¿Para cuándo el consenso?

perdizPor estas tierras de olivares, campiñas  y dehesas, llegado febrero, comienza el celo de la perdiz. Al aire, gallardos los  reclamos  de los machos intentan atraer a su terreno a las hembras y  echar de allí a los intrusos que se las disputan. En turnos de réplicas y contrarréplicas las mañanas y atardecidas se llenan del lenguaje amoroso y retador de la hermosa “patirroja”. Acabado el tiempo de celo y cubierto el instinto sexual, la hembra anida e incuba a sus polluelos, quedando el macho vigilante de la puesta.

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Pero no faltan otros reclamos, piñoneos y cuchicheos sobre la superficie de esta piel de toro. Subidos a “pulpitillos” de privilegiado  otero, personajes del espécimen humano que nos representan, se crecen y marcan terreno con florido verbo. Cada uno en  endogamia   narcisista  se recrea en la exposición de sus  motivos y lanza al aire bucles engallados. Esperan que acudan los demás a compartir sus irrenunciables principios para salvar el solar patrio. No acaban, claro está, incubando ideas surgidas de un consenso, que falta le  hace al devenido  páramo  de España, sobre todo en trascendentales asuntos  como la educación, sino que elevan el tono, exaltando las  virtudes  propias y  desacreditando las ajenas.

Reloj, no marques las horas.

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¿Quién no ha pedido alguna vez que  pare

el reloj  el andar de sus manillas

al ritmo musical de aquel bolero

que el mejicano de Ciudad Madero,

Cantoral, le escribió a su esposa un día?

Entre brumas de olvido y fantasía,

mezclando lo  que fue con los deseos,

vivimos una noche inolvidable

allá en el fondo de la edad perdida.

Cuando las notas de   esta melodía

extienden sus acordes por el aire,

¡oh, beatíficas caras trascendidas

hacia la mística de lo sublime!

Amanecerá- porque nadie escucha

la vana pretensión de que se quede

el tiempo detenido en nuestras manos-

Que el sol me encuentre entre tus brazos quiero

al aire fresco de la amanecida

y el fondo musical de este bolero.

 

Llueve en la dehesa.

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Derrama el agua su melancolía

vertida con   cadencia de rumores.

Vellones  grisáceos de neblinas

entretejen por toda la dehesa

el ramaje en flor de las encinas.

Cubierto con el manto de la lluvia,

soy una parte más de este paisaje

que une la soledad y la  belleza,

plenas de  placenteras  sensaciones,

sobre el altar de la naturaleza.

Tu apoyo.

calma

Fotografía de Manuel Rodríguez Espino

http://www.panoramio.com/user/1368766

Rota la vela  y el timón quebrado

se distanció mi barca de la orilla.

Refugiado en el fondo de la quilla

me abandoné a mi suerte resignado.

 

A merced de la mar embravecida

en el febril delirio de mi sueño

imagino  un paisaje ribereño

que me acoge y evita la deriva.

 

En un abrupto despertar me encuentro

al timón  unas  manos compañeras

que gobiernan mi barca mar adentro

 

entre fuertes galernas traicioneras.

Diestramente, la proa a sotavento,

enfila y me  conduce  a las riberas.

 

Verdugos.

goya

 

 

 

“Nunca más”

Calla y cúbrete de oscuridades.

Hay pasos de fieras por la calle

que suenan a plomo y huelen a sangre.

Vienen de madrugada, traicioneros,

para abrir  los corazones de las madres.

Los golpes en las puertas

rugen en las entrañas de las casas

como aullidos salvajes

de hienas acuciadas por el hambre.

El poder de la pólvora y del sable

da cobijo a los verdugos.

Ráfagas de balas

horadan los límites  del alba

y derraman lágrimas de rabia,

impotentes y  calladas.

El silencio miedoso se encarama

a las copas  solitarias de los árboles.

 

Tormenta.

Fotografía de Juan Sevilla.

http://www.flickr.com/photos/juaninda/

La noche vierte en  el día

montañas de algodón negro

con redobles de tambor

y destellos plateados.

Virulentos torbellinos 

por las tierras labrantías

y los extensos posíos

de la Campiña extremeña

levantan en espiral

maleza  y espinos secos.

El rayo baja hasta el suelo

en culebrilla de fuego.

El eco de su fragor

rebota redondo y  hueco

por los tambores del viento.

Cae la lluvia estrepitosa

sobre los campos resecos

y otro  látigo de luz

recorre de norte a sur

los vericuetos  del cielo.

Huellas del tiempo.

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Las  piedras  encierran las historias de los pueblos.

Allí están las huellas de los siglos.

Esperan enclaustradas que las manos del experto,

escobilla y cincel, les extraigan los secretos de los muertos.

Regresamos  a sus vidas y a su tiempo,

pero también, arqueólogos, mirad un poco al cielo.

Esa cóncava mano de luceros

los cubría también a ellos:

celtas, lusitanos, romanos, visigodos,

musulmanes, almohades, almorávides, iberos…

Con el vértigo que da la luz en continuo movimiento,

allí siguen, aparentemente quietos,

que cien mil años no es nada en el fluir del  firmamento.

Frases lapidarias.

 

buenos sentimientos

(Simple opinión personal sin ánimo de incordiar, que como tal, puede estar  errada y que posiblemente lo esté)

A veces extraemos del almacén de frases lapidarias que circulan por la red  algunas de ellas.  En unos casos es una forma cómoda de identificarnos  con las que expresan ideas nobles, solidarias o afectivas. Otras veces son inocuos enunciados,  simples generalizaciones de sentimientos que todos compartimos. Todos queremos a nuestros hijos o recordamos a los muertos. En un tercer grupo, que yo llamo de manía persecutoria, están las que sirven  para  dirigirlas a los que  se supone  que son enemigos, a los que pensamos que nos envidian, que hablan mal por detrás, etc, etc. En las frases que expresan ideas o sentimientos positivos nos situamos implícita o explícitamente como partícipes  y abanderados. Somos los que más queremos a los  padres, a los amigos,  los más leales, los más consecuentes…

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En las frases negativas nos situamos al margen. No nos consideramos integrantes del grupo que habla mal de los otros, que envidia,  que traiciona etc, etc. Es normal, pero habría que ver si  esa crítica que lanzamos a los demás escudados en frases rotundas y ajenas  no es un síntoma de  una excesiva valoración propia o de una  manifestación paranoica de nuestra personalidad que ve enemigos por todos sitios. Pudiera ser  también un afloramiento  del subconsciente que manifiesta, dispersando culpas, las mismas  carencias o defectos que adjudicamos a los otros.

Esquizofrenia.

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Su mirada errática vaga por los bordes  de las cosas. Los ojos son   dos oquedades ausentes. Huyó de allí el personaje. Dos complejas realidades pugnan por la preeminencia: la que es y la aparente. Pero, ¿cuál es la visión real y cuál es  la  que miente?

Busca aterrado el silencio  espeso y denso en un rincón de remolinos absorbentes.  En su mente enferma brotan  los fantasmas  desfigurados de la muerte con aspavientos descompuestos. Rasga sus entrañas con alambres retorcidos y herrumbrosos  y  amarga su vida con el filo dentellado de la angustia. Escucha sonidos que no son  y amenazas que no existen, muerde los padrastros de su pensamiento con latidos compulsivos y punzantes. Y cae, cae, cae  en  la sima sin fondo del vacío.

 

Haba.

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Le pusimos “Haba” cuando llegó a casa de rayón. Lo trajo mi padre de Las Cabezas, una finca del Pedroso.  Era tan pequeño que tuvimos que alimentarlo con biberones de leche.

Mi padre lo sacaba de paseo y se iba tras de él como  si fuera un perrillo. Entraba en los bares y se acostumbró a comer las avellanas que le daban los presentes.

Creció y  se lo llevó Antonio Gimón al huerto que tenía su casa donde disponía de más espacio. Un día de jueves santo se les ocurrió a su amigo Antonio y a mi padre  llevarlo a Berlanga. Lo bajaron del coche y como siempre se fue detrás de ellos. Los que venían en la procesión con el santo a cuestas no daban crédito a lo que estaban viendo. Al encontrarse de frente se produjo primero la sorpresa y luego la desbandada. Faltó poco para que los portadores de la imagen la dejaran en el suelo y saliesen corriendo también

Un agente municipal  les conminó a que se llevasen de allí a “Haba” para que pudiese continuar el cortejo. Así que subieron al coche y los asustados fieles siguieron el recorrido.

En otra ocasión, una noche de verano, cuando regresaba mi padre de paseo con él, se metió en la casa de unos vecinos que comían tranquilamente su gazpacho con las puertas abiertas de par en par. El primero de la familia  que  se percató de la presencia del animal se subió a una  silla pidiendo una escopeta, mientras los otros miembros corrían despavoridos hacia el corral.

Estuvo con nosotros unos años, pero ya era peligroso sacarlo por ahí. Así que,  para evitar males mayores, tuvimos que sacrificarlo muy a pesar nuestro.