.
Uno, que es novel en esto del flamenco y del cante jondo, pero admirador de su acervo cultural acumulado a lo largo de los siglos, aprecia y valora la dificultad de la ejecución de sus palos, al alcance sólo de quienes poseen voz, oído y compás.
Las peñas flamencas repartidas por la geografía extremeña mantienen, divulgan y alientan esta hermosa y difícil manifestación de arte enraizada en lo más profundo de nuestra idiosincrasia y que cuenta con excelentes intérpretes y con estudiosos flamencólogos y poetas como Felix Grande. La de Llerena, que desde hace muchos años dirige con gran acierto, toda la voluntad del mundo y contados medios económicos, Marcelo Rodríguez con un excelente cuadro de colaboradores y socios entusiastas, es una muestra de ellas. Encomiable labor que mantiene vivo este patrimonio cultural al que las jóvenes generaciones debían asomarse para apreciarlo y separar el grano de las granzas. Bulerías, soleás, tangos, peteneras, fandangos, cañas, colombianas… A ver quién se atreve con ellos y se arranca con una seguiriya, pongamos por caso.
De los numerosos trabajos asociados al sexo femenino en exclusividad casi absoluta estaban los de lavar, coser y planchar. Las mujeres asumían estas funciones como si fuese herejía doméstica y menoscabo a su reputación delegarlas en los hombres. Que un varón cogiera una aguja para coserse un botón, la plancha para deshacer arrugas o la panera para frotar puños y cuellos de camisa habiendo una mujer en casa, se consideraba merma de varonía en los hombres y dejación de obligaciones en las mujeres.
A ellos se les dejaba la leña gorda, barrer con la escoba de ramas eras y corrales y echar remiendos con aguja de red en aparejos y sacos usados en las faenas de labranza. Nada de finuras. Pero pare usted de contar. Las demás tareas, si algunos se atrevían con ellas, las realizaban a escondidas y de puertas adentro. Delantales a los varones sólo se los vi a los zapateros para ligar cabos de cáñamo y cerote.
Pervive esta mentalidad aún. Escuché en una cadena de televisión hace unos años a una mujer que estaba entre ese público que rodea y alimenta egos a personajes de efímera fama: ‘Mira cómo lleva tu pobre marido la camisa de arrugada, más vale que se la planches’, dirigiéndose a la compañera que por aquellos días había caído en desgracia en la veleidosa y manipulable opinión del cotilleo. Ni por asomo le podía asignar la irritada señora al desaliñado varón el menester de alisar su propia camisa.
Para cocinar había más pase y alguna puntual exquisitez se permitía el marido con guisos en los que estaba especializado o en el rebane y preparación de migas en tiempos propios. El oficio de pastor lleva aparejado el uso de cazo y fogón, pero en casa era habitualmente la mujer la principal cocinera con ollas y sartenes, limpieza incluida, claro.
La emigración y el servicio militar eran islotes excepcionales. La necesidad obliga. Anárquicos pespuntes para salir del paso y no quedarse con el culo al aire. Lavar en los lavabos de los servicios. De planchar se encargaban las perchas, el tiempo y la gravedad. Además la arruga siempre ha sido bella.
Cuando no había lavadoras la ropa se lavaba en la panera con agua de pozo y jabón verde y se frotaba en el “batiero”, la tabla con la superficie arrugada. No existía más detergente ni más lavadora que los nudillos de las manos. Lo del frotar se va a acabar llegaría después.
Había lavanderas que iban a la orilla del arroyo o a pozos que estaban en los alrededores del pueblo a lavar, arrodilladas sobre un trozo de corcho. De los pozos tenían que sacar el agua con cubos atados con sogas. Frotaban la ropa sobre piedras de ligera pendiente. Después aclaraban y tendían sobre aulagas y tomillos las prendas limpias. Llevaban para el porte paneras y canastos de mimbre.
No vi nunca a ningún hombre haciendo esta faena.
Trabajo duro del que pueden dar referencias muchas mujeres mayores de nuestros pueblos. Las jóvenes generaciones deben saber el sacrificio que costaba cualquier faena doméstica que hoy se resuelve apretando un botón, sobre todo porque a veces nos cuesta trabajo llevar la ropa sucia desde el cuarto de baño a la lavadora.
Esta mañana los niños han madrugado aunque no tienen que ir a la escuela. Han encontrado en algún lugar de la casa los regalos que Melchor, Gaspar y Baltasar con sus pajes les han dejado durante la madrugada. Por esas calles andarán disfrutando de ellos con la ilusión propia de estrenar lo que deseaban.
En la edad en que la razón no hilvana lógicas, la fantasía construye caminos de estrellas por donde llegan de Oriente los Reyes Magos con camellos cargados de presentes.
No sabíamos aún escribir las cartas y nos las redactaban nuestros padres. Después, con los primeros trazos desgarbados e irregulares acompañados de dibujos, las escribíamos nosotros. Este año me he portado muy bien y quiero que me traigáis… Una retahíla que los padres acortaban porque los camellos no podían con tanto. El carbón era para los niños malos y en vísperas de esta fiesta, para evitarlo en la caja vacía de zapatos, nos portábamos mejor. Nos dejaban lo que podían. Ya se encargaban de explicarnos que los Reyes eran sabios y conocían nuestras andanzas y el estado de las existencias en los mercados orientales, que no daba a veces para mucho. Un balón, una muñeca o un diábolo, un cartón enmarcado con el juego de la de oca y el parchís. El bombo de bolas numeradas y los cartones de la lotería que después devino en bingo. Nos reuníamos alrededor de esos juegos en las noches de invierno.
Y siempre un puñado de caramelos esparcidos por el suelo. Algunos compañeros era lo único que recibían cuando aún había niños que encontraban en los días que derriban las puertas, sus abarcas vacías, sus abarcas desiertas, como magistralmente escribió Miguel Hernández.
Un año se le murió la madre a un amigo y no le echaron nada porque decían que tenía luto. Qué injusticia, pensé, cuando más lo necesita lo dejan sin nada. Y empezó a resquebrajarse la ilusión de los reyes cuando la reja de la razón empezó a deslindar realidad y ficción en la besana infantil. Comenzaban a romperse los hilvanes en la burbuja inocente de la magia y la fantasía. O se rompía de golpe cuando a bocajarro un amigo mayor nos soltaba que los reyes eran los padres. Parpadeábamos incrédulos con la boca medio abierta por la sorpresa. El edificio sin cimientos se venía abajo y empezamos a deducir y a enlazar indicios que confirmaban el desengaño. ¿Cómo podían repartir en una noche juguetes en todos los pueblos para todos? Eran los pajes los encargados de hacerlo, nos respondían.
¿Por qué unos niños recibían regalos mejores que otros? Porque se habían portado mejor. Pero no encajaban las piezas.
Nos mandaban a las casas de los abuelos y los tíos porque allí también había dejado algo. ¿Por qué no los habrán dejado todos en el mismo sitio?
Ya mayores nos queda comprobar la ilusión de los que aún se ilusionan con la magia de esta noche que ha pasado y que esta mañana se desparrama por las calles de nuestros pueblos. En esa zona que todos conservamos de niño queremos creer que hay unos reyes invisibles que, por la estela del camino de Santiago, nos traen un poco de ilusión y esperanza para seguir viviendo.
Decimos por aquí que todas las sementeras tienen su día de zarpa para referirnos a esos en que se pega el lodo a los bajos de los pantalones por lluvia abundante. Y, haciendo símil con aconteceres de la vida, los días que se dedican a la francachela y la farra de manera esporádica. Uno de ellos recalamos un grupo de amigos y yo en la ciudad donde prestábamos servicios a la patria en un establecimiento donde crujen las pisadas por la cera y hay conserjes con bigotes retorcidos y fruncidos ceños que custodian la tranquila ociosidad de distinguidos desocupados que releen y escudriñan esquelas de apellidos ilustres.
Amablemente se nos comunicó que aquel lugar estaba reservado para uso exclusivo de socios. Razón que comprendimos y cuya infracción justificamos por desconocimiento de tal circunstancia al no habernos percatado de los letreros que lo anunciaban.
El cartel que luce en determinados establecimientos públicos es distinto. Avisa de que se reserva el derecho de admisión para impedir que ciertas personas por su comportamiento incívico alteren la convivencia. Los motivos de exclusión deben estar expuestos, ser explícitos y no usarse esta reserva de forma arbitraria y selectiva. Cuando veo estos carteles, instintivamente me miro la ropa y compongo el porte. Los he observado muchas veces, pero nunca en comercios, fraguas ni en farmacias, por ejemplo. Parece que las posibles injerencias indeseadas son más frecuentes en la hostelería que en otros establecimientos.
Donde se nos impedía el acceso en nuestra juventud sin necesidad de letreros era en los bailes a cuya puerta los porteros, algunos de ellos con vara de mimbre en ristre, vigilaban para que no entrasen menores ni los que pretendían colarse sin pagar entrada.
Había otros lugares que sin porteros ni avisos evitábamos por iniciativa propia en determinadas circunstancias. Por ejemplo, cuando empezábamos a entrar en los bares a tomarnos las primeras copas si comprobábamos que dentro estaban nuestros padres. Si lo hacíamos sin darnos cuenta durábamos poco dentro y abandonábamos el local pronto o tomaban ellos la decisión de hacerlo más que por el pudor de compartir vinos por los temas que se abordan a su calor.
Los mayores también evitan zonas y locales que frecuentan los jóvenes. Cada generación tiene sus formas de disfrutar el ocio, sus horarios y locales habituales.
En estas fechas de jolgorio y convivencia rematamos veladas en lugares que habitualmente ocupan ellos. Nos saltamos un invisible derecho de admisión.
Al vernos entrar nos miran extrañados ¿Adónde irán estos a estas horas? Lo más probable es que piensen, y aciertan, que se nos ha caldeado la boca. Regresamos a locales donde antes fuimos protagonistas y que abandonamos poco a poco por la edad. Porque nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos, como dijo Neruda.
Los que fuimos jóvenes en los ochenta, bailamos y bebimos en las discotecas bajo lluvia de luces de colores, lanzadas por esferas rutilantes que asperjaban nuestros cuerpos con reflejos y nos mudaban de sitio con blancos destellos cegadores. Tuvimos, como todos, nuestra gloria y nuestro tiempo. Pasó la juventud como pasará la vuestra. Pero no nos miréis con extrañeza. Somos vosotros cuando hoy sea mañana, así que miradnos, jóvenes actuales, como aquel que se mira en el espejo.
Nos enseñaron que Dios, esa idea de lo absoluto representada en los libros de historia sagrada entre nubes, rayos luminosos y rodeado de angelitos se había encarnado y se había hecho hombre.
Misterios y dogmas aparte, que eso sería entrar en la de Dios es Cristo y esa disputa ya se debatió en el concilio de Nicea, la Navidad que conmemora tal hecho se vivía más sencillamente. El pan sabía a trabajo y el vino, que cubría de chapetas encarnadas los rostros curtidos, a compañía.
La mesa de Nochebuena se preparaba con lo mejor que había disponible. La imaginación y la mayor dedicación las ponían las mujeres. Los hombres, en su mayoría, salían a tomar unas copas mientras ellas se afanaban en la cocina.
La caja de mantecados, la botella de anís de Cazalla o la crema de guindas guardada en la alacena eran los extras más frecuentes. No se hacían dispendios porque ni sobraban caudales ni eran imprescindibles. Una mesa digna, sin derroches. También había quienes recibían ayudas estos días. Eran los declarados oficialmente pobres, los de solemnidad. Vaya eufemismo ceremonioso para calificar a quienes lo habían perdido todo o nunca tuvieron nada.
Muy frecuente era el arroz con bacalao, el pollo de corral en pepitoria o en escabeche. De postre ‘puchas’ o arroz con leche. Para qué más, si lo que celebrábamos era el nacimiento de un niño pobre entre las pajas de un pesebre porque no encontró posada.
La cena se remataba con una larga sobremesa donde se conversaba tal vez de los ausentes que siempre tienen un sitio reservado en nuestras mesas. A las doce íbamos a la misa del gallo. Allí en la iglesia destacaba el brillo de las calvas blancas de los campesinos, pastores y mayorales de esta tierra mía de extensas cabañas ganaderas. Contrastaban con sus rostros morenos de soles y colorados por el vino de la cena. Terminada la misa, nos íbamos a casa. No había aún esa costumbre de ir en busca del alba ebrios, a ritmo de samba y bakalao.
El desarrollo económico y la televisión fueron cambiando las costumbres. La ventana que daba al mundo nos mostraba que existían allende las fronteras de idílica rusticidad de nuestros pueblos, más allá de la candela de llamas de la cocina familiar otras maneras de celebrar estas fiestas, otras comidas y espumosas bebidas que la pantalla nos fue metiendo en casa.
Los tapones de las botellas de champán sellaron en el techo la arribada de las nuevas modas entre risas y jolgorio. Sus burbujas rebosaban de las copas y se brindaba por la salud porque la lotería ya había pasado de largo. Las mesas se llenaron de mariscos, carnes, turrones y refinados licores.
Papá Noel no había llegado aún con su trineo tirado por renos desde las lejanas tierras nórdicas, ni el acebo ni el muérdago adornaban nuestras casas. Sólo el portalito con los prados verdes y los mocos de fragua, el río de plata y las lavanderas, los pastores a la lumbre de celofán y la estrella del rabo señalando el lugar donde se hallaba el establo con la mula y el buey junto al recién nacido. Allí cantábamos los villancicos tradicionales. Los peces, seguían bebiendo la inmortal estrofa del río.