Lluvia de temporal.

Azótame  la  cara,

temporal de  la mar vieja,

a ti me enfrento libre,

desprendido de  cadenas.

Fustígame  con los vientos,

no me oiréis ninguna queja;

ráfagas de lluvia oblicua,

hacia mi frente serena.

Confúndeme en los trigales

y llévame con la lluvia

a profundos manantiales. 

Al resurgir de la vida

con los brotes de las yemas

volveré en una alborada

luminosa y verdecida

hecho luz en la alameda.

La vida sigue.

 

Casi todos tenemos a  algunas personas de quienes nos acordamos en estos días porque ya no están entre nosotros. Para todos  va este pequeño poema. 

 

 

Un año más la Navidad golpea
con los blancos nudillos del invierno
los fríos cristales  del solsticio
para estar con nosotros junto al fuego
en estas fechas de bullicio y fiesta.

Pero hay momentos en la Nochebuena
que evocamos  algunas ausencias,
presentes en nuestras cabezas
y que nadie comenta
por no sentar la tristeza a la mesa.

El recuerdo de los que quisimos
seguirá siendo parte nuestra,
aunque el tiempo atempere su fuerza.

Otros solsticios con los mismos ritos
evocarán también nuestra memoria
cuando con el paso de los años
estemos sepultados bajo tierra.

Por La Paquera.

¿Quién no ha escuchado alguna vez la canción de “La Paquera de Jerez” que dice: “En la soleá de mis noches sin luna busco los luceros de tus ojos verdes…? Pues imitando la métrica  de esa canción nació ésta.

(Con el impulso y colaboración de Isidoro Jaramillo, de quien, en una velada flamenca en la Peña,  surgió esta idea.)

En mis largas noches de angustia y desvelo

tu recuerdo viene a agravar mi tormento

y al buscar consuelo que supla tu ausencia

de mi cante brota la hiel del lamento.

No puedo curar la herida

ni borrar la maldición

que me condena en  la vida

a vivir  sin tu pasión.

Tus labios de miel y fuego

son una dicha lejana

y no me sirve el consuelo

de  soñar cada mañana

que estás junto a mí en la cama

pues  luego, cuando despierto

sólo encuentro una quimera

que no la puedo tocar.

Así me lleva la pena

a esta negra sinrazón,

maldito  sea aquel día

ay, tan aciago día

que conocí la traición.

En todo este tiempo jamás preguntaba

ni tampoco quise saber lo que hacías

yo sólo recuerdo cuando te besaba

y esa noche negra   cuando te perdí.

Vago solo por la vida

ahondando mi perdición

y el querer que te tenía

pudriéndome el  corazón.

La maldición de los mayas.

 

 

  

Nido de víboras surgió en las fuentes

y con su daño emponzoñó  veneros.

La sangre envenenada  y vengativa

de los crueles herederos de Caín

cayó  en el corazón de los mortales

cuajando la figura  de los odios

en la entraña profunda de la gente.

Pululan lobos, hienas y serpientes

por las brumosas noches sin luceros

y oscurecen la luz de las estrellas

tenebrosas tinieblas   y aguaceros.

Tristeza roja el vómito de fuego

salido de las lenguas de las piedras

destruyó los caminos y senderos

y sembró las parcelas de la tierra

de ortigas, ricias, gramas y veneno.

El beso.

El lubricán resaltaba

la silueta de la sierra

y en la orilla del arroyo

buscaba asiento la escarcha

aquella tarde de enero.

Eran diamantes de fuego

los ojos de aquel chaval

y de  encarnado pomelo

la dulce cara azorada

de la nerviosa zagala.

Le prometió amor eterno

con un  delicado beso,

brasa de pasión envuelta

en labios de terciopelo.

Quedó azul turquesa el cielo

donde brillaba radiante

todo el esplendor de Venus.

Confesiones tabernarias.

Desnuda  el  vino al alma

y se abre en confidencias

a  ocasional amigo

que aguanta con paciencia

la larga parrafada.

Vestida de palabras

la soledad no es tanta

y la taberna sirve

de buen  confesionario

con cura tabernero

que escucha, calla y llena

y alguna vez  asiente

a lastimeros  ayes

de cliente impenitente.

Afrentas no saldadas

en duelo con espada,

se curan con alardes

que presta alcohol valiente

al lado de  la barra

con golpes  de nudillos

y tono convincente

para marcar palabras.

El invierno.

 

 

 

 

 

El Invierno es el reverso de la luz

que en espiral de sombras

profundiza la sima de la noche.

Canto de mágicas sirenas

del mar de los ocasos fríos

cautivando a las estrellas de la tarde.

Lengua de llama y brasa de candela

para el hálito gélido del norte.

Lejanos relatos de la abuela

en la camilla del brasero

a la luz vacilante de una vela.

Es temblor de escarcha

hecha diamante en la alborada

en el filo verde del pino y la retama.

Un ensayo de trayecto hacia la muerte

buscando el valle

donde  en tierra duermen

semillas de  otra primavera en ciernes.

Las parcas.

 

 

Las parcas griegas:

Cloto, hila; Láquesis, devana y Átropos corta el hilo de la vida.

A la espera segura de la muerte

enlaza blancos hilos con ganchillo

hilvanando recuerdos con olvido.

El camino ha concluido,

sólo queda el aviso de llegada

y subir al estribo de partida

a cumplir Átropos su cometido

cortando el frágil hilo de la vida.

Guadalcanal.

Donde dice Andrés Mirón

que Dios puso el paraíso

y trajo aquí su palacio

volví para saludar

a muchos viejos amigos

 y discípulos queridos

que dejé cuando eran niños

en este pueblo escogido

donde pasé algunos años.

En poco tiempo sentí

el afecto y el cariño

de gente tan bien nacida

que recuerdan todavía

 a este humilde servidor

que tuvo la suerte un día

de vivir donde la luz

es belleza y armonía

y agua y viento le dan nombre

a esa hermosa serranía.

Lutos antiguos.

El luto era un cuervo torvo

con la cara amarillenta

nevado de plumas negras

como ligeras pavesas

que  lentas se iban posando

sobre un silencio de plomo.

Una clausura de angustias

llena de  suspiros hondos

que  se escapaban al aire

por las rendijas azules

de las puertas entreabiertas.

Manto y velo de azabache

sobre  la luz  y los sueños.

Rosario de ajadas cuentas

en las sombras  de la noche

de la  habitación a oscuras

con murmullos de panales

que desgranan letanías

con rastras de purgatorio.

En los huecos de los rezos

el martillo del reloj

cortando el envés del tiempo.

Era echar la llave al mundo

y arrojarla a un  pozo oscuro

donde se escuchan   los gritos

infantiles  de unos niños

que llamaban a la mora

las largas  tardes de julio.