Tarde infantil de domingo.

Tarde infantil  de domingo

con paseos de ida y vuelta

de la plaza a cuatro esquinas

con sabor a regaliz

y a goma de clorofila.

Vocea Felipe al viento

las pipas y caramelos

de su canasta de mimbre.

El carburo con su llama

alumbra con luz de plata

sobre el turrón y la fresa,

el chocolate y la nata

del puesto de los helados.

Los hombres fuman y charlan

en grupos diseminados

de cosas que no entendemos.

Pasa Antonio con un  palo

encendiendo las bombillas

que  dejan en las esquinas,

cuando ya es anochecido,

una tristeza  amarilla.

Noviembre.

Noviembre es un mes de sombras y de bronces,

un bostezo gris de lluvia
y un toque de oración
a la huida de la luz.
Es un mes de enagüillas y brasero,
de abrigo y de cobijo.
Inclinada pendiente de ladera
hacia el solsticio de invierno

desde el que se otea a los renos

por un camino de nieve.
Es el mes do el rojo
no es pasión, sino celaje frío
y es también el paisaje sugerido

por el cuadro de Millet.

Visita al cementerio

Viento y lluvia en los cipreses,

calor  de tórridas  siestas,

heladas del mes de enero…

¡Poco importan  ya a los muertos

el viento de las veletas

y los cambios atmosféricos!

He estado en el cementerio

viendo lápidas con fechas

que el dolor dejó marcadas

en el mármol del recuerdo.

Epitafios en los nichos

del último adiós labrado

en un pañuelo de piedra

con el  cincel de la ausencia.

Hay una tumba en el suelo

con unas rosas marchitas

sobre su blanco silencio.

Aquí anduvieron un día

bebiendo vino en las fiestas

y comiendo en calderetas.

Se perdieron para siempre

en el fondo de sus ojos

el pardo de las besanas,

el dorado de las mieses

y el intenso  azul del cielo.

¡Cuánta vida en cada nombre

queda  enterrada en la tierra!

Se extinguirá su recuerdo

en la noche de los tiempos.

Morirán sus deudos

y los hijos de sus deudos

con el paso de los años.

Quedarán de su pasado

una letras ilegibles

en el mármol desgastado

…y ya todo será historia.

Sólo los ecos de bronce

a primeros de noviembre,

anónimos y lejanos,

recordarán  su memoria.

 

Desilusión.

 

 

 

 

 

Perdimos la inocencia de la infancia.
La delicada flor, frágil y bella
pereció deshojada a la intemperie
ajada por penosas inclemencias.
El rincón de mullidos edredones,
hollado y roto por extrañas huellas,
quedó al albur de crudos temporales.
Marchita y mancillada su pureza,
fluye roja la sangre a borbotones
por las tiernas heridas descarnadas,
abiertas por los bordes de puñales
que afilan el rencor y la vileza.

 

Ausente.

Su mirada pasea por las cosas

rozándolas apenas.

Bloqueado el camino a los sentidos,

su rostro de cartón inexpresivo

no muestra gozo, pena ni  alegría

Un fondo turbio, inalcanzable y frío

de sombras y apatía

en un confuso cruce  de caminos

donde  la espesa  niebla

difumina siluetas

 y confunde al viajero su destino.

La frontera de la luz.

Comenzó a dejar estelas con sus pies

en un cansado deambular sin rumbo.

Confundía de los ruidos los orígenes

y  a sus ojos se velaron las distancias

con  un vallado de sombras y silencio.

Rodeado de  temores  y de miedos

rumiaba a solas su soledad presente.

Hacia atrás,  sólo la imagen del pasado,

visible en el fondo virtual de los espejos

mitigaba el declinar de su existencia.

Un día de tantos cruzó la línea

divisoria de las  cosas trascendentes,

a solas, para enfrentarse a los misterios.

Ya verá, si existe, el brillo de la Luz.

Si no, todo terminó en el cementerio.

Farolillos.

Le  dijo adiós una mañana.

Se fue envuelta en las sábanas del alba,

tan niña y tan mujer.

No ha vuelto a verla más,

tampoco la olvidó. 

Si la viera ahora no sabría decir si es ella,

la recuerda como era,

tan bella, tan tierna, cándida flor, 

su mirada en los  farolillos de la feria.

Aquel beso que no  dio y que siempre añora. 

Ahora  ya no brillan los luceros

porque han puesto lonas a los cielos,

pero entonces,  el fresco de la madrugada los mecía

en la cuna del aire  al son de Alfonsina y el mar.

El último día  parecían  tristes.

Sonaba todo a despedida.

Tan larga es la ausencia que anda el olvido

queriendo borrarla,

pero vuelve cada dieciséis el cometa de su estela

a enredarse en los acordes de la plaza.

Otoño extremeño.

 

 

 

 

 

 

 

Estas primeras lluvias otoñales
suavizan la textura de la tierra
pues las nubes trajeron de la sierra
verde frescor a secos pastizales.
Mi mirada a través de los cristales
busca la luz que algún nublado cierra
al mismo tiempo que mi mente yerra
por pensamientos hueros y banales.
Plácido otoño en mi tierra extremeña:
gotas de rocío en las sementeras,
bellas dehesas de ganado y leña,
caza y setas por valles y praderas
y este sol de la tarde que me enseña
los matices del oro en las choperas.

Preludio de lluvia.

Pasan  veloces las nubes delante de la luna. Vienen cuarteadas, enladrilladas, como borregos de un rebaño que huyen  del lobo. Si las miras mucho rato parece que es la luna la que anda en dirección contraria detrás de ellas. Aparece y desaparece como jugando al escondite. Cuando se asoma por los claros extiende  su brillo de alpaca sobre los tejados.
Mañana me despertarán  las canales al amanecer y los borreguitos del cielo se habrán convertido en carneros acuosos.Ya lo dice el refrán: “borreguitos en el cielo, carneros en el suelo”.  Para entonces la luna ya estará a cobijo y por las crestas de la sierra se arrastrarán los  flecos y jirones de un denso vestido  gris empujado por  vientos ábregos cargados de humedad.

Belleza efímera.

 

 

 

 

Tu risa, la flor, la noche, la luna, tu voz.
La brisa, la nube, la lluvia, el iris,  la luz.
La fuente, el río, la corriente
y el paso adelante de la juventud.
El vino, la copla, el amor,
licores, comida, mantel,
amantes radiantes de vida y  salud.
O tú, tan tierna,  tan dulce, tan bella.
Frondosa alameda, vergel.
Apresa, poema, el momento,
eterniza ese goce fugaz,
sólo queda, pasada la hora,
la palabra plasmada en papel.