Cuidado, señores banqueros. Cuando ustedes cuentan con rapidez vertiginosa un fajo de billetes, no sólo pasan por sus manos unos papeles con unos grabados. Van en ellos muchas historias humanas de esfuerzo y muchos sueños de futuro para nuestros hijos. Las personas que les entregamos nuestros ahorros conseguidos con muchas horas de trabajo y con no pocas privaciones lo hacemos por la confianza que nos inspiran sus empresas. Esa confianza es la base de su negocio y de nuestra tranquilidad.
Aunque a algunos de ustedes, de sus consejeros y gestores les sea muy fácil ganarlo con remuneraciones e indemnizaciones que producen estupor, a la mayoría nos ha costado mucho esfuerzo conseguir lo poco que tenemos. Confiamos en su prudente gestión para la salvaguarda de nuestros intereses, que no está reñida con el incremento de sus beneficios, pero no dilapiden esa confianza con aventuras de filibustero, ni envites de tahúr.
Con el trabajo y el sacrificio de tanta gente no se puede jugar irresponsablemente. Están resquebrajando la piedra angular del sistema y el edificio se nos puede venir abajo a todos.
Gracias a todos los que han puesto su granito de arena para que, a este paso, recuperemos las más ínclitas y enraizadas tradiciones españolas que nunca debieron perderse.
Volveremos a disfrutar de la ilusión que producía a las familias recibir aquellas cartas que llegaban por avión con rayas rojas y azules en los bordes y que traían noticias de los padres de familia desde Alemania, donde contaban qué buenas estaban las cervezas y las salchichas de allí.
Gracias por impulsar la convivencia familiar como en los tiempos en que escuchábamos radio Andorra y a Alberto Oliveras en la cadena Ser con “Ustedes son formidables” al calor de brasero de picón. Ya está bien tanto salir de casa de copas y comilonas.
Gracias también por favorecer la probable vuelta de los carburos, quinqués y velas que han propiciado desde tiempo inmemorial las conversaciones familiares en un ambiente intimista.
Por llenar las acogedoras solanas de parados con gorras viseras y manos en los bolsillos, típica estampa sureña.
Por adornar las calles de nuestros pueblos y ciudades con letreros de “Se vende” porque nos recuerda los años sesenta cuando se podían comprar casas y solares sólo con pagar la contribución atrasada que no podían saldar sus dueños.
Porque se volverá a utilizar la técnica del remiendo y el zurcido que tan bien hacían nuestras abuelas metiendo un huevo de madera dentro de los calcetines y que los jóvenes de hoy no tienen ni idea de su práctica desde que las cátedras ambulantes de la Sección Femenina dejaron de visitar nuestros pueblos.
Por reducir el número de jóvenes que puedan estudiar una carrera con beca. Los que no la consigan y puedan que se la paguen y el resto que abandone los estudios, que también hace falta mano de obra sin cualificar.
Gracias por ayudarnos a recuperar nuestras raíces y nuestra idiosincrasia, que han sido envidia y asombro de extranjeros.