Meses de julio

Contaban los viejos que ya han muerto a los niños de entonces, que ya somos viejos, que en vísperas de la guerra civil hubo un gran corrimiento de estrellas. Los fenómenos en el cielo crean incertidumbre y miedo cuando no se saben las causas que los originan. Se recurre a supersticiones y a supuestos designios de un ser superior para intentar explicar su significado.   En este caso lo asociaron, a toro pasado, con el anuncio de las desgracias que ocurrieron después. ‘Señales en el cielo calamidades en la tierra’. Consultados los anales de la época, el corrimiento más destacado tuvo lugar unos años antes. La noche del 9 de octubre de 1933.  Pienso que, si el cielo anunciara todas las guerras y desgracias que hay sobre la tierra, sería un espectáculo permanente de cometas, estrellas fugaces y auroras boreales.

De otros julios de mi niñez y adolescencia quedan en la memoria posos de crónicas con enfáticas y laudatorias voces ensalzando al régimen que tomó el nombre del alzamiento que se produjo el dieciocho de este mes y que celebraba una gran recepción con actuaciones de artistas en los jardines del palacio segoviano de la Granja.

Nos informaba, es un decir, el NODO, noticiero que ponía ‘el mundo entero al alcance de todos los españoles’. Aperitivo propagandístico que proyectaban antes de las películas y que nos pintaba una dichosa Arcadia. Aguas pasadas, a pesar de la pertinaz sequía, que todavía mueve algún molino.

La gente del común ocupaba el tiempo en otros menesteres. Entre ellos el de procurar que no faltara cada día el pan en la mesa. Se pedía al cielo, pero había que buscarlo con sudor en la tierra.

De aquellos julios también recuerdo las campanadas en el reloj de la torre cuando se habían ido casi todos a sus casas, ya de madrugada. Charlábamos entonces sin prisas algunos amigos sentados en los bancos de la plaza. El tiempo corría todavía al ralentí. 

Hoy, día de la Virgen del Carmen, llegan ecos de salves marineras tierra adentro, prendidas como alamares en el manto de la brisa que viene del mar.

Julio, médula espinal del estío, deja cortados charcos en los arroyos y a las junqueras de guardia en las riberas. La calima blanquea el azul y reverbera en las distancias. Los machos de las chicharras estridulan a golpes de timbales su llamada a las hembras en la quietud del calor del mediodía. Un celo de sierras que corta el aire denso en las dehesas y olivares.

Desde aquellos meses de julio a estos han pasado muchas cosas y cambiado muchas costumbres. Ya no hay corrillos de vecinos sentados al fresco en la plazuela, ni juegan los niños a esconderse entre las sombras de la calle y los carros aparcados en las puertas. De vez en cuando una estrella fugaz raya de blanco el cielo de la noche. ¿Nos estarán avisando de algo? 

Ejidos

Ya no ponen eras en el ejido, que apellidan ‘patinero’, no de patín, sino de pato. En otros municipios existen los carneriles, de carneros.  Cada familia por tradición tenía su lugar reservado de un año para otro. Quedaron veredas de ir a por agua a la fuente, convertidas después en caminos por máquinas. No pasan niños al atardecer con su trozo de pan y jícara de chocolate para que los monten en los trillos, ni se escuchan los cantes de trilla. Los vecinos que tenían puertas falsas dando al poniente soltaban sus gallinas para que se dieran el festín cuando acababan las eras. Algunas personas también recogían el poco grano sobrante.

En las tardes de primavera y otoño nos sacaban los maestros a los niños de la escuela de paseo.

El diccionario de la RAE define ejido como “campo común de un pueblo, lindante con él, que no se labra y donde suelen reunirse los ganados o establecerse las eras”.

Sebastián de Covarrubias, en su obra ‘Tesoro de la lengua castellana o española’ (siglo XVII), como “campo que está a la salida de un lugar que no se planta ni se labra porque es de común para adorno del lugar y desenfado de los vecinos del y para descargar sus mieses y hacer sus parvas”.

Casi todas las fincas reservadas por la Orden de Santiago para el aprovechamiento comunal fueron perdiendo a lo largo de la historia su carácter vecinal y pasaron a los ayuntamientos como bienes propios para equilibrar sus presupuestos deficitarios. Las instituciones municipales cedían los usufructos de su patrimonio a cambio del pago de unos cánones.

Las ventas y apropiaciones ilegales mermaron sus superficies. Las desamortizaciones acabaron por reducirlos a lo que tenemos actualmente. Hubo litigios entre el Honrado Concejo de la Mesta que llegaba a estas tierras con la trashumancia y los propietarios naturales de la zona.  Y unos y otros con los del último eslabón de la cadena, los menos favorecidos, que aspiraban a participar en el reparto de las tierras comunales.

La dehesa boyal, tampoco quedan bueyes, está allende los límites del ejido. Esas sí son tierras de labranza y están repartidas por lotes entre los naturales.  

En tiempos lejanos había un hombre que pasaba por las calles del pueblo recogiendo los animales. Por aquí pastaban. Al regreso cada animal corría hacia su casa al pasar por su calle.  Sabían muy bien donde tenía que meterse cada uno.

Existía un muladar para los animales muertos. En el cielo los buitres trazaban círculos hasta que bajaban al banquete. Los ganaderos tenían un sitio destinado para sus estercoleros.

He subido a un otero desde el que se divisa gran parte del ejido de mi pueblo. Las estaciones de un viacrucis de cruces blancas lo recorren hasta aquí, a semejanza del Calvario, donde estoy esta tarde veraniega de julio recordando lo que fue y contemplando lo que queda. 

Serenatas

 

 

 

 

 

 

Un paisano mío quiso declararle su amor a una bella señorita de la forma que mejor se le daba: tocando la armónica. Bastante entrada la noche se dirigió a la calle donde ella vivía e interpretó ‘Si Adelita quisiera ser mi esposa…’ Sonaba la música como una súplica rozando levemente los cristales de su habitación, donde se veía una luz tenue a través de los visillos. Me imagino la escena como aquella que describe Azorín: “Una flauta suena en la noche, suena grácil, ondulante, melancólica’ Como siempre hay quien vea y oiga, al día siguiente se propagó la noticia entre los vecinos por el desconocimiento de esa querencia y por la forma poco usual de declararla. Noche de luna y música suave. Lástima que Adela se fuera con otro y él no la siguiera ni por tierra ni por mar. La negativa a su pretensión hirió el orgullo del enamorado y con ese bagaje no hay buques de guerra ni trenes militares. Fue la primera vez que yo tuve conocimiento de las serenatas.

Por aquel tiempo también supe de un hombre del pueblo que tocaba el acordeón. Sorprendía cómo deslizaba sus manos por el teclado.  El fuelle en sus cierres y aberturas parecía el ir y venir de las olas en el mar. La admiración se incrementaba por la ceguera del acordeonista. No sé si es por eso por lo que asocio el sonido de este instrumento con el desamor y la melancolía, con una quimérica cantina de puerto de mar donde los marineros ahogan sus penas con el alcohol en un ambiente de luces macilentas.

En algunas ocasiones este hombre formaba trío con un saxofonista y un batería para dar baile en las bodas y días de fiesta. El movimiento de sus ojos sin poder ver me producía tristeza y angustia. Los jóvenes de entonces lo contrataban para dar serenatas, ahítos de vino y faltos de afecto. Yo era un niño todavía que observaba ciertos comportamientos por primera vez.

Siendo ya adolescente, un grupo de amigos dimos una serenata. Sin ser la tuna y sin estar serenos. Después del baile acordamos dirigirnos a las casas donde moraban las mocitas que atraían a algunos de la pandilla.

Comenzamos con un desentonado “Sal al balcón” que desanimaría a la más complaciente de las damas por muy deseosa que estuviera de cortejo.

Al primer ruido de cerrojo salimos corriendo hacia la esquina más cercana para doblarla y perdernos en la oscuridad. Pasado un tiempo, volvimos a las cercanías de la casa y, por si la aludida no se había enterado bien de parte de quien iba el sucedáneo de serenata, uno gritó: ¡Esto va de parte de Fulanito! Y a correr otra vez, en esta ocasión sin esperar al cerrojazo.   Estaba entonces en boga una canción que decía: “Cuando yo fui rondando tu balcón salió tu padre con un escobón”. Y por si acaso.

Estancos

La primera vez que me mandó mi padre al estanco fue para comprar un timbre móvil. Le pregunté que para qué servía eso. Ya lo verás cuando te lo den.  Yo lo asociaba con bicicleta, pero me dieron un sello sin Franco. Mi padre lo pegó en un papel, previo lengüetazo.  Ni sonó ni se movió.

Conocí posteriormente mejor lo que despachaban en los estancos porque el de mi pueblo estaba frente a mi casa y quienes lo tenían me trataban como si fuera de su familia.

Algunos anochecidos me iba allí y me sentaba al lado del regente. Tenían la expendeduría en el primer paso, en la habitación de la izquierda, según se entraba. Un mostrador de madera lo separaba del pasillo.  En dos cajones guardaban los sellos y el dinero. Las monedas, en una cestita de pita y debajo de ella los billetes, a los que había que recomponer a menudo debido a su mal estado. No sé si pesaba más el papel o los remiendos y la mugre que acumulaban. Los había de una, dos y cinco pesetas. Los de más valor escaseaban.

Cuando terminó la guerra civil la concesión de estos establecimientos se realizaba para “amparar a los que habían luchado en los campos de batalla o sufrido más directamente las consecuencias de la guerra…” Del bando triunfador, se entiende. Tenían derecho preferente a regentarlas las viudas y huérfanas solteras.  Las transmisiones hasta el año 2005 se hacían solo entre los familiares de tercer grado de parentesco, como máximo. Algunos beneficiarios los arrendaban a terceras personas, aunque esa modalidad no estaba recogida en la ley.

Llegaban los hombres del campo a comprar al atardecer. A algunos les cogía de paso y se presentaban con la ropa de faena, barba incipiente y una larga faja negra liada alrededor de la cintura. Les servía de abrigo y protección para tantas inclinaciones a tierra, para mitigar el peso de las cargas y el empuje de los brazos sobre la mancera. Cubrían sus cabezas con sombreros de paja, bilbaínas o mascotas negras. Los colores de sus vestimentas eran oscuros y las de faena de crudillo, con colores grises o marrones. Esto añadía años a la apariencia de edad. Aquellos hombres, que podían tener treinta o cuarenta años, a mí me parecían ancianos.  Compraban tabaco picado y libritos de envolver. Algún mechero de mecha o de martillo. Y piedras para la chispa en forma de pequeños cilindros.

Mujeres iban pocas. Cuando lo hacían pedían sellos y sobres de los de avión con bordes rojos y azules.  Y tabaco para los hijos o maridos si estos no podían acercarse.

Horas de revuelo esas del anochecido. De ultramarino y de fragua, de tibia leche en el establo, de rezos a la puerta de la ermita, de olor a tortilla recién hecha, del lucero en el cielo y el guizque del electricista dando luz a las calles.

Fronteras

 

 

 

 

 

 

 

 

(Photo by slworking2 on Foter.com)

Para recordar lo insignificantes que somos nada mejor que mirar al cielo en una noche estrellada. Es una buena terapia para doblegar soberbias y achicar orgullos, relativizar el valor que le damos a ciertas cosas y hacernos preguntas que no por repetidas han perdido su vigencia.

Nuestro sistema solar está en un brazo de la espiral de la Vía Láctea. Para llegar a la estrella más cercana, aparte del sol, tardaríamos más de cuatro años viajando a 300.000 kilómetros por segundo, lo que todavía no se ha conseguido.

La Vía Láctea tiene un diámetro de cerca de 200 mil años luz y consta de entre 200 y 400 mil millones de estrellas. Hay tantas galaxias que aún no se sabe su número con exactitud. Los últimos estudios calculan que puede haber más de dos billones. Cantidades mareantes con poco que se piense en su significado.

El grandioso espectáculo del cielo nocturno solo es posible contemplarlo si nos alejamos del cascarón de luces artificiales que envuelve a las ciudades. Hace ya bastantes años los agricultores dormían al raso en las eras durante el tiempo de recolección para evitar que les robaran el grano. Pasaban, manta al hombro, en dirección a los ejidos por mi calle. La novelería y la curiosidad hacía que los amigos les rogásemos a ciertos vecinos que nos dejasen ir con ellos. Pedíamos permiso a nuestros padres, pero ofrecían resistencia. Nos alertaban sobre el relente de la madrugada, un descenso silencioso de humedad que sin llegar a rocío se posa en las hierbas. ‘Blanda’ le llamamos por aquí.

Nos gustaba distinguir en la maraña grumosa del cielo el paso de los aviones con sus luces intermitentes y los satélites artificiales que daban vueltas alrededor de la tierra.  Pero lo que más nos asombraba era contemplar la Vía Láctea, el camino de Santiago, impresionante franja con sus apelotonamientos de estrellas de distintas intensidades.  Su brillo llegaba hasta nosotros tras un viaje de millones de años.

De las constelaciones distinguíamos entonces solo al carro grande y el carro chico, que era como llamábamos a la Osa Mayor y Menor. Nuestra imaginación formaba otras figuras hilvanando con hilos de plata a los puntos luminosos.

Ya cerca del alba, después de un sueño ligero, comprobábamos que las posiciones de las estrellas habían cambiado. “El viento de la noche gira en el cielo y canta”. Una armonía constante de rotaciones silenciosas.

El universo, con los únicos límites que imponen el tiempo y el espacio, sigue su evolución por los siglos de los siglos. Los humanos en este rincón minúsculo, nos revolcamos en el lodazal de nuestras mezquindades. Parcelamos la tierra y los mares a base de guerras. Las fronteras están amojonadas con la sangre de quienes las defendieron o atacaron y con la de los que intentan escapar de ellas o les impiden la entrada. ¿Quién otorga los títulos de propiedad en exclusiva?

‘Enterritos’

No doblaban las campanas con el triste y lánguido son de los entierros. Eran repiques de gloria por un niño que había subido al cielo. En el pueblo lo llamaban ‘enterrito’, con el diminutivo cariñoso que envuelve a quienes dejan el mundo tan temprano.

Era el ataúd blanco y pequeño con ribetes dorados, pero la pena de sus padres y abuelos debía de ser profunda y negra por los gritos y llantos que salían de la casa cuando llegaron el cura, el sacristán y los monaguillos para llevarlo a la iglesia. Unos minutos intensos que conmovieron a todos los presentes.

En los años cincuenta la mortalidad infantil en España era de 68,22 por cada 1.000 niños nacidos vivos. Una barbaridad. En el año 2020 ha sido de 2,35.

 En aquellos años faltaban centros sanitarios y recursos económicos, eran largas las distancias y escasos los remedios para algunas enfermedades.  Se paría en las casas y aunque la destreza de las comadronas y buena voluntad de los allegados hacían todo lo que estaba en sus manos, cuando se presentaban complicaciones era difícil solucionarlas.  Algunos morían en el parto. A veces también sus madres. Me angustiaba el dilema moral que podía presentarse en el caso de tener que elegir entre la vida de la madre y la del niño que iba a nacer.

Eran entonces los cementerios centros de logística para ahorrar trabajo a las alturas.  Un juicio final que la doctrina anticipaba. Los no bautizados, suicidas y no creyentes no tenían sitio en el camposanto.  Los niños que habían recibido el bautismo iban directamente al cielo.

En ciertas regiones de España hablan de celebraciones de bailes en torno al cadáver de los críos.  «Mi Antoñito murió ayer, antes de haber cumplido los cinco años, y como sabemos de fijo que su alma va derecha al cielo, la acompañamos con música y con baile y con un traguito…” Lo narra José Augusto de Ochoa y Montel (1808-1871) hablando de esta costumbre en la provincia de Jaén.

En la isla de La Gomera, según recoge Antonio Tejera Gaspar en ‘La religión de los gomeros’, pervivió hasta finales del siglo XIX y principios del XX el conocido como ‘velatorio de los angelitos’. Le cantaban durante toda la noche al cadáver de la niña o el niño. La madrina era la primera que bailaba con él en brazos por la habitación. Después el padrino y posteriormente todos los presentes comenzaban a bailar y a recitar versos. A la mañana siguiente le ponían cintas de colores al féretro con los encargos que cada uno había escrito para que al llegar al cielo los entregara a sus familiares muertos.

Cuando bajamos del camposanto yo venía triste, haciéndome preguntas, como Juan Ramón al lado de Platero.  “¡Qué lujo puso Dios en ti, tarde de entierro! Desde el cementerio, ¡cómo resonaba la campana de vuelta en el ocaso abierto, camino de la gloria!”

Pérdidas

La vida es una sucesión de pérdidas que lamentamos cuando echamos de menos lo que perdimos. Del útero materno, donde estábamos tan seguros y nos sentíamos tan a gusto, dice Freud que quizás persista por siempre en nosotros la nostalgia de su abandono.

Hay pérdidas irremediables. Se añoran, pero de nada sirven los lamentos. Charles Baudelaire dice en ‘Los paraísos artificiales’: “Más de uno de estos viejos que encontramos reclinados en la mesa de una taberna, vuelve a verse a sí mismo rodeado de un ambiente que ya ha desaparecido: su juventud perdida es el ingrediente de su embriaguez”.

Otras privaciones son ocasionadas por la vorágine de la vida que nos empuja hacia adelante, sin pararnos a disfrutarlas.

 “Todos queremos más y más y mucho más… y nadie con su suerte se quiere conformar”. Lo cantaba Alberto Castillo, actor y cantante de tangos argentino. Con ese afán vivimos, pero cuando el destino nos da el alto con alguna enfermedad o contrariedad grave volvemos a apreciar las flores, el sol de primavera, la sombra acogedora de una alameda o la lluvia en los cristales, que están ahí como bálsamo y refugio.

Hace unos días me encontré a un amigo dando un paseo por un camino cercano a su pueblo. Hacía tiempo que no lo veía y me detuve a saludarlo. Lo encontré desmejorado desde la última vez que lo vi. Me dijo que había estado una temporada algo pachucho a consecuencia de una intervención quirúrgica y que ese día era el primero que salía de casa después de una larga temporada. Iba disfrutando de la temperatura agradable, de la vistosidad de la jara florecida y del aroma de la lavanda y el tomillo que abundan por aquellos parajes. No sabes cómo echaba de menos estas caminatas, me dijo antes de despedirnos.

Visité hace años en el hospital de Llerena al padre de un amigo que sufría una insuficiencia respiratoria grave. Su estado era desgraciadamente irreversible. Le di ánimos y comentamos anécdotas de tiempos pasados, pues coincidíamos algunas veces en la búsqueda de setas. Ahora, me decía, a lo único que aspiro es a irme con el coche a la orilla del pantano y sentarme a pescar porque es allí donde mejor respiro.

Cuando el año pasado por mayo levantaron el confinamiento domiciliario salí de casa temprano. Quería disfrutar de la libertad por el campo y coger los espárragos que todavía pudieran quedar por los lindazos y lugares más umbríos. Estando en esas, pasó cerca de mí un grupo de ciclistas que me saludaron efusivos. Por un ramal de la Cañada Real Soriana hacían senderismo otros. Todos nos echamos al campo para disfrutarlo. Parecía que también se alegraba con nuestro regreso, como si nos esperara. Antonio Machado escribió que se canta lo que se pierde, pero hay pérdidas que solo son olvidos y están ahí para cuando la vida parece que nos da la espalda. 

Libros

Hay libros que dejan huella sin que la calidad literaria sea determinante. Son otras las razones que explican esa impronta.  Alguno cubierto de polvo y las páginas amarillentas que encuentras en una caja arrinconada en el doblado. Perteneció a un antepasado y la curiosidad te lleva a hojearlo sabiendo que otros ojos recorrieron aquellos mismos renglones y otras manos pasaron las páginas como tú estás haciendo en ese momento. Una fecha y una firma de un tiempo muy lejano te hacen pensar qué sensaciones pudo producirle su lectura y te embarcas en ella por compartir en la distancia temporal esa aventura.

A veces son referencias que escuchaste a tus padres o a algún conocido las que despiertan tu curiosidad por algún libro determinado. O imágenes que te quedaron grabadas en la retina porque al contemplarlas te evocaron fantásticas historias. Recuerdo la ilustración en un tono azulado que presentaba a un señor con uniforme militar al que le caía una gran nevada en medio de la noche.  A partir de ella se abría la puerta de salida para que la imaginación volara por el espacio abierto de la fantasía.

Con ‘Las mil mejores poesías de la Lengua Castellana’, aprendí que la música no se escribe sólo en pentagramas y que los sentimientos brotan al leer o escuchar algunos de los poemas que contenía. Ese libro, de título tan contundente como inexacto, faltaban algunos y sobraban otros, me sirvió, sin embargo, para despertar mi afición por la poesía y emocionarme con su lectura.  Por él supe que las princesas también se ponen tristes, aunque se sienten en sillas de oro. Que los clarines de los desfiles pueden oírse a lo lejos y sentir los cascos de los caballos que hieren la tierra con rítmico compás.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Conocí al ‘Piyayo’, que la gente tomaba a chufla y a mí me causaba un respeto imponente cuando repartía a sus nietos pan y ‘pescao’ frito.  Imaginé una España orgullosa y soberbia, libre de extraño yugo. Supe que Dios hace milagros en los caminos solitarios con el solo acompañamiento del cantar de los grillos y las ranas. Que un olmo seco y hendido por el rayo es la imagen de la esperanza con algunas hojas verdes. Que las mozas casaderas no deben estar en la era si no está el sol en el cielo. Que puede morir la voluntad una noche de luna en que es muy hermoso no sentir ni querer. Que la dignidad de los pobres cuando sólo les queda la cama con las sábanas aún calientes de la esposa muerta es grandiosa.  Creí en Dios como testigo y lo vi jurar posando su seca y hendida palma sobre una promesa incumplida descolgando su brazo de la cruz.

Los libros esperan, como el arpa de Bécquer en el salón oscuro, que otras manos los abran y comience de nuevo la aventura personal que cada uno siente con su lectura.

Al margen

Cuando baja el caudal de las riadas quedan en las orillas los materiales que la corriente desecha. La imagen del río sirve una vez más como metáfora de la vida.

‘No somos nadie’ es una frase recurrente de nuestro personaje. Y es verdad. Solo es un número escrito en el recuadro de un impreso.

Vive en las afueras. Por temporadas, bajo un puente.  Allá a lo lejos, ajenas, las luces de la ciudad. ‘Por razones de la vida’ (otra expresión suya que revela situaciones convulsas y traumáticas) está al margen porque no le hicieron sitio, no supo buscarlo o le vinieron mal dadas. Abandonó la lucha y se dejó llevar por la indolencia.

El cartero no acude por esos andurriales. Tampoco lo necesita porque no tiene quien le escriba, como el coronel de García Márquez. Ni siquiera los bancos le comunican el cobro de comisiones. Su coche es el de San Fernando y para portar lo necesario tiene un carrito de la compra hallado en un contenedor. Hasta Hacienda lo ignora. ‘Qué pocos amigos tienen los que no tienen qué dar’. Solo dispone de su carnet de identidad, que algunas veces le piden. Sus únicos papeles son los de los periódicos para cubrirse.  Y las estrellas, que contempla por los ojos arqueados, siempre abiertos, del puente.

Un gato, al que habla como si fuera otra persona, le hace compañía.

 

 

 

 

 

 

 

Se alimenta de lo que le dan por la puerta de atrás de algún supermercado y de las pocas monedas que caen en una cajita a sus pies cuando recala en la avenida. Si el frío es intenso de noche, busca por los alrededores para hacer candela. Cartones verticales le sirven de parapeto, según de dónde sople el viento.

Un colchón viejo y dos mantas son su lecho. De mesilla, una caja de cervezas vacía.

La maquinaria social ata con cien cabos a los que tienen algo que perder. Él no tiene asideros.  Sus datos no saltan en los ordenadores de los ministerios y agencias tributarias.   Nuestro protagonista no votó nunca ni le importa quienes manden. Vive al margen de las normas, pero no enfrente, simplemente pasa de ellas. En la sociedad solo aplauden los comportamientos extravagantes de los que tienen mucho dinero. Él no puede ser ni verso suelto, sino el ripio que chirría en el poema.

Una vez tuvo que responder a un cuestionario. Solo rellenó los apartados de su edad, su nombre y apellidos. El domicilio habitual no lo puso porque era variable. Profesión habitual, vivir, mientras lo dejen. Si no causa muchas molestias, nadie se ocupará de él. Por Navidad le dan café caliente. Quisieron llevárselo a un albergue, pero no consintió perder su libertad.

Allá va, de retirada, con su gato y su carro, cuando encienden las luces de la avenida y comienzan a salir de paseo los grupos de amigos para disfrutar la noche del sábado. 

Permanencias, cantinas, roperos…

No era la necesidad azote exclusivo de un oficio. Las rabizas de los cinturones cada vez eran más largas y los agujeros donde meter las hebillas más numerosos.

Los maestros, pese al dicho, ni eran los más castigados ni los únicos que tuvieron que hacer equilibrios presupuestarios para llegar a fin de mes.

Abonados los gastos de hospedaje, poco dispendio quedaba para el asueto. Largos paseos y mucha charla ocupaban su tiempo libre.

En el año 1950 el sueldo anual de un maestro era de 7.500 pesetas y muchos tenían que buscar complementarlo con otras ocupaciones como, llevar la contabilidad de algún negocio, corregir trabajos para una imprenta o la venta a comisión en horas libres.

El gobierno era consciente de la precariedad, pero no ponía remedios. Como la bolsa estatal estaba exangüe y la educación no era preferente, idearon lo de las permanencias. Consistían en alargar en un máximo de dos horas la estancia en la escuela para aquellos alumnos y maestros que voluntariamente quisieran acogerse a ellas.

Se regularon mediante la Orden de 24 de julio de 1954. Los alumnos pagaban una cantidad mensual. Un 30% de ellos quedaban exentos por aplicación de la ley de Protección Escolar. Al final de cada mes les daban a los alumnos un papelito con la cantidad que debían pagar. Ese tiempo extra se dedicaba a machacar sobre lo mismo.

Había otras instituciones complementarias en el ámbito escolar que vienen de muy antiguo, concretamente de 1911. Eran las mutualidades, los cotos, las colonias, las cantinas y los roperos.

Con las colonias los alumnos que residían en zonas deprimidas pasaban unos días fuera de su localidad realizando actividades recreativas al aire libre y alimentándose convenientemente. En las cantinas comían los niños con menos recursos. Los roperos tenían dos funciones. Facilitaban ropa y calzado a los alumnos que los necesitaban y también ofrecían talleres a las alumnas para que hicieran las prácticas de las asignaturas específicamente femeninas. Las llamadas Labores. En esta tarea también colaboraban las madres y las maestras.

Por medio de las mutualidades se fomentaba el ahorro con aportaciones periódicas. De ese fondo podían disponer en caso de necesidad o para formar parte de sus pensiones cuando fueran mayores. De su gestión se encargaban los maestros, las familias y una junta infantil de los alumnos. Las anotaciones se hacían en una libreta, un extracto de los cuales se entregaba a los mutualistas al final de cada año. Parejo a las mutualidades se crearon los cotos escolares.  Los mutualistas desarrollaban labores hortofrutícolas y agrarias. 

Los beneficios económicos se distribuían entre las cuentas individuales de los alumnos, el socorro de enfermedad, la cantina y el ropero escolar. El 10% era el beneficio del maestro encargado de dirigirlo. Pertenecer a la mutualidad era obligatorio. El coto, opcional. Algunas de estas instituciones continuaron durante los primeros años de la dictadura.

Otros tiempos, otras necesidades, otra escuela. Y quién sabe.