Agradecimiento

Hoy se celebra el día del maestro. Mal año para festejos compartidos, pero la mente está dispuesta al recuerdo y el agradecimiento.  Esta profesión no siempre ha sido valorada como merece por su importancia y trascendencia. Los regímenes de turno la han utilizado para llevar el agua a sus molinos, buscando en ella el vehículo para adoctrinar y divulgar ideas que favorecen sus intereses. Un repaso a la historia lo confirma plenamente. Debe de ser muy difícil desprenderse de egoísmos y, con altura de miras y talante de estadistas, acordar bases duraderas para dar estabilidad al proceso educativo. Mientras esto llega, los profesionales, desconcertados por la continua sucesión de leyes, siguen en las aulas, dedicados con su mejor voluntad a formar a sus alumnos. La mayoría de ellos en tiempos muy difíciles fueron excelentes profesionales que dejaron huella perdurable en sus pupilos por su buen hacer. En este oleaje de vaivenes ha permanecido erguida la figura del maestro, agarrado a su trabajo para no perder el equilibrio y ser engullido por el temporal del desánimo y las incongruencias.

Hoy dedico este recuerdo agradecido a quienes abrieron nuestros ojos a la vida a través de la lectura y la escritura, instrumentos que ya nunca abandonamos y que nos han servido para conocer y amar el legado que la humanidad ha ido acumulando a través de los siglos.

Todos los oficios y profesiones merecen reconocimiento porque colaboran al progreso y bienestar de los pueblos. Por insignificante que parezca un trabajo, si deja de hacerse sufre las consecuencias toda la sociedad. Si faltan los encargados de la limpieza nos dejarían a merced de infecciones, el electricista a oscuras, los médicos y enfermeros abocados al dolor y a la muerte, los mecánicos sin medios de locomoción, los transportistas aislados, los albañiles sin casas…

La labor del maestro, tan meritoria como cualquier otra, tiene además la peculiaridad de que trabaja con los mimbres que formarán el armazón de la sociedad futura.

Estaba yo haciendo las prácticas de magisterio en el colegio de Santa Engracia, en Badajoz, y llegó un día a la clase de don José María un señor preguntando por él. Se saludaron, el recién llegado con una amplia y abierta sonrisa y el bueno de mi tutor, confuso al principio porque no lo reconoció, pero cuando le dio detalles de quién era se le abrieron los ojos por la sorpresa y se fundieron en un abrazo. Era un antiguo alumno suyo que después de muchos años pasaba por allí. Se acercó a saludarlo y agradecerle lo que aprendió de él en los años de escolaridad.

Cuando se fue mandó a los niños que se prepararan para el dictado. Me dijo entonces con los ojos brillantes que cuando yo ejerciera comprendería que eso que acababa de presenciar era el pago más gratificante que cualquier maestro puede recibir en vida.

Y comenzó el dictado: “Una tarde parda y fría…”

Carpinteros

Descargaban los troncos en la puerta de la carpintería, despojados, en una primera limpia, de sus ramas. Cerezos, encinas, pinos, castaños… que las manos diestras del carpintero transformarían en sillas, puertas, mesas o marcos de ventana.
Recuerdo ahora el local envuelto en un ambiente de evocadora decadencia. Cristales cuadrados tintados de polvo y vaho y bombillas colgantes con platillos invertidos para concentrar la luz.
Olía dentro a aromas campestres que los leños desprendían cuando los cortaban. ¡Cuánta lluvia habría resbalado por ellos, desde la copa hasta la base nutricia de la tierra! “Un olor fresco y honrado/ a corazón descubierto”, como describió Juan Ramón Jiménez.
En el banco de trabajo estaban las herramientas. El tornillo para sujetar las piezas, la garlopa, la gubia, el formón… para que, en una combinación de arquitectura y tornería, el carpintero diera nueva forma a la madera.
Llevaba un lápiz aplanado detrás de la oreja y un metro plegable a mano siempre en el bolsillo.  El primer examen de la rectitud de los listones lo hacía apuntando, como si fuera a disparar con ellos. En el pelo y las cejas, polvo del serrado y el pulido.
Cuatro carpinterías había en el pueblo de distinta extensión y variado destino. Una de ellas estaba especializada en carros, en construir ruedas y calzarlas con aros de hierro. Era una de las labores que más llamaba la atención. Lo hacían al aire libre y reunían alrededor a los curiosos y desocupados que por allí merodeaban. Hacían candelas formando círculo y sobre ellas en piedras colocaban el aro.  Después, con maña y tiento, coordinación y mazos, lo encajaban en la rueda, desprendiendo abundante humo cuando le echaban agua para que, con la contracción del metal, quedara perfectamente ajustado.
La carpintería mejor dotada de maquinaria disponía de serradora y pulidora. En la primera tenían que juntarse varias personas para poder subir los troncos a la altura de la sierra. Allí les daban el primer corte. Abiertos en canal, a mí me parecía ver el corazón grabado en sus entrañas.
En la pulidora alisaban los listones. Sonaba su deslizamiento por el rodillo como un coche de carrera que pasaba y se alejaba.  En el suelo quedaban rubios rizos de virutas y serrín.
A los niños nos atraía ver desde las puertas y ventanas el trabajo de la madera, el hierro y el cuero, pero les privábamos de la luz natural y nos despachaban.
Mi tío Francisco fue carpintero, maestro de los que quedaron referencias por su buen hacer. Enseñó a otros este hermoso oficio y pueden dar fe de lo que digo.
Yo, por el parentesco, tenía acceso a la carpintería y me embelesaba contemplando sus labores, desde serrar hasta dar lija y después el encaje de las piezas y el barnizado. También cogía tablitas de deshecho y con ellas hacía construcciones que me inventaba.
No quedó ninguna carpintería. Desaparecieron, como otros tantos oficios artesanos.

Amarse en silencio

 Hay personas que no tienen reparos en expresar sus sentimientos en cualquier circunstancia. A otros, les cuesta Dios y ayuda encarnar el cariño en un abrazo en tiempos sin pandemia.
Los psicólogos denominan ‘alexitimia’ a la incapacidad para verbalizar estados afectivos. Los neurólogos han observado una anomalía en una zona cerebral que podría explicar estas conductas.
Sean cuales sean las causas, lo evidente es que hay personas efusivas que dan besos abrazos y caricias y otras que se sienten incómodas cuando los reciben y cohibidos cuando tienen que darlos.
En una entrevista que le hicieron a Fernando Alonso declaró: “Mi padre me quiere con locura, pero nunca me ha abrazado”. Y continuaba diciendo que a él le pasaba igual, que se bloqueaba en las manifestaciones afectivas, pero que el cariño que sentía era incuestionable.
Lo que relato a continuación quizás no encaje en el concepto o este ha sufrido mutación en nuevas cepas.

Ocurrió antes de la invasión de artilugios electrónicos. Una pareja sentada en la terraza de un bar. Ambos miran en direcciones opuestas, ora a los que pasean por la plaza, ora a los que están sentados en veladores próximos. De vez en cuando, al reloj de la torre, que marca el hastío. No hablan. Comen pipas. Si pasa algún conocido levantan la mano para saludar.  Después de dos horas la señora hace un gesto con la cabeza como señal de marcha y el señor dice las únicas palabras de la noche: “Vámonos, sí”.
 Son las únicas porque el camarero al llegar les preguntó que si lo de siempre y ellos asintieron moviendo la cabeza. Quizás sea un matrimonio de esos que ya se lo tienen dicho todo y es tal la compenetración que se entienden con solo mirarse. O quizás la causa de tanto silencio sea alguno de los enfados que suele acarrear la convivencia y que como las olas llegan y se van.
Este otro caso es distinto. Ya se han metido por medio terceros en discordia: los aparatos tecnológicos, que producen cortocircuitos en la comunicación. No hay que estar enfadados ni tener todo hablado.  Parejas que se sientan juntas y conversan virtualmente con ausentes, ignorándose entre ellos. Si acaso, cada cierto tiempo, ponen la mano sobre la pierna del compañero o compañera para cerciorarse de que todavía siguen allí. Se ríen ambos, pero las causas son diferentes. Vidas paralelas.
Una tarde fui testigo involuntario de la escena siguiente. Llegaron dos jóvenes de distinto sexo al parque donde yo estaba. Se sentaron enfrente de mí y encendieron sus teléfonos. Al cabo de aproximadamente media hora la mujer se levantó y se fue. El varón siguió sin quitar la vista de la pantalla. Extendió la mano para constatar la presencia de la compañera y comprobó que ya no estaba. Miró en derredor e hizo una llamada, que imagino dirigida a la ausente. Se incorporó, “fuese y no hubo nada”. 

Buenos y malos.

El pasado viernes firmaba en estas páginas de opinión un artículo Antonio Soler con el título de `Las tres Españas del 20’. En él afirmaba, basándose en un libro de Paul Preston: ‘Las tres Españas del 36’, y en un acertado razonamiento que ni entonces ni ahora han existido solo esas dos Españas.

Reducirlas es una simplificación que ignora a la moderada y sufrida, la que aguanta y padece los embates de los extremos que se ladran entre sí y azuzan el ánimo de los demás para que tomen partido por sus bandos, como si no hubiera otras alternativas. O yo o el caos. Esa polarización puede que esté en las tribunas, en las tertulias o en cierta prensa, pero la mayoría es “gente que solo desea su pan, su hembra y la fiesta en paz” y no se identifica con esa visceralidad.

Desde niños nos han dividido el mundo en dos partes antagónicas, en buenos y malos. Hasta en los evangelios Jesucristo dice que “quien no está conmigo está en mi contra”. No hay términos medios.  Rojos o azules, blancos o negros.

La historia, maestra de la vida y testigo de los tiempos, en palabras de Marco Tulio Cicerón, muestra sobrados ejemplos de ello. ¿Quiénes son los malos y quiénes los buenos?

Espartaco fue un insurrecto para los romanos y un líder grandioso para los esclavos. Igual que Viriato lo fue para los romanos y lusitanos, respectivamente. 

Los nazis alemanes consideraban terroristas a quienes los combatían desde la resistencia en los países invadidos. Eran héroes, sin embargo, para sus compatriotas.

Las guerras de la antigua Yugoslavia alumbraron líderes en cada uno de los bandos contendientes que eran aclamados por sus partidarios y vituperados por los enemigos. 

Los historiadores partidistas mojan la pluma en el tintero de sus conveniencias, ponen altavoz a las crueldades ajenas y justifican las propias.  Laurel y sordina para los camaradas y condenas para los adversarios.

En las películas del oeste nos presentan a los cowboys y pioneros como los valientes y virtuosos y a los indios como salvajes a los que hay que someter. 

Los versos de Campoamor que fían la verdad al color del cristal con que se mire tienen parentesco con el moderno concepto de posverdad, distorsión deliberada de la realidad, acomodándola a las emociones y a las opiniones personales. Expresan la quintaesencia del relativismo moral. No hay valores inmutables. La interpretación de los hechos es maleable y se acomoda a lo que deseamos o esperamos que suceda.

Sin embargo, hay un derecho universal fundamentado en la naturaleza humana que reprueba los abusos y discierne el bien del mal, aunque se desconozcan los derechos positivos de cada una de las naciones. Pero váyale usted con esas monsergas a cualquier dictador o ungido y alabado líder arropado por fanáticos que se arrogan el papel de salvar a sus conciudadanos sin que nadie se lo haya pedido.

Polvo somos

Dobles espaciados de campanas tiemblan en el aire y caen como copos negros por todos los rincones del pueblo. Un año más nos recuerdan el destino que nos espera, al que llegaron aquellos que nos precedieron y que en estos días honramos.
Pasa el alcabalero con el listado de bajas y con los recibos del tributo que pagan los vivos por los muertos. La moneda es la pena.  No admite devoluciones, solo su entrega a cambio de un poco de consuelo y la esperanza que señala al cielo. Pero nadie ha vuelto. Ni siquiera los nigromantes, arúspices y videntes saben de sus paraderos.  Los que tienen fe los ubican en paraísos que no están registrados fehacientemente por notarios ni escribanos. Hasta los papas dicen que no es lugar, sino estado.
Los que murieron permanecen en el corazón de los que quedan mientras vivan. Pero el tiempo los va alejando de los venideros hasta que se pierde su recuerdo en la neblina del pasado. Después nadie se acordará de quiénes fueron. El escritor mejicano José Emilio Pacheco lo expresa en estos versos: “Es verdad que los muertos tampoco duran. Ni siquiera la muerte permanece. Todo vuelve a ser polvo. Pero la cueva preservó su entierro. Aquí están alineados, cada uno con su ofrenda, los huesos, dueños de una historia secreta”.
Sus costumbres, los lugares que frecuentaban y las cosas que usaron dejan un reguero de evocaciones. A tal hora llegaba, a tal hora se iba, ese era su asiento…  Del abuelo, quedó en el perchero el bastón y el sombrero. En el chinero, con sus puertas de cristal labrado, el vaso en que tomaba el vino, casi a hurtadillas por las regañinas de la abuela. En la mesilla sus gafas con los brazos cruzados para siempre tras las últimas lecturas.  De la abuela permanecen en el tocador alguna horquilla, su peineta, la caja para dar color a sus pómulos cuando el último toque de campanas llamaba a la misa del domingo. El brasero recogido en la cisquera que cada mañana de invierno recebaba. La vida está ahí, contenida y condensada en esos instantes que la memoria evoca. Es difícil dominar la emoción cuando la mirada va, como dócil perro a la querencia, a los sitios por donde anduvieron sus pisadas. 
El maullido del gato tras la puerta de corral sonaba a llamada lastimosa a quien siempre le abría para echarle de comer. Un llanto que los humanos a veces no entendemos.
Cuando yo subía de niño al cementerio no conocía a casi nadie de los que allí estaban enterrados. Mi padre me señalaba los nichos de mis abuelos y algunos otros cercanos.
Hoy tengo allí familiares, amigos y conocidos con los que compartí muchos momentos de mi vida. El pueblo se va vaciando cada año y el cementerio tiene calles nuevas para los que inexorablemente les llega la hora del traslado.

 

Distancia interpersonal

Hay personas que sin darse cuenta atosigan a su interlocutor. He observado en un bar a dos individuos que se colocaron al llegar en un extremo de la barra y cuando decidieron irse estaban en la mitad de la misma.

El motivo fue que uno de ellos, sin ser consciente quizás, se aproximaba excesivamente al otro cuando le hablaba. El pobre hombre, que aguantaba el chaparrón como podía, irguió primero el tronco y echó un poco la cabeza hacia atrás, pero como el parlante caballero no cejaba en su empeño de invadir un terreno que no le correspondía y siendo consciente el paciente acompañante que la ofensiva estaba convirtiendo a su cuerpo en una especie de torre de Pisa con equilibrio inestable, de cuando en cuando, daba un pequeño paso hacia atrás para restablecer la compostura y poder tener campo para el desahogo. No lo consiguió y por si fuera poco hasta cuando iban de camino para la puerta de la calle no dejó de recibir constantes golpecitos en el brazo reclamando la atención del compañero.  

Otro caso, este referido por tercera persona, fue el de dos amigos de los cuales uno charlaba por los codos y el otro educadamente escuchaba y de vez en cuando asentía con la cabeza. Tuvo necesidad de ir al servicio este último, pero el impenitente hablador, tan entusiasmado estaba con lo que le estaba contando que lo siguió hasta la puerta del urinario sin dejar de hablarle. Por no tener suficiente confianza con él o porque era un personaje de alcurnia y reconocido abolengo, no se atrevió a cerrar la puerta por no parecer maleducado y así transcurrió su meada, con el canto del perdigón al lado, la puerta entreabierta y él asintiendo desde dentro.

 

 

 

 

Vienen estas dos anécdotas a cuento de la distancia de seguridad que los expertos recomiendan guardar para prevenir contagios. Una zona que hay que dejarle a los posibles coronavirus para que sin asideros se precipiten al vacío. Pero existen otros límites intangibles que separan predios colindantes y que nos pertenecen. Los expertos los agrupan con la denominación de ‘distancia interpersonal’ o ‘espacio personal’. Fueron Edward T. Hall y Robert Sommer los pioneros en la investigación de esta disciplina. El primero denominó proxemia al estudio científico del espacio como un medio de comunicación interpersonal y Sommer definió a este espacio como un área con límites invisibles que rodea a la persona.

El desarrollo de la psicología ha ido delimitando y concretando los distintos tipos de distancias, que van desde la íntima a la pública, pasando por la personal y social. Sobrepasar esas lindes produce incomodidad en quienes sufren la invasión.

El lenguaje corporal, tan revelador, habla por nosotros. ¿Quién no se ha sentido molesto viajando en metro o en autobús repleto?  ¿Qué tiene de especial el techo de los ascensores que cuando vamos en ellos en compañía todos lo miramos? Pues eso.

Maquila

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El dinero escaseaba para la mayoría y las tarjetas de crédito ni estaban ni se les esperaba por entonces. Los bancos prestaban con avales y garantías y los usureros con el pie en el pescuezo.

Cuando se dan estas circunstancias se recurre al trueque. Yo te doy garbanzos, tú me das huevos. Se vendían habitaciones o parte de los corrales de las casas a los vecinos linderos. Un laberinto de descuadres para preservar lo sustancial, que era comer todos los días.

Adam Smith y Keynes, liberalismo puro y regulación estatal, quedaban para proyectos de más envergadura, pero lo que apremiaba entonces era tener el pan de cada día sobre la mesa, a ser posible con alguna compañía con que engañarlo. Podía ser la chacina colgada en los doblados, el que dispusiera de ella. ¡Niño no te comas el pan solo, engáñalo con chorizo! No sé quién engañaba a quién.

La mano invisible que regula los mercados suelta algunos guantazos que van a parar siempre a las mismas caras, no a los ‘caras’, porque en el cemento armado no hacen daño.

Las escrituras de las casas se entregaban como garantía y quedaban en arcones ajenos hasta que los dueños pudieran rescatarlas pagando al prestamista, quien coleccionaba llaves de propiedades ajenas como trofeos de su negocio.

En los ultramarinos existían las listas a cuenta, a la espera de la cosecha o de los próximos jornales.  La mayoría eran saldadas, pero otras permanecieron en las libretas como ristras de ajos colgadas del techo cuando cerraron los establecimientos o cuando fallecieron los deudores. Los tenderos de nuestros pueblos prestaron una inestimable ayuda a muchas familias a las que ayudaron a atravesar el río de las penurias sin ahogarse en sus aguas turbulentas.

Los que tenían maquila se aviaban. Entregaban el trigo y les daban los vales del pan para adquirirlo durante el año o hasta que alcanzaran. Eran de cartón con forma rectangular y distinto valor que marcaban números y colores: de uno, de dos, de cinco…. En una caja aguardaban en hilera la llegada del panadero cada mañana. Dinero blanco de harina, rubio de soles y sufrido y honrado de sudores.

En la almazara recogían las aceitunas para molturarlas. Otra forma de maquila. El aceite se guardaba en una tina metálica. En la abertura, colgada de un alambre hacia el interior, la vasija con la que se llenaba el aceitero.  En el fondo quedaba la borra porque el refino era rudimentario. La piedra con forma de cono prensaba y los capachos de esparto filtraban.

Nuestros mayores valoraban los alimentos que se ponían sobre la mesa. Venían de atravesar un negro túnel. Al servirnos decían que lo que se echaba en el plato había que apurarlo porque, aunque algunos pudieran, era una ofensa despreciarla cuando otros no tenían qué comer.  Si le hacíamos remilgos murmuraban en voz baja: ¡Qué sabréis vosotros lo que es la vida!

Publicidad

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Los medios por los que llegaba la publicidad a los hogares eran fundamentalmente la radio y los periódicos. En la calle, carteles anunciando circos y teatros y en una pared cercana al salón del cine, las carteleras. Los del régimen, en lugares destacados con vivas, arribas y saludo romano. El más duradero, sin embargo, ha sido el que sin ser ley fundamental ni principio inmutable perdura como reliquia en algunos pueblos dibujado en azulejos con jinete montado en un caballo negro sobre fondo amarillo y letras blancas. ‘Abonad con Nitrato de Chile’.

La radio no necesitaba el soporte gráfico para llegar a todos, penetraba sin peajes por las orejas y cada uno elaboraba sus propias conclusiones.

Se pusieron de moda cancioncillas y mensajes que calaban fácilmente en los oyentes. ¿Quiénes de los de entonces no escucharon aquello del desayuno y merienda ideal que tomaban los futbolistas, ciclistas, nadadores y boxeadores? ¿O lo del analgésico sin el que no se iba a ninguna parte sin llevarlo en el bolsillo?

Por el sur de Extremadura sintonizábamos Radio Sevilla. Nombres míticos que de oírlos a diario quedaron en la memoria de los oyentes: Rafael Santisteban, natural de Badajoz, Marisa Carrillo, Manolo Bará, Juan Bustos, Juan Tribuna…

 

 

 

 

 

Llegó la televisión y con ella la revolución publicitaria. Había una sola cadena. Abría la emisión al mediodía y cerraba por la noche con música apacible y plática religiosa. Se llamaba este espacio ‘El alma se serena’. Después sonaba el himno nacional con imágenes de la bandera ondeando sobre la foto del jefe del Estado, y a la cama porque los mosquitos se apoderaban de la pantalla con hervidero de zumbidos. Los más pequeños de la casa habían desfilado mucho antes hacia el dormitorio a regañadientes invitados por la familia Telerín: “Vamos a la cama que hay que descansar, para que mañana podamos madrugar”.

 

Los detergentes emprendieron una carrera a codazos hacia la esencia de la blancura. Si ese lavaba blanco, el otro lo hacía más blanco todavía y el último que salía lo hacía con una blancura que ya no se podía superar.

Las campañas institucionales encontraron amplia resonancia para para su divulgación. Si había que promocionar un producto porque existía un exceso de producción esa campaña se invitaba al consumo masivo: ‘Yo sí como patatas’. Era también un medio para concienciar a los ciudadanos: ‘Mantenga limpia España’. ‘Aunque usted pueda pagarlo, España no puede’. ‘Piense en los demás’. ‘Contamos contigo’…

Los anuncios de brandis proliferaban. Uno era cosa de hombres- que se atrevan ahora, verán la que se les viene encima-. Otro, el coñac que estaba como nunca y que mejor sabía. Y el de la modelo de cabello rubio al viento y ligera de equipaje montada sobre un caballo blanco, galopando por una playa desierta mientras el varón apuraba lentamente la copa. Una excepción sensual que se coló en la estricta disciplina censora de la época.

 

 

 

Ojos verdes

La plaza de San Juan de Badajoz y las confluyentes tenían a principios de los años setenta una destacada actividad comercial todavía. No habían llegado los hipermercados ni las grandes superficies a las afueras. Además, la ciudad empezaba a deslizarse hacia el poniente, siguiendo quizás la luz de los bellos atardeceres reflejados sobre el Guadiana.

Los compañeros con los que yo me codeaba solíamos tomar las copas de los fines de semana y fiestas de guardar en dos bares que estaban uno frente a otro en la calle santo Domingo: ‘El del Jamón’ y ‘El Escorial’. Perdíamos poco tiempo en los traslados. También visitábamos alguna noche de ‘cordeleo’ otros lugares de reconocida reputación estudiantil, como los de la calle Zurbarán, que estaba bien surtida de establecimientos.  Nada de cubatas, las economías no estaban para dispendios. Cerveza y vino. Algunos días bajábamos por la calle Vasco Núñez hasta la casa del ‘Nene’, a tomar su vino edulcorado y sus peces del río, que guardaba en una olla y servía, si no los mercabas recién fritos, a temperatura ambiente, o sea, fríos. Otros mediodías de sábados íbamos a un bar tipo bodega, con conos y tabernero de papada y venillas rojas en los mofletes, cerca de Puerta de Palmas, a degustar unas morcillas que llamaban mondongas y nos sabían a gloria bendita.

Otras tardes visitábamos por la novelería y por ver a las dependientas guapas el recién inaugurado centro comercial de ‘Simago’, en la plaza de San Francisco.

En él trabajaba, en la sección de dulcería, Marisol. Yo iba por allí siquiera fuera por recibir la brisa fugaz de su mirada. Desde los balcones de sus ojos podías contemplar las aguas del Caribe. Te perdías en la profundidad del horizonte verde y traslúcido. Tenía una sonrisa lindera con la melancolía que a mí me atraía como al perdigón el canto de la perdiz en mayo. Bien entendido que mis observaciones las hacía guardando las distancias, casi sin que ella se diera cuenta, aunque dicen que una mujer sabe cuándo la estás mirando, a pesar de que no te vea. Yo aprovechaba cuando atendía a otros clientes porque cuando me atendía a mí el rubor me hacía zozobrar y naufragaba. Lo máximo que conseguí fue alguna hartera de dulzainas porque esa atracción no pasó del zaguán de la casa de Platón.

Eran también años de cine. Lo considerábamos una buena alternativa para pasar la tarde de los sábados y domingos. Recuerdo ahora a bote pronto el ‘López de Ayala’, ‘Menacho’, ‘Conquistadores, ‘Avenida’ y la sala de arte y ensayo, ‘Pacense’. Allí vi la película Darling, dirigida por John Schlesinger y protagonizada por la bella Julie Christie, la inolvidable Lara de Doctor Zhivago.  Otros ojos como los de Marisol. Pero esos estaban pantalla por medio y así podía recrearme en cada detalle sin sentirme cohibido con la mirada penetrante de la protagonista y sin naufragios ruborosos.

Paranoicos

Hay enfermedades de las que no son conscientes
aquellos que las sufren.
Las mentales son casos evidentes.
Creer sin fundamento
que siempre hablan de ellos
es un claro síntoma del mal que les aqueja.
Piensan que los persiguen,
que cualquier cosa que otros dicen
van hacia ellos dirigidas.
Problemas de la mente
que en sus profundidades más oscuras
crean realidades paralelas
que solo están en sus cabezas.