Puerto de Guadalcanal.

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Mi primer año de estancia en Guadalcanal subía por las tardes después de las clases al puerto que llaman de Llerena y desde allí contemplaba las llanuras de la Campiña. Un lugar privilegiado desde donde se divisan paisajes maravillosos.

Algunos sábados iba,   por una querencia irresistible,  desde Ahillones, después de haberme ido el día anterior,  a la entonces famosa discoteca que regentaba Curro y que reunía a muchas personas de los pueblos de alrededor.  Dos veces pasaba por el puerto, ida y vuelta. Temeraria, alocada y añorada edad.

No temía las noches de niebla  ni de lluvia que en otoño y en invierno son frecuentes. En la pequeña barra de la discoteca me  acodaba por ver si ligaba  a algunas de las bellas que por allí  siempre había. Mi  timidez, disfrazada de conversación, me ponía vallas y la mayoría de las veces volvía a pasar el puerto de regreso solo con mis pensamientos. Abundaban las palabras más que los roces de mejillas, muy a mi pesar. Como compensación disfrutaba de un ambiente muy  agradable. ¡Qué se le iba a hacer!

Allí  traté a personas de variada índole y condición.  A Felipe  Uceda, maguillento y casado en Guadalcanal, siempre un señor, me lo encontré alguna que otra vez tomando una copa en el rincón de la izquierda, según se entraba.

También traté  con José, el carpintero, recientemente fallecido. Al verlo en algunas fotografías del homenaje que le hicieron antes de su muerte me costó trabajo reconocerlo.

Aún conservo en mi retina aquel enmoquetado rojo y en mi memoria auditiva unas sevillanas que ponían por entonces: “Viva mi Andalucía, viva mi pueblo…”

 

Ausencia

IMG_0095Cuando murió la  echamos de menos  en sus cosas.

Presentíamos  sus pasos como sombras de algodón en zapatillas por la casa.

 A bocanadas de añoranza el silencio dejaba entre nosotros la estela de su voz.  

Quedó la forma de su cuerpo en  los vestidos, colgados en las perchas del ropero.

El sillón, donde pasaba tantas horas detrás de la ventana, conservaba los límites de su figura.

Siguió la marcha el tiempo  en el reloj, ya sin los latidos de su pulso.

Las sonrisas de otros días  quedan en las fotos para siempre retenidas.

Se posó en sus pertenencias, huérfanas de su calor, la muerte. 

Al frío de enero maullaba  lastimoso el gato tras la puerta cerrada del corral.

El vacío lo llenó todo de un gris monótono y lluvioso,

espesa estela de recuerdo conmovido.

Recuerdos de Guadalcanal (III).

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En el Colegio de Educación Infantil y Primaria Nª Sª de Guaditoca había tres cursos de sexto. Estaban ubicados en  un edificio independiente, al fondo del patio y con la vista preciosa de la Sierra del Agua enfrente. Tenía dos plantas y era más antiguo que el edificio que  estaba a la derecha, según se entraba al centro, donde daban clases los de segunda etapa y los más pequeños de Primaria. Era  de ladrillo visto, con porche. El patio de recreo tenía dos alturas, la de arriba, como una meseta, era el lugar donde los niños jugaban al fútbol. A mano izquierda, según se accedía al centro, estaba el edificio de los parvulitos o preescolar, donde impartía docencia Gracita Rivero. En ese edificio estaba la secretaría y la dirección. Creo que sólo la visité una vez, pues los claustros los celebrábamos en la clase de Paco y más informalmente nos poníamos de acuerdo en ciertos temas pasando una nota a la firma o charlando en el recreo.

D. José Fernández, Pepe para los amigos, era y es una persona inteligente. Además de noble, paciente  y excelente compañero. Nunca se enfadaba con nadie. Con fina ironía y mandando sin que se notara, fue mi director durante estos tres años que pasé en Guadalcanal. Le guardo sincero aprecio. Una tarde llegó D. Antonio Martín, el cura,  al colegio para concertar el día y la  hora de un acto al que iban a asistir los alumnos. Nuestro director y  el párroco se pusieron de acuerdo sobre el tema. Estaba Pepe en clase  de manualidades con su encuadernadora de cuerdas que tan  diestramente utilizaba. Entré yo al cambio clases  y en esas llegó un niño y le dijo que de parte de don Fulanito, otro compañero, la hora del acto parroquial sería otra, por no recuerdo ahora qué motivo. Se quedó mirándolo y le dijo: “¡Vaya, hombre, anda, ve y  dile a don Antonio que ha llegado una contraorden y que se cambia la hora!”

Un año, al final de curso, celebramos un partido de fútbol femenino entre las alumnas de Cazalla y las de nuestro colegio. A las niñas las entrenaba Alfonso, pero el día del partido no pudo estar y delegó en  mí.  Aquí pongo la alineación que me dio para el referido partido.

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El entrenador del equipo de Cazallla era José Ramón Triviño, compañero mío de estudios y de jugador en el C.D. Santa Marta. Como no había sido designado nadie de árbitro acordaron que fuese yo. Lo hice de la manera más neutral posible, pero no pude evitar que cuando nuestro equipo marcó el 1-0 con el que ganamos diera un salto de alegría celebrándolo. No quedó desapercibido el detalle para el banquillo rival y el colega Triviño después del partido me dijo que sólo me había faltado celebrarlo con las jugadoras, jejeje.

Algunos datos sobre Ahillones.

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ALGUNOS DATOS SOBRE  AHILLONES.

Este artículo salió publicado en la revista de feria de Ahillones el año 1998.

Los reyes cristianos agradecieron a la Orden de Santiago su colaboración en la Reconquista donándoles diversos territorios que habían estado ocupados por los musulmanes. Entre estos territorios estaba Reyna  que fue donada en 1246.

Pasando el tiempo y para asegurar las tierras conquistadas se fueron repoblando nuevos y viejos asentamientos en distintos lugares, por lo que la encomienda de Reyna va perdiendo influencia con el desarrollo de estos nuevos núcleos de población.

Son difíciles de precisar los orígenes  y la antigüedad de estos poblados. Es de  suponer que la mayor parte de la población musulmana de los alrededores  de Reina huiría para Andalucía  y estos lugares conquistados quedarían casi despoblados. Existe la hipótesis de que Berlanga y Ahillones fueron repoblados por castellanos de Soria y Segovia.

A finales del siglo XV la influencia administrativa de la encomienda de Reyna quedó reducida a la Comunidad de las Siete Villas: Reyna, Casas de Reyna Trasierra, Fuente del Arco, Berlanga, Valverde de Reyna y los Ayllones de Reyna. En el resto de las tierras que componían su primitiva demarcación  se habían ido desarrollando e independizando las villas y encomiendas de Guadalcanal, Azuaga, Bienvenida, y Llerena.

En el año 1494 el número de vecinos de los pueblos de la Comunidad eran: 240 de Reyna, 120 de las Casas,  6 de los Disantos de Reyna, 60 de Trasierra, 200 de Berlanga, 120 de Valverde, 101 de Ayllones. 1010 de Llerena (Téngase en cuenta que son vecinos y que para averiguar el número real de habitantes habrá que multiplicar ese número por 3,5 o 4).

Todavía, según trabajo publicado por don Luis Garraín en la revista de feria de Llerena del año 1992 “Amojonamiento de términos entre las villas de Llerena y Azuaga”, el 26 de febrero de 1495 se cita a “Juan Fernández Vizuete e Martín Paez, vezino de los Disantos” como uno de los que amojonaron estos términos. Poco después los Disantos se despueblan.

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En este mismo trabajo puede leerse: “Asy mismo, consiguiéndose desde en adelante a dar el mojón que está en la senda de los Caruoneros, por donde vinieron mojonando los susodichos e Gonçalo Mateos e Alonso Martín Morales e Diego Mandril, vezinos de Berlanga y Ferrand Muñoz de los Aylones e Pero Garçia del Serro, vezino de Berlanga e Martín Ferrandez e Alonso, su hijo, vecinos de los Aylones e dende allí consiguiéndose linde de labrado del olmedo, bera de vn Binal perdido, hizieron y limitaron otro mojón , el cual quedó fecho e mojonado. E de allí consiguiendo, hizieron otro mojón, vera linde de Martín Fernández de los Aylones, el cual quedó amojonado y limitado por los dichos conçejos”.

Dentro de la Comunidad de las Siete Villas funcionaba un núcleo unido por unos vínculos específicos más estrechos, y que se conoce con el nombre de Mancomunidad de las Tres Villas hermanas y que estaba formada por Reina, Casas de Reina y Trasierra.

La Comunidad de las Siete Villas se va constituyendo como consecuencia de la pérdida de influencia de Reina y su encomienda y el desarrollo de otros lugares de la primitiva donación de esta villa.

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Característica importante de esta época es la constitución de comunidades de pastos. Los siete pueblos de la Comunidad de las siete Villas tenían la suya en los denominados Campos de Reina, que corresponden actualmente con una buena parte de los situados al pie del castillo de Reina, según la carretera que va desde  Llerena a Fuente del Arco y desde ella hasta las proximidades de Berlanga, Ahillones y Valverde. Estas comunidades de pastos se establecieron en las tierras y dehesas comunes. Aparte, cada pueblo tenía por concesión de distintos privilegios sus tierras comunales específicas de uso solamente por los vecinos de cada uno de ellos (ejidos, dehesas boyales y baldíos). Así le fue concedidoal lugar de los Ayllones de Reyna cierta Dehessa, apeándola y acotándola de las tierras de Reyna”, privilegio que fue otorgado en 1440.

A mediados del siglo XVI  de los pueblos de la Comunidad sólo Reina era villa. Los otros seis eran lugares que pertenecían a la villa de cabecera. Sin embargo, los seis lugares tenían reconocidos sus respectivos concejos con sus alcaldes ordinarios y regidores, aunque la jurisdicción que ejercían se limitaba al recinto del pueblo y sus ejidos. Posteriormente esta jurisdicción se ejerció de forma mancomunada en todo el término, constituyéndose lo que se conocía como Junta de Comunidad, que para estos casos se reunía alternativamente en sus distintos pueblos.

Los pueblos que compusieron la Comunidad de las Siete Villas mantenían además otros vínculos comunes en los siguientes aspectos:

Dependían de la encomienda de Reyna, cuyo comendador recibía la mayor parte de los derechos señoriales.

Compartían los pastos comunes de los Campos de Reina, como ya se ha referido.

Sostenían numerosos pleitos con Llerena por cuestión de límites y aprovechamientos.

Poco a poco la Comunidad empieza a disociarse, bien por enajenaciones de algunos de sus pueblos a particulares, como Valverde y Berlanga a la marquesa de Villanueva del Río o por exenciones. Ahillones formó parte de la Comunidad hasta 1628 en que se produjo su exención, según Real Provisión de Felipe IV. Al eximirse Ahillones de Reina queda bajo la influencia de Llerena, pero manteniendo sus derechos en los pastos comunes de la Comunidad.

Los motivos por los que se eximían unos pueblos de otros eran el crecimiento de la población del lugar o aldea que se independizaba y los abusos y vejaciones a los que quedaban sometidos sus vecinos. Aparte, claro está d los 10.000 reales y los 15.000 maravedíes que ingresaban las arcas de la Real Hacienda por la concesión del privilegio de villazgo.

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En la carta de concesión de villazgo de Ahillones se lee: “…eximo, saco e libro a vos el dicho lugar de los Ayllones  de la jurisdicción de la dicha villa de Reyna, quedando, como ha de quedar anexa y privativamente a la dicha ciudad de Llerena…sin que la villa de Reyna se pueda intrometer más en ella; Y os hago villa de por sí y sobre sí, con Jurisdicción Alta, y baja, mero mixto Ymperio, en ella y su término, que tenéis señalado y amojonado…”

Así quedó Ahillones hasta que en 1728 se desliga definitivamente de Llerena por senrtencia del Consejo de Órdenes:…”Que dicha villa y sus moradores (Ahillones) han experimentado graves extorsiones de los gobernadores y alcaldes mayores de dicha ciudad (…)intrometiendose y despachando Audiencias (…) de cualquier causa que se ofrecen aunque sean de muy poca entidad (…) llevando en todo crecidísimo salario (…) sin atender a que dicha villa es más de trescientos vecinos, y los alcaldes della muy asistente  para la recta administración de justicia (…) por lo cual os mandamos (…) en su cumplimiento que ahora y en ningún tiempo de aquí en adelante podáis pasar, ni paséis ninguno de vos, a la referida villa de los Ayllones a dependencias civiles, ni despachéis Audiencias, Receptores ni Veredas”

Hasta aquí el trabajo que ha sido extraído ( excepción hecha, como se ha indicado de los amojonamiento de los términos) de los interesante y documentados libros de D. Manuel Maldonado Fernández: “La mancomunidad de las tres villas hermanas: Reina, Casas de Reina y Trasierra” y del libro “Llerena en el siglo XVIII: modelo  administrativo y económico de una ciudad santiaguista”.

Como epílogo llama la atención el hecho de que todos los pueblos que componían la Comunidad de las Siete Villas tienen en sus archivos documentos de esta época. ¿Dónde está el archivo histórico de Ahillones?. Existe una versión que dice que se mandó a Montemolín. Si es así, ¿quién lo autorizó? ¿Por qué a Montemolín?  Si es así, ¿por qué no se ha devuelto? No será quizás que ha habido diversas sustracciones por parte de algunos particulares, alimentada por la desidia, el desinterés o la ignorancia de los demás? 

Recuerdos de Guadalcanal (II)

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 En esta casa de los dos balcones fue donde viví un año. Teníamos de vecino al bar del Chato, donde tomaba de vez en cuando  algunas copas con unos peces que tenía por temporada.

Algunas  tardes, Baldomero (maestro que procedía de Azuaga) y yo, con un grupo de alumnos, íbamos después de las clases de la tarde a jugar al fútbol al coso. El 23 de febrero de 1981  después del partido me acerqué a comprar al supermercado Escote  y le oí preguntar al  hijo de la dueña, que estaba en la caja,  qué era un golpe de estado. Yo, ajeno a todo lo que estaba pasando, pensé que sería una pregunta de algún tema del colegio. Al llegar a la casa donde vivía, que estaba enfrente del supermercado y que ese año habíamos   arrendado Antonio, un maestro de Córdoba, y yo,  puse la  radio y sintonicé RNE que emitía  música militar. Entonces empecé a comprender el motivo de la pregunta del niño.

Bajé al bar Nuevo, de Antonio Osorio. Los clientes que había  estaban  en silencio viendo la televisión. Pregunté que qué pasaba. Noté cierto miedo y nadie se explayó en explicaciones,  así que me uní al grupo de espectadores y pude ir hilvanando los hechos. Intenté llamar a casa por teléfono, pero no había línea. 

Cambiando de tema, hay tres sucesos que me sobrecogieron durante mi estancia en Guadalcanal. Cuatro muertes. Una se produjo en la puerta misma de la escuela. Un hombre que arreglaba la rueda de un camión murió por el impacto que le produjo al salir ésta despedida.

Otra tragedia fue la muerte   de una pareja de novios, encontrados sin vida  una mañana en el campo dentro de un coche.  No sé cómo sucedieron los hechos o si los supe alguna vez los he olvidado. Todo lo que se comentaba entonces eran suposiciones y conjeturas. Ignoro también si hubo voluntariedad  en los dos fallecidos o si la chica fue asesinada y el novio posteriormente se suicidó…

Una muerte más cercana y más dolorosa para mí fue la de Josefa María Núñez,  alumna de sexto curso, de trato afable y algo tímida.  Muchas personas  de Guadalcanal se  desplazaron  a Sevilla para donar sangre durante su enfermedad,  pero nada se pudo hacer. Recuerdo hasta el lugar en que se sentaba en  clase. Lo sentí como la pérdida de un familiar.

Hoy ha tocado tristeza. En otra ocasión será alegría.

Vuelo de perdiz.

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Surge impetuosa la perdiz rompiendo el aire

con metálico  batir de  alas y ajeos entrecortados.

Sorprendido el cazador, se encara la escopeta

y dispara acelerado.

La perdiz se aleja enderezando el vuelo

hacia una zona más quebrada.

Quedan resonando en la mañana,

con temblor de ecos, los disparos,

mientras se alejan los latidos de los perros

por oteros y cañadas.

Difuntos.

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(Cementerio de Ahillones)

Aquí está lo que quedó de nuestros muertos: un silencio que estremece cuando se está sólo. Sus cuerpos están en los sepulcros reducidos a ceniza y huesos. Nos quedan sus recuerdos anclados en  fechas sobre el mármol.  Se van alejando en la bruma del tiempo y cuando pasemos nosotros y pasen nuestros hijos y nietos no quedará memoria de su estancia en tierra en las mentes de los vivos. Nadie evocará  entonces hechos ni andanzas de los enterrados. Y sin embargo aquí estuvieron, amaron, rieron  y sufrieron. Sólo los cipreses, succionados por el cielo,  seguirán señalando un asidero de esperanza,  un camino por el  que nadie ha vuelto. La Biblia lo dice claramente: polvo somos y en polvo nos convertiremos. Puestos a escoger prefiero los que dan origen a la vida a  los que están deshaciéndose en  los  nichos.

 

Nuevo día.

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(Ahillones, cazadores en Piedras Gordas)

La aurora  pinta de rosa

los perfiles de la sierra

y acota con luz  dorada

las brumas de las cañadas.

Flotan vellones dispersos

en el aire de cristal.

La sombra de la alameda,

de brillante argentería,

reluce sobre la hierba.

Canta el gallo en los cortijos

y en las lomas la perdiz.

El viento se despereza

en brazos de la retama,

mientras se lava la cara

con aromas de tomillo.

¡Cazador, qué privilegio

despertar con tus pisadas

la virgen de la mañana! 

 

Una copita para abrir el apetito.

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Sucedió en mi pueblo a comienzos de los años sesenta. Había un grupo de hombres jugándose el dinero a las cartas en un reservado de uno de los  bares del pueblo. Luz macilenta y “caldo de gallina” en el ambiente.  En aquellos tiempos estaban prohibidos los envites con los naipes y los que   se arriesgaban buscaban lugares discretos dentro de los locales, como la conocida como “sala del burro”.  

Aquella noche al entrar la Guardia Civil sorpresivamente en las sala, como solía hacer en algunas ocasiones,  disolvió la reunión con algo más que palabras. Los jugadores no  tuvieron tiempo nada más que de recoger lo que no cayó al suelo con el alboroto  y la timba terminó como el rosario de la aurora, saliendo cada uno por la puerta que tenía más cercana.

Los parroquianos que estaban en la barra abandonaron prudentemente el local con el último sorbo de vino en la boca para evitar algún posible contratiempo. Sólo uno, con una melopea de no te menees y que había observado la entrada de los guardias y la salida impetuosa de los admiradores de Heraclio Fournier permanecía anclado en el mostrador ante el temor de que sus pies no respondieran a la urgencia que la situación requería.

-¿Y tú qué? , inquirió uno de la pareja.

-Pues ya ve usted, tomando una copita “pa comé”.

La torre y la iglesia de Ahillones.

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Este trabajo lo presenté para la revista de la feria de  Ahillones de este año. Estaba en prosa, pero aquí me he  permitido presentarlo en verso con ligeras variaciones.

La torre  es la  paleta

do la luz prueba  pinceles dorados,

donde los vientos juegan

a  morder la cola a la veleta.

Otrora, sus campanas convocaron

desde los bordes de la aurora

a sigilosas sombras  negras

con manteos y  velo.

Dieron  las vísperas al mediodía

– a las dos en invierno,

a las tres en verano-.

Fundieron tonos grises

al toque de oración

y alertaron de  fuegos en los campos.

Dobles de  entierro que no oyen los muertos

se van dando tumbos de pared en pared,

como  borrachos ahítos de vino

en busca de olvido

hasta los campos abiertos,

a posarse en las  tierras de los huertos,

alondras negras,

que dejan  posos   de tristeza

en los velos del aire.

Por Pascua, repiques de gloria.

Encuentros, procesión y alabarderos.

Azul cielo, verdes praderas,

Rosquillas, bollas, primavera,

margaritas nuevas por los  campos

 y en los púberes pechos

de  mocitas bellas.

Tibias auras carmesíes

en  delicadas  mejillas .

Bautizo, comunión y casamiento.

Toda una vida reglada

por  metálicos tañidos.

No hay  fiesta sin campanas

ni difunto sin responso.

Su reloj cansado de toques perdidos

paró sus manillas

en los negros valles de la noche,

cuando todas las horas son la una repetida

 y sólo quedan sus estelas,

temblando en los huecos del silencio.

Hacia la iglesia confluyen

calles de los cuatro vientos:

Mesones,  Cuatro Esquinas,

Real y Valverdejo.

Otra cruz  en el suelo.

Cuerpo de piedra y corazón de bronce,

melódicas olas  mecen

cantos de gloria, dolor  o aflicción

mezclados con incienso 

en su  nave central,

 y  escalan sus muros

hasta las polícromas vidrieras.

Referencia, faro y guía.

Cigüeñas, vencejos, aviones,

saetas de negros chillidos

en mañanas claras  y en  tardes serenas.

Crisol que  junta el agua,

 la sal y los anillos;

aceite, ceniza, mirra  e incienso

en  súplica y ofrenda.

…Y siempre una vela

alumbrando el camino

 por el que marcharon

los que nunca volvieron.

Bate la lluvia sus paredes

 y vencida en su prestante mole

resbala por la tez

de sus vertientes  rojas.

Rosa de los vientos:

al norte,  la umbría,

cobijo de fríos;

al este,  la primera luz del día

 y un recuerdo en forma de cruz

por los muertos caídos;

sur de soles, tibio resguardo de  inviernos  

 y relumbre de fuego  en los veranos.

Y al oeste, la entrada de los pecadores.

Camino  de ida y vuelta:

 al perdón,  cual hormigas

 haciendo granero,

 con la carga del pecado a cuestas

 y del perdón, con alivio ligero,

 de nuevo,  al  pecado y al yerro.