A buenas horas

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(Vida, muerte y lujuria de Sebastián Loaiza)

Cuando la sangre fresca  está  en el ojo

y fogosa en el cuerpo borbollea

el ardor que se incendia como tea

asoma con  vergüenza al  rostro rojo.

 

El pudor constreñido es el  cerrojo

y el  recato  adornado con librea

encubre la pasión cuando  flamea

produciendo abstención y fuerte  enojo.

 

Librado de prejuicios y  aprensiones

y dispuesto al desquite, la lujuria

busca goce sin fin ni condiciones,

 

más lo que fue abundancia ya es penuria

y aquel  celo  quedó en sus intenciones

por freno, timidez  y falsa  incuria.

Soberbia.

soberbia

 

Siéntate en la puerta de tu casa.

Verás pasar cabezas pretenciosas

que al cielo pareciera

alcanzan con los picos de sus crestas

y las suelas do apoyan su altivez

eluden  o desprecian.

Van ciegos  en sus ansias de grandeza.

No te sientas dañado en el desdén

que nutre su soberbia.

El más grande desprecio a su arrogancia

es que sepan

que a nadie importa su insolencia.

 

Sinecuras.

elecciones

 

 

 

 

 

 

A la caza afanosa del encumbre, 

compostura y ardor en bandolera,            

se lanzan a llenar ego y cartera

prometiendo entrega y mansedumbre.

 

Declaran  pleitesía y servidumbre

al líder, que es su guía y su lumbrera

y mantienen la fe de quien espera

colocarse  al abrigo de la lumbre.

 

En premio al ardor de sus lealtades

y entusiasmo agitando las banderas

les  prometen  prebenda  y dignidades,

 

pero clavan navajas muy   traperas

si el lote no colmó sus vanidades

y mudan las estimas pasajeras.

 

Junto al fuego

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 Si afilado de silbos viene el viento
y la  escarcha recubre los tejados
con vestidos de nácar blanqueados,
a la vera del fuego toma asiento.
 
Sin  prisas, que en  invierno hay noches
para llenar las llamas de derroches
y fijar sin agobios las miradas
al compás que cavila el pensamiento.
 
Allí el abuelo relatando cuentos
al nieto con los ojos asombrados
y de chapetas rosas las mejillas.
 
Se fueron para siempre aquellos tiempos
a la candela del fogón sentados
o las charlas de noche en las camillas.

 

Sueño interrumpido

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Louis Janmot: “El Poema del Alma”

Del fondo de la noche traigo

pesar por el sueño inacabado.

En el  filo de los labios revolean

los besos prometidos y no dados

y en los flecos del amor la yema del deseo.

Quedaron en las puertas del granero

las espigas  privadas de sus granos.

En la boca, la sed,

muy cerca del venero.

La luz en ascuas apagó su llama

antes que el alba marcara crestas  en la sierra

y bañara de brisa a la mañana.

Quiero cerrar las puertas  del desvelo

con las llaves del  sueño interrumpido

y que Hipnos con el  fresco de la  aurora

me permita otra vez  soñar contigo.

El periplo

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Johannes Hermann Barend Koekkoek, Navegando por mares tormentosos

Con  jarcia escasa y ajadas velas

voy surcando los mares de la vida.

No faltan  vendavales ni galernas

en esta procelosa travesía.

Tibias auras a veces aligeran

el duro discurrir de las faenas.

Hay también  tristes días

de tirar por la borda  la alegría,

pero un  rayo de luz,

una mano sobre el hombro amiga

me ayudan a seguir con la porfía

de remar contra el viento y la marea.

Momentos como éste,

sentado en el otero que domina

la extensa llanura y la arboleda,

son oasis de miel y de ambrosía.

Por esto, por mis  hijos y  por ti

es más  más llevadero este periplo

que más cercano al fin

recalará en el puerto de partida:

el olvido, de donde provenimos.

Mujeres de cincuenta y más

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Nada tienes que envidiar ahora

a la joven de veinte años cumplidos.

Con cincuenta que tienes  tú vividos,

¡cuánta serena placidez aflora!

 

Al igual que el fruto está en sazón

cuando el tiempo le da su madurez

tienes aún  de sobra  exquisitez

para arrastrar prendado a un corazón.

 

Arroyos  de distinta procedencia

que en el río confluyen  caudalosos

lo elevan de  grandeza  y preeminencia.

 

Los años son bastante  más hermosos

si los cubre la vida de  experiencia,

cual los tuyos,  que lucen  primorosos.

Tu ausencia

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Ahincando el paso entre violentos remolinos

que aspiran las entrañas de la noche

camino dando tumbos en busca de tu huella,

por ver si quedara algún vestigio

después de tantos años.

Pero no queda rastro

por  donde en otro tiempo fuimos.

El último  adiós

fue una noche así, lluviosa y  desabrida.

Tu pelo mojado entre mis manos

y tu cara aterida.

Conmigo quedó tu mirada,

suplicante quizás

o presintiendo el fin.

La luz de la farola fue el último  testigo.

Rielaba su reflejo  en  el asfalto.

Sonó una puerta luego.

Después, silencio,

quebrado  sólo por el llanto

del agua de  canales sobre  el suelo.

 

Un retrato

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Mantengo prisionera en un retrato

tu clara inmensidad en un instante,

sostenida tu mirada penetrante

equívoca entre súplica y mandato.

 

Al aire,   las sortijas del cabello

en visera ideal  sobre tu frente

y una caricia que quedó pendiente

en  la grácil  figura de tu cuello.

  

El tiempo detenido para siempre

tiene la eternidad del sentimiento

en  seductora luz de arrobamiento

 

y dudo si volver de aquel momento

a la dura rutina del presente

o vivir la quimera permanente

El presente

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Vuelvo a  recordar andanzas viejas,

rebuscando  quimeras,

ilusiones y vivencias  dejadas

en las calles lejanas del pasado

por ver si el tiempo, en el corazón de la solera,

convirtió en vino añejo

la desabrida piel de las hollejas

o si en algún rincón perduran  todavía 

rescoldos de fuego.

En mi deambular encuentro afectos  en las rejas,

como  claveles secos olvidados de riego.

Ojos brillantes de juvenil ardor

tienen hoy  gris expresión y apagada  mirada.

Los labios que ofrecían entreabiertos

granadas de anhelos

musitan rezos en las sombras. 

Sarmientos son de gélidos abrazos

las manos de caricias envolventes.

¿Dónde quedó lo vivido?

El presente es vivir  cada momento.

Cuando vuelves la cabeza para recrearte

ya está ausente.