Maquillaje de muertos.

carnaval

¡Qué mal  sienta el maquillaje a los muertos!

¡Qué simulacro de plácido  sueño

cuando  no hay alborada

ni monedas de luz sobre la colcha

al tibio despertar de las mañanas!

Falsa  quietud de la que  no  se goza.

La mueca de la muerte,

eterna y sarcástica instantánea

con el semblante exangüe,

rechaza los  afeites,

colorido postizo de caretas

de un carnaval inerte.

Primeras lluvias.

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Riela la luz de la esquina

sobre la calle mojada.

Primeras lluvias de otoño

que desnudan la arboleda

con un pañuelo de aromas

de lágrimas amarillas.

¡Oh, la lluvia en los cristales,

errantes cauces perdidos

en el crisol de la tarde!

Por los límites  confusos

del olvido y la añoranza

vaga la melancolía

con un fondo musical

y algún recuerdo lejano

que quizás nunca existió.

En el suelo, hojas caídas,

golondrinas desplumadas

ocres, naranjas, doradas…

Primeras lluvias de otoño

con sabor a despedida

y olor a tierra mojada.

Los Pedrosillos.

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Este poema está inspirado en un comentario de Josefa Rangel sobre la vida de su familia en el cortijo de los Pedrosillos. Gracias.

Suena un disparo en la noche

que el aire libre de estorbos

traslada de loma en loma

de la mano de los ecos.

La aldaba del miedo bate

con los nudillos del  viento

las puertas de los cortijos.

La sangre caliente cae,  

silenciosa, de los pechos

sobre la tierra y  la grama.

Los niños junto a la era

presienten la  muerte cerca

y el odio de los gatillos

en una noche de agosto

recala  en  los Pedrosillos.

La torre y la iglesia de Ahillones.

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Este trabajo lo presenté para la revista de la feria de  Ahillones de este año. Estaba en prosa, pero aquí me he  permitido presentarlo en verso con ligeras variaciones.

La torre  es la  paleta

do la luz prueba  pinceles dorados,

donde los vientos juegan

a  morder la cola a la veleta.

Otrora, sus campanas convocaron

desde los bordes de la aurora

a sigilosas sombras  negras

con manteos y  velo.

Dieron  las vísperas al mediodía

– a las dos en invierno,

a las tres en verano-.

Fundieron tonos grises

al toque de oración

y alertaron de  fuegos en los campos.

Dobles de  entierro que no oyen los muertos

se van dando tumbos de pared en pared,

como  borrachos ahítos de vino

en busca de olvido

hasta los campos abiertos,

a posarse en las  tierras de los huertos,

alondras negras,

que dejan  posos   de tristeza

en los velos del aire.

Por Pascua, repiques de gloria.

Encuentros, procesión y alabarderos.

Azul cielo, verdes praderas,

Rosquillas, bollas, primavera,

margaritas nuevas por los  campos

 y en los púberes pechos

de  mocitas bellas.

Tibias auras carmesíes

en  delicadas  mejillas .

Bautizo, comunión y casamiento.

Toda una vida reglada

por  metálicos tañidos.

No hay  fiesta sin campanas

ni difunto sin responso.

Su reloj cansado de toques perdidos

paró sus manillas

en los negros valles de la noche,

cuando todas las horas son la una repetida

 y sólo quedan sus estelas,

temblando en los huecos del silencio.

Hacia la iglesia confluyen

calles de los cuatro vientos:

Mesones,  Cuatro Esquinas,

Real y Valverdejo.

Otra cruz  en el suelo.

Cuerpo de piedra y corazón de bronce,

melódicas olas  mecen

cantos de gloria, dolor  o aflicción

mezclados con incienso 

en su  nave central,

 y  escalan sus muros

hasta las polícromas vidrieras.

Referencia, faro y guía.

Cigüeñas, vencejos, aviones,

saetas de negros chillidos

en mañanas claras  y en  tardes serenas.

Crisol que  junta el agua,

 la sal y los anillos;

aceite, ceniza, mirra  e incienso

en  súplica y ofrenda.

…Y siempre una vela

alumbrando el camino

 por el que marcharon

los que nunca volvieron.

Bate la lluvia sus paredes

 y vencida en su prestante mole

resbala por la tez

de sus vertientes  rojas.

Rosa de los vientos:

al norte,  la umbría,

cobijo de fríos;

al este,  la primera luz del día

 y un recuerdo en forma de cruz

por los muertos caídos;

sur de soles, tibio resguardo de  inviernos  

 y relumbre de fuego  en los veranos.

Y al oeste, la entrada de los pecadores.

Camino  de ida y vuelta:

 al perdón,  cual hormigas

 haciendo granero,

 con la carga del pecado a cuestas

 y del perdón, con alivio ligero,

 de nuevo,  al  pecado y al yerro.

No llores, mujer.

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(Fotografía de Soraya Pérez)

Vienen tus  lágrimas montadas en zafiros con una tristeza salada.

Si pudiera reparar la pena que  desciende por tu cara y provoca tu pesar,

pondría claveles rojos en el cáliz desvaído de tus labios

y brillos de campanas en la tristeza de tus ojos,

labraría la tierra de tu alma herida con el tierno  consuelo  de mis manos,

arrancaría la raíz  de tus desvelos  

para convertir tu llanto en fuente de dicha cristalina,

donde un rayo de luz irise primavera en una  mañana clara.

Olvido

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Devuelve a su esposa una sonrisa

confusa de inocencia y extrañeza,

ajeno al devenir de su torpeza 

y a la falta en sus horas de la prisa.

 

La tarde en el jardín se despereza

con el  soplo apacible  de la brisa, 

puzle de sombra y luz  en la camisa

y en la ausencia vital de  su cabeza.

 

Se mezclaron los tiempos en su  mente

y regresó al descuido de la  infancia,

desvalido, desatento  y dependiente.

 

Caricias aminoran su  ignorancia

y  parece volver hasta el presente:

sólo destellos desde la distancia. 

Turroneros.

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Turroneros de Castuera,

con puestos de lona  blanca

y chambras de tela negra.

Almendras, garrapiñadas,

alfajores,  miel, arrope,

turrones,  fruta escarchada,

peladillas, piñonates,

tortas  y  calabazates.

Lejana infancia de Ahillones

cuando llegaba septiembre.

Aromas, formas, colores

que todos los años  vuelven.

 

Y entre las olas, sola.

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Fotografía de Juan Sevilla.

http://www.flickr.com/people/juaninda/

Me hice a la mar en un velero

a la busca de sus ojos.

Creí ver sus reflejos

entre las brumas del aire

brillando en el fanal de otros veleros,

en el estrépito de las galernas

y en los oasis de los espejismos marineros.

Tan hermosos  eran que  el cielo

y el piélago tranquilo,

con los matices que la luz prestaba,

por su belleza competían.

Para buscar la libertad

surqué con Espronceda,

cara al viento y revuelta cabellera,

las procelosas aguas de la mar abierta.

Un día cualquiera  hallé  su barca

en luminosa playa azul,

sola,

con las velas rotas,

-¡qué bien lo expresó Lope de Vega-,

pero a pesar del tiempo,

 estaba inmensamente bella.

Vieja maleta.

maleta

Me llevabas colgada de tu mano

y  dentro el olor a tierra mojada

de las primeras lluvias otoñales,

la melancolía de Navidad

y el brillo azul de la  pascua florida

con aromas de cantueso y de  romero.

Llevé también la blancura del sol

en las sábanas de los corrales,

pisadas sin abrir

por  las calles de tus juegos

en una caja de zapatos nuevos,

el calor del brasero

y la luz de la tarde

con pelusas  de oro,

el olor de los membrillos

del topetón de la cocina

y los pliegues de sus manos

sobre tus camisas blancas.

Al abrirme, después  de los viajes,

se escapaba su aliento y el último consejo.

Añorabas las ausencias

 que quedabas en el pueblo,

pero venía conmigo

el alma de tu madre dentro.

Primeras tormentas.

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Desde los campos resecos

llega cargado de aromas

olor a tierra mojada.

¿Oyes veloces  galopes

sobre caballos  de vientos

aproximarse a nosotros?

¡La negra tormenta

que lleva  en su pecho

brillantes serpientes

de alpaca y de fuego!

Oronda negrura

que arrastra los flecos

de lluvia ceniza

por valles y cerros.

Rebotes de truenos  

tocando  tambores

en cueros del aire

se alejan y vuelven

con fuerza de nuevo.

¿Ves ahora haces del sol escondido

 abriéndose paso en la quiebra de nubes?

¡El  curvo caballo de siete colores,

 cabalga radiante por llanos y alcores!