El llanto del ajuste

 

Fotografía de Juan Sevilla

http://www.flickr.com/photos/juaninda/

 

 

La titular de Trabajo italiana, Elsa Fornero, se  ha roto en llanto al presentar el plan de ajuste de su gobierno. Esa acción, que al menos demuestra sensibilidad social,  debe causar a sus conciudadanos el mismo efecto que a los viajeros de un avión ver salir a la azafata de la cabina de mando dando gritos.

Echaremos las barbas a remojar porque aquí podemos correr parecida suerte. Teniendo en cuenta que nuestros  políticos,  banqueros y demás especímenes de caraduras y arrimados no van en el mismo  barco que nosotros, por blindajes, cursos acelerados de cotización y sustracciones varias, será la sufrida infantería la que apechugue con los costos de  esta acerba crisis.

Ese dinero invisible que se mueve diariamente de sitio con órdenes electrónicas de compra-venta nos puede arruinar aun más sin que nos enteremos de que es nuestro sudor el que se evapora vía electrónica; movimientos de capitales con sombrilla y hamacas que buscan el refugio seguro de paradisíacas playas fiscales.  El otro,  el del empleado, el artesano, el tendero, el pequeño empresario,  el que se cuenta a final de mes euro a euro  y se guarda como tesoro, apreciando lo que cuesta ganarlo, no es responsable los desaguisados económicos actuales. La España del cincel y de la maza, expresión de D. Antonio Machado,  no es culpable de  la impericia de los timoneles ni de la avaricia de los desalmados.

 

Cordeleo y alcuceo

El Honrado Concejo de la Mesta creó una serie de caminos y accesorios para  que el ganado trashumase: cañadas, cordeles, veredas,  coladas, descansaderos,  contaderos…

Los pastores  con sus rebaños bajaban de Castilla en invierno a las templadas tierras extremeñas y regresaban por primavera a sus orígenes.

En su transitar por estas vías ganaderas el ganado comía las hierbas que encontraba a su paso, sin detenerse hasta el descansadero, pero aprovechando el viaje con bocados aquí y allá.

Como residuo metafórico de esta actividad  en Ahillones existe la expresión “ir de cordeleo” para referirse a las  pandillas  que van de bar en bar tomando copas.

Cuando el candil era uno de los instrumentos usuales para la iluminación por falta de luz eléctrica  se disponía de  una  alcuza donde se guardaba  el aceite que se le echaba a  la mecha  para que, empapada del rudimentario, pero efectivo combustible, siguiera  alumbrando desde el topetón de la chimenea, por ejemplo. De este uso se  han derivado expresiones  relacionadas con la costumbre de empinar el codo. Así  “estar  de alcuceo”,  significa estar bebiendo. Si  vemos a alguien que ya está en una fase avanzada del proceso decimos que está  alcuceado.  “Ayer estuvimos todo el día de alcuceo”, le referimos a alguien  que nos encontramos al día siguiente para explicar nuestro estado de destemple. “¡Qué alcuza lleva ese!”, utilizando aquí el término alcuza como sinónimo de borrachera.

La analogía  de echar aceite al candil para que se empape la mecha y la de ingerir, generalmente vino, empapándose uno por dentro, está clara. Tanto es así que si algún conocido le afeaba a otro su costumbre de beber tanto vino le contestaba ofendido: “¿Acaso  tú lo echas en el candil?”

Atardecer en la plaza de Llerena

 

 Al atardecer, dos ojos  de luz encienden sus pupilas numeradas en arábigo y romano.

¿Son bostezos, carcajadas o muecas de terror las arqueadas bocas de los soportales?

Por un momento, los graznidos de los grajos, el afilado piar de los vencejos, el tumultuoso griterío de la chiquillería y los broncíneos toques de las campanas se unen en una estruendosa vocinglería. Las madres vigilan desde la cháchara comadre los dispersos pasos de sus hijos.

Unos paseantes poco machadianos hacen camino en el ordenado mar de las pizarras.

Los musitados rezos de los fieles suben a través de los muros de la iglesia y alcanzan en la veleta el último sol de la tarde que los llevará en su viaje más allá de los luceros.

Se levanta una suave brisa que atusa los picos  de aguja de las blancas fachadas, cual joven peinado a lo  punk.

A medida que oscurece se hacen más brillantes las miradas de los ojos, que lánguida y sonoramente, anuncian el irrecuperable paso del tiempo.

¿Flotarán en este cielo azul violeta que se recorta encima de la plaza las sentencias que en su día dictaron inquisidores implacables?

¿Dormirán entre los pliegues del aire las despedidas familiares de los aventureros que hicieron las Américas?

¿Guardará el traqueteo de los carruajes que pasaron por sus calles?

¿Dónde fueron las risas abiertas de niños ya mayores que también jugaron en la plaza?

¿Qué permanecerá de tanta historia en el espacio cuadrangular que hay entre esta plaza y las estrellas, si es que existe ese archivo de inmensas hojas azules?

Mientras pienso esto, un señor entre tendido y sentado en el sillón de una terraza, parece que busca extasiado metáforas nuevas al vuelo planeador de las cigüeñas.

Canción infantil

Fotografía de Juan Sevilla.

http://www.flickr.com/photos/juaninda/

 

 

 

 

 

 

La tarde es transparentemente fría,

azul y luminosamente corta,

tenue, delicada, frágil;

casi un suspiro de sombras

de finales de noviembre.

Llega una canción de fuera

en lejanas  voces infantiles,

voces envueltas en candor y seda

que apenas  tocan  leves los cristales

y se van por  los resquicios del aire.

Rutina

 

 

 

 

 

 

Se encienden suavemente las  esquinas

cuando la luz resbala cada la tarde

por la lejana  espalda de los montes

buscando del océano las orillas.

Regresan los labriegos por caminos,

de la brega, el sudor y la fatiga,

a mujeriega de cansadas mulas

en busca del  calor y del cobijo.

Llama el bronce ruidoso a la oración,

al rezo del temor que da la noche.

Al alba volverán  a la besana,

a la rutina, al surco y la labor

hasta que  el sol se duerma una mañana

entre la espuma blanca de las olas

y  queden secas las espigas solas

en desolados campos de dolor.

 

Fotografía de Manuel Rodríguez Espino

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La prima y el olivar

CARTA EN EL PERIÓDICO HOY 25-11-11

 

 

La madre le preparó el traje  y  lo mandó  a la plaza a lucir el tipo de mocito en edad de merecer. A la luz clara del día las mangas  del repasado traje le venían  un poco cortas, igual que las perneras  a pesar de haberle soltado las bastillas. Estrecho el talle  de  forma que si se abrochaba el botón delantero le  respingaba la chaqueta por detrás. El brillo resaltaba en antebrazos y  culeras por el uso de difuntos usuarios. Aseado sí iba, recién duchado y con brillantina en el pelo, buen tipo, prestante  presencia y seguro el paso.

Pero esa prima lejana apetente y resabida no se dejaba  embaucar. Estaba avisada por su padre, tratante avezado de ferias y mercados. La tenía bien aleccionada: olivares, buenas casas y cortijos y  feraces  tierras de labranza. Las apariencias engañan, entérate de hipotecas y desahucios. Así que la escurridiza parienta, cuando contestó a sus requerimientos,  lo hizo con folklórico recochineo: “Anda diciendo tu madre que tienes un olivar y el olivar que tú tienes es que te quieres casar”.