Retratistas

Con Guaditoca-crop

 Mi hermana y yo con Guaditoca en la feria de Ahillones

El retratista  llegaba al pueblo  con el trípode,  la cámara de fuelle y la cubita colgada en un lateral para lavar y aclarar las fotos. En la feria se ponía frente a la fachada del ayuntamiento y allí colocaba un tapiz de fondo con grabados de exóticos lugares. Acudían los padres con sus hijos lavados y repeinados y  los novios de acaramelada expresión para hacerse la instantánea, que no era tal, pues los preparativos y acabados llevaban su tiempo. Disponía también el profesional  de un peine para dar los últimos retoques al cabello por si era menester a causa del viento o  a que algún roce lo hubiese desordenado. Después de colocar a los clientes en el sitio adecuado,  empezaba a maniobrar en la máquina, mano por aquí, mirada al interior   por allá,  y cuando todo estaba listo metía la cabeza  debajo de un trapo negro para accionar el mecanismo que perpetuara por los años de los años el instante supremo. El fotografiado tenía que recomponer posición y sonrisa, pues dado el tiempo transcurrido desde que lo ubicó allí el artista la expresión   se le había mustiado como una flor en un vaso vacío. Los niños salíamos  casi todos con cara de expectación y asombro, buscando el pajarito que surgiría en cualquier momento de la mano mágica del retratista.

Entonces hacerse una  foto tenía su ceremonial  y sus poses. Los niños el día de su primera comunión con sus libritos de nácar,  sus rosarios y sus trajes de marinero. Todo ello después de muchos retoques, de mirarse en el espejo y de que el fotógrafo te cogiese varias veces por la barbilla para rectificar la posición.

Ahora vas a cualquier celebración y cuando te das cuenta estás rodeado de cámaras digitales y móviles que disparan a discreción en todas direcciones.  Al instante te suben a las redes sociales donde tus parientes y amigos  en cualquier lugar del mundo se enterarán de tus andanzas festeras. Y qué decir del “selfie”, ese enroque  de la cámara y el fotógrafo, que  convierte a éste en desertor de su puesto de centinela, dejando al objetivo de la máquina al albur de la buena puntería del brazo extendido…

Permanencia.

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Como la adolescencia es tan viva

parece que la vida es siempre nueva.

¡El resplandor  azul de aquellos ojos

entre el verde frescor de las espigas!

 

Su corazón de par en par abierto,

sin límites de afecto y de cariño,

puro, como la nieve en la cumbre

y la mirada limpia de los niños.

 

Ya no tiene la luz el mismo brillo

ni el aura tibia  de las alamedas 

mueve igual las  hojas en la tarde,

 

pero  siguen conmigo, como entonces,

detenidos en el tiempo su  belleza

y el  mar de sus ojos insondables. 

 

Siega y trilla antaño.

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“En la siega” de José Llul

Segadores, con sombreros de paja y pañuelos abiertos en la nuca, segaban las mieses con la hoz a pleno sol canicular.

En  el abarco de una mano,  las gavillas con las que formaban  haces  que subían a los carros de varas  con horquillas. Le llamaban saca a estas faenas.

Por caminos de baches  y resecas huellas invernales llegaban a las eras y extendían los haces en parvas. Los deshacían dando vueltas con las bestias. Después  el trillo en rutinarios giros separaba el  grano de la  espiga. Para  quebrar la cadencia del sopor entonaban cantes de trilla entre arreos  a la caballería. A lo lejos reverberaba  la calima.

Bieldos y palas al aire gallego, la marea de media tarde, para apartar el grano de la paja. La cebada, la avena y el trigo, con cuartilla,  a los costales y  de allí  al doblado y los graneros a golpe de  espaldas riñones y rodillas. La paja,  tupida  en  carros con varas y redes, a  las puertas de las casas para entrarla en los pajares con mantas y sábanas uncidas.

Camino de Berlanga.

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Para compartir sentimientos o al menos roces y caricias en la edad, que unos llaman pubertad y otros pavera y que, pletóricas las glándulas,  tienden a desbordarse de los límites del cuerpo, muchos varones salían del término  geográfico del pueblo y  se desplazaban a Berlanga.

Escaseaban por aquellos años sesenta coches y motos, y en tal caso, para dar de sí al exiguo peculio,  el medio más económico era “el coche de san Fernando, un rato a pie y otro andando”.

Unos pocos afortunados disponían de bicicleta dotada con faro de dinamo o de linterna, sujeta en el manillar con cuerdas o  alambres. Para que los pantalones no se  trabaran  o mancharan con la grasa de la cadena se los  sujetaban con unas presillas de chapa a la altura de los tobillos.

Por  la entonces poco transitada carretera, en poco más de media hora, se plantaban en su destino, que era el baile que “La Chocha” organizaba los domingos en el salón del bar Nuevo. Sentado detrás de la puerta en su carrito de inválido controlaba con muleta y boca de arriero furioso  a los posibles intrusos que querían colarse  sin pagar.

Julio el de Alvarito era el alma de aquel grupo musical que a ritmo de saxofón animaba las querencias de los bailantes. Inolvidables boleros con la carita pegada.

Fui algunas veces, siempre en grupo, y el recuerdo más vivo  que tengo es el del camino. El cerro Gordo casi mediaba la ruta era la referencia, una vez traspasado,  de cercanía. Al poco divisábamos  las primeras luces de las afueras, en un sentido o en otro. La luna, el ladrido de los perros… A la ida con la ilusión y a la vuelta contando cada uno cómo había transcurrido la noche. Algunas mentirijillas  exageraban la posible aventura, que de eso, cazadores y conquistadores de féminas mercedes, siempre han usado  con  discrecional fantasía.

Inocencia de niño.

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Se despluman las alas de los ángeles

sobre campos de jara.

Lento descenso a tierra

de las quimeras de niño.

Incienso, vidriera y rezos

las tardes de  los oficios.  

Abril.

Azucenas y lirios.

Siete puñales clavados

en el corazón de madre

 y una corona de espinas

en la cabeza del hijo.

¡Oh,  los predicadores!

Y el silencio.

La luz del sol tras las nubes

era  corona de Dios.

Fantasías infantiles,

inocentes pecados de la infancia

en el confesionario oscuro.

¿Dónde quedó el paraíso?

La fuente del Horno.

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Todavía  se acercan algunos a la fuente  con sus coches a llenar vasijas  de plástico; no 

se fían del agua del pantano y continúan bebiendo ésta que no está clorada y que  sigue

fluyendo continuamente  de su caño dorado y roto.

La fuente del Horno, al lado de la carretera de Llerena y a los pies del cerro del mismo nombre, junto con la denominada del  Lugar y el  pozo del Bañito,  han surtido al vecindario  de Ahillones de agua potable cuando no existía red de abastecimiento público. El pozo del Bañito está  en el cerro cerca de la cruz de la Mota. De éste último tenía la llave de la tapadera del brocal, tía Isabel, conocida como la de las escuelas. Por el  suministro del agua de este pozo se pagaba una pequeña cantidad.

Para el acarreo se utilizaban  asnos, pertrechados con aguaderas o serones. Pernoctaban en las cuadras. Muchas casas disponían de ellas. Hoy están prácticamente desaparecidas. El macho era menos frecuente para estos  menesteres  ya que, si no estaba capado, presentaba armas de momento cuando veía a una hembra. El  escándalo era mayúsculo, con sonoros relinchos de celo y  descomposición de atalajes, compostura  y carga.

Los  tres caminos principales que llegaban a la fuente del Horno partían de las traseras de la calle Nueva, de la esquina del Ejido y de la parte delantera del huerto Blanco, y  confluían, una vez pasado el cerro,  en uno único que  llegaba al manantial.

Como  había que esperar a que tocara el turno para llenar, el lugar se convertía en sitio  de conversación y cotilleo. Se repasaban, con gracejo y pimienta,  los acontecimientos más novedosos del acontecer vecinal.

Tío José,  tío Miguel y Manolito, hijo de éste último, se dedicaron a traer agua al pueblo ,cobrando por ello. Esto fue en los últimos tiempos, antes del agua corriente.  Para los no iniciados aclaro que el título de “tío” que antepongo a algunos nombres es señal en mi pueblo del respeto que inspira la edad madura.

Como casos dignos de mención, por su esfuerzo y habilidad, hay que citar a las mujeres  que portaban dos cántaros y un botijo sin más ayuda que su cuerpo. Uno de los cántaros en la cabeza con una rosquilla que le servía de soporte y amortiguador, otro en el cuadril y el botijo en la mano contraria.

Como dice el refrán: …tanto va el cántaro a la fuente…Y se rompían, claro, con gran quebranto y disgusto de aquellos a los que les sucedía.

Los muchachos, que lo que nos gustaba era poner a la burra a “tos cuatro pies” , cuando  nos encontrábamos con un amigo en el ejido  camino de la fuente, nos echábamos carreras para ver quién llegaba antes. No era extraño que en estas competiciones  el viaje de regreso se precipitara con los restos del naufragio y sin agua.

Por tangos.

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Toma la tercera espuela

invitando  a  las quimeras

en la macilenta luz 

de  una lóbrega taberna.

Mientras sostiene la copa,

un remoto tango llega

mecido en aires de aromas

de la feraz primavera.

Evoca  el canto el desgarro 

en clave de fracaso amargo.

La puerta abierta a la noche

enseña un manto de estrellas.

El acordeón desgrana

notas de melancolía

que  reviven añoranzas.

Va la estela  de su cuerpo,

el cuerpo siempre soñado,

componiendo melodías

con los luceros del cielo.

Vana ilusión de regreso,  

cuando ya nada es lo mismo.

¡Otra copa, tabernero¡

Lentamente envenenados.

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Leonor, mujer valiente y luchadora  en tiempos de penurias y de miedos, cuando reclamar derechos básicos era poco menos que un atentado al sacrosanto orden impuesto, pasaba las tardes de primavera  por las casas con un canasto de mimbre en la cabeza vendiendo espárragos, lavados y amanojados  con juncos,  que sus hijos habían  cogido por la mañana.  

El campo ofrecía  estacionalmente su ayuda.   Las setas que, en el tiempo al que me refiero, sólo algunos se atrevían a coger por el miedo visceral que producían,  abundaban en posíos, siembras y barbechos pues  los arados profundizaban poco y no rompían los micelios.

Las criadillas, que otros llaman trufas, difíciles de localizar y que sólo los pastores,  en su deambular tranquilo por las dehesas y las riberas de los ríos,  conocían los lugares donde se criaban.

La romaza, la achicoria y  la tagarnina  también eran recolectadas para hacer ensaladas y tortillas.

Por estas fechas  de preludio primaveral  en que  están a punto de brotar los espárragos y se llenan  los campos de aficionados para cogerlos, echo de menos, en sentido ecológico, los tiempos pasados cuando  todavía se bebían las aguas corrientes y limpias  de las gavias,  se criaba el berro fresco a la  vera de los manantiales y las fuentes. No te encontrabas entonces vasijas de plástico abandonadas con restos de herbicidas después de cumplir su  letal misión de envenenarnos lentamente.

Noche de invierno.

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Con la postura del cuatro

entre algodones  y lana

busco acomodo y abrigo

en el calor de la cama.

Hilandera de recuerdos,

la duermevela devana

en esta noche de invierno

cuentos a la luz del fuego,

antiguos juegos de niño

las noches de la plazuela…

…seminconsciencia difusa

en el sopor placentero…

Rumor de panal lluvioso,

de canales y aguaceros

en la  calle  solitaria…

El reloj marca su ritmo

en el reloj de la sala.

 

 

Aquellas mañanas de invierno.

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El carbón de encina en el anafre enrojece a golpe de soplillo.

Mi madre prepara el café migado con  tostadas

y sobre ellas,  la nata, en el tazón de  porcelana.

Con los ojos aún hinchados de dormir,

el aseo en la palangana al lado del brasero.

En los tejados el humo de las chimeneas…

Con cartera de cuero,  pizarra y pizarrín  me voy a la escuela

por los caminos que bordean el arroyo entre carámbanos y helada.

El sol, débil, dorado y oblicuo todavía, levanta la bruma  en la cañada…

Los pupitres con tinteros…

El olor a goma de borrar…

El maestro pronunciando los dictados…

Aún perduran, abrigados de ternura

los recuerdos…tan lejanos.