Por estas tierras de olivares, campiñas y dehesas, llegado febrero, comienza el celo de la perdiz. Al aire, gallardos los reclamos de los machos intentan atraer a su terreno a las hembras y echar de allí a los intrusos que se las disputan. En turnos de réplicas y contrarréplicas las mañanas y atardecidas se llenan del lenguaje amoroso y retador de la hermosa “patirroja”. Acabado el tiempo de celo y cubierto el instinto sexual, la hembra anida e incuba a sus polluelos, quedando el macho vigilante de la puesta.
Pero no faltan otros reclamos, piñoneos y cuchicheos sobre la superficie de esta piel de toro. Subidos a “pulpitillos” de privilegiado otero, personajes del espécimen humano que nos representan, se crecen y marcan terreno con florido verbo. Cada uno en endogamia narcisista se recrea en la exposición de sus motivos y lanza al aire bucles engallados. Esperan que acudan los demás a compartir sus irrenunciables principios para salvar el solar patrio. No acaban, claro está, incubando ideas surgidas de un consenso, que falta le hace al devenido páramo de España, sobre todo en trascendentales asuntos como la educación, sino que elevan el tono, exaltando las virtudes propias y desacreditando lasajenas.
(Simple opinión personal sin ánimo de incordiar, que como tal, puede estar errada y que posiblemente lo esté)
A veces extraemos del almacén de frases lapidarias que circulan por la red algunas de ellas. En unos casos es una forma cómoda de identificarnos con las que expresan ideas nobles, solidarias o afectivas. Otras veces son inocuos enunciados, simples generalizaciones de sentimientos que todos compartimos. Todos queremos a nuestros hijos o recordamos a los muertos. En un tercer grupo, que yo llamo de manía persecutoria, están las que sirven para dirigirlas a los que se supone que son enemigos, a los que pensamos que nos envidian, que hablan mal por detrás, etc, etc. En las frases que expresan ideas o sentimientos positivos nos situamos implícita o explícitamente como partícipes y abanderados. Somos los que más queremos a los padres, a los amigos, los más leales, los más consecuentes…
En las frases negativas nos situamos al margen. No nos consideramos integrantes del grupo que habla mal de los otros, que envidia, que traiciona etc, etc. Es normal, pero habría que ver si esa crítica que lanzamos a los demás escudados en frases rotundas y ajenas no es un síntoma de una excesiva valoración propia o de una manifestación paranoica de nuestra personalidad que ve enemigos por todos sitios. Pudiera ser también un afloramiento del subconsciente que manifiesta, dispersando culpas, las mismas carencias o defectos que adjudicamos a los otros.
Su mirada errática vaga por los bordes de las cosas. Los ojos son dos oquedades ausentes. Huyó de allí el personaje. Dos complejas realidades pugnan por la preeminencia: la que es y la aparente. Pero, ¿cuál es la visión real y cuál es la que miente?
Busca aterrado el silencio espeso y denso en un rincón de remolinos absorbentes. En su mente enferma brotan los fantasmas desfigurados de la muerte con aspavientos descompuestos. Rasga sus entrañas con alambres retorcidos y herrumbrosos y amarga su vida con el filo dentellado de la angustia. Escucha sonidos que no son y amenazas que no existen, muerde los padrastros de su pensamiento con latidos compulsivos y punzantes. Y cae, cae, cae en la sima sin fondo del vacío.
Le pusimos “Haba” cuando llegó a casa de rayón. Lo trajo mi padre de Las Cabezas, una finca del Pedroso. Era tan pequeño que tuvimos que alimentarlo con biberones de leche.
Mi padre lo sacaba de paseo y se iba tras de él como si fuera un perrillo. Entraba en los bares y se acostumbró a comer las avellanas que le daban los presentes.
Creció y se lo llevó Antonio Gimón al huerto que tenía su casa donde disponía de más espacio. Un día de jueves santo se les ocurrió a su amigo Antonio y a mi padre llevarlo a Berlanga. Lo bajaron del coche y como siempre se fue detrás de ellos. Los que venían en la procesión con el santo a cuestas no daban crédito a lo que estaban viendo. Al encontrarse de frente se produjo primero la sorpresa y luego la desbandada. Faltó poco para que los portadores de la imagen la dejaran en el suelo y saliesen corriendo también
Un agente municipal les conminó a que se llevasen de allí a “Haba” para que pudiese continuar el cortejo. Así que subieron al coche y los asustados fieles siguieron el recorrido.
En otra ocasión, una noche de verano, cuando regresaba mi padre de paseo con él, se metió en la casa de unos vecinos que comían tranquilamente su gazpacho con las puertas abiertas de par en par. El primero de la familia que se percató de la presencia del animal se subió a una silla pidiendo una escopeta, mientras los otros miembros corrían despavoridos hacia el corral.
Estuvo con nosotros unos años, pero ya era peligroso sacarlo por ahí. Así que, para evitar males mayores, tuvimos que sacrificarlo muy a pesar nuestro.