Ausencia
Cuando murió la echamos de menos en sus cosas.
Presentíamos sus pasos como sombras de algodón en zapatillas por la casa.
A bocanadas de añoranza el silencio dejaba entre nosotros la estela de su voz.
Quedó la forma de su cuerpo en los vestidos, colgados en las perchas del ropero.
El sillón, donde pasaba tantas horas detrás de la ventana, conservaba los límites de su figura.
Siguió la marcha el tiempo en el reloj, ya sin los latidos de su pulso.
Las sonrisas de otros días quedan en las fotos para siempre retenidas.
Se posó en sus pertenencias, huérfanas de su calor, la muerte.
Al frío de enero maullaba lastimoso el gato tras la puerta cerrada del corral.
El vacío lo llenó todo de un gris monótono y lluvioso,
espesa estela de recuerdo conmovido.
Recuerdos de Guadalcanal (III).
En el Colegio de Educación Infantil y Primaria Nª Sª de Guaditoca había tres cursos de sexto. Estaban ubicados en un edificio independiente, al fondo del patio y con la vista preciosa de la Sierra del Agua enfrente. Tenía dos plantas y era más antiguo que el edificio que estaba a la derecha, según se entraba al centro, donde daban clases los de segunda etapa y los más pequeños de Primaria. Era de ladrillo visto, con porche. El patio de recreo tenía dos alturas, la de arriba, como una meseta, era el lugar donde los niños jugaban al fútbol. A mano izquierda, según se accedía al centro, estaba el edificio de los parvulitos o preescolar, donde impartía docencia Gracita Rivero. En ese edificio estaba la secretaría y la dirección. Creo que sólo la visité una vez, pues los claustros los celebrábamos en la clase de Paco y más informalmente nos poníamos de acuerdo en ciertos temas pasando una nota a la firma o charlando en el recreo.
D. José Fernández, Pepe para los amigos, era y es una persona inteligente. Además de noble, paciente y excelente compañero. Nunca se enfadaba con nadie. Con fina ironía y mandando sin que se notara, fue mi director durante estos tres años que pasé en Guadalcanal. Le guardo sincero aprecio. Una tarde llegó D. Antonio Martín, el cura, al colegio para concertar el día y la hora de un acto al que iban a asistir los alumnos. Nuestro director y el párroco se pusieron de acuerdo sobre el tema. Estaba Pepe en clase de manualidades con su encuadernadora de cuerdas que tan diestramente utilizaba. Entré yo al cambio clases y en esas llegó un niño y le dijo que de parte de don Fulanito, otro compañero, la hora del acto parroquial sería otra, por no recuerdo ahora qué motivo. Se quedó mirándolo y le dijo: “¡Vaya, hombre, anda, ve y dile a don Antonio que ha llegado una contraorden y que se cambia la hora!”
Un año, al final de curso, celebramos un partido de fútbol femenino entre las alumnas de Cazalla y las de nuestro colegio. A las niñas las entrenaba Alfonso, pero el día del partido no pudo estar y delegó en mí. Aquí pongo la alineación que me dio para el referido partido.
El entrenador del equipo de Cazallla era José Ramón Triviño, compañero mío de estudios y de jugador en el C.D. Santa Marta. Como no había sido designado nadie de árbitro acordaron que fuese yo. Lo hice de la manera más neutral posible, pero no pude evitar que cuando nuestro equipo marcó el 1-0 con el que ganamos diera un salto de alegría celebrándolo. No quedó desapercibido el detalle para el banquillo rival y el colega Triviño después del partido me dijo que sólo me había faltado celebrarlo con las jugadoras, jejeje.
Algunos datos sobre Ahillones.
ALGUNOS DATOS SOBRE AHILLONES.
Este artículo salió publicado en la revista de feria de Ahillones el año 1998.
Los reyes cristianos agradecieron a la Orden de Santiago su colaboración en la Reconquista donándoles diversos territorios que habían estado ocupados por los musulmanes. Entre estos territorios estaba Reyna que fue donada en 1246.
Pasando el tiempo y para asegurar las tierras conquistadas se fueron repoblando nuevos y viejos asentamientos en distintos lugares, por lo que la encomienda de Reyna va perdiendo influencia con el desarrollo de estos nuevos núcleos de población.
Son difíciles de precisar los orígenes y la antigüedad de estos poblados. Es de suponer que la mayor parte de la población musulmana de los alrededores de Reina huiría para Andalucía y estos lugares conquistados quedarían casi despoblados. Existe la hipótesis de que Berlanga y Ahillones fueron repoblados por castellanos de Soria y Segovia.
A finales del siglo XV la influencia administrativa de la encomienda de Reyna quedó reducida a la Comunidad de las Siete Villas: Reyna, Casas de Reyna Trasierra, Fuente del Arco, Berlanga, Valverde de Reyna y los Ayllones de Reyna. En el resto de las tierras que componían su primitiva demarcación se habían ido desarrollando e independizando las villas y encomiendas de Guadalcanal, Azuaga, Bienvenida, y Llerena.
En el año 1494 el número de vecinos de los pueblos de la Comunidad eran: 240 de Reyna, 120 de las Casas, 6 de los Disantos de Reyna, 60 de Trasierra, 200 de Berlanga, 120 de Valverde, 101 de Ayllones. 1010 de Llerena (Téngase en cuenta que son vecinos y que para averiguar el número real de habitantes habrá que multiplicar ese número por 3,5 o 4).
Todavía, según trabajo publicado por don Luis Garraín en la revista de feria de Llerena del año 1992 “Amojonamiento de términos entre las villas de Llerena y Azuaga”, el 26 de febrero de 1495 se cita a “Juan Fernández Vizuete e Martín Paez, vezino de los Disantos” como uno de los que amojonaron estos términos. Poco después los Disantos se despueblan.
En este mismo trabajo puede leerse: “Asy mismo, consiguiéndose desde en adelante a dar el mojón que está en la senda de los Caruoneros, por donde vinieron mojonando los susodichos e Gonçalo Mateos e Alonso Martín Morales e Diego Mandril, vezinos de Berlanga y Ferrand Muñoz de los Aylones e Pero Garçia del Serro, vezino de Berlanga e Martín Ferrandez e Alonso, su hijo, vecinos de los Aylones e dende allí consiguiéndose linde de labrado del olmedo, bera de vn Binal perdido, hizieron y limitaron otro mojón , el cual quedó fecho e mojonado. E de allí consiguiendo, hizieron otro mojón, vera linde de Martín Fernández de los Aylones, el cual quedó amojonado y limitado por los dichos conçejos”.
Dentro de la Comunidad de las Siete Villas funcionaba un núcleo unido por unos vínculos específicos más estrechos, y que se conoce con el nombre de Mancomunidad de las Tres Villas hermanas y que estaba formada por Reina, Casas de Reina y Trasierra.
La Comunidad de las Siete Villas se va constituyendo como consecuencia de la pérdida de influencia de Reina y su encomienda y el desarrollo de otros lugares de la primitiva donación de esta villa.
Característica importante de esta época es la constitución de comunidades de pastos. Los siete pueblos de la Comunidad de las siete Villas tenían la suya en los denominados Campos de Reina, que corresponden actualmente con una buena parte de los situados al pie del castillo de Reina, según la carretera que va desde Llerena a Fuente del Arco y desde ella hasta las proximidades de Berlanga, Ahillones y Valverde. Estas comunidades de pastos se establecieron en las tierras y dehesas comunes. Aparte, cada pueblo tenía por concesión de distintos privilegios sus tierras comunales específicas de uso solamente por los vecinos de cada uno de ellos (ejidos, dehesas boyales y baldíos). Así le fue concedido “al lugar de los Ayllones de Reyna cierta Dehessa, apeándola y acotándola de las tierras de Reyna”, privilegio que fue otorgado en 1440.
A mediados del siglo XVI de los pueblos de la Comunidad sólo Reina era villa. Los otros seis eran lugares que pertenecían a la villa de cabecera. Sin embargo, los seis lugares tenían reconocidos sus respectivos concejos con sus alcaldes ordinarios y regidores, aunque la jurisdicción que ejercían se limitaba al recinto del pueblo y sus ejidos. Posteriormente esta jurisdicción se ejerció de forma mancomunada en todo el término, constituyéndose lo que se conocía como Junta de Comunidad, que para estos casos se reunía alternativamente en sus distintos pueblos.
Los pueblos que compusieron la Comunidad de las Siete Villas mantenían además otros vínculos comunes en los siguientes aspectos:
Dependían de la encomienda de Reyna, cuyo comendador recibía la mayor parte de los derechos señoriales.
Compartían los pastos comunes de los Campos de Reina, como ya se ha referido.
Sostenían numerosos pleitos con Llerena por cuestión de límites y aprovechamientos.
Poco a poco la Comunidad empieza a disociarse, bien por enajenaciones de algunos de sus pueblos a particulares, como Valverde y Berlanga a la marquesa de Villanueva del Río o por exenciones. Ahillones formó parte de la Comunidad hasta 1628 en que se produjo su exención, según Real Provisión de Felipe IV. Al eximirse Ahillones de Reina queda bajo la influencia de Llerena, pero manteniendo sus derechos en los pastos comunes de la Comunidad.
Los motivos por los que se eximían unos pueblos de otros eran el crecimiento de la población del lugar o aldea que se independizaba y los abusos y vejaciones a los que quedaban sometidos sus vecinos. Aparte, claro está d los 10.000 reales y los 15.000 maravedíes que ingresaban las arcas de la Real Hacienda por la concesión del privilegio de villazgo.
En la carta de concesión de villazgo de Ahillones se lee: “…eximo, saco e libro a vos el dicho lugar de los Ayllones de la jurisdicción de la dicha villa de Reyna, quedando, como ha de quedar anexa y privativamente a la dicha ciudad de Llerena…sin que la villa de Reyna se pueda intrometer más en ella; Y os hago villa de por sí y sobre sí, con Jurisdicción Alta, y baja, mero mixto Ymperio, en ella y su término, que tenéis señalado y amojonado…”
Así quedó Ahillones hasta que en 1728 se desliga definitivamente de Llerena por senrtencia del Consejo de Órdenes:…”Que dicha villa y sus moradores (Ahillones) han experimentado graves extorsiones de los gobernadores y alcaldes mayores de dicha ciudad (…)intrometiendose y despachando Audiencias (…) de cualquier causa que se ofrecen aunque sean de muy poca entidad (…) llevando en todo crecidísimo salario (…) sin atender a que dicha villa es más de trescientos vecinos, y los alcaldes della muy asistente para la recta administración de justicia (…) por lo cual os mandamos (…) en su cumplimiento que ahora y en ningún tiempo de aquí en adelante podáis pasar, ni paséis ninguno de vos, a la referida villa de los Ayllones a dependencias civiles, ni despachéis Audiencias, Receptores ni Veredas”
Hasta aquí el trabajo que ha sido extraído ( excepción hecha, como se ha indicado de los amojonamiento de los términos) de los interesante y documentados libros de D. Manuel Maldonado Fernández: “La mancomunidad de las tres villas hermanas: Reina, Casas de Reina y Trasierra” y del libro “Llerena en el siglo XVIII: modelo administrativo y económico de una ciudad santiaguista”.
Como epílogo llama la atención el hecho de que todos los pueblos que componían la Comunidad de las Siete Villas tienen en sus archivos documentos de esta época. ¿Dónde está el archivo histórico de Ahillones?. Existe una versión que dice que se mandó a Montemolín. Si es así, ¿quién lo autorizó? ¿Por qué a Montemolín? Si es así, ¿por qué no se ha devuelto? No será quizás que ha habido diversas sustracciones por parte de algunos particulares, alimentada por la desidia, el desinterés o la ignorancia de los demás?
Recuerdos de Guadalcanal (II)
En esta casa de los dos balcones fue donde viví un año. Teníamos de vecino al bar del Chato, donde tomaba de vez en cuando algunas copas con unos peces que tenía por temporada.
Algunas tardes, Baldomero (maestro que procedía de Azuaga) y yo, con un grupo de alumnos, íbamos después de las clases de la tarde a jugar al fútbol al coso. El 23 de febrero de 1981 después del partido me acerqué a comprar al supermercado Escote y le oí preguntar al hijo de la dueña, que estaba en la caja, qué era un golpe de estado. Yo, ajeno a todo lo que estaba pasando, pensé que sería una pregunta de algún tema del colegio. Al llegar a la casa donde vivía, que estaba enfrente del supermercado y que ese año habíamos arrendado Antonio, un maestro de Córdoba, y yo, puse la radio y sintonicé RNE que emitía música militar. Entonces empecé a comprender el motivo de la pregunta del niño.
Bajé al bar Nuevo, de Antonio Osorio. Los clientes que había estaban en silencio viendo la televisión. Pregunté que qué pasaba. Noté cierto miedo y nadie se explayó en explicaciones, así que me uní al grupo de espectadores y pude ir hilvanando los hechos. Intenté llamar a casa por teléfono, pero no había línea.
Cambiando de tema, hay tres sucesos que me sobrecogieron durante mi estancia en Guadalcanal. Cuatro muertes. Una se produjo en la puerta misma de la escuela. Un hombre que arreglaba la rueda de un camión murió por el impacto que le produjo al salir ésta despedida.
Otra tragedia fue la muerte de una pareja de novios, encontrados sin vida una mañana en el campo dentro de un coche. No sé cómo sucedieron los hechos o si los supe alguna vez los he olvidado. Todo lo que se comentaba entonces eran suposiciones y conjeturas. Ignoro también si hubo voluntariedad en los dos fallecidos o si la chica fue asesinada y el novio posteriormente se suicidó…
Una muerte más cercana y más dolorosa para mí fue la de Josefa María Núñez, alumna de sexto curso, de trato afable y algo tímida. Muchas personas de Guadalcanal se desplazaron a Sevilla para donar sangre durante su enfermedad, pero nada se pudo hacer. Recuerdo hasta el lugar en que se sentaba en clase. Lo sentí como la pérdida de un familiar.
Hoy ha tocado tristeza. En otra ocasión será alegría.
Vuelo de perdiz.
Surge impetuosa la perdiz rompiendo el aire
con metálico batir de alas y ajeos entrecortados.
Sorprendido el cazador, se encara la escopeta
y dispara acelerado.
La perdiz se aleja enderezando el vuelo
hacia una zona más quebrada.
Quedan resonando en la mañana,
con temblor de ecos, los disparos,
mientras se alejan los latidos de los perros
por oteros y cañadas.
Difuntos.
(Cementerio de Ahillones)
Aquí está lo que quedó de nuestros muertos: un silencio que estremece cuando se está sólo. Sus cuerpos están en los sepulcros reducidos a ceniza y huesos. Nos quedan sus recuerdos anclados en fechas sobre el mármol. Se van alejando en la bruma del tiempo y cuando pasemos nosotros y pasen nuestros hijos y nietos no quedará memoria de su estancia en tierra en las mentes de los vivos. Nadie evocará entonces hechos ni andanzas de los enterrados. Y sin embargo aquí estuvieron, amaron, rieron y sufrieron. Sólo los cipreses, succionados por el cielo, seguirán señalando un asidero de esperanza, un camino por el que nadie ha vuelto. La Biblia lo dice claramente: polvo somos y en polvo nos convertiremos. Puestos a escoger prefiero los que dan origen a la vida a los que están deshaciéndose en los nichos.














