Mi hermana y yo con Guaditoca en la feria de Ahillones
Permanencia.
Como la adolescencia es tan viva
parece que la vida es siempre nueva.
¡El resplandor azul de aquellos ojos
entre el verde frescor de las espigas!
Su corazón de par en par abierto,
sin límites de afecto y de cariño,
puro, como la nieve en la cumbre
y la mirada limpia de los niños.
Ya no tiene la luz el mismo brillo
ni el aura tibia de las alamedas
mueve igual las hojas en la tarde,
pero siguen conmigo, como entonces,
detenidos en el tiempo su belleza
y el mar de sus ojos insondables.
Siega y trilla antaño.
“En la siega” de José Llul
Segadores, con sombreros de paja y pañuelos abiertos en la nuca, segaban las mieses con la hoz a pleno sol canicular.
En el abarco de una mano, las gavillas con las que formaban haces que subían a los carros de varas con horquillas. Le llamaban saca a estas faenas.
Por caminos de baches y resecas huellas invernales llegaban a las eras y extendían los haces en parvas. Los deshacían dando vueltas con las bestias. Después el trillo en rutinarios giros separaba el grano de la espiga. Para quebrar la cadencia del sopor entonaban cantes de trilla entre arreos a la caballería. A lo lejos reverberaba la calima.
Bieldos y palas al aire gallego, la marea de media tarde, para apartar el grano de la paja. La cebada, la avena y el trigo, con cuartilla, a los costales y de allí al doblado y los graneros a golpe de espaldas riñones y rodillas. La paja, tupida en carros con varas y redes, a las puertas de las casas para entrarla en los pajares con mantas y sábanas uncidas.
Camino de Berlanga.
Para compartir sentimientos o al menos roces y caricias en la edad, que unos llaman pubertad y otros pavera y que, pletóricas las glándulas, tienden a desbordarse de los límites del cuerpo, muchos varones salían del término geográfico del pueblo y se desplazaban a Berlanga.
Escaseaban por aquellos años sesenta coches y motos, y en tal caso, para dar de sí al exiguo peculio, el medio más económico era “el coche de san Fernando, un rato a pie y otro andando”.
Unos pocos afortunados disponían de bicicleta dotada con faro de dinamo o de linterna, sujeta en el manillar con cuerdas o alambres. Para que los pantalones no se trabaran o mancharan con la grasa de la cadena se los sujetaban con unas presillas de chapa a la altura de los tobillos.
Por la entonces poco transitada carretera, en poco más de media hora, se plantaban en su destino, que era el baile que “La Chocha” organizaba los domingos en el salón del bar Nuevo. Sentado detrás de la puerta en su carrito de inválido controlaba con muleta y boca de arriero furioso a los posibles intrusos que querían colarse sin pagar.
Julio el de Alvarito era el alma de aquel grupo musical que a ritmo de saxofón animaba las querencias de los bailantes. Inolvidables boleros con la carita pegada.
Fui algunas veces, siempre en grupo, y el recuerdo más vivo que tengo es el del camino. El cerro Gordo casi mediaba la ruta era la referencia, una vez traspasado, de cercanía. Al poco divisábamos las primeras luces de las afueras, en un sentido o en otro. La luna, el ladrido de los perros… A la ida con la ilusión y a la vuelta contando cada uno cómo había transcurrido la noche. Algunas mentirijillas exageraban la posible aventura, que de eso, cazadores y conquistadores de féminas mercedes, siempre han usado con discrecional fantasía.
Inocencia de niño.
Se despluman las alas de los ángeles
sobre campos de jara.
Lento descenso a tierra
de las quimeras de niño.
Incienso, vidriera y rezos
las tardes de los oficios.
Abril.
Azucenas y lirios.
Siete puñales clavados
en el corazón de madre
y una corona de espinas
en la cabeza del hijo.
¡Oh, los predicadores!
Y el silencio.
La luz del sol tras las nubes
era corona de Dios.
Fantasías infantiles,
inocentes pecados de la infancia
en el confesionario oscuro.
¿Dónde quedó el paraíso?
La fuente del Horno.
Todavía se acercan algunos a la fuente con sus coches a llenar vasijas de plástico; no
se fían del agua del pantano y continúan bebiendo ésta que no está clorada y que sigue
fluyendo continuamente de su caño dorado y roto.
La fuente del Horno, al lado de la carretera de Llerena y a los pies del cerro del mismo nombre, junto con la denominada del Lugar y el pozo del Bañito, han surtido al vecindario de Ahillones de agua potable cuando no existía red de abastecimiento público. El pozo del Bañito está en el cerro cerca de la cruz de la Mota. De éste último tenía la llave de la tapadera del brocal, tía Isabel, conocida como la de las escuelas. Por el suministro del agua de este pozo se pagaba una pequeña cantidad.
Para el acarreo se utilizaban asnos, pertrechados con aguaderas o serones. Pernoctaban en las cuadras. Muchas casas disponían de ellas. Hoy están prácticamente desaparecidas. El macho era menos frecuente para estos menesteres ya que, si no estaba capado, presentaba armas de momento cuando veía a una hembra. El escándalo era mayúsculo, con sonoros relinchos de celo y descomposición de atalajes, compostura y carga.
Los tres caminos principales que llegaban a la fuente del Horno partían de las traseras de la calle Nueva, de la esquina del Ejido y de la parte delantera del huerto Blanco, y confluían, una vez pasado el cerro, en uno único que llegaba al manantial.
Como había que esperar a que tocara el turno para llenar, el lugar se convertía en sitio de conversación y cotilleo. Se repasaban, con gracejo y pimienta, los acontecimientos más novedosos del acontecer vecinal.
Tío José, tío Miguel y Manolito, hijo de éste último, se dedicaron a traer agua al pueblo ,cobrando por ello. Esto fue en los últimos tiempos, antes del agua corriente. Para los no iniciados aclaro que el título de “tío” que antepongo a algunos nombres es señal en mi pueblo del respeto que inspira la edad madura.
Como casos dignos de mención, por su esfuerzo y habilidad, hay que citar a las mujeres que portaban dos cántaros y un botijo sin más ayuda que su cuerpo. Uno de los cántaros en la cabeza con una rosquilla que le servía de soporte y amortiguador, otro en el cuadril y el botijo en la mano contraria.
Como dice el refrán: …tanto va el cántaro a la fuente…Y se rompían, claro, con gran quebranto y disgusto de aquellos a los que les sucedía.
Los muchachos, que lo que nos gustaba era poner a la burra a “tos cuatro pies” , cuando nos encontrábamos con un amigo en el ejido camino de la fuente, nos echábamos carreras para ver quién llegaba antes. No era extraño que en estas competiciones el viaje de regreso se precipitara con los restos del naufragio y sin agua.
Por tangos.
Toma la tercera espuela
invitando a las quimeras
en la macilenta luz
de una lóbrega taberna.
Mientras sostiene la copa,
un remoto tango llega
mecido en aires de aromas
de la feraz primavera.
Evoca el canto el desgarro
en clave de fracaso amargo.
La puerta abierta a la noche
enseña un manto de estrellas.
El acordeón desgrana
notas de melancolía
que reviven añoranzas.
Va la estela de su cuerpo,
el cuerpo siempre soñado,
componiendo melodías
con los luceros del cielo.
Vana ilusión de regreso,
cuando ya nada es lo mismo.
¡Otra copa, tabernero¡
Lentamente envenenados.
Leonor, mujer valiente y luchadora en tiempos de penurias y de miedos, cuando reclamar derechos básicos era poco menos que un atentado al sacrosanto orden impuesto, pasaba las tardes de primavera por las casas con un canasto de mimbre en la cabeza vendiendo espárragos, lavados y amanojados con juncos, que sus hijos habían cogido por la mañana.
El campo ofrecía estacionalmente su ayuda. Las setas que, en el tiempo al que me refiero, sólo algunos se atrevían a coger por el miedo visceral que producían, abundaban en posíos, siembras y barbechos pues los arados profundizaban poco y no rompían los micelios.
Las criadillas, que otros llaman trufas, difíciles de localizar y que sólo los pastores, en su deambular tranquilo por las dehesas y las riberas de los ríos, conocían los lugares donde se criaban.
La romaza, la achicoria y la tagarnina también eran recolectadas para hacer ensaladas y tortillas.
Por estas fechas de preludio primaveral en que están a punto de brotar los espárragos y se llenan los campos de aficionados para cogerlos, echo de menos, en sentido ecológico, los tiempos pasados cuando todavía se bebían las aguas corrientes y limpias de las gavias, se criaba el berro fresco a la vera de los manantiales y las fuentes. No te encontrabas entonces vasijas de plástico abandonadas con restos de herbicidas después de cumplir su letal misión de envenenarnos lentamente.
Noche de invierno.
Con la postura del cuatro
entre algodones y lana
busco acomodo y abrigo
en el calor de la cama.
Hilandera de recuerdos,
la duermevela devana
en esta noche de invierno
cuentos a la luz del fuego,
antiguos juegos de niño
las noches de la plazuela…
…seminconsciencia difusa
en el sopor placentero…
Rumor de panal lluvioso,
de canales y aguaceros
en la calle solitaria…
El reloj marca su ritmo
en el reloj de la sala.










