Me gusta el pueblo en su vivir diario. El trajín cotidiano, la estampa, el detalle, el gesto. Me gusta la luz resplandeciente en las solanas donde un hombre dormita tras el sombrero inclinado al tibio calor de la mañana. El vuelo de las cigüeñas bajo el intenso añil de primavera, las sábanas al sol de los corrales y también el borbolleo del puchero a la candela. La mirada curiosa y presentida detrás del blanco encaje en la ventana. Oír la una en la plaza silenciosa cuando no queda nadie por la calle y destaca en el cielo la franja del camino de Santiago. Me gusta el haz de sol dorado en la penumbra como rejón de polvo y luz. Y las gotas de rocío en la retama cuando
viene el día…
Esas estampas y otras han conformado la idiosincrasia y la imagen de nuestros pueblos a lo largo de los años. Los vendedores ambulantes, antes de regularse esta actividad y señalarle horario y lugar para su ejercicio, formaban parte de ella. El pueblo se convertía en un zoco donde estos anunciaban y vendían servicios y productos por sus calles. Las mujeres dejaban momentáneamente las faenas y salían a sus puertas con el delantal recogido hacia un lado para informarse de qué pregonaban.
El chiflo del afilador, con forma de arpa pequeña, anunciaba con silbos de escalas ascendentes y descendentes el afilado de cuchillos y tijeras. Los niños acudíamos a ver las chispas que saltaban del esmeril. Sobre una bicicleta montaba toda su industria. Los pedales y una correa transmitían el movimiento desde la rueda trasera, que quedaba elevada en el aire sobre un soporte abatible.
El hortelano con voz de noria profunda anunciaba los productos de la huerta recogidos la tarde anterior de la feraz vega al lado del pozo y de la higuera. A lomos de un borrico, en aguaderas y cestos de mimbre, traía aromas y colores con algo de perejil y hierbabuena.
De Huelva, de la mar cercana, llegaban subiendo por la carretera de la plata, a donde se acercaban los minoristas para surtirse, frescas sardinas, jureles, cazón, almejas, pescadillas, cuando nuestro país disponía del banco de pesca frente al Sáhara, antes que una marcha, más que verde, turbia de intereses nos lo quitara.
El carbonero vendía el oro negro y ecológico de las encinas que a golpes de soplillo se tornaba en brasa en las antiguas cocinas.
Una mujer, espantando a la pobreza, vestida de luto reciente, vendía olorosos hinojos en manojos, sentada en la esquina de la calle. Los recogía de gavias y cunetas y los lavaba en la fuente de la villa para resaltar el aroma y sabor de anís y regaliz de esta planta aromática
El panadero pasaba con el pan en los serones. Quien disponía de maquila los cambiaba por vales; quien no, a fiado o tocateja. Pocas normas sanitarias de manipulación. Con las mismas manos se manoseaba dinero, ronzal, burra y pan.
Así, entre otras muchas vivencias, transcurrió la infancia diaria de los que peinamos canas. Sensaciones que hoy, amable lector, quiero trasladar a esta página del periódico para compartir con ustedes su recuerdo y que sepan quienes no conocieron estas que no todo el monte fue siempre orégano.
A los niños nos gustaba asomarnos a las puertas de las fraguas para ver a los herreros forjando los hierros. Alternaban los golpes con ritmo. El maestro, asiendo fuertemente el trozo de metal incandescente con unas tenazas, los daba con el martillo sobre él y el yunque para afinar formas. El ayudante golpeaba fuertemente con el mazo. Se alternaban con cadencioso compás y destreza para no estorbarse.
Las tardes de verano los labradores con sombrero de paja y pañuelo en la nuca desmenuzaban las espigas en la era con el monótono circular del trillo.
Observaba yo, en esa edad en que se capta con asombro virgen todo lo que nos rodea, que los herreros en su trabajo cantaban al compás de yunque y martillo y los agricultores ponían ribetes sonoros a la soledad amarilla de las mieses.
En casi todas las faenas se cantaba o se canturreaba en un momento u otro. Lo hacía el albañil mientras mezclaba cemento y arena o colocaba ladrillos, el carretero en la soledad de los caminos, acompañando los arreos a las mulas, la mujer mientras faenaba en la casa…
Pensaba yo que si cantaban era porque estaban contentos, pero de mayor, leyendo las letras de las canciones, supe que existían desgarros, aflicciones y desamores entre ellas. Y es que el cante aflora sentimientos cuando la pena o la alegría buscan salida de los entresijos del alma.
No había muchas fuentes donde aprenderlas. El cine y la radio de los discos dedicados. Las letras venían en los cancioneros que un vendedor traía en una bicicleta junto con novelas de Marcial Lafuente Estefanía. Eran tiempos de la copla, de ojos verdes, torres de arena. De Marifé y de Molina.
Pero existen formas de cantar a las que hay que echarles de comer aparte. Flamenco o cante jondo. Cantes que sólo necesitan como acompañamiento el sonido de los cascabeles y las campanillas de las mulas de tiro o de golpes de martillo sobre el yunque para darle forma al sentimiento. Cantes de fragua, cantes de trilla.
Igual que hay cantes carceleros que claman por la libertad y expresan el dolor de su pérdida. Y mineros que glosan la dureza del trabajo de las minas.
Uno, que es novel en esto del flamenco y del cante jondo, pero admirador de su acervo cultural acumulado a lo largo de los siglos, aprecia y valora la dificultad de la ejecución de sus palos, al alcance sólo de quienes poseen voz, oído y compás.
Las peñas flamencas repartidas por la geografía extremeña mantienen, divulgan y alientan esta hermosa y difícil manifestación de arte enraizada en lo más profundo de nuestra idiosincrasia y que cuenta con excelentes intérpretes y con estudiosos flamencólogos y poetas como Felix Grande. La de Llerena, que desde hace muchos años dirige con gran acierto, toda la voluntad del mundo y contados medios económicos, Marcelo Rodríguez con un excelente cuadro de colaboradores y socios entusiastas, es una muestra de ellas. Encomiable labor que mantiene vivo este patrimonio cultural al que las jóvenes generaciones debían asomarse para apreciarlo y separar el grano de las granzas. Bulerías, soleás, tangos, peteneras, fandangos, cañas, colombianas… A ver quién se atreve con ellos y se arranca con una seguiriya, pongamos por caso.
De los numerosos trabajos asociados al sexo femenino en exclusividad casi absoluta estaban los de lavar, coser y planchar. Las mujeres asumían estas funciones como si fuese herejía doméstica y menoscabo a su reputación delegarlas en los hombres. Que un varón cogiera una aguja para coserse un botón, la plancha para deshacer arrugas o la panera para frotar puños y cuellos de camisa habiendo una mujer en casa, se consideraba merma de varonía en los hombres y dejación de obligaciones en las mujeres.
A ellos se les dejaba la leña gorda, barrer con la escoba de ramas eras y corrales y echar remiendos con aguja de red en aparejos y sacos usados en las faenas de labranza. Nada de finuras. Pero pare usted de contar. Las demás tareas, si algunos se atrevían con ellas, las realizaban a escondidas y de puertas adentro. Delantales a los varones sólo se los vi a los zapateros para ligar cabos de cáñamo y cerote.
Pervive esta mentalidad aún. Escuché en una cadena de televisión hace unos años a una mujer que estaba entre ese público que rodea y alimenta egos a personajes de efímera fama: ‘Mira cómo lleva tu pobre marido la camisa de arrugada, más vale que se la planches’, dirigiéndose a la compañera que por aquellos días había caído en desgracia en la veleidosa y manipulable opinión del cotilleo. Ni por asomo le podía asignar la irritada señora al desaliñado varón el menester de alisar su propia camisa.
Para cocinar había más pase y alguna puntual exquisitez se permitía el marido con guisos en los que estaba especializado o en el rebane y preparación de migas en tiempos propios. El oficio de pastor lleva aparejado el uso de cazo y fogón, pero en casa era habitualmente la mujer la principal cocinera con ollas y sartenes, limpieza incluida, claro.
La emigración y el servicio militar eran islotes excepcionales. La necesidad obliga. Anárquicos pespuntes para salir del paso y no quedarse con el culo al aire. Lavar en los lavabos de los servicios. De planchar se encargaban las perchas, el tiempo y la gravedad. Además la arruga siempre ha sido bella.
Cuando no había lavadoras la ropa se lavaba en la panera con agua de pozo y jabón verde y se frotaba en el “batiero”, la tabla con la superficie arrugada. No existía más detergente ni más lavadora que los nudillos de las manos. Lo del frotar se va a acabar llegaría después.
Había lavanderas que iban a la orilla del arroyo o a pozos que estaban en los alrededores del pueblo a lavar, arrodilladas sobre un trozo de corcho. De los pozos tenían que sacar el agua con cubos atados con sogas. Frotaban la ropa sobre piedras de ligera pendiente. Después aclaraban y tendían sobre aulagas y tomillos las prendas limpias. Llevaban para el porte paneras y canastos de mimbre.
No vi nunca a ningún hombre haciendo esta faena.
Trabajo duro del que pueden dar referencias muchas mujeres mayores de nuestros pueblos. Las jóvenes generaciones deben saber el sacrificio que costaba cualquier faena doméstica que hoy se resuelve apretando un botón, sobre todo porque a veces nos cuesta trabajo llevar la ropa sucia desde el cuarto de baño a la lavadora.
Esta mañana los niños han madrugado aunque no tienen que ir a la escuela. Han encontrado en algún lugar de la casa los regalos que Melchor, Gaspar y Baltasar con sus pajes les han dejado durante la madrugada. Por esas calles andarán disfrutando de ellos con la ilusión propia de estrenar lo que deseaban.
En la edad en que la razón no hilvana lógicas, la fantasía construye caminos de estrellas por donde llegan de Oriente los Reyes Magos con camellos cargados de presentes.
No sabíamos aún escribir las cartas y nos las redactaban nuestros padres. Después, con los primeros trazos desgarbados e irregulares acompañados de dibujos, las escribíamos nosotros. Este año me he portado muy bien y quiero que me traigáis… Una retahíla que los padres acortaban porque los camellos no podían con tanto. El carbón era para los niños malos y en vísperas de esta fiesta, para evitarlo en la caja vacía de zapatos, nos portábamos mejor. Nos dejaban lo que podían. Ya se encargaban de explicarnos que los Reyes eran sabios y conocían nuestras andanzas y el estado de las existencias en los mercados orientales, que no daba a veces para mucho. Un balón, una muñeca o un diábolo, un cartón enmarcado con el juego de la de oca y el parchís. El bombo de bolas numeradas y los cartones de la lotería que después devino en bingo. Nos reuníamos alrededor de esos juegos en las noches de invierno.
Y siempre un puñado de caramelos esparcidos por el suelo. Algunos compañeros era lo único que recibían cuando aún había niños que encontraban en los días que derriban las puertas, sus abarcas vacías, sus abarcas desiertas, como magistralmente escribió Miguel Hernández.
Un año se le murió la madre a un amigo y no le echaron nada porque decían que tenía luto. Qué injusticia, pensé, cuando más lo necesita lo dejan sin nada. Y empezó a resquebrajarse la ilusión de los reyes cuando la reja de la razón empezó a deslindar realidad y ficción en la besana infantil. Comenzaban a romperse los hilvanes en la burbuja inocente de la magia y la fantasía. O se rompía de golpe cuando a bocajarro un amigo mayor nos soltaba que los reyes eran los padres. Parpadeábamos incrédulos con la boca medio abierta por la sorpresa. El edificio sin cimientos se venía abajo y empezamos a deducir y a enlazar indicios que confirmaban el desengaño. ¿Cómo podían repartir en una noche juguetes en todos los pueblos para todos? Eran los pajes los encargados de hacerlo, nos respondían.
¿Por qué unos niños recibían regalos mejores que otros? Porque se habían portado mejor. Pero no encajaban las piezas.
Nos mandaban a las casas de los abuelos y los tíos porque allí también había dejado algo. ¿Por qué no los habrán dejado todos en el mismo sitio?
Ya mayores nos queda comprobar la ilusión de los que aún se ilusionan con la magia de esta noche que ha pasado y que esta mañana se desparrama por las calles de nuestros pueblos. En esa zona que todos conservamos de niño queremos creer que hay unos reyes invisibles que, por la estela del camino de Santiago, nos traen un poco de ilusión y esperanza para seguir viviendo.
Decimos por aquí que todas las sementeras tienen su día de zarpa para referirnos a esos en que se pega el lodo a los bajos de los pantalones por lluvia abundante. Y, haciendo símil con aconteceres de la vida, los días que se dedican a la francachela y la farra de manera esporádica. Uno de ellos recalamos un grupo de amigos y yo en la ciudad donde prestábamos servicios a la patria en un establecimiento donde crujen las pisadas por la cera y hay conserjes con bigotes retorcidos y fruncidos ceños que custodian la tranquila ociosidad de distinguidos desocupados que releen y escudriñan esquelas de apellidos ilustres.
Amablemente se nos comunicó que aquel lugar estaba reservado para uso exclusivo de socios. Razón que comprendimos y cuya infracción justificamos por desconocimiento de tal circunstancia al no habernos percatado de los letreros que lo anunciaban.
El cartel que luce en determinados establecimientos públicos es distinto. Avisa de que se reserva el derecho de admisión para impedir que ciertas personas por su comportamiento incívico alteren la convivencia. Los motivos de exclusión deben estar expuestos, ser explícitos y no usarse esta reserva de forma arbitraria y selectiva. Cuando veo estos carteles, instintivamente me miro la ropa y compongo el porte. Los he observado muchas veces, pero nunca en comercios, fraguas ni en farmacias, por ejemplo. Parece que las posibles injerencias indeseadas son más frecuentes en la hostelería que en otros establecimientos.
Donde se nos impedía el acceso en nuestra juventud sin necesidad de letreros era en los bailes a cuya puerta los porteros, algunos de ellos con vara de mimbre en ristre, vigilaban para que no entrasen menores ni los que pretendían colarse sin pagar entrada.
Había otros lugares que sin porteros ni avisos evitábamos por iniciativa propia en determinadas circunstancias. Por ejemplo, cuando empezábamos a entrar en los bares a tomarnos las primeras copas si comprobábamos que dentro estaban nuestros padres. Si lo hacíamos sin darnos cuenta durábamos poco dentro y abandonábamos el local pronto o tomaban ellos la decisión de hacerlo más que por el pudor de compartir vinos por los temas que se abordan a su calor.
Los mayores también evitan zonas y locales que frecuentan los jóvenes. Cada generación tiene sus formas de disfrutar el ocio, sus horarios y locales habituales.
En estas fechas de jolgorio y convivencia rematamos veladas en lugares que habitualmente ocupan ellos. Nos saltamos un invisible derecho de admisión.
Al vernos entrar nos miran extrañados ¿Adónde irán estos a estas horas? Lo más probable es que piensen, y aciertan, que se nos ha caldeado la boca. Regresamos a locales donde antes fuimos protagonistas y que abandonamos poco a poco por la edad. Porque nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos, como dijo Neruda.
Los que fuimos jóvenes en los ochenta, bailamos y bebimos en las discotecas bajo lluvia de luces de colores, lanzadas por esferas rutilantes que asperjaban nuestros cuerpos con reflejos y nos mudaban de sitio con blancos destellos cegadores. Tuvimos, como todos, nuestra gloria y nuestro tiempo. Pasó la juventud como pasará la vuestra. Pero no nos miréis con extrañeza. Somos vosotros cuando hoy sea mañana, así que miradnos, jóvenes actuales, como aquel que se mira en el espejo.
Nos enseñaron que Dios, esa idea de lo absoluto representada en los libros de historia sagrada entre nubes, rayos luminosos y rodeado de angelitos se había encarnado y se había hecho hombre.
Misterios y dogmas aparte, que eso sería entrar en la de Dios es Cristo y esa disputa ya se debatió en el concilio de Nicea, la Navidad que conmemora tal hecho se vivía más sencillamente. El pan sabía a trabajo y el vino, que cubría de chapetas encarnadas los rostros curtidos, a compañía.
La mesa de Nochebuena se preparaba con lo mejor que había disponible. La imaginación y la mayor dedicación las ponían las mujeres. Los hombres, en su mayoría, salían a tomar unas copas mientras ellas se afanaban en la cocina.
La caja de mantecados, la botella de anís de Cazalla o la crema de guindas guardada en la alacena eran los extras más frecuentes. No se hacían dispendios porque ni sobraban caudales ni eran imprescindibles. Una mesa digna, sin derroches. También había quienes recibían ayudas estos días. Eran los declarados oficialmente pobres, los de solemnidad. Vaya eufemismo ceremonioso para calificar a quienes lo habían perdido todo o nunca tuvieron nada.
Muy frecuente era el arroz con bacalao, el pollo de corral en pepitoria o en escabeche. De postre ‘puchas’ o arroz con leche. Para qué más, si lo que celebrábamos era el nacimiento de un niño pobre entre las pajas de un pesebre porque no encontró posada.
La cena se remataba con una larga sobremesa donde se conversaba tal vez de los ausentes que siempre tienen un sitio reservado en nuestras mesas. A las doce íbamos a la misa del gallo. Allí en la iglesia destacaba el brillo de las calvas blancas de los campesinos, pastores y mayorales de esta tierra mía de extensas cabañas ganaderas. Contrastaban con sus rostros morenos de soles y colorados por el vino de la cena. Terminada la misa, nos íbamos a casa. No había aún esa costumbre de ir en busca del alba ebrios, a ritmo de samba y bakalao.
El desarrollo económico y la televisión fueron cambiando las costumbres. La ventana que daba al mundo nos mostraba que existían allende las fronteras de idílica rusticidad de nuestros pueblos, más allá de la candela de llamas de la cocina familiar otras maneras de celebrar estas fiestas, otras comidas y espumosas bebidas que la pantalla nos fue metiendo en casa.
Los tapones de las botellas de champán sellaron en el techo la arribada de las nuevas modas entre risas y jolgorio. Sus burbujas rebosaban de las copas y se brindaba por la salud porque la lotería ya había pasado de largo. Las mesas se llenaron de mariscos, carnes, turrones y refinados licores.
Papá Noel no había llegado aún con su trineo tirado por renos desde las lejanas tierras nórdicas, ni el acebo ni el muérdago adornaban nuestras casas. Sólo el portalito con los prados verdes y los mocos de fragua, el río de plata y las lavanderas, los pastores a la lumbre de celofán y la estrella del rabo señalando el lugar donde se hallaba el establo con la mula y el buey junto al recién nacido. Allí cantábamos los villancicos tradicionales. Los peces, seguían bebiendo la inmortal estrofa del río.
Pides un gin-tonic y te lo sirven, a elección, con lavanda, romero, palitos de canela, granos de pimienta, anís estrellado, tomillo, vainas de vainilla, manzanas, hierbas… Rematado todo con sombrilla en una copa de balón que puede servir perfectamente de pecera. Coctelería con arte e ingenio. Eso sí, con precios a prueba de cartera de mayoral, con dos vueltas de goma y cuero curtido de becerro. Pero es la moda y además molan.
La primera vez que un tabernero de mi pueblo escuchó la petición de un cliente forastero para que le pusieran un cubalibre buscó el buen hombre, amable y servicial, en el suelo por debajo de la barra, extrañado por tan peregrina petición.
Pues mire usted, había uno, pero la señora, que ha hecho hoy la limpieza, no sé dónde lo habrá puesto.
Entonces en los bares y tascas de las pequeñas poblaciones el surtido y la variedad de bebidas no pasaban de vinos, aguardientes, coñac y refrescos. Menos frecuente que ahora era la cerveza. Perico Chicote estaba en la capital haciendo combinados a gente de postín. Nos caía lejos y envuelto en el halo de lo mítico. Los combinados que se conocían eran el carajillo, la palomita y el sol y sombra. Se chateaba, en la única acepción que tenía entonces el vocablo, de mostrador en mostrador con los amigos o compartiendo botella en mesa.
Danos otra ronda o bebed que os llene, que os invita fulano. Las cuadrillas de amigos iban de bar en bar. En mi pueblo lo llamamos ir de ‘cordeleo’, imagen tomada de los pastores trashumantes, que iban de descansadero en descansadero por cañadas y cordeles. Los bares eran eso, lugares de descanso de la faena donde se aliviaban los gaznates, se cambiaban impresiones, a voces, eso sí, y se aliviaban y teñían los sinsabores con el tinto de la tierra.
Aún no habían llegado los combinados de vaso largo, pero los niños sí los elaborábamos en el tiempo libre que, a falta de artilugios electrónicos actuales, pasábamos con la pandilla en los rincones de la calle, a la sombra si era verano o en las tibias resolanas si era invierno. Jugábamos e imaginábamos un mundo a la medida de nuestra fantasía.
El bebistrajo más simple consistía en meter un trozo de regaliz en un bote y echarle agua. Conseguíamos así un sucedáneo de la Coca-Cola. De recipiente utilizábamos los de penicilina, lavados y enjugados. Tenían un ajustado tapón de goma y de esta forma evitábamos que se derramaran. Después de una espera no muy prolongada y convenientemente agitados los bebíamos.
Otro combinado era algo más complejo y precisaba mesura y equilibrio en la adición de los ingredientes. Lo elaborábamos como un refresco artesanal. Consistía en mezclar vinagre, agua y azúcar. Se le daba vueltas y para adentro…o para afuera si un exceso de vinagre nos descomponía el cuerpo.
También preparaban nuestros ascendientes una bebida refrescante con propiedades medicinales llamada zarzaparrilla, obtenida del arbusto del mismo nombre.
Era frecuente coger moras o guindas y meterlas en un recipiente con aguardiente para macerarlas. Decían que esa combinación era remedio eficaz para los dolores de barriga. El masajista la espurreaba y frotaba. La mitad del buche quedaba en su boca y no volvía a salir.
Si veía venir a mi madre con la zapatilla en la mano sabía que su intención no era enseñarme el número ni explicarme sus hechuras.
Algunas veces probé el calor de la alpargata por acreditados merecimientos. Abundaban más los avisos: Como vaya para allá…Esta noche vas caliente a la cama. Como me quite la zapatilla…
Mi reacción instintiva ante el peligro inminente era colocar las manos en las nalgas, con las palmas vueltas con el fin de proteger las posaderas, pues aquellas, forjadas y entrenadas para estas batallas por la palmeta que usaban los maestros, aguantaban más la brega.
Tú lo que tienes es mucho miedo y muy poca vergüenza.
No, no es que tuviera poca, sino que la concepción del mundo de los niños no coincide con la de los adultos, discurre por otros derroteros, ajenos a convencionalismos.
A usted, amable lector, le vendrán a la memoria algunas travesuras de su infancia.
Una de las mías se produjo un día de verano. Habíamos comido brevas de postre y tuve la peregrina idea de lanzar sus peladuras al techo, a espaldas de la vista de mis padres, claro. La primera quedó prendida, y visto el éxito de la empresa repetí varias veces los lanzamientos. Caían y volvía a lanzarlas pues mi intención pareciera que fuera convertir la sala en una especie de gruta de las Maravillas con estalactitas negras. Me ahorro describir lo que sucedió después y que pueden ustedes imaginar fácilmente.
La trastada más remota en el tiempo y más comprometida para mi familia ocurrió con motivo de la visita de un señor a casa de mi abuelo por motivos profesionales. Tan niño era yo que no distinguía de alcurnias ni de funciones aparejadas. Para mí era una visita más de las que por allí acudían. Lo que sí atrajo mi atención fue aquella cosa retorcida con forma de ese, labrada y de desigual grosor en sus extremos. Era la primera vez que veía una cosa así. Observaba cómo el señor se la llevaba a la boca de vez en cuando y expulsaba el humo. Asombrado, quise averiguar por mi cuenta su funcionamiento. Aproveché un descuido en que la dejó sobre el cenicero mientras hablaba con mi abuelo, que escuchaba muy atento. Me la llevé a la calle para enseñársela a mis amigos. Vaya novedad para todos. ¿Qué habría dentro de aquellas curvas de fina madera? Eso lo averiguamos nosotros enseguida. Puestos manos a la obra, sobre una piedra la golpeamos hasta que nos enseñó sus negras oquedades.
Se ha debido de caer al suelo. No, pues por aquí no se ve. Yo la dejé en el cenicero…
En esas estaban cuando llegué yo. Barrunté que la cosa iba conmigo. Algo debieron descubrir en mis ojos de asombro cuando me preguntaron si yo había visto o cogido la cachimba del señor notario. Así de una tacada amplié vocabulario en una misma frase con dos palabras nuevas: cachimba y notario. Yo alegué en mi débil defensa que me la había encontrado en la mesa. Me acompañaron al lugar del estropicio y recogieron lo que quedaba por si los restos admitían alguna compostura.
¿Qué de malo había en descubrir misterios ocultos a mi ávida curiosidad en aquella curvada chimenea ambulante?
Son los protagonistas de églogas, composiciones líricas donde los pastores cuentan sus amores y cuitas, siendo el poeta romano Virgilio en siglo I a. de C, ejemplo señero con susBucólicas. Antes el griego Teócrito, siglo III a. de C,
compuso pequeños poemas con temática pastoril, sin olvidar a los poetas españoles del Renacimiento y el Siglo de Oro, como Garcilaso, Boscán o Lope de Vega.
Los evangelios los describen velando por turnos sus rebaños bajo las estrellas. Gente querida y fiable de la corte celestial debían de ser para que les confiaran en primicia la noticia del nacimiento de Jesús y éste fuera paradigma del buen pastor.
En Extremadura, tierra de pastos y dehesas, hay grandes rebaños de ovejas. A los más pequeños los denominamos “pichangas”, de ganaderos con menos patrimonio. Los principales hacendados, terratenientes con extensas fincas, empleaban a un número considerable de pastores. Ahora muchísimos menos porque las alambradas también guardan. Terminadas las rastrojeras todavía carean los rebaños por cañadas y cordeles hacia otras fincas suyas situadas en zonas más templadas y de mejores hierbas, como las riberas del río Viar, acompañados de perros a los que sólo les falta hablar.
Los chozos eran sus viviendas. Unos construidos con varas y cubierta vegetal. Otros de mampostería o piedra, llamados por aquí bujardas o “turrucas”.
Su interior disponía de una tabla circular alrededor del perímetro, que servía de cama y de sostén a la estructura. En el chozo guardaban sus pertenencias. En el centro un poco de lumbre para calentar la comida y dar calor al habitáculo y colgados el candil y aliños para los guisos. Fuera un trípode con unas llares donde al fuego elaboraban la comida. Nadie como los pastores para descifrar los indicios de los cambios de tiempo. Hasta por la forma de subir el humo de la candela pronostican bonanzas o temporales. Conocen palmo a palmo la tierra que recorren con parsimonia cada día. Saben dónde está el mejor cobijo ante el chubasco inesperado o la ventisca y si hay setas, espárragos o criadillas las manchas donde nacen.
El saber popular ha recogido en refranes los ajetreos de este quehacer tan dependiente de la meteorología. Por ellos aprendí a reconocer los graznidos de los gansos cuando viajan de noche en sus migraciones. “Gansos para arriba, pastores de barriga, gansos para abajo, pastores al trabajo”. La temporada de las “parieras”, cuando bajan los gansos, requiere dedicación, pericia y oficio.
Hasta que llegaron las motos pequeñas el medio de transporte para ir y venir de las majadas eran las bestias, generalmente burros. Acordaban entre los pastores con la avenencia de los mayorales las estancias y los descansos. Solían ser ciclos de tres días. Algunos trayectos desde sus casas a los chozos o cortijos duraban casi una jornada. Unos en casa, otros en el tajo y otros de camino. Regresaban provistos de viandas y con el débito conyugal cumplido, quien hubiere hembra. Las motos y las justas reivindicaciones por su interminable jornada laboral terminaron con esta modalidad.
Es la profesión campestre más bucólica y cantada, pero tan idealizada que se olvidan los aspectos más penosos y específicos de su labor. “Con los soles todos son pastores”, pero los inviernos son duros y la soledad reconcome el ánimo.
En el Seminario ingresaban en los años sesenta un número considerable de alumnos. Por ejemplo, en el curso 1964-65 había matriculados 385 seminaristas entre los cursos inferiores y superiores. Y no es que fuera gratis. Catorce mil pesetas anuales pagaderas por trimestres. Téngase en cuenta que el salario mínimo establecido en el año sesenta y tres era de sesenta pesetas diarias o mil ochocientas pesetas al mes, con lo que suponiendo esos ingresos fijos durante todo el año, que es mucho suponer, había que detraer el 65% para pagar exclusivamente el internado, sin contar otros gastos. Fue gracias a las becas del PIO y de algunas instituciones, fundaciones y a las donaciones de familias como muchos pudieron estudiar.
Las becas del PIO empezaron siendo de seis mil pesetas para terminar en unas diez mil a finales de los sesenta. De lo sobrante de estos ingresos se pagaban los libros de texto.
El administrador económico, cura rechoncho con gafas de pasta y amplia y marcada tonsura, llegaba al comedor cada final de trimestre para recordarnos con enfático verbo y exagerados gestos que nos hacían reír a los alumnos y a los prefectos el artículo catorce del reglamento de la institución que disponía la obligación de hacer efectivo el importe. Las arcas flaqueaban y había que pagar los garbanzos que nos comíamos.
No todos los que deseaban entrar en el Seminario lo conseguían. Durante el verano se celebraba un cursillo de quince días en el que los curas observaban aptitudes y comportamientos. No sé los que verían en mí pues yo tenía la cabeza más en el balón y los juegos que en los libros y las devociones. Como fuere, con la edad temprana de once años, recalé en el Diocesano de san Atón, sito en la cañada de Sancha Brava.
Conmigo en el mismo curso lo hicieron otros ochenta. Después de doce años de preparación cantaron misa doce.
De equipaje sentimental llevé un hatillo de murria en el corazón y una maleta en la mano que guardaba debajo de la cama con mis pertenencias materiales Ni fines de semana ni puentes por muchos ojos que tuvieran. Trimestres completos sin volver a casa.
Mi imaginación, proclive a la querencia, paraba poco en los libros y escapaba de las clases y la capilla por los ventanales hacia las calles y a los verdes prados de los ejidos de mi pueblo.
Desde la diana, a las seis y media, hasta las diez de la noche duraba nuestra jornada. A esa hora la Pastoral de Beethoven o el canto gregoriano de los monjes nos entregaban a Morfeo. “Bajo el manto de las estrellas” comenzaba el padre espiritual cada noche su última plática.
Al despertarnos la mañana del veintitrés de noviembre del sesenta y tres nuestro inspector nos dijo: “Vosotros sois muy pequeños aún y no comprendéis bien lo que ha pasado esta noche, pero es algo muy grave. Han asesinado al presidente Kennedy, de los Estados Unidos”. Así fue cómo, con cara de sueño y ojos de asombro, nos enteramos del magnicidio del que este martes pasado se ha cumplido el cincuenta y tres aniversario.
Las alegrías y las tristezas de aquellos años, que de todo había, permanecen indelebles en la memoria. ¡Éramos tan niños!