Los silleros cogían en las orillas de los ríos la enea o espadaña de hoja ancha, que por tierras extremeñas y andaluzas denominamos también bayunco. Se recolectaba desde el mes de mayo hasta finales de verano. Una vez cortada la extendían para que se secara durante unos quince días y cogiera el color amarillo dorado idóneo para su utilización en la confección de cestos, canastos, esteras…y sobre todo asientos para sillas. Con el fin de que estuvieran flexibles y no se partieran al doblarlas unas horas antes las humedecían regándolas con agua. Los pastores forraban con ella botellas o garrafas, así las protegían de golpes y preservaban el contenido de temperaturas extremas. A los niños nos gustaban estas plantas por las mazorcas cilíndricas de color marrón que tienen en su parte superior, los llamados puros, con los que simulábamos fumar, como veíamos hacer a los mayores en las grandes ocasiones. En las casas se utilizaban como adornos metidos en jarrones hasta que con el tiempo se deshacían o los deshacíamos nosotros por la curiosidad de averiguar qué había dentro.
Teníamos un sillero en el pueblo que dio por su oficio nombre a toda su descendencia, pero también por temporadas llegaban profesionales ambulantes sin más bagaje que sus diestras manos, una navaja y una espátula. Recogían las sillas que les entregaban y se iban a las afueras del pueblo, a la sombra que daban las paredes de las escuelas si hacía calor o alguna resolana si era invierno. ¡Con qué habilidad torcían y trenzaban la enea! Los niños al salir de la escuela nos parábamos a observar su trabajo artesano. A mí sobre todo me llamaba la atención cómo entremetían las tiras para dar continuidad al asiento cuando un de ellas se iba quedando corta. Terminado este le pasaban la espátula para alinear e igualar los cordones y cortaban los picos de la parte de abajo.
Los sogueros más renombrados procedían de Galicia. Las labores del campo necesitaban sogas y “abacales”, término este que se usa para designar las cuerdas que se hacían del abacá y que se utilizaban, entre otras cosas, para atar la boca de los sacos o juntar gavillas en haces. Colocaban sus pertrechos en una calle larga. En un extremo fijaban al suelo el torno, que tenía unos ganchos a los que ataban uno de los cabos de las cuerdas. Enfrente ponían una especie de carro al que unían los cabos opuestos. Según se quisiese la soga más o menos gruesa variaba el número de cuerdas. Permanecían en el pueblo hasta que terminaban los encargos que les hacían los labradores.
Para que la soga saliese lo más tensa posible se necesitaba un contrapeso en el carro y es allí donde nos montábamos los muchachos para ser arrastrados hasta el torno.
Jesús Arnal
El soguero introducía el husillo entre las cuerdas y las pasaba por sus acanaladuras. Al mismo tiempo, una persona comenzaba a dar vueltas a la manivela del torno. El soguero deslizaba el husillo entre las cuerdas caminando hacia atrás. De ahí deriva la expresión: “Ir para atrás como el soguero”. Las materias primas que más se utilizaban para hacer las cuerdas eran la pita, el cáñamo y el esparto hasta que el plástico y las fibras sintéticas fueron sustituyéndolas.
Las cuatro esquinas eran el mentidero donde los hombres se reunían al anochecido, hora de dos luces, la natural que se iba desleída en el crepúsculo y la artificial que traía el palo largo del electricista. Charlaban y fumaban en corrillos de los acontecimientos del día y miraban el trasiego de mujeres que iban al rezo. En un rincón del cruce de calles estaba la sala de billar, crisálida donde maduramos la pavera de rubores inoportunos y escondíamos nuestra timidez.
Cada pueblo tiene un lugar donde los muchachos que ya no son niños ni han llegado a adultos se reúnen como golondrinas en los cables para ensayar el vuelo de la adolescencia.
Al salón solo entraban los varones, previa comprobación a ojo de buen cubero de la edad por parte de las hermanas del regente. El suelo era de baldosas que en su día fueron rojas. La única iluminación la proporcionaba una bombilla escasa de vatios sobre la mesa de juego con un reflector circular de porcelana picado de manchitas negras. Los jugadores teníamos que calcular la trayectoria de las bolas teniendo en cuenta sus abolladuras y los costurones que tenía el viejo paño. El mobiliario, escaso: unas pocas sillas de anea, un pequeño mostrador de madera al fondo y una mesita redonda con tapete desgastado y ralas enagüillas cerca de la ventana. Ahí los más madrugadores se arracimaban en invierno al calor del brasero junto al dueño, que nos entretenía con sus relatos llenos de fantasía e invenciones. Aumentaban estas según avanzaba la noche y las libaciones.
Su afición al morapio hacía veredas de la mesa al cuartillo que estaba detrás del mostrador donde escondía el vino que escanciaba en el gaznate con la asiduidad que le permitían la charla y el control de los juegos. Frase para nuestra pequeña historia era aquella que anunciaba el fin del tiempo de las partidas: “tirando Fulano tres veces sin ésta…”
Ernest Descals
El juego principal eran las carambolas. En algunas tiradas estorbaba la columna de hierro que sostenía la techumbre y había que acomodar postura para sortearla, haciendo lo que en el argot se conoce como un lujo: pasar el taco por detrás de la espalda a guisa de capote de lidia en el toreo por gaoneras.
Otro juego frecuente eran las cuarenta y una. De una liara cónica forrada en cuero sacaba el gerente tras impúdico meneo una bola para cada jugador. Estaban numeradas del uno al diecisiete y se guardaban en un casillero sin que los compañeros supiesen el número de los demás. Ganaba quien primero conseguía anotar cuarenta y un tantos exactos, descontando el número de la bola guardada. Para ello había que tirar figuritas de marfil repartidas por la mesa. Hacer la real consistía en derribar de una tacada todas las colocadas en el centro. El habilidoso jugador se llevaba el premio pecuniario que habíamos aportado cada uno de los jugadores, descontado el corretaje de la casa.
Allí pasamos muchas noches consumiendo tiempo, pipas y conversación. Después de ese ciclo de metamorfosis puberal nuevas inquietudes y sentimientos llamaban a nuestro cuerpo y a nuestro corazón. Nos disponíamos a iniciar el vuelo del cortejo por otros locales con noches de blanco satén y discos de vinilo en los guateques.
Un trozo pequeño de tela nos servía para pasar parte de la noche jugando en un rincón de la calle bajo la débil luz de una bombilla. El juego se llamaba “el trapo esconder”. Uno lo escondía y los demás tenían que encontrarlo siguiendo las indicaciones de frío y caliente que daba el ocultador. Este ideaba los lugares más insospechados para hacerlo, como la rendija de una vieja ventana.
Otras veces nos ocultábamos nosotros mientras quien tenía que hallarnos contaba hasta diez. Cuando nos localizaba entre las sombras de la noche decía en voz alta el nombre para que saliéramos del escondite. Si alguno llegaba al puesto de mando antes que el buscador, que andaba a sus pesquisas, libraba a todos los descubiertos. “Una, dos y tres, por todos mis compañeros y por mí el primero”.
Se nos hacía más corto el camino para ir a los recados si lo recorríamos con el aro. Lo conducíamos con la guía, que era una varilla terminada en forma de y griega doblada. Valorábamos la perfección del acabado de los aros por el poco grosor de la soldadura y por la regularidad de su curvatura. Esta la comprobábamos levantándolo en el aire y calibrándola con un ojo cerrado. Si no era la idónea lo metíamos entre las piernas y la enmendábamos. Con él transitábamos por las calles del pueblo y los ejidos y competíamos en carreras y habilidades. Lanzarlo para que volviera a nosotros con efecto de retroceso era una de ellas.
Construíamos molinillos de viento, que llamamos “revolanderas”. Cogidos en la mano o en el manillar de la bicicleta nos lanzábamos a correr para que giraran.
A veces usábamos solo nuestro cuerpo para jugar. Simulábamos ser aviones extendiendo los brazos. Efectuábamos las más arriesgadas acrobacias doblando esquinas los días de fuerte viento. ¡Qué sensación de libertad correr contra él!
Los días de lluvia caminábamos con zancos construidos con dos latas vacías de tomate invertidas. Nos metíamos en los charcos y cruzábamos regajos sin mojarnos. También disfrutábamos con un paraguas debajo de los canalones para sentir el estrépito del agua sobre nuestras cabezas. Dicen los que explican estas conductas que son reminiscencias del claustro materno.
En otoño, cuando la lluvia ablandaba la tierra y salían hormigas de ala, jugábamos al clavo. Un circuito que debíamos superar con habilidad y puntería, pinchando dentro de las zonas establecidas.
“Que una, que dos, que tres y me la caté”.La billarda había ido demasiado lejos y sería difícil meterla en el redondel de un solo lanzamiento. “Anda, tira otra vez”. El que tenía la raqueta defendía la zona alejándola lo más posible. La hacía saltar dándole en un pico con la raqueta y cuando estaba por los aires le arreaba un raquetazo. Si el que debía ir a por ella la cogía sin que cayera al suelo se volvían las tornas y cambiaban las funciones. Frecuentemente el juego terminaba con la billarda en un tejado o rompiendo el cristal de alguna ventana.
No, no nos hacían falta muchos medios para pasarlo bien. Solo imaginación y tiempo, ese que, siendo físicamente el mismo, “nosotros, los de entonces”, percibíamos más lento, limitado solo por los cantos de los gallos al amanecer y los ladrillos de los perros al anochecido.
Gonzalo Bilbao Martínez, El descanso de los campesinos
En tiempos de recolección o sementera las casas grandes contrataban cuadrillas y solían convenir que la comida la pagase el dueño de la hacienda. Les ponían migas al venir el día. Sobre las diez tomaban un frugal tentempié porque las migas sujetan. Llamaban pescola a este pequeño almuerzo, según me cuentan amigos que lo conocieron. La curiosidad me hizo buscar el significado de este término, usado en Andalucía, tan próxima: “punta de la besana”, acogido por aquí quizás para dar a entender la levedad del yantar que etimológicamente significa después de la cola.
Si no se acordaba que pagara el dueño cada uno llevaba su comida. Los pucheros lo dejaban en el cortijo alrededor del fuego de la chimenea y la casera se encargaba de vigilarlos y de que estuvieran a punto para cuando regresaran a mediodía. Incluso algunos hacían fuego en una zona de la besana, teniéndolo a la vista.
En cuernos de asta de toro o de buey llevaban los hombres del campo el aceite y el vinagre para hacer los gazpachos. Me sorprendió un día que echaran sobre el dornillo del mismo cuerno los dos componentes, inclinando o volteando, según convenía. Así recibí la primera lección práctica de la densidad que habría causado admiración en los habitantes de Macondo. En otro recipiente llamado liara, hecho también de la base del cuerno y tapado con corcho, solían llevar aceitunas.
Frecuentemente a la faena llevaban comida fría: fiambres, embutidos, queso, tortillas…y de noche, ya en casa, comían el plato caliente del día.
El hato con las viandas en la hortera lo dejaban en el lugar en el que pensaban comer, no lejos del tajo donde se trabajaba.
Preparaban una variedad de comida para el almuerzo en tiempo de verano, rica en condimentos y en denominaciones.
Del Diario Digital de Tentudía
En la zona de Usagre y Bienvenida la llaman sopará. Consiste en picar y majar levemente tomates, ajos, pimientos, pepinos…echarle trozos de pan duro y regarlos con agua, aceite y vinagre. Ese caldo se bebía y quedaba debajo la parte más consistente a la que se le rociaba con aceite otra vez y se comía con cuchara y tenedor. Tenía ligeras variantes y diversas denominaciones dependiendo de los pueblos. En el mío la llaman “macarraca”. En otros, “sopeao”, sopones, “trincalla”, calandracas o “cojondongo”.
En el pequeño descanso de la comida les colgaban a las bestias el morral de la cabeza para que comieran también su ración de pienso.
Alrededor de la sombra de algún olivo o encina o protegidos del sol en el palenque se juntaban para comer del plato común. También lo hacían los pastores. Uno de los miembros de la cuadrilla se encargaba de condimentar. El aceite era el componente más apreciado y a veces escaso. Me cuentan que en una ocasión el encargado del aliño lo echaba haciendo círculos sobre el dornillo. Mientras realizaba esta labor alguien refería chascarrillos y el aliñador cuando pasaba la alcuza por el lado donde estaba él sentado reía las ocurrencias del relato exclamando: ¡coño, coño, coño!, agitando a compás el aceitero para que cayera más cantidad. Alertado un mozalbete de los comensales del hecho, a la tercera pasada le espetó: “Tio Antonio, a ver si deja usted caer por aquí también algún coñito de vez en cuando”.
La tarde está azul y luminosa y transparente. Solo faltan los niños jugando en la calle, pero la plazuela está vacía. Pienso que estarán haciendo sus deberes o eliminando con ráfagas de metralleta a malvados en los juegos de sus móviles.
De pronto me parece oír lejanos ecos de una canción infantil, voces envueltas en candor y seda que apenas tocan los cristales se alejan y desvanecen por los resquicios del aire. Me asomo a la puerta, pero no hay nadie… El lugar y la añoranza han creado en mi mente el espejismo sonoro. Ha sido suficiente ese quimérico aleteo de notas musicales para llenar el espacio de bulla y de juegos.
Al atardecer, en este mismo lugar lleno ahora de luz y soledad, se jugaba al corro o la rueda, que aquí llamamos la mata. Los participantes giraban agarrados de la mano cantando canciones que acompañaban con cambios de sentido, agachamientos y palmas. Juego predominantemente practicado por niñas, aunque a veces nos incorporábamos los varones con un complejo de estar haciendo el mariquita lo que manifestábamos con gestos ridículos por exagerados y que resaltaban aún más nuestra estupidez.
Estas canciones fueron cantadas por muchas generaciones y permanecen en el acervo y en la memoria del pueblo: “En Sevilla a un sevillano siete hijas le dio Dios, todas siete fueron hembras y ninguna fue varón” “En Zaragoza cayó un cañón y en medio del agua, qué golpe dio…” “Si viniera un torbellino ‘arrecogiendo’ muchachos que se lleven a mi novio que dicen que está borracho…” “Quisiera ser tan alta como la luna, ay, ay, como la luna para ver a los soldados de Cataluña”, “A tapar la calle, que no pase nadie, que pase mi abuelo comiendo buñuelos…” “Que salga usted, que lo quiero ver bailar, saltar y brincar…”, “Al pasar la barca me dijo el barquero, las niñas bonitas no pagan dinero…” “El patio de mi casa es particular, cuando llueve se moja como los demás, agáchate y vuélvete a agachar…” “Estaba el señor don gato sentadito en su tejado…” “Tengo una muñeca vestida de azul…” “Al pasar por el puente, güi, güi, güi, de santa Clara, trico, trico tri, de santa Clara lairó, lairó, lairó, lairó…”
Jugábamos en nuestras calles, con un sentido de pertenencia que estrechaba lazos y unía en su defensa. Hasta existía cierta rivalidad. Se organizaban partidos de fútbol y otros juegos competitivos por zonas. En el de la mata había jornadas de convivencia amistosa lo que agrandaba el corro y lo hacía más vistoso.
Desgraciadamente el pueblo envejece y mengua. Pocos nacimientos, cuatro o cinco. Algún año incluso no se ha producido ninguno. Más de veinte defunciones de media. Un árbol al que se le caen las hojas sin esperanzas de que le broten nuevas. Los pocos jóvenes al terminar sus estudios se van a otros lugares en busca de esperanza. Una estadística fatal que como la carcoma lenta, pero inexorable, corroe los maderos y debilita el edificio.
Salgo de casa. El reloj marca una hora que es un puñal en el silencio. Es noche cerrada. Suena el cerrojo de una puerta que cierra la jornada y abre la alcoba. Comienza a llover ahora mansamente sobre el tiempo y el olvido.
Con traje y guantes blancos, un crucifijo como los misioneros sobre el pecho, un rosario de cuentas de nácar y un librito de preces en la mano que nunca leí hice la primera comunión. Por entonces se hacía a los siete años. No recuerdo banquete ni celebración posterior. Un desayuno con churros para reponer fuerzas, pues había que recibir el sacramento sin haber comido nada sólido en las tres horas anteriores. Y menos mal, porque hasta el año 1957 en que Pío XII modificó la normativa se establecía el ayuno desde la media noche. Después de la misa fui a las casas de los vecinos que mi madre me indicó. Yo les daba una estampita en la que ponía recuerdo de mi primera comunión con mi nombre, fecha y lugar. A cambio me devolvían alabanzas de lo guapo que iba y me convidaban con una cantidad de dinero y besos cariñosos.
Terminado el recorrido por las casas de allegados y vecinos llegó el retratista. Traía trípode, cámara de fuelle y una cubita colgada en el lateral donde lavaba y aclaraba las fotos. En el patio de la casa de mi abuelo se acondicionó un rincón para inmortalizar tan fausto acontecimiento. Tuvieron que tapar con sábanas una puerta que estaba al fondo para que todo saliera blanco. Más que fotógrafo me pareció un mago que metía la cabeza debajo de una tela negra buscando algo que tardaba en aparecer. De rodillas en un reclinatorio tuve que recomponer la sonrisa varias veces porque aquello se prolongaba demasiado tiempo y el pajarito no acababa de salir. Todo esto me desconcertaba. Además intentaba seguir las instrucciones de la familia que me decían cómo tenía que ponerme y del retratista que no dejaba de modificar la posición de mi cabeza diciendo que no me moviera.
En los días previos el cura fue a la escuela a explicarnos en qué consistía la celebración y su significado y en la iglesia ensayamos la ceremonia varias veces.
Recuerdo el apuro que tuve con la confesión. ¿De qué tenía yo que acusarme a tan temprana edad? Nos ayudaron a examinar nuestras conciencias, esa que yo asociaba con un dibujo que venía en la enciclopedia y que sorprendía a un niño cuando iba a coger un caramelo de una vasija de cristal: “¿Dónde vas? ¡Soy la voz de tu conciencia! ¿Qué vas a hacer?” Nos dijeron que era una voz que no se oía, sino desde el interior y yo en el interior solo sentía los latidos del corazón y el ruido de las tripas. A partir de esa experiencia confeccioné la retahíla de faltas y pecados de los que me acusaba siempre que me confesaba y que decía de corrido: no hacer caso a mis padres, haber reñido con algún amigo y decir alguna picardía. Los pecados contra la pureza los incorporé después al repertorio.
Aquellas comuniones tenían poco que ver con las actuales. Hoy se invita a la celebración a familiares y allegados y a un banquete posterior. Se come y se bebe opíparamente. Los comulgantes primerizos recogen los regalos con los que son obsequiados. En un rincón, rodeados de estuches y papeles de envolver, pasan ensimismados el resto de la tarde manipulando el artilugio electrónico que les han regalado.
El fuego de las fraguas con una gama de matices que abarca desde el color rosa cereza y el granate hasta el rojo blanquecino con chispas azules quita rigidez al hierro y lo vuelve dúctil. El músculo tenso del herrero lo sostiene con tenazas y lo moldea para conseguir doblegar su resistencia. Calor, fuerza y destreza lo transforman en rejas de ventana o maceteros, cerrojo, escoplo o vertedera. El temple se obtiene en la pila de agua con un estrepitoso crepitar hasta que queda con tonalidades azuladas de cobalto o cuello de pichón.
Nos gustaba a los muchachos asomarnos a las puertas de las fraguas para observar todo el proceso. El maestro nos despachaba con una frase habitual: “Niños, vamos a darnos un garbeo”, seguramente porque le tapábamos la luz de la calle.
El ayudante avivaba el fuego moviendo el fuelle que a mí me parecía un gran acordeón. El maestro lo atizaba con el badil y cuando estaba a punto el metal lo sacaba y lo colocaba sobre el yunque para darle forma con golpes acompasados de mazo y martillo.
Antes de llegar la soldadura autógena se unían las piezas con calor y golpes. La llegada de esta, con aquellas varillas blanquecinas que parecían tizas delgadas y duras, supuso un gran ahorro de trabajo. El herrero miraba a través de una ventanita de cristal ahumado que tenía la máscara con la que se protegía la cara. Nosotros observábamos de reojo y momentáneamente aquel manantial de chispas que surgía al simple contacto porque nos decían que si mirábamos directamente nos podíamos quedar ciegos. Descubrimos en la pared de enfrente de la herrería el cine del que nosotros éramos protagonistas. El brillo metálico proyectaba sobre ella, como sombras chinescas, nuestras siluetas, que animábamos haciendo piruetas en los anochecidos.
Hasta cuatro fraguas o herrerías hubo en el pueblo trabajando al mismo tiempo. Su labor principal estaba orientada a construir o reparar los aperos de labranza. En la calle donde estaban ubicadas dejaban los arados, los trillos y aquellas primeras máquinas cosechadoras tiradas por bestias para ser reparadas después de finalizada la campaña.
Por el regajo que corría por la calle, entonces de tierra, íbamos los días de lluvia a buscar trocitos de hierro que metíamos en una lata. Los compraba al peso tío Juan el Cano, recovero, tabernero y vendedor de cuajo de las ovejas para hacer queso. Hombre que no sabía leer ni escribir, pero al que la vida y su inteligencia natural aguzó el ingenio. Ideó para sus cuentas un sistema numérico con signos a los que asignaba un valor. Los estudiantes que íbamos a su tasca a tomar vinos le poníamos operaciones para probar la eficacia de su sistema. No fallaba ni en lo céntimos y las resolvía antes que nosotros.
En las fraguas se reunían los campesinos y gente ociosa los días de lluvia o frío. Aquello era lo más parecido a un ágora o plaza pública griega. Ocurrencias, tópicos y chascarrillos. El refrán oportuno siempre a pedir de boca para rematar o compendiar y la vista, asomándose a la puerta, en la veleta de la torre o en las bardas de la sierra para predecir la lluvia o su cese, que siempre que ha llovido ha escampado.
Para solicitar algo a una autoridad se utilizan normalmente las instancias. Hoy simplificadas, tipificadas y menos farragosas y fatuas que las de hace años. Las escribíamos a mano, siguiendo un arcaico y ampuloso lenguaje de formalismos. En los centros de enseñanza se instruía sobre la forma de redactarlas. Encabezamiento con los datos del solicitante, exposición razonada de considerandos plena de gerundios, solicitud específica, despedida, fecha y pie donde se añadían los galones inherentes al cargo del destinatario. Lenguaje, reverencial, sumiso y suplicante más que de justa exigencia de derechos. En tercera persona por guardar distancias. Como la servidumbre que no mira a la cara a los señores a los que habla porque no parezca insolencia o descaro. Lejanos y ajenos aquellos personajes engrandecidos por el cargo, de gesto huraño y bigotillo recortado. Fiado todo a la benevolencia y magnanimidad del otorgante, previos deseos de larga vida rogados a poderes celestiales. “Es gracia que espera alcanzar del recto proceder de V.I” o “de la reconocida bondad que le caracteriza cuya vida guarde Dios muchos años”.
Después de este masaje formal de adulaciones había que esperar a que la gracia fuera concedida, previos los trámites pertinentes de pólizas, timbres móviles y sellos de registro estampados con ardoroso y contundente celo funcionarial.
Lo de esas instancias alambicadas era excesivo y hoy resultan fuera de tiempo y lugar, pero en el tratamiento a personas han existido siempre cumplidos o títulos que mantienen distancias o también son muestras de respeto. De todo hay. Desde majestad y alteza, allá en la cúspide, pasando por excelentísimos e ilustrísimos señores, hasta el tú de confianza o de irreverencia, según se mire y según contexto. Hay que matizar.
Documento cedido por Teresa Rendueles.
Tutear a una persona mayor o profesor no cuadra con la educación que recibimos los que ya peinamos canas, lo que no supone que quien lo haga falte al respeto. Son costumbres que se maman y que las modas, siempre volubles, no desarraigan del proceder de quienes las usamos.
A mí, un mocoso de diez años, sí me molestaba más que enaltecía que un profesor me llamara de usted, derivado de vuestra merced. Sobre todo si unía al tratamiento displicencia e ironía, que de todo hubo.
En mi pueblo para referirnos a personas mayores utilizamos la palabra tío, no en el sentido moderno de compadreo cheli, sino como un tratamiento de la consideración que genera la edad.
Por estas tierras también existe una designación peyorativa: la de señorito. En masculino, ya que el femenino es cortesía para mujeres solteras o que desempeñan funciones docentes o administrativas. Los alumnos pequeños abrevian en “mi seño”. En masculino, persona acomodada y ociosa, insulta y denigra, pero algunos había que lo reclamaban para sus vástagos, como atributo de distinción. Algo así como una nobleza desteñida de la que se sentían orgullosos a falta de otros títulos oficiales de más lustre y blasón.
El don se antepone al nombre de personas con carrera o ganado prestigio, pero no espere usted que los vecinos de toda la vida le cambien el tratamiento al hijo de Petra, pongamos por caso, por muchos méritos académicos que acumule. Eso queda para los llegan de fuera. Y tan a gusto, que nadie es profeta en su tierra, ni falta que hace.
Me ocurre con la palabra merienda lo mismo que con la de almuerzo. Cuando las oigo, si el contexto aclara poco, me producen confusión pues las dos pueden referirse a comidas principales del día o ser sostén más liviano a media tarde o de mañana. La gente del campo deslinda bien las acepciones y reserva horario de mañana al almuerzo y de mediodía a la merienda.
Nosotros, los colegiales de entonces, para evitar equívocos, siempre usábamos el diminutivo para desambiguar la posible confusión con las de mantel, plato y cuchara.
Las primeras merendillas que recuerdo fuera de casa son las del queso amarillo y cuadrado, viatico para doblegar la tarde que los americanos enviaban en latas con la intención de asentar bases y de paso aliviar la carpanta que cabalgaba a sus anchas por los pueblos de España. Los maestros de entonces cortaban y repartían el queso, llevándose, como siempre ha hecho el que reparte, la mejor parte. Tiempos hubo en que el dicho popular de pasar más hambre que un maestro de escuela no fue vano ni carente de sentido, sino constatado por hechos evidentes, tanto que la acuciante necesidad fue elevada y puesta a la altura del desempeño de tan noble oficio. Agradecían más una docena de huevos o una caja de galletas que billetera de cuero o figura de cerámica.
Independizada la merendilla de los pupitres se hizo divisa festiva en el lomo de la tarde separando las clases del juego.
Ingesta nómada e inquieta detrás de los balones y en lo alto de las bicicletas. Con una mano a la guía y con la otra al condumio, arreándole bocados intermitentes.
Chirriaba en nuestros dientes la arenilla que acompañaba al cacao de dudosa honestidad, aquel de las “Tres tazas”, que compartía cama en la jícara, que así llamábamos a la porción desprendida de la libra o tableta. En mi casa al menor descuido volaban de la alacena si mi madre, poco precavida, no las ponía a buen recaudo.
En el regazo del pan desmigajado nos echaban el aceite y el azúcar que esporádicamente sustituía al sucedáneo del cacao, eufemismo que servía para dar gato por liebre. Después se volvía a colocar el migajón a modo de tapadera en el cuenco empapado. También el queso bien asentado, guardado en tinas y untado con aceite formó parte de ese sustento vespertino, engañándolo con pan. El cuchillo que lo cortaba sonaba con un chirriar metálico, como la rueda del tren cuando frena en el raíl.
En el internado tornóse triste el hábito y en lugar de divisa festiva fue puya de castigo en el morrillo de la angustia. Era un masticar lento y preocupado, temiendo el inminente comienzo de las clases.
Tenía yo algunas asignaturas con quienes mi imaginación pintaba como morlacos cuatreños de negro pelaje que me cortaban el proceso digestivo cada tarde, así que cuando tocaba el timbre para acabar los juegos una corriente de banderillas eléctricas recorría mi estómago con descargas nerviosas. Mal cobijo en ese estado para sustento alguno.
Con la madurez se fueron las merendillas y uno, que no es adicto al café ni a las pastas ni a romper ayuno entre comidas, atraviesa la raya del crepúsculo de corrido, sin pinchar en el lubricán divisas ni puyas.
Por estas fechas de Semana Santa los jóvenes paseaban por las calles cercanas a la iglesia. Ensayaban, como pajarillos volanderos, revoloteos en el aire del cortejo, con equilibrio aún inestable, desde el nido de la niñez hasta la primera adolescencia. Las hormonas bullían en los cuerpos y como cualquier especie animal buscaban parejas para compartir afectos. Era un ir y venir con cruces de miradas, risas y cercanos aleteos.
En un momento convenido se acercaban los varones, dos generalmente, al grupo de hembras. Vuelta arriba, vuelta abajo hasta que las pretendidas, si los demandantes eran de su agrado, se apartaban del grupo en el mismo número que los llegados. Al día siguiente si las dos mocitas paseaban juntas la señal estaba clara. Los dos varones entraban en plaza como perdigones en marzo. Conseguir hacerlo solos, un varón y una hembra, suponía una conquista significativa y una confirmación explicita de aceptación. Existían símiles columbinos para explicar el proceso: apartar del bando y después arrastrar el ala en el requiebro.
Primeros escarceos titubeantes, de palabras vanas y ademanes indecisos. Cualquier gesto cómplice servía para unir con hilvanes trocitos de gloria. Con una palabra se construían después los más bellos discursos en la soledad de casa. ¡Cuánto daba de sí el roce de los brazos en el ir y venir de los paseos!
La luna llena cubría los tejados y las calles de plata y en las procesiones, las filas de hombres y mujeres, separadas, de velas y silencio. Los jóvenes con un GPS mental tenían localizadas en cada hilera a sus parejas y en los lugares más estrechos, si coincidían, un rubor de cera y llama iluminaba sus candorosas mejillas. Inocencia de los amores primeros.
En otras ocasiones se acercaban los varones a los pueblos próximos para relacionarse. Los medios de locomoción eran escasos. Los de Ahillones iban a Berlanga andando o en bicicleta, quienes disponían de ellas. Con una linterna atada al manillar y con presillas en los bajos de los pantalones para no mancharlos con la cadena.
Pero las coyundas foráneas no gozaban de buen predicamento. “El que casa fuera o va a engañar o a que le engañen”. Y los lugareños no veían con buenos ojos a los intrusos que pretendían a una de sus mozas. Podían acabar en el pilar de la fuente por su osadía o, irremediable el emparejamiento, debían aceptar las invitaciones que les impusieran los nativos. Costumbres de antaño.
Para formalizar noviazgos había que pararse, que una cosa es revolotear entre las flores y otra emparejar castas.
La familia intentaba encauzar preferencias. Ponderaban virtudes: “¡Qué “arriscá” es la hija de Fulanito, una mujer de su casa” o “Qué formal y trabajador el de Menganito”.
No eran pocos los enlaces entre parientes, primos hermanos incluidos. Una monogamia ancestral que rompía lindes y unía heredades.
Por recomendación de unos familiares un hombre ya metido en esos años límites entre soltero y solterón se embarcó en el matrimonio para no quedarse solo en la vida. No debió irle muy bien el abarco porque repetía en más de una ocasión el siguiente dicho: “Me casé con una tonta por culpa de unos parientes, los parientes en su casa y yo con la tonta siempre”. Claro, que lo mismo podría decir de él su consorte.