A los niños nos metían miedo los mayores porque era la forma más efectiva de tenernos controlados. ¿Quién no ha escuchado alguna vez aquello de “¡Que viene el coco!” para que nos calláramos o dejásemos de meter ruido?
Cuando llegaba el tiempo del verano, en esas interminables horas de sopor de la siesta en que el pueblo entraba en un letargo de plomo y chicharras, nos asustaban con los tíos de la sangre, que secuestraban a los niños para extraerles el preciado líquido rojo. Yo me los imaginaba como vampiros que nos chupaban las venas y nos quedaban más secos que una mojama. Así que durante esas horas, si no nos acostábamos al menos tampoco nos íbamos por esos campos tan solitarios a esas horas.
La “Mora” vivía en la humedad negra y profunda de los pozos como una bruja desgreñada con largos brazos y retorcidos dedos que arrastraba hacia el interior del pozo a los niños que se asomaban al brocal. Con esa amenaza procuraban evitar el peligro de que nos cayéramos dentro.
Otro personaje de la inventiva popular era el “tío del Sebo”. Quizás asociada su figura a la negrura de la grasa que tenían las ruedas de los carros para lubricarlas y que no era otra cosa que tocino añejo que adquiría esa tonalidad con el roce y el polvo de los caminos.
En la finca de Valjuncoso existía y aún existe, aunque taponada de piedras y tierra, la cueva de Poro. Esta persona, que existió realmente, adquirió con el tiempo y la imaginación la imagen huraña y esquiva que le confería su aislamiento y desaliñado aseo. Debió ser un hombre que vivió de forma semi salvaje por aquellos parajes. Tan repulsiva presencia hubo de tener que cuando no obedecíamos nos amenazaban con que vendría Poro a por nosotros, una especie de monstruo agresivo que se comía a los niños.
El abuelo paseaba por los rollitos del centro de la casa en esas horas previas a la comida en que la calle está tranquila porque aún no han salido los niños de la escuela y el hogar se mantiene en un acogedor sosiego. Le tenía cogidas las vueltas a su mujer y cuando ésta se metía en la cocina o iba al corral a tender la ropa, él aprovechaba para beberse un vaso de la botella de vino que guarda en la alacena, saltándose así la prescripción médica y la vigilancia de su compañera.
Hasta que cualquier día, en una aparición sorpresa, lo cogía con el codo empinado y le escondía el suministro. Duraba unos días la abstinencia hasta que daba con el escondite.
La opinión pública ha sorprendido a los señores diputados y senadores con el gin tonic de 3,50 € en la mano, es un decir, y se ha escandalizado con éste y otros precios subvencionados de los que se benefician ellos y los asiduos visitantes del Congreso. No es que la ciudadanía esté preocupada con la tensión arterial, el colesterol o la diabetes que puedan padecer sus señorías y convidados, sino que las libaciones están en parte sufragadas con dinero público. En estos tiempos que corren, en los que a la mayoría se nos ha quedado el talle estrecho por las apreturas del cinturón, no están bien esas liberalidades tan prescindibles que se hacen con el dinero de todos, sobre todo por quienes deben dar ejemplo de lo que predican.
El 23 de febrero de 1981 la radio se convirtió en el cordón umbilical que nos mantuvo informados de la asonada golpista que Tejero protagonizó en el Congreso de los Diputados. Se habló entonces de la noche de los transistores y muchos descubrieron el papel que la voz llegada a través de las ondas puede desempeñar en ciertos momentos.
Mi generación y las anteriores lo habíamos descubierto hacía tiempo. Las noches de invierno en las que había que tener a mano las velas y los quinqués porque la luz eléctrica dependía de que una brisa no derribara un palo del tendido eléctrico, nos acompañaba radio Andorra con Liria y Juan Francisco, locutores que se hicieron populares entre los oyentes: “Aquí radio Andorra, emisora del Principado de Andorra. Emitimos en onda normal de…”
De la música que emitían recuerdo algunas canciones de “José Luis y su guitarra“, como “Mariquilla”:
“Tu cara de rosa y jazmín,
han encendido de un modo mi alma
que ya he perdido la calma
y hago locuras por ti, mi bien.
Mariquilla bonita, graciosa chiquita,
tienes mi querer. Yo te doy mi vida,
mi alma y mi sangre y todito mi ser.
Y te canto bajito lo que te quiero,
cuánto te adoro, tú eres mi bien
y “Campesina”:
“Las mujeres de Colombia son más bonitas que el Sol, las de la ciudad dan fuego, las de la ciudad dan fuego, las del campo dan amor”.
También la clandestina e interferida “Pirenaica” que oíamos cuando la puerta de casa estaba bien cerrada y con poco volumen para que no se escuchara fuera, que no estaban tan lejanos los tiempos de las delaciones y las inquebrantables lealtades. Así que cuando alguien llamaba a la puerta de las doce de la noche en adelante, a esas horas siempre con malas noticias, la primera reacción instintiva era apagar el aparato, sino se escondía también debajo de la cama.
Las tardes las dedicaban nuestras madres, abuelas, tías y parte del vecindario a la costura, si hacía buen tiempo en el patio o en el corral y si no en la sala. Entre el silencio de las puntadas y alguna lágrima emotiva se oían las novelas. “Ama Rosa” y “El derecho de los hijos” de Guillermo Sautier Casaseca y Rafael Barón marcaron toda una época. Todavía recuerdo algunos de aquellos nombres de extraordinarios vocalizadores y actores radiofónicos: Matilde Conesa, Pedro Pablo Ayuso, Eduardo de la Cueva, Juana Ginzo, Matilde Vilariño, Teófilo Martínez.… Si los muchachos llegábamos a la hora que estaban escuchando la novela con entrada impetuosa y bullanguera a pedir la jícara de chocolate o el pan con aceite y azúcar la respuesta era un siseo acompañado de dedos en los labios para que nos calláramos.
Alberto Oliveras con esa voz envolvente y persuasiva presentaba un programa en el que recaudaban dinero para algunos causas humanitarias. “Ustedes son formidables” se llamaba. Con motivo de las inundaciones que produjo el desbordamiento del río Tamarguillo en Sevilla (25 de noviembre de 1961) consiguieron recaudar tres millones de pesetas (de aquella época) para los damnificados.
Los niños de entonces no teníamos ni móviles, ni videoconsolas ni ordenadores. Nos criamos, en la primera infancia, acompañados del sonido y las voces de la radio. Las imágenes la poníamos cada uno con nuestra imaginación vagando libre por las regiones de la fantasía.