El agua es vida

 

He salido a dar un paseo por el campo. Voy por el Cordel de las Merinas, una de las ramificaciones de las cañadas reales que bajan de tierras castellanas. En un buen trecho transcurre paralelo a la Corbacha, cauce fluvial que es el principal aporte del pantano denominado de Llerena o Arroyo Conejo.  Abastecía a la mayoría de los pueblos de la Campiña Sur. Las precipitaciones de otoño y primavera han sido insuficientes y ha aumentado el déficit acumulado en años anteriores. Actualmente queda en él poco más que légamo.

Ahora recibimos el agua del de los Molinos, en el término municipal de Hornachos. El trasvase realizado años atrás, previendo lo que se avecinaba, nos está salvando de momento, pero también ha disminuido considerablemente el agua almacenada por el aumento de pueblos que se han ido agregando.

 Los ayuntamientos que pertenecen a la Mancomunidad Integral de Aguas de Llerena han activado el plan ante situaciones de emergencia y eventual sequía. Entre las medidas adoptadas está la de limitar la dotación de agua a cada municipio a razón de 189 litros por persona y la posibilidad de subir las tarifas según tramos de consumo. La visión de las cisternas acarreando agua, que parecía olvidada, se atisba de nuevo en un futuro cercano.

Quedan en el cauce de la Corbacha, y en otros pequeños regajos y arroyuelos que vierten sus aguas en él, cicatrices en piedra viva y cantos rodados de pasadas correntías. De cuando llovía noches y días enteros y, tras una clara, las bardas grises asomaban de nuevo sus fauces por poniente, anunciando la llegada de más lluvia.

Hoy tienen las entrañas secas. Yermas de humedades y de vida.  La arena quedó varada a la espera de que una riada la lleve río abajo, hasta donde el caudal aminora su ímpetu y el agua se remansa. Un olmo descascarillado está caído sobre el cauce. Parece la barrera de un paso de aduana. O, más imaginativamente, un grito de auxilio con los brazos extendidos. En tiempos pretéritos, como escribió Antonio Machado el río los empujaba hasta el mar por valles y barrancas. Ahora forman parte del desolador paisaje desde el que algún cuervo lanza graznidos a media tarde.

Paseo por la orilla, siguiendo las veredas que las ovejas dejan marcadas.  La fauna que tenía por aquí su hábitat ha emigrado a otros parajes. La gallineta chapoteaba asustada batiendo sus alas sobre la superficie del agua para esconderse entre las eneas al sentir el paso del caminante. La pitorra, rauda en su vuelo y escandalosa en sus pitidos, no encuentra el barro donde estaba su alimento de lombrices. Patos, cigüeñas, garcetas, garcillas bueyeras… tenían aquí despensa en tiempos de abundancia.

Nos preocupa mucho la escasez y el precio de los combustibles, pero quizás se esté gestando ya la próxima gran disputa por el elemento fundamental e imprescindible de la naturaleza: el agua.

Escribir en el agua

Si además de escribir,
que ya es trabajo,
tengo que procurar que me publiquen,
como el que pide a préstamo dinero,
no me esperen llamando a los postigos,
de editoriales ni libreros,
pues, como bien dijo Machado,
salvando las distancias, claro,
“… al cabo, nada os debo,
debéisme cuanto he escrito…”
Tampoco es para tanto, ya lo sé,
pues comprendo la poca trascendencia
y la escasez de mi trabajo.
Lo que aquí expreso no va contra nadie,
sino contra mí mismo.
Admiro a los amigos que publican,
meritísimas obras
por ellos o apoyados por mecenas.
Los mejores, por méritos.
Yo para lo poco que tengo,
como no me reclaman,
ni llamo ni molesto,
así evito un portazo en las narices.
Cuando transcurra el tiempo y me haya muerto,
quizás queden algunas huellas
por las hemerotecas del periódico
o navegando a la deriva
por el mar impreciso de estas redes.
Pero rogar, no ruego.
Si ustedes gustan,
que son quienes importan,
échenle un vistazo.
Lo demás me importa poco.
En la eternidad
no reciben laureles por correo,
ni el cancerbero ni san Pedro
dejan pasar a los intrusos.
En el silencio eterno,
a resguardo del tiempo,
no sabré qué será
de mis artículos y versos.
Si les sirven a ustedes de gozo o de consuelo,
me daré por pagado y satisfecho.
Aunque hasta mí no lleguen
señales de respaldo
-al menos que hayan desplegado los Novísimos
cableado de fibra
con cabellos de ángeles custodios-
les estaré por su atención
eternamente agradecido.

Desnudos e indefensos

Cuando llegaban los primeros calores mi madre quitaba las enagüillas de la camilla. No me gustaba esa desnudez tan repentina.  Me producía la misma sensación que cuando alguien me desarropaba en las mañanas de invierno para espantar la tibia pereza del cuerpo entre las mantas.

Sin embargo, cuando llegaban las noches frescas de septiembre urgía a mi madre para que buscara el jersey en el ropero. Recibía gustosamente el abrazo del calorcito que aportaba. Hasta la mascarilla, que al principio me resultaba engorrosa, ha acabado convirtiéndose en una prenda que echo de menos cuando salgo de casa, como el sombrero o el bastón para quienes los usan, siempre a mano en la percha del zaguán.

Cubrirse la boca y la nariz, si se acompaña de gorra y gafas de sol, es disfrazarse sin estar de carnaval. Sirve para pasar desapercibido esos días en los que uno no tiene ganas de pararse a saludar a nadie y prefiere las callejas a las calles. Una de mis aspiraciones infantiles era hacerme invisible y poder estar entre la gente sin ser visto.

Traslado esas sensaciones a estos calurosos días y me cubro con la grata prenda que ofrecen los recuerdos. A la intemperie, desnudo de defensas, me carcomen la moral tantas noticias desagradables sobre guerras, inflación, espionaje, petróleo, gas, chantajes que llegan del norte y del sur. Hielan unos y queman otros. Y la brisa del Atlántico, que se suponía reparadora, es equívoca y tornadiza a conveniencia. Ayer, sombra de una marcha, hoy fuerza un giro para provecho propio y ridículo ajeno.

Por si fuera poco, en estos días de celo electoral por tierras del sur, truenan “las romanzas de los tenores huecos y el coro de los grillos que cantan a la luna”. Por eso me marcho por el sendero apacible de los recuerdos, como Juan Ramón con Platero huyendo de la fiesta.

Estoy en la plaza de mi pueblo observando a los vencejos alrededor de la torre.

Encaje de bolillos, bordan con sus vuelos un paisaje de lianas cruzadas sobre la tela azul del cielo. La bulliciosa algarabía de sus trinos son los ribetes sonoros de este lienzo. Solo en tiempo de reproducción se posan en los mechinales para alimentar su descendencia. Por cama tienen el aire, blando lecho con sábanas de estrellas que acunan con guiños su sueño en la elevada cresta de la noche. 

Mañanas y tardes de verano. Por la bóveda celeste surcamos con nuestra fantasía infantil los mares, sin veleros, desde una tierra agreste de secano.

Siento volver de este refugio donde ya han cambiado muchas cosas. Cuando lo hago veo patitos seguidos de su numérica prole. Son los precios de los combustibles en el panel de una gasolinera. Póngame cuarto y mitad de esta pesadilla de verano que está a punto de eclosionar con las manos manchadas de sangre y el rostro rojo de vergüenza ajena.

Descanso eterno

Decir descanso eterno

es cubrir a la muerte

con la túnica gris del eufemismo.

De esta forma evitamos

encontrarnos con ella frente a frente.

Es una palabra que aterra

tan solo con nombrarla,

una oquedad inmensa

en el vacío de la nada.

El descanso repara

si despiertas del sueño.

Del que perdura tanto, que se sepa,

nadie ha vuelto.

-descontadas creencias,

que defiendo y respeto francamente-

Hisopo en mano, en el asperge,

los curas lo desean a los muertos,

pero también se contradicen

porque si nos dormimos para siempre,

¿cuándo disfrutaremos de la gloria?

¿Qué harán los ángeles de las trompetas

si nadie se levanta

el día que nos llamen

para rendir cuentas pendientes?

¿Se irán con la música a otra parte?

Solo la media vuelta en duermevela

y los chasquidos de la lengua

son señales patentes

de que alguien descansa.

Quizás, de cuando en cuando, algún ronquido.

Del otro descansar no se despierta.

que yo sepa y mi mente alcanza.

Y eso, salvo error u omisión,

es muerte eterna.

Juzgar lo ajeno

 

Hace muchos años el Ayuntamiento de mi pueblo convocó con motivo de las fiestas patronales un concurso de redacción con el tema ‘Extremadura’. Mandé un trabajo en el que contaba el viaje en tren de un grupo de emigrantes a Alemania. Sus ilusiones, la pena de dejar atrás a sus familias, los controles médicos que habían tenido que pasar y las advertencias que les habían dado para cuando llegaran a sus destinos. Amigos que vivieron estas experiencias me aportaron datos y narraron anécdotas de sus viajes y estancias. Completé con mi imaginación el relato. Gané el primer premio, lo que no fue difícil pues fui el único participante. Para resaltar más mis méritos, cuando yo bailaba con una bella señorita en medio de la plaza, se acercó a mí, un ilustrado e influyente miembro del jurado y me dijo: “Has ganado porque no se ha presentado otro que dijera simplemente, por ejemplo: Extremadura, dos: Cáceres y Badajoz. Está muy bien lo que has escrito, pero no tiene nada que ver con el tema de la convocatoria”.

Me extrañó que considerasen la emigración como una cuestión ajena a Extremadura. Pero cuando uno participa en un certamen se somete voluntariamente al veredicto del jurado, cuya idoneidad se supone.  Para delimitar y concretar el tema están las bases que deben ser claras y no inducir a equívocos. En este caso no las hubo.

En el ámbito educativo hay que evaluar y juzgar frecuentemente el trabajo de los alumnos y el de los profesionales. Y a veces los medios empleados para ello no son los más adecuados.

Saber preguntar requiere tanta preparación como saber responder.

Algunos ejemplos. Escribe con letras los números siguientes: 3, 24, 40. El alumno contesta: Cuatro, veinticinco, cuarenta y uno.

O este que me sucedió a mí tratando de expresiones horarias. Di con otras palabras qué significa la una y pico. A lo que la alumna en este caso respondió que va siendo hora de picar algo de comer. ¿Están mal las respuestas o son ambiguas las preguntas?

Cuando se estudiaba por libre se acudía a los institutos oficiales para un único examen por materia, entregado al buen criterio del profesor que no conocía de nada a los examinandos ni disponía de más información sobre ellos. A pecho descubierto, sin más bagaje que unos folios, un bolígrafo y la suerte.

Por el contrario, en el Seminario existía una institución llamada ‘examen de comparación’. Si un alumno suspendía y consideraba que otro había aprobado con menos méritos que él, podía pedir una nueva prueba en igualdad de condiciones y con un tribunal distinto.  Hubo casos en que se le dio la razón al reclamante, a pesar de la tendencia al corporativismo. Hay errores en las calificaciones.

Más complicado es lo de los certámenes literarios y similares. La coletilla de que el fallo del jurado será inapelable cierra puertas y abre compadreos.

Postureo

Un apuesto galán, con copa en mano,

mira desde el alcor de su alta estima

al vulgo que se mueve alborozado

bailando rocanrol sobre la pista.

 

Sujeto enamorado de sí mismo,

detesta lo vulgar desde la cima

do moran los selectos de la vida,

encantados de haberse conocido.

 

Pero pronto el ensueño finaliza

cuando imprudentemente por su boca

salen palabras vacuas y entran moscas.

 

Corrida de la farsa la cortina

quedan al descubierto sus carencias

detrás de una fachada sobrepuesta.

 

La cultura del esfuerzo

 

El primer centro de educación secundaria en la Campiña Sur se abrió en el año 1955, en Azuaga. Lo llamaron ‘Instituto Laboral Industrial- Minero’, por las minas de la zona. Como nombre específico le impusieron ‘General Moscardó’.

Juan Guardado, que ha sido director del Instituto ‘Bembézar’, sucesor del primigenio laboral, me dio un ejemplar del DVD que realizaron con motivo del quincuagésimo aniversario de su creación. En él se recogen testimonios de aquellos años, narrados por los protagonistas.

Los alumnos de Granja de Torrehermosa disponían para desplazarse hasta el centro en un automotor. Los de Fuente del Arco, del tren de vía estrecha. Para los demás el instituto gestionó la adquisición de un autobús de segunda mano, que pagaron a prorrateo los padres interesados. Procedía de un camión que había sido adaptado. Los carpinteros del pueblo completaron la metamorfosis. Su capacidad aumentó de veinticinco viajeros a sesenta.

Lo cuenta con gracejo su primer director, Juan Manuel Llerena Pachón, ya fallecido. El vehículo era conocido popularmente como ‘La Pepa’ y ‘El Coco’, esto último porque se llevaba a los niños.  El día que lo trajeron de Madrid, con calentones del motor y paradas obligadas por medio, inauguraba Franco la fábrica de cemento de los Santos de Maimona, localidad de la que era natural Juan Manuel. Allí pernoctaron.

El bachillerato era de cinco años. Aparte de izados y arriadas de bandera con el ‘Cara al sol’ y toques de oración, propios de la época, había talleres de electricidad, mecánica y carpintería. Y un inglés con intercambios epistolares. Sacar cabeza y progresar en la vida para quienes no tenían hacienda suficiente pasaba por la emigración o la preparación académica y laboral.

Fue una oportunidad que algunos aprovecharon para estudiar carrera o formarse en un oficio.

Otros se metían de aprendices en pequeños negocios,  de ‘rapas’ en las casas grandes de labranza, que eran las que ofrecían un empleo más estable y en los que generalmente sucedían los padres a los hijos. Habas contadas. El cerote, la lezna, la yunta o contemplar con las manos en los bolsillos cómo venían y se iban los temporales desde la esquina del ejido no era un futuro halagüeño.

Que el hijo de un zapatero, pongamos por caso, sacara con grandes sacrificios una carrera tenía un gran mérito y suponía un orgullo para sus padres y un ascenso social y económico para él.

En estos comienzos no asistían las mujeres al instituto. Se incorporaron posteriormente, pero en edificios separados.

Un ejemplo del interés por estudiar fue el de Juan Puente, un alumno de Valverde de Llerena. Recorrió en dos años más de 20.000 km. en bicicleta para asistir a las clases, lloviera o venteara. El centro le regaló una moto como premio.

Las condiciones sociales y económicas han cambiado, pero el amor propio, el esfuerzo y la constancia siguen siendo valores imprescindibles para cualquier actividad que se emprenda.

Muchas gracias

Llegué una mañana del pasado mes de marzo al Hospital Quirón Infanta Luisa.  ubicado en la trianera calle de San Jacinto, en Sevilla, con un problema grave de glaucoma en los dos ojos. Después de muchos años de tratarme con colirios para reducir la tensión ocular había llegado a un estado en que ya no me hacían efecto y dos oftalmólogos que había visitado con anterioridad me recomendaron la cirugía porque, si no, corría el riesgo de quedarme ciego. El último que había consultado, de un renombrado centro oftalmológico de Badajoz, me la pintó tan negra y recalcó tanto los posibles efectos adversos que llegó a decirme que esa operación no se la recomendaría ni a su padre si hubiera alguna posibilidad de evitarla. Se refería a la trabeculotomía más agresiva. Las modalidades de implante no las practicaba. Entonces decidí pedir cita en este hospital. Fue una intuición porque yo no tenía referencias del equipo de oftalmólogos del centro. Me la dieron para el día siguiente con la doctora Carlota Ramos. Me atendió muy amablemente, pero me dijo que ella no era especialista en glaucomas. Me vería la cara de preocupación que tenía y quiso ayudarme para que no regresara sin que me viera un compañero suyo. Se puso en contacto con él y lo haría esa misma tarde. Era el doctor Contreras, que me atendió antes de comenzar la consulta con las citas que tenía programadas. Me midió la tensión ocular que seguía desbocada y ordenó algunas pruebas más.  Esperé fuera los resultados y al poco tiempo me llama y me presenta al doctor D. Francisco Rosales Villalobos.  Este ordenó hacerme más exámenes y cuando terminaron me dijo que ya tenían lo que necesitaban. Me operarían dentro de dos semanas.
El día 23 de marzo me realizó el doctor Rosales y su equipo la primera intervención quirúrgica, la del ojo derecho. Volví al día siguiente y me quitaron el vendaje que lo tapaba.  Veía estupendamente. La intervención consistió en extraerme el cristalino, ponerme una lente y colocar un implante ‘Xen’. Todo transcurrió  con normalidad.
La segunda operación, la del ojo izquierdo,  quedó fijada para el día 6 de mayo. Y aquí estuvo el atranque y la sorpresa desagradable. Yo sentí durante el desarrollo más dolor que en la anterior y presentía las dificultades que estaba teniendo el doctor porque tuvieron que incrementar la anestesia.
Durante la tarde de ese día el doctor Rosales me llamó por teléfono a casa para interesarse. Yo entonces me sentía bien, con mi ojo izquierdo vendado.
Al día siguiente acudí a la clínica y al quitarme el  vendaje  solo vi una mancha blanca con muchas ramificaciones. El doctor Rosales nos explicó a mi hijo y a mí que el glaucoma era de los denominados ‘malignos’, palabra con la que yo me acordé del demonio y con la que se resumía todo. El humor vítreo empujaba hacia afuera con tal fuerza que descolocó todo el resto del ojo y cerró una cortinilla con lo que no había salida de este humor vítreo. Explicación mía de profano, sin términos técnicos. La tensión estaba en 48. El peligro era muy elevado y la urgencia inevitable. Entonces, enfrentado yo al temor y el doctor al reto de salvar la visión, me dijo que había dos posibilidades y que si la primera no salía bien había que pasar por quirófano de nuevo. Pasamos a la sala de láser. Antes de empezar me dirigió unas palabras que para mí sonaron francas y entregadas.  Me dieron confianza, Las recordaré mientras viva: “Voy a poner en mis manos todo lo que sé para evitar tener que entrar otra vez en quirófano”.  Me aplicó laser. Tuve la sensación de que eran granos de arena lanzados con fuerza sobre mi ojo. Terminado esto, me envió a urgencias donde ya esperaban siguiendo sus instrucciones con lo necesario para ponerme dos botes por vía venosa de no sé qué sustancia, con el fin de intentar bajar la elevadísima tensión ocular.  Vuelta a la consulta.  El casi milagro se había producido. No habría que intervenir de nuevo. Las partes del ojo se había reubicado con el tratamiento aplicado. Aunque yo no veía por ese ojo todavía prácticamente nada, el peligro mayor estaba superado. A partir de ahí sigo con el proceso de medicamentos y visitas de revisión.

No es fácil, cuando el problema médico es grave, compaginar la información sanitaria al paciente, sin ocultarle la gravedad y el trato cariñoso para evitar su derrumbe anímico.  Muchísimas gracias por haber sabido compaginarlos los dos con preparación, sencillez y humanidad.

Cuando uno está enfermo necesita medicinas, destreza y corazón. De las tres he recibido sobradas dosis. El doctor Rosales ha tenido un comportamiento profesional y humano intachables y dignos de alabanza. Me citaba cada dos o tres días a los centros donde trabaja para no dilatar la espera y estar pendiente del proceso postoperatorio.
A una de las citas mi hijo no podía acompañarme y le pidió que si podía ser el viernes en lugar del jueves. Un día en que el doctor no tenía que ir a la clínica, pero lo hizo exclusivamente para atenderme. Le di las gracias con una profundidad que las palabras no alcanzan a expresar. Sobre todo, me conmovió cuando me dijo que las que más lo habían sentido eran sus dos hijas, de tres y cuatro años, que habían querido venirse con él a la clínica porque era una tarde que les dedicaba a ellas. Hay comportamientos que conmueven

Y qué decir de María, su asistente, administrativa, enfermera…en realidad es todo y lo realiza con una eficiencia y agrado que es difícil mejorar. Ha sido mi ángel de la guarda más a mano. Siempre dispuesta a servir de enlace con el doctor Rosales y a facilitar cualquier gestión que le pidiera. Gracias de corazón, María,  y perdona esas impertinencias mías de molestarte fuera de horario de trabajo e incluso en fines de semana.
Cuando a la preparación profesional se une la calidez humana y cercana en el trato se da uno cuenta de la grandeza de las personas que tiene delante. Con gente como vosotros el mundo es  más llevadero, más humano. Un fuerte abrazo agradecido.

La invasión inglesa

 

 

Estaba yo en el bar echándole un vistazo al periódico cuando llegó un amigo y poniéndose a mi lado me dijo que él ya no sabía leer. Que el castellano que aprendió en la escuela con las fábulas de Iriarte y Samaniego, las lecturas del Quijote y el recitado de romances no le servían para enterarse de ciertas informaciones de los periódicos ni para saber de qué hablan en algunas tertulias televisivas y radiofónicas.

No es analfabeto y ha demostrado en la vida con creces sus capacidades y disposición para aprender y progresar en su profesión de albañil. Hecho a sí mismo con esfuerzo y amor propio. De esos que llaman ‘self made man’ y que aquí, hablando en plata, decimos echándole redaños a la vida.

Fíjate en esta noticia, me dijo: “La catalana Querat Casteller ha logrado la medalla de plata en la modalidad de halfpipe sobre snowboard en los juegos olímpicos de invierno”.  Buscamos información en internet, pues ambos lo ignoramos. Por lo indagado nos enteramos que consiste en deslizarse sobre nieve en una especie de tubo cortado por la mitad.

Otra información:  “La ‘startup’ que recupera la fórmula de alquiler con opción de compra tiene ya 25.000 usuarios en lista de espera”

Buscamos en el diccionario español, pero no está, aunque quizás se le espere.  Al parecer son empresas de nueva creación que comercializan productos y servicios por medio de las tecnologías y la comunicación.

Otra para rematar: “Victoria judicial contra el ‘clickbait’.  Parece que es un cebo, un ardid para captar lectores.

La siguiente es de la web oficial de la Aemet. Te remiten a un ‘widget’ para ver la información meteorológica de distintas ciudades del mundo. Por lo averiguado en las redes son aplicaciones cuyo objetivo es dotar de información visual a informaciones que se utilizan de forma frecuente.

Me comenta mi amigo que no está en contra de la incorporación de nuevos términos al castellano, si son necesarios. Siempre los hubo, pero le parece que en estos tiempos se están pasando y muchos nos estamos quedando atrás.

Pues aquí tenemos la guinda. Lo último que he leído es que se está creando un diccionario para denominar las malas relaciones de pareja. Si antes se rompía una relación, se decía que se habían dejado. Ahora lo llaman ‘ghosting’. Y si la relación solo se lleva a cabo entre las cuatro paredes de su casa o la tuya, se le dice ‘pocketing’.

 

 

 

 

 

Sale lo del ‘pig data’. Por la noticia en la que viene incluido parece que con ello se mejora la calidad de la carne de cerdo y de los jamones en particular: Un oyente, que no intervenía en la conversación, pero que estaba atento al desarrollo de la misma, salió del bar rascándose la cabeza y pensativo.  Seguro que iba a poner en práctica lo de la gestión masiva de datos en su granja.  La invasión continúa.

Fuego

El fuego es uno de los descubrimientos que más ha contribuido al desarrollo de la humanidad y también de los que más desgracias ha ocasionado cuando no se domina.

Según la mitología griega, Prometeo lo robó de la fragua de Hefesto y se lo entregó a los hombres.  Metió unas brasas en el interior del tallo de una cañaheja, de vistosa y arracimada amarillez. Abunda por estas estribaciones serranas.  El nombre latino de la planta, ‘ferula communis’, hace referencia a su uso como fusta o palmeta.

Nosotros aprendimos en la escuela cómo lo obtenían los primitivos, de forma menos fantástica y más laboriosa. Venía en las ilustraciones de la enciclopedia. Aquellos hombres barbudos y desgreñados, a medio camino entre simios y humanos, lo conseguían con el roce insistente de dos palos. Lo intentábamos, pero solo lográbamos calentarlos un poco.

Recuerdo a personas chocando el eslabón con el pedernal hasta que se originaba una chispa y prendía la yesca seca. Dicen que la mejor es la que se obtiene del hongo yesquero que nace en ciertos árboles con forma de pezuña de caballo. Los niños producíamos chispas golpeando unas piedras blancas contra otras. Los llamamos chinazos.

Nos llamaba la atención ver cómo saltaban chispas cuando las caballerías pasaban por las calles empedradas al anochecido y daban las herraduras contra el suelo. También cuando los hombres del campo sacaban de la faja negra de su cintura el mechero y con un golpe o dos de mano hacían girar la ruedita sobre la piedra. Prendía la mecha larga y dorada que ellos arrimaban con el dedo pulgar a donde se originaba. Soplaban sobre ella para que se ‘empendolase’ el fuego. (Esta palabra, que según el diccionario significa poner plumas a las saetas o a los dardos, la usamos aquí como equivalente a avivar la candela. También cuando un acontecimiento coge mucha relevancia o desarrollo: Por la noche se ’empendoló’ un baile de categoría. Señores del diccionario, que no todo va a ser hacker o friki).

 

 

 

 

 

 

 

 

La cocina de las casas antiguas era su lugar más entrañable. Allí estaba en su sentido más genuino, el hogar, que tiene su corazón bombeando calor desde la candela de llamas, donde las miradas son esponjas absorbentes que captan, hipnotizan y hacen divagar el pensamiento.   El atributo del mando alrededor de la chimenea son las tenazas y quien las tiene en sus manos ejerce de timonel avivador y arquitecto reparador del edificio cambiante de la leña vencida por el fuego. A los niños no nos dejaban porque decían que nos podíamos quemar y, no sé de dónde lo sacaron, que si jugábamos con él, nos orinaríamos en la cama.

Palabras que evocan.   Acuden imágenes de entonces. Trashoguero, llares, trébedes…En el topetón, un dornillo de madera de encina y un almirez dorado. Suelo de baldosas rojas y techo de maderos. Fuera la lluvia y  dentro silencio de lenguas de fuego.