Ya no ponen eras en los ejidos del pueblo. Cuando las hubo íbamos los niños a comernos la merendilla y a jugar a esconder entre los haces y los montones de grano. Ajenos al duro trabajo de los labradores nuestra mayor ilusión era montarnos en el trillo y dar vueltas en el círculo de la parva extendida. Los hombres se protegían del sol con sombreros de paja y pañuelos en la nuca. Guardaban el barril con agua entre los haces humedecidos previamente para que se mantuviera algo fresca. Con el bieldo aventaban las mieses para separar la paja del grano cuando soplaba el aire gallego, viento blando y suave que sopla del mar, opuesto al solano, calentón y reseco. Llenaban los costales con la cuartilla, ataban sus bocas con abacales y los juntaban para cargarlos en los carros y subirlos a los doblados de las casas, a lomos, por empinadas escaleras. La paja se cargaba y se tupía en los carros dispuestos con varas y redes para transportarla hasta los pajares. También nos gustaba a los niños meterla anochecido con sábanas anudadas por los cuatro picos y jugar enterrándonos en ella.
En este tiempo estaban los ejidos llenos de gente que se movía de una faena a otra sin desmayo. Sólo cuando caía la tarde se echaba un rato de charla con los vecinos que acudían a una de las eras donde cambiaban impresiones de lo acontecido en el día.
En verano no se podía fumar en el campo. La guardia civil vigilaba para que se cumpliera esta norma, llegando incluso al registro de bolsillos. Así y todo los irremediablemente adictos esquivaban esta prohibición. El hato era el lugar menos adecuado para guardar los útiles del vicio, pues era lo primero que registraban. Así queescondían la petaca con el tabaco picado, el librito de liar y el mechero de mecha entre los montones y cuando fumaban disimulaban el cigarro cubriéndolo con la palma de la mano. ¡Qué habilidad liándolos casi a hurtadillas!
Lanza el campanero ecos de bronce por los aires hacia los campos aledaños. En su viaje se posan como hormigas de alas sobre las huertas y los barbechos. Los labriegos enderezan sus cuerpos para interpretar los dobles de los muertos.
Campanas de pueblo, jubilosas hoy, tristes mañana, anuncian sucesos o marcan tiempos desde el alba hasta el ocaso.
Antes de blandirlas el campanero tiene en sus manos el vuelo de los grajos, palomas y vencejos que pueblan la torre. Sus repiques los alarman y los dispersan estrepitosos.
Recuerdo los toques de vísperas al iniciar la tarde, a las tres en verano, a las dos en invierno, rebatos de fuego, volteos de fiesta, tañidos luctuosos la noche de los santos…
De niño las toqué y desde lo alto del campanario me sentía dueño del secreto que al poco sabrían todos los vecinos. En ese momento previo yo disponía cuál sería el preciso instante en que los demás iban a enterarse del anuncio de boda, muerte o bautizo.
Los repiques se hacían con las dos campanas, la gorda y la pequeña, sonando alternativa y acompasadamente con rítmicos sones que sólo los más avezados en la tarea sabían hacer.
Los pasos destacan en la noche como palmas de sereno y las calles se convierten en un puzle de sombras. Aumentan las percepciones de los ruidos y las siluetas parecen emboscadas cuando doblan las esquinas. El bullicio urbano va cayendo cual pavesa en el silencio, como el aire denso y desmayado de la siesta en el verano. Un anónimo envuelto en un abrigo busca refugio para reposar su cuerpo magullado por los violáceos moratones del destino. Hundirse en la cueva de los sueños y olvidar por unas horas la crudeza de su vida es un alivio. Quedan solas las farolas. Algunos coches rezagados huyen a escape del alud negro de la madrugada. Dejan una estela de estampidos que el fondo de la oscuridad engulle. Las celdas encendidas de los bloques van cerrando sus pupilas poco a poco, guiño a guiño, como burla al que no tiene cobijo. Cuando amanece, el primer sol ambarino delimita de nuevo las rutas del trajín y vuelven los chirridos. En un rincón de un parque los cartones extendidos, el “tetrabrik” de vino y un bulto envuelto en un abrigo que se despereza en la orilla de los marginados. La miseria vive un nuevo día hasta que la noche dé un respiro. Los sueños son el único consuelo de quienes se acuestan sobre el hierro frío.
En las calles de nuestros pueblos ya no se juega como antes. Los juegos tradicionales se pierden. Los niños y menos niños, absorbidos por el sumidero de los móviles, son estatuas sedentes con destellos y sonidos que emiten sus “smartphones” de última generación.
Antes, para disfrutar del tiempo de ocio, no disponíamos de estos artilugios que avisan a cada instante de que el amigo que está a sólo unos metros de ti ha tenido una genial ocurrencia o en los que un guerrero virtual llega a su destino después de haber superado múltiples obstáculos y matado a cientos de enemigos. Un trapo que esconder, por ejemplo, servía para jugar a encontrarlo guiado por las indicaciones del ocultador que te orientaba con una escala de temperaturas del frío al caliente. El propio cuerpo valía para esconderse y que el que quedaba de guardia te localizase camuflado en las penumbras de paredes y rincones o para saltar unos sobre otros en sus múltiples modalidades.
Con un aro recorríamos calles y ejidos en una carrera de diestros aurigas a pie. Con una soga atada a un madero, péndulo sin reloj, nos columpiábamos. Un balón y un prado con límites difusos de bandas y áreas nos servían para emular fintas y regates de nuestros ídolos, conocidos entonces sólo por los cromos y la radio. Un clavo, para clavar rejones en la tierra blandecida del otoño, una pelota del gorila para jugar a corra, una piedra de rayuela para cruzar fronteras sin pisarlas, una billarda que se acercaba o se alejaba del circulo a raquetazo limpio, los bolindres, los “repiones”…
Y cuando la vorágine del juego cesaba, esperábamos la llamada de casa para la cena contando historias en un rincón cualquiera.
No es lo peor que se pierdan estos juegos, sino que no encontremos a los niños.
Entierro de Primera Clase celebrado en el año 1952. Museo Pusol.
Somos un país-quizás otros también lo sean- de alabados muertos y envidiados vivos. Si la Parca se lleva a un ilustre finado se lucha a codo, oídas las primeras campanadas, por llegar primero a expresar condolencias por tan desgraciada ausencia. Todos fueron sus amigos. El duelo es un cajón de latiguillos y tópicos al uso que envasan el dolor en cómodos envases. Con el rostro amagando pucheros, el abrazo al doliente, palmoteo en la espalda levantando pelusas que posaban su liviandad hasta hace poco en el ropero, desfilan los manifestantes. Este muerto, en las mismas bocas que hoy le cantan salmos, sólo hace unos días era un engreído, pillo de cuidado, o nido de avaricia. Con los ojos cerrados por los siglos de los siglos, es crisol luciente de magnas virtudes que calientes bocas pregonan al viento con jabón sobrado. Y si fue algo ruin, eran sus cosillas, pero no era malo.
Oh, país de grandiosos panteones sobre rumia de gusanos. Dios nos libre del día de las alabanzas.
El pregonero de mi pueblo era una persona de ocupaciones variadas y estipendios escasos con los que apenas cubría las necesidades básicas de su familia. Su ocupación principal era la de zapatero, que desarrollaba en la primera habitación de su casa habilitada al efecto. Disponía de los avíos imprescindibles para realizar las labores fundamentales del oficio. Unas chavetas, tenazas, leznas, puntas, tachuelas, cerote e hilo. Era conocido con el sobrenombre del sacristán por las funciones que realizaba en la iglesia, sobrenombre que transmitió a su descendencia. El Ayuntamiento lo requería esporádicamente para difundir pregones por las esquinas cuando el alcalde consideraba necesario informar al vecindario de normas que atañían de forma directa e importante al buen gobierno municipal, generalmente uso adecuado del muladar, estercoleros del ejido, escombreras, ubicación de las eras, acarreo de paja en los carros, llegada del cobrador de contribuciones,…
Como la lectura no era hábito extendido entre la población por desidia o ignorancia, los regidores lanzaban al aire sus proclamas por boca de los pregoneros, que tocaban una trompetilla para reclamar la atención de los vecinos. El primer edil se aseguraba así que sus normas y reconvenciones llegaran a todos: “De orden del señor alcalde se hace saber…”
Los muchachos los seguíamos de calle en calle, más atentos al rito y al toque metálico que al contenido del mensaje.
Era suficiente que se enterasen unos cuantos vecinos en cada calle porque al poco el boca a boca había extendido la novedad por todo el pueblo. Algunas mujeres salían a la puerta con el delantal recogido y la escoba en la mano al oír el aviso metálico del pregón. Las tiendas eran lugares donde la información se propagaba como fuego en rastrojo. Los hombres, generalmente en el campo en ese momento, recibían las noticias al llegar al anochecido a sus casas.
Al pregonero-sacristán y zapatero lo sustituyó el latero, que como su antecesor completaba los escasos ingresos de su oficio con los que ocasionalmente le generaba prestar su voz al viento. Recorría éste con su anafe de brasas y el estaño las calles para restañar las piteras de canalones, jarras, palanganas, cacerolas, regaderas,… que los vecinos le entregaban. En el anafe llevaba un hierro soldador con mango de madera y que una vez caliente arrimaba al estaño para derretirlo sobre la picadura. Después remataba la faena con el soldador aún caliente y un martillo, estropajo y trapo para que quedase lo más fino posible. Fumador empedernido, su voz cascada y rota no llegaba más allá de unos metros del corro de la chiquillería que lo rodeaba, por lo que después los que no se habían enterado le preguntaban qué es lo que decía el bando. Una vez escuché a una vecina con un torrente de voz más saludable y potente que el suyo recomendarle desde su puerta que tomara clara de huevo para aclararla.
Tiempos estos donde la voz de los pregoneros y los vendedores ambulantes, además de los sones de las campanas, eran los canales de comunicación que, a través del aire, interrumpían la rutina diaria.