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Surge impetuosa la perdiz rompiendo el aire
con metálico batir de alas y ajeos entrecortados.
Sorprendido el cazador, se encara la escopeta
y dispara acelerado.
La perdiz se aleja enderezando el vuelo
hacia una zona más quebrada.
Quedan resonando en la mañana,
con temblor de ecos, los disparos,
mientras se alejan los latidos de los perros
por oteros y cañadas.

El tiempo pasa sin que tú lo empujes,
no fijes metas en lejanos días
por gozar de hipotéticos placeres,
pues puede suceder que nunca lleguen.
Disfruta de la vida cada instante,
sin prisas por que pasen los presentes.
Los futuros son pájaros al aire:
vuelan hoy, pueden no hacerlo mañana.
Si fías al incierto porvenir
placeres, diversiones y fortuna
cualquier insospechado albur arruina
la esperanza de gozo que aplazaste
y quedas como el gallo de Morón
el canto al aire y perdidas las plumas.

La soledad, si es triste,
oscurece la sombra de su vuelo
con negros presagios
y agudos graznidos.
Un tictac penetrante
de buril de acero
horada la sala vacía.
De madrugada el ángel
marca las puertas de los elegidos
con la espada de sangre y de fuego.
Punzan las sienes latidos
y la pupila dilata los miedos.
Al llegar la mañana hay por las calles
jirones de niebla,
estelas frías del dios vengativo.

(Ahillones, cazadores en Piedras Gordas)
La aurora pinta de rosa
los perfiles de la sierra
y acota con luz dorada
las brumas de las cañadas.
Flotan vellones dispersos
en el aire de cristal.
La sombra de la alameda,
de brillante argentería,
reluce sobre la hierba.
Canta el gallo en los cortijos
y en las lomas la perdiz.
El viento se despereza
en brazos de la retama,
mientras se lava la cara
con aromas de tomillo.
¡Cazador, qué privilegio
despertar con tus pisadas
la virgen de la mañana!

Mecen mis sueños
arrullos acuosos de palomas
y vuelos susurrantes
de abejas libando en los tejados.
Un estrépito de lanzas rotas
se estrella en las aceras.
Caen las canales.
Con los ojos cerrados
siento el gozoso deleite
de escuchar la lluvia,
que bulle de rumores
en el cálida burbuja de la noche.

El tiempo se enquistó en las piedras
y estranguló el discurrir de su existencia,
y sin embargo cuánta vida late
en la rugosa piel de su rudeza.
El esponjoso musgo nace
en su parte más umbría
y al sol primaveral
la vivaz lagartija despereza
la frialdad invernal de su letargo.
Tiende la araña su sedosa tela
en la oquedad abierta
y una flor delicada
asoma entre las grietas su cabeza.

Si pudiera trenzar la luz del alba
la daría a la brisa rumorosa
que bulle en la alameda esta mañana.
Que la lleve a la orilla de su sueño
en la tibia penumbra de la alcoba
y deje, como un copo de seda,
un beso en la rosa de su cara.
Un velero con la vela henchida
trae aromas de espliego y de romero
y un abrazo de luz y de deseo
se posa en el rocío de la vega.

Dame tu mano en esta noche oscura
porque la edad convierte en vacilantes
estos pasos que ayer fueron prestantes
y hoy dejan huella torpe e insegura.
Yo conduje los tuyos con dulzura,
cuando eran indecisos e inconstantes
y tus miedos buscaban anhelantes
protección en mi cuello con ternura.
Empezabas tú a andar con alegría
colmado de cuidados y de abrazos;
yo regreso al refugio en la bahía.
Para acabar de hacer la travesía
necesito la ayuda de tus brazos
y la voz de tu grata compañía.

Unos zapatos tirados
en un páramo cualquiera
tienen la melancolía
de todos los abandonos.
Llevan restos en sus plantas
del polvo de los senderos
y el barro de las callejas.
Sus recuerdos son sus huellas
convertidas en caminos
y de su dueño les queda
la horma de su vaciado
y el trajín de sus pisadas
en los días de faena
y en noches de luna llena.
Boquiabiertos y torcidos
por soles, lluvias y estrellas
lanzan lastimoso aullido
en un silencio de suelas.

Sin saber por qué ha sentido
la tristeza y el vacío
de tantas cosas idas.
Ha notado las costuras
de la herida en la memoria,
la añoranza de otro tiempo más feliz,
-quizás sólo espejismos
que el tiempo endulza y lima-,
huellas en la piel del alma,
si es que existe el alma,
y el alma tiene piel.
Un gozo reprimido,
impotente, por no abarcar la vida,
pesar por las palabras nunca dichas
que debieron llegar a otros oídos,
hueras, podridas,
sin aliviar heridas
ni consolar tristezas.
Sensación de vida insuficiente,
fruta desgajada y verde,
limón que no llegó a amarillo.
Un sabor amargo
de almendras inmaduras.