Las segundas nupcias no estaban prohibidas ni civil ni religiosamente, pero un morbo oscuro y clandestino rondaba por los aledaños de estas relaciones y removía los instintos atávicos de cafres reprimidos. Opinión latente de rechazo que tiene su fundamento muy atrás. Atenágoras, en el siglo II después de Cristo hablaba del matrimonio de los viudos como “un adulterio decente o velado”. Posteriormente calificado como “honestam fornicationem” y también “speciosum adulterium” por la Iglesia. Como si el estado natural de los viudos fuese soportar ausencias con lutos, pagar penitencias con abstinencia y recibir consejos de quienes nunca se casan.
Para los que enviudaban no era fácil comenzar una nueva relación en los pueblos. La primera dificultad era la falta de cauces para ponerse en contacto. Una carta expresando las intenciones y a esperar contestación. Había intermediarios que trasladaban discretamente las proposiciones. La respuesta abría la puerta a la esperanza o al desistimiento definitivo.
Todo con la máxima discreción. Que no corrieran rumores por los mentideros de rincones y esquinas.
La boda se celebraba de noche, casi furtivamente, con testigos buscados entre amigos y conocidos de mucha confianza.
Pero los secretos en los pueblos son difíciles de guardar y llegaba el “cencerraje” o cencerrada, manifestación tribal, intransigente, invasiva de la intimidad y de coacción. Tiene una dilatada existencia en nuestro país con exageraciones y abusos palmarios, tanto que el Código Penal de 1870, en su artículo 589, 1 las consideraba como falta contra el orden público y castigaba con multa de cinco a veinticinco pesetas y reprensión a “los que promovieran ó tomaren parte activa en cencerradas u otras reuniones tumultuosas, con ofensa de alguna persona ó con perjuicio ó menoscabo del sosiego público”. El concilio de Turín (1455) las prohibió, pero en el sustrato popular se seguía considerando como un castigo a los que contraían matrimonios inconvenientes.
Según el diccionario la cencerrada es un “ruido desapacible que se hace con cencerros, cuernos y otras cosas para burlarse de los viudos la primera noche de sus nuevas bodas”. Todo este jaleo acompañado de pullas obscenas e hirientes, estribillos alusivos que ridiculizaban a los contrayentes y que se decían entre estruendo y estruendo, colgando rótulos y objetos de las puertas o ventanas. Algunas de estas costumbres proceden de la Edad Media y han subsistido hasta hace poco.
Igual suerte corrían los viejos que se casaban con mujer joven. Los afectados callaban y aguantaban el ruidoso chaparrón como podían. Algunos más osados salían y se unían al estrepitoso cortejo con la intención de que pasadas una horas los dejasen en paz porque oponerse suponía tener que aguantarlo toda la noche.
La encuesta realizada por el Ateneo de Madrid en los años 1901 y 1902 describe así a las cencerradas:
“Las cencerradas son verdaderas manifestaciones multitudinarias y provocaciones intolerables. A los casados les acompaña la multitud, con apariencia ebria, que grita desaforadamente y golpea latas, almireces y toca cornetas y zambombas en todo el camino de casa a la iglesia y viceversa. Por la noche y aún en noches sucesivas se repite la escena en la calle, en el portal y en la escalera, voceando y cantando. Es milagroso que no se registren escenas sangrientas ante ataques y gestos tan provocativos”.
Los días de lluvia, como no se podían realizar labores en el campo, los hombres iban a los bares a echar el tiempo atrás jugando a las cartas. Hacían tercio por afinidades y llenaban la sala de humo y de voces. El juego de naipes más habitual era la subasta o tute subastado. En este cada uno de los tres jugadores puja por conseguir una cantidad de puntos a la vista de las cartas recibidas. El cuarto, si lo hay, reparte las cartas y descansa. El vocabulario de este juego ha trascendido a otras facetas de la vida, como la expresión cantar las cuarenta, que de la unión del caballo con el rey de los triunfos pasa a decirle a alguien resueltamente y con descaro lo que se piensa aunque le moleste. Cogerte en un renuncio por no servir la carta debida disponiendo de ella califica a una persona de mentirosa y contradictoria. Había acreditados expertos calculando los tantos justos que iban a conseguir y en adivinar las cartas que lleva cada contrincante al poco de empezar la partida. Arrastro y fallo eran las expresiones más usadas en los lances.
Pero hubo un tiempo en que apostar los cuartos a las cartas o en otras modalidades de juego no estaba permitido y se perseguía su práctica. Los jugadores, que siempre los ha habido, procuraban meterse en salas que estaban en un lugar discreto, lejos de los mirones y curiosos. El dueño, que se beneficiaba de la timba, bien en metálico o en consumiciones, mantenía la conveniente cautela y se mostraba ajeno por si alguna visita inoportuna irrumpía en el local.
Con nombre tan concluyente como “sala del burro” se denominaba en mi pueblo a la destinada a este menester lúdico-crematístico por los asiduos de Heraclio Fournier. El póquer, el ligado, las siete y media, el hijo puta, los montones y otros juegos de azar y arrojo eran algunas de las modalidades. Más de un caudal naufragaba cada noche por el río de los tapetes verdes. En literatura hay referencias a estos vicios: “Tres veces heredó; tres ha perdido al monte su caudal: dos ha enviudado. Solo se anima ante el azar prohibido sobre el tapete verde reclinado” (A. Machado, “Del pasado efímero”). De las frecuentes disputas entre Quevedo y Góngora nos quedan estas perlas que le dedicó el madrileño al cordobés: “Mucho tahúr, no clérigo, sí arpía…” “Misal apenas, naipe cotidiano…” “Yace aquí el capellán del rey de bastos que en Córdoba nació, murió en Barajas y en las Pintas le dieron sepultura”.
Un día llegó la guardia civil a un bar y sorprendió a los componentes de la timba en plena faena. Entre pescozones y prisas cada uno de los jugadores tomó las de Villadiego por donde pudo, sin tiempo de recoger los naipes ni los cuartos que cayeron al suelo en el desconcierto. Los demás clientes en prevención de males mayores se alejaron del lugar por si las moscas. Sólo quedó apoyado en la barra porque no podía moverse de la melopea un vecino que tenía por costumbre empinar el codo en demasía. “¿Y tú qué?”, le increpó uno de los guardias. Con media sonrisa forzada le respondió: “Pues mire usted, aquí tomando una copita para comer”.
Los jueves por la mañana a las doce acababan las clases y los maestros nos llevaban a la iglesia, a lo que llamaban la doctrina. En esa hora del mediodía el sol daba de lleno en las vidrieras orientadas al sur y toda su variedad cromática se proyectaba sobre las baldosas del suelo. Un sinfín de motitas de polvo flotaba en el cañón de luz que penetraba por los ventanales. Yo distraía mi atención siguiendo el camino de algunas hasta que desaparecían fuera del espacio iluminado.
Los domingos había una misa para los niños a la que asistíamos los escolares. Nos colocábamos en los primeros bancos vigilados por los maestros, que se turnaban cada semana para este servicio. La misa era en latín, en el altar mayor y de espaldas. Le teníamos cogido el tranquillo a los momentos en que había que sentarse, ponerse de pie o arrodillarse. Y de eso estábamos pendientes. De eso, del momento de salir los monaguillos a pedir en la colecta y del “Ite, misa est” que daba por finalizada la función. El celebrante se calaba el bonete que le traía el mismo ayudante que se lo llevó al principio y el cortejo enfilaba en dirección a la sacristía entonando “La misa ha terminado cantemos con fervor, que nuestra vida sea una misa, Señor”. Los maestros con un chasquido de dedos nos indicaban la salida en orden, fila a fila.
El lunes había que dar cuenta de las ausencias en el caso de que se hubiesen producido.
En cuaresma había ejercicios espirituales, específicos para niños. Quedó de aquellos años una canción que nos enseñó el párroco: “El día siete de marzo comienzan los ejercicios para los niños cristianos que quieren amar a Cristo. Venid cristianos venid porque la iglesia abierta está”. En la penumbra de la iglesia, sólo con la luz de un flexo sobre su mesita, el orador explicaba la parábola del hijo pródigo que volvía a la casa de su padre después de haber estado comiendo las bellotas de los cerdos por su mala cabeza.
Los bancos de la iglesia estaban distribuidos por sectores. Los dos bloques de delante, a izquierda y derecha de la nave central, que ocupaban más de la mitad del aforo, estaban destinados para las mujeres y los de atrás, también a derecha e izquierda para los hombres. Nadie osaba meterse en terreno vedado, aunque hubiera sitios libres y estuvieran los otros ocupados.
Las autoridades tenían reservado un banco identificado con mayúsculas, AUTORIDADES, el primero de los de las filas de los hombres.
Independientemente de esto había personas o familias que disponían de reclinatorios o pequeños bancos para uso particular por los que abonaban una cantidad. Los dos primeros de las mujeres también estaban reservados a familias de notables que colaboraban con la iglesia.
Las normas de vestuario eran estrictas: todos con mangas largas y las mujeres cubiertas sus cabezas con velo.
Una mañana de verano se me olvidó llevar la prenda que cubría la impúdica desnudez de mis brazos y una mujer, algo obsesionada, se colocó detrás de mí y sacándome el niqui de la cintura me lo lió hacia arriba para cubrirlos. Así quedó la norma a salvo y mi ombligo, como ojo asombrado, al aire.
Desde el sureste de la provincia de Badajoz, equidistante del triángulo Badajoz-Sevilla-Córdoba, a los pies de las estribaciones de Sierra Morena, que extiende sus lomos hacía el mediodía, viajar en los años cincuenta y sesenta no se hacía por afición ni por llenar el tiempo libre de andanzas placenteras.
Sólo la necesidad de la visita médica, la gestión ineludible o la desgracia familiar ponían en camino a las personas mayores. Ni los medios de locomoción ni los trazados de las carreteras invitaban a abandonar el tranquilo devenir de la rutina. Independientemente de que los tiempos no estaban para hacer turismo.
Los viajes en tren se hacían pesados. Las horas de salidas y llegadas eran aproximadas. Además de las paradas en las estaciones existían las de los apeaderos y alguna imprevista: “¿Por qué paramos ahora?”
El viaje a Badajoz requería, y requiere, trasbordo en Mérida. Para ir a Sevilla nos han dejado un tren diario. De momento. Cada vez que hay restructuraciones tememos una merma de este servicio. El tren sigue siendo por aquí la asignatura pendiente que se les atraganta a los malos estudiantes.
Coches particulares había muy pocos y los taxis se utilizaban para urgencias imprevistas y viajes cortos. Sin embargo los taxistas se las ingeniaban para organizar viajes cobrando por plazas, quitando viajeros a los servicios regulares. Conocían los intríngulis de la ciudad. Informaban a los clientes poco duchos en gestiones burocráticas sobre la localización de organismos oficiales y sugerían a los enfermos la visita a la consulta particular del galeno en cuestión para aligerar esperas en aquel edificio rojo que descollaba solitario desde la carretera de Sevilla: la Residencia de la Seguridad Social, hoy Hospital Materno Infantil.
En los alrededores de la antigua estación de autobuses de Badajoz, cerca de Puerta Pilar, una mujer osada y con indisimulado descaro, ofrecía paquetes de café “Camello” a catorce duros. No los llevaba consigo, pero, hecho el trato, se alejaba un momento y los traía.
A Sevilla iban pequeños comerciantes a surtirse de productos para sus tiendas. Entre otros establecimientos a los almacenes Peyré de la calle Francos, los almacenes textiles más antiguos de la capital andaluza.
Se iba por la carretera de Culebrín, el nombre describe a la perfección su sinuoso y estrecho trazado. Después la cuesta de la Media Fanega, topónimo que recuerda el peaje que se abonaba por la ayuda de las caballerías que se prestaban. Montado en el autobús, que bramaba y desprendía espirales de humo negro en las cuestas, se perdía de vista el asfalto y asomaba el precipicio en cada curva. Tras casi cuatro horas de marcha el viajero llegaba a su destino con el mundo dando vueltas a su alrededor y con más ganas de acostarse que de gestionar asuntos, frecuentemente después de haber arrojado en el trayecto el desayuno.
Los cosarios eran personas que iban y venían asiduamente a la ciudad llevando y trayendo encargos. Igual te traían un impreso oficial que una caja de bombones o un décimo de lotería.
Por no poder o no querer viajar muchas personas murieron sin ver el mar. Solo el que formaban las espigas movidas por la brisa, verde en primavera y dorado en verano, llenaba de olas la retina de sus ojos.
Eran tiempos de botos bastos y alpargatas de cáñamo más que de calzado de charol y de zapatillas deportivas de marca.
Un par de zapatos duraba hasta que el dedo gordo pedía paso por la puntera y aún así se le facilitaba acceso al exterior abriéndole agujero. O hasta que se desechaban por no aguantar más cosidos, repuestos de tacones, medias suelas y pases por la horma. Los niños no los rompíamos solo por andar, sino por el ajetreo de la edad. Lo mismo trazábamos raya divisoria para un juego con el lateral que gateábamos a los árboles, jugábamos al balón o nos metíamos en el arroyo buscando renacuajos.
Había dos formas de no gastar zapatos: andar descalzo o sobre zancos. Nos gustaba sentir la superficie del suelo en las plantas de los pies durante las siestas de verano. Cuando llovía construíamos con dos latas y cuerdas unos zancos para meternos en los charcos sin mojarnos, al igual que nos gustaba ponernos debajo de los canalones con un paraguas para sentir el estrépito sobre nuestras cabezas.
Había por los años sesenta bastantes zapaterías en el pueblo. Rondaban la decena. El zapatero que había en mi calle recogía el agua de canales en una cuba. La utilizaba para ablandar el cuero en ella. Tras varios días lo golpeaba con un martillo sobre un rollo liso de piedra.
El trabajo de los artesanos es minucioso, diestro y sin prisas. Dibujaban los zapateros en papel el modelo y sobre el material lo cortaban con la chaveta. Posteriormente lo montaban sobre unos moldes de pies de madera maciza. Lo iban vistiendo como a un maniquí.
Los hombres del campo usaban para las faenas lo llamados botos bastos. Para evitar el excesivo desgaste de las suelas las cubrían con tachuelas y unas medias lunas metálicas en las punteras. Cuando andaban sobre los rollos de las calles o el cemento, formaban un ruido parecido al de las caballerías con las herraduras. Los niños queríamos también que nos pusieran tachuelas en los nuestros.
Los zapateros se sentaban en sillas como las de las costureras y tenían una mesa con muchos compartimentos divididos con tablitas verticales para colocar puntas y remaches. ¡Con qué habilidad elaboraban los cabos uniendo hebras con cerote sobre el muslo! Los usaban para coser abriéndoles caminos con la lezna.
Los zapatos con suela de goma vulcanizada, los del “Gorila”, supusieron una revolución de duración y resistencia. Regalaban una pelota de goma maciza verde con la que nos quitábamos el frío jugando a corra, o sea, a pelotazo limpio y a correr para evitarlos.
¿Puede haber poesía en unos zapatos tirados al borde de un camino? Claro. Hay en ellos mucho trabajo del que los hizo y del que los usó. Tienen la melancolía de todos los abandonos. En los resquicios de su ajado material hay polvo de los senderos y barro de las callejas. Sus huellas hicieron camino. “Caminante, son tus huellas el camino y nada más” ¡Por dónde andarían cuando las sombras buscan las paredes en noches de luna llena! De sus dueños les queda la horma vaciada de sus pies. Boquiabiertos y torcidos por lluvias y soles se quedaron con la boca abierta, a medio camino entre el bostezo y la carcajada.
Hay muchas casas cerradas en el pueblo. Sus puertas conservan restos desprendidos de pintura seca y muestran el deterioro de la intemperie. Las fachadas llevan sin encalar desde hace años y tienen musgo seco y desconchones. Jaramagos amarillos asoman por los tejados como perros abandonados esperando al dueño. En algunas calles viven pocas familias, con miembros mayores casi todas. La emigración y la natalidad inexorablemente cobran su tributo de soledad y abandono.
Cuando el pueblo casi doblaba en habitantes a los actuales las puertas de las casas permanecían abiertas durante el día. Para traspasar el umbral se pedía la aquiescencia de los moradores. Los más asiduos y conocidos se anunciaban con alguna frase ritual: “¿Dónde andamos?” “Pasa, no te quedes en la puerta”. “No me paro, que tengo prisa”. Era una forma de mostrarse cercano, de saber que había alguien al lado para lo que se ofreciera. En el ir y venir de los recados un toque, un cómo estamos hoy, preguntar por el enfermo, intercambio de novedades…
Otros se anunciaban: “¿Se puede?” y extendiendo alfombra de confianza respondían desde dentro: “¡Hasta el corral!”. O se preguntaba por la identidad del que llamaba: “¿Quién?” y recibían una respuesta de Perogrullo: “Yo”, que más que identificar constataba presencia.
Pocas puertas disponían de timbre eléctrico. Algunas tenían picaporte y muchas postigo, que ofrecía al que llegaba la visión de una foto de carnet del que habitaba.
Los mayores usaban una fórmula arcaica: “¿Quién vive?” Y no menos de lógica aplastante la respuesta que salía del interior: “Quien no muere”.
Señal de respeto por la sagrada intimidad de la morada era descubrirse de boina, mascota o sombrero al entrar.
En los pueblos una puerta cerrada indicaba descanso de siesta o nocturno. El no molestar de los hoteles. Y a no ser de urgencia no se llamaba. Una llamada de madrugada voltea el corazón y no trae parabienes.
Hay una forma intermedia de juntar las hojas de las puertas: emparejarlas. Valvas entreabiertas sobre el gozne para evitar flamas o corrientes malsanas.
Cuando eran varios los que habían de regresar de noche el que más tardaba en hacerlo era el encargado de cerrar, una vez comprobado que los demás estaban dentro. El último que atranque o eche el cerrojo. El chirrido de acero y estrellas era el toque de retreta y señal de que la tropa dormía recogida en sus aposentos.
Una modalidad de alarma rudimentaria consistía en poner una silla detrás, acción de la que estaban avisados los que debían sortearla. Así que metían la mano por la abertura y, levantándola para que no arrastrase, accedían. Los extraños alertaban por el ruido del empuje.
Por la rendija entreabierta o por el postigo se obtenía una primera impresión del estado del tiempo y de cómo transcurría el día. Garita de discreta observación del transitar de los vecinos y de aconteceres callejeros.
Las casas de nuestros amigos cuando éramos niños eran una prolongación de la nuestra. Entrábamos y salíamos con ellos con total confianza. Acudíamos a buscarlos y allí nos informaban: “Pasa, que está dentro”. O “ha salido hace un rato a buscarte”. Jugábamos en los doblados y en los corrales. Nos mecíamos en el columpio que era el péndulo de un reloj sin horas colgado de los maderos.
Las manos son apéndices del alma, embajadoras de nuestros sentimientos, afanadoras para nuestra subsistencia y delatoras de emociones.
Ofrecen y piden. Acompañan a nuestra voz para resaltar lo que decimos. Dan bienvenidas y despiden. Cierran pactos y consuelan sobre el hombro amigo. Secan lágrimas y acarician. Primer termómetro sobre la frente del hijo cuando la fiebre sobresalta en la madrugada, aportando cariño y protección. Pero también agravian con gestos obscenos, cuernos y peinetas. A veces, de revés, abofetean y, tirado el guante al suelo, ofenden honra y retan a duelo a quienes deben recogerlo. La bofetada más famosa del cine se hizo icono de la mano de Gleen Ford sobre el bello rostro de Rita Hayworth en Gilda.
Cuando era niño me fijaba en las de las personas mayores. Las de las mujeres, tan diestras, iban de la filigrana del bordado y el punto al contundente retorcimiento de la aljofifa sobre la cuba de fregar. Porque antes que Manuel Jalón inventara a la compañera de baile que es la fregona, al suelo se le daba lustre de rodillas, pasándoles por la cara estropajo y jabón hasta que podíamos vernos la cara en él. Nada enfadaba tanto a quien fregaba como que, mojado el piso, llegásemos de la calle y lo pisáramos. Como mal menor, y si era urgente el acceso, nos señalaban pasadizos pegados a la pared o ponían papeles para no dejar huellas.
Tan dignas de confianza son las manos que hasta se les entrega en depósito la custodia del símbolo de la unión marital.
Recuerdo las de algunas mujeres mayores de mi pueblo apartando granzas de los garbanzos y chinas de las lentejas con una inmensa paciencia sobre el tapete de hule de la camilla.
Las manos de los varones eran más rudas, más de tierra y de sol. Las observaba cuando las apoyaban sobre el bastón y, distraídos, miraban a la lejanía sin centrar la vista en ningún sitio. Violáceas redes de caminos recorrían su parte superior hasta los huesudos promontorios de sus nudillos. A algunos, cuando las separaban del cayado, les temblaban incontroladamente.
Pensaba yo que esas manos habían tenido hace muchos años cálido y sonrosado aspecto en la infancia, sin arrugas y lo mismo hurgarían en la nariz que asirían de manera grácil la goma de borrar y el lápiz en el corto tiempo que estuvieran en la escuela, porque estas generaciones crecieron más pendientes de que no faltara el pan en la mesa que los libros en los pupitres. Por su tierna piel correría la sangre de la primera herida que la madre amorosamente cuidó con besos y caricias. Las mismas que exploraron covachuelas del arroyo tras los peces y, felinas, treparon por las ramas de los árboles buscando nidos de pajarillos. Amasarían barro de los regajos después de la lluvia para construir presas, castillos y fortalezas, jugarían a los bolindres y también recibirían algún palmetazo de sus maestros en la escuela. Son las mismas que descubrieron su cuerpo en la azarosa adolescencia e intercambiaron afectos en las cómplices sombras de la noche en otra piel que no era la suya. A la hora de la partida atravesarán la laguna Estigia en la barca de Caronte, como dos remos cansados de bogar, cruzadas sobre el pecho.
Los que nacimos en plena dictadura recibimos una formación escolar, media y universitaria filtrada por la ideología de quienes detentaban el poder. La historia contada por los vencedores de cualquier guerra es siempre parcial, encomiástica para los correligionarios y denigratoria para los vencidos. Una historia de buenos y malos. La que nos tocó a nosotros comprendía izadas de banderas y entonación de himnos, adoctrinamiento político y religioso, matemáticas y lengua en una simbiosis inextricable. El maestro escribía cada día en el encerado fecha, lema y consigna. En nuestros dibujos un sol siempre saliendo por montañas lejanas. Los domingos íbamos todos a misa acompañados por los maestros, que vigilaban comportamientos. Si alguno no asistía, el lunes era requerido para que justificara el motivo de la ausencia. De la enciclopedia Álvarez de la escuela, repleta de lecciones conmemorativas: el estudiante caído, día de la raza, día de la victoria, día del caudillo… a la Formación del Espíritu Nacional de los institutos. Incluso en las universidades existía una asignatura obligatoria: Formación Política. Era lo que había y a los niños y adolescentes, que no conocimos otra cosa, con estos mimbres nos conformaron.
La consecuencia fue una falta de espíritu crítico y una visión incompleta y sesgada de la realidad, que era bastante más compleja.
Cuando hice el servicio militar, un compañero de quinta más informado que yo, por propia iniciativa y por haber cursado su carrera en una ciudad con ambiente universitario más reivindicativo, me hablaba de personajes, escritores y sucesos de los que yo no había oído hablar porque no me lo habían enseñado ni había tenido la curiosidad de informarme, entre otras razones porque era difícil conseguir fuentes donde hacerlo con cierta imparcialidad.
A los pueblos del interior de Extremadura no llegaban las informaciones que por estrechas rendijas se colaban en las ciudades más cosmopolitas y sus universidades. Crecimos desinformados y uniformados por la maquinaria propagandística de la época. No nos dejaron conocer, sino lo que, filtrado por el Nodo y los partes de radio Nacional, convenía a la causa.
Para cursar la carrera de Magisterio debíamos obtener certificados de buena conducta expedidos por el alcalde y por el cura del pueblo. La buena conducta cívica suponía el acatamiento, al menos formal, del los Principios Fundamentales del Movimiento Nacional. El beneplácito del párroco conllevaba que se te viera por la iglesia al menos en domingos y fiestas de guardar. Ser de la cáscara amarga, por trascendencia familiar o comportamientos desafectos, dificultaba su obtención.
Además era obligatorio para los varones, por estar incluido en el plan de estudios de magisterio, asistir con aprovechamiento a un campamento organizado por el Frente de Juventudes. El que yo realicé comprendía quince días en Cáceres capital, colegio menor de juventudes Donoso Cortés, y otros quince en la naturaleza, en el campamento emperador Carlos, en Jerte. ¡Qué maravillosos parajes!, por cierto
Fuegos de campamento, izadas y arriadas de banderas, homenaje a los muertos, lecturas de redacciones seleccionadas, marchas, cabuyería, charlas en las sobremesas de las cenas, tablas de gimnasia, canciones: “Montañas nevadas”, “Paloma, si vas al monte…” Al final del mismo nos extendían el certificado de idoneidad.
Así fue y así lo cuento y los que vivieron estas situaciones pueden dar fe de lo que refiero.
Los hombres mayores se reunían en determinados lugares del pueblo. Se buscaban unos a otros como hacen las golondrinas al final del verano en los cables del tendido eléctrico.
En mi pueblo se juntaban cerca de la escuela. Algunos jugaban a las cartas sobre una piedra lisa, otros charlaban. Ponían cartones para sentarse o traían banquetas de casa. Buscaban solanas en invierno y sombras en verano. Allí acudían por las mañanas mientras las mujeres hacían las faenas.
‘Vamos a ver si nos quieren dar de comer’, decían como despedida, levantándose con dificultad y pasos renqueantes. Por las tardes volvían a la tarea de echar el tiempo atrás hasta la hora del crepúsculo. Algunos compañeros míos saludaban a sus abuelos y otros nos deteníamos un rato a escuchar sus charlas y observar sus juegos.
Me atraían sus conversaciones, sobre todo las que trataban de tiempos pasados que a nosotros nos parecían muy lejanos y que ellos tenían muy presentes. Los años de la guerra y los posteriores cuando la carpanta reinaba en las mesas y por los campos de España cruzaba errante la sombra de Caín, como escribió Antonio Machado.
Ya quedan pocos de los que lucharon en la incivil contienda del 36. Los nacidos en ese año tienen ahora ochenta y uno, así que los que fueron arrancados de sus casas para ir al frente rondarían los cien, salvo la “quinta del biberón” que fue llamada a filas en la zona republicana cuando tenían diecisiete años.
Cada uno daba su versión de aquellos trágicos años. Referían sus vivencias, todavía con miedo y con voz queda. Una visión parcial, detalles, anécdotas, porque a la mayoría se les escapaban las causas últimas de aquella lucha fratricida.
Cuando algún forastero de similar edad llegaba al pueblo y se unía al grupo le hacían una pregunta recurrente: ¿Y a usted, donde le cogió la guerra?
Siempre me han causado un gran respeto las personas mayores y sobre todo aquella generación que sufrió tanto. Nos enseñaban en casa y en la escuela a cederles la parte interior en las aceras, a hablarles de usted y a hacerles cualquier mandado que nos pidieran, sobre todo ir al estanco a por tabaco. Aquellos paquetes verdes de picado y sus libritos de liar. Como recompensa nos daban un caramelo de la marca “pictolín” que siempre llevaban consigo. Nosotros les decíamos, déjelo usted, como nos tenían enseñado, pero al segundo ofrecimiento lo cogíamos dándoles las gracias. Usaban fajas negras de varias vueltas en su cintura, quebrada de tanto agacharse a la tierra y soportar cargas más propias de bestias que de personas. En invierno usaban chalecos de pana con reloj de bolsillo el que lo tenía.
Las costumbres han cambiado. Antes los viejos se quedaban en sus casas con sus descendientes hasta el final de sus vidas. Los que no tenían hijos acababan en el asilo, que entonces se consideraba casi como un menoscabo. Ahora hay residencias y pisos tutelados en los pueblos, lo que libera a los hijos que tienen que trabajar y no los alejan a ellos de su entorno. A los que están en sus casas les llevan la comida. Un gran logro social que debe mantenerse y consolidarse y que habremos de usar casi todos.
Cuando paseo por el campo me gusta acercarme a algunos cortijos que están en ruinas. Fueron antaño morada de familias enteras. Se han deteriorado por dejadez o por lo costoso de su restauración. Este podía ser un retrato somero de cualquiera de ellos. Las paredes de adobe están carcomidas y desconchadas por efecto de los temporales. Los maderos de los tejados, sobre el suelo de las que fueron dependencias, donde crece la yerba sin control entre los cascajos caídos del techo.
En el corral, en la parte trasera o lateral hay arados muy viejos y oxidados y el yugo y armazón de las ruedas de un carro.
Y pienso, cuando observo estas imágenes, en sus antiguos moradores. Vida dura, aunque la nostalgia bucólica nos lleve a imaginar idílicas estampas. No eran mejores por ser tiempos pasados.
Pasarían muchos días de invierno incomunicados por el mal estado de los caminos oyendo junto a la candela el bramar del viento y el azote sesgado de la lluvia.
Por las mañanas se sentarían a desayunar con la leche de cabra recién ordeñada. Desde el interior, a través del postigo, contemplarían la lluvia y las nubes agarradas a la sierra.
A por viandas iban al pueblo en bestias cada semana o cada quince días. Para mantener el pan blando lo metían en tinajas. Si hubiesen sido las barras de ahora hubiesen podido partir almendras con ellas al día siguiente.
En las noches de verano, tras la faena, se sentarían al fresco bajo el cielo estrellado. Estas cosas pienso mientras los observo y se me vienen a la mente los versos de Rodrigo Caro: “Estos, Fabio, ¡ay dolor!, que ves ahora/campos de soledad, mustio collado,/fueron un tiempo Itálica famosa…” O los de Francisco de Quevedo: “Miré los muros de la patria mía, / si un tiempo fuertes ya desmoronados…”
Esta evocación bucólica no es añoranza de un tiempo pasado que por serlo fuera mejor. La vida era dura. Sana sí, mientras no se necesitara un médico a las tres de la madrugada y tuvieran que ir en su busca.
Las casas grandes, las de aquellas familias que disponían de varias fincas cada una empleaban a gran cantidad de trabajadores. Poco les costaba entonces. Algunos de los puestos pasaban de padres a hijos.
Anejos o separados del cortijo principal estaban las viviendas de los guardeses.
Me emocionaron las palabras de un amigo de Trasierra, hijo, nieto y bisnieto de quienes durante toda la vida habían sido encargados de una de estas fincas a la que conocían mejor que los dueños. Allí nació y se crió. Sabía el topónimo de cada rincón, de cada loma, de cada regato de la finca.
Ponía tanto sentimiento en lo que me contaba que el corazón me puso un nudo en la garganta y una chispa de fuego en los ojos. Allá, destacando sobre un otero entre encinas y jirones de niebla estaba el cortijo donde le habían salido los dientes. Hablaba de su arraigo y cariño por esta finca donde vivieron sus abuelos, sus padres, él y sus hermanos. La propiedad material no es nuestra, me dijo con la mirada anclada en la lejanía, pero hay otra propiedad que nos pertenece: la sentimental y esa no nos la quita nadie.