Noviembre.
Noviembre es un mes de sombras y de bronces,
un bostezo gris de lluvia
y un toque de oración
a la huida de la luz.
Es un mes de enagüillas y brasero,
de abrigo y de cobijo.
Inclinada pendiente de ladera
hacia el solsticio de invierno
desde el que se otea a los renos
por un camino de nieve.
Es el mes do el rojo
no es pasión, sino celaje frío
y es también el paisaje sugerido
por el cuadro de Millet.
Visita al cementerio
Viento y lluvia en los cipreses,
calor de tórridas siestas,
heladas del mes de enero…
¡Poco importan ya a los muertos
el viento de las veletas
y los cambios atmosféricos!
He estado en el cementerio
viendo lápidas con fechas
que el dolor dejó marcadas
en el mármol del recuerdo.
Epitafios en los nichos
del último adiós labrado
en un pañuelo de piedra
con el cincel de la ausencia.
Hay una tumba en el suelo
con unas rosas marchitas
sobre su blanco silencio.
Aquí anduvieron un día
bebiendo vino en las fiestas
y comiendo en calderetas.
Se perdieron para siempre
en el fondo de sus ojos
el pardo de las besanas,
el dorado de las mieses
y el intenso azul del cielo.
¡Cuánta vida en cada nombre
queda enterrada en la tierra!
Se extinguirá su recuerdo
en la noche de los tiempos.
Morirán sus deudos
y los hijos de sus deudos
con el paso de los años.
Quedarán de su pasado
una letras ilegibles
en el mármol desgastado
…y ya todo será historia.
Sólo los ecos de bronce
a primeros de noviembre,
anónimos y lejanos,
recordarán su memoria.
Desilusión.
Perdimos la inocencia de la infancia.
La delicada flor, frágil y bella
pereció deshojada a la intemperie
ajada por penosas inclemencias.
El rincón de mullidos edredones,
hollado y roto por extrañas huellas,
quedó al albur de crudos temporales.
Marchita y mancillada su pureza,
fluye roja la sangre a borbotones
por las tiernas heridas descarnadas,
abiertas por los bordes de puñales
que afilan el rencor y la vileza.
Ausente.
Su mirada pasea por las cosas
rozándolas apenas.
Bloqueado el camino a los sentidos,
su rostro de cartón inexpresivo
no muestra gozo, pena ni alegría
Un fondo turbio, inalcanzable y frío
de sombras y apatía
en un confuso cruce de caminos
donde la espesa niebla
difumina siluetas
y confunde al viajero su destino.
La frontera de la luz.
Comenzó a dejar estelas con sus pies
en un cansado deambular sin rumbo.
Confundía de los ruidos los orígenes
y a sus ojos se velaron las distancias
con un vallado de sombras y silencio.
Rodeado de temores y de miedos
rumiaba a solas su soledad presente.
Hacia atrás, sólo la imagen del pasado,
visible en el fondo virtual de los espejos
mitigaba el declinar de su existencia.
Un día de tantos cruzó la línea
divisoria de las cosas trascendentes,
a solas, para enfrentarse a los misterios.
Ya verá, si existe, el brillo de la Luz.
Si no, todo terminó en el cementerio.
Farolillos.
Le dijo adiós una mañana.
Se fue envuelta en las sábanas del alba,
tan niña y tan mujer.
No ha vuelto a verla más,
tampoco la olvidó.
Si la viera ahora no sabría decir si es ella,
la recuerda como era,
tan bella, tan tierna, cándida flor,
su mirada en los farolillos de la feria.
Aquel beso que no dio y que siempre añora.
Ahora ya no brillan los luceros
porque han puesto lonas a los cielos,
pero entonces, el fresco de la madrugada los mecía
en la cuna del aire al son de Alfonsina y el mar.
El último día parecían tristes.
Sonaba todo a despedida.
Tan larga es la ausencia que anda el olvido
queriendo borrarla,
pero vuelve cada dieciséis el cometa de su estela
a enredarse en los acordes de la plaza.
Otoño extremeño.
Estas primeras lluvias otoñales
suavizan la textura de la tierra
pues las nubes trajeron de la sierra
verde frescor a secos pastizales.
Mi mirada a través de los cristales
busca la luz que algún nublado cierra
al mismo tiempo que mi mente yerra
por pensamientos hueros y banales.
Plácido otoño en mi tierra extremeña:
gotas de rocío en las sementeras,
bellas dehesas de ganado y leña,
caza y setas por valles y praderas
y este sol de la tarde que me enseña
los matices del oro en las choperas.
Preludio de lluvia.
Pasan veloces las nubes delante de la luna. Vienen cuarteadas, enladrilladas, como borregos de un rebaño que huyen del lobo. Si las miras mucho rato parece que es la luna la que anda en dirección contraria detrás de ellas. Aparece y desaparece como jugando al escondite. Cuando se asoma por los claros extiende su brillo de alpaca sobre los tejados.
Mañana me despertarán las canales al amanecer y los borreguitos del cielo se habrán convertido en carneros acuosos.Ya lo dice el refrán: “borreguitos en el cielo, carneros en el suelo”. Para entonces la luna ya estará a cobijo y por las crestas de la sierra se arrastrarán los flecos y jirones de un denso vestido gris empujado por vientos ábregos cargados de humedad.
Belleza efímera.
Tu risa, la flor, la noche, la luna, tu voz.
La brisa, la nube, la lluvia, el iris, la luz.
La fuente, el río, la corriente
y el paso adelante de la juventud.
El vino, la copla, el amor,
licores, comida, mantel,
amantes radiantes de vida y salud.
O tú, tan tierna, tan dulce, tan bella.
Frondosa alameda, vergel.
Apresa, poema, el momento,
eterniza ese goce fugaz,
sólo queda, pasada la hora,
la palabra plasmada en papel.










