Turroneros.

turronesReyCastuera

 

 

 

 

 

 

Turroneros de Castuera,

con puestos de lona  blanca

y chambras de tela negra.

Almendras, garrapiñadas,

alfajores,  miel, arrope,

turrones,  fruta escarchada,

peladillas, piñonates,

tortas  y  calabazates.

Lejana infancia de Ahillones

cuando llegaba septiembre.

Aromas, formas, colores

que todos los años  vuelven.

 

Bordar la tarde.

bordador

En los rincones de la tarde añoro

otros cantos de niños entre flores,           

otro azúcar y miel en los sabores

y otro cielo en el céfiro incoloro.              

 

Llega el sol en espigón de luz y  oro

a las coronas  de los  bastidores      

y relumbra la seda de colores    

entre  manos  que miman su tesoro.       

 

Sin su cuerpo, ahí está su silla  

y un me voy, abuela, con un beso

dejado cariñoso en la mejilla.

 

Mientras, añorante,  pienso  en todo eso

va la tarde poniéndose amarilla

en arrebol de sombras sin regreso.

Ildefonso.

ildelfonsoCada año por estas fechas me acuerdo de Ildefonso y cada vez que paso por la curva de la carretera de Valverde a  Fuente del Arco, donde la noche del 22 de julio de 1971 se quebró su vida con veinte años, también.

Éramos tan jóvenes aún que el impacto brutal de la noticia nos abrió de par en par las entrañas y la cicatriz sigue dando señales de la herida cada cierto tiempo.

Sus padres y su hermana nunca lograron levantar vuelo después del mazazo y vernos a uno de nosotros suponía ver el hueco de su ausencia.

Su cuerpo inerte en el cuartel de la guardia civil, tendido en un banco, donde sus padres lo encontraron ya para siempre desgajado de sus vidas, con la misma ropa con la que  unas horas antes se había despedido de ellos  lleno de vitalidad, fue un hachazo en mitad del alma con el filo dentellado de la crueldad.

Durante mucho tiempo después, cada anochecido, miraba yo la ventana de su casa en las Cuatro Esquinas y veía como siempre la luz de la lámpara que la fatídica noche se apagó bruscamente  ante la llamada de la muerte.

 

Julio.

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A lo lejos espejea  la  flama 

que emerge  del suelo

con dedos de translúcidas  llamas. 

El aire calinoso

se agazapa ardiente  

en solitarios caminos polvorientos.

Un cante de trilla

ronda por las eras

al  son de  cascabeles.

Avispas  negras y amarillas

merodean indecisas y esquivas

por la cuba de cinc

en el brocal del pozo.

En su fondo el agua oscura y  quieta

absorbe el eco de voces infantiles

en la hora de  la siesta.

 

 

El tío de la sangre.

sangre

A  los niños nos metían miedo los mayores porque era la forma más efectiva de tenernos controlados. ¿Quién no ha escuchado  alguna vez aquello de “¡Que viene el coco!” para que nos calláramos o dejásemos de meter ruido?

Cuando llegaba el tiempo del verano, en esas interminables horas de sopor de la siesta en que el pueblo entraba en un letargo de plomo y chicharras,  nos asustaban con los tíos de la sangre, que secuestraban a los niños para extraerles el preciado líquido rojo. Yo me los imaginaba como vampiros que nos chupaban las venas y nos quedaban más secos que una mojama. Así que durante esas horas, si no nos acostábamos al menos tampoco nos íbamos por  esos campos tan solitarios a esas horas.

La “Mora” vivía en la humedad negra y profunda de los pozos como una bruja desgreñada con largos brazos y retorcidos dedos que arrastraba hacia el interior del pozo a los niños que se asomaban al brocal. Con esa amenaza procuraban evitar el peligro de que nos cayéramos dentro.

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Otro personaje de la inventiva popular era el “tío del Sebo”. Quizás asociada su figura a la negrura de la grasa que tenían  las ruedas de los carros para lubricarlas y que no era otra cosa que tocino añejo que adquiría esa tonalidad con el roce y el polvo de los caminos.

En la finca de Valjuncoso existía y aún existe, aunque taponada de piedras y tierra, la cueva de Poro. Esta persona, que existió realmente, adquirió con el tiempo y la imaginación la imagen huraña y esquiva  que le confería su aislamiento y desaliñado aseo.  Debió ser un hombre que vivió de forma semi salvaje por aquellos parajes. Tan repulsiva  presencia hubo de tener que cuando no obedecíamos nos amenazaban con que vendría Poro a por nosotros, una especie  de monstruo agresivo que se comía a los niños.

La radio.

radio

El 23 de febrero de 1981 la radio se convirtió en el cordón umbilical que nos mantuvo informados de la asonada golpista que Tejero protagonizó en el Congreso de los Diputados. Se habló entonces de la noche de los transistores y muchos descubrieron el papel  que  la voz llegada a través de las ondas puede desempeñar en ciertos momentos.

Mi generación y las anteriores lo habíamos descubierto hacía tiempo. Las noches de invierno en las que había que tener a mano las velas y los quinqués porque  la luz eléctrica dependía  de que una brisa no derribara un palo del tendido eléctrico, nos acompañaba radio Andorra con Liria y Juan Francisco, locutores que se hicieron populares entre los oyentes: “Aquí radio Andorra, emisora del Principado de Andorra. Emitimos en onda normal de…”

De la música que emitían recuerdo algunas canciones de “José Luis y su guitarra“, como  “Mariquilla”:

“Tu cara de rosa y jazmín,
han encendido de un modo mi alma
que ya he perdido la calma
y hago locuras por ti, mi bien.
Mariquilla bonita, graciosa chiquita,
tienes mi querer. Yo te doy mi vida,
mi alma y mi sangre y todito mi ser.
Y te canto bajito lo que te quiero,
cuánto te adoro, tú eres mi bien

y “Campesina”:

“Las mujeres de Colombia son más bonitas que el Sol, 
las de la ciudad dan fuego, las de la ciudad dan fuego, las del campo dan amor”. 

JLyGuitarra

También la clandestina e interferida  “Pirenaica” que oíamos cuando la puerta de casa estaba bien cerrada y con poco volumen para que no  se escuchara fuera, que no estaban tan lejanos  los tiempos de las delaciones y las inquebrantables lealtades. Así que cuando alguien llamaba a la puerta de las doce de la noche en adelante,  a esas horas siempre con malas noticias, la primera reacción  instintiva era apagar el aparato, sino se escondía también debajo de la cama.

Las tardes las dedicaban nuestras madres, abuelas, tías y parte del vecindario a la costura, si hacía buen tiempo en el patio o en el corral y si no en la sala. Entre el silencio de las puntadas y alguna lágrima emotiva  se oían las novelas. “Ama Rosa” y “El derecho de los hijos” de Guillermo Sautier Casaseca  y Rafael Barón marcaron toda una época. Todavía recuerdo algunos de  aquellos nombres de extraordinarios vocalizadores y actores radiofónicos: Matilde Conesa, Pedro Pablo Ayuso, Eduardo de la Cueva, Juana Ginzo, Matilde Vilariño, Teófilo Martínez.… Si los muchachos llegábamos a la hora que estaban escuchando la novela con entrada impetuosa y bullanguera  a pedir la jícara de chocolate  o el pan con aceite y azúcar la respuesta era un siseo  acompañado de dedos en los labios para que nos calláramos.

Alberto Oliveras con esa voz envolvente y persuasiva presentaba un programa en el que recaudaban dinero para algunos causas humanitarias. “Ustedes son formidables” se llamaba. Con motivo de las inundaciones que produjo el desbordamiento del río Tamarguillo en Sevilla (25 de noviembre de 1961) consiguieron recaudar tres millones de pesetas (de aquella época) para los damnificados.

Los niños de entonces no teníamos ni móviles, ni videoconsolas ni ordenadores. Nos criamos, en la primera infancia,  acompañados del sonido y las voces de la radio. Las imágenes  la poníamos cada uno  con nuestra imaginación vagando libre por las regiones de la fantasía.

 

Haba.

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Le pusimos “Haba” cuando llegó a casa de rayón. Lo trajo mi padre de Las Cabezas, una finca del Pedroso.  Era tan pequeño que tuvimos que alimentarlo con biberones de leche.

Mi padre lo sacaba de paseo y se iba tras de él como  si fuera un perrillo. Entraba en los bares y se acostumbró a comer las avellanas que le daban los presentes.

Creció y  se lo llevó Antonio Gimón al huerto que tenía su casa donde disponía de más espacio. Un día de jueves santo se les ocurrió a su amigo Antonio y a mi padre  llevarlo a Berlanga. Lo bajaron del coche y como siempre se fue detrás de ellos. Los que venían en la procesión con el santo a cuestas no daban crédito a lo que estaban viendo. Al encontrarse de frente se produjo primero la sorpresa y luego la desbandada. Faltó poco para que los portadores de la imagen la dejaran en el suelo y saliesen corriendo también

Un agente municipal  les conminó a que se llevasen de allí a “Haba” para que pudiese continuar el cortejo. Así que subieron al coche y los asustados fieles siguieron el recorrido.

En otra ocasión, una noche de verano, cuando regresaba mi padre de paseo con él, se metió en la casa de unos vecinos que comían tranquilamente su gazpacho con las puertas abiertas de par en par. El primero de la familia  que  se percató de la presencia del animal se subió a una  silla pidiendo una escopeta, mientras los otros miembros corrían despavoridos hacia el corral.

Estuvo con nosotros unos años, pero ya era peligroso sacarlo por ahí. Así que,  para evitar males mayores, tuvimos que sacrificarlo muy a pesar nuestro.

Las abuelas.

 

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Hasta cinco veces buscaba el hilo el angosto camino del enhebro  guiado por las manos  temblorosas  de la vieja. Los niños- ¡qué ignorancia!- nos reíamos de ella cada vez que fallaba un nuevo intento. Entre conversaciones y silencios nuestras abuelas  cosían e hilaban  en las horas vencidas de la tarde tras el duro bregar de otras faenas.

 Trabajar  bajo un yugo de rutinas que solo alguna vez hallaba alivio  contemplando detrás de los visillos  el diario transcurrir de otros vecinos. Si en  alguna ocasión salían del pueblo era debido a alguna enfermedad. El mar quedaba tan lejos  que pocas  se  mojaron los pies en sus orillas.  Sobre sus recios y sufridos hombros se apoyó el bienestar del que gozamos. Entre velos, mantones y cobijos  se les fue la juventud de la manos rezando por las almas de los muertos.

Hinojos, altramuces,”tostaos”, duces, tebeos…

capitan trueno

Venía una mujer andando de Berlanga con un cesto de mimbre lleno de hinojos recién lavados en la fuente del lugar. Los  vendía por manojos, a perra gorda. ¡Pobre mujer, con zapatillas empolvadas y traje negro desleído por el sol, cargando sobre la cabeza el cesto! En la plazuela se sentaba sobre  la piedra que protegía la esquina de Daniel.

Alonsito vendía altramuces (chochos)  de casa en casa. Su familia los endulzaba en la parte del arroyo  primero conocida como la charca de tía Espina, cerca de la cantera. Los dejaban allí en la corriente del agua  durante unos días metidos en un cesto de mimbre tapándole la boca con un saco.

Dionisio cambiaba garbanzos  “tostaos” por crudos, yendo también por las calles con su cesta de pita voceando el producto. Acudíamos  los muchachos  con un tazón o un vaso colmado de garbanzos y nos lo daba con los “tostaos”,  quitándole el colmo a la vasija.

Angelito pasaba por las casas con su banasta tapada con un paño blanco vendiendo mimos,  bizcochos y cortadillos.

pastillas de goma

El “ tío de las gomas” traía en el portamaletas de  una bicicleta,  pirulís, pastillas de goma, y algunas chucherías más. Vendía también “revolanderas” de papel con un palo que nosotros hacíamos volar corriendo por las calles,  “restallaeras”, que al frotarlas contra el suelo se encendían y empezaban a chisporrotear. Los más osados se las metían entre las manos moviéndolas como unas maracas. Unas bombas liadas en papel y guita que estallábamos arrojándolas contra la pared y otras que eran pequeños cilindros con una mecha y que  a veces, algunos más traviesos, tiraban para que estallaran en los zaguanes de las casas. Cambiaba Tebeos, historias del capitán Trueno, Roberto Alcázar y Pedrín, El Jabato…  por otros que no habíamos leído. Cancioneros de Antonio Molina, Manolo Escobar, Manolo “El malagueño”, Rafael Farina, etcétera, etcétera. Todo esto lo colocaba en la bicicleta como si fuera un escaparate y allí acudíamos con nuestra curiosidad y escaso peculio.

tebeo

Tiempos de penurias y escaseces en que muchas personas lo pasaban mal, pero fueron los que nos tocó vivir, los de nuestra infancia.

Jubilación de Antonio Marín (fragmento)

(Este es un fragmento del texto que le dediqué a Antonio Marín el día de la comida homenaje con motivo de su jubilación)

Los niños y niñas  que nacen en la calle Nueva tienen un patio para sus juegos con los únicos límites de la  sierra y cielo.

Los  dos arroyos que deslizan sus cauces provenientes del oeste confluyen  en sus cercanías y marcan con sus estiajes y avenidas  el paso de estaciones en los tiempos imprecisos de la niñez, cuando no hay  prisas ni orillas definidas. Las sensaciones que  producen los fenómenos naturales marcan los difusos contornos del tiempo: las tronadas, las primeras  lluvias, el canto de los grillos, las margaritas en los prados, el viento de la noche borrascosa, los carámbanos y  las labores campesinas, como el aviento de   parvas al gallego de la tarde.

Allí, a un tiro de piedra,  está la escuela,  donde  entre bolindres, barrancos y corralillas Antonio Marín enraizó sus primeras vivencias infantiles y se llenaron sus ojos de inolvidables puestas de sol. Veía  llegar antes que nadie los avances grises de las nubes por las sierras de la  Capitana, san Miguel  y el castillo de Reina y  despedía las tardes cuando éstas se  echaban en brazos de la noche.