La fiesta del ruido.
Los ruidos a las puertas de tu oído
retumban con sonidos estridentes
y mueren tus palabras entre dientes
a golpes de tambor y de platillo.
Resaltan en los cuellos, inflamadas,
arterias descollantes e imponentes
a punto de explosiones inminentes
al querer conversar con camaradas.
Para acabar la noche impertinente
sólo falta bebida adulterada
y exponer la garganta en el relente.
Así queda tu cara de arruinada:
parece el retrato al día siguiente
de una cabra ojerosa y malparada.
Declive
(Testifico que no es nada personal, aún)
De los pasos otrora diligentes
quedó un arrastre torpe e inseguro
y lo que mostró un aspecto duro
devino en flacideces decadentes.
¡Oh tiempos de pensar clarividentes
y braveza domada con bromuro!
¿Cómo os fuisteis a estado tan maduro
si no ha mucho os mostrabais imponentes?
Enhiestos cipreses, altos castillos,
robustez briosa de la juventud,
el tiempo en su transcurso os robó brillos
y en suave decadencia a la quietud
mostráis los tonos grises y amarillos
que anuncian la cercana senectud.
Milagros.
Tan simples y tan complejos somos
que lo que niega la razón con argumentos
lo abraza efusiva la emoción.
Yo, que pienso que no son verdad los cuentos,
no puedo evitar estremecerme.
Y es que los santos no son de madera ni las vírgenes de cera:
Son de lágrimas y pies descalzos.
El milagro no vendrá de mantos de seda bordados con oro
ni de varales repujados en plata.
El milagro eres tú, corpulento varón, llorando como un niño.
O tú, mujer, cumpliendo promesas por el altar del suelo.
O tú, costalero, uncido a las trabajaderas.
Por eso me admiran las personas capaces de odiar y amar en una misma mañana,
posesos de codicia y al poco de desprendimiento.
El prodigio diario encarnado en cada uno de nosotros.
Lo que pudo haber sido.
A estas alturas de la vida está el fiel de la balanza serenamente equilibrado.
Desventuras y dichas, afectos y agravios se compensan.
Queda la duda de si algunos hilos pudieron ser madeja.
Si se acertó en los cruces de caminos y en los trenes que tomamos.
Entre otras variables, el azar y la ventura jugaron su papel.
Decisiones diferentes hubiesen cambiado el trayecto y quizás la fortuna, pero no la estación de destino.
Se puede jugar a imaginar cambios de fichas y sus múltiples combinaciones en el tablero de la fantasía.
Elucubrar sobre lo que hubiese sucedido. Pero en esta partida sólo hay opciones de futuro.
Se permite mover ficha una vez en cada decisión, las demás quedan abrogadas.
El juego a tiempo pasado es escribir sobre el agua, jugar a lo imposible en la otra cara de la vida.
Charla de sordos.
Este pobre cuerpo.
No me despertaréis hasta que muera
y cuando esto suceda cambiaré
los sueños de almohada de crepé
por el descanso eterno de la espera.
En otra luz de celestial esfera
donde nadie conoce, dormiré
sin problemas y dudas con la fe:
el enigma será razón certera.
Sólo una pena empañará mi muerte:
este cuerpo que siempre fue conmigo
abandonado a tan ingrata suerte
después de ser confidente y amigo
entre lanzas de cipreses, inerte
pasará de la ceniza al olvido.
La lucha por la vida.
Se mueve la ciudad como hormiguero
pisado por un oso.
Cada uno a sus afanes,
casi todos presurosos,
azuzados por el látigo de la ansiedad.
Me entristece algún joven
repartiendo propaganda en los portales.
Mujeres con las bolsas de la compra
van del vaivén
a la esclavitud de sus quehaceres.
Carretilleros de reparto
en la vorágine urgente de las prisas.
Los ojos tristes del parado
en la esquina de la espera sin llamada.
Un traje con corbata y hombre dentro
atado a los balances comerciales
rinde cuentas a su jefe.
Un mundo de lucha y competencia
donde triunfa el empuje de los fuertes.
No hay lugar para los débiles
y si caes pocos evitarán
poner los pies sobre tu frente.
Maletillas.










