Otros mayos

Mayo gira a mitad de su trayecto y sale al campo por los ejidos para festejar en el cenit de la primavera a san Isidro, patrón de Madrid y de los agricultores, a quien, según la leyenda, los ángeles le hacían sus labores mientras él rezaba.  

En estas tierras del sur de la región extremeña empiezan ya por estas fechas a encanecer las praderas y dorar las siembras.  Se escucha entre los olivares el canto de las chicharras, del cuco y la abubilla. Las amapolas adornan de cálices rojos lindes, ribazos y pegujales.  

Las espigas, en delicada flor, quedan al albur del solano, que las secan o del gallego que las madura.

Acuden a la memoria, como olas en el mar de los trigales, recuerdos de otros mayos, cuando por el cuerpo joven corría un río impetuoso de  vida alimentado por la vertiente natural de las hormonas.    

Tiempo de esquila, como era antes, cuando traían los pastores a los guaches del pueblo las ovejas desde las fincas y las cuadrillas de esquiladores las pelaban a mano con tijeras.  

Era también tiempo de pesca con trasmallo en los arroyos y ríos que tenían estiaje. De partir los largos día de luz, que iban camino del solsticio de verano, con el descanso de la siesta.

Para la virgen, ofrenda de flores de los pletóricos jardines y de infantiles voces de ingenuos corazones que entonaban el “Venid y vamos todos”, mientras subían aromas del azahar de los naranjos desde el patio.

Auras en los pañuelos al cuello de las mocitas bellas, mariposas perfumadas acariciando sus encendidas mejillas. Todo se mezcla en un puzle de sensaciones.

Mes de estudio y exámenes, de ojeras por el esfuerzo y coderas desgastadas. De los antiguos profesores quedan muy pocos. El mes pasado se fue don Miguel Ponce. Otros, buenos unos y otros, regulares, que de todo hubo, le precedieron en la marcha inevitable.

Los exámenes de final de curso eran orales, ante un tribunal que estaba formado por el profesor que había impartido la asignatura y otro colega.  Un alumno dentro y otro en la puerta esperando con incontrolables ganas de orinar.

La primavera pasaba de largo en el internado tras las rejas de luminosos ventanales y mi imaginación se iba detrás de las mariposas que a veces tocaban con sus alas los cristales. En tierras de Babia escuchaba yo de fondo a los griegos de don Juan Martínez y las matemáticas de don Antonio Zambrano, como si aquello no fuera conmigo. Con catorce años es difícil ponerle bridas a la fantasía.

Los recuerdos van surgiendo a salto de mata mientras regreso de un paseo por el campo, a la hora en que cantan las ranas y los grillos. En el lienzo violáceo de la tarde, el lucero destaca su rejón como una espina y el sol ha dejado sobre el horizonte la estela de un desmayo.

Esquelas y epitafios

Existen diversas formas de anunciar la muerte de alguien. Otras tantas, de dejar constancia de la misma para el recuerdo.

Los dobles de campanas y el boca a boca de los vecinos es la más tradicional. Se sigue haciendo así, pero los bandos móviles llevan la noticia hasta nuestras manos de modo más rápido y general.

Publicar esquelas en los periódicos, donde el tamaño importa, es una manera más selectiva de darlo a conocer. Son como tarjetas de visita de los deudos con los méritos del difunto. Lápidas de papel que se irán poniendo amarillas en las hemerotecas.  De las frases tópicas-todos morían habiendo recibido los santos sacramentos y la bendición de su santidad- han evolucionado hacia una pequeña crónica social. Incluso a textos literarios ingeniosos.

Las esquelas dan lustre a los que quedan. No hay familia pudiente o de abolengo que no deje constancia del óbito del finado en papel prensa.  A más tamaño y número de esquelas, más repercusión social. Apellidos ilustres con conjunciones copulativas, guiones y preposiciones y un currículo de cargos desempeñados, realzan la figura del difunto, a quien poco le importa ya, y aportan laureles a la sobreviviente parentela.  Las esquelas constituyen un reflejo sociológico de las que algunos lectores, previo minucioso estudio, desgranan e hilvanan conclusiones.  Deducen desavenencias entre parientes por las posibles omisiones, se remontan a las ramas familiares de los consortes y construyen árboles genealógicos.

Para la permanencia del recuerdo del difunto en la memoria colectiva también existen modalidades. Desde la cruz con unas iniciales a suntuosos panteones de mármol y granito.

Hay una costumbre, ya en progresivo desuso, que consiste en confeccionar unos recordatorios para repartirlos entre familiares y amigos del fallecido con imágenes de vírgenes dolorosas y cristos crucificados, en los que se incluían sus datos personales, jaculatorias y frases piadosas.

Es una forma personal, más reducida de tamaño, pero más amplia de plegarias que las lápidas de los cementerios. Se repartían pasadas unas semanas del óbito.

De epitafios hay un curioso muestrario. Desde los humorísticos recogidos por Francisco Martínez de la Rosa en su obra ‘El cementerio de Momo’: “Aquí yace un cortesano, /que se quebró la cintura/ un día de besamanos”. O este otro: “Yace aquí un mal matrimonio, dos cuñadas, suegra y yerno…No falta sino el demonio para estar junto el infierno”, a los que escribieron los propios interesados para sus tumbas. Así, Miguel de Unamuno: “Méteme, padre eterno, en tu pecho, misterioso hogar. Dormiré allí, pues vengo deshecho del duro bregar”.

 Enrique Jarduiel Poncela, escribió lo que todos sabemos: “Si queréis los mayores elogios, moríos.” Vicente Huidobro, una bella alegoría: “Abrid la tumba. Al fondo, se ve el mar”.

No sé los que lucirán en sus panteones cuando mueran los paranoicos con tanto poder, que tienen la desvergüenza, ellos y los aduladores que se prestan, de apoyarse en religiones para justificar los miles de muertos que provocan.  

Otras Semanas Santas

Nuestras primeras Semanas Santas fueron de vigilias, matracas, bulas de la santa cruzada, procesiones con dobles filas paralelas de hombres y mujeres y sermones de siete palabras que parecían setenta. Veníamos del chis y el dedo en los labios pidiendo silencio porque había muerto el Señor.

 Mayorales con trajes oscuros y calvas brillantes en los oficios de la tarde. Gente que llegaba de los cortijos al pueblo con el rostro curtido por el sol y un día reservado para confesar los pecados cometidos en el campo y en los chozos.

Las imágenes de los santos en la iglesia, tapadas con telas moradas.  Suaves ojeras lilas de mocitas bellas a la luz de las velas. Jubileos de beatas sacando almas del purgatorio con entradas y salidas al cancel. La solemne soledad de la madrugada del jueves al viernes velando al sagrario vacío.

A ese tiempo, a dos luces fusionado, lo llaman los entendidos nacional catolicismo, un ensamblaje en el que era difícil deslindar las competencias de las dos instituciones. Privilegio de presentación de cardenales y algunos prelados saludando brazo en alto.

Como no habíamos conocido otras, nos parecía que siempre fue así y así seguiría siendo. Quedaban todavía por suceder muchos acontecimientos para ir deslindando el mundo del César del de Dios.

De eso veníamos. Así que la primera vez que fui a una discoteca en un viernes santo, en los albores de la democracia, sentí una culpa difusa de no saber bien qué infracción estaba cometiendo, temor a verme sorprendido, como el niño de la enciclopedia Álvarez a punto de coger el caramelo de un tarro de cristal, sorprendido por la voz de la conciencia. Miraba de vez en cuando a la puerta por si entraban las fuerzas del orden a pedirnos la documentación.

Les refiero un caso como muestra de este solapamiento de competencias. Los quintos de aquel año, los nacidos en el cincuenta y uno, decidimos pedir permiso al que ejercía de alcalde para que nos dejara hacer baile el día de San José.  Vaya aprieto al que se vio abocado. Para no comprometerse ni desairarnos, nos dio una respuesta entre la de Salomón, partiendo en dos, y Pilatos, lavándose las manos. Por mí no hay impedimento, pero decídselo al cura.  Era tiempo de cuaresma y nunca antes habían dado permiso. Ni siquiera aquella vez en que le dejaron un gato colgado en la ventana: “Cura, curato, como no nos dejes hacer baile te verás como este gato”. Con estos antecedentes nos dirigimos a la casa parroquial con el argumentario preparado.  Le expusimos que el día de san José es como una isla dentro de la liturgia propia del tiempo de cuaresma.  Pero no hubo manera y los quintos de aquel año, como los de años anteriores, nos quedamos sin baile. Y nosotros, ‘unos sollozando y otros en silencio’, salimos sin saber quién era el que mandaba en el pueblo.

Felicidad, guerras y poesía

 

Hoy, veinte de marzo, se celebra el Día Internacional de la Felicidad, ese estado de grata satisfacción espiritual y física, según el diccionario de la RAE.

Los griegos de la antigüedad la consideraban el fin último de la vida, conseguida a través de la virtud, la razón y la autorrealización personal.  Los estoicos la ubicaban en la imperturbabilidad y en aceptar resignadamente lo que escapa a nuestro control.

Bajando de las alturas filosóficas al ruedo de lo cotidiano les refiero dos casos que demuestran que por ambicionar tener más no gozamos de lo que tenemos.

En mi pueblo vivía una persona que, por su posición social, económica y familiar, podía considerarse que reunía todas las condiciones para estar satisfecho de la vida.  Esa era al menos la imagen que trascendía al exterior, aunque con la prevención que un tabernero de la vieja escuela, de esos que hablan poco y escuchan mucho, resumía en una frase, cuando algunos clientes al calor de las copas alardeaban de conquistas o contaban supuestas intimidades: “¡Lo que tapan las tejas!”.

Pues este señor de acomodada posición, cuando veía pasar desde el velador de la puerta del bar al basurero de regreso del trabajo con su remolque tirado por una mula, decía: “Para este es la vida, ahora deja la bestia y al carro en la cuadra y se toma tranquilamente sus copas sin tener que preocuparse de nada más”.

El otro caso les sucedió a cuatro amigos que fueron a la fiesta veraniega de un pueblo cercano.  Dos de ellos ligaron con dos mocitas y los otros dos se dedicaron a recorrer los bares con otros amigos que encontraron.  De regreso a casa comentaron las incidencias de la noche y resultó que los que habían ligado envidiaban a los de las copas por lo bien que, pensaban ellos, se lo estaban pasando y los de la parranda por la suerte que habían tenido con los ligues. Ni unos ni otros disfrutaron de la noche.

Quizás la felicidad esté en retirarse del mundanal ruido e irse al campo, como anhelaban Fray Luis y Juan Ramón. O disfrutar de los pequeños detalles que esta estación que comienza hoy nos ofrece. Aquellas hojas verdes en el viejo tronco del olmo seco, que inspiró a Antonio Machado.

Dejarse llevar en volandas en un bajel de sensaciones con velas empujado por auras tibias y perfumadas. Las gayas sonrisas del azahar de los naranjos. Pero mientras mueran inocentes en las guerras y manchen de sangre las margaritas de los prados es difícil aplicar la máxima estoica de aceptar resignadamente lo que escapa a nuestro control. “Maldigo la poesía de quien no toma partido hasta mancharse”, escribió Gabriel Celaya.

Lástima que, según quienes sean los agresores, unos condenen y otros justifiquen. Las guerras nos afectan a todos como humanos, sean los agresores tirios o troyanos y lo diga Sancho Panza o Salomón.

Bares y escuelas

 

Me contaba hace unos días el alcalde de Casas de Reina, Fernando Gallego, que el bar del Hogar del Pensionista de su pueblo había cerrado y que estaban a la espera de una nueva licitación para adjudicarlo.  Era el único que permanecía abierto, con lo que el pueblo se quedaba sin un local donde reunirse y echar un rato de charla, tomar unas copas o jugar una partida con los amigos.

Es un hecho que viene sucediendo estos últimos años en las localidades pequeñas. Haciendo números, no es rentable mantenerlo todo el año para tan pocos clientes. Apunta como una posible solución que se rebaje la cuota a los autónomos, pues no es comparable un negocio aquí que otro en una ciudad.

 La Junta de Extremadura, en un intento de frenar la despoblación, ha puesto en marcha el programa ‘Yo Repueblo’, en una de cuyas líneas de actuación se contempla la posibilidad de solicitar ayudas para cubrir los gastos ordinarios en entidades de menos de trescientos vecinos. Un fogonazo temporal que después se apaga, mientras sigan igual las circunstancias socio económicas. 

Me refería también que la escuela está cerrada y que los alumnos tienen que asistir al CRA (Centro Rural Agrupado) de Fuente del Arco, donde oficialmente les corresponde, aunque algunos padres los llevan a Llerena por sus propios medios.

Es triste un pueblo sin colegio. Los niños y niñas son la savia   que los renueva. Alegran las calles con sus idas y venidas. La escuela es el corazón que los impulsa.  Sus juegos y sus voces a la hora del recreo son la señal de que el pueblo sigue vivo y su corazón latiendo.

Estos cierres son el preludio de una muerte anunciada. Si no se le pone remedio, los pueblos pequeños desaparecerán. Para que las personas se establezcan en ellos tienen que vislumbrar un futuro que los atraiga. Y eso lo da tener un trabajo del que vivir.   El problema, como siempre, tiene raíces económicas.  Si no existen las necesarias, las demás solo son parches. Pan para hoy y hambre para mañana.

Casas de Reina, con sus doscientos siete habitantes, aparte de tener en su término el emblemático teatro romano, donde cada año se celebra el Festival de Regina, que ya va por su vigésima primera edición, tiene personas emprendedoras, que crean riqueza y le dan fama y lustre en actividades como la cárnica, restauración y carpintería, gestionadas por excelentes profesionales. Hay que crear condiciones para atraer y que no se vayan los que están. Una de estas empresas de embutidos y jamones ha conseguido con esfuerzo y dedicación crecer y crear puestos de trabajo.  Quieren ampliar su actividad y renovar sus instalaciones y maquinaria, intención no exenta de dificultades y trámites administrativos, que, por aquí, en este rincón de la Campiña Sur, sin tejido industrial variado, no es fácil. Pero merece la pena intentarlo. Mucho ánimo.

Dudas y preguntas

Es tan fugaz la luz en estos días
que del alba al ocaso su lucero
apenas echa un sueño pasajero
en el blanco cristal de las umbrías.

De los astros sin fin las armonías
indudable señal de vida espero,
y a lo desconocido le requiero
claridad a mis dudas y porfías.

Cadencia de equinoccios y solsticios
en perpetuos retornos que no cesan
de aumentar sin certeza los indicios,

preguntas sin respuestas que regresan
al origen de todos los inicios,
sin hallar comprensión a lo que expresan.

¡Ay de los vencidos!

Existen sentimientos y conductas que son atemporales, inherentes a la condición humana.  El amor, el odio, los celos, la ira, la envidia, la ambición… vuelven en cada época histórica, como las olas del mar a las orillas, con formas y modos diferentes, pero con la misma índole.

El jefe galo, Breno, en el siglo IV antes de Cristo, accedió a retirarse de la ciudad de Roma tras un pacto con los romanos, los cuales debían pagar una determinada cantidad de oro por la retirada.  Estos protestaron al comprobar que Breno había puesto su espada en el platillo de las pesas, con lo cual tendrían que aportar más cantidad del metal dorado.  Ante las quejas, respondió con una frase lapidaria: «Vae Victis». ¡Ay de los vencidos! O lo que es lo mismo, yo soy el vencedor y pongo las condiciones.  O lo tomáis o lo dejáis.

La caída en desgracia de los que un día gozaron del poder y la gloria en cualquier actividad social es un tema del que tratan muchas obras literarias, clásicas y modernas.

A nivel popular existe una canción que describe claramente lo que va del éxito al fracaso: “Cuando yo tuve dinero me rondabas los umbrales, ahora paso y no me miras porque no tengo dos reales”.

Quienes utilizan la política en su propio beneficio se aprovechan de ella. Algunos, no todos, son repudiados por meter la mano o la pata. Los mismos que les aplaudían y les reían las gracias manifiestan que no los conocen, les niegan el saludo o se mudan de acera cuando los ven venir. De palmotear efusivamente sus espaldas con abrazos de los que levantan el polvo de las chaquetas, a esquivarlos.

Dos frases compendian lo que refiero pronunciadas en casos recientes, sin señalar porque está feo. Pero usted, amable lector, puede identificar fácilmente a sus protagonistas.   “En el aspecto personal es un gran desconocido para mí”. Y la otra, en el otro bando: “Ese señor del que usted me habla”.

Hasta las pulgas huyen de los zorros cuando mueren.

Cicerón decía que la historia es maestra de la vida porque de ella se aprende. Y bien que aprendieron los espabilados que previendo que tarde o temprano tendrán que abandonar sus cargos, aplican a su proceder lo que cuenta el evangelio que hizo un mayordomo que iba a ser despedido por no administrar honestamente los bienes de su dueño. Llamó a los deudores y les rebajó las cantidades que le debían. Con ello se granjeó amigos para su inmediato futuro. La astucia previsora. ¿No hacen eso cierta clase de personajes para asegurarse un futuro acomodo bien remunerado?

De los vencidos con honra, gloria a Justino Nassau al que Ambrosio Espínola dignificó y Velázquez inmortalizó en la rendición de Breda. No son iguales todas las caídas. De los que lo son por robo, fraude o negligencia, que la justicia los juzgue y la Macarena los ampare.

Docentes

Ayer se celebró el día del maestro, festividad que acoge también a los docentes de las enseñanzas medias. Una fecha para reconocer la labor de quienes se dedican a dotarnos de las herramientas necesarias con las que descubrir el bagaje cultural que la humanidad ha acumulado y ponernos en el camino para conseguir nuevas metas.

Lejanas vivencias de niño afloran desde las capas más profundas de la memoria, como vaho de la tierra en estos días de sementera cuando el arado profundiza y la remueve. Guarda todavía en su interior el calor de la infancia cuando, asombrados, empezábamos a descubrir el mundo.

En el puño, vellón rosado, el lápiz fuertemente asido. La lengua, como pez entre labios, acompañaba los trazos de mis manos. ¡Mis primeras letras abriendo caminos en la vieja escuela! Llegaban a los renglones de la libreta los latidos del corazón a través de mis manos.

¡Quién pudiera estrenar zapatos nuevos y jugar con la pelota verde del gorila que nos daban de regalo con su compra! Colocar las carteras en hilera para guardar el orden de llegada y al escuchar la voz: ¡viene el maestro! ir hasta él y darle los buenos días. Mojar en el tintero del pupitre para escribir la fecha con plumilla, cuidadosamente y con esmero de artesano. Repetir la muestra trazada en la pizarra por el maestro en una carilla del cuaderno de caligrafía.

Mi madre preparaba el café de puchero, hecho en el anafre con carbón. Migaba las tostadas y ponía sobre ellas la nata en un tazón de porcelana. Con legañas y los ojos aún hinchados, el aseo en la palangana al lado del brasero. En los tejados, la helada y el humo de las chimeneas… Con mi cartera de cuero me iba a la escuela, no sin antes tirarle piedras a los carámbanos que se habían formado en el arroyo. El sol, en estos días de finales de otoño, débil, dorado y esquivo, levantaba la bruma en la cañada donde jugábamos al fútbol por la tarde.

Pupitres con tinteros… olor a goma de borrar… El maestro, pronunciando los dictados. Nuestros dibujos con los dedos en los cristales empañados de las ventanas…

 

Eran los tiempos de la dictadura, pero, aparte de las consignas escritas en el encerado, del izado de banderas y de las fotografías de Franco y José Antonio en la pared, los maestros nos enseñaban normas de buen comportamiento, sin necesidad de que estuvieran recogidas en ninguna asignatura específica.  Unos valores universales que fueron calando en nuestras vidas. Disciplina en los horarios, orden y limpieza en la presentación de los trabajos, respeto a los mayores, tolerancia hacia los fallos ajenos, compañerismo…

La memoria lima aristas y deforma los recuerdos, pero cuánto ha cambiado la sociedad para que las administraciones públicas tengan que intervenir con el fin de reforzar la autoridad de los docentes ante las presiones que sufren. Mal camino llevamos.

Vanidades

En la vida aspiramos a superarnos y a mejorar personal y profesionalmente. Para ello es necesario el esfuerzo y la lucha contra las dificultades. Fijarse una meta, pelear por ella y no hacer caso a las sirenas que intentan distraernos en nuestra travesía.

Es encomiable el tesón de los que se esfuerzan por conseguir lo que se proponen con su trabajo o sus estudios. Ese afán es el motor que hace que la humanidad progrese.

Salvo los sabios, a los que no les atraen ni el dorado techo de los palacios ni les enturbia el estado de los soberbios, en palabras de Fray Luis de León, los demás luchamos por prosperar y aportar lo que podamos a la sociedad.

Cursar carreras universitarias, crear empresas, destacar en actividades artísticas o deportivas, investigar… son algunos campos en los que la actividad humana puede encontrar el modo de satisfacer sus aspiraciones. Todas necesitan muchas horas de trabajo y de renuncias y, salvo envidiosos, el reconocimiento de los demás, pues es un estímulo que ayuda a perseverar en el empeño.

Ciertos sujetos, ajenos al esfuerzo y sacrificio que estos logros suponen, los buscan por atajos, pero no renuncian al brillo social que los mismos representan. Todos los vicios dan tregua, pero la vanidad del mundo nunca dice basta, escribió Baltasar Gracián.

Los que tienen la habilidad social de rodearse de personas de las que pueden conseguir favores y prebendas, lo intentan por esa vía. ¿Se han fijado ustedes en las reuniones de alto copete en las cabezas que giran como brújulas en busca de otras personas más influyentes sin hacerles ni puñetero caso a quienes les están hablando?

Para el acceso a la, en teoría, noble actividad política, no se exigen condiciones previas de preparación, salvo el ser español mayor de edad y no estar privado por sentencia judicial firme del derecho a ser elegido. Así tiene que ser en puridad democrática. Entran los que van con la loable intención de mejorar las condiciones de vida de sus conciudadanos y los que, a rebufo, medran por sus intereses personales. Alguno lo dijo a boca llena: me he metido en política para forrarme.

Verse de la noche a la mañana con poder, infla la vanidad de ciertos electos. La atracción por honores y coronas de laurel es insaciable y ha llevado a algunos a añadir a sus currículos títulos falsos para dar lustre a sus ensoñaciones. Pero los títulos, salvo los heredados de origen medieval con pomposos apellidos, preposiciones y conjunciones, hay que trabajarlos y merecerlos.

Aparentar lo que no se es disfraza un complejo de inferioridad y una humillación cuando son descubiertos. El escudero al que sirvió el Lazarillo, intentaba engañar a los demás engañándose a sí mismo cuando paseaba con buena disposición y razonable capa y sayo sin haber comido el día anterior nada más que un mendrugo de pan que le trajo su criado.

Pisos compartidos

Todos los animales tienen un lugar donde sentirse protegidos. Donde refugiarse en tiempo de inclemencias y descansar del ajetreo de la vida.  Nidos, guaridas, madrigueras, covachuelas… incluso las ramas de los árboles sirven para ello. Las personas tenemos nuestras viviendas, sean más pequeñas o más grandes, más sencillas o más lujosas. Cuatro paredes y un techo forman un hogar. En ellas los corsés de las vestimentas que nos imponen las etiquetas sociales se cuelgan en las perchas.

Cobijo en el que la familia charla sin oídos inoportunos, comparte tristezas y alegrías y se lavan los trapos sucios si los hubiera.

En esa burbuja los ajenos tienen su tiempo de acogida y cortesía, pero nada más porque, según establecen los buenos modales y la experiencia, las visitas deben ser cortas y limitarse a los cumplidos.

La Constitución Española establece en su artículo 47 el derecho al disfrute de una vivienda digna y adecuada y a los poderes públicos la obligación de promover las condiciones necesarias para hacer efectivo este derecho. Una aspiración de buenas intenciones que está lejos de alcanzar sus objetivos.

En nuestros pueblos era frecuente en tiempos no tan lejanos que los recién casados, a falta de vivienda propia, se quedaran en las de los padres de uno de los cónyuges, generalmente en los de la mujer. Una rama ganaba un hijo y otra lo perdía.

Acondicionaban una habitación como su zona exclusiva.  Las demás dependencias de la casa: cocina, cuarto de aseo, sala de estar, patios, corrales y pasos eran de uso compartido por todos los miembros de la familia, que podía incluir también a los abuelos. Todos, aun no queriendo, estaban al tanto de las peripecias y horarios de los demás.

La convivencia es complicada y exige renuncias y adaptaciones. La zona exclusiva de cada morador se reduce a unos metros cuadrados. Tienen que regularse el uso de los servicios, los gastos comunes, las visitas de amigos y familiares… Y lidiar con el carácter de cada uno. En suma, se pierde libertad y aumentan las molestias.

Los grandes datos de la macroeconomía española, según nos dicen, son buenos, pero, como la lluvia, van calando lentamente hasta las zonas más profundas.  Y a veces ni llega porque antes la han absorbido las capas de arriba.

Ahora que los pueblos pequeños están perdiendo moradores y existen más ofertas de casas no hay quienes las compren ni arrienden. Los jóvenes salen fuera a estudiar o trabajar. En cambio, en las ciudades aumenta la demanda de viviendas, lo que las encarece en exceso y para la mayoría, dificulta o imposibilita las opciones de adquirirlas. Hay residencias de estudiantes a más de mil euros por mes para los que pueden pagarlas. Pero el grueso del pelotón tiene que compartir piso con compañeros, unas veces conocidos y otras, desconocidos, como antes se hacía con suegros y parentela anexa. Ninguna de las dos opciones es deseable.