La vida sigue.
Casi todos tenemos a algunas personas de quienes nos acordamos en estos días porque ya no están entre nosotros. Para todos va este pequeño poema.
Un año más la Navidad golpea
con los blancos nudillos del invierno
los fríos cristales del solsticio
para estar con nosotros junto al fuego
en estas fechas de bullicio y fiesta.
Pero hay momentos en la Nochebuena
que evocamos algunas ausencias,
presentes en nuestras cabezas
y que nadie comenta
por no sentar la tristeza a la mesa.
El recuerdo de los que quisimos
seguirá siendo parte nuestra,
aunque el tiempo atempere su fuerza.
Otros solsticios con los mismos ritos
evocarán también nuestra memoria
cuando con el paso de los años
estemos sepultados bajo tierra.
Por La Paquera.
¿Quién no ha escuchado alguna vez la canción de “La Paquera de Jerez” que dice: “En la soleá de mis noches sin luna busco los luceros de tus ojos verdes…? Pues imitando la métrica de esa canción nació ésta.
(Con el impulso y colaboración de Isidoro Jaramillo, de quien, en una velada flamenca en la Peña, surgió esta idea.)
En mis largas noches de angustia y desvelo
tu recuerdo viene a agravar mi tormento
y al buscar consuelo que supla tu ausencia
de mi cante brota la hiel del lamento.
No puedo curar la herida
ni borrar la maldición
que me condena en la vida
a vivir sin tu pasión.
Tus labios de miel y fuego
son una dicha lejana
y no me sirve el consuelo
de soñar cada mañana
que estás junto a mí en la cama
pues luego, cuando despierto
sólo encuentro una quimera
que no la puedo tocar.
Así me lleva la pena
a esta negra sinrazón,
maldito sea aquel día
ay, tan aciago día
que conocí la traición.
En todo este tiempo jamás preguntaba
ni tampoco quise saber lo que hacías
yo sólo recuerdo cuando te besaba
y esa noche negra cuando te perdí.
Vago solo por la vida
ahondando mi perdición
y el querer que te tenía
pudriéndome el corazón.
La maldición de los mayas.
Nido de víboras surgió en las fuentes
y con su daño emponzoñó veneros.
La sangre envenenada y vengativa
de los crueles herederos de Caín
cayó en el corazón de los mortales
cuajando la figura de los odios
en la entraña profunda de la gente.
Pululan lobos, hienas y serpientes
por las brumosas noches sin luceros
y oscurecen la luz de las estrellas
tenebrosas tinieblas y aguaceros.
Tristeza roja el vómito de fuego
salido de las lenguas de las piedras
destruyó los caminos y senderos
y sembró las parcelas de la tierra
de ortigas, ricias, gramas y veneno.
El beso.
El lubricán resaltaba
la silueta de la sierra
y en la orilla del arroyo
buscaba asiento la escarcha
aquella tarde de enero.
Eran diamantes de fuego
los ojos de aquel chaval
y de encarnado pomelo
la dulce cara azorada
de la nerviosa zagala.
Le prometió amor eterno
con un delicado beso,
brasa de pasión envuelta
en labios de terciopelo.
Quedó azul turquesa el cielo
donde brillaba radiante
todo el esplendor de Venus.
Confesiones tabernarias.
Desnuda el vino al alma
y se abre en confidencias
a ocasional amigo
que aguanta con paciencia
la larga parrafada.
Vestida de palabras
la soledad no es tanta
y la taberna sirve
de buen confesionario
con cura tabernero
que escucha, calla y llena
y alguna vez asiente
a lastimeros ayes
de cliente impenitente.
Afrentas no saldadas
en duelo con espada,
se curan con alardes
que presta alcohol valiente
al lado de la barra
con golpes de nudillos
y tono convincente
para marcar palabras.
El invierno.
El Invierno es el reverso de la luz
que en espiral de sombras
profundiza la sima de la noche.
Canto de mágicas sirenas
del mar de los ocasos fríos
cautivando a las estrellas de la tarde.
Lengua de llama y brasa de candela
para el hálito gélido del norte.
Lejanos relatos de la abuela
en la camilla del brasero
a la luz vacilante de una vela.
Es temblor de escarcha
hecha diamante en la alborada
en el filo verde del pino y la retama.
Un ensayo de trayecto hacia la muerte
buscando el valle
donde en tierra duermen
semillas de otra primavera en ciernes.
Las parcas.










