Primeros amores

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(Obra de la pintora vietnamita Tuyet Dinh Sinh Vat)

¡Cuánto daba de sí

el roce de su brazo con el tuyo

en el ir y venir de  los paseos!

La charla de pavera adolescente,

insustancial y  entrecortada,

era lo de menos;

pero sentir el calor de su cuerpo

en  tiempos de deseos amordazados

alimentaba tu imaginación.

Si en alguno  de ellos

se dilataba el tiempo

sólo tú notabas que tus pies

no andaban  por el suelo.

¡Ay, los amores primeros,

cuando cada centímetro de piel

era un trozo de cielo!

Las eras

Llorey Lorite

(Foto de Llarey Lorite)

Ya no ponen eras en los ejidos del pueblo. Cuando las hubo íbamos los niños a comernos la merendilla y a jugar a esconder entre los haces y los montones de grano. Ajenos al duro trabajo de los labradores nuestra mayor ilusión era montarnos en el trillo y dar vueltas en el círculo de la parva extendida.  Los hombres se protegían del sol con sombreros de paja y pañuelos en la nuca. Guardaban el barril con agua entre los haces humedecidos previamente para que  se mantuviera algo fresca. Con el bieldo aventaban las mieses para separar la paja del grano cuando soplaba el aire gallego, viento blando y suave que sopla del mar, opuesto al solano,  calentón y reseco. Llenaban los costales con la cuartilla,  ataban sus bocas   con abacales  y los juntaban para cargarlos en los carros y subirlos a los doblados de las casas, a lomos, por empinadas escaleras. La paja se cargaba y se tupía en los carros dispuestos con varas y redes para transportarla hasta los pajares. También nos gustaba a los niños meterla anochecido con sábanas anudadas por los cuatro picos y jugar enterrándonos en ella.

En este tiempo estaban los ejidos llenos de gente que se movía  de una faena a otra sin desmayo. Sólo cuando caía la tarde se echaba un rato de charla con los vecinos que acudían a una de las eras donde cambiaban impresiones de lo acontecido en el día. 

En verano no se podía fumar en el campo. La guardia civil vigilaba para que se cumpliera esta norma, llegando incluso al registro de bolsillos. Así y todo los irremediablemente adictos  esquivaban esta prohibición. El hato era el lugar menos adecuado para guardar los útiles del vicio, pues era lo primero que registraban.  Así  que escondían la petaca con el  tabaco picado, el librito de liar  y el mechero de mecha entre los montones  y cuando fumaban disimulaban   el cigarro cubriéndolo con la palma de la mano. ¡Qué  habilidad liándolos casi a hurtadillas!

Las campanas

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Lanza el campanero ecos de bronce por los aires  hacia los campos aledaños. En su viaje  se posan como hormigas de alas sobre las huertas y los barbechos. Los labriegos enderezan sus cuerpos para interpretar los dobles de los muertos.

Campanas de pueblo, jubilosas hoy, tristes mañana, anuncian sucesos o marcan tiempos desde el alba hasta el  ocaso.

Antes de blandirlas el campanero tiene  en sus manos el  vuelo de los grajos, palomas y vencejos que pueblan  la torre. Sus repiques los alarman y los dispersan estrepitosos.

Recuerdo los toques de  vísperas al iniciar la tarde, a las tres en verano, a las dos en invierno, rebatos de fuego, volteos de fiesta, tañidos luctuosos la noche de los santos…

De niño las toqué y desde lo alto del campanario me sentía  dueño del secreto que al poco sabrían todos los vecinos. En  ese momento previo yo disponía cuál sería el preciso instante en que  los demás iban a enterarse del anuncio de boda, muerte o bautizo.

Los repiques se hacían con las dos campanas, la gorda y la pequeña, sonando alternativa  y acompasadamente con rítmicos sones que sólo los más avezados en la tarea sabían hacer.

Dicotomías

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Mírate fijamente en el espejo

y habla con el otro cara a cara.

Verás como la charla te depara,

además de claridad, un buen consejo.

 

No te espantes si su aspecto viejo

supone para ti torpeza o  tara,

pues no es defecto ni incidencia  rara,

sino normal declive del pellejo.

 

A veces por caminos divergentes

van la realidad y los deseos

y beneficia  que paremos mientes

 

en ajustar el somos y el creemos,

antes que los espejos  insolentes

nos canten las verdades del barquero.

Vagabundos

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Los pasos destacan  en la noche como palmas de sereno y las calles se convierten  en un puzle de sombras. Aumentan las percepciones de los ruidos y las siluetas parecen emboscadas cuando doblan las esquinas. El bullicio urbano va cayendo cual  pavesa en el silencio, como el aire denso y desmayado de la siesta en el verano. Un anónimo envuelto en un abrigo busca refugio para reposar su  cuerpo magullado por los violáceos moratones del destino.  Hundirse en la cueva de los sueños y olvidar por unas horas la crudeza de su vida es un alivio. Quedan solas las farolas. Algunos coches rezagados huyen a escape del alud negro de la madrugada.  Dejan una estela de estampidos que el fondo de la oscuridad engulle. Las celdas encendidas de los bloques van cerrando sus pupilas poco a poco, guiño a guiño, como burla al que no tiene cobijo.  Cuando amanece, el primer sol ambarino delimita de nuevo las rutas del trajín y vuelven los chirridos.  En un rincón de un  parque los cartones extendidos, el “tetrabrik” de vino y un bulto envuelto en un abrigo que se despereza en la orilla de los marginados. La miseria  vive un nuevo día hasta que la noche dé un respiro. Los sueños son el único consuelo  de  quienes se acuestan sobre el hierro  frío. 

 

Juegos de niños.

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En las calles de nuestros pueblos ya no se juega como antes. Los juegos tradicionales se pierden.  Los niños y menos niños, absorbidos  por el sumidero de los móviles, son  estatuas sedentes con  destellos y sonidos que emiten sus  “smartphones” de última generación.

Antes, para disfrutar del tiempo de ocio, no disponíamos de estos artilugios que avisan  a cada instante de  que el amigo  que está a sólo unos metros de ti  ha tenido una genial ocurrencia o en los que un guerrero virtual  llega a su destino después de haber superado múltiples obstáculos y matado a cientos de enemigos.  Un trapo que esconder, por ejemplo,  servía para jugar a encontrarlo guiado por las indicaciones del ocultador que te orientaba con una escala de temperaturas  del frío al caliente. El propio cuerpo valía para esconderse y que el que quedaba de guardia te localizase camuflado en las penumbras de paredes y rincones o para saltar unos sobre otros en sus múltiples modalidades.

Con un aro recorríamos calles y ejidos en una carrera de diestros aurigas a pie. Con una soga atada a  un madero,  péndulo sin  reloj, nos columpiábamos. Un balón y un prado con límites difusos de bandas y áreas nos servían para emular fintas y regates de nuestros ídolos, conocidos entonces sólo  por los cromos y la radio.  Un clavo,  para clavar rejones en  la tierra blandecida del otoño, una pelota del gorila para jugar a corra, una piedra de rayuela para cruzar fronteras sin pisarlas, una billarda que se acercaba o se alejaba del circulo a raquetazo limpio, los bolindres, los “repiones”…

Y cuando la vorágine del juego cesaba, esperábamos la llamada de casa para la cena contando historias en  un rincón cualquiera.

No es lo peor que se pierdan estos juegos, sino que no encontremos a los niños.

 

Aislados.

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(La destrucción de Sodoma y Gomorra, John Martin, 1832.)

Vivimos juntos, pero aislados.

Entre nosotros y ellos hay  porcelanas  que aíslan del fluir de los afectos

y lubricantes de modales que evitan los chirridos de los goznes.

La soledad  prevalece como un vacío de ecos  que rebotan de peña en peña sin que nadie preste oídos.

Cada uno en su coraza, enroscado en las lindes de lo suyo.

Si llueve fuera, yo estoy a cobijo en este mundo sin celdas compartidas.

Los muertos son ajenos cuando no están bajo el mismo techo

y el dolor del  otro  se filtra por la tierra sin que llegue a los vecinos,

tan cercanos y tan lejos.

Sólo los buenos, que son pocos,  nos salvarán del  azufre y del fuego.  

Muertos ilustres

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Entierro de Primera Clase celebrado en el año 1952. Museo Pusol.

Somos un país-quizás otros también lo sean- de alabados muertos y envidiados vivos. Si la Parca se lleva a un  ilustre finado se lucha a codo, oídas las primeras campanadas,  por llegar primero a expresar condolencias por tan desgraciada  ausencia. Todos fueron sus amigos. El duelo es un  cajón de latiguillos y tópicos al uso que envasan el dolor en cómodos envases. Con el rostro amagando  pucheros, el abrazo al doliente,  palmoteo en la espalda levantando pelusas que posaban su liviandad  hasta hace poco en el ropero, desfilan los manifestantes.  Este muerto,  en las mismas bocas que hoy le cantan salmos, sólo hace unos  días  era un engreído, pillo de cuidado, o nido de avaricia. Con los ojos cerrados por los siglos de los siglos, es crisol luciente de magnas virtudes que calientes bocas pregonan al viento con jabón sobrado. Y si fue algo ruin, eran sus cosillas, pero no era malo.

Oh, país de grandiosos  panteones  sobre rumia de  gusanos. Dios nos libre del día de las alabanzas.

Luz desprendida

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La luz viaja por el espacio  

aunque muera la fuente  que es su estrella.

Pienso esta noche,

mirando desde campo abierto

la grandiosa bóveda del cielo,

si, abierta la crisálida del alma que les dio cobijo,

mi inocencia primera

y mi ruborosa adolescencia

surcan también los espacios siderales

y, traspasada  Andrómeda,

vayan, quizás, con ellas

en un viaje infinito,

las  alegrías y las penas

de ese tiempo pasado.

Tal vez un telescopio

desde algún planeta lejano 

captará la estela de  su errante destino,

si  la vida sigue ese viaje

como la luz de las estrellas,

aunque ya no estemos vivos.

Pregoneros

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El pregonero de mi pueblo era una  persona de ocupaciones  variadas y estipendios escasos con los que apenas cubría las necesidades básicas de su familia. Su ocupación principal era la de zapatero, que desarrollaba en la primera habitación de su casa habilitada al efecto. Disponía de  los avíos imprescindibles para realizar las labores fundamentales del  oficio. Unas chavetas, tenazas, leznas, puntas, tachuelas, cerote e hilo. Era conocido con el sobrenombre  del sacristán por las funciones  que realizaba en la iglesia,  sobrenombre que transmitió a su descendencia.  El Ayuntamiento lo requería esporádicamente para difundir pregones por las esquinas cuando el alcalde  consideraba necesario informar al vecindario de normas que atañían de forma directa e importante al buen gobierno municipal, generalmente uso adecuado del muladar, estercoleros del ejido, escombreras, ubicación de las eras, acarreo de paja en los carros, llegada del cobrador de contribuciones,…

Como la lectura no era hábito extendido   entre la población por desidia o ignorancia, los regidores lanzaban al aire sus proclamas por boca de los pregoneros, que tocaban  una trompetilla para reclamar la atención de los  vecinos. El primer edil  se aseguraba así que sus normas y reconvenciones llegaran a todos: “De orden del señor alcalde se hace saber…”

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Los muchachos los seguíamos de calle en calle, más atentos al rito y al  toque metálico que al contenido del mensaje.

Era suficiente  que se enterasen unos cuantos vecinos en cada calle porque al poco el boca a boca había extendido la novedad por todo el pueblo. Algunas mujeres  salían a la puerta con el delantal recogido y la escoba en la mano al oír el aviso metálico del pregón. Las tiendas  eran lugares donde la información se propagaba como fuego en rastrojo. Los hombres, generalmente en el campo en ese momento,   recibían las noticias al llegar al  anochecido a sus casas.

Al pregonero-sacristán y zapatero lo sustituyó el latero, que como su antecesor completaba  los escasos ingresos de su oficio con los que ocasionalmente le generaba prestar su voz al viento.  Recorría éste con su anafe de brasas y el estaño las calles para restañar las piteras de canalones, jarras, palanganas, cacerolas, regaderas,… que los vecinos le entregaban.  En el anafe llevaba un hierro soldador con mango de madera y que una vez caliente arrimaba al estaño para derretirlo sobre la picadura. Después remataba la faena con el soldador aún caliente y un  martillo, estropajo y trapo  para que quedase lo más fino posible. Fumador empedernido, su voz cascada y rota no llegaba más allá de unos metros del corro de la chiquillería que lo rodeaba, por lo que después los que no se habían enterado le preguntaban qué es lo que decía el bando. Una vez escuché a una vecina con un torrente de voz más saludable y potente que el suyo recomendarle desde su  puerta que tomara clara de huevo para aclararla.

Tiempos estos donde la voz de los  pregoneros y los  vendedores ambulantes, además de los sones de las  campanas, eran los canales de comunicación que,  a través del aire, interrumpían la rutina diaria.