Jeringos

(Dedicado a una persona a la que sé que le encantan)

Comer jeringos lo asociaba con días de fiesta. Cuando las primeras comuniones se celebraban en familia o con los mismos compañeros de la escuela, antes de que se convirtieran en comilonas semejantes a las bodas donde los mayores comparten charla y copas y el comulgante se entretiene con el último modelo de artilugio electrónico en un rincón del salón.

Los comíamos en las cantinas que montaban por feria en la umbría de la iglesia. Allí recalaba la gente antes de irse a casa cuando estaba la noche avanzada y el cuerpo pedía algo caliente para entonarse.

En estos días de Semana Santa, Manuel, apodado el de los jeringos, montaba sus bártulos en las Cuatro Esquinas. Baño de cinc para la masa, sartén con aceite, soporte de bidón para la leña y una pequeña mesa para despachar. Apoyada la jeringa donde el pecho se une al brazo, echaba la masa en el aceite humeante haciendo espirales. Inmediatamente con las varillas las separaba para que no se pegaran. Arriba con ella, un momento para escurrir y a la mesa para trocearla con las tijeras.

 Cuando compraban la rosca entera para llevar le ponía un junco verde para sostenerla y que no se quemaran los dedos. A los mayores que no salían de casa en las fiestas se les llevaba una ración.

El chocolate es el complemento ideal. Espeso y consistente, no la aguachirle que ponían en los colegios. Que al introducir el churro haya que vencer una pequeña resistencia, acción que pertenece a la liturgia de los placeres culinarios y hace funcionar a tope las glándulas salivares.

La Real Academia Española de la Lengua no recoge en su diccionario el término ‘jeringo’, como tampoco le da asiento a ‘posío’, de arraigado y extendido uso por estas zonas, como tierra o campo sin cultivar. No tienen reconocimiento oficial, mientras los advenedizos de las nuevas tecnologías y los más urbanos se cuelan en las nobles páginas que la institución que fija limpia y da esplendor. Clicar, guasapear, friki…

En el tema que nos ocupa, más apetitoso, el diccionario recoge, tejeringo, churro, calentito y porra. Según regiones hay leves diferencias en la masa, donde está el secreto, pero lo fundamental es harina, levadura, agua y sal. Y el medio donde se produce la transformación: el aceite. La blanca masa torna en poco tiempo del albor al dorado y crujiente manjar. Dicen que su origen está en China de donde los trajeron los marinos portugueses. Cuando llegaron a España lo bautizaron como churros por su semejanza con los cuernos del macho de las ovejas churras. Y dicen que fueron los pastores, como en la Nochebuena, los primeros en pasar por el aceite la masa de harina.

Una vez comidos, el cuerpo pide cama. Lleno y reconfortado el estómago, los párpados se ponen intermitentes en una progresiva y lenta retirada de energía de la cabeza al estómago. Que les aproveche.

Una vida en falso

 

 

 

 

 

 

 

 

Lo ideal es comportarnos según las convicciones que tengamos, sin depender del qué dirán ni de la presión social.  Coherencia entre lo que pensamos, lo que decimos y lo que hacemos. ¿Siempre somos todos así de perfectos? Cuento un caso extremo, verídico como Gandía, pero debe de haber más por esos medios.

Una persona fue perdiendo su reputación ante los vecinos por su afición a la bebida y por los escándalos que con ello provocaba. Vivía solo, lo que no era motivo ni excusa de su vida desordenada. Comía mal y a deshoras y andaba por ahí como buey sin cencerro ni perrito que le ladrara. Me parecía el protagonista de la novela de Henry Troyat, ‘Una vida en falso’, que leí de joven y dejó en mí profunda huella.  

Un día se presentó en el mentidero de la esquina donde solía reunirse con los que caían por allí con una herida en la frente. Todos conocían su mal vivir y sus andanzas, así que los presentes suponían la causa del infortunio. Mitad burla, mitad cumplimiento, le preguntaron por el motivo. Él les explicó con acompañamiento de gestos y viveza expresiva, pues era de charla amena y ocurrente, que se la produjo al colgar un cuadro en casa, cosa que probablemente no había hecho en su vida. Se le resbaló de las manos y, mira por dónde, vino a dar con uno de sus picos en la frente.

Los habituales embustes que echaba iban destinados a no perder la estima que creía que podían tenerle los demás, pues antes fue una persona laboriosa y cumplidora. Esa integración que buscaba no perder, fingiendo una vida falsa, era el último asidero para no caer por completo en la autodestrucción. Necesitaba sentirse aceptado, aunque fuera a través de falsedades, intentando ocultar a los demás sus debilidades.

La opinión ajena, que es lastre y grillete si condiciona, también es estímulo si anima. En ocasiones nos comportamos como creemos que los demás esperan que lo hagamos. La frase: ‘No me esperaba eso de ti’ rompe bruscamente la opinión que alguien tenía de nosotros. Una fama que si por hábito es mala lo que te están diciendo es un halago.  La reputación conseguida a lo largo de muchos años se quiebra por la decepción que produce una conducta inadecuada o no ajustada a esa imagen.

El mismo protagonista, otro día, en el mismo mentidero, sin que nadie le preguntara, dijo: “Me voy a acercar a casa porque he dejado el puchero en la candela y tengo que echarle la morcilla.” Bien sabían los contertulios que ni había puchero ni morcilla que lo acompañara, pero nadie le dijo nada. Él sabía que mentía y los demás también. Al fin y al cabo, “¿Qué es la vida? Una ilusión, / una sombra, una ficción/ y el mayor bien es pequeño:/ que toda la vida es sueño/ y los sueños, sueños son”.

La buena memoria

Después de estar toda la tarde intentando recitar el misterio de la Santísima Trinidad del viejo catecismo sin conseguirlo el cura que nos tomaba la lección se hartó y nos castigó sin salir hasta que conseguimos memorizarlo mi compañero de fatigas y yo.

Lo logramos a base de repetirlo, pero no entendíamos ni papa de aquello. Así sigo, aunque hasta hace poco lo decía de carrerilla.

Aprendíamos muchas cosas de memoria sin comprender sus significados, y sin embargo esa facultad de la inteligencia es imprescindible para el aprendizaje, pero, hombre de Dios, no me obligue a tragar la comida sin masticarla.

El metro se definía entonces como la diezmillonésima parte de un cuadrante de meridiano terrestre. Lo aprendí y lo repetía como un papagayo, pero no sabía lo que era una diezmillonésima parte, ni sabía qué era un cuadrante ni quién habría subido allí para medirlo.

Tardé en comprender lo que significaban los conceptos de los trópicos de Cáncer y Capricornio, no sé si por mi dureza de mollera, lo más probable, o porque no me lo explicaban bien. Yo intuitivamente, sin saber nada de equinoccios y solsticios, me preguntaba por qué la sombra de la pared lindera del corral que daba al norte menguaba en verano y empezaba a ensanchar en otoño. Durante un año fui haciendo rayas en el suelo poniéndole el nombre a cada mes. Así deduje a mi manera que el sol tomaba altura en el estío y la perdía en invierno. De junio a diciembre estaba la diferencia de altura del sol durante el año. Las causas las aprendí más tarde, pero los cimientos estaban hechos. 

No debí de ser yo el único que tuvo dificultades para captar estos conceptos entonces.  Lo que me ha llamado la atención ya de mayor es que algún conocido con estudios sostuviera que el sol sale y se pone todos los días del año por el mismo sitio. Sin ser el sargento Santos en la película ‘Amanece que no es poco’, que se lio a tiros con él porque salió por donde no pensaba, la solución está en mirar al cielo en los crepúsculos.

Yo lo observaba cuando en las dilatadas tardes de verano el sol entraba hasta mitad de la casa de mi abuela que da al poniente donde ella y las vecinas cosían y en invierno pasaba esquivo y de soslayo sin que nadie le impidiera el paso.

Una vez más la tierra en su movimiento de traslación llega al equinoccio. El sol sobre el ecuador iguala la duración de las noches y los días en los dos hemisferios. La primavera está a la vuelta de la esquina. San José, fiel escudero, viene anunciándola con su vara de gamón.   

La memoria y el corazón guardan las luces y las sombras que se repiten cada año. Con Juan Ramón Jiménez “Vámonos al campo por romero/ vámonos, vámonos por romero y por amor”.

 

Traslados y arraigo

 

Me contó un amigo que, en una de sus primeras tomas de posesión como maestro, en Maguilla, con una edad que no pasaba de los veinte y una timidez acentuada, se personó en la casa del párroco. El cura, de talante abierto y espontáneo, aficionado a la caza y a compartir charla y copas con los parroquianos, lo vería un poco retraído y para darle confianza le preguntó si le gustaba el vino. Le puso un temperante acampanado que apuró en amena charla. Entre pitarra y palabras, él, que entró apocado salió dispuesto a comerse el mundo.

Los maestros, como los demás funcionarios, tenían la obligación de residir en la localidad a la que eran destinados, según establecía la Ley de Funcionarios Civiles del Estado de 1964. Para no hacerlo necesitaban una autorización de la Dirección Provincial. Independientemente de este deber, tampoco era fácil trasladarse a diario de una localidad a otra pues pocos disponían de coche propio y el transporte público, si existía, no coincidía con los horarios laborales.

 Los concursos de traslados eran a nivel nacional y cuando la participación en el mismo devenía forzosa podían ser destinados a cualquier punto de España. Los que estaban solteros buscaban pensiones o domicilios particulares y los casados, si llevaban a mujer e hijos, alquilaban casas, si no las había destinadas específicamente para maestros. La querencia y la economía así lo aconsejaban. Salía más a cuenta que tener dos casas abiertas dada la escasez de los estipendios.

Esta situación de traslado a tierras lejanas, al principio contrariaba, pero tenía sus partes positivas. Nuevas relaciones humanas y conocimiento de otras costumbres y tradiciones que con el paso del tiempo se integraban en su bagaje cultural y sentimental. Los alumnos tenían la posibilidad de conocer también otras formas de vida que ellos les referían.

Y más. Seguro que ustedes, amables lectores, han conocido casos parecidos a los que voy a referir.  Cuanto más pequeño es el pueblo, la relación del que llega es más estrecha con los vecinos.

Al mío llegó un maestro de Galicia que se llamaba don Jesús Souto, bautizado a nivel popular como ‘El gallego’.  Arribó con su familia, mujer, hijos y cuñada. Aquí vivió bastantes años y es recordado por todos los que lo conocimos.

De Salamanca vino una maestra con su hermana. Tan estupendamente se adaptaron y fueron recibidas que las dos ennoviaron y formaron familia en el pueblo. Y por aquí siguen ellas y sus descendencias.

Uno de mis primeros maestros procedía de Feria. Se hospedaba en la casa que hacía de fonda hasta que la dueña y él entablaron relaciones, se casaron y dejó de pagar el hospedaje.

Gente que viene de paso y se queda para siempre. Otros dejan su recuerdo. Cruces de caminos en los que muchas veces el azar nos dio la oportunidad de conocer a personas que forman parte de nuestras vidas desde entonces.

Juegos de bar

Cuando la conversación decaía en noches de ‘cordeleo’ por bares y tabernas alguien proponía que nos jugáramos las rondas a los chinos. Las manos atrás para el trasvase de monedas y puños al medio para el envite. También jugábamos al que más sabe.  La consecuencia era que aumentaba el número de rondas y la rapidez para consumirlas. ¡Bebed que os llene!

A últimas horas de la noche solían permanecer casi siempre los mismos clientes en los bares. Veceros de danos la penúltima mientras barrían el local.  Un compañero al que le gustaba apurar la velada hasta la hora de cierre y las copas hasta el culo me dijo que cuando en su dilatada época de interino lo destinaban a un pueblo que no conocía le costaba poco trabajo hacer nuevos amigos. Los encontraba de su condición y gustos en el bar a esa hora bruja del remate, cuando el vino levantaba velos y las conversaciones fluían como el agua de lluvia en la pendiente.

A los bares se acudía para relacionarse con la gente, beber, charlar, leer el periódico y jugar. De la charla a la porfía solo mediaban unas copas. En esos casos, alcohol por medio, mejor dejar política y credos aparte. No hacen buenas migas.  Cada palo que aguante los suyos y con su pan se los coma. De amoríos y celos en tiempos ya lejanos surgieron peleas con citas fuera del local para dirimir diferencias ¡Los valientes, a la calleja!, decía un sabio y viejo tabernero cuando veía que el vino y la presencia de testigos envalentonaban a los porfiadores.

De juegos ha habido muchos. Aparte de los naipes con sus variadas modalidades y el dominó, he visto echar pulsos, competir en fuerza con un artilugio parecido a una cafetera apretando fuertemente con la mano, echar partidas a los dados. Incluso a las damas y al ajedrez en las horas más tranquilas.

Antes de que llegaran las máquinas tragaperras estuvieron de moda las de bolas niqueladas con las que conseguías partida gratis si alcanzabas cierta puntuación a base de lanzarla contra setas con luces parpadeantes que las repelían y meterlas en oquedades de las que salían despedidas. 

También había máquinas ‘cantaoras’. Si las alegrías infantiles sobre caballitos de madera costaban una moneda de cobre en tiempos de Antonio Machado, en los que me refiero por un duro echaban a volar su fantasía durante unos minutos los acodados en el extremo de la barra. Solitarios que expulsaban por la boca en forma de boquilla de trompeta anillos de Saturno temblorosos, que se deshacían en medio del salón. Era otro juego en el que la imaginación bullía al compás de las canciones. De allí podía salir el acodado, montera en mano por la puerta del Príncipe, con los bracitos en cruz, haciendo brindis al vino y las mujeres o echando el capote al suelo para que pisara la morena de la copla.

DNI

A primeros de mes volverá al pueblo el equipo que hace y renueva los DNI. Han pasado diez años desde la anterior renovación y ya toca otra vez. La fotografía se quedó parada, pero los años han seguido en caída libre. Yo, como voy conmigo, no me entero, pero los que la miran necesitan varias pasadas y algún arqueo de cejas para asegurarse que no soy un impostor. Puede que esta renovación sea la última y me den el permanente, que caducará cuando yo. Ignoro si en su tramitación todavía te sujeta el funcionario el dedo y lo mueve a derecha e izquierda para que los tortuosos caminos de las huellas queden bien impresos. A mí me parecen esas curvas las isobaras de una gran borrasca.

Se cree que el alma abandona el cuerpo cuando mueren las personas. No lo sé, pero sí que el DNI sobrevive a quienes identifican. Lo necesitan los deudos para variados y obligados trámites. Permanecerán registrados en los ordenadores de la administración, de los bancos, de las compañías eléctricas y telefónicas…  Y cuando todo esté saldado y repartido, los números irán al cementerio de los dígitos huérfanos.

En el periodo de colonización de América, se estableció un sistema para controlar las personas que salían de España. Se otorgaban las llamadas ‘cédulas de composición’, que eran unos pergaminos con los datos del poseedor escritos a mano. Estaba prohibido a los extranjeros residir en los territorios españoles de ultramar. A pesar de ello muchos se arriesgaban a cruzar el Atlántico y establecieron allí su residencia en busca de fortuna. Para regular esta situación se otorgaban estas cédulas a quienes llevaban tiempo viviendo en las colonias con sus familias y poseían bienes. Concesión que estaba sujeta al pago del tributo correspondiente.

Hasta el reinado de Fernando VII no aparecen unos documentos con cierto parecido a los actuales DNI. Las llamaban ‘cédulas personales’ y ‘cartas de seguridad’.  Las expedían los ayuntamientos y diputaciones para aquellos que tuvieran que realizar gestiones con los organismos oficiales. Eran fáciles de falsificar.  En el mismo reinado se creó la Policía General del Reino, concediéndole la facultad de realizar padrones con los datos del sexo, estado, profesión y naturaleza. Esta facultad sigue atribuida, con los cambios pertinentes originados, a la Policía Nacional.

Los sucesivos modelos de DNI han ido reduciendo tamaño, modificando colores, acumulando información sobre nosotros y aumentando prestaciones.

El actual no es tan antiguo. Lo implantó el régimen surgido de la guerra civil por medio de la convocatoria de un concurso para su diseño, que ganó D. Aquilino Rieusset Pachón. Hasta el año 1951 no se expidió el primer ejemplar, que fue, con el número uno, para Francisco Franco; el dos para su esposa y el tres para su hija. Años después, se reservaron para la familia real los números del 10 al 99.  En el cementerio de los números de carnet también hay jerarquías.

Río Duero

Me gusta pasear por el campo estos días de febrero porque la primavera se anuncia en los almendros. Duro y de rugoso aspecto en su exterior, pero de bellas y delicadas flores. Destacan, blancas y rosadas, en los ribazos y entre los olivares de la sierra.

Tiene la edad madura algo de similitud con este árbol. Los años endurecen y arrugan la piel, pero el aspecto engaña e igual que en ellos ofrecen hermosas flores, de los mayores pueden nacer los sentimientos más excelsos. ¿Por qué se emocionan tanto los viejos si no es porque conservan en su corazón la ternura que su físico les vela?

Pienso estas cosas mientras paseo por la ribera del arroyo de la Corbacha, casi seco en los últimos veranos, pero que en inviernos lluviosos se convierte en caudaloso río con imponente rugido entre las abruptas rocas de su cauce. Quedan restos de viejos molinos en sus orillas y en sus vegas florecieron feraces huertas que llenaron de vida estos parajes.

Recuerdo otros días de lejanos febreros. La lluvia repentina y breve, la luz del sol que aparece entre trozos de añil y levanta el arco iris sobre la nube negra que se aleja. Los bulliciosos trinos de ruiseñores en la alameda y en el pelo mojado de una joven, efímeros reflejos bellamente tentadores. De nuevo el campo se oscurece al paso de otra nube que se acerca con un rumoroso galope de lluvia. Llega y nos moja. Juntos buscamos la protección de nuestros cuerpos hasta que se aleja por los olivares arrastrando entre las ramas los volantes de sus cortinas de agua.  El sol vuelve a dejar medallones sobre el campo verde y entre la siembra se escuchan los reclamos de la perdiz en celo. 

A mi paso han levantado el vuelo, sorprendidos, unos cuantos patos azulones. Una gallineta esquiva ha sobrevolado a ras el agua y se ha escondido en las eneas.

Si este pequeño arroyo provoca en mí tantas sensaciones, qué no será el Duero para muchos amantes de la naturaleza y la poesía al pasear por los mismos lugares que inspiraron a tan insignes escritores.

Gustavo Adolfo Bécquer ubicó allí la acción de dos de sus ‘Leyendas’: ‘El monte de las ánimas’ y ‘El rayo de luna’.

Y qué decir de Antonio Machado: “Allá, en las tierras altas, /por donde traza el Duero /su curva de ballesta/en torno a Soria, entre plomizos cerros/ y manchas de raídos encinares, /mi corazón está vagando en sueños…”

Hay un proyecto para construir una urbanización en su orilla derecha a su paso por Soria, lo que alteraría el paisaje y su patrimonio sentimental.

Alertas meteorológicas

El joven pastor estaba con el rebaño de ovejas una tarde de mayo entre las encinas de la dehesa.

Al mediodía empezaron a aparecer en el cielo unas nubes blancas con forma de coliflor. Fueron creciendo de volumen y ennegreciendo su aspecto con el paso de las horas. Un penacho en su cima con forma de yunque remató su formación.

Un compañero de trabajo le dijo que no se entretuviera. Ya había empezado a tronar y una cortina gris por la parte de la sierra anunciaba la lluvia próxima.

Pronto empezaron a caer gruesas gotas y los truenos rebotaban de loma en loma cada vez más cercanos al destello repentino de los relámpagos. Las ovejas llegaron solas al cortijo. Alarmados, los compañeros salieron en su búsqueda y vocearon su nombre por caminos y encinares sin obtener respuesta. Recorrieron los lugares por donde suponían que podía haberse refugiado. En una primera batida no lo localizaron. Cesó la tormenta, pero la llegada de la noche dificultó la búsqueda. Fueron al pueblo a buscar ayuda.  Lo encontraron entre el pasto, fulminado por un rayo. En ese lugar una cruz con su nombre y la fecha lo recuerda desde entonces.

No es la única que hay por esta campiña en recuerdo de fallecidos en circunstancias parecidas.

Otro hecho que los mayores de mi pueblo recuerdan y refieren es el de un labriego que una tarde emprendió el camino hacia su lugar de trabajo, distante algunos kilómetros. La tarde estaba desabrida y empezó a nevar.  Entre la poca luz de la tarde invernal y la intensidad de la nevada que cubrió caminos, perdió todas las referencias de orientación. Extraviado, pasó toda la noche a la intemperie y no aguantó las bajas temperaturas. Lo encontraron muerto al día siguiente.

Los dos protagonistas de estas historias no dispusieron de una información meteorológica que podría haberles evitado la muerte.

En la actualidad es admirable la calidad y grado de acierto de las previsiones del tiempo atmosférico. Fotografías desde el espacio en las que se observan la evolución de los ciclones, las borrascas y los frentes. Con días de antelación pronostican que una masa de aire frío en altura se desgajará de la circulación general y seguirá una trayectoria por otras latitudes, seguida permanentemente por los satélites. Las alertas por situaciones potencialmente peligrosas son comunicadas a los ayuntamientos a través de Protección Civil.

Avisos que van dirigidos a las autoridades para que tomen las medidas oportunas y a la ciudadanía en general para que no se exponga con acciones imprudentes o temerarias en circunstancias tan adversas.

 Por eso produce enojo que haya quienes no atienden las recomendaciones y se exponen a peligros con actividades que pueden evitarse o aplazarse si no son estrictamente necesarias. Se ahorrarían zozobras o desgracias que afectan a familiares y a las arcas públicas por el despliegue de medios y gastos que los eventuales rescates ocasionan. 

Almanaques

En el servicio militar había compañeros que al escuchar el toque de diana lo primero que hacían era anunciar a grito pelado los días que nos quedaban para la licencia: ‘¡Quince y la loca!’, y así iban descontando hasta que llegaba el día de la loca, que era el que nos entregaron ‘la blanca’ y tiramos la gorra por lo alto al romper filas. Llevaban algunos la contabilidad en la de faena, con rayas que iban cruzando según pasaban las jornadas. ¡Qué largos se nos hicieron las últimas!
En el colegio anotábamos en los calendarios de bolsillo los días fijados para los exámenes. El nerviosismo aumentaba a medida que se acercaban. Nos parecía que el tiempo pasaba demasiado rápido. Así sucede cuando no se desea o se teme algo.  
Los almanaques están confeccionados con casillas donde se guarda el tiempo distribuido en días para tomarlos en dosis cada veinticuatro horas. De enero a diciembre, y sean negros o rojos, dulces o amargos, te los tienes que tragar, así te pongas en cruz. 
 Cada comienzo de año buscamos uno para ponerlo en un sitio apropiado en nuestras casas. A pesar de todos los aparatos electrónicos que los incorporan, el colgado en la pared o en la puerta de la cocina sigue siendo el más utilizado para anotar acontecimientos reseñables.
 Cuando yo era niño recuerdo que se apuntaba en ellos el día que la gallina clueca se echaba en los huevos para que estuviéramos pendientes sobre los veintiún días para ver su eclosión y salida de los pollitos. En noches como estas frías que llevamos, los metíamos en una caja de cartón y los poníamos al lado del brasero.
Se apuntaba en los almanaques el día de la matanza y el que se ponía el jamón en salazón.  También el comienzo de un tratamiento médico, la fecha de la última carta enviada o recibida, el cambio de las sábanas de la cama, el día del casamiento al que nos habían invitado o el del fallecimiento de alguien allegado. Hechos pasados y venideros.  Pequeños mojones en las lindes del tiempo.
 En las carpinterías, fraguas, comercios y zapaterías apuntaban los días de un pedido, la última recepción o el compromiso de entrega de cualquier trabajo.
Los almanaques mostraban los pronósticos del tiempo, recogían refranes y dichos populares, cuentos, máximas, días que llevábamos y faltaban del año, horas de salidas y puestas del sol y la luna con sus fases, tiempo litúrgico y ornamentos correspondientes…Era el medio más consultado por todas las clases sociales y para muchos la única fuente de información a través de la lectura.
Alcanzaron tanta difusión tiempo atrás que hasta hubo dos reyes que los prohibieron. Carlos III y Fernando VIII.
Al tiempo se le empezaron a medir las hechuras mirando al cielo y fue plasmado en los calendarios después de muchos ajustes. Nosotros los llenamos de vida con las anotaciones de nuestras pequeñas historias.

Enfermos mentales

En las fiestas se juntan entre ellos y, aunque estén al lado del bullicio y de la música, están ajenos. Vagan por los vericuetos que sus mentes enfermas trazan. Fuman mucho y hablan poco. A veces alguno ríe sin motivo aparente. Beben agua en abundancia, quizás debido a su medicación. Son conscientes de su enfermedad, que asoma a sus ojos miedo, pero no dominan las bridas para controlarla. Solo el tratamiento la mantiene a raya. Los brotes más agudos los sufrieron en su adolescencia, cuando el volcán de las glándulas rompe costuras e inestabiliza todo el andamiaje de la personalidad.
Hay una gran variedad de trastornos mentales, cada uno con sus manifestaciones propias. En España, según la OMS, entre el 2.5% y el 3% de la población adulta padece una enfermedad mental grave, lo que supone más de un millón de personas.  El 9% de la población tiene algún tipo de problema de salud mental y el 25% lo padecerá a lo largo de su vida. Dicen los manuales que entre las causas están la herencia genética, haber sufrido situaciones muy estresantes, las lesiones cerebrales, los desequilibrios químicos en el organismo y el consumo de drogas y alcohol.
Una vecina a los pocos días de morir su padre me contó que lo veía en la televisión dando las noticias del telediario y que le daba consejos sobre lo que debía hacer y lo que no. Le dije que eso eran imaginaciones suyas, que no existían en la realidad. ¿Entonces no es verdad? Claro que no, es tu mente. Y se quedó pensativa, con la mirada perdida más allá de donde yo podía alcanzar. Padecía esquizofrenia desde hacía bastantes años, alternando periodos de lucidez con crisis agudas.
Otra enferma iba casa por casa de los amigos de su padre a horas intempestivas exigiéndoles que se lo devolvieran y preguntándoles que dónde lo habían metido.
La mente, ese maravilloso ‘conjunto de actividades y procesos psíquicos conscientes e inconscientes’ tiene en el cerebro su base. La sala de máquinas con cien mil millones de neuronas que controla y coordina nuestras acciones mentales y físicas. Tan fascinante es su estudio como puede ser el del universo.

 

Las enfermedades graves son penosas para sus familiares y para quienes las sufren. En el habla popular existen variadas expresiones, injustas por livianas y poco compasivas, para calificar los comportamientos erráticos de quienes desvarían y se apartan de lo que se supone que es la lógica. Estar como una cabra, tener un tornillo flojo o perderlo, estar sonado, írsele a alguien la pinza, estar chiflado, cruzarse los cables, perder el norte….
Ha habido escritores y artistas que las padecieron. Muchos acabaron suicidándose. Virginia Woolf lo hizo sumergiéndose en el río Ouse vestida con un abrigo lleno de piedras en los bolsillos. Felipe Trigo y Ernest Hemingway optaron por un tiro… Demasiado sufrimiento para no prestar atención a estas dolencias.