¡Despierta, muchacho!
Fotografía de Francisco Catalán Roca (Hecha en Sevilla en 1959)
Mujer primorosa
que luce garbosa
su talle al andar.
Requiebro de fuego
que lanza el mozuelo
al verla pasar.
Su mente la mece
en cama de encaje
de virgen vestal.
“Mocita, te llevo,
de ardiente plumaje,
conmigo en el vuelo
de noche nupcial”.
Estrambote:
Despierta, chaval,
desciende hasta el suelo
y busca consuelo
en manos de Onán.
Mayo.
Flor de espigas
al albur de los solanos.
Bacanal campestre
en honra de patrón gañán,
justo en el parteluz de la vertiente.
Amapola en la falda de la siembra,
mecida en olas verdes.
Orla de flores al símbolo eterno de la muerte,
duelo inacabado y recurrente.
A la virgen, infantiles voces
de ingenuos corazones
en la capilla a coro del colegio
donde llegaba el olor a azahar
del patio de los naranjos.
Céfiros en tu pañuelo al cuello,
mariposa impaciente y perfumada,
acariciando tu encendida cara.
La rosa en tu pelo y mi beso en tu frente.
Las abuelas.
Hasta cinco veces buscaba el hilo el angosto camino del enhebro guiado por las manos temblorosas de la vieja. Los niños- ¡qué ignorancia!- nos reíamos de ella cada vez que fallaba un nuevo intento. Entre conversaciones y silencios nuestras abuelas cosían e hilaban en las horas vencidas de la tarde tras el duro bregar de otras faenas.
Trabajar bajo un yugo de rutinas que solo alguna vez hallaba alivio contemplando detrás de los visillos el diario transcurrir de otros vecinos. Si en alguna ocasión salían del pueblo era debido a alguna enfermedad. El mar quedaba tan lejos que pocas se mojaron los pies en sus orillas. Sobre sus recios y sufridos hombros se apoyó el bienestar del que gozamos. Entre velos, mantones y cobijos se les fue la juventud de la manos rezando por las almas de los muertos.
El lenguaje del cuerpo.
Hay algo tras la piel de su sonrisa
que oculta una congoja camuflada
por una bien cuidada compostura.
Los ojos no enmascaran la tristeza
ni deshacen los posos de amargura.
Se intuye que su cuerpo disimula
lo que tiene escondido en su cabeza.
Peregrina muy lejos su mirada
y se traba en la zarza dolorida
donde rumia la herida que le apena.
Por momentos regresa sorprendida
a afirmar o negar con la cabeza
en la charla que apenas le interesa.
No revela la boca con palabras
lo que expresa su cuerpo con certeza.
Día del libro.
Con este libro aprendí que la música no se escribe sólo en pentagramas y que los sentimientos pueden guardarse eternamente convertidos en palabras.
Que se puede llorar escuchando recitar los poemas que contienen sus páginas.
Que las princesas también se ponen tristes, aunque se sienten en sillas de oro, que los claros clarines de los desfiles pueden oírse desde la distancia y sentir los cascos de los caballos que hieren la tierra con rítmico compás. Conocí al Piyayo, que la gente tomaba a chufla y a mí me causó un respeto imponente, repartiendo a sus nietecillos pan y pescao frito. Imaginé una España orgullosa y soberbia, libre de extraño yugo. Supe que Dios hace milagros en los caminos del campo con el solo acompañamiento del cantar de los grillos y las ranas, que a los olmos secos le salen hojas verdes, que las mozas casaderas no deben estar en las eras si no está el sol en el cielo, que puede morir la voluntad una noche de luna en que es muy hermoso no sentir ni querer. Sentí como propia la dignidad de los pobres cuando sólo les queda la cama con las sábanas aún calientes de la esposa muerta. Creí en Dios como testigo y lo vi jurar bajando un brazo de la cruz… Supe después que en este libro no estaban todos los buenos poetas que debían estar y que algunos de los estaban no eran los mejores, pero ya forma parte de mis primeras vivencias con la poesía y lo recuerdo como la referencia de mis mayores cuando los medios de difusión eran escasos y los libros eran tesoros de sentimientos.
Hinojos, altramuces,”tostaos”, duces, tebeos…
Venía una mujer andando de Berlanga con un cesto de mimbre lleno de hinojos recién lavados en la fuente del lugar. Los vendía por manojos, a perra gorda. ¡Pobre mujer, con zapatillas empolvadas y traje negro desleído por el sol, cargando sobre la cabeza el cesto! En la plazuela se sentaba sobre la piedra que protegía la esquina de Daniel.
Alonsito vendía altramuces (chochos) de casa en casa. Su familia los endulzaba en la parte del arroyo primero conocida como la charca de tía Espina, cerca de la cantera. Los dejaban allí en la corriente del agua durante unos días metidos en un cesto de mimbre tapándole la boca con un saco.
Dionisio cambiaba garbanzos “tostaos” por crudos, yendo también por las calles con su cesta de pita voceando el producto. Acudíamos los muchachos con un tazón o un vaso colmado de garbanzos y nos lo daba con los “tostaos”, quitándole el colmo a la vasija.
Angelito pasaba por las casas con su banasta tapada con un paño blanco vendiendo mimos, bizcochos y cortadillos.
El “ tío de las gomas” traía en el portamaletas de una bicicleta, pirulís, pastillas de goma, y algunas chucherías más. Vendía también “revolanderas” de papel con un palo que nosotros hacíamos volar corriendo por las calles, “restallaeras”, que al frotarlas contra el suelo se encendían y empezaban a chisporrotear. Los más osados se las metían entre las manos moviéndolas como unas maracas. Unas bombas liadas en papel y guita que estallábamos arrojándolas contra la pared y otras que eran pequeños cilindros con una mecha y que a veces, algunos más traviesos, tiraban para que estallaran en los zaguanes de las casas. Cambiaba Tebeos, historias del capitán Trueno, Roberto Alcázar y Pedrín, El Jabato… por otros que no habíamos leído. Cancioneros de Antonio Molina, Manolo Escobar, Manolo “El malagueño”, Rafael Farina, etcétera, etcétera. Todo esto lo colocaba en la bicicleta como si fuera un escaparate y allí acudíamos con nuestra curiosidad y escaso peculio.
Tiempos de penurias y escaseces en que muchas personas lo pasaban mal, pero fueron los que nos tocó vivir, los de nuestra infancia.
La llamada del mar.
Fotografía de Juan Sevilla.
http://www.flickr.com/photos/juaninda/
Las olas del mar tienden en la orilla
con rítmico vaivén de sonajeros
alfombras a los pies de los viajeros
hasta el barco sin jarcia, ancla ni quilla.
Espera en alta mar entre la bruma,
al mando del timón, diestro Caronte,
para el viaje con rumbo al horizonte
donde hallar el origen de la espuma.
Hay en la inmensidad de este paisaje
avisos incesantes de arribada
de ninfas al romper del oleaje.
Frente al mar, en mi soledad buscada,
mirando al sol difuso entre el celaje,
he oído de Neptuno la llamada.
Hay que salir













