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El luto era un cuervo torvo
con la cara amarillenta
nevado de plumas negras
como ligeras pavesas
que lentas se iban posando
sobre un silencio de plomo.
Una clausura de angustias
llena de suspiros hondos
que se escapaban al aire
por las rendijas azules
de las puertas entreabiertas.
Manto y velo de azabache
sobre la luz y los sueños.
Rosario de ajadas cuentas
en las sombras de la noche
de la habitación a oscuras
con murmullos de panales
que desgranan letanías
con rastras de purgatorio.
En los huecos de los rezos
el martillo del reloj
cortando el envés del tiempo.
Era echar la llave al mundo
y arrojarla a un pozo oscuro
donde se escuchan los gritos
infantiles de unos niños
que llamaban a la mora
las largas tardes de julio.