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¡Qué putada,
sentir el frío acero
en la garganta desnuda y palpitante!
Pero es tarde para apartar la presa de la daga.
Tajo certero pido al verdugo.
Irremediable el destino,
ofrezco mi cuello caliente y placentero
al afilado borde de la muerte.
Ya no me importa nada:
dejarme llevar por la corriente
y morir luego.
¡Qué postín, qué señorío,
galanura lleva el porte,
grandeza el aire,
embelesada tarde
para, admira, y calla!
¡Pasen los señores
por la acera de los nobles!
¡Qué cabezas tan enhiestas
sobre unos pies que levitan
y miran condescendientes
al resto de los mortales!
Yo, nosotros,
¡qué importantes!
Y al volver la esquina de las mentiras,
¡maldita cáscara vana!
Efímeras vanidades
del fuego de las cerillas.
Ahuecando la mano en el arroyo,
donde más clara y rápida se muestra
el agua saltarina entre las piedras
he bebido entre sombras de membrillo
un sorbo de agua fresca.
Después tranquilamente me he sentado
en la orilla que al norte da cobijo
entre el verde frescor de la ribera.
A lo lejos rastrea un cazador
buscando la perdiz en los tomillos.
Suena el agua con un tenue murmullo:
cosquillas risueñas, leves caricias,
limos, juncos y adelfas.
En el azul el águila se mece
y un avión deja su blanca estela
marcándole una cicatriz al cielo
que al poco tiempo el aire desvanece.
(EN EL TÉRMINO FUNCIONARIO INCLUYO A TODOS)
Cuando lleguen las fiestas entrañables
de la blanca y alegre navidad
tendréis a un funcionario taciturno
vagando solitario en la ciudad
que al ver un luminoso escaparate
pegará su nariz en el cristal
contemplando las cestas de manjares
que este año no podrá comprar.
La banda de políticos ineptos
y un grupo de banqueros con disfraz,
a la usanza de antiguos bandoleros,
nos dejaron al aire los traseros
y las mesas vacías y sin pan.
¡Malditos los rateros con corbata
que nos roban comida y libertad!
Seguro que si estos tecnócratas europeos vieran el reguero de víctimas que van quedando en la cuneta se lo pensarían mejor antes de anunciar más recortes, ajustes o limitaciones de gastos, que también con el lenguaje son diestros en el embauco y el eufemismo.
No sirven las caras compungidas que ponen cuando anuncian las medidas. Serían más creíbles si pusieran en las mesas de sus despachos las fotos de las familias que un día tras otro van quedando en paro. Y todavía serían más creíbles sus aparentes penas si entre esas fotos estuvieran las de sus hijos, hermanos o esposas. Pero no, no les llegan las quejas y la angustia de los parias a los salones enmoquetados. Su compuesto rostro forma parte del guión para transmitir una imagen de falsa solidaridad con los desfavorecidos. Ellos van a los números, sin darse cuenta que detrás de las palabras y los números hay dramas humanos que no se solucionan con buenas palabras.
Cuando oigo que las medidas que se toman son por el bien de España ignoro a qué España sin españoles se están refiriendo. Porque mi patria no es “un fusil y una bandera, sino mis hermanos que están labrando la tierra”, que cantaba Quilapayún. ¿A qué realidad se refieren? ¿Himnos y desfiles? ¿Los triunfos de deportistas millonarios? ¿Unos deslumbrantes paisajes? ¿Tal vez bellas piedras labradas de monumentos y catedrales? No hay patria sin personas. No hay patria sin dignidad.
Penetra el sol dorado de la tarde,
fajo de luz ribeteado,
por la puerta orientada hacia el poniente
y luce sobre las baldosas rojas,
haciendo de frontera luminosa
de dos espacios en penumbra
donde la abuela tiene la costumbre
de llenar sus recuerdos de costuras
y artísticas labores de bordado.
En un moño adornado con peineta
recoge terso su cabello blanco
que deja al descubierto una amplia frente
surcada por arrugas.
Hila y calla.
Levanta la cabeza
y por encima de sus gafas mira
el reloj que hay al fondo de la estancia.
Suspira.
Tal vez por lo perdido ausente,
quizás por el final cercano.
Sostiene entre las manos largo vaso
y no mira la cara al confidente
pues pasa su mirada entre la gente
sin hacer al amigo el menor caso.
El pobre acompañante ya ha empezado
siete veces la misma parrafada
que interrumpe de forma descarada
otras tantas que ve a un recién llegado.
Se consume la luz de los luceros
y sale rojo el sol por el oriente
cuando se va la gente despidiendo.
Y vuelve a los pasados derroteros
camino de sus casas al relente:
que no acabé… como te iba diciendo…
Una persona en el campo,
sola ante los elementos
en una tarde inclemente
de violento temporal,
con una postura altiva
y la mirada clavada
en la incierta lejanía
es un desplante insolente
de valiente gallardía
en la tarde desabrida
contra la fuerza indomable
que tiene la tempestad.
Descarada altanería
que recibirá respuesta
lentamente,
con el paso de los años.
Pero ese envite al destino,
revuelto cabello al viento,
aunque vencido en el tiempo.
es un digno desafío
prestante, gallardo y bello,
La negra mirla canta en el olivo
y en la espesa chopera el chamariz.
Huele a cantueso y a tomillo
y el agua resbala silenciosa
rozando del arroyo sus riberas.
Se cuela el sol cribado entre las hojas
que mueve un leve vientecillo
esta tarde veraniega.
Si yo pudiera
pararía el transcurso de las horas
para hacer eterno este momento
de dicha placentera
de colores, de trinos y de aromas.
(Fotografía de José Jurado)
Una cálida noche de verano
el grillo pespuntea su negra pena
y luce esplendorosa luna llena
derramada de plata sobre el grano.
Llega el canto monótono y lejano
de ranas que entre junco y agua suena.
En los chopos el viento se serena
a esperar el rojizo sol temprano.
Al fresco de la calle los vecinos
un momento de paz han encontrado
tras los pasos de inhóspitos caminos.
Merecido, legítimo y honrado
el descanso después de los hocinos
bajo el cielo tan alto y estrellado.
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