Jugar a la guerra

Jugábamos a la guerra sin saber que no era un juego. No teníamos una idea clara de que nuestros padres y abuelos habían sufrido una en la misma tierra que nosotros pisábamos y cuyas consecuencias tardarían todavía muchos años en desaparecer. Tampoco captábamos el alcance de la que el mundo padeció posteriormente. La segunda barbarie en poco tiempo. Las enciclopedias las resumían en pocas líneas. Azul y rojo y lecciones conmemorativas, pero el día a día quedó para quienes lo sufrieron directa o indirectamente.

Cuando somos niños diez años son una eternidad.  De adulto, veinte no son nada, como dice el tango. Así que las guerras, a pesar del poco tiempo transcurrido entonces, estaban lejos para nosotros. Percibíamos solo a través de los suspiros y las conversaciones en voz baja de los mayores un atisbo al que le faltaban claves.

Nuestras armas en este juego eran sencillas. Podía servir un palo o un trozo de tabla como mosquetón.  Los más habilidosos construían arcos con una vara de acebuche y una cuerda de abacal. Las flechas lanzadas no alcanzaban más allá de los tres metros.

El campo de batalla dentro del pueblo era la manzana de casas que daba a la Plazuela, el rincón de la misma y las esquinas que confluían a ella. O los alrededores de la iglesia. En estas luchas imaginarias el ruido de los disparos y los relinchos de los caballos los hacían nuestras gargantas y el acierto del tiro había que discutirlo con la víctima. ‘¡Estás muerto, te has asomado y te he visto! No, la bala me ha pasado por debajo del brazo’.

Solamente se admitía el acierto de la puntería contraria cuando jugábamos en las gavias, que hacían de trincheras, y en los prados del ejido. Dejarse caer como los actores de las películas en aquella superficie verde nos gustaba.

De las películas de indios copiamos las coronas, confeccionadas con plumas de gallinas. La cara la pintábamos con tizones.

 

 

 

 

 

 

Los caballos sobre los que montábamos eran palos con un trapo de crin y otro de cola. El galope lo ponían nuestras piernas. Las espuelas, los tacones de los zapatos sobre los ijares del aire. Las maniobras de equitación y doma las acompañaban nuestras hábiles cinturas. ¡So! ¡Arré!

Como en las películas, el caballo del valiente siempre corría más que los otros y al jinete nunca le daban las flechas ni los tiros. Si acaso, leves rozones

De las de gladiadores imitábamos la lucha con espadas.  Las nuestras eran romas y de madera y al primer toque eras hombre muerto.

 

 

 

 

Ahora hay mayores que hacen la guerra sin juegos y jóvenes que mueren de verdad en los campos de batalla sin saber muy bien lo que defienden.  De Caín para acá hemos evolucionado bastante en la forma de hacerlo, pero su esencia permanece invariable: matar. Lo hace el depredador mayor que ha habido sobre la tierra: el hombre.

Invención de los carnavales

Cuentan que los hombres vivían en una caverna atados con cadenas y condenados a ver en el muro del fondo las imágenes proyectadas por el fuego que tenían a sus espaldas.

En cierta ocasión llegó una bella e incitadora moza y uno de los presos, no pudiendo resistir sus insinuantes encantos, yació con ella.

Esta doncella era una de las múltiples personificaciones que la carne adopta para llevar por los caminos de la lujuria la voluble voluntad de los humanos.

La hermosa dama liberó al complacido preso de sus ataduras y le indicó que volviese la cabeza para que contemplase el origen de las imágenes que veía en la pared.

Lo primero que vio fue el fuego que las proyectaba. Empezaba a comprender muchas cosas.

Después fue guiado hacia la salida, ascendiendo por una escarpada pendiente. En el exterior pudo admirar el poder y grandeza del sol.

Descubrió que la verdadera vida no era la reflejada en el muro, sino la que se desarrollaba a sus espaldas, la que él contemplaba en aquel momento.   

El tiempo concedido terminaba y tenía que regresar a la caverna. ¿Le creerían sus compañeros de prisión lo que él había experimentado y pensaba contarles? ¡Había conocido la esencia de las cosas y no sus representaciones!

Se rieron y se burlaron de él durante días, pero, pasado un tiempo, decidieron que lo mejor era probar, no fuera a ser que se estuvieran perdiendo las maravillas que les relataba el compañero. Rogaron insistentemente la presencia de guías que los condujeran hacia el conocimiento de la verdad.  Las mujeres presas exigieron, so pena de rebelión tumultuosa, que mandaran tanto hembras como efebos.

Escuchadas que fueron sus súplicas hicieron acto de presencia en la cueva hermosas mujeres y apuestos varones, dispuestos a apagar la sed de conocimiento que mostraban los presos.

Pero la concesión tenía unas condiciones: la estancia fuera sólo duraría cinco días, transcurridos los cuales volverían a la cueva y serían de nuevo encadenados, volviendo a ver las sombras de la realidad en la pared. Los presos a fuerza de insistir consiguieron una cláusula que les permitiría repetir la experiencia cada año antes de la llegada de la primavera.

 Así que, cumplido con holganza y regocijo el trámite libidinoso, se dispusieron a subir la escarpada pendiente que daba al exterior. Un grupo de ellos quedó tan exhausto con la primera lección que se negó a conocer más realidad que la que acababan de disfrutar con ardor inusitado en aquella lóbrega estancia.

Los demás salieron al exterior y pasaron cinco días de cantes, bailes y desfiles, acompañados de cómica desmesura y estridente bullicio. ¡Por fin se conocían a sí mismos y conocían a los demás en su más pura esencia! Se acababan de inventar los Carnavales.

Y aquí están de nuevo, para que los que gusten y quieran, asciendan por la rampa para descubrir la parte oculta de sí mismos.

Tren de vía estrecha

Hay oficios que bautizan a los que los ejercen y a toda su parentela.  Si vamos a un pueblo y queremos saber de alguien conviene conocer su ocupación. Nos será más fácil localizarlo.

Si preguntamos, por ejemplo, por José González, es probable que existan varios con ese nombre y que quizás pocos lo conozcan por él.  Pero si añadimos el yegüero, el sillero o el aperador habrá tantas manos como personas señalando la casa donde vive. 

En mi pueblo, Juan Diego era conocido como ‘el del carrillo’. Yo de pequeño lo atribuía a alguna incidencia o característica peculiar que tuviera en la parte más carnosa de la cara, pero por mucho que lo observaba no encontraba nada extraño.  

Tuvo variadas ocupaciones en su vida. Fue porteador de barras de hielo en su bicicleta desde la fábrica de Berlanga a Ahillones, municipal y cartero. Por si fuera poco, formó parte de la División Azul en tierras rusas, donde aprendió algunas frases que repetía con frecuencia a los amigos y donde se le quedó un trozo de su nariz por una bala perdida.

Lo de tal sobrenombre tenía otra explicación. Le venía del carrillo que utilizaba como medio de transporte para recoger y llevar paquetes de Ahillones a Valverde de Llerena. Por allí pasaba el tren de vía estrecha y existía estación del ferrocarril. En un principio la vía partía de Fuente del Arco y llegaba hasta Peñarroya (Córdoba). Posteriormente la ampliaron hasta Puertollano (Ciudad Real). La línea fue construida por la Sociedad Minero Metalúrgica de Peñarroya. La idea del trazado fue del ingeniero y gerente francés Charles Ledoux. Así daba salida al mineral hacia el norte y hacia el sur por Sevilla, pues la línea enlazaba con las de más anchura.

El mineral de la mina de La Jayona lo transportaban al principio en burros hasta la fundición, cercana a la estación.  En el año 1905 se puso en funcionamiento un teleférico para salvar las sierras entre ambos valles. Todavía quedan huellas de las torretas en algunos tramos.

 En el año 1956 la línea pasó a ser propiedad del Estado. Transportaban pasajeros y mercancías. La progresiva decadencia de las minas y el poco uso del tren hicieron que en el año 1970 se cerrara definitivamente por no ser económicamente rentable.

Paseo a veces por el antiguo trazado de esta vía férrea. La han convertido en ruta verde escoltada por dehesas, pastos y tierras labrantías para senderistas y ciclistas. Saliendo de Fuente del Arco llega a las ruinas de un antiguo apeadero, a cinco kilómetros de Berlanga y siete de Azuaga.  Al pasar por la antigua estación de Valverde, totalmente en ruinas, me acuerdo de Juan Diego y su carrillo, de la vida de entonces y de la actividad económica que hubo tiempo atrás con la minería.  Y acuden a mi memoria los versos de Francisco de Quevedo: “Miré los muros de la patria mía…”

Lluvia calaera

“La lluvia es una cosa que sin duda sucede en el pasado”, escribió Jorge Luis Borges.  Y del pasado llegan los recuerdos de otras lluvias, de otros temporales otoñales que por su ausencia en el presente acrecientan el deseo.

¡Qué placer sentimos de niños al ponernos con los paraguas debajo de los canalones! También cuando jugamos a ser ingenieros construyendo con piedras y barro presas en los regajos de la calle.

Con la lluvia navegamos por el mar del embeleso, atraídos por el espectáculo sonoro y visual que lo envuelve todo.

Al anochecer las débiles luces de las bombillas rielan en los charcos. Es la hora del regreso de los labradores, barro en las manos y en los ojos el pardo color de las besanas.

Estamos terminando octubre y por aquí ha llovido poco. Pero ya las bardas agarradas a la sierra por poniente y las nubes con forma de borreguitos al mediodía la anuncian para este fin de semana. Se desea y se necesita, no con la impetuosidad con la que cae la de septiembre, sino la caladera que fecunda los campos y llena los veneros. “Lluvia mansa y serena, de esquila y luz suave”, como la define Federico García Lorca.

Con el pronto declinar de la luz solar en estas fechas, el atardecer se convierte en un puzle de tonalidades grises que lo envuelve todo.

Me distraigo viendo las gotas, sujetas brevemente a los cristales con sus leves manos líquidas, como queriendo ver, curiosas, el interior del cuarto donde paso la tarde. Vienen otras y se las llevan, resbalando hasta el junquillo de la ventana.

De madrugada la lluvia tiene un encanto especial. Se oye el silbo del viento en los cables del tendido eléctrico y en las cornisas de los edificios. El rumoroso murmullo del agua, como un enjambre de abejas libando en el panal de los tejados.  Con ese sonsonete me duermo plácidamente hasta que por las rendijas de la ventana entran las espadas cenizas de la aurora.

Después de una noche lluviosa vamos a ver la crecida del arroyo, que baja con agua turbia y restos de pasto seco. Hay gente en las orillas con las manos en los bolsillos contemplando en silencio, igual que cuando se miran las llamas de la candela. Las nubes se alejan veloces camino de la mar vieja.

En los pueblos conocemos las rutas que siguen, presentimos los cambios por la dirección del viento y el aspecto del cielo. Tenemos el horizonte al alcance de la vista, ahí en los ejidos y lamentamos su tardanza cuando falta a su cita.

Quiero que llueva, “porque la mojada tarde me trae la voz, la voz deseada, de mi padre que vuelve y que no ha muerto”. Los remolinos polvorientos y espinos en las alambradas, me desazonan y me llevan a la aridez de los desiertos. La lluvia me devuelve a la vida de la infancia.

 

 

Vino amargo

Lóbregas tabernas donde olía a sudor y se juraba sobre el altar profano de los mostradores. Sillas de enea, algunas camillas y el humo de tabaco envolviéndolo todo.

Los urinarios estaban en el corral o en la calleja cercana. La meada, con una mano en el cuadril o en la pared si el que miccionaba necesitaba ayuda para mantener el equilibrio.  Los establecimientos que tenían dentro del local los servicios disponían del habitáculo justo para que cupiera el usuario. Uno tenía la puerta tipo cantina del oeste, tapaba el tronco del cuerpo y dejaba al aire pies y cabeza, de forma que el que estaba orinando podía seguir la conversación

con los compañeros que permanecían en la barra. Como no había agua corriente, de vez en cuando le echaban una cuba para aminorar el mal olor.

En uno de ellos el dueño guardaba una escoba de rama cerca del agujero donde se evacuaba. Estaba en el descanso de una estrecha escalera que subía al doblado. Había que traspasar el mostrador, por lo que quien necesitaba hacer uso de él debía acceder levantando la tapa que estaba en un extremo. El regente del local siempre avisaba: ¡Cuidado con la escoba!

Para limpiar la vajilla disponían de cubas o lebrillos, uno para lavar y otro para el enjuague. El agua iba tomando color a medida que avanzaba la jornada.  El paño ultimaba el aseo. Se introducía con el dedo pulgar en el vaso y se rotaba. Una mirada a contraluz delante de la clientela servía como acreditación de la limpieza.

Sin comida que acompañar en las libaciones, el alcohol expandía sus efectos desde el estómago a los pies y a la cabeza, pasando por la lengua que en los primeros momentos era vivaz y después se hacía pastosa, enredándose en las lianas de la torpeza. El señuelo era evadirse, pero se terminaba cayendo en una profunda melancolía. Agarrados al espejismo de la euforia, poco a poco, los efluvios del alcohol se evaporaban dando paso a la tristeza.

Había borracheras bochornosas, sobre todo en los días de fiesta. Ciertos trabajadores que acudían al pueblo con ganas de beberse a tragos su ausencia en pocas horas terminaban perdiendo la decencia y la dignidad.

Todavía repugna a mi recuerdo un borracho tendido en la acera. Boca arriba, turbia mirada al cielo, con un hilo de vino entre la comisura de sus labios. De mayor conocí algo de su historia. Sicario en la pared del cementerio, junto al pozo, donde quedaron cicatrices que la cal solo pudo disimular con una mano blanca. Eran las primeras imágenes que captaba de la degradación humana, ignorada hasta que descendí por las escaleras de la razón a la sima de lo inexplicable. Bebía para olvidar, pero el vino no borra, sino que resalta lo que se desea ocultar cuando las olas de la resaca se retiran en un amargo despertar.

Cartillas y enciclopedias

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

En el libro ‘El Nuevo Catón’, que utilizábamos en la escuela de lectura, había una ilustración del cuento de los Hermanos Grimm, ‘Los músicos de Bremen’, en la que un burro, un perro un gato y un gallo, subidos uno sobre otro, se asomaban a la ventana de una casa para amedrentar a los bandidos que la ocupaban, emitiendo cada uno de ellos sus sonidos característicos.

Esta imagen permanece aún en la memoria después de tantos años. Las fotografías o los dibujos que acompañan a un texto es lo primero que percibimos, lo último que olvidamos y lo que más despierta nuestra imaginación.

El maestro preguntó a uno de mis amigos qué significaba para él la ilustración en la que se representaba a Cristóbal Colón con su séquito poniendo pie en tierra con la espada en una mano y la cruz en la otra ante los indígenas. Respondió que el descubridor les estaba diciendo a los nativos: “Dos caminos tenéis, así que escoged el que más os convenga”.

De entre los libros que usábamos entonces recuerdo las cartillas de lectura, las ‘Rayas’, obra del maestro Ángel Rodríguez Álvarez, nacido en el pueblo cacereño de Serradilla y editadas en Plasencia por la editorial Sánchez Rodrigo.

Utilizaba un método foto silábico que supuso una innovación en la enseñanza y aprendizaje de la lectoescritura.

Cada página estaba encabezada por un dibujo que nos servía a los alumnos para asociarlo con la sílaba correspondiente y también como estímulo, según avanzabas, para el dominio de las palabras.   Algunos se atragantaban con el tomate mientras otros apuraban ya las yemas.

Cuando las conocías todas pasabas a las lecturas fluidas que nos introducían en el maravilloso mundo de los cuentos y la fantasía.

Las enciclopedias nos ofrecían resumido el saber imprescindible para desenvolvernos en el limitado mundo de entonces, envuelto y teñido por la ideología imperante.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La de ‘Alvarez’, ‘intuitiva, sintética y práctica’, según constaba en su portada, era obra de Antonio Álvarez Pérez, maestro, escritor y editor zaragozano.  Fue la que usamos nosotros, publicada por la editorial Miñón, de Valladolid. Había de tres grados y otra de iniciación profesional.

Sus ilustraciones quedaron grabadas en nuestra memoria. Recuerdo la que representaba a un hombre fulminado por un rayo cerca de un bosque, la de la voz de la conciencia que alertaba al niño que iba a robar unos caramelos, la de Moisés golpeando con su cayado en una roca de donde empezó a manar agua, la del maná cayendo sobre el desierto… Y sobre todo la del sol saliendo entre montañas.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Primaba entonces la enseñanza memorística. Explicaba el cura lo del paraíso y nuestros primeros padres. Uno de los alumnos le expuso en pura lógica que los hijos de Adán y Eva tendrían que casarse entre ellos para que hubiera la descendencia que hubo. “¡Bueno, mira con lo que sale este ahora! ¡Catecismo, catecismo y catecismo! ¡Y déjate de pamplinas! 

Hojas caídas

Si yo fuera poeta intentaría plasmar en poemas lo que me evoca ver caer las hojas en el comienzo del otoño. Haría un símil entre este fenómeno natural y las cosas que perdemos en la vida. Vieja imagen, trillada y manida que, con mayor o menor fortuna, reflejaron muchos escritores, algunos de forma excelsa. Como yo no sé encajar tantas sensaciones en el armazón de la métrica y la rima, las expreso según van brotando espontáneamente del manantial acumulado.
Y mira por donde la última hoja que ha iniciado su caída, desprendida ya de la rama y seco su peciolo, es la antítesis de la poesía: una institución bancaria que abandona el árbol que le dio cobijo durante muchos años. Fue en su origen Monte de Piedad y Caja General de Ahorros de Badajoz, y, por cruces y ‘apareos’ de conveniencias ajenas, cambió de nombre englobada y fusionada con otras del gremio. Según noticias y bando publicado por el alcalde de Ahillones abandona la sucursal de mi pueblo en unos días.  Un rejón más en el morrillo vacío del olvido.
Como no hay rosas sin espinas, aquí lo incluyo. Pero vamos a temas más amenos. De otros otoños me llega la imagen de mi madre machacando aceitunas en una piedra lisa sobre un tocón del almendro. En este tiempo hace fresco a la sombra y calor al mediodía. Para evitar que el sol le diera en la cabeza colgaba una tela en el alambre de tender la ropa. Sentada de espaldas a la pared y protegida para que no le salpicara, iba cogiendo las aceitunas y una a una las machaba, empujándolas después con el ‘machacaó’ hacia la tinaja de barro que estaba en la parte delantera. De ritmos parecidos nacieron los cantes de fragua y de trilla.
Si yo fuera poeta elevaría a versos los surcos recién abiertos por el arado en la besana, desprendiendo vaho después de las primeras lluvias. Haría con el rocío de las vegas diamantes de traslúcidos destellos y bajaría como vuelo en parapente con las hojas de los chopos que alfombran de dorados colores las riberas. Como hoy, que, por los límites difusos del olvido y la memoria, vaga la melancolía con un fondo musical y algún lejano recuerdo que quizás nunca existió. En el suelo quedan hojas caídas, ocres, naranjas, doradas, amarillas…En la gavia que baja hasta el arroyo, membrillos; granadas en el huerto y hormigas de alas en el aire azul después de la lluvia.
Haría del mundo un ‘repión’, como aquellos que nos traían de la feria de Zafra. Lo lanzaría contra el suelo, como entonces, con la ayuda de una cuerda y una moneda de real sujeta en un extremo, por ver si con los giros se despoja de cascarrias. Y les echaría la malaventura en la feria de la vida a aquellos que  abandonan a los débiles cuando más los necesitan. 

Un nuevo curso

Pasan por mi calle los niños camino de la escuela. Vuelven a las aulas después de las vacaciones de verano con caras de sueño interrumpido y alguna señal de la almohada en sus carrillos. No saben todavía que están viviendo la etapa que añorarán muchos años después, cuando en lugar de las almohadas sea el tiempo el que deje señales en su cara.
Los días anteriores los maestros han organizado el curso, con un ojo en las prevenciones sanitarias y otro en las programaciones.
Me contaron viejos compañeros que ya cruzaron la laguna Estigia que antes no había tanta burocracia.  Yo mismo conocí reuniones informales en los recreos que servían de claustros, sin tantos protocolos.   En rellenar el ERPA (Extracto del Registro Personal del Alumno), acomodarse en las aulas y realizar una somera evaluación inicial ocupaban la mayor parte del tiempo.  Y al tajo que, fundamentalmente, consistía en la docencia directa.
Ahora hay mucho papeleo.  Por no hablar de reuniones de claustros, equipos, niveles, consejos escolares, comisión pedagógica… No siendo pocos los documentos que hay que cumplimentar la covid ha venido a poner la guinda con las mascarillas y el resto de medidas preventivas. Un corsé al estado natural de los niños, que es moverse.
Hay tareas burocráticas que son imprescindibles. Las que tienen una influencia directa y determinante en los procesos de enseñanza y aprendizaje.  El exceso de tareas provoca un desgaste psicológico y físico que repercute en la docencia.
Por si esto fuera poco, cada cierto tiempo cambian las Leyes de Educación y cuando se están asimilando los pasos del baile cambian de orquesta y de ritmo El gobierno de turno deroga o modifica la del anterior y la oposición anuncia que suprimirá la vigente en cuanto llegue al poder. Vaya tropa. Una auténtica sopa de siglas, que no bien llegados a descifrar ya están obsoletas.
¿Se refleja todo esto en el rendimiento de los alumnos? La lectura y la escritura, en sus manifestaciones comprensivas y expresivas, constituyen los cimientos sobre los que levantar el resto del edificio. ¡Qué olvidada la expresión oral! Da envidia escuchar cómo se expresan algunos niños hispanoamericanos.
Los comentarios de textos adaptados a cada nivel, desentrañando el significado de cada palabra, de cada giro, de cada expresión es una actividad esencial. Si de mí dependiera dedicaría los primeros cursos solo a eso: a hablar, a escribir y leer.
Conocí a un maestro que tenía en la clase dos vitrinas con minerales e insectos disecados y en las paredes carteles de vistosos colores. Los conservaba año tras año desde hacía mucho tiempo. Un auténtico escaparate que le servía para causar buena impresión a los visitantes, pero que no utilizaba.
Algunas veces me da la sensación que se atiende más a las vitrinas, al papeleo burocrático y a las estadísticas con numerosos gráficos que no reflejan la realidad de lo que sucede exactamente en las aulas.

De lo vivo a lo pintado

Clareaba ya por el saliente. Había acabado la verbena y los camareros barrían las puertas de los bares y amontonaban sillas y veladores.  La plaza quedó casi vacía. Quedábamos nosotros, tres mozalbetes que habíamos ido a la feria y estábamos esperando sentados en el umbral de una casa a que volviera el amigo que nos había llevado. Vagamos como ovejas descarriadas de un sitio a otro hasta que cansados y aburridos nos sentamos allí, cerca del coche, aquel Dyane 6, experto en fiestas y romerías. La noche había transcurrido entre mostradores y apariciones por la pista de baile. Tuvimos tiempo de escuchar todo el repertorio, desde ´La conga de Jalisco’ a ‘La morena de mi copla’. Rematamos con churros y chocolate. Y el sueño empezó a escalar del estómago a la cabeza. Cuando apareció el amigo conductor el cuadro era de rifa. Nos contó que había ligado y de ahí el retraso. Llegamos a nuestro pueblo cuando el sol de septiembre se desparramaba amarillento por los rastrojos.  Yo dudaba entre dar los buenos días o las buenas noches a las personas con las que me encontraba camino de mi casa.

A los demás amigos que no vinieron con nosotros les contamos lo bien que lo habíamos pasado.  Y bien sabe Dios que en más de un momento me arrepentí de haber ido y que quién me habría mandado a mí ir.  Me ocurrió más de una vez en aquellos tiempos en que no había sábado sin sol ni noche sin discoteca.

Un día de Año Nuevo, al tibio sol del mediodía, refería un vecino mayor que yo, a un grupo expectante, la juerga que se había corrido la noche anterior despidiendo el año. En nuestro pueblo aún no se celebraba la Nochevieja, lo que hacía más fantástico su relato y más fértil nuestra imaginación. Nos mostró una nariz de cartón con unos bigotes y un gorro en forma de cono. Yo lo escuchaba embobado y envidioso de no haber podido disfrutar de tan magnífica velada por ser todavía pequeño.  Mocitas, baile, champán, confetis…

Mira por donde al poco nos encontramos con el compañero de francachela. Nos contó una versión un poco diferente. El baile lo vieron desde una ventana y la máscara con nariz y bigotes la consiguieron en una caseta de tiro. 

Así vamos creando realidades paralelas. La que es y la que desearíamos que hubiese sido.

Sucede también en otras facetas de la vida. Se usa el lenguaje para falsear la realidad.  Cuando nos dicen que hay tensiones de tesorería lo que nos están diciendo es que no hay dinero. Si hablan de que el paro ha tenido un crecimiento negativo es que hay más parados. Al copago lo visten de tique moderador. A la emigración, de movilidad exterior…

En fin, con este artículo, amables lectores, me despido hasta septiembre, si por bien es. Las vacaciones serán fantásticas, reales o pintadas. 

Albañiles

Me gustaba observar de niño cómo trabajaban los albañiles. Todavía no utilizaban hormigoneras para las mezclas. Hacían un montón con arena y cemento y le abrían un hueco en medio donde iban echando agua. Con el rodo lo removían, procurando que no se saliera el agua por los laterales. Después transportaban la mezcla en una carretilla de mano hasta el lugar preciso. Si era en alto instalaban una garrucha y la subían en esportones de goma.

Me asombraba la coordinación que tenían para lanzar ladrillos y tejas desde el suelo a los tejados. Cómo los lanzaban con la fuerza justa para no pasarse ni quedarse cortos y que llegasen a las manos del que los recibía en el momento justo de acabar el impulso.

La cuadrilla básica estaba formada por un maestro y un peón. Este, si era un poco espabilado, iba aprendiendo las técnicas del oficio y con el tiempo podía independizarse y formar su propio grupo. Era la manera más habitual de aprendizaje.

El maestro tenía siempre a mano sus herramientas fundamentales: el metro y el nivel. Había algunos profesionales muy acreditados por su buen hacer. Eran los más solicitados para obras de envergadura.  Las construcciones de bóvedas no estaban al alcance de cualquiera. Aquí permanecen todavía en bastantes edificios como certificado y constancia de la maestría de quienes las construyeron. No abundan actualmente los profesionales que sepan hacerlas.

También estaban los más duchos en remiendos, derribos y chapuzas que en levantar fábrica y refinamientos. Uno de ellos, con auto proclamada vitola de maestro, pero sin haber llegado todavía a oficial, dejó anécdotas que aún se refieren cuando vienen a cuento. En cierta ocasión levantó un tabique de poca anchura y bastante extensión y no estando muy seguro de que aquello continuara en pie por mucho tiempo, por experiencias anteriores, le dijo al peón: ‘Sujeta aquí mientras yo voy a cobrar’. No habían alcanzado la otra acera de la calle tras el cobro cuando la pared se vino abajo con gran estrépito.

He leído días atrás que, ante la inminente llegada de fondos procedentes de la Unión Europea, destinados a la recuperación económica, van a hacer falta profesionales cualificados. Juan Manzano Díaz, presidente de la Federación Regional de la Pequeña y Mediana Empresa de la Construcción (Pymecon) declaraba en este mismo periódico que ni la FP ni las escuelas profesionales forman para trabajar en esta rama que abarca varias especialidades, como yesistas, alicatadores, encofradores… Aboga por seguir el modelo alemán de aprendizaje. Mucha práctica en las empresas y un solo día a la semana para la teoría en el centro educativo, con un contrato de formación remunerado.  El tema está sobre la mesa y el debate servido.  Creo que la Formación Profesional, coordinada con el mercado de trabajo, puede servir para reducir el alto porcentaje de paro juvenil y mejorar la rentabilidad de los recursos destinados a la enseñanza.