La trastienda

Mi tío José tenía un comercio donde se vendía de casi todo. Desde cal viva y azufre de intenso color amarillo hasta castañas pilongas en sacos de yute. Desde botes de colonia con un pulverizador en forma de pera hasta puntas y alcayatas. Un lema de experto comerciante. Nunca digas al cliente que no tienes el artículo que solicita. Está pedido.

El mostrador era la columna vertebral de los intercambios, donde se enseñaban los artículos y se despachaban. Por un extremo disponía de una parte levadiza para entrar y salir.  En el otro, que hacía recodo, estaba la balanza numerada y debajo el saco del azúcar donde yo acudía como pajarillo a las espigas. Unas veces le pedía un terrón y otras, en un descuido, lo tomaba yo por mi cuenta.

Pero las mercancías principales eran las telas, las que venían en piezas y se vendían por metros. Estaban en la estantería frontal ordenadas por calidades y colores. Pana, muselina, terciopelo, seda, raso… Una muy solicitada era el ‘lencete’ moreno.

Las mujeres pasaban las manos sobre ellas y acercaban la vista para cerciorarse de sus cualidades. El metro era el instrumento de medida, aunque todavía algunas de las personas mayores pedían por varas. En el mostrador estaban marcadas las ranuras que fijaban su extensión. Resultaba más cómodo.  Antes de separar el total de la compra le añadía dos dedos de demasía para que fuera bien despachada. Las tijeras abiertas en ángulo pasaban a contrahílo de un extremo a otro.

La fachada del comercio era el escaparate. Allí colocaba los artículos, según la temporada. A comienzos de verano, los sombreros de paja, los bieldos, rastrillos, cribas y palas. Cuando llegaban las lluvias, los capotes negros impermeabilizados con brea o alquitrán.

Con ellos por los hombros, veía yo pasar a los agricultores de regreso a sus casas, montados a mujeriega sobre las bestias en las tardes de lluvia.

Las mujeres, piedra angular de las casas en una economía en la que no se desperdiciaba nada, confeccionaban los trajes y echaban remiendos y zurcidos a la ropa de faena de sus maridos, hasta que quedaban más parches que tela original con tonalidades variadas del color de la tierra.

En la trastienda del comercio no estaba el erótico felpudo del primer desnudo integral del cine español. Era el   habitáculo anexo, como la rebotica en las farmacias. Lugar reservado al que solo tenían acceso los de más confianza. Allí se guardaban los libros de contabilidad y las facturas y se platicaba en voz baja.

La comparo con el sitio en el que se cocinan las encuestas para que salga el resultado que más conviene a quienes las encargan y mostrarlas después con leve reverencia. También con el archivero donde se guardan papeles, hurtados al conocimiento de los ciudadanos a los que se les considera inmaduros y toman por tontos, incapaces de comprender las turbias razones de los estados.

Derechos humanos

 

Día Internacional de los Derecho Humanos

Hoy, veinte de febrero, se celebra el Día Mundial de la Justicia Social. Su finalidad es concienciar sobre la equidad, la igualdad y los derechos humanos. La declaración de estos derechos fue promulgada por la ONU, institución venida a menos por la irrefrenable paranoia de algunos de sus miembros, y recoge en treinta artículos los civiles y políticos, como el derecho a la vida y la prohibición de la esclavitud y la tortura. Los económicos, sociales y culturales, entre los que se encuentran el derecho al trabajo, a la educación y a la salud. Son, por naturaleza, universales, inalienables, indivisibles e interdependientes. Total, casi nada. Son suficientes para sentar las bases sólidas de cualquier constitución que se precie.

Por defenderlos hay quienes han sido encarcelados, torturados y asesinados. En nombre de unas patrias se arrasan a otras patrias y en defensa de unas ideas se ataca a quienes piensan diferente.  Hay donde elegir la forma más mortífera de hacerlo. Escojan los estados y sus cloacas entre el variado surtido que ofrece el mercado para satisfacer las peticiones más exigentes. Drones, bombas de racimos, misiles, ojivas nucleares, infusiones de plutonio… Hasta alguna rana puede prestar servicios inestimables y discretos. Muestran la fuerza de sus razones en imponentes desfiles de alineados soldados. Tanques, camiones y cazabombarderos dotados de  los más modernos misiles nucleares constituyen la fuerza de sus razones ante la complacida y altanera mirada de los gobernantes de turno y su cohorte protectora, elevados a semidioses por la propaganda y el miedo que provocan.

Con el pretexto de la seguridad nacional se califica de traidores a quienes sólo son adversarios que se oponen a la barbarie de los que detentan el poder y se cuelgan medallas en las pecheras de los que son brazos ejecutores de sus atrocidades.

Han convertido los principios éticos en una interminable procesión de hipocresías donde lucen más los que llevan los varales y la compostura trajeada que la autenticidad de lo que se predica.

¿Son rojos o azules los derechos? ¿Diestros o zurdos?  ¿Grises, opacos o tintados?  Aunque algunos estados han llevado a sus constituciones estos principios, llegado el caso, saltan sobre ellos como banderillero la barrera de la plaza, perseguido por el toro o limpiamente los eluden como un saltador de pértiga el listón. Al fin y al cabo, el papel es muy sufrido y no se queja.   

Al rey absolutista Luis XIV de Francia (el Rey Sol) se le atribuye la frase “El Estado soy yo”. La soberanía, el poder y la justicia emanaban de su persona. Hoy no hay soles para tantos gerifaltes.

Nuestro planeta se está convirtiendo en lo que dice la letra del tango Cambalache: “Que el mundo fue y será una porquería ya lo sé… vivimos revolcaos en un merengue y en un mismo lodo todos manoseaos… Hoy resulta que es lo mismo ser derecho que traidor, ignorante, sabio, chorro, generoso, estafador…”

 

Bares y escuelas

 

Me contaba hace unos días el alcalde de Casas de Reina, Fernando Gallego, que el bar del Hogar del Pensionista de su pueblo había cerrado y que estaban a la espera de una nueva licitación para adjudicarlo.  Era el único que permanecía abierto, con lo que el pueblo se quedaba sin un local donde reunirse y echar un rato de charla, tomar unas copas o jugar una partida con los amigos.

Es un hecho que viene sucediendo estos últimos años en las localidades pequeñas. Haciendo números, no es rentable mantenerlo todo el año para tan pocos clientes. Apunta como una posible solución que se rebaje la cuota a los autónomos, pues no es comparable un negocio aquí que otro en una ciudad.

 La Junta de Extremadura, en un intento de frenar la despoblación, ha puesto en marcha el programa ‘Yo Repueblo’, en una de cuyas líneas de actuación se contempla la posibilidad de solicitar ayudas para cubrir los gastos ordinarios en entidades de menos de trescientos vecinos. Un fogonazo temporal que después se apaga, mientras sigan igual las circunstancias socio económicas. 

Me refería también que la escuela está cerrada y que los alumnos tienen que asistir al CRA (Centro Rural Agrupado) de Fuente del Arco, donde oficialmente les corresponde, aunque algunos padres los llevan a Llerena por sus propios medios.

Es triste un pueblo sin colegio. Los niños y niñas son la savia   que los renueva. Alegran las calles con sus idas y venidas. La escuela es el corazón que los impulsa.  Sus juegos y sus voces a la hora del recreo son la señal de que el pueblo sigue vivo y su corazón latiendo.

Estos cierres son el preludio de una muerte anunciada. Si no se le pone remedio, los pueblos pequeños desaparecerán. Para que las personas se establezcan en ellos tienen que vislumbrar un futuro que los atraiga. Y eso lo da tener un trabajo del que vivir.   El problema, como siempre, tiene raíces económicas.  Si no existen las necesarias, las demás solo son parches. Pan para hoy y hambre para mañana.

Casas de Reina, con sus doscientos siete habitantes, aparte de tener en su término el emblemático teatro romano, donde cada año se celebra el Festival de Regina, que ya va por su vigésima primera edición, tiene personas emprendedoras, que crean riqueza y le dan fama y lustre en actividades como la cárnica, restauración y carpintería, gestionadas por excelentes profesionales. Hay que crear condiciones para atraer y que no se vayan los que están. Una de estas empresas de embutidos y jamones ha conseguido con esfuerzo y dedicación crecer y crear puestos de trabajo.  Quieren ampliar su actividad y renovar sus instalaciones y maquinaria, intención no exenta de dificultades y trámites administrativos, que, por aquí, en este rincón de la Campiña Sur, sin tejido industrial variado, no es fácil. Pero merece la pena intentarlo. Mucho ánimo.

Guerras

Desde que el ser humano habita este planeta no han faltado los enfrentamientos y las guerras en algún lugar de su geografía y en cualquier tiempo de su historia.  Unas son más conocidas por su inmediatez o porque las aprendimos en las escuelas y en los institutos. Otras permanecen en segundo plano, antes y ahora, en la penumbra, pero son y fueron igual de mortíferas y causantes de desgracias. Héroes o villanos, según quien lo cuente.  Coronas de laurel y monolitos. O el olvido.

Cada bando contendiente resalta las que más le favorecen. Crean sus héroes y sus mitos. Relatadas en libros y dibujadas en comics, como aquella famosa serie de HAZAÑAS BÉLICAS.

En las dos últimas guerras mundiales el número de víctimas civiles y militares produce espanto. En la primera superó los veinte millones y en la segunda los ochenta. Hay que añadir lo que llaman daños colaterales:  los sufrimientos de las familias de los muertos, el hambre, la orfandad, la miseria… Existen también las no declaradas como contiendas, las que utiliza el variado muestrario de las dictaduras para mantener a raya a los opositores o liquidarlos.

La historia del mundo está cosida con hilos de batallas y escrita con sangre de inocentes, sin que falten en el repertorio las más crueles: las civiles.

Se levantaron imperios sobre millones de cadáveres y sobre otros tantos se derrumbaron.

 

En la mayoría de las guerras surge un caudillo, un enviado por los dioses o el destino. Salvadores a quienes nadie les pide ayuda. Iluminados que arrastran a los pueblos al desastre con una mixtura de populismo, ondeo de banderas, supremacía étnica y aderezos religiosos o ideológicos que prenden en las masas, más proclives a emociones que al raciocinio. De trasfondo siempre, las ansias de poder y las riquezas.

Hay que distinguir entre quienes atacan y quienes se defienden, entre invasores e invadidos. Entre los que ponen yugos y quienes intentan liberarse de ellos.  Nadie tiene por qué ofrecer la otra mejilla ni ser un Mahatma Gandhi a ultranza.   Defenderse es obligado y digno.  Pero si no hubiera quien agrede nadie necesitaría defenderse.

En esa dinámica anda la humanidad desde la quijada a los misiles supersónicos.

Quienes justifican esta interminable beligerancia lo hacen con un sibilino razonamiento.  Sostienen que la industria que generan las conflagraciones son fuente de trabajo y de progreso. Destruir y comenzar de cero sobre las cenizas de los muertos.

Y sin embargo hay muchas personas que hacen avanzar al mundo con sus trabajos e investigaciones. Gente que lucha por un progreso y bienestar sin tener que eliminar a nadie.

Mas la fuerza bruta no ceja en su empeño destructivo.  Va de las armas a las treguas para ir preparando la siguiente embestida.  Guerra que va, guerra que viene, como el mar de la playa a las arenas, en imagen de Miguel Hernández. Malditas guerras, malditos quienes las provocan.

Progresistas

 

Si en una encuesta nos preguntaran si somos partidarios del progreso, una gran mayoría de los encuestados respondería que sí. Siempre hay que dejar un margen para los que piensan que se vivía mejor en las cavernas.

El problema está a nivel lingüístico porque el adjetivo que califica a los que así piensan ha sufrido desviaciones semánticas que generan controversias.  

Cuando nombramos a las cosas las dotamos de identidad. Las trasladamos de las difusas tinieblas de lo inconcreto a lo preciso de la luz. Es una manera de organizar las ideas, conceptos, emociones, modas y actividades que van surgiendo.  Gabriel García Márquez, en Cien años de soledad escribe: “El mundo era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo”.  Asignarles nombres es un acto de creación.

Una vez creadas, las circunstancias sociales y culturales las van perfilando y a veces cargándolas de matices que modifican su significado original e incluso vaciándolas de los mismos.

La lengua evoluciona. Unos vocablos dejan de usarse y otros aparecen para designar nuevas realidades. Con préstamos de otros idiomas y términos de elaboración propia estructuramos la realidad y enriquecemos nuestro idioma.

El uso abusivo de ciertas palabras lleva a debilitarlas, a que pierdan lozanía y expresividad. El adjetivo genial ha pasado de la excelencia a algo parecido a no está mal o a ser un latiguillo para salir del paso de los cumplidos.

 

 

 

 

 

 

Otro tanto sucede con sublime. Tanto y en tan variadas situaciones se utiliza que ha perdido brillo y eminencia, bajando peldaños en el escalafón hasta situarse cerca de lo ordinario.

Si a los juristas se les clasifica de progresistas y conservadores, se deteriora el neutral fin que debe presidir la impartición de la justicia, como cuando a la democracia se le añaden apellidos, que en lugar realzar degradan.

Con el sufijo -ista, unido a raíces, nombramos oficios y profesiones: pianista, futbolista, dentista…

También designamos a los seguidores o simpatizantes de una ideología, creencia o sistema político: comunista, fascista, centrista…

Calificamos las características personales o estados de ánimo: optimista, pesimista, derrotista…

El término progreso y su familia semántica tienen en común el sentido de ir hacia adelante, en oposición a retroceso o estancamiento. Pero a un miembro de tan liberal linaje, a progresista, lo ha deteriorado la contaminación política con unos matices peyorativos donde caben la ironía, el desdén, la burla, el insulto o el desprecio de los que defienden ideologías más conservadoras y tradicionales.

Quizás la culpa la tienen quienes, alardeando de defender el progreso, no han estado a la altura de las exigencias éticas y morales que ello lleva consigo.

El descrédito de algunas palabras en ocasiones refleja el de las personas o instituciones que tienen obligación de darles lustre. O el de quienes, a falta de argumentos más consistentes, utilizan la lengua para debilitar al adversario e intentar transformar la realidad a conveniencia.

Navidades

Era entonces la Navidad un portal de Belén con luces de colores. Rojo de celofán, el fuego; de plata, los arroyos y la estrella anunciadora. Nuestros padres eran salvaguarda de inclemencias y contrariedades.  La cena de Nochebuena, sin langostinos, pero con apetitosas comidas elaboradas con esmero y cariño. Copa de anís y algunos mantecados, como remate al pollo de corral, al escabeche o arroz con bacalao. Villancicos por las calles de aquellos campanilleros que no volvieron. Las calvas de pastores, mayorales, aperadores y labriegos, protegidas del sol en sus tareas campestres, brillaban desnudas en la misa del gallo y contrastaban con sus rosadas mejillas ante la mirada divertida de los niños que estaban en el coro.  La nochevieja aún no había alcanzado la madurez de los trasnoches y San Silvestre pasaba de puntillas sobre la blanca escarcha de los tejados. El tránsito entre años era un plácido sueño de estrellas en lo alto.  Los Reyes Magos entraban con sus pajes y camellos por balcones y ventanas cuando ya estábamos acostados. La fantasía entonces no preguntaba por los trucos ni respondía a razonamientos. A la mañana siguiente la ilusión se desbordaba por las calles del pueblo con la primera luz del alba. Pelotas, muñecas, casitas en miniatura y juegos de mesa componían la carga fundamental de sus alforjas.

Fue después la Navidad una casa deshabitada, decorada para estas fechas con guirnaldas, un tocadiscos y una débil luz bajo cuya penumbra bailábamos ascendiendo por los peldaños del deseo.  Siempre hubo alguien con vocación de pinchadiscos cuando no había cinturas donde poner las manos.  Unas tardes de paseo por los verdes prados del ejido a la busca de un cruce de miradas que mantuviera encendida las ascuas del amor primero. Serenatas a la luz de la luna y una carrera a la huida al oír abrirse los cerrojos. La primera borrachera buscando evasión y alimentando quimeras desembocaba en el vacío y la resaca. Los primeros pinchazos de las espinas de la rosa, tan bella, y el derrumbe de idealizados baluartes. En una máquina de discos del bar sonaban canciones de los Módulos y los Bravos.

Ahora, en las Navidades de estos años en que estamos rebasando los últimos recodos del camino, acude el recuerdo de los que ya no están. El portal es un árbol con luces parpadeantes y la cena se hace en una mesa donde los comensales tienen a mano un teléfono que recibe mensajes. En las plazas y calles lucen las bombillas que conducen al imperio del consumo. Hay competencia entre ediles por llenar las ciudades con luces de leds y abetos artificiales. El escenario de este gran teatro luminoso donde los actores nos deseamos rutinariamente unas felices fiestas y próspero año nuevo. Al final, cuando se apaguen las luces, vendrá el brusco descenso a las entrañas frías de enero y volveremos a ver lo que no hemos visto con ellas encendidas.

Dudas y preguntas

Es tan fugaz la luz en estos días
que del alba al ocaso su lucero
apenas echa un sueño pasajero
en el blanco cristal de las umbrías.

De los astros sin fin las armonías
indudable señal de vida espero,
y a lo desconocido le requiero
claridad a mis dudas y porfías.

Cadencia de equinoccios y solsticios
en perpetuos retornos que no cesan
de aumentar sin certeza los indicios,

preguntas sin respuestas que regresan
al origen de todos los inicios,
sin hallar comprensión a lo que expresan.

¡Ay de los vencidos!

Existen sentimientos y conductas que son atemporales, inherentes a la condición humana.  El amor, el odio, los celos, la ira, la envidia, la ambición… vuelven en cada época histórica, como las olas del mar a las orillas, con formas y modos diferentes, pero con la misma índole.

El jefe galo, Breno, en el siglo IV antes de Cristo, accedió a retirarse de la ciudad de Roma tras un pacto con los romanos, los cuales debían pagar una determinada cantidad de oro por la retirada.  Estos protestaron al comprobar que Breno había puesto su espada en el platillo de las pesas, con lo cual tendrían que aportar más cantidad del metal dorado.  Ante las quejas, respondió con una frase lapidaria: «Vae Victis». ¡Ay de los vencidos! O lo que es lo mismo, yo soy el vencedor y pongo las condiciones.  O lo tomáis o lo dejáis.

La caída en desgracia de los que un día gozaron del poder y la gloria en cualquier actividad social es un tema del que tratan muchas obras literarias, clásicas y modernas.

A nivel popular existe una canción que describe claramente lo que va del éxito al fracaso: “Cuando yo tuve dinero me rondabas los umbrales, ahora paso y no me miras porque no tengo dos reales”.

Quienes utilizan la política en su propio beneficio se aprovechan de ella. Algunos, no todos, son repudiados por meter la mano o la pata. Los mismos que les aplaudían y les reían las gracias manifiestan que no los conocen, les niegan el saludo o se mudan de acera cuando los ven venir. De palmotear efusivamente sus espaldas con abrazos de los que levantan el polvo de las chaquetas, a esquivarlos.

Dos frases compendian lo que refiero pronunciadas en casos recientes, sin señalar porque está feo. Pero usted, amable lector, puede identificar fácilmente a sus protagonistas.   “En el aspecto personal es un gran desconocido para mí”. Y la otra, en el otro bando: “Ese señor del que usted me habla”.

Hasta las pulgas huyen de los zorros cuando mueren.

Cicerón decía que la historia es maestra de la vida porque de ella se aprende. Y bien que aprendieron los espabilados que previendo que tarde o temprano tendrán que abandonar sus cargos, aplican a su proceder lo que cuenta el evangelio que hizo un mayordomo que iba a ser despedido por no administrar honestamente los bienes de su dueño. Llamó a los deudores y les rebajó las cantidades que le debían. Con ello se granjeó amigos para su inmediato futuro. La astucia previsora. ¿No hacen eso cierta clase de personajes para asegurarse un futuro acomodo bien remunerado?

De los vencidos con honra, gloria a Justino Nassau al que Ambrosio Espínola dignificó y Velázquez inmortalizó en la rendición de Breda. No son iguales todas las caídas. De los que lo son por robo, fraude o negligencia, que la justicia los juzgue y la Macarena los ampare.

Docentes

Ayer se celebró el día del maestro, festividad que acoge también a los docentes de las enseñanzas medias. Una fecha para reconocer la labor de quienes se dedican a dotarnos de las herramientas necesarias con las que descubrir el bagaje cultural que la humanidad ha acumulado y ponernos en el camino para conseguir nuevas metas.

Lejanas vivencias de niño afloran desde las capas más profundas de la memoria, como vaho de la tierra en estos días de sementera cuando el arado profundiza y la remueve. Guarda todavía en su interior el calor de la infancia cuando, asombrados, empezábamos a descubrir el mundo.

En el puño, vellón rosado, el lápiz fuertemente asido. La lengua, como pez entre labios, acompañaba los trazos de mis manos. ¡Mis primeras letras abriendo caminos en la vieja escuela! Llegaban a los renglones de la libreta los latidos del corazón a través de mis manos.

¡Quién pudiera estrenar zapatos nuevos y jugar con la pelota verde del gorila que nos daban de regalo con su compra! Colocar las carteras en hilera para guardar el orden de llegada y al escuchar la voz: ¡viene el maestro! ir hasta él y darle los buenos días. Mojar en el tintero del pupitre para escribir la fecha con plumilla, cuidadosamente y con esmero de artesano. Repetir la muestra trazada en la pizarra por el maestro en una carilla del cuaderno de caligrafía.

Mi madre preparaba el café de puchero, hecho en el anafre con carbón. Migaba las tostadas y ponía sobre ellas la nata en un tazón de porcelana. Con legañas y los ojos aún hinchados, el aseo en la palangana al lado del brasero. En los tejados, la helada y el humo de las chimeneas… Con mi cartera de cuero me iba a la escuela, no sin antes tirarle piedras a los carámbanos que se habían formado en el arroyo. El sol, en estos días de finales de otoño, débil, dorado y esquivo, levantaba la bruma en la cañada donde jugábamos al fútbol por la tarde.

Pupitres con tinteros… olor a goma de borrar… El maestro, pronunciando los dictados. Nuestros dibujos con los dedos en los cristales empañados de las ventanas…

 

Eran los tiempos de la dictadura, pero, aparte de las consignas escritas en el encerado, del izado de banderas y de las fotografías de Franco y José Antonio en la pared, los maestros nos enseñaban normas de buen comportamiento, sin necesidad de que estuvieran recogidas en ninguna asignatura específica.  Unos valores universales que fueron calando en nuestras vidas. Disciplina en los horarios, orden y limpieza en la presentación de los trabajos, respeto a los mayores, tolerancia hacia los fallos ajenos, compañerismo…

La memoria lima aristas y deforma los recuerdos, pero cuánto ha cambiado la sociedad para que las administraciones públicas tengan que intervenir con el fin de reforzar la autoridad de los docentes ante las presiones que sufren. Mal camino llevamos.

Va de huevos

Siempre ha habido clases. También en las aves.  De corrales, de campo abierto y en cárceles de alambre. De sus huevos tienen mejor venta los camperos que, al menos en las etiquetas, evocan a la naturaleza y en su interior lucen naranja.

Si los cerdos salvaron tantas vidas como la penicilina, no le van a la zaga las aves de corral.

Entre los recuerdos de la infancia de los que vivimos en los pueblos, los que con más viveza permanecen en nuestra memoria son los patios y corrales, los ejidos, las eras y por allí rondando, gallos y gallinas. Comen a pico y pata, no por condena, sino por tendencia natural de subsistencia.

Les ha llegado la hora del censo y protección. El peligro viene de arriba, esa zona que ellas miran girando la cabeza hacia un lado, de otras aves que vuelan y bajan en busca de agua y alimento.  Eso dicen los que saben. Como no es cuestión de ponerles mascarillas a cada una, se les confina en interiores o al menos protegiéndolas con redes pajareras para evitar que otras congéneres accedan a los bebederos y comida. ¿Saldrán comisionistas nuevos?

De paso, los controladores se meten un poco más en nuestras vidas. Pronto nos sacarán la cera de los oídos y tendremos que pagar por la plusvalía de hacerla velas.

Además de huevos y carne para el arroz de los domingos, aportaron riqueza a nuestro vocabulario. Sus dormitorios sobre palos bautizan a las localidades más altas y baratas de cines y teatros. A la gallina se le colgó la etiqueta de la cobardía por su tendencia a guardar distancias, a huir y evitar confrontaciones. El gallo, por el contrario, es altivo y pendenciero, defensor de sus dominios. Hasta le dio nombre a una saga de toreros. El caldo de la gallina es sustento reconstituyente y fue marca de clase de tabaco. La emoción y el miedo se reflejan en nuestros cuerpos poniéndonos la carne como a ellas. Y si las circunstancias vienen mal dadas puede salir uno como el gallo de Morón, sin plumas y cacareando.

Sus plumajes son variados. Van del blanco al negro, pasando por anaranjados y jabados.

La cresta del gallo, más roja y erguida, la de la gallina, más descolorida, caída hacia el lado como gorrilla de jornalero.

El amanecer y el anochecer están muy vinculados a la asignación de cualidades que les asignamos.  Los gallos por ser pregoneros del alba y las gallinas por acostarse temprano. Parece como si las últimas estrellas de la alborada fueran granos de trigo que ellos se comen. A Venus lo dejan para el postre. Un chupito de luz.

El precio del producto estrella de estas gallináceas corraleras ha subido de los nidales a las estanterías con un vuelo más veloz y potente que el de sus ponedoras. Consecuencias de la oferta y la demanda. La cosa tiene huevos.