Promesas.

Carta en el periódico HOY 22/04/2012.

Cuando dos tratantes  chocaban sus manos lo pactado iba a misa. Valía la palabra dada como letra escrita ante notario. Iba en ello su honra y la estima  de los demás.  Lo de “pobre, pero honrado” eran los galones morales  de quienes  anteponían su palabra y su recto proceder a las inclinaciones  fraudulentas con que pudieran tentarle las veleidades de la fortuna . Se podía ir por la calle con la cabeza alta por mantener la palabra dada aún a costa de perjuicios económicos. Era el capital moral de  la gente de bien. Así lo entendían  todos y así  se ganaba el respeto y el aprecio  de los convecinos. Ahora la palabra es rocío que se evapora al sol que más calienta. Los valores acendrados  y enraizados durante siglos en la sociedad van  quedando al albur de intereses advenidos y coyunturales.

Las promesas son promesas  aunque sean electorales y  deben  mantenerse  contra viento y marea sobre todo si a cambio de la palabra dada se ha obtenido una contraprestación y si se tiene la menor duda de que no van a poder cumplirse no deben hacerse.

Lo prometido ya  no es deuda y  si allí se dijo digo,  en cualquier momento se puede decir Diego sin que a nadie se le caiga la cara de vergüenza.

 

Las manos de un viejo.

 

 

Fueron tibia y rosada carne ayer. Prensa grácil de borra y lápiz, redondeadas formas  donde brotó la sangre de  la primera  herida que la madre tiernamente curó con besos y caricias. Estas manos que buscaron peces en las covachuelas  y felinas  treparon por los troncos  de los árboles, que amasaron barro en los regajos y jugaron a los bolos en días otoñales, que coleccionaron cromos de héroes infantiles y descubrieron los volcanes de su cuerpo en la azarosa  adolescencia, que intercambiaron caricias en las cómplices sombras de la noche, hoy son añosos sarmientos, violáceas y flácidas  veredas entre huesudos promontorios  que  recorren su arrugado torso. Temblorosas,  aguardan, como perro fiel, el descanso cruzado sobre el pecho inmóvil de su  viejo dueño.

Ansiedad.

Me elevo como las enredaderas,

en rizos sigilosos

a la busca de sol y de aguaceros.

Me retienen las zarzas

y las hojas melosas  de la  jara

en el turbio espesor de la floresta.

Soy punta de ciprés, al cielo aspiro

y por él me consumo y me  desvelo.

Mis manos,  rastras  curvas de diez garfios,

se aferran a las nubes pasajeras

que transforman mis ansias trepadoras

en  fina lluvia  que entrelaza  y teje

tupidos lienzos grises en  la sierra.

Y llueve mansamente la tristeza

cubriendo de verdor las alamedas.

 

Pañuelo de seda.

Guardaba en  un arcón sus pertenencias:

peinetas y mantones de manila,

toquillas, “toquillones” y mantillas

y una falda con cola de volantes

que le trajo su padre de Sevilla.

Ya está vieja y de vez en cuando saca

de una caja de dulce de membrillo

unas fotos ajadas y amarillas.

Las  mira mucho tiempo pensativa

y después las ordena con cuidado

y ata con un cordón de terciopelo.

Esta tarde su nieta le ha pedido

un pañuelo de adorno “pa la jira”

y orgullosa, del fondo le ha sacado

uno verde con una flor de lila

bordada primorosamente en seda.

“Me lo regaló tu abuelo un día

que también lucía la primavera”.

Le temblaban sus manos arrugadas

y en sus ojos pequeños aún ardía

la luz que ni siquiera el tiempo apaga.

Futbolistas.

 

 

 

 

 

 

 

Se acaban los calificativos para estos ídolos de los estadios que tienen como único mérito su habilidad con un balón. Sublime, inconmensurable, memorable, extraterrestre… Hasta una mano de uno de ellos se convirtió en atributo divino. Con los estadios repletos de forofos enardecidos,  una filigrana, un quiebro, una carrera por la banda,  un lanzamiento a portería  son suficientes para desatar los berridos de cien mil personas al unísono y de millones a través de medios analógicos y digitales. Al día siguiente los  periódicos con desmesura tipográfica, propia del estallido de una guerra mundial, ensalzarán las cualidades estratosféricas de estos personajes inflados de ego y de millones. Les  hará falta mucho equilibrio a estos jóvenes para que maduren psíquicamente con su ritmo biológico, bañados como están  exageradamente de gloria y de fortuna.  Cuando su corta carrera deportiva termine y el silencio  sustituya al griterío de los enfervorizados  hinchas,  una sima de soledad y angustia los puede engullir. Es la hora de enfrentarse a la realidad en un  partido  en el que los contrincantes son ellos mismos. Tienen que acostumbrarse a vivir sin las efímeras y  exageradas  alabanzas de una masa voluble y caprichosa. Al fin y al cabo no son dioses, ni héroes ni superhombres. Sólo son  personas habilidosas  con un balón a los que los corifeos  mediáticos  han aupado  al Olimpo de los dioses a empujones de epítetos  desmesurados.

Algunos desgraciadamente no superan el vacío cuando se apaga el estruendo de los estadios y caen al abismo, como Best, Julio Alberto, Gascoigne…

La saeta.

Un reguero de llamas vacilantes

camina tras la cruz

donde  Cristo murió crucificado.

Un blanco lienzo al viento

cuelga en sus desnudos brazos.

Con los puñales del dolor clavados

en un corazón de plata

va la madre detrás

con siete heridas de acero.   

Desde un balcón en penumbra

desgarra la noche una saeta

tal como se  rasgó en el templo el velo

la tarde en que expiró Jesús.

Y estremecido,

el aire se transforma 

con emoción de vello electrizado

en la piel de los presentes.

Yo miro al cielo

por si  estuviera  Dios,  

apoyado en un balcón de plata

de la luna llena esplendorosa 

viendo pasar el cortejo.

Llena.

Queda noche y queda pena,

así que llena el vaso

con el turbio licor de las   heridas.

Y si me acuerdo de ella

que bajen las candelas del olvido

a quemar el rastro de su estela.

¡Qué más da!

Ya el indómito potro del deseo

se montó en el viento de las crines

y huyó veloz por las praderas.

Quedó un  sabor  profundo y apacible

de bodega vieja

que  guarda el  paladar de la memoria

en el dulce dormir de  la solera.

Muerte de una madre joven.

No lloraba ante sus hijos

por no  añadir un dolor

al que minaba su cuerpo.

Cuando se quedaba sola

se metía en su habitación

y entonces se desahogaba.

No eran lágrimas por ella,

¡eso bien lo sabe Dios!

Eran lágrimas por ellos,

de pensar que si moría

sufrirían el desconsuelo

y el vacío de  su ausencia

al regreso de la escuela

sin que nadie respondiera

a la voces de  ¡mamá!

¿Quién le dará los  abrazos

y los cubrirá de besos

cada noche al acostarse?

¿Quién se sentará en sus camas

para ahuyentarles los miedos

si despiertan asustados

en la oscura madrugada?

Por eso lloraba sola.

Esa pena la agobiaba

más que el peor sufrimiento

que castigara  a su cuerpo.

Una tarde de febrero

la vida estaba de huida

 y la muerte le acechaba

al borde de sus ojeras.

Desea que vengan  sus hijos,

pero sin que ellos se enteren

de la cruda realidad.

Les narra un cuento de viajes

que emprenderá en primavera

por regiones celestiales.

No podrán acompañarla,

pero ella desde allá arriba

los verá todas las noches

cuando salgan las estrellas.

El viaje será muy largo,

pero no se cansará

porque irá siempre dormida

entre pétalos de rosas.

Y les dice que algún día

se volverán a encontrar

en una casa encantada

donde no hay que trabajar

ni hacer deberes del cole.

Cuando pasó una semana

llegó la muerte a por ella

para un viaje sin regreso

más allá de los luceros.

Y cada noche, anhelantes,

las miradas de sus hijos

la buscan por las estrellas

y le tiran unos besos

porque su madre les dijo

que aunque se encuentre muy lejos

ella los estará viendo

desde un trocito del cielo.

Los retratos.

 

 

 

 

 

 

 

Con vocación de eterna permanencia, los eximios regidores de la patria dan al óleo de pintor famoso encargo de inmortal recuerdo para brillo orlado de su cargo. Generaciones venideras contemplarán estos retratos de prohombres encumbrados a los más altos designios que alcanzar pueda ser vivo por la fuerza de los votos. Su autoestima y narcisismo quedan  satisfechos en el lienzo para asombro de paisanos  y orgullo de sus deudos. Pero la pátina de su grandeza luciría inconmensurable si el importe  de la obra la costeasen  con su peculio y no con el dinero de todos.

 

Tras los cristales.

Tras las gotas de lluvia en los cristales
la sombra gris y la mirada vana,
el infinito hastío y la desgana
de las eternas noches invernales.
 Vaciedad de figuras fantasmales
que el humo vacuo del tabaco hilvana
alrededor de una cabeza cana
temerosa de penas y de males.
Así las horas de sus norias pasan
en negros pozos del vivir perdido,
mientras sus lentas vueltas acompasan
 el sopor de una vida sin sentido
hacia la mar ignota en que descansan
la luz, la negra sombra o el olvido.