Bordar la tarde.

bordador

En los rincones de la tarde añoro

otros cantos de niños entre flores,           

otro azúcar y miel en los sabores

y otro cielo en el céfiro incoloro.              

 

Llega el sol en espigón de luz y  oro

a las coronas  de los  bastidores      

y relumbra la seda de colores    

entre  manos  que miman su tesoro.       

 

Sin su cuerpo, ahí está su silla  

y un me voy, abuela, con un beso

dejado cariñoso en la mejilla.

 

Mientras, añorante,  pienso  en todo eso

va la tarde poniéndose amarilla

en arrebol de sombras sin regreso.

La fiesta del ruido.

cabra

Los ruidos a las puertas de tu oído

retumban con sonidos estridentes

y mueren tus palabras  entre dientes

a golpes de tambor y de platillo.

 

Resaltan en los cuellos, inflamadas,

arterias descollantes e imponentes

a punto de explosiones inminentes

al querer conversar con camaradas.

 

Para acabar la noche impertinente

sólo falta bebida adulterada

y exponer  la garganta en el relente.

 

Así  queda  tu cara de arruinada:

parece el retrato al día siguiente

de una cabra ojerosa  y  malparada.

Declive

decrepitud

 

 

 

(Testifico que no es nada personal, aún)

De los pasos otrora diligentes

quedó un arrastre torpe  e inseguro

y lo  que mostró un aspecto duro

devino en flacideces decadentes.

 

¡Oh tiempos de pensar clarividentes

y braveza domada con bromuro!

¿Cómo os fuisteis  a estado tan maduro

si no ha mucho os mostrabais imponentes?

 

Enhiestos cipreses, altos castillos,

robustez  briosa  de la juventud,

el tiempo en su transcurso os robó brillos

 

y en  suave decadencia  a la quietud

mostráis  los tonos  grises y  amarillos

que anuncian la cercana senectud.

Milagros.

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Tan simples y tan complejos somos

que lo que  niega  la razón con argumentos

lo abraza efusiva la emoción.

Yo, que pienso que no son verdad los cuentos,

no puedo evitar estremecerme.

Y es que los santos no son de madera ni las vírgenes de cera:

Son de lágrimas y pies descalzos.

El milagro no vendrá de mantos de seda bordados con oro

ni de varales repujados  en plata.

El milagro eres tú, corpulento varón, llorando como un niño.

O tú, mujer, cumpliendo promesas por el altar del suelo.

O tú, costalero, uncido a las trabajaderas.

Por eso  me admiran las personas  capaces de odiar y amar en una misma mañana,

posesos de codicia y  al poco de  desprendimiento.

El prodigio diario encarnado en cada uno de nosotros.

Lo que pudo haber sido.

tablero-ajedrez

 

 

 

A estas alturas de la vida está  el fiel de la balanza  serenamente equilibrado.

Desventuras y dichas, afectos y agravios se compensan.

Queda la duda de si algunos hilos pudieron ser madeja.

Si  se acertó en los cruces de caminos y en los trenes que tomamos.

Entre otras variables, el azar y  la ventura jugaron su papel.

Decisiones  diferentes hubiesen cambiado el trayecto y quizás la fortuna, pero no la estación de destino.

Se puede jugar a imaginar cambios de fichas y sus múltiples combinaciones en el tablero de la fantasía.

Elucubrar sobre lo que hubiese sucedido. Pero en esta partida sólo hay opciones de futuro.

Se permite mover ficha una vez  en cada decisión, las demás quedan abrogadas.

El juego a tiempo pasado es  escribir sobre el agua, jugar a lo imposible en la otra cara de la vida.

Charla de sordos.

sordos

En esta conversación

los dos se ponen a hablar

sin ni siquiera escuchar

del contrario la opinión.

Y es que no se dan razón,

pues cuando el otro está hablando

el primero está pensando

lo que va a decir después

sin demostrar interés

por lo que le  están contando.

Este pobre cuerpo.

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 No me despertaréis hasta que muera

y cuando esto suceda cambiaré

los sueños de  almohada de crepé

por el descanso  eterno  de la  espera.

En otra luz  de celestial  esfera

donde nadie conoce, dormiré

sin problemas y dudas con la fe:

el enigma será razón certera.

Sólo una pena empañará mi muerte:

este cuerpo que siempre fue conmigo

abandonado a tan ingrata suerte

después de ser confidente y amigo

entre lanzas de cipreses, inerte

pasará de la ceniza al olvido.

La lucha por la vida.

luchar

 

 

 

 

 

Se mueve la  ciudad como hormiguero
pisado por un oso.
Cada uno a sus  afanes,
casi todos presurosos,
azuzados por el látigo de la ansiedad.
Me entristece algún joven 
repartiendo propaganda en los portales.
Mujeres con las bolsas de la compra
van del vaivén
a la esclavitud de sus quehaceres. 
Carretilleros de reparto
en la vorágine urgente de las prisas.
Los ojos tristes del parado
en la esquina de la espera sin llamada.
Un traje con corbata y hombre dentro
atado a los balances comerciales
rinde cuentas a su jefe.
Un mundo de lucha y competencia
donde triunfa el empuje de los fuertes.
No hay lugar para los débiles
y si caes pocos evitarán
poner los pies sobre tu frente.

Maletillas.

 

maletilla

 

 

Se fue por  las sombras de las tapias una noche de luna

en busca de fama,  gloria y dinero.

De equipaje, ilusiones anudadas a un pañuelo de carencias,

zapatillas aladas y la garza diligente de sus pasos.

Cruzó pedregales, saltó cercados, vadeó arroyos

y durmió  envuelto en un capote  de verónicas.

Las siluetas  de  encinas eran cuatreros

embebidos en  lances naturales

o rozando  ajustadas chicuelinas.

Las estrellas, del tendido a la arena,

flores, pasión y delirio.. 

Anhelos de jóvenes soñadores,

en una España de pobreza y hambre

que buscaban redención 

entre toriles de sangre

y blancos  pañuelos al aire. 

 

Agosto.

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Vuelan las tórtolas del encinar

hasta los ya maduros girasoles

y de allí a la rivera,

al agua remansada de las pozas,

para volver después

a pasar el sesteo

en la  sombra  de la fresca arboleda.

Disponen  Baco con Noé las tinas

para el mosto  primero

y san Bartolomé  adelanta el agua 

con redoble de truenos veraniegos

y anuncio de la próxima otoñada.

Se agazapa en las vegas el rocío

con fragancias de mañana nueva.

Agosto, con redonda lozanía,

se desliza vestido de  amarillo

por la falda menguante de la luz

para darle color a los membrillos.

En el  descenso de su plenitud,

con declive de sombras,

deja una estela de fresco en la noche

enroscada al abrigo de tu cuello 

y en tus brazos, mis manos

dando calor a  los primeros fríos.